El libro del té, la ceremonia del té japonesa (Cha no Yu) — Kakuzo Okakura / The Book of Tea by Kakuzo Okakura

Este breve libro sin duda se ha convertido en un clásico. Antes de que fuese una bebida, el té fue una medicina. Sólo en el octavo siglo hizo su entrada en China, en el reino de la poesía, como una de las más elegantes distracciones de aquel tiempo. En el siglo quince, el Japón le dio patente de nobleza e hizo de él una religión estética: el teísmo.
El teísmo es un culto basado en la adoración de la belleza, tan difícil de hallar entre las vulgaridades de la trivial existencia cotidiana. Lleva a sus fieles a la inspiración de la pureza y la armonía, el sentido romántico del orden social y el misterio de la mutua misericordia. Es esencialmente el culto de lo Imperfecto, puesto que todo su esfuerzo tiende a realizar algo posible en esta cosa imposible que todos sabemos que es la vida.
Considerada en la acepción vulgar de la palabra, la filosofía del té no es una simple estética, puesto que nos ayuda a expresar, conjuntamente con la ética y la religión, la concepción integral del hombre y de la naturaleza.

El té es una obra de arte y necesita de la mano de maestro para manifestar sus nobles cualidades. Hay té bueno y té malo, como hay buena pintura y pintura mala, y existen tan pocas recetas para hacer un té perfecto como reglas para pintar un buen Ticiano o un Sesson. Cada fórmula de preparar las hojas posee su individualidad, sus afinidades especiales con el agua y con el calor, sus recuerdos hereditarios, su propia manera de contar. La verdadera belleza tiene que reinar en ello. ¡Qué sufrimiento él nuestro al ver que la sociedad rehúsa admitir esta ley fundamental, tan simple, del arte y de la vida! Lichihlai, un poeta Song, ha hecho notar, con gran melancolía, que las tres cosas más deplorables del mundo, son: ver una juventud destrozada por una mala educación, contemplar admirables pinturas mancilladas por la admiración del vulgo y ver derrochar tanto buen té por causa de una manipulación imperfecta.
Como el Arte, el té tiene sus escuelas y sus períodos. Su evolución puede dividirse en tres etapas principales; el té hervido, el té molido y el té en infusión.
El té fue para nosotros más que la idealización de una forma de beber; fue una religión del arte de la vida. Este brebaje se convirtió en un pretexto del culto de la pureza del refinamiento; una función sagrada en la que el huésped y su invitado se unían para alcanzar juntos la beatitud de la vida mundana. El cuarto del té fue un oasis en el desierto de la vida, en el que los viajeros, cansados, podían encontrarse para beber en el manantial común del amor y del arte. La ceremonia fue un drama improvisado cuyo argumento fue tramado alrededor de la mesa del té, de las flores y de las sedas pintadas. Ningún color alteraba la tranquilidad del recinto, ningún ruido turbaba el ritmo de las cosas, ningún gesto rompía la armonía, ninguna palabra destruía la unidad de los alrededores, todos los movimientos se ejecutaban simple y naturalmente, éstos eran los designios de la ceremonia del té. Parece algo raro que el éxito la haya coronado; una sutil filosofía la habita. El Teísmo era el taoísmo disfrazado.

El parentesco del zennismo y del té es proverbial. Ya hemos hecho notar que el ceremonial del té es un desarrollo del ritual Zen. El nombre del fundador del taoísmo, Laotsé, va íntimamente ligado a la historia del té. En el manual escolar chino, al tratar de los usos y costumbres, se dice que la ceremonia de ofrecer el té a un huésped data de Kwanyin, quien por primera vez ofreció durante un desfile Hann, al Viejo Filósofo, una taza del precioso líquido dorado. No trataremos aquí de discutir la autenticidad de estas tradiciones; sea como fuere, ellas demuestran la antigüedad del uso del té por los taoístas. El interés que presenta para nosotros el taoísmo y el zennismo reside muy especialmente en las ideas concernientes a la vida y al arte de lo que llamamos el Teísmo.
Es lamentable que a pesar de algunas tentativas dignas de encomio, no existe en ninguna lengua extranjera una presentación exacta de las doctrinas taoístas y zennistas.

La cámara del té (el Sukiya), no pretende ser más que una humilde mansión de aldeano, una choza de paje, así como nosotros la llamamos. Los caracteres ideográficos originales empleados en la palabra Sukiya significan la Casa de la Fantasía. Más tarde, los grandes maestros del té añadieron algunos caracteres y sustituyeron otros, según sus diversas concepciones del té y de su recinto, de modo que la palabra Sukiya, puede a su vez significar la Casa del Vacío, o la Casa de lo Asimétrico. Es, en efecto, la Casa de la Fantasía por el hecho de sur únicamente una construcción efímera, levantada para servir de asilo a una impulsión poética. Es también la Casa del Vacío, por su falta de ornamentación que permite colocar en ella, libremente, lo indispensable para satisfacer un capricho estético pasajero. Y es también la Casa de la Asimetría, por estar consagrada al culto de lo Imperfecto, y que siempre queda voluntariamente algo inacabado a fin de que la imaginación pueda acabarlo a su gusto.
Los ideales del Teísmo han ejercido, desde el siglo dieciséis, una tan grande influencia sobre nuestra arquitectura, que los interiores corrientes del Japón contemporáneo, dan al extranjero la impresión de estar casi vacíos, a causa de su extrema simplicidad y de la pureza de la decoración.
La creación de este primer santuario del té, es debida a Shenno-Soyeki, más generalmente conocido en el nombre de Rikiu.
El hecho de que la cámara del té esté construida para adaptarse a un gusto individual, es una potente aplicación del principio de la vitalidad en el arte. El arte, para alcanzar todo su valor, debe estar conforme con la vida contemporánea; no es que se trate de negar los derechos a la posteridad, pero debemos procurar gozar hasta el máximum del presente. No se trata tampoco de despreciar las tradiciones del pasado, pero debemos tratar de asimilarlas a nuestra consciencia. La conformidad servil a una tradición o a una fórmula, limita la expresión individualista en la arquitectura; ejemplo de ello son las lamentables imitaciones de arquitectura occidental que hoy vemos en el Japón.
Es curioso observar que en las naciones más susceptibles de progreso de Occidente, la arquitectura esté tan desprovista de originalidad, tan sujeta a las viejas tradiciones de los estilos ancestrales. Acaso la espera de la llegada de una nueva dinastía, el arte atraviese un período de democratización.

En Oriente el arte de la jardinería es uno de los más antiguos, y los cuentos y las canciones están llenas de historias del amor del poeta por su flor favorita. Bajo las dinastías Tang y Song, los ceramistas crearon para las plantas recipientes maravillosos; no eran vasos, sino verdaderos palacios llenos de piedras preciosas. Cada flor tenía un doméstico especialmente encargado de velar por ella y de cepillar sus hojas con un fino cepillo de pelo de conejo. Yuenchunlang, dice en su Pingtsé que la peonia debe ser regada por una joven maravillosamente ataviada, y el ciruelo de invierno por un monje pálido y grave. En el Japón, una de las danzas más populares, el hachinoki, que data de la época de Ashikaga, refiere la historia de un caballero pobre, que no teniendo nada para calentarse, cortó una noche, para recibir a un religioso errante, sus plantas más queridas para quemarlas. El religioso no es otro que HOJO-Tokiyori, el Haroun-el-Raschif del Oriente, el sacrificio del buen caballero es recompensado espléndidamente. Aun hoy día, la representación de esta comedia arranca lágrimas a los espectadores de Tokio.
Antiguamente se tomaban las mayores precauciones para preservar y cuidar las flores.
Cuando un Maestro del Té arregla una flor según su rito, la colocará sobre el Tokonoma, que es el puesto de honor de toda residencia japonesa.
Nada que pueda perjudicar el efecto que produce se colocará cerca de ella, ni aun una pintura, a menos que haya alguna razón estética para una combinación de este género. La flor está allí como un príncipe en su trono y los invitados, al entrar, se inclinarán ante ella antes de saludar al huésped. Existe toda una literatura a este respecto y son ejecutados dibujos que se divulgan para edificación de los amantes de las flores. Cuando la flor se marchita, el dueño la confía cuidadosamente al río o tiernamente la oculta bajo la tierra. Algunas veces se elevan por ellas pequeños monumentos.
El origen del arte de arreglar las flores es contemporáneo con el teísmo, es decir del siglo quince. Nuestras leyendas atribuyen el primer arreglo floral a los viejos santos budistas que recogían las flores segadas por el huracán y, en su solicitud por todas las cosas vivientes, las ponían en jarros llenos de agua.

Los Maestros del Té afirmaban que el verdadero sentido del arte sólo es posible a quienes sienten del arte su influencia viviente. Y así trataban de amoldar su vida cotidiana al perfecto modelo de refinamiento que realizaban en la Cámara del Té. En cualquier ocasión trataban de conservar su serenidad de espíritu y de enderezar la conversación de manera que no se rompiese jamás la armonía circundante.
El color y el corte de los vestidos, el equilibrio del cuerpo, la manera de caminar, todo puede servir para la manifestación de una personalidad artística.
Punto en verdad capital, porque quien no ha alcanzado la belleza no tiene derecho a acercarse a la belleza. Y por esto el Maestro del Té, trataba de ser algo más que un artista, el arte mismo. Era el Zen de la estética.
La perfección está en todo si nos preocupamos de reconocerla. Rikiu se complacía en citar un viejo poema en el que se dice:
«A quienes sólo aman las flores, quisiera mostrarles la florescencia de la primavera en los capullos nacientes sobre las colinas cubiertas de nieve».
Los últimos momentos de los Maestros del Té estaban tan llenos de refinamiento como lo habían estado sus vidas. Buscando siempre conservar la armonía con el gran ritmo del universo, estaban siempre dispuestos a penetrar en lo ignoto.

This short book has undoubtedly become a classic. Before it was a drink, tea was a medicine. Only in the eighth century did he enter China, in the realm of poetry, as one of the most elegant distractions of that time. In the fifteenth century, Japan gave him a patent of nobility and made it an aesthetic religion: theism.
Theism is a cult based on the adoration of beauty, so difficult to find among the vulgarities of everyday trivial existence. It leads its faithful to the inspiration of purity and harmony, the romantic sense of social order and the mystery of mutual mercy. It is essentially the cult of the Imperfect, since all your effort tends to make something possible in this impossible thing that we all know is life.
Considered in the vulgar sense of the word, tea philosophy is not a simple aesthetic, since it helps us to express, together with ethics and religion, the integral conception of man and nature.

Tea is a work of art and needs the hand of a teacher to manifest its noble qualities. There is good tea and bad tea, as there is good painting and bad painting, and there are so few recipes to make a perfect tea as rules for painting a good Titian or a Sesson. Each formula of preparing leaves has its individuality, its special affinities with water and heat, its hereditary memories, its own way of telling. True beauty has to reign in it. What a suffering he is to see that society refuses to admit this fundamental, so simple law of art and life! Lichihlai, a poet Song, has noted, with great melancholy, that the three most deplorable things in the world, are: to see a youth torn by bad education, contemplate admirable paintings sullied by the admiration of the vulgar and see so much good tea cause of imperfect handling.
Like Art, tea has its schools and its periods. Its evolution can be divided into three main stages; tea boiled, tea ground and tea infused.
Tea was for us more than the idealization of a form of drinking; It was a religion of the art of life. This brew became a pretext for the cult of purity of refinement; a sacred function in which the guest and his guest united to reach together the bliss of worldly life. The tea room was an oasis in the desert of life, in which travelers, tired, could meet to drink in the common spring of love and art. The ceremony was an improvised drama whose plot was framed around the tea table, the flowers and the silks painted. No color disturbed the tranquility of the room, no noise disturbed the rhythm of things, no gesture broke the harmony, no word destroyed the unity of the surroundings, all movements were executed simply and naturally, these were the designs of the tea ceremony . It seems strange that success has crowned it; a subtle philosophy inhabits it. Theism was Taoism in disguise.

The kinship of Zenism and tea is proverbial. We have already noted that the ceremonial tea is a development of the Zen ritual. The name of the founder of Taoism, Laotsé, is intimately linked to the history of tea. In the Chinese school manual, when discussing customs and practices, it is said that the ceremony of offering tea to a guest dates back to Kwanyin, who for the first time offered during a Hann parade, to the Old Philosopher, a cup of the precious golden liquid . We will not try here to discuss the authenticity of these traditions; in any case, they demonstrate the antiquity of the use of tea by the Taoists. The interest that Taoism and Zenism present to us lies especially in the ideas concerning life and art of what we call Theism.
It is regrettable that despite some worthy attempts, there is no exact presentation of Taoist and Zenist doctrines in any foreign language.

The tea chamber (the Sukiya), does not pretend to be more than a humble villager’s mansion, a page shack, as we call it. The original ideographic characters used in the word Sukiya mean the House of Fantasy. Later, the great tea masters added some characters and replaced others, according to their different conceptions of the tea and its enclosure, so that the word Sukiya, can in turn mean the House of the Void, or the House of the Asymmetric. It is, in effect, the House of the Fantasy because of the fact of the south only an ephemeral construction, raised to serve as asylum to a poetic drive. It is also the House of the Void, for its lack of ornamentation that allows to place in it, freely, what is indispensable to satisfy a passing aesthetic caprice. And it is also the House of Asymmetry, because it is consecrated to the cult of the Imperfect, and that something unfinished is always left voluntarily so that the imagination can finish it to its liking.
The ideals of Theism have exercised, since the sixteenth century, such a great influence on our architecture, that the current interiors of contemporary Japan give the stranger the impression of being almost empty, because of their extreme simplicity and the purity of the decor.
The creation of this first tea sanctuary, is due to Shenno-Soyeki, more generally known in the name of Rikiu.
The fact that the tea chamber is built to suit an individual taste is a powerful application of the principle of vitality in art. Art, to achieve all its value, must be in accordance with contemporary life; It is not that it is about denying the rights to posterity, but we must try to enjoy the maximum of the present. It is also not about disregarding the traditions of the past, but we must try to assimilate them to our consciousness. The servile conformity to a tradition or a formula limits the individualistic expression in architecture; An example of this are the lamentable imitations of Western architecture that we see today in Japan.
It is curious to note that in the nations most susceptible to progress in the West, architecture is so devoid of originality, so subject to the old traditions of ancestral styles. Perhaps waiting for the arrival of a new dynasty, art goes through a period of democratization.

In the East the art of gardening is one of the oldest, and the stories and songs are full of stories of the poet’s love for his favorite flower. Under the Tang and Song dynasties, the potters created wonderful containers for the plants; they were not vessels, but true palaces full of precious stones. Each flower had a housekeeper especially in charge of watching over it and brushing its leaves with a fine brush of rabbit hair. Yuenchunlang, says in his Pingtsé that the peony must be watered by a beautifully dressed young woman, and the winter plum by a pale and grave monk. In Japan, one of the most popular dances, the hachinoki, dating from the time of Ashikaga, tells the story of a poor gentleman, who having nothing to warm himself, cut off one night, to receive a wandering religious, his plants most loved to burn them. The religious is none other than HOJO-Tokiyori, the Haroun-el-Raschif of the East, the sacrifice of the good knight is rewarded splendidly. Even today, the representation of this comedy tears tears to Tokyo viewers.
In the past, the greatest precautions were taken to preserve and care for flowers.
When a Tea Master arranges a flower according to its rite, he will place it on the Tokonoma, which is the place of honor of every Japanese residence.
Nothing that can harm the effect it produces will be placed near it, not even a painting, unless there is some aesthetic reason for a combination of this genre. The flower is there like a prince on his throne and the guests, upon entering, bow before it before greeting the guest. There is a whole literature in this regard and drawings that are published for the construction of flower lovers are executed. When the flower withers, the owner entrusts it carefully to the river or tenderly hides it under the earth. Sometimes small monuments are raised by them.
The origin of the art of arranging flowers is contemporary with theism, that is, the fifteenth century. Our legends attribute the first flower arrangement to the old Buddhist saints who collected the flowers cut off by the hurricane and, in their solicitude for all living things, put them in jars full of water.

Tea Teachers affirmed that the true meaning of art is only possible for those who feel their living influence in art. And so they tried to mold their daily life to the perfect model of refinement they made in the Chamber of Tea. On any occasion they tried to preserve their serenity of spirit and to straighten the conversation so that the surrounding harmony would never be broken.
The color and the cut of the dresses, the balance of the body, the way of walking, everything can serve for the manifestation of an artistic personality.
Point truly capital, because who has not reached beauty has no right to approach beauty. And for this the Tea Master, tried to be something more than an artist, art itself. It was the Zen of aesthetics.
Perfection is in everything if we care to recognize it. Rikiu was pleased to quote an old poem in which he says:
«To those who only love flowers, I would like to show you the springtime blossoming in the buds on the snow-covered hills».
The last moments of the Tea Masters were as full of refinement as their lives had been. Always seeking to preserve harmony with the great rhythm of the universe, they were always ready to penetrate the unknown.

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