Con derecho a cocina — Mary Higgins Clark / Kitchen Privileges: A Memoir by Mary Higgins Clark

Estas son las memorias de esta escritora que iba para ello, interesante, a través de una infancia en el Bronx, colegios de monjas y herencia irlandesa por sus poros. Sin duda uno de los aspectos curiosos es cuando su padre quiere alquilar la casa con derecho a cocina en el vecindario y eso no sienta muy bien.
Además sus andanzas como azafata de la PanAm y sus estudios espinosos con el francés y conocer mundo.

Sin duda el dominio de la palabra se refleja en estos aspectos:
La felicidad es como el mercurio. Difícil de retener, y cuando la dejamos caer, se fragmenta en mil pedazos. Quizá los más valientes sean aquellos que tienen el coraje de volver a conquistarla.

Los comienzos fueron con relatos de 3500 palabras para revistas. Para los primeros nueve o diez relatos seguí utilizando el mundo de una azafata de vuelo como escenario. Por raro que parezca, los dos primeros, «Stowaway» y «Milk Run», eran historias de suspense. «Milk Run» surgió de las dos semanas de mis días en la Pan Am durante las cuales formé parte de la tripulación de un vuelo a las Bermudas al que llamábamos «luna de miel exprés». Despegábamos de La Guardia a las ocho de la mañana, llegábamos a las Bermudas a mediodía, haraganeábamos por el aeropuerto durante el resto del día y, a última hora de la tarde, emprendíamos el viaje de vuelta.

En 1968, después de pasar tres años levantándome a las cinco para escribir, terminé mi libro sobre George y Martria Washington. Lo titulé Aspire to the Heavens [Aspira a los cielos] que fue siempre el lema de Mary Ball Washington, la madre de George. Es uno de los peores títulos de todos los tiempos. Cuando se publicó un año más tarde, las pocas librerías donde llegó lo colocaron en la sección espiritual, entre la Biblia y Norman Vincent Peale. Los dependientes pensaron que se trataba de un libro de oraciones.
Pero se publicó, y eso es lo que importa. Había escrito un libro y debo decir que a mí me parecía bueno. No obstante, no solo el título contribuyó a que fuera uno de los grandes secretos de 1969, ya que la editorial fue vendida justo después de que el libro saliera a la venta, por lo que no hubo ni una línea de publicidad que ayudara al mundo a saber que mi primer libro existía. Sin embargo, de alguna forma se las ingenió para llegar a una librería próxima a la oficina.
Un fascinante caso de asesinato en Nueva York había suscitado el interés de todo el mundo. Alice Crimmins, madre de veintiséis años, había sido acusada del asesinato de sus dos hijos de cinco y tres años. No se la había acusado de negligencia criminal por haberlos dejado solos y haberse incendiado la casa, sino de asesinato frío y deliberado.
A la mayoría nos parecía inconcebible que una madre pudiera hacer eso a sus hijos. Y entonces pensé: supón que una madre joven e inocente es acusada del asesinato de sus dos hijos; supón que la dejan en libertad por una cuestión técnica, y supón que siete años más tarde, el día de su trigésimo segundo cumpleaños, los hijos de su segundo matrimonio desaparecen.
Me gustó la idea y decidí escribirlo. Entonces no lo sabía, pero se estaba gestando mi primer best sellers, ¿Dónde están los niños?.
El gran salto se produjo al año siguiente. Yo había presentado el manuscrito que llamé Cruce de caminos, que se publicaría con el nombre de Un extraño acecha.
Mientras escribía, había ido pasándole capítulos sueltos a Pat y, gracias a sus consejos, la mejoré todo lo posible. Simon and Schuster tenían la opción de compra y yo cruzaba los dedos porque a los editores les gustara y estuvieran dispuestos a comprar. No dejaba de leer casos de gente que había hecho un primer libro muy bueno y cuya segunda novela había sido un fracaso.
Además, suele decirse que todo el mundo lleva una historia en su interior. Quizá yo ya había agotado la mía. Esto es lo que me pasaba por la cabeza mientras estaba en mi despacho en Aerial, escribiendo guiones para alguna de nuestras nuevas series.
En abril de 1977 la ofrecían 1 millón de dólares por su nueva novela y superar la muerte de su hermano…

En 1996 en la fiesta que iba a dar el día de San Patricio para celebrar la publicación de mi última novela, Pálida como la luna.
Invité a John Conheeney. Él vino. Era como Patty había dicho, y mucho más. Ocho meses más tarde, nos casamos en la iglesia de mi parroquia, St. Gabriel. Mis cinco hijos y seis nietos y sus cuatro hijos y siete nietos ocupaban los bancos delanteros. Ahora, entre los dos, tenemos dieciséis nietos. Afortunadamente, todos viven muy cerca.
Hay un viejo dicho que sostiene: «Si quieres ser feliz durante un año, gana la lotería. Si quieres ser feliz toda la vida, ama lo que haces».
Yo adoro ser escritora.
Otra definición de felicidad es: «Algo que tener, alguien a quien amar, algo en lo que tener esperanza».

These are the memories of this writer who was going for it, interesting, through a childhood in the Bronx, schools of nuns and Irish heritage through their pores. Undoubtedly one of the curious aspects is when his father wants to rent the house with the right to cook in the neighborhood and that does not feel very good.
In addition, his adventures as a stewardess of PanAm and his thorny studies with French and to know the world.

No doubt the domain of the word is reflected in these aspects:
Happiness is like mercury. Difficult to retain, and when we drop it, it fragments into a thousand pieces. Perhaps the bravest are those who have the courage to conquer it again.

The beginnings were with stories of 3500 words for magazines. For the first nine or ten stories I continued to use the world of a flight attendant as the stage. Oddly enough, the first two, “Stowaway” and “Milk Run,” were suspense stories. “Milk Run” came out of the two weeks of my days at Pan Am during which I was part of the crew of a flight to Bermuda that we called an “express honeymoon.” We took off from La Guardia at eight o’clock in the morning, we arrived in Bermuda at noon, we would loiter around the airport for the rest of the day and, in the late afternoon, we would start the trip back.

In 1968, after spending three years getting up at five to write, I finished my book on George and Martria Washington. I called it Aspire to the Heavens, which was always the motto of Mary Ball Washington, George’s mother. It is one of the worst titles of all time. When it was published a year later, the few bookstores where it arrived were placed in the spiritual section, between the Bible and Norman Vincent Peale. The clerks thought it was a prayer book.
But it was published, and that is what matters. I had written a book and I must say that it seemed good to me. However, not only the title contributed to it being one of the great secrets of 1969, since the publisher was sold just after the book went on sale, so there was not even a line of advertising that would help the world to know that my first book existed. However, somehow he managed to get to a bookstore near the office.
A fascinating murder case in New York had aroused the interest of the whole world. Alice Crimmins, a twenty-six-year-old mother, had been charged with the murder of her two children, ages five and three. She had not been accused of criminal negligence for having left them alone and had the house burned down, but for cold and deliberate murder.
Most of us thought it inconceivable that a mother could do that to her children. And then I thought: Suppose a young innocent mother is accused of the murder of her two children; Suppose they leave her free on a technical matter, and suppose that seven years later, on the day of her thirty-second birthday, the children of her second marriage disappear.
I liked the idea and decided to write it. So I did not know it, but my first best sellers was brewing, where are the children?
The great jump occurred the following year. I had presented the manuscript that I called Cruce de caminos, which would be published under the name of A Stranger Lies.
While writing, I had been passing chapters to Pat and, thanks to his advice, I improved everything possible. Simon and Schuster had the option to buy and I crossed my fingers because the publishers liked it and were willing to buy. I kept reading cases of people who had made a very good first book and whose second novel had been a failure.
In addition, it is often said that everyone has a story inside them. Maybe I had already exhausted mine. This is what was going through my mind while I was in my office in Aerial, writing scripts for some of our new series.
In April 1977 she was offered $ 1 million for her new novel and to overcome the death of her brother …

In 1996 at the party that was going to give the day of St. Patrick to celebrate the publication of my latest novel, Pale as the moon.
I invited John Conheeney. The wine. It was like Patty had said, and much more. Eight months later, we got married in the church of my parish, St. Gabriel. My five children and six grandchildren and their four children and seven grandchildren occupied the front benches. Now, between the two of us, we have sixteen grandchildren. Fortunately, everyone lives very close.
There is an old saying that holds: “If you want to be happy for a year, win the lottery. If you want to be happy all your life, love what you do ».
I love being a writer.
Another definition of happiness is: “Something to have, someone to love, something to have hope”.

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