Historia del calendario — David Ewing Duncan

Este es un interesante libro sobre el tiempo en la humanidad. Nuestra obsesión por medir el tiempo es intemporal. Después de la conciencia, debe de ser nuestro rasgo más característico como especie, ya que una de las primeras cosas de las que fuimos conscientes fue, sin duda alguna, nuestra mortalidad… el hecho de que vivimos y morimos en un tiempo dado.
Incluso en una época en que medimos femtosegundos (trillonésimas de segundo) y cúmulos de estrellas situados a 11 000 millones de años luz, el tiempo cuestiona las medidas realmente objetivas. Parece deslizarse lentamente e incluso detenerse en ciertos momentos, y correr y precipitarse en otros. Podemos derrochar tiempo, hacer tiempo, conservarlo, ahorrarlo, matarlo, perderlo y desearlo.
Durante miles de años, el esfuerzo por medir el tiempo y crear un calendario factible ha sido una de las grandes luchas de la humanidad, un enigma para los astrónomos, matemáticos, sacerdotes, reyes y todos los que han necesitado contar los días que faltan para la siguiente cosecha, calcular cuándo hay que pagar los impuestos, o determinar el momento exacto de realizar un sacrificio para calmar a un dios colérico. Incluso puede afirmarse que la misma ciencia arrancó de la necesidad humana de comprender el paso del tiempo, de domeñar el avance de la vida e imponerle un sentido del orden.
El empeño por organizar y controlar el tiempo sigue siendo constante hoy día. Es uno de nuestros mayores esfuerzos colectivos mientras forjamos nuestro futuro y tratamos de comprender el pasado.

Bacon era quitar un día del calendario cada 125 años. Pero hizo una advertencia en el sentido de que «nadie nos ha dado todavía la duración verdadera de un año, con pruebas concluyentes, y sin ninguna duda», una realidad que continuaría complicando la solución final del problema del calendario durante los siglos siguientes.
Roger Bacon no fue exactamente el primero en darse cuenta del desajuste del calendario respecto del año solar. Mil años antes, el astrónomo griego Claudio Tolomeo (c. 100-178) había señalado que el año del calendario se quedaba corto respecto del año verdadero, aunque su cálculo difería sustancialmente del de Bacon.
La reforma de Gregorio la llevó a efecto una comisión creada en 1572 o 1574 y dirigida por el matemático bávaro Cristóbal Clavio (Christophorus Clavius, 1537-1612), uno de los dos héroes silenciosos de la empresa. El otro fue un físico italiano llamado Luis Lilio (1510-1576), que fue quien realmente elaboró la solución que Gregorio promulgó en una bula papal el 24 de febrero de 1582. Habían pasado exactamente 316 años (más dos días y medio perdidos) desde la petición de Roger Bacon a Clemente IV.
Hoy casi todo el mundo da por sentada la exactitud del calendario, sin saber nada del largo hilo que se pierde en el pasado y que recorre prácticamente todas las grandes revoluciones de la ciencia, todas ligadas al cálculo del tiempo. El hilo, en términos generales, atraviesa todo Occidente.

A pesar de las proezas de mesoamericanos y gente de Wessex en el cálculo del tiempo, fueron los egipcios, los primeros que confiaron en el sol, quienes se pusieron en el camino directo de nuestra historia. Fue su aventura con el sol lo que nos trajo nuestro calendario, consiguiendo imponer el año solar sobre el lunar, primero en la cuenca del Nilo, luego en Europa y, mucho más tarde, en todo el mundo. Pero este triunfo del año egipcio fue difícilmente inevitable. No fue ni siquiera probable, dadas las circunstancias que llevaron a la fusión del antiguo calendario solar del Nilo con el impetuoso e incipiente imperio gobernado por un pueblo que vivía a orillas de otro río, el Tiber, y que estaba guiado por un conquistador que cuando adoptó un nuevo calendario lo hizo más por amor a una mujer legendaria que por deseo de medir el tiempo con precisión.
El calendario juliano inyectó además un nuevo espíritu en la forma que tenía la gente de pensar en el tiempo. Antes se pensaba en él como en un ciclo de sucesos naturales que se repetía o como en un instrumento de poder. Pero nada más. Desde entonces el calendario estuvo al alcance de todos como una herramienta objetiva y útil para organizar planes de navegación, para extender cultivos, para rendir culto a los dioses, para concertar matrimonios y para enviar cartas a los amigos.

La elección constantiniana del domingo no estuvo exenta de polémica. Rechazaba descaradamente la institución del sábado, observada tradicionalmente por los judíos y los paganos romanos, que en el antiguo Imperio habían establecido aquel día como jornada de descanso y piedad religiosa.
También había sido el sábado el día elegido en otra época por muchos cristianos, ya que casi todos los primeros creyentes eran judíos que se sentían obligados a mantener su tradicional festividad aquel séptimo día de la semana judía. Pero como Jesús fue crucificado el sexto día de la semana judía y, según la Biblia, resucitó de entre los muertos el primer día de la semana siguiente (domingo), algunos dirigentes cristianos de la Antigüedad decidieron cambiar la fiesta del sábado al domingo y señalar este día todas las semanas con un servicio especial con participación de la Eucaristía.
Pero las viejas costumbres no mueren con facilidad. Todavía a fines del siglo II había prelados cristianos que se quejaban de los cristianos que continuaban celebrando el sábado.

Planetas. Romanos. Castellano. Francés. Inglés. Italiano
Sol. Sol. Domingo. dimanche. Sunday. domenica
Luna. Luna. Lunes. lundi. monday. lunedi
Marte. Marte. martes. mardi. tuesday. martedi
Mercurio. Mercurio. miércoles. mercredi. Wednesday. mercoledi
Júpiter. Júpiter. jueves. jeudi. thursday. giovedi
Venus. Venus. viernes. vendredi. friday. venerdi
Saturno. Saturno. sábado. samedi. Saturday. sabato

El calendario, impuesto 2000 años antes por Julio César y modificado 1600 años después por un Papa mediocre, se había convertido en el calendario mundial: una clave para medir el tiempo que hoy utiliza todo el mundo, salvo los pueblos más aislados, como unidad cronológica universal. Ello a pesar de sus extrañas peculiaridades y de los giros de la historia que lo produjeron, siguiendo una trayectoria inverosímil, desde Sumer y Babilonia hasta Roma, desde la India gupta y el Oriente islámico hasta la Europa del Renacimiento.
La búsqueda continúa actualmente en la edad del tiempo atómico, lo que nos lleva por fin al Edificio 78 del Observatorio de la Marina de Estados Unidos, en Washington, D. C., donde el tiempo se mide hoy, no observando la luna y el sol, ni con un reloj de sol, de agua, de péndulo, de cuerda ni de cristal de cuarzo, sino con una pequeña cantidad de un raro elemento llamado cesio.

En 1967 se determinó que la media del movimiento atómico del cesio era de 9 192 631 770 oscilaciones por segundo. Ésta es actualmente la medida oficial del tiempo universal, que reemplaza la vieja medida estándar, basada en la rotación y la órbita de la tierra, cuyo número base era 1 segundo igual a 1/31556925,9747 de año. Esto significa que bajo este nuevo régimen del cesio, el año ya no tiene oficialmente 365,242199 días sino 290 091 200 500 000 000 oscilaciones de cesio, oscilación más o menos.
Esto significa que hemos hecho realidad el sueño de César, Aryabhata, al-Juarizmí, Bacon, Clavio y muchos otros: la construcción de un aparato que por fin puede medir un año exacto y preciso.
Otro desajuste, el que hay entre el tiempo atómico y el tiempo terrestre, que fluctúa según el capricho de la naturaleza, aunque a veces muy poco. Incluso con los más eficaces instrumentos modernos, los medidores actuales del tiempo han de limitarse a observar y a registrar las inclinaciones y vaivenes de la tierra mientras pierde un nanosegundo aquí y gana otro allá. Pero siguen siendo tan incapaces de decir el tamaño de este desajuste en un momento dado como Beda el suyo en el siglo VIII; entre lo que él observaba estaban la duración del año según su reloj de sol y la duración que debía tener según el calendario de la Iglesia. En su época, es verdad, existía el mismo problema con un tiempo sagrado demasiado perfecto comparado con el tiempo terrestre, puesto que entonces todo el mundo creía que era perfecto.

Hay un montón de pequeños defectos que molestan a la gente y que lo único que consiguen es que un reducido pero inquieto grupo de reformadores en ciernes estén a la espera de conseguir un calendario mejorado que lleve su nombre. Entre estos defectos destacan:
– Las divisiones del año (el mes, el trimestre, el semestre) no tienen la misma duración. Esto es de lo más desagradable para cualquiera que gestione una operación comercial, pague impuestos o recoja estadísticas.
– Los días de la semana cambian cada año y cada año empieza el día siguiente al del año anterior, o dos días después, cuando lo que sigue es un año bisiesto. A causa del año bisiesto, este desajuste traza un ciclo que se repite cada 28 años.
– El calendario gregoriano sigue estando equivocado, pues el año que describe va irnos 25,96 segundos por delante del año verdadero. Desde 1582, ha acumulado alrededor de 2 horas, 59 minutos y 12 segundos y llegará a un día completo dentro de unas 72 generaciones (en 4909), suponiendo que los humanos todavía estén allí y todavía utilicen el calendario bautizado según un papa fallecido 3330 años antes.
– La «era» que utilizamos para calificar nuestros años (inicialmente la «era cristiana» y en los últimos tiempos «nuestra era») sigue siendo confusa porque no existe el año 0. Esto significa que, técnicamente, los siglos empiezan en la posición …01, no en la …00, y los milenios en la …001, no en la …000. Pero la gente prefiere celebrar el comienzo, digamos, del siglo XX en 1900, y el milenio que viene en el año 2000 y no en el 2001. Otros se quejan de la extrañeza de una cronología d. C. y un a. C., con fechas «positivas» y «negativas».

Ha habido intentos de arreglar estos pequeños y molestos problemas. Uno de los más curiosos fue el calendario de la Revolución Francesa («calendario de la Razón»). No hizo nada por corregir el error de 25,96 segundos, que los revolucionarios probablemente desconocían. Pero arreglaron otros problemas en su celo por extirpar el viejo orden, tal como César, Constantino y muchos otros habían hecho.
En este caso, los jacobinos se limitaron a tirar el calendario gregoriano y a reemplazarlo por el suyo, que era mucho más uniforme y conveniente. Publicado en 1792 (el año I de la revolución), este nuevo calendario tenía meses uniformes de 30 días; los 5 (o 6) días que faltaban se añadían al final. Eran días reservados para las fiestas de La virtud, El carácter, El trabajo, La opinión y La recompensa.

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