Filosofía para bufones — Pedro González Calero / Philosophy For Buffoons by Pedro González Calero (spanish book edition)

Sin duda este libro es muy interesante porque a través de anécdotas filosóficas nos adentra en este mundo y es su gran acierto.
Por ejemplo Cuando un alfarero le preguntó a Sócrates si debía casarse o permanecer soltero, este respondió: «Hagas lo que hagas te arrepentirás». Cuando Diógenes fue hecho prisionero y puesto a la venta como esclavo, el vendedor le preguntó qué sabía hacer, y este respondió: «Sé mandar. Mira a ver si alguien quiere comprar un amo». En su juventud, San Agustín recitaba esta plegaria: «Señor, concédeme castidad y continencia, pero espera unos años». Cuando a madame de Staël le preguntaron por qué las mujeres guapas tenían más éxito entre los hombres que las inteligentes, respondió: «Porque hay pocos hombres ciegos, pero muchos hombres tontos». Cuando alguien le preguntó a Bertrand Russell por qué nunca había escrito sobre estética, este respondió: Porque no sé nada de estética…, aunque reconozco que no es una buena excusa, porque mis amigos dicen que mi ignorancia nunca me ha impedido escribir sobre otros temas”.

Con Aristóteles mientras que los mitos no pueden dar una explicación de aquello que cuentan, ni pueden dar razón de sí mismos, la filosofía sí está en condiciones (o al menos aspira a estarlo) de justificar racionalmente sus afirmaciones.
Con el tiempo, los mitos fueron sustituidos por otras formas de interpretar la realidad y, aunque al principio convivieron con la filosofía, después fueron desapareciendo hasta ser finalmente arrinconados en nuestras sociedades por el conocimiento de orden científico. De manera que el mito, que originariamente significaba en griego «palabra verdadera», ha acabado siendo sinónimo de algo así como relato inventado o cuento.

Un oráculo era para los griegos el santuario donde se practicaba la adivinación. Pero los griegos también llamaban oráculo a la respuesta que daba el dios cuando era preguntado por algún visitante del santuario.
De todos los oráculos griegos, el de Delfos fue el que más prestigio llegó a alcanzar. A él acudían quienes querían pedir consejo a los dioses o conocer algún dato del futuro. Cuando Querefonte, amigo personal de Sócrates, preguntó al oráculo de Delfos quién era el hombre más sabio, la pitonisa respondió que Sócrates.
Al ser informado Sócrates de las palabras del oráculo, comentó la sentencia diciendo que su sabiduría consistía en reconocer que nada sabía, mientras que sus conciudadanos creían saber lo que en realidad no sabían.

Es común a muchas de las filosofías y religiones orientales la creencia en la transmigración de las almas, si bien el budismo, que descree de la existencia del alma como sustancia permanente, prefiere hablar del renacimiento de las formas tras la muerte de los individuos. Un kōan budista hace referencia a ello con su buena dosis de humor:
Un discípulo le preguntó a su maestro dónde podría encontrarlo dentro de cien años y el maestro le respondió:
—Dentro de cien años seré un buey y estaré pastando en la ribera del río.
—¿Y podré seguirte? —preguntó el discípulo.
El maestro le contestó:
—Si lo haces, asegúrate de que no me falte hierba.

San Agustín es uno de los filósofos que con más perspicacia ha abordado el problema del tiempo. Esta misma perspicacia le lleva a reconocer que cree saber lo que es el tiempo si no tiene que explicárselo a nadie, pero que si tiene que explicárselo a alguien se da cuenta de que no lo sabe. Según san Agustín, no hay tiempo donde no hay mundo, pues sin mundo no hay cambio, y sin cambio no hay tiempo. Por tanto, no pudo pasar un tiempo determinado antes de que Dios creara el mundo, sino que el tiempo y el mundo sólo pueden haber surgido a la vez.
De ahí que, según san Agustín, carezca de sentido preguntarse qué hacía Dios antes de crear el mundo, tal y como ocurría en un chiste de la época, por mucho que la respuesta del bromista fuera:
—Antes de la creación del mundo, Dios estaba preparando el infierno para quienes hacen ese tipo de preguntas.
San Agustín propugnaba en sus obras de madurez la castidad y el recogimiento, pero él mismo llevó durante sus años de juventud una vida bastante disoluta. En sus Confesiones reconoce que de joven recitaba esta plegaria: «Señor, concédeme castidad…

Descartes ha sido llamado «el filósofo enmascarado» porque tanto su vida como su obra estuvieron envueltas en disfraces. Él mismo escribió: «De igual manera que los comediantes llamados a escena se ponen una máscara, para que nadie vea el pudor reflejado en su rostro, así yo, a punto de entrar en este teatro del mundo del que hasta ahora sólo he sido espectador, avanzo enmascarado».
Muchas de las precauciones que Descartes tomó a la hora de presentar en sociedad sus descubrimientos tenían que ver con el miedo a ser objeto de la persecución eclesiástica. Así, en 1633, cuando supo que Galileo había sido condenado por la Inquisición, decidió paralizar la publicación de su obra. Según cuenta W. Weischedel, llegó a escribirle una carta a un amigo en la que le decía: «El mundo no conocerá mi obra antes de que pasen cien años de mi muerte». A lo que el amigo respondió en broma que, puesto que la humanidad no podía privarse durante tanto tiempo del acceso a los libros de semejante sabio, tal vez habría que ir pensando en matarlo cuanto antes.

Mucha gente asocia a los filósofos con gente frugal y más bien incapacitada para disfrutar de los placeres de la vida. Así debía de creerlo también el conde de Lamborn, quien se encontró en uno de los mejores mesones de París con Descartes, el más famoso de los filósofos del siglo XVII, quien, con gesto de satisfacción, estaba dando buena cuenta de un exquisito faisán. Al verlo, el conde se dirigió a Descartes con estas palabras:
—No sabía que los filósofos disfrutaran con cosas tan materiales como ésta.
Contrariado por la impertinencia y la intromisión, Descartes le replicó:
—¿Y qué pensabais, que Dios hizo estas delicias para que las comieran sólo los idiotas?.

Juan de Mairena decía que la muerte es una idea a priori, pues nadie tiene experiencia de su propia muerte y, aun así, todo el mundo está convencido de que un día morirá. Sin embargo, la vida, decía Mairena, es «un objeto de conciencia inmediata, una turbia evidencia. Lo que explica el optimismo del irlandés del cuento, quien, lanzado al espacio desde la altura de un quinto piso, se iba diciendo, en su fácil y acelerado descenso hacia las losas de la calle, por el camino más breve: Hasta ahora voy bien».

Mentir siempre debe de ser tan difícil como decir siempre la verdad. Bertrand Russell decía estar convencido de que su amigo, el filósofo Georges Edward Moore (un filósofo de probada honestidad intelectual que había influido notablemente en Russell por su práctica del análisis lingüístico), no había mentido ni una sola vez en su vida.
Un día se lo preguntó directamente:
—Moore, estoy seguro de que tú nunca has mentido. ¿Es cierto?
Moore respondió:
—No, no es cierto.
Después de aquello, Russell comentaría:
—Es la única vez que le he visto mentir.

En 1948, el avión en el que Russell viajaba se estrelló en el Mar del Norte y murieron diecinueve personas. Russell, que ya contaba setenta y seis años de edad, estuvo nadando durante un buen tiempo hasta ponerse a salvo. Cuando los periodistas le preguntaron en qué había pensado su privilegiada mente durante aquel trayecto a nado, Russell respondió con su acostumbrada socarronería:
—Sólo pensaba en lo fría que estaba el agua.
A raíz de aquel accidente Russell no se cansaría de decir que el tabaco era beneficioso para la salud y que a él le había salvado la vida, pues todos los pasajeros que se habían salvado en aquel avión siniestrado se encontraban en la zona de fumadores del aparato.

El solipsismo es la teoría que afirma que sólo existe el yo particular y no hay nada fuera de él. Ahora bien, ¿es posible creer de verdad que sólo existo yo? ¿Tiene sentido el concepto de «yo» sin el de «otro»? ¿Cómo sería posible experimentar pudor ni vergüenza ante una situación comprometida si no creyéramos que existen los demás? Aun así, el solipsismo no es imposible, aunque sí resulta bastante inverosímil, pues parece que todos estamos convencidos de la existencia de otros yoes y, en buena medida, nuestra vida gira en torno a esa creencia. Así parece indicarlo una conocida anécdota que tuvo como protagonista al filósofo Bertrand Russell:
En cierta ocasión, una mujer le dijo:
—¿Por qué le sorprende tanto que sea solipsista? ¿Acaso no lo somos todos?.

Hay un chiste muy del gusto de los estudiantes en el que un profesor le dice a uno de sus alumnos:
—Haga el favor de despertar a su compañero.
Y el alumno replica:
—Despiértelo usted, que es el que lo ha dormido.
Este chiste parece especialmente apropiado para ciertos filósofos ingleses, y recuerda a una anécdota de C. D. Broad, profesor de filosofía de la Universidad de Cambridge, que no desentonaba mucho en cuanto a aridez y aburrimiento con otros profesores de filosofía de la misma universidad. Al parecer, Broad preparaba sus clases por escrito y luego las leía en voz alta ante sus alumnos. Tenía la costumbre de leer cada frase dos veces. Para no hacer las clases tan aburridas intercalaba algún que otro chiste, también previamente escrito, sólo que, en vez de leerlo dos veces, lo leía tres. Pues bien, según cuenta uno de sus alumnos, Maurice Wiler, ésta era la única manera de distinguir las frases chistosas de las que no lo eran.

Without a doubt, this book is very interesting because through philosophical anecdotes it takes us into this world and it is its great success.
For example, when a potter asked Socrates if he should marry or remain single, he replied: “Whatever you do, you will regret it.” When Diogenes was taken prisoner and put on sale as a slave, the salesman asked him what he knew how to do, and he responded: “I know how to send. Look to see if someone wants to buy a master ». In his youth, St. Augustine recited this prayer: “Lord, grant me chastity and continence, but wait a few years.” When Madame de Staël was asked why beautiful women were more successful among men than intelligent ones, she replied: “Because there are few blind men, but many foolish men.” When someone asked Bertrand Russell why he had never written about aesthetics, he replied: Because I do not know anything about aesthetics … although I recognize that it is not a good excuse, because my friends say that my ignorance has never stopped me from writing about other topics ”

With Aristotle while myths can not give an explanation of what they tell, nor can they give a reason for themselves, philosophy is in a position (or at least aspires to be) to rationally justify its affirmations.
Over time, the myths were replaced by other ways of interpreting reality and, although at first they coexisted with philosophy, then they disappeared until finally cornered in our societies by scientific knowledge. So the myth, which originally meant in Greek “true word”, has ended up being synonymous with something like invented story or story.

An oracle was for the Greeks the sanctuary where divination was practiced. But the Greeks also called the oracle the response that the god gave when asked by a visitor to the sanctuary.
Of all the Greek oracles, that of Delphi was the one that achieved the most prestige. He was attended by those who wanted to ask the gods for advice or know something about the future. When Querephon, a personal friend of Socrates, asked the oracle of Delphi who was the wisest man, the fortune-teller replied that Socrates.
When Socrates was informed of the oracle’s words, he commented on the sentence saying that his wisdom consisted in recognizing that he knew nothing, while his fellow citizens believed they knew what they really did not know.

It is common to many Eastern philosophies and religions belief in the transmigration of souls, although Buddhism, which disbelieves the existence of the soul as a permanent substance, prefers to speak of the rebirth of forms after the death of individuals. A Buddhist kōan refers to it with his good dose of humor:
A disciple asked his teacher where he could find him in a hundred years and the teacher replied:
“In a hundred years I’ll be an ox and I’ll be grazing on the riverbank.
-And can I follow you? The disciple asked.
The teacher replied:
-If you do, make sure I do not lack grass.

Saint Augustine is one of the philosophers who has approached the problem of time with more insight. This same insight leads him to acknowledge that he believes he knows what time is if he does not have to explain it to anyone, but that if he has to explain it to someone, he realizes that he does not know it. According to Saint Augustine, there is no time where there is no world, because without the world there is no change, and without change there is no time. Therefore, a certain time could not have passed before God created the world, but time and the world could only have arisen at the same time.
Hence, according to St. Augustine, it makes no sense to ask what God did before creating the world, as was the case in a joke of the time, no matter how much the prankster’s response was:
-Before the creation of the world, God was preparing hell for those who ask such questions.
St. Augustine advocated chastity and recollection in his mature works, but he himself led a very dissolute life during his youth. In his Confessions he recognizes that as a young man he recited this prayer: «Lord, grant me chastity …

Descartes has been called “the masked philosopher” because both his life and his work were wrapped in disguises. He himself wrote: “In the same way that comedians called on stage put on a mask, so that nobody sees the shame reflected in their face, so I, on the verge of entering this theater of the world that until now I have only been a spectator I advance masked ».
Many of the precautions that Descartes took when presenting his discoveries in society had to do with the fear of being the object of ecclesiastical persecution. Thus, in 1633, when he learned that Galileo had been condemned by the Inquisition, he decided to paralyze the publication of his work. According to W. Weischedel, he wrote a letter to a friend in which he said: “The world will not know my work before one hundred years have passed since my death.” To which the friend replied in jest that, since humanity could not deprive itself for so long of access to the books of such a wise man, perhaps it would be necessary to go thinking of killing him as soon as possible.

Many people associate philosophers with frugal people and rather incapacitated to enjoy the pleasures of life. So must the Count of Lamborn, who found himself in one of the best inns in Paris with Descartes, the most famous seventeenth-century philosopher, who, with a gesture of satisfaction, was giving an account of an exquisite pheasant. Upon seeing him, the count addressed Descartes with these words:
-I did not know that philosophers enjoyed material things like this.
Annoyed by the impertinence and intrusion, Descartes replied:
-And what did you think, that God made these delights so that only the idiots would eat them ?.

Juan de Mairena said that death is an a priori idea, because nobody has experience of his own death and, even so, everyone is convinced that one day he will die. However, life, said Mairena, is “an object of immediate consciousness, a murky evidence. What explains the optimism of the Irishman of the story, who, thrown into space from the height of a fifth floor, was saying, in his easy and accelerated descent to the slabs of the street, by the shortest way: So far I’m fine »

Lying should always be as difficult as always telling the truth. Bertrand Russell claimed to be convinced that his friend, the philosopher Georges Edward Moore (a philosopher of proven intellectual honesty who had greatly influenced Russell for his practice of linguistic analysis), had not lied even once in his life.
One day he asked him directly:
-Moore, I’m sure you’ve never lied. It is true?
Moore replied:
-No it’s not true.
After that, Russell would comment:
-It’s the only time I’ve seen him lie.

In 1948, the plane on which Russell was traveling crashed in the North Sea and nineteen people died. Russell, who was already seventy-six years old, was swimming for a long time until he was safe. When the journalists asked him what his privileged mind had thought during that swimming trip, Russell responded with his customary sarcasm:
-I only thought about how cold the water was.
In the wake of that accident, Russell would not tire of saying that tobacco was beneficial to his health and that he had saved his life, because all the passengers who had been saved in that crashed plane were in the smoking area of ​​the device. .

Solipsism is the theory that states that there is only the particular self and there is nothing outside of it. Now, is it really possible to believe that I exist only? Does the concept of “I” have meaning without that of “other”? How would it be possible to experience shame or embarrassment in a compromised situation if we did not believe that others existed? Even so, solipsism is not impossible, although it is quite implausible, because it seems that we are all convinced of the existence of other selves and, to a large extent, our life revolves around that belief. This seems to indicate a well-known anecdote that had as protagonist the philosopher Bertrand Russell:
On one occasion, a woman told him:
– Why is it so surprising that he is solipsist? Are not we all?

There is a joke very much to the liking of the students in which a teacher tells one of his students:
– Do please awaken your partner.
And the student replies:
– Wake him, who is the one who has slept him.
This joke seems especially appropriate for certain English philosophers, and recalls an anecdote of C. D. Broad, professor of philosophy at the University of Cambridge, who was not out of place in terms of aridity and boredom with other professors of philosophy at the same university . Apparently, Broad prepared his classes in writing and then read them out loud to his students. He had the habit of reading each sentence twice. In order not to make the classes so boring interspersed some other joke, also previously written, only that, instead of reading it twice, I read three. Well, according to one of his students, Maurice Wiler, this was the only way to distinguish funny phrases from those that were not.

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