Gangs de Nueva York — Herbert Asbury

Con el subtítulo de “bandas y bandidos en la gran manzana (1800-1925)”, me parece una magnífica obra que adaptó Martín Scorsese a la gran pantalla.
La primera banda de gánsteres que aterrorizó Nueva York durante casi un siglo surgió entre las viviendas ruinosas y lúgubres que ocupaban las inmediaciones hediondas de la zona de Five Points, en el distrito Sexto de Bloody Ould. Este último abarcaba, aproximadamente, el territorio comprendido entre Broadway, la calle Canal, la Bowery, y Park Row, anteriormente calle Chatham.

La Plaza Paradise era prácticamente la única parte de la ciudad donde los pobres eran bienvenidos. Mientras los aristócratas y los ricos hombres de negocios se paseaban por Broadway y City Hall Park y se deleitaban con los jardines de Cherry Hill, los plebeyos acudían al Points en sus ratos libres para tomarse un respiro. La plaza y su distrito colindante se convirtieron en la isla Coney de la época, y eran el refugio de marineros, criadores de ostras, jornaleros y empleados de oficina de bajo rango. Los aristócratas del Points eran los carniceros, porque este colectivo era el más deportivo de la ciudad. Eran grandes bebedores, llevaban un estilo de vida extravagante y el cuerpo les pedía actividades excitantes. Una de sus diversiones favoritas era atosigar y cazar toros: se encadenaba un toro a un tiovivo donde unos perros lo atormentaban. El principal escenario para este deporte era Bunker Hill.
La calle más célebre de la antigua Nueva York era Little Water, una vía pública muy corta que partía de la calle Cross, atravesaba Paradise Square y llegaba hasta Cow Bay. Esta última se llamaba así porque en su día fue una pequeña bahía en el viejo Collect, donde se daba de beber al ganado. Durante los prósperos días del distrito de Five Points, Cow Bay era un callejón sin salida que medía unos nueve metros de ancho en su entrada y se iba estrechando de forma irregular en unos treinta metros de largo. Este oscuro y decadente callejón, donde generalmente se solía hincar el pie en la basura al andar, estaba bordeado a cada lado por unos bloques de viviendas de madera entablada que llegaban a tener hasta cinco pisos de alto. Muchos de estos pisos estaban unidos por pasadizos secretos donde se cometían robos, asesinatos y donde se enterraba a las víctimas. Uno de esos bloques de viviendas recibía el nombre de La Escalera de Jacob (Jacob’s Ladder), ya que se entraba en él por unas peligrosas escaleras voladizas que se tambaleaban. Otro recibía el feliz apodo de Puertas del infierno (Gates of Hell). Un tercero se conocía como La mansión enladrillada de los murciélagos (Brick-Bat Mansion).

Antes de la Guerra de la Independencia, y durante casi treinta años a partir de entonces, el barrio residencial más fino de Nueva York era el distrito Cuarto. Se extendía hasta el sudeste de Five Points y contaba con calles tan famosas como la Cherry, la Oliver, la James, la Roosevelt, la Catherine, la Pike, la Water y la Dover. En este distrito, y especialmente en Cherry Hill, el punto más septentrional al noroeste, vivían las familias de antiguo linaje y los ricos comerciantes. Los perfumados cerezos y las mansiones espléndidas bordeaban los caminos. La calle Cherry era el corazón de este distrito tan de moda, y era precisamente en esta vía pública, en la esquina de Franklin Square, donde vivía George Washington cuando fue elegido presidente de Estados Unidos. La casa de John Hancock estaba en el número 5 de la calle Cherry, y en el número 27 vivía el capitán Samuel Chester Reid, que fue quien diseñó la bandera americana. La vivienda en el número 7, al lado de la mansión Hancock, fue la primera de la ciudad en tener lámparas de petróleo.
El gánster más ilustre que llamó la atención de la policía durante esa época fue Albert E. Hicks, conocido popularmente como Hicksey. Era un ladrón y gánster independiente que vivía con su mujer y su hijo en el número 129 de la calle Cedar, no muy lejos de la iglesia Trinity y a dos manzanas del río Hudson. Hicks se pasaba el día en los antros de la zona marítima del distrito Cuarto. A pesar de que no formaba parte de ninguna de las grandes bandas de gánsteres, a veces se alistaba en las filas de alguna de ellas si sus actividades prometían suficiente emoción y recompensas.

Los elementos criminales más desvergonzados de Nueva York, justo antes de la Guerra Civil, eran los jugadores. Amasaron sorprendentes fortunas y podían pagar bonitas sumas de dinero a los políticos a cambio de protección, de modo que funcionaban con un desprecio absoluto hacia los ataques de los reformadores de la ciudad. A finales de 1850, Jonathan H. Green, un jugador reformado convertido en el director ejecutivo de la Asociación para la Erradicación del Juego en Nueva York, dirigió un estudio sobre esta situación. El 20 de febrero de 1851, presentó su informe ante el público reunido en el Broadway Tabernacle, una sala donde Horace Greeley y otros eminentes ciudadanos impartían sus charlas. Green describió la existencia y el funcionamiento de unas seis mil casas de juego, de las que más de doscientas eran locales de primera clase que frecuentaban hombres con mucho dinero. También había varios miles de pequeños locales donde se jugaba a la lotería, a la rifa y a la ruleta, este último un pasatiempo muy popular entre los inmigrantes.

Hubo varias bandas de malos espíritus en Nueva York durante la posguerra, pero la mayoría se dedicaban a profanar tumbas de negros y pobres con el fin de vender los cadáveres a los médicos o a los estudiantes de medicina.
La banda de gánsteres más famosa de Nueva York después de la Guerra Civil fue la de los Whyos. Eran toda una colección de ladrones y asesinos incomparables. Igual de violentos, por lo menos, que los piratas de río del distrito Cuarto. Se desconoce el origen de su nombre, pero se cree que surgió de un peculiar saludo entre los gánsteres. La banda era una prolongación natural de los Chichesters del antiguo Five Points, los supervivientes a los Dead Rabbits, Plug Uglies, Shirt Tails y otros grupos del distrito de Paradise Square. El punto de encuentro de los Whyos era Mulberry Bend, ligeramente al norte y al este de Five Points, aunque en verano la mayoría se paseaban por un cementerio de las calles Park y Mott. Los Whyos habían tomado la calle Baxter, la antigua calle Orange de Five Points que posteriormente se hizo famosa por sus tiendas de ropa de segunda mano y los reclamos para que los peatones entraran en las tiendas. Fue en la calle Baxter donde nació Harris Cohen, propietario de un gran almacén. Logró tanto éxito y tan rápido que al menos otros doce comerciantes judíos con el mismo nombre bautizaron así sus tiendas. En poco tiempo, todos los comercios de la manzana eran supuestamente de Harris Cohen.
Los Whyos fueron muy famosos durante los años ochenta y noventa, cuando entre sus filas se contaban hombres como Hoggy Walsh, Fig McGerald, Bull Hurley, Googy Corcoran, Baboon Connolly y Red Rocks Farell. Estos héroes no solo eran gánsteres y alborotadores de primera clase, sino que la mayoría eran también rateros expertos, ladrones y carteristas. Muchos regentaban tugurios, casas de juego o prostíbulos. Big Josh Hines se hizo famoso porque introdujo el stuss, un juego de mesa que posteriormente se convertiría en una importante fuente de ingresos para las bandas italianas y judías. El stuss hizo su aparición en Nueva York a mediados de los años ochenta, y empezó a popularizarse al este de Bowery desde la plaza Chatham a la calle Catorce, así como al oeste de Broadway.
Piker Ryan, quien según parece fue un canalla excepcional. Cuando al final fue detenido por uno de sus muchos delitos, la policía encontró la siguiente lista en su bolsillo:

$
Paliza 2
Ojos morados 4
Romper nariz y mandíbula 10
Paliza con porra 15
Arrancar oreja 15
Romper brazo o pierna 19
Disparo en la pierna 25
Apuñalar 25
Acabar con todo 100 o más.

El nombre Hell’s Kitchen se aplicó por primera vez a un tugurio cerca de Corlear’s Hook, en el East Side al norte de la calle Grand. Poco después de la Guerra Civil pasó a designar una zona bastante extensa al norte y al sur de la calle Treinta y cuatro Oeste, al Oeste de la Octava avenida. Bajo las órdenes del cabecilla Heinrichs el Holandés, la banda merodeaba por Hell’s Kitchen pidiendo su impuesto revolucionario a los comerciantes y empresarios de la zona. También rompían ventanas a plena luz del día. Robaban y pegaban a los extranjeros, y tenían al distrito entero sumido en un estado crónico de terror. Gran parte de sus robos se cometieron en los solares de la antigua calle Trece y en los depósitos de las líneas ferroviarias del Hudson. Heinrichs estuvo en prisión durante cinco años después de que él y dos de sus hombres atacaran al jefe de policía John H. McCullagh, por aquel entonces un simple agente que se adentró en Hell’s Kitchen para investigar el hurto de dos tinas de jamón de un coche de mercancías.
Los Gophers (Los topos) eran los amos y señores de Hell’s Kitchen, y su territorio abarcaba desde la avenida Siete a la Once, y desde la calle Catorce a la Veintidós. Les gustaba esconderse en los sótanos de las casas, de ahí su nombre.
Los Gophers no podían convocar a más de quinientos hombres, pero cada uno de ellos era un gánster de primera categoría. Ni siquiera Monk Eastman entraba con sus hombres en Hell’s Kitchen, a menos que ellos fueran el doble. En esas raras ocasiones en las que los Gophers penetraban en el East Side, muchos gánsteres de la zona corrían a buen recaudo. El local preferido de los Gophers estaba situado en Battle Row, en la calle Treinta y nueve, entre las avenidas Diez y Once. Lo regentaba Murphy el Mazo, apodado así porque, en vez de recurrir a una porra común, empleaba una enorme maza de madera para echar de su establecimiento a cualquier indeseable o acallar a los clientes revoltosos. Los Gophers eran tan violentos y tan volubles en cuestiones de lealtad, que sus líderes no lograban conservar su corona de monarcas durante más de dos meses seguidos.

La calle Doyers es una pequeña vía sinuosa que avanza contorneándose desde la plaza Chatham a la calle Pell. Junto con las calles Pell y Mott conforma el barrio chino de Nueva York. Doyers ha sido siempre el centro neurálgico de este barrio y el escenario principal de su turbulenta existencia. Es una calle huérfana que los primeros recuentos históricos de Nueva York ignoraron por completo, de modo que se desconoce por qué recibió ese nombre. Es muy probable que honre la memoria de Anthony H. Doyer, quien en 1809 construyó una casa en el número 3. Después de vivir en ella varios años, se mudó a la calle Hudson. Al principio, seguramente se llamaría Doyer’s Lane o Doyer’s Road, y luego acabaría registrada como Doyer’s Street. Con el tiempo, un pintor descuidado se olvidó del apóstrofo y pasó a llamarse Doyers Street, tal como la conocemos hoy en día. Según cuenta una antigua leyenda, uno de los primeros Doyers enterró entre las paredes de su casa un tesoro de treinta y cinco millones de dólares en oro. Evidentemente, muchos han tratado de derribar tabiques y han cavado fosos en la tierra, pero sin éxito.
Hace cien años, la sección que ahora se conoce como Chinatown era un distrito de viviendas de ladrillo donde principalmente vivían familias alemanas. También había algunas familias irlandesas respetables que poco tenían en común con sus hermanos camorristas de Five Points. Pero en 1858, un chino cantonés llamado Ah Ken vino a Nueva York y se instaló en la calle Mott. Abrió uno pequeño estanco en Park Row y el negocio le fue bien. Diez años después, hizo su aparición Wah Kee, quien abrió un establecimiento en el número 13 de la calle Pell, a media manzana de Doyers, donde vendía verduras, conservas, dulces y curiosas piezas de artesanía. La mayoría de sus ganancias, no obstante, le venían por los juegos de azar y los salones de opio que regentaba en el piso superior de su tienda. Inmediatamente, atrajo la atención de la chusma de Bowery y de la plaza Chatham, y el talante del vecindario empezó a cambiar.
Las estafas de Kee eran excelentes, y la policía toleraba hasta cierto punto sus actividades. Las noticias del éxito de Kee llegaron a oídos extranjeros y en cuestión de dos años otro chino cantonés abrió una tienda que no era más que una tapadera para un salón de juego y de opio. En 1872, ya había doce chinos en el distrito, y en 1880 la cifra se incremento a setecientos. Luego empezaron a llegar a raudales, y no pasó mucho tiempo hasta que lograron echar a los alemanes y a los irlandeses y usurparan sus viviendas de Doyers, Mott y Pell.
Las guerras Tong empezaron en 1899 y, salvo una o dos que las incitaron las mujeres, todas fueron provocadas por los distintos intereses referidos al negocio del juego. Los Tongs son tan americanos como el chop suey, del que se dice que lo inventó un lavaplatos en un restaurante de San Francisco. El primer Tong se organizó en 1860, en los campos de maíz del oeste, y con el tiempo se convirtieron en asociaciones para el reparto de los privilegios concedidos por los salones de ocio. En sus mejores tiempos, se jugaba abiertamente al fan tan y al pi gow en las calles Mott, Doyers y Pell. Prácticamente cada comercio ofrecía estos juegos de azar, y en la quietud de la noche los humos del opio que se fumaba en los sótanos y en las sórdidas habitaciones sobre los salones de juego invadían la calle y se mezclaban con la fragancia de la cerveza picada, el whisky rancio y el sudor humano de hombres de todas las razas. En los años noventa, había doscientos salones de juego y casi la misma cifra de ratoneras de opio en este pequeño triángulo formado por las tres calles de Chinatown. Estos tugurios pagaban una media de diecisiete dólares a la semana a la policía, otras sumas más pequeñas a los jefes de los grupos Tong, y un porcentaje de las ganancias al Sindicato de Jugadores. Esta última suma salía directamente de los bolsillos de los jugadores y se asignaba a los Tongs, pero era un monto suplementario al tributo habitual.
El canalla blanco más famoso de Chinatown fue Chuck Connors, alias el Churrasco. Nació en la calle Mott en el seno de una familia respetable que lo bautizó con el nombre de George Washington Connors. Mereció el apodo de el Churrasco por su afición a asar filetes, que en su alocada juventud solía asar en un palo sobre un fuego en la cuneta de la calle. Se escribió mucho sobre él en los periódicos de la época, especialmente después de convertirse en el rey de los Lobbygows y le llamaran El sabio de la calle Doyers y El filósofo de Bowery. Fue uno de los fundadores de la escuela de Dese, Dem & Dose (Ezte, Elloz & Ezoz) de expresión lingüística, y se forjó una buena reputación como humorista y cuentista. Desde muy joven fue una promesa del boxeo, un peso ligero, pero luego su talante le llevó a convertirse en mosca de taberna y vagabundo. Solía sentarse en una silla frente al club Chatham durante horas sin mover ni un dedo, ante la mirada de los atónitos turistas.

Los Gophers se dividieron en tres facciones. Las más importantes quedaron en manos de Buck O’Brian y Owen Madden, este último muy conocido en los bajos fondos como Owney el Asesino. El tercer grupo, bastante más reducido en su número de hombres, era el de los Sullivans, y juraron lealtad al líder con ese nombre. Pero Sullivan no fue muy contundente en sus golpes y no amasaron grandes éxitos, así que cuando llegó el momento de la delimitación territorial del reinado Gopher, nadie tomó en cuenta a su grupo. Buck O’Brien asumió formalmente el control de la zona que iba desde la calle Cuarenta y dos hasta la Cincuenta y nueve, y desde la Novena avenida hasta el río Hudson. Mantuvo su supremacía a pesar de los ataques esporádicos de los Parlor Mob, quienes merodeaban por la zona desde los años sesenta y trataban de empujar a los hombres de O’Brien al sur de la calle Cincuenta. Owney el Asesino ocupaba el territorio al sur de la calle Cuarenta y dos, y su dominio se extendía hasta los confines de los Hudson Dusters y los Marginals, estos últimos liderados por Tanner Smith. Madden tenía una relación cordial con Smith, y a efectos prácticos las dos bandas eran una sola. Pero era un enemigo acérrimo de los Dusters, y su banda solía incitarlos a combates sangrientos.
Madden era casi la antítesis exacta de Monk Eastman: vestía impecablemente, era pulcro y delgado, y siempre exhibía una sonrisa angelical que escondía la astucia y la crueldad de un demonio. Nació en Inglaterra, pero vino a Estados Unidos a los once años. Al cumplir los diecisiete, ya lo llamaban Owney el Asesino.

Los honorarios de los gánsteres variaban según la magnitud y el peligro del trabajo, pero normalmente siempre tiraban al alza. Un gánster enseñó la media de sus honorarios a la policía:

Disparos, con consecuencias fatales 500 dólares
Disparos, con consecuencias no fatales 100 dólares
Envenenar a una cuadrilla 50 dólares
Envenenar a un caballo 5 dólares
Robar un caballo y sus aparejos 25 dólares

Los objetivos de los disparos, según aclaró el gánster, eran seres humanos. Pero lo cierto es que estos precios eran muy caros. Los cabecillas de muchas bandas del East Side estaban dispuestos a matar por veinte dólares, mientras que el sur de Nueva York estaba plagado de tipos que garantizaban un trabajo impecable y sin consecuencias desde dos a diez dólares, según la fama de la víctima y la situación financiera de la banda cuando recibía el encargo.
Estos grupos eran solo una minoría de las bandas que nacieron en la isla de Manhattan durante los últimos años del imperio de los gánsteres.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s