Gangs de Nueva York — Herbert Asbury / The Gangs of New York: An Informal History of the Underworld by Herbert Asbury

Con el subtítulo de “bandas y bandidos en la gran manzana (1800-1925)”, me parece una magnífica obra que adaptó Martín Scorsese a la gran pantalla.
La primera banda de gánsteres que aterrorizó Nueva York durante casi un siglo surgió entre las viviendas ruinosas y lúgubres que ocupaban las inmediaciones hediondas de la zona de Five Points, en el distrito Sexto de Bloody Ould. Este último abarcaba, aproximadamente, el territorio comprendido entre Broadway, la calle Canal, la Bowery, y Park Row, anteriormente calle Chatham.

La Plaza Paradise era prácticamente la única parte de la ciudad donde los pobres eran bienvenidos. Mientras los aristócratas y los ricos hombres de negocios se paseaban por Broadway y City Hall Park y se deleitaban con los jardines de Cherry Hill, los plebeyos acudían al Points en sus ratos libres para tomarse un respiro. La plaza y su distrito colindante se convirtieron en la isla Coney de la época, y eran el refugio de marineros, criadores de ostras, jornaleros y empleados de oficina de bajo rango. Los aristócratas del Points eran los carniceros, porque este colectivo era el más deportivo de la ciudad. Eran grandes bebedores, llevaban un estilo de vida extravagante y el cuerpo les pedía actividades excitantes. Una de sus diversiones favoritas era atosigar y cazar toros: se encadenaba un toro a un tiovivo donde unos perros lo atormentaban. El principal escenario para este deporte era Bunker Hill.
La calle más célebre de la antigua Nueva York era Little Water, una vía pública muy corta que partía de la calle Cross, atravesaba Paradise Square y llegaba hasta Cow Bay. Esta última se llamaba así porque en su día fue una pequeña bahía en el viejo Collect, donde se daba de beber al ganado. Durante los prósperos días del distrito de Five Points, Cow Bay era un callejón sin salida que medía unos nueve metros de ancho en su entrada y se iba estrechando de forma irregular en unos treinta metros de largo. Este oscuro y decadente callejón, donde generalmente se solía hincar el pie en la basura al andar, estaba bordeado a cada lado por unos bloques de viviendas de madera entablada que llegaban a tener hasta cinco pisos de alto. Muchos de estos pisos estaban unidos por pasadizos secretos donde se cometían robos, asesinatos y donde se enterraba a las víctimas. Uno de esos bloques de viviendas recibía el nombre de La Escalera de Jacob (Jacob’s Ladder), ya que se entraba en él por unas peligrosas escaleras voladizas que se tambaleaban. Otro recibía el feliz apodo de Puertas del infierno (Gates of Hell). Un tercero se conocía como La mansión enladrillada de los murciélagos (Brick-Bat Mansion).

Antes de la Guerra de la Independencia, y durante casi treinta años a partir de entonces, el barrio residencial más fino de Nueva York era el distrito Cuarto. Se extendía hasta el sudeste de Five Points y contaba con calles tan famosas como la Cherry, la Oliver, la James, la Roosevelt, la Catherine, la Pike, la Water y la Dover. En este distrito, y especialmente en Cherry Hill, el punto más septentrional al noroeste, vivían las familias de antiguo linaje y los ricos comerciantes. Los perfumados cerezos y las mansiones espléndidas bordeaban los caminos. La calle Cherry era el corazón de este distrito tan de moda, y era precisamente en esta vía pública, en la esquina de Franklin Square, donde vivía George Washington cuando fue elegido presidente de Estados Unidos. La casa de John Hancock estaba en el número 5 de la calle Cherry, y en el número 27 vivía el capitán Samuel Chester Reid, que fue quien diseñó la bandera americana. La vivienda en el número 7, al lado de la mansión Hancock, fue la primera de la ciudad en tener lámparas de petróleo.
El gánster más ilustre que llamó la atención de la policía durante esa época fue Albert E. Hicks, conocido popularmente como Hicksey. Era un ladrón y gánster independiente que vivía con su mujer y su hijo en el número 129 de la calle Cedar, no muy lejos de la iglesia Trinity y a dos manzanas del río Hudson. Hicks se pasaba el día en los antros de la zona marítima del distrito Cuarto. A pesar de que no formaba parte de ninguna de las grandes bandas de gánsteres, a veces se alistaba en las filas de alguna de ellas si sus actividades prometían suficiente emoción y recompensas.

Los elementos criminales más desvergonzados de Nueva York, justo antes de la Guerra Civil, eran los jugadores. Amasaron sorprendentes fortunas y podían pagar bonitas sumas de dinero a los políticos a cambio de protección, de modo que funcionaban con un desprecio absoluto hacia los ataques de los reformadores de la ciudad. A finales de 1850, Jonathan H. Green, un jugador reformado convertido en el director ejecutivo de la Asociación para la Erradicación del Juego en Nueva York, dirigió un estudio sobre esta situación. El 20 de febrero de 1851, presentó su informe ante el público reunido en el Broadway Tabernacle, una sala donde Horace Greeley y otros eminentes ciudadanos impartían sus charlas. Green describió la existencia y el funcionamiento de unas seis mil casas de juego, de las que más de doscientas eran locales de primera clase que frecuentaban hombres con mucho dinero. También había varios miles de pequeños locales donde se jugaba a la lotería, a la rifa y a la ruleta, este último un pasatiempo muy popular entre los inmigrantes.

Hubo varias bandas de malos espíritus en Nueva York durante la posguerra, pero la mayoría se dedicaban a profanar tumbas de negros y pobres con el fin de vender los cadáveres a los médicos o a los estudiantes de medicina.
La banda de gánsteres más famosa de Nueva York después de la Guerra Civil fue la de los Whyos. Eran toda una colección de ladrones y asesinos incomparables. Igual de violentos, por lo menos, que los piratas de río del distrito Cuarto. Se desconoce el origen de su nombre, pero se cree que surgió de un peculiar saludo entre los gánsteres. La banda era una prolongación natural de los Chichesters del antiguo Five Points, los supervivientes a los Dead Rabbits, Plug Uglies, Shirt Tails y otros grupos del distrito de Paradise Square. El punto de encuentro de los Whyos era Mulberry Bend, ligeramente al norte y al este de Five Points, aunque en verano la mayoría se paseaban por un cementerio de las calles Park y Mott. Los Whyos habían tomado la calle Baxter, la antigua calle Orange de Five Points que posteriormente se hizo famosa por sus tiendas de ropa de segunda mano y los reclamos para que los peatones entraran en las tiendas. Fue en la calle Baxter donde nació Harris Cohen, propietario de un gran almacén. Logró tanto éxito y tan rápido que al menos otros doce comerciantes judíos con el mismo nombre bautizaron así sus tiendas. En poco tiempo, todos los comercios de la manzana eran supuestamente de Harris Cohen.
Los Whyos fueron muy famosos durante los años ochenta y noventa, cuando entre sus filas se contaban hombres como Hoggy Walsh, Fig McGerald, Bull Hurley, Googy Corcoran, Baboon Connolly y Red Rocks Farell. Estos héroes no solo eran gánsteres y alborotadores de primera clase, sino que la mayoría eran también rateros expertos, ladrones y carteristas. Muchos regentaban tugurios, casas de juego o prostíbulos. Big Josh Hines se hizo famoso porque introdujo el stuss, un juego de mesa que posteriormente se convertiría en una importante fuente de ingresos para las bandas italianas y judías. El stuss hizo su aparición en Nueva York a mediados de los años ochenta, y empezó a popularizarse al este de Bowery desde la plaza Chatham a la calle Catorce, así como al oeste de Broadway.
Piker Ryan, quien según parece fue un canalla excepcional. Cuando al final fue detenido por uno de sus muchos delitos, la policía encontró la siguiente lista en su bolsillo:

$
Paliza 2
Ojos morados 4
Romper nariz y mandíbula 10
Paliza con porra 15
Arrancar oreja 15
Romper brazo o pierna 19
Disparo en la pierna 25
Apuñalar 25
Acabar con todo 100 o más.

El nombre Hell’s Kitchen se aplicó por primera vez a un tugurio cerca de Corlear’s Hook, en el East Side al norte de la calle Grand. Poco después de la Guerra Civil pasó a designar una zona bastante extensa al norte y al sur de la calle Treinta y cuatro Oeste, al Oeste de la Octava avenida. Bajo las órdenes del cabecilla Heinrichs el Holandés, la banda merodeaba por Hell’s Kitchen pidiendo su impuesto revolucionario a los comerciantes y empresarios de la zona. También rompían ventanas a plena luz del día. Robaban y pegaban a los extranjeros, y tenían al distrito entero sumido en un estado crónico de terror. Gran parte de sus robos se cometieron en los solares de la antigua calle Trece y en los depósitos de las líneas ferroviarias del Hudson. Heinrichs estuvo en prisión durante cinco años después de que él y dos de sus hombres atacaran al jefe de policía John H. McCullagh, por aquel entonces un simple agente que se adentró en Hell’s Kitchen para investigar el hurto de dos tinas de jamón de un coche de mercancías.
Los Gophers (Los topos) eran los amos y señores de Hell’s Kitchen, y su territorio abarcaba desde la avenida Siete a la Once, y desde la calle Catorce a la Veintidós. Les gustaba esconderse en los sótanos de las casas, de ahí su nombre.
Los Gophers no podían convocar a más de quinientos hombres, pero cada uno de ellos era un gánster de primera categoría. Ni siquiera Monk Eastman entraba con sus hombres en Hell’s Kitchen, a menos que ellos fueran el doble. En esas raras ocasiones en las que los Gophers penetraban en el East Side, muchos gánsteres de la zona corrían a buen recaudo. El local preferido de los Gophers estaba situado en Battle Row, en la calle Treinta y nueve, entre las avenidas Diez y Once. Lo regentaba Murphy el Mazo, apodado así porque, en vez de recurrir a una porra común, empleaba una enorme maza de madera para echar de su establecimiento a cualquier indeseable o acallar a los clientes revoltosos. Los Gophers eran tan violentos y tan volubles en cuestiones de lealtad, que sus líderes no lograban conservar su corona de monarcas durante más de dos meses seguidos.

La calle Doyers es una pequeña vía sinuosa que avanza contorneándose desde la plaza Chatham a la calle Pell. Junto con las calles Pell y Mott conforma el barrio chino de Nueva York. Doyers ha sido siempre el centro neurálgico de este barrio y el escenario principal de su turbulenta existencia. Es una calle huérfana que los primeros recuentos históricos de Nueva York ignoraron por completo, de modo que se desconoce por qué recibió ese nombre. Es muy probable que honre la memoria de Anthony H. Doyer, quien en 1809 construyó una casa en el número 3. Después de vivir en ella varios años, se mudó a la calle Hudson. Al principio, seguramente se llamaría Doyer’s Lane o Doyer’s Road, y luego acabaría registrada como Doyer’s Street. Con el tiempo, un pintor descuidado se olvidó del apóstrofo y pasó a llamarse Doyers Street, tal como la conocemos hoy en día. Según cuenta una antigua leyenda, uno de los primeros Doyers enterró entre las paredes de su casa un tesoro de treinta y cinco millones de dólares en oro. Evidentemente, muchos han tratado de derribar tabiques y han cavado fosos en la tierra, pero sin éxito.
Hace cien años, la sección que ahora se conoce como Chinatown era un distrito de viviendas de ladrillo donde principalmente vivían familias alemanas. También había algunas familias irlandesas respetables que poco tenían en común con sus hermanos camorristas de Five Points. Pero en 1858, un chino cantonés llamado Ah Ken vino a Nueva York y se instaló en la calle Mott. Abrió uno pequeño estanco en Park Row y el negocio le fue bien. Diez años después, hizo su aparición Wah Kee, quien abrió un establecimiento en el número 13 de la calle Pell, a media manzana de Doyers, donde vendía verduras, conservas, dulces y curiosas piezas de artesanía. La mayoría de sus ganancias, no obstante, le venían por los juegos de azar y los salones de opio que regentaba en el piso superior de su tienda. Inmediatamente, atrajo la atención de la chusma de Bowery y de la plaza Chatham, y el talante del vecindario empezó a cambiar.
Las estafas de Kee eran excelentes, y la policía toleraba hasta cierto punto sus actividades. Las noticias del éxito de Kee llegaron a oídos extranjeros y en cuestión de dos años otro chino cantonés abrió una tienda que no era más que una tapadera para un salón de juego y de opio. En 1872, ya había doce chinos en el distrito, y en 1880 la cifra se incremento a setecientos. Luego empezaron a llegar a raudales, y no pasó mucho tiempo hasta que lograron echar a los alemanes y a los irlandeses y usurparan sus viviendas de Doyers, Mott y Pell.
Las guerras Tong empezaron en 1899 y, salvo una o dos que las incitaron las mujeres, todas fueron provocadas por los distintos intereses referidos al negocio del juego. Los Tongs son tan americanos como el chop suey, del que se dice que lo inventó un lavaplatos en un restaurante de San Francisco. El primer Tong se organizó en 1860, en los campos de maíz del oeste, y con el tiempo se convirtieron en asociaciones para el reparto de los privilegios concedidos por los salones de ocio. En sus mejores tiempos, se jugaba abiertamente al fan tan y al pi gow en las calles Mott, Doyers y Pell. Prácticamente cada comercio ofrecía estos juegos de azar, y en la quietud de la noche los humos del opio que se fumaba en los sótanos y en las sórdidas habitaciones sobre los salones de juego invadían la calle y se mezclaban con la fragancia de la cerveza picada, el whisky rancio y el sudor humano de hombres de todas las razas. En los años noventa, había doscientos salones de juego y casi la misma cifra de ratoneras de opio en este pequeño triángulo formado por las tres calles de Chinatown. Estos tugurios pagaban una media de diecisiete dólares a la semana a la policía, otras sumas más pequeñas a los jefes de los grupos Tong, y un porcentaje de las ganancias al Sindicato de Jugadores. Esta última suma salía directamente de los bolsillos de los jugadores y se asignaba a los Tongs, pero era un monto suplementario al tributo habitual.
El canalla blanco más famoso de Chinatown fue Chuck Connors, alias el Churrasco. Nació en la calle Mott en el seno de una familia respetable que lo bautizó con el nombre de George Washington Connors. Mereció el apodo de el Churrasco por su afición a asar filetes, que en su alocada juventud solía asar en un palo sobre un fuego en la cuneta de la calle. Se escribió mucho sobre él en los periódicos de la época, especialmente después de convertirse en el rey de los Lobbygows y le llamaran El sabio de la calle Doyers y El filósofo de Bowery. Fue uno de los fundadores de la escuela de Dese, Dem & Dose (Ezte, Elloz & Ezoz) de expresión lingüística, y se forjó una buena reputación como humorista y cuentista. Desde muy joven fue una promesa del boxeo, un peso ligero, pero luego su talante le llevó a convertirse en mosca de taberna y vagabundo. Solía sentarse en una silla frente al club Chatham durante horas sin mover ni un dedo, ante la mirada de los atónitos turistas.

Los Gophers se dividieron en tres facciones. Las más importantes quedaron en manos de Buck O’Brian y Owen Madden, este último muy conocido en los bajos fondos como Owney el Asesino. El tercer grupo, bastante más reducido en su número de hombres, era el de los Sullivans, y juraron lealtad al líder con ese nombre. Pero Sullivan no fue muy contundente en sus golpes y no amasaron grandes éxitos, así que cuando llegó el momento de la delimitación territorial del reinado Gopher, nadie tomó en cuenta a su grupo. Buck O’Brien asumió formalmente el control de la zona que iba desde la calle Cuarenta y dos hasta la Cincuenta y nueve, y desde la Novena avenida hasta el río Hudson. Mantuvo su supremacía a pesar de los ataques esporádicos de los Parlor Mob, quienes merodeaban por la zona desde los años sesenta y trataban de empujar a los hombres de O’Brien al sur de la calle Cincuenta. Owney el Asesino ocupaba el territorio al sur de la calle Cuarenta y dos, y su dominio se extendía hasta los confines de los Hudson Dusters y los Marginals, estos últimos liderados por Tanner Smith. Madden tenía una relación cordial con Smith, y a efectos prácticos las dos bandas eran una sola. Pero era un enemigo acérrimo de los Dusters, y su banda solía incitarlos a combates sangrientos.
Madden era casi la antítesis exacta de Monk Eastman: vestía impecablemente, era pulcro y delgado, y siempre exhibía una sonrisa angelical que escondía la astucia y la crueldad de un demonio. Nació en Inglaterra, pero vino a Estados Unidos a los once años. Al cumplir los diecisiete, ya lo llamaban Owney el Asesino.

Los honorarios de los gánsteres variaban según la magnitud y el peligro del trabajo, pero normalmente siempre tiraban al alza. Un gánster enseñó la media de sus honorarios a la policía:

Disparos, con consecuencias fatales 500 dólares
Disparos, con consecuencias no fatales 100 dólares
Envenenar a una cuadrilla 50 dólares
Envenenar a un caballo 5 dólares
Robar un caballo y sus aparejos 25 dólares

Los objetivos de los disparos, según aclaró el gánster, eran seres humanos. Pero lo cierto es que estos precios eran muy caros. Los cabecillas de muchas bandas del East Side estaban dispuestos a matar por veinte dólares, mientras que el sur de Nueva York estaba plagado de tipos que garantizaban un trabajo impecable y sin consecuencias desde dos a diez dólares, según la fama de la víctima y la situación financiera de la banda cuando recibía el encargo.
Estos grupos eran solo una minoría de las bandas que nacieron en la isla de Manhattan durante los últimos años del imperio de los gánsteres.

With the subtitle of “bands and bandits in the big apple (1800-1925)”, I think it is a magnificent work that Martin Scorsese adapted to the big screen.
The first band of gangsters that terrorized New York for nearly a century emerged from the dilapidated and dreary dwellings that occupied the stinking vicinity of the Five Points area, in the Sixth district of Bloody Ould. The latter encompassed, roughly, the territory between Broadway, Canal Street, the Bowery, and Park Row, formerly Chatham Street.

Plaza Paradise was practically the only part of the city where the poor were welcome. While aristocrats and wealthy businessmen strolled down Broadway and City Hall Park and delighted in the gardens of Cherry Hill, commoners flocked to Points in their spare time to take a break. The square and its adjoining district became the Coney Island of the time, and were the refuge of sailors, oyster breeders, day laborers and low-ranking office employees. The aristocrats of the Points were the butchers, because this group was the most sporting of the city. They were great drinkers, they carried an extravagant lifestyle and the body asked for exciting activities. One of his favorite amusements was tormenting and hunting bulls: a bull was chained to a merry-go-round where dogs tormented him. The main scenario for this sport was Bunker Hill.
The most famous street in old New York was Little Water, a very short public road that started from Cross Street, crossed Paradise Square and reached Cow Bay. The latter was called that because in its day it was a small bay in the old Collect, where cattle were given to drink. During the prosperous days of the Five Points district, Cow Bay was an impasse that measured about nine meters wide at its entrance and narrowed irregularly about thirty meters long. This dark and decadent alley, where one usually used to sink the foot in the garbage when walking, was bordered on each side by blocks of wooden houses that were up to five stories high. Many of these floors were linked by secret passages where robberies, murders were committed and where the victims were buried. One of those blocks of houses was called the Jacob’s Ladder, since it was entered by dangerous stairs that cantilevered. Another received the happy nickname of Gates of Hell. A third was known as The brick mansion of the bats (Brick-Bat Mansion).

Before the War of Independence, and for almost thirty years thereafter, the finest residential neighborhood in New York was the Fourth District. It extended to the southeast of Five Points and had such famous streets as Cherry, Oliver, James, Roosevelt, Catherine, Pike, Water and Dover. In this district, and especially in Cherry Hill, the northernmost point to the northwest, lived families of ancient lineage and wealthy merchants. Scented cherry trees and splendid mansions lined the roads. Cherry Street was the heart of this fashionable district, and it was precisely in this street, on the corner of Franklin Square, where George Washington lived when he was elected president of the United States. John Hancock’s house was at number 5 Cherry Street, and at number 27 lived Captain Samuel Chester Reid, who designed the American flag. The house at number 7, next to the Hancock mansion, was the first in the city to have oil lamps.
The most illustrious gangster that caught the attention of the police during that time was Albert E. Hicks, popularly known as Hicksey. He was an independent thief and gangster who lived with his wife and son at 129 Cedar Street, not far from Trinity Church and two blocks from the Hudson River. Hicks spent the day in the dens of the maritime zone of the Fourth district. Although he was not part of any of the big gangsters, he sometimes joined the ranks of some of them if his activities promised enough emotion and rewards.

The most shameless criminal elements in New York, just before the Civil War, were the players. They amassed amazing fortunes and could pay handsome sums of money to politicians in exchange for protection, so they functioned with absolute disdain for the attacks of the city’s reformers. In the late 1850s, Jonathan H. Green, a reformed player who became the executive director of the Association for the Eradication of Gambling in New York, led a study on this situation. On February 20, 1851, he presented his report to the public gathered at the Broadway Tabernacle, a room where Horace Greeley and other eminent citizens gave their talks. Green described the existence and functioning of some six thousand gambling houses, of which more than two hundred were first-class establishments frequented by men with a lot of money. There were also several thousand small places where the lottery, raffle and roulette were played, the latter a very popular pastime among immigrants.

There were several bands of evil spirits in New York during the postwar period, but most were dedicated to desecrating tombs of blacks and poor in order to sell the corpses to doctors or medical students.
The most famous band of gangsters in New York after the Civil War was that of the Whyos. They were a collection of incomparable thieves and murderers. Equally violent, at least, that the river pirates of the Fourth District. The origin of his name is unknown, but it is believed that it arose from a peculiar greeting among the gangsters. The band was a natural extension of the Chichesters of the old Five Points, the survivors of the Dead Rabbits, Plug Uglies, Shirt Tails and other groups from the Paradise Square district. The meeting point of the Whyos was Mulberry Bend, slightly to the north and east of Five Points, although in the summer most walked through a cemetery on Park and Mott streets. The Whyos had taken Baxter Street, the former Orange Street of Five Points, which later became famous for its second-hand clothes shops and the demands for pedestrians to enter stores. It was on Baxter Street that Harris Cohen, owner of a large warehouse, was born. He achieved so much success and so quickly that at least twelve other Jewish merchants with the same name baptized his stores. In a short time, all the shops in the block were supposedly Harris Cohen’s.
The Whyos were very famous during the eighties and nineties, when among their ranks were men like Hoggy Walsh, Fig McGerald, Bull Hurley, Googy Corcoran, Baboon Connolly and Red Rocks Farell. These heroes were not only first-class gangsters and rabble-rousers, but most were also expert pickpockets, thieves and pickpockets. Many ran slums, gambling houses or brothels. Big Josh Hines became famous because he introduced the stuss, a board game that would later become an important source of income for the Italian and Jewish bands. The stuss made its appearance in New York in the mid-eighties, and began to popularize east of the Bowery from Chatham Square to Fourteenth Street, as well as west of Broadway.
Piker Ryan, who apparently was an exceptional scoundrel. When he was finally arrested for one of his many crimes, the police found the following list in his pocket:

$
Beating 2
Purple eyes 4
Breaking nose and jaw 10
Beating with baton 15
Start ear 15
Break arm or leg 19
Shot in the leg 25
Stab 25
Finish all 100 or more.

The name Hell’s Kitchen was applied for the first time to a dump near Corlear’s Hook, on the East Side north of Grand Street. Shortly after the Civil War it went on to designate a fairly extensive area to the north and south of Thirty-fourth Street West, west of Eighth Avenue. Under the orders of the leader Heinrichs the Dutch, the band prowled by Hell’s Kitchen requesting its revolutionary tax to the merchants and industralists of the zone. They also broke windows in broad daylight. They stole and beat foreigners, and they had the entire district plunged into a chronic state of terror. Much of their robberies were committed in the lots of the old Thirteen Street and in the warehouses of the Hudson railway lines. Heinrichs was in prison for five years after he and two of his men attacked police chief John H. McCullagh, then a simple agent who went into Hell’s Kitchen to investigate the theft of two tubs of ham from a car of merchandise
The Gophers (the topos) were the masters and lords of Hell’s Kitchen, and their territory covered from the avenues Seven to the Eleven, and from the Fourteenth to the Twenty-second streets. They liked to hide in the basements of houses, hence their name.
The Gophers could not summon more than five hundred men, but each of them was a first-class gangster. Not even Monk Eastman came with his men to Hell’s Kitchen, unless they were double. On those rare occasions when the Gophers penetrated the East Side, many gangsters in the area ran safely. The Gophers’ preferred location was located on Battle Row, on Thirty-ninth Street, between Tenth and Eleventh Avenues. He was run by Murphy the Mazo, nicknamed this way because, instead of resorting to a common truncheon, he used a huge wooden mallet to drive any undesirable or mute out of his establishment to unruly clients. The Gophers were so violent and so fickle in matters of loyalty, that their leaders could not keep their crown of monarchs for more than two months in a row.

Doyers Street is a small winding road that goes around the Chatham Square to Pell Street. Along with the streets Pell and Mott forms the Chinese district of New York. Doyers has always been the nerve center of this neighborhood and the main stage of its turbulent existence. It is an orphan street that the first historical accounts of New York completely ignored, so it is unknown why it received that name. It is very likely that he will honor the memory of Anthony H. Doyer, who in 1809 built a house at number 3. After living there for several years, he moved to Hudson Street. At first, it would surely be called Doyer’s Lane or Doyer’s Road, and then it would be registered as Doyer’s Street. Over time, a careless painter forgot the apostrophe and was renamed Doyers Street, as we know it today. According to an ancient legend, one of the first Doyers buried between the walls of his house a treasure of thirty-five million dollars in gold. Evidently, many have tried to tear down partitions and have dug trenches in the earth, but without success.
One hundred years ago, the section now known as Chinatown was a brick dwelling district where mainly German families lived. There were also some respectable Irish families who had little in common with their rowdy Five Points brothers. But in 1858, a Cantonese Chinese named Ah Ken came to New York and settled on Mott Street. He opened a small tobacconist in Park Row and the business went well. Ten years later, Wah Kee made his appearance, opening an establishment at 13 Pell Street, half a block from Doyers, where he sold vegetables, preserves, sweets and curious pieces of handicrafts. Most of his profits, however, came from the games of chance and opium salons he ran on the top floor of his store. Immediately, it attracted the attention of the Bowery rabble and of Chatham Square, and the mood of the neighborhood began to change.
Kee’s scams were excellent, and the police tolerated their activities to some extent. The news of Kee’s success reached foreign ears and in a matter of two years another Cantonese Chinese opened a store that was nothing more than a cover for a gambling and opium saloon. In 1872, there were already twelve Chinese in the district, and in 1880 the figure increased to seven hundred. Then they started pouring in, and it was not long before they succeeded in driving the Germans and the Irish out and usurping their homes in Doyers, Mott and Pell.
The Tong wars began in 1899 and, except for one or two that the women incited, they were all provoked by the different interests related to the game business. The Tongs are as American as the chop suey, which is said to have been invented by a dishwasher in a restaurant in San Francisco. The first Tong was organized in 1860, in the corn fields of the west, and with time they became associations for the distribution of the privileges granted by the leisure halls. In his heyday, the fan tan and pi gow were openly played on Mott, Doyers and Pell streets. Virtually every trade offered these games of chance, and in the stillness of the night the opium fumes that were smoked in the cellars and in the sordid rooms above the gambling halls invaded the street and mingled with the fragrance of chopped beer, the rancid whiskey and the human sweat of men of all races. In the nineties, there were two hundred gambling halls and almost the same number of opium traps in this small triangle formed by the three streets of Chinatown. These slums paid an average of seventeen dollars a week to the police, other smaller sums to the heads of the Tong groups, and a percentage of the profits to the Players’ Union. This last sum came directly from the pockets of the players and was assigned to the Tongs, but it was an additional amount to the usual tribute.
The most famous white scoundrel in Chinatown was Chuck Connors, aka the Churrasco. He was born on Mott Street in the bosom of a respectable family who named him George Washington Connors. He deserved the nickname of the Churrasco for his love of roasting fillets, which in his crazy youth used to roast on a stick over a fire in the ditch of the street. Much was written about him in the newspapers of the time, especially after becoming the king of the Lobbygows and he was called The Wise Man of Doyers Street and The Bowery Philosopher. He was one of the founders of the Dese, Dem & amp; Dose (Ezte, Elloz & Ezoz) of linguistic expression, and built a good reputation as a comedian and storyteller. From a very young age it was a promise of boxing, a lightweight, but then his mood led him to become a tavern and vagabond fly. He used to sit in a chair in front of Chatham Club for hours without moving a finger, before the eyes of the astonished tourists.

The Gophers were divided into three factions. The most important were in the hands of Buck O’Brian and Owen Madden, the latter well known in the underworld as Owney the Assassin. The third group, considerably smaller in their number of men, was that of the Sullivans, and they swore loyalty to the leader by that name. But Sullivan was not very strong in his blows and did not amass great successes, so when the time came for the territorial delimitation of the Gopher reign, no one took his group into account. Buck O’Brien formally assumed control of the area from Forty-second Street to Fifty-ninth Street, and from Ninth Avenue to the Hudson River. He maintained his supremacy despite the sporadic attacks of the Parlor Mob, who had been roaming the area since the 1960s and were trying to push O’Brien’s men south of Fifty Street. Owney the Assassin occupied the territory south of Forty-second Street, and his domain extended to the confines of the Hudson Dusters and the Marginals, the latter led by Tanner Smith. Madden had a cordial relationship with Smith, and for all intents and purposes the two bands were one. But he was a staunch enemy of the Dusters, and his band used to incite them to bloody battles.
Madden was almost the exact antithesis of Monk Eastman: he dressed impeccably, was neat and thin, and always displayed an angelic smile that hid the cunning and cruelty of a demon. He was born in England, but came to the United States at the age of eleven. When he turned seventeen, they called him Owney the Assassin.

Gangster fees varied according to the magnitude and danger of the work, but usually they always shot higher. A gangster showed the average of his fees to the police:

Shooting, with fatal consequences 500 dollars
Shooting, with non-fatal consequences 100 dollars
Poison a gang 50 dollars
Poison a horse 5 dollars
Steal a horse and its gear 25 dollars

The targets of the shooting, according to the gangster, were human beings. But the truth is that these prices were very expensive. The leaders of many bands on the East Side were willing to kill for twenty dollars, while the south of New York was full of guys who guaranteed an impeccable job and without consequences from two to ten dollars, according to the fame of the victim and the situation of the band when he received the order.
These groups were only a minority of the bands that were born in the island of Manhattan during the last years of the empire of the gangsters.

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