El pulgar del violinista — Sam Kean / The Violinist’s Thumb: And Other Lost Tales of Love, War, and Genius, as Written by Our Genetic Code by Sam Kean

Magnífico libro didáctico sobre la importancia del ADN para conocer nuestra genética. Paganini tenía la enfermedades del pulgar es decir unas extremidades muy flexibles, de esto su virtuosismo. En cuando a los padres científicos al menos Miescher murió siendo conocido, donde fuera conocido, para la ciencia. Gregor Mendel solo se hizo un nombre a través del escándalo.
Según admitió el propio Mendel, si se hizo fraile agustino no fue por un impulso piadoso sino porque la orden le pagaría las facturas, incluidas las matrículas de la universidad. Hijo de labriegos, Mendel solo había podido asistir a la escuela primaria porque su tío la había fundado, y solo fue a la escuela secundaria después de que su hermana sacrificara una parte de su dote. Gracias a que la Iglesia le pagó las facturas, Mendel pudo asistir a la Universidad de Viena, donde estudió ciencia y aprendió sobre el diseño experimental de la mano del propio Christian Doppler, el del efecto epónimo.
La carrera científica de Mendel también se atrofió porque cada vez dedicó más horas a discutir de cuestiones políticas, especialmente la separación entre Iglesia y Estado. (Aunque su trabajo científico no lo deje entrever, Mendel podía ser ardiente, a diferencia del gélido Miescher).

A mediados de los años 1940, los científicos ya comenzaban a entender por qué la rotura o la alteración del ADN podía provocar tales destrozos en el interior de las células. En primer lugar, unos científicos de Nueva York habían conseguido pruebas sólidas de que los genes estaban formados por ADN, lo que ponía fin a la persistente creencia en la herencia a través de las proteínas. Fabricar proteínas era justamente la misión de los genes, era así como se creaban los caracteres que definen el cuerpo.
Conjuntamente, estas dos ideas explicaban los daños provocados por la radiación. Al romper el ADN, alteraba genes; los genes afectados dejaban de producir proteínas, y parar la producción de proteínas acababa matando las células. Los científicos no llegaron a esta conclusión de un solo golpe (el artículo crucial sobre la relación «un gen, una proteína» se publicó tan solo unos días antes de Hiroshima) pero sabían lo bastante como para estremecerse ante la idea de las bombas nucleares.
Si el ADN pudiera hacer solamente lo que hemos visto hasta ahora (copiarse a sí mismo con precisión una y otra vez, resistir los daños provocados por bombas nucleares, codificar palabras y frases, incluso tararear unas pocas tonadillas escogidas) todavía destacaría como una molécula sorprendente, una de las mejores. Pero lo que realmente hace sobresalir al ADN es su capacidad para construir cosas miles de millones de veces más grandes que él, y ponerlas en marcha por todo el planeta. El ADN incluso ha mantenido cuadernos de viaje de todo lo que sus creaciones han visto y hecho durante todo ese tiempo, y hoy, por fin, tras aprender el funcionamiento básico del ADN, unas pocas y afortunadas de esas creaciones pueden leer esas historias por sí mismas.

Los biólogos de mediados del siglo XX se enfrentaban al mismo problema básico (el aspecto del ADN) que en los tiempos de Friedrich Miescher, cuando descubrieron su anómala mezcla de azúcares, fosfatos y bases aromáticas. Pero lo peor de todo era que nadie conseguía averiguar de qué modo lograban conectarse y acomodarse las largas hebras de ADN. Hoy sabemos que se conectan automáticamente porque A se une a T y C a G, pero en 1950 eso no lo sabía nadie. Todos daban por supuesto que los apareamientos de bases eran aleatorios.
La historia de la ciencia está repleta de descubrimientos duplicados. La selección natural, el oxígeno, Neptuno o las manchas solares fueron descubiertas independientemente por dos, tres y hasta cuatro científicos. Los historiadores de la ciencia siguen discutiendo por qué ocurre así: tal vez cada caso fue una fenomenal coincidencia, o tal vez esos descubrimientos fuesen imposibles antes de que las circunstancias los favorecieran, pero inevitables cuando lo hicieron. En cualquier caso, la simultaneidad científica es un hecho.

Al Instituto Rockefeller de Manhattan llegó en 1909 un granjero nervioso de Long Island con una gallina enferma bajo el brazo. Aquella década, lo que parecía ser una plaga de cáncer venía diezmando las poblaciones de pollos de las granjas de todo Estados Unidos, y la gallina de raza Plymouth Rock de aquel granjero había desarrollado un tumor sospechoso en el pecho izquierdo. Asustado ante la posibilidad de perder todo su gallinero, el granjero decidió llevarle el pollo a un científico del Rockefeller, Francis P. Rous, conocido también como Peyton, para que la diagnosticara. Para horror del granjero, en lugar de intentar curar a la gallina Rous la sacrificó para examinar el tumor y realizar algunos experimentos. La ciencia, sin embargo, le estará para siempre agradecida por aquel pollicidio.
Tras extraer el tumor, Rous machacó unos pocos gramos hasta formar una pasta húmeda que filtró a través de los poros diminutos de una porcelana, separando así las células tumorales de un líquido constituido sobre todo por el fluido que existe entre las células. Entre otras cosas, este fluido ayuda a que circulen los nutrientes, pero también puede alojar microbios. Rous inyectó el fluido en el pecho en otra gallina desarrollando el tumor.
El descubrimiento de la manipulación del ADN por el virus explicaba el triste destino de los pollos de Rous. Después de la inyección, los virus se abrían paso por el fluido intercelular hasta las células musculares. Allí se congraciaban con el ADN del pollo y manipulaban la maquinaria de las células musculares infectadas para que hicieran tantas copias del virus como pudieran. Pero la clave del asunto es que una de las eficaces estrategias de los virus para extenderse como dementes consistía en convencer a las células que alojaban el ADN vírico para que también ellas se extendieran como dementes. Para conseguirlo, los virus alteraban los reguladores genéticos que impiden que las células se dividan con rapidez. El resultado era un tumor fuera de control y un montón de pollos muertos. Los cánceres contagiosos como este son atípicos (la mayoría tienen otras causas genéticas) pero para muchos animales los cánceres transmitidos por virus representan una amenaza considerable.
Como bien ha hecho notar el virólogo Luis Villarreal (y sus ideas se aplican a otros microorganismos): «Es nuestra incapacidad para percibir los virus, y en particular el virus silencioso, lo que dificulta nuestra comprensión del papel que desempeñan en toda la vida. Es solo en nuestros días, en la era de la genómica, cuando podemos ver con más claridad sus huellas ubicuas en los genomas de toda la vida». Así que tal vez podamos ver por fin que las personas que acaparan gatos no están locos, o al menos no están simplemente locos, sino que forman parte de la historia fascinante e inacabada de lo que ocurre cuando se mezcla el ADN de animales y microbios.

El ADN que codifica proteínas (los genes) no constituye en realidad más que una pequeña fracción del ADN total de los animales superiores, apenas un 1 por ciento. Los chicos de las moscas de Morgan habían dado por supuesto que los genes prácticamente se tocaban codo con codo en los cromosomas, casi pegados los unos a los otros como las islas Aleutianas de Alaska. En realidad los genes son como las preciosas islas de la Micronesia, dispersas por el vasto océano Pacífico que es el cromosoma.
Entonces, ¿para qué sirve el resto del ADN? Los científicos supusieron hace mucho tiempo que no hacía nada y lo llamaron «ADN basura», un nombre que no ha dejado de abochornarlos desde entonces. El llamado ADN basura contiene en realidad miles de segmentos esenciales que activan y desactivan genes, o que de un modo u otro los regulan: la «basura» es lo que maneja los genes. Por poner un ejemplo, los chimpancés y otros primates tienen el pene tachonado de unas protuberancias cortas y duras como uñas que reciben el nombre de espinas. Los humanos no tenemos penes espinosos porque en algún momento de los últimos millones de años perdimos sesenta mil letras de un ADN basura regulador, un ADN que cuando está presente persuade a ciertos genes (que todavía tenemos) para que formen espinas.
Otros científicos han determinado con meticulosas investigaciones que la mayoría de nosotros, si no todos, albergamos miles de células clandestinas procedentes de nuestra madre, polizones de nuestros días como fetos que se colaron en nuestros órganos vitales. Asimismo, es casi seguro que toda madre se ha quedado de recuerdo unas pocas células de cada uno de sus hijos. Tales descubrimientos están sacando a la luz aspectos nuevos y fascinantes de nuestra biología; como se preguntaba un científico, «¿Qué constituye nuestro yo psicológico si nuestro cerebro no es enteramente nuestro?». En un plano más personal, estos hallazgos muestran que incluso después de la muerte de una madre o un hijo, algunas de las células de uno siguen viviendo en el otro. Es otra faceta de nuestra conexión madre-hijo que hace tan especiales a los mamíferos.

Hace siete millones de años algún acontecimiento desconocido (un terremoto abrió una grieta, o la mitad del grupo se perdió una tarde buscando alimento, o se armó la marimorena) partió en dos la pequeña población de primates. Con cada generación que se mantuvieron aparte, estos dos grupos separados de ancestros de chimpancés-humanos habrían ido acumulando mutaciones que les dieron características únicas. Hasta aquí, todo es biología estándar. Ahora lo insólito. Imaginemos que los dos grupos de reúnen algún tiempo más tarde. Como antes, no hay manera de conocer la razón; tal vez una edad de hielo arrasó con la mayor parte de sus hábitats y relegó a los grupos a un pequeño refugio boscoso. Sea como fuere, no hace falta proponer ninguna motivación estrafalaria, a lo Marqués de Sade, para explicar lo que habría pasado a continuación. Si estaban solos o en número reducido, por mucho que hubieran renunciado a las caricias de los protochimpancés durante un millón de años, los protohumanos los habrían acogido de nuevo en sus lechos (por así decirlo) cuando los dos grupos se reunificaron. Un millón de años puede parecer una eternidad, pero los dos protos habrían sido genéticamente menos distintos que muchas de las especies que hoy pueden cruzarse. Y aunque estos híbridos podrían haber producido algunas «mulas» primates, también podrían haber producido híbridos fértiles.

Como muestra el ADN del canibalismo, los científicos no se basan únicamente en los artefactos arqueológicos para obtener información sobre nuestro pasado. El ADN de los humanos modernos también esconde algunas pistas. Una de las primeras cosas que observaron los científicos cuando comenzaron a estudiar el ADN de los humanos modernos es su falta de variedad. En la actualidad viven aproximadamente 150.000 chimpancés y más o menos el mismo número de gorilas, mientras que hay unos siete mil millones de humanos, y sin embargo los humanos tenemos menos diversidad genética que aquellos simios. Bastante menos. Esto sugiere que no hace mucho tiempo la población mundial de humanos debió caer muy por debajo de la población de chimpancés y gorilas, y quizá lo hiciera más de una vez. Si entonces hubieran existido las leyes de protección de especies en peligro de extinción, tal vez Homo sapiens hubiera sido el equivalente paleolítico de los pandas y los cóndores.
La forma y velocidad con que el ADN se disemina por una población puede revelar qué genes contribuyen a la inteligencia. En el año 2005 unos científicos anunciaron que dos genes mutados asociados con el cerebro parecían haberse difundido de forma torrencial entre nuestros antepasados, microcephalin hace 37.000 años, y aspm hace solo 6000 años. Los científicos pudieron medir estos cambios en el tiempo gracias a unas técnicas que empezaron a desarrollarse en la sala de las moscas de Columbia. Thomas Hunt Morgan descubrió que ciertas versiones de los genes se heredaban conjuntamente simplemente porque residían cerca unas de otras en los cromosomas. A modo de ejemplo, las versiones A, B y D de tres genes podrían tender a aparecer juntas, o quizá las versiones a, b y d. Sin embargo, con el tiempo, entre cruces y entrecruzamientos, los grupos se mezclan y dan lugar a combinaciones como a, B y D, o como A, b y D. Con el paso de las generaciones acaban apareciendo todas las combinaciones.

Paganini no tenía que escoger, pues sus hábiles dedos podían interpretar una nota con el arco y pellizcar la siguiente, como si hubiera dos violines tocando al mismo tiempo.
Aparte de ser flexibles, sus dedos eran más fuertes de lo que aparentaban, sobre todo los pulgares. El gran rival de Paganini, Karol Lipinski, lo vio una noche en concierto en Padua, y luego acudió a las estancias de Paganini para una cena tardía y una charla con él y otros amigos. En la mesa, Lipinski encontró una comida decepcionante para alguien de la estatura de Paganini, sobre todo huevos y pan. (Paganini no se molestaba siquiera en comer eso y se contentaba con fruta). Pero después de un poco de vino y varias sesiones de improvisación con la guitarra y la trompeta, Lipinski se sorprendió a sí mismo mirando las manos de Paganini. Llegó incluso a coger entre las suyas los «dedos pequeños y nudosos» del maestro y a darles la vuelta. «¿Cómo es posible?.
Paganini podía doblar todas sus articulaciones hacia atrás de una manera alarmante (de ahí sus contorsiones en el escenario). Pero el colágeno hace algo más que impedir que la mayoría seamos incapaces de tocarnos la punta de los pies: una carencia crónica puede provocar fatiga muscular, pulmones débiles, intestino irritable, vista defectuosa y una piel traslúcida y fácil de dañar. Los estudios modernos demuestran que entre los músicos se observan tasas elevadas de SED y otros síndromes de hipermovilidad (igual que entre los bailarines), y eso al principio les otorga una gran ventaja, pero más tarde tienden a desarrollar dolores debilitantes en las rodillas y la espalda, sobre todo cuando, como Paganini, se mantienen en pie mientras tocan.
Las continuas giras fueron desgastando a Paganini y después de 1810, cuando solo acababa de cumplir treinta años, su cuerpo comenzó a ceder. A pesar de su creciente fortuna, en 1818 un propietario de Nápoles lo desahució, convencido de que alguien tan delgado y enfermizo como Paganini debía ser tísico. Comenzó a cancelar actuaciones, incapaz de ejecutar su arte, y en los años 1820 tuvo que suspender años enteros de giras para poder recuperarse. Paganini no podía saber que el SED estaba detrás de su miseria; ningún médico describió formalmente este síndrome hasta 1901. Pero la ignorancia solo agudizaba su desesperación, por lo que buscó la ayuda de apotecarios y doctores charlatanes. Tras diagnosticarle sífilis y tuberculosis y quién sabe qué más, los doctores le prescribieron unas fuertes píldoras purgativas a base de mercurio que acabaron de destrozar sus frágiles entrañas. Su tos persistente se agravó, y con el tiempo perdió la voz del todo, silenciándolo. Se veía obligado a llevar siempre gafas de sol tintadas de azul para proteger sus irritadas retinas, y en cierto momento su testículo izquierdo se inflamó hasta alcanzar el tamaño «de una pequeña calabaza», según dijo entre sollozos. A causa de los daños crónicos del mercurio sobre sus encías, para poder comer tenía que sujetarse los temblorosos dientes con bramante.
Toulouse-Lautrec tenía un bastón hecho a propósito que tenía la vara hueca para llenarla de absenta y beber a escondidas. Tras caer en la bebida una vez más en 1901, Toulouse-Lautrec sufrió una hemorragia cerebral y a los pocos días, con tan solo treinta y seis años, murió por un fallo renal. Si tenemos en cuenta los pintores de su glorioso linaje, probablemente tuviera algunos genes para el talento artístico inscritos en su interior; los condes de Tolosa también le legaron su esqueleto raquítico, y a la vista de su notable historial de lipsomanía, probablemente también le pasaron genes que contribuyeron a su alcoholismo. Como con Paganini, aunque el ADN de Toulouse-Lautrec en cierto sentido lo hizo artista, al final acabó con su vida.

Considerando su escala, alcance y ambición, es justo que el Proyecto Genoma Humano, una empresa científica multimillonaria de varias décadas para secuenciar todo el ADN humano, se ha calificado como el Proyecto Manhattan de la biología. Pero pocos supieron ver en un principio que el PGH acabaría asediado por tantas ambigüedades morales como el proyecto de Los Álamos. Tanto es así, que basta con pedirle a un amigo biólogo que nos haga un resumen del proyecto para hacerse una buena idea de sus valores.
La mayoría de los humanos que miraban boquiabiertos a esta ovejita no les importaba nada Dolly por sí misma. El Proyecto Genoma Humano, que ya estaba en marcha, prometía ofrecer a los científicos un plano del ser humano, y Dolly acrecentó los temores de que los científicos estuvieran cogiendo carrerilla para clonar a uno de los nuestros, y sin ninguna moratoria a la vista. Esto francamente alarmó a la mayoría de la gente, aunque Arthur Caplan recibió una llamada telefónica en la que alguien, preso de gran excitación, le preguntó por la posibilidad de clonar al mismísimo Jesús. (Quienes llamaban planeaban extraer ADN del Sudario de Turín, naturalmente. Caplan recordaba haber pensado: «Intentáis traer de vuelta a una de las pocas personas que de todos modos se supone que han de volver»).

Pero jugando a ser dioses, vale la pena que también juguemos a abogados del diablo. Supongamos que los científicos consiguen superar todas las limitaciones médicas y producir clones totalmente sanos. Muchas personas todavía se opondrían a la clonación por principios. Sin embargo, una parte de su razonamiento se fundamenta en suposiciones comprensibles, pero afortunadamente erróneas, sobre el determinismo genético, la idea de que el ADN dicta de forma rígida nuestra biología y personalidad. Con cada nuevo genoma que secuencian los científicos resulta más claro que los genes nos dan probabilidades, no certezas. Una influencia genética no es más que eso. Igual de importante es que la investigación epigenética muestra que el entorno modifica la forma en que los genes funcionan e interactúan, de manera que una clonación fiel de alguien requeriría que se preservaran todas las marcas epigenéticas dejadas por cada comida y cada cigarrillo. (Ahí es nada). La mayoría de la gente parece olvidar también que ya es demasiado tarde para evitar el contacto con los clones humanos, pues habitan entre nosotros: son esas monstruosidades a las que llamamos gemelos idénticos. Un clon y su progenitor no se parecerían más de lo que se parecen los gemelos, con todas sus diferencias epigenéticas, y hay razones para pensar que serían incluso más distintos.
La clonación no solo irrita a la gente por horrores improbables, sino que la distrae de otras controversias sobre la naturaleza humana que la investigación genética no solo puede sacar a la luz, sino que ya lo ha hecho. Por mucho que nos gustase cerrar los ojos ante estas disputas, no parece que vayan a desaparecer.
La orientación sexual tiene alguna base genética. Las abejas, las aves, los escarabajos, los cangrejos, los peces, las mofetas, las serpientes, los sapos y los mamíferos de cualquier pelaje (bisontes, leones, zarigüeyas, delfines, osos, monos) se abandonan alegremente al sexo con los de su propio sexo, y sus apareamientos a menudo parecen ser innatos. Los científicos han descubierto que basta con desactivar un solo gen en los ratones (que recibe el sugerente nombre de fucM) para convertir las hembras en lesbianas. La sexualidad humana tiene muchos más matices, pero los gays (que han sido estudiados más a fondo que las lesbianas) tienen significativamente más parientes gays que los hombres heterosexuales criados en circunstancias parecidas, lo que sugiere que los genes podrían ser un fuerte diferenciador.

El ADN nos ha desvelado un gran tesoro de historias de nuestro pasado que creíamos perdidas para siempre, nos ha dotado de una inteligencia y una curiosidad suficientes para seguir explorando ese tesoro durante muchos más siglos. Y a pesar de ese tira y afloja, esa ambivalencia del lo-quiero-pero-no-puedo-permitirlo, cuanto más aprendemos, más tentadora nos parece la posibilidad de modificar ese ADN, más deseable incluso. El ADN nos ha dotado de imaginación, y ahora podemos imaginarnos liberándonos de los grilletes duros y desgarradores que impone a la vida. Podemos imaginarnos rehaciendo nuestras propias esencias químicas, rehaciendo la vida tal como la conocemos. Esta molécula oracular parece prometernos que si seguimos adelante, explorando y sondeando y manipulando nuestro propio material genético, la vida tal como la conocemos dejará de existir. Más allá de la belleza intrínseca de la genética, de todos los descubrimientos aleccionadores, de las inesperadas risas que nos proporciona, es esa promesa la que nos hace volver una y otra vez a aprender más y más y todavía más sobre nuestro ADN y nuestros genes, nuestros genes y nuestro ADN.

Magnificent didactic book on the importance of DNA to know our genetics. Paganini had the diseases of the thumb that is to say a very flexible limbs, of this his virtuosity. As for the scientific parents at least Miescher died being known, where he was known, for science. Gregor Mendel only made a name through the scandal.
According to Mendel himself, if he became an Augustinian friar it was not because of a pious impulse, but because the order would pay him the bills, including university fees. The son of peasants, Mendel had only been able to attend primary school because his uncle had founded it, and he only went to high school after his sister sacrificed a part of his dowry. Thanks to the fact that the Church paid him the bills, Mendel was able to attend the University of Vienna, where he studied science and learned about experimental design from Christian Doppler himself, the eponymous effect.
Mendel’s scientific career also atrophied because he devoted more and more hours to discussing political issues, especially the separation between Church and State. (Although his scientific work does not allow him to glimpse, Mendel could be ardent, unlike the icy Miescher).

By the mid-1940s, scientists were beginning to understand why breakage or alteration of DNA could cause such damage inside cells. In the first place, scientists in New York had obtained strong evidence that genes were made up of DNA, which put an end to the persistent belief in inheritance through proteins. Making proteins was precisely the mission of genes, that is how the characters that define the body were created.
Together, these two ideas explained the damage caused by radiation. By breaking the DNA, it altered genes; the affected genes stopped producing proteins, and stopping the production of proteins ended up killing the cells. The scientists did not reach this conclusion in one fell swoop (the crucial article on the “one gene, one protein” relationship was published only a few days before Hiroshima) but they knew enough to shudder at the thought of nuclear bombs.
If DNA could only do what we have seen so far (accurately copy itself again and again, resist the damage caused by nuclear bombs, code words and phrases, even hum a few chosen songs) it would still stand out as a surprising molecule , one of the best. But what really makes DNA stand out is its ability to build things billions of times bigger than itself, and to launch them all over the planet. DNA has even kept travel notebooks of everything that their creations have seen and done during all that time, and today, finally, after learning the basic functioning of DNA, a few lucky ones of those creations can read those stories on their own. same.

The biologists of the mid-twentieth century faced the same basic problem (the aspect of DNA) as in the times of Friedrich Miescher, when they discovered their anomalous mixture of sugars, phosphates and aromatic bases. But the worst of all was that nobody could figure out how the long strands of DNA managed to connect and accommodate each other. Today we know that they connect automatically because A joins T and C to G, but in 1950 that nobody knew. They all assumed that base pairings were random.
The history of science is full of duplicate discoveries. Natural selection, oxygen, Neptune or sunspots were independently discovered by two, three and up to four scientists. Historians of science are still arguing why this is the case: perhaps each case was a great coincidence, or maybe those discoveries were impossible before circumstances favored them, but inevitable when they did. In any case, scientific simultaneity is a fact.

The Rockefeller Institute of Manhattan arrived in 1909 a nervous Long Island farmer with a sick hen under his arm. That decade, what appeared to be a plague of cancer had decimated chicken populations on farms across the United States, and that farmer’s Plymouth Rock hen had developed a suspicious tumor in his left breast. Frightened by the possibility of losing his entire henhouse, the farmer decided to take the chicken to a Rockefeller scientist, Francis P. Rous, also known as Peyton, to diagnose it. To the horror of the farmer, instead of trying to heal the hen Rous sacrificed it to examine the tumor and perform some experiments. Science, however, will be forever grateful for that pollicide.
After removing the tumor, Rous crushed a few grams to form a wet paste that filtered through the tiny pores of a porcelain, thus separating the tumor cells from a fluid made up mostly of the fluid that exists between the cells. Among other things, this fluid helps the nutrients circulate, but it can also host microbes. Rous injected the fluid into the chest in another hen developing the tumor.
The discovery of DNA manipulation by the virus explained the sad fate of Rous’ chickens. After the injection, the viruses made their way through the intercellular fluid to the muscle cells. There they ingratiated themselves with the DNA of the chicken and manipulated the machinery of the infected muscle cells to make as many copies of the virus as they could. But the key to the matter is that one of the virus’s effective strategies for spreading like madmen was to convince the cells that hosted the viral DNA to also spread like mad. To achieve this, the viruses altered the genetic regulators that prevent the cells from dividing rapidly. The result was a runaway tumor and a lot of dead chickens. Contagious cancers like this are atypical (most have other genetic causes) but for many animals, cancers transmitted by viruses pose a considerable threat.
As noted by virologist Luis Villarreal (and his ideas apply to other microorganisms): “It is our inability to perceive viruses, and in particular the silent virus, which hinders our understanding of the role they play throughout life. It is only in our days, in the era of genomics, that we can see more clearly its ubiquitous footprints in the genomes of all life ». So maybe we can finally see that the people who monopolize cats are not crazy, or at least they are not just crazy, but they are part of the fascinating and unfinished story of what happens when the DNA of animals and microbes is mixed.

The DNA that codes for proteins (genes) is actually only a small fraction of the total DNA of the higher animals, barely 1 percent. The guys in Morgan’s flies had taken it for granted that the genes practically touched each other side by side on the chromosomes, almost glued to one another like the Aleutian islands of Alaska. Actually the genes are like the beautiful islands of Micronesia, scattered across the vast Pacific Ocean that is the chromosome.
So, what’s the use of the rest of the DNA? Scientists assumed a long time ago that they did nothing and called it “junk DNA”, a name that has not stopped embarrassing them ever since. The so-called junk DNA actually contains thousands of essential segments that activate and deactivate genes, or that in one way or another regulate them: the “garbage” is what drives the genes. To give an example, chimpanzees and other primates have their penis studded with short, hard protuberances like nails that are called spines. Humans do not have prickly penises because at some point in the last few million years we lost sixty thousand letters of a garbage regulatory DNA, a DNA that when present persuades certain genes (which we still have) to form thorns.
Other scientists have determined with meticulous research that most of us, if not all, harbor thousands of clandestine cells from our mother, stowaways of our days as fetuses that have sneaked into our vital organs. Likewise, it is almost certain that every mother has left a few cells of her children’s memory. These discoveries are bringing to light new and fascinating aspects of our biology; As one scientist asked, “What constitutes our psychological self if our brain is not entirely ours?” On a more personal level, these findings show that even after the death of a mother or child, some of one’s cells still live in the other. It is another facet of our mother-child connection that makes so specific.

Seven million years ago some unknown event (an earthquake opened a crack, or half the group was lost one afternoon looking for food, or the marimorena was armed) split in two the small population of primates. With each generation that stayed apart, these two separate groups of human-chimpanzee ancestors would have accumulated mutations that gave them unique characteristics. So far, everything is standard biology. Now the unusual. Imagine that the two groups meet some time later. As before, there is no way to know the reason; perhaps an ice age wiped out most of its habitats and relegated the groups to a small wooded refuge. Be that as it may, there is no need to propose any bizarre motivation, to the Marquis de Sade, to explain what would have happened next. If they were alone or in small numbers, however much they had renounced the caresses of the proto-chimpanzees for a million years, the protohumans would have welcomed them back into their beds (so to speak) when the two groups reunited. A million years may seem like an eternity, but the two protos would have been genetically less distinct than many of the species that today can cross. And although these hybrids could have produced some primate “mules,” they could also have produced fertile hybrids.

As the DNA of cannibalism shows, scientists do not rely solely on archaeological artifacts to obtain information about our past. The DNA of modern humans also hides some clues. One of the first things that scientists observed when they began to study the DNA of modern humans is their lack of variety. Currently there are approximately 150,000 chimpanzees and about the same number of gorillas, while there are about seven billion humans, and yet humans have less genetic diversity than those apes. Considerably less. This suggests that not long ago the world population of humans must have fallen far below the population of chimpanzees and gorillas, and perhaps more than once. If then there had been laws protecting species in danger of extinction, perhaps Homo sapiens would have been the Palaeolithic equivalent of pandas and condors.
The shape and speed with which DNA is disseminated by a population can reveal which genes contribute to intelligence. In 2005 scientists announced that two mutated genes associated with the brain seemed to have spread torrentially among our ancestors, microcephalin 37,000 years ago, and aspm only 6,000 years ago. The scientists were able to measure these changes over time thanks to techniques that began to develop in the room of the flies of Columbia. Thomas Hunt Morgan discovered that certain versions of the genes were inherited together simply because they resided close to each other in the chromosomes. As an example, versions A, B and D of three genes may tend to appear together, or perhaps versions a, b and d. However, over time, between crosses and crossings, the groups are mixed and give rise to combinations such as a, B and D, or as A, b and D. With the passing of the generations all the combinations end up appearing.

Paganini did not have to choose, because his skillful fingers could interpret a note with the bow and pinch the next, as if there were two violins playing at the same time.
Apart from being flexible, his fingers were stronger than they appeared, especially the thumbs. Paganini’s great rival, Karol Lipinski, saw him one night in concert in Padua, and then went to Paganini’s room for a late dinner and a chat with him and other friends. At the table, Lipinski found a disappointing meal for someone of Paganini’s stature, especially eggs and bread. (Paganini did not even bother to eat that and was content with fruit). But after a little wine and several improvisational sessions with guitar and trumpet, Lipinski surprised himself by looking at Paganini’s hands. He even picked up the “little knotty fingers” of the master and turned them over. “How is it possible?.
Paganini could bend all his joints backward in an alarming way (hence his contortions on stage). But collagen does more than prevent most of us from being able to touch the tips of our feet: a chronic lack can cause muscle fatigue, weak lungs, irritable bowel, defective eyesight and a translucent and easily damaged skin. Modern studies show that among musicians there are high rates of EDS and other hypermobility syndromes (the same as among dancers), and that at first gives them a great advantage, but later they tend to develop debilitating knee pains and pain. back, especially when, like Paganini, They keep standing while they touch.
The continuous tours were wearing Paganini and after 1810, when he had just turned thirty, his body began to give way. Despite his growing fortune, in 1818 a landlord in Naples evicted him, convinced that someone as thin and sick as Paganini should be consumptive. He began to cancel performances, unable to perform his art, and in the 1820s he had to suspend whole years of tours in order to recover. Paganini could not know that the SED was behind his misery; no doctor formally described this syndrome until 1901. But ignorance only exacerbated his despair, so he sought the help of apothecaries and charlatan doctors. After diagnosing him with syphilis and tuberculosis and who knows what else, the doctors prescribed strong purgative pills based on mercury that destroyed his fragile insides. His persistent cough worsened, and over time he lost his voice altogether, silencing him. He was obliged to always wear blue-tinted sunglasses to protect his irritated retinas, and at one point his left testicle swelled to the size of “a small pumpkin,” he said between sobs. Because of the chronic damage of mercury on his gums, in order to eat he had to hold the trembling teeth with twine.
Toulouse-Lautrec had a purpose-made cane that had the hollow rod to fill with absinthe and drink secretly. After falling into the drink once again in 1901, Toulouse-Lautrec suffered a cerebral hemorrhage and a few days later, at only thirty-six years old, he died of kidney failure. If we consider the painters of his glorious lineage, he probably had some genes for the artistic talent inscribed within him; the Counts of Toulouse also bequeathed him his skeletal skeleton, and in view of his remarkable history of lipsomania, probably also passed on genes that contributed to his alcoholism. As with Paganini, although the DNA of Toulouse-Lautrec in a certain sense made him an artist, in the end he ended his life.

Considering its scale, scope and ambition, it is just that the Human Genome Project, a multimillion-dollar scientific company to sequence all human DNA, has been described as the Manhattan Project of biology. But few knew at first that the PGH would end up besieged by so many moral ambiguities as the Los Alamos project. So much so, that it is enough to ask a biologist friend to give us a summary of the project to get a good idea of ​​their values.
Most of the humans who gaped at this little lamb did not care about Dolly on their own. The Human Genome Project, which was already underway, promised to offer scientists a blueprint of the human being, and Dolly increased fears that scientists were taking the lead to clone one of our own, and without any moratorium in sight. This frankly alarmed most people, although Arthur Caplan received a phone call in which someone, in a great excitement, asked him about the possibility of cloning Jesus himself. (The callers planned to extract DNA from the Turin Shroud, of course.) Caplan remembered thinking, “You’re trying to bring back one of the few people who are supposed to come back anyway”).

But playing gods, it’s worthwhile to play devil’s lawyers too. Let’s suppose that scientists manage to overcome all medical limitations and produce completely healthy clones. Many people would still oppose cloning by principles. However, part of his reasoning is based on understandable, but fortunately erroneous, assumptions about genetic determinism, the idea that DNA rigidly dictates our biology and personality. With each new genome that scientists sequence, it becomes clearer that genes give us probabilities, not certainties. A genetic influence is not more than that. Equally important, epigenetic research shows that the environment modifies the way genes function and interact, so a faithful cloning of someone would require that all the epigenetic marks left by each meal and each cigarette be preserved. (There is nothing). Most people also seem to forget that it is too late to avoid contact with human clones, since they inhabit us: they are those monstrosities that we call identical twins. A clone and its parent would no longer resemble what the twins look like, with all their epigenetic differences, and there are reasons to think that they would be even more different.
Cloning not only irritates people by improbable horrors, but distracts them from other controversies about human nature that genetic research can not only bring to light, but has already done so. As much as we liked to close our eyes to these disputes, it does not seem that they will disappear.
Sexual orientation has some genetic basis. Bees, birds, beetles, crabs, fish, skunks, snakes, toads and mammals of any fur (bison, lions, opossums, dolphins, bears, monkeys) are happily abandoned to sex with those of his own sex, and his matings often seem to be innate. Scientists have discovered that it suffices to deactivate a single gene in mice (which receives the suggestive name of FucM) to convert females into lesbians. Human sexuality has many more nuances, but gays (who have been studied more thoroughly than lesbians) have significantly more gay relatives than heterosexual men raised in similar circumstances, suggesting that genes could be a strong differentiator.

DNA has revealed to us a great treasure of stories from our past that we believed lost forever, it has endowed us with enough intelligence and curiosity to continue exploring that treasure for many more centuries. And in spite of that tug-of-war, that ambivalence of the I-want-but-I-can-not-let it, the more we learn, the more tempting it seems to us the possibility of modifying that DNA, even more desirable. DNA has given us imagination, and now we can imagine freeing ourselves from the hard, heart-wrenching shackles it imposes on life. We can imagine remaking our own chemical essences, remaking life as we know it. This oracular molecule seems to promise that if we go on, exploring and probing and manipulating our own genetic material, life as we know it will cease to exist. Beyond the intrinsic beauty of genetics, of all the instructive discoveries, of the unexpected laughter it gives us, it is that promise that makes us return again and again to learn more and more and even more about our DNA and our genes , our genes and our DNA.

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