La idea de Europa — George Steiner / The Idea of Europe: An Essay by George Steiner

Este breve ensayo me parece simplemente una maravilla sobre Europa y sus fantasmas. ¿Es posible resumir en un puñado de instituciones, ideas, tradiciones y costumbres lo que es Europa? George Steiner piensa que sí y ha intentado este resumen en un texto ingenioso y provocador que publicó [2004] el Nexus Institute, en Amsterdam: The Idea of Europe. Según él, Europa es ante todo un café repleto de gentes y palabras, donde se escribe poesía, conspira, filosofa y practica la civilizada tertulia.

La más inquietante de todas. Europa, dice Steiner, siempre ha creído que perecerá, que, luego de alcanzar un cierto apogeo, sobrevendrá su ruina y final.
A Steiner lo atormenta la supervivencia, en nuestros días, de lo que llama la pesadilla de la historia europea: los odios étnicos, el chovinismo nacionalista, los regionalismos desaforados y la resurrección, a veces solapada, a veces explícita, del antisemitismo. Pero también, y sobre todo, la uniformización cultural por lo bajo a consecuencia de la globalización, que, a su juicio, está desapareciendo la gran variedad lingüística y cultural que era el mejor patrimonio del Viejo Continente. La frase más dura de todo el ensayo es una protesta contra la banalidad y vulgarización de los productos culturales de consumo: «No es la censura política lo que mata [la cultura]: es el despotismo del mercado y los acicates del estrellato comercializado».

Los artistas y los intelectuales no deben ser monarcas, no deben ni siquiera esforzarse en ser rey ni parte de una élite de poder. Pero una sociedad que ignore el ennoblecimiento del espíritu, una sociedad que no cultive las grandes ideas humanas, acabará, una vez más, en la violencia y en la autodestrucción.
El genio de Europa es lo que William Blake habría denominado «la sacralidad del detalle mínimo». Es el de la diversidad lingüística, cultural, social, de un pródigo mosaico que con frecuencia convierte una distancia trivial, una separación de veinte kilómetros, en una división entre mundos. En contraste con la imponente monotonía que se extiende desde el oeste de Nueva Jersey a las montañas de California, en contraste con ese ansia de identidad que es al mismo tiempo la fuerza y la vacuidad de buena parte de la existencia americana.
La situación es ya desesperada en algunos terrenos clave. Sin embargo, corregir esto tanto económica como psicológicamente no se halla todavía —estoy convencido— fuera de nuestro alcance. Si los jóvenes ingleses por ejemplo, deciden poner a David Beckham por encima de Shakespeare o Darwin en su lista de tesoros nacionales, si las instituciones del saber, las librerías, las salas de concierto y los teatros están luchando por sobrevivir en una Europa que es fundamentalmente próspera y cuya riqueza nunca ha hablado en voz más alta, el fallo, sencillamente, es nuestro.

This brief essay seems to me simply a wonder about Europe and its ghosts. Is it possible to summarize in a handful of institutions, ideas, traditions and customs what is Europe? George Steiner thinks so and has tried this summary in an ingenious and provocative text published [2004] by the Nexus Institute in Amsterdam: The Idea of ​​Europe. According to him, Europe is first and foremost a cafe full of people and words, where poetry is written, conspire, philosophize and practice the civilized gathering.

The most disturbing of all. Europe, says Steiner, has always believed that it will perish, that, after reaching a certain apogee, its ruin and end will come.
Steiner is tormented by the survival, in our days, of what he calls the nightmare of European history: ethnic hatreds, nationalist chauvinism, outrageous regionalisms and the sometimes overlapping, sometimes explicit, resurrection of anti-Semitism. But also, and above all, the low cultural standardization as a result of globalization, which, in his opinion, is disappearing the great linguistic and cultural variety that was the best heritage of the Old Continent. The hardest phrase of the entire essay is a protest against the banal and vulgarization of cultural consumer products: “It is not political censorship that kills [culture]: it is the despotism of the market and the spur of commercialized stardom”.

Artists and intellectuals should not be monarchs, should not even strive to be king or part of an elite of power. But a society that ignores the ennoblement of the spirit, a society that does not cultivate great human ideas, will end, once again, in violence and self-destruction.
The genius of Europe is what William Blake would have called “the sacredness of minimal detail.” It is that of the linguistic, cultural, social diversity of a prodigal mosaic that often turns a trivial distance, a separation of twenty kilometers, into a division between worlds. In contrast to the imposing monotony that stretches from western New Jersey to the mountains of California, in contrast to that longing for identity that is at the same time the strength and emptiness of much of American existence.
The situation is already desperate in some key areas. However, correcting this both economically and psychologically is not yet – I am convinced – out of our reach. If young English people, for example, decide to put David Beckham over Shakespeare or Darwin in their list of national treasures, if institutions of knowledge, bookstores, concert halls and theaters are struggling to survive in a Europe that is fundamentally prosperous and whose wealth has never spoken in a louder voice, the failure is simply ours.

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