La cuchara menguante — Sam Kean / The Disappearing Spoon: And Other True Tales of Madness, Love, and the History of the World from the Periodic Table of the Elements by Sam Kean

Este es un magnífico libro didáctico que se centra en la tabla periódica. Adentrémonos en curiosidades varias sobre esta.
La tabla periódica es un prodigio antropológico, un artefacto humano que refleja todos los aspectos maravillosos, artísticos o detestables de los seres humanos y de nuestra interacción con el mundo físico: la historia de nuestra especie escrita en un texto conciso y elegante. Merece ser estudiada a todos estos niveles, comenzando por el más elemental y moviéndonos de manera gradual hacia los de mayor complejidad. Además de entretenernos, los relatos de la tabla periódica nos brindan un modo de entenderla que nunca aparece en los libros de texto o los manuales de laboratorio. Comemos y respiramos la tabla periódica; la gente apuesta por ella grandes sumas, y pierde grandes cantidades de dinero; a otras personas las envenena; e incluso provoca guerras. Entre el hidrógeno de su extremo superior izquierdo y las imposibilidades sintetizadas por el hombre que acechan desde los bajos fondos, encontramos burbujas, bombas, dinero, alquimia, mala política, historia, veneno, crimen y amor. Y si me apuran, hasta ciencia.

¿Qué aspecto tiene? Es un poco como un castillo con un muro desigual, como si los reales albañiles no hubiesen acabado de levantar el lado izquierdo, y dos torres altas de defensa en los extremos. Cuenta con dieciocho columnas irregulares y siete filas horizontales, además de una «pista de aterrizaje» formada por dos filas adicionales que aparecen separadas de la base. El castillo está construido con «ladrillos», y la primera cosa que no es evidente es que los ladrillos no son intercambiables. Cada ladrillo es un elemento, o tipo de sustancia (por el momento, la tabla contiene 112 elementos, y unos pocos más están pendientes de entrar), y el castillo entero se derrumbaría si cualquiera de ellos dejase de estar exactamente donde está. No es una exageración: si los científicos llegasen a descubrir que de algún modo alguno de los elementos encajase en un lugar diferente, o que dos de los elementos pudieran intercambiarse, el edificio entero se vendría abajo.
Otra de las curiosidades arquitectónicas es que el castillo está hecho con materiales distintos en distintas partes. Es decir, no todos los ladrillos están hechos de la misma sustancia, y tampoco tienen las mismas características. El 75 por ciento de los ladrillos son de metal, lo que significa que la mayoría de los elementos son sólidos fríos y grises, al menos a las temperaturas a las que estamos acostumbrados los humanos. Unas pocas columnas del lado de levante contienen gases. Solo dos elementos, el mercurio y el bromo, son líquidos a temperatura ambiente.

Un destino común en la tabla periódica. La mayoría de los elementos son anónimos sin merecerlo. Incluso los nombres de los científicos que descubrieron muchos de ellos y que hace mucho tiempo los ordenaron en las primeras tablas periódicas, han quedado relegados al olvido. No obstante, igual que ha pasado con el silicio, unos pocos nombres han alcanzado fama universal, y no siempre por buenos motivos. Todos los científicos que trabajaron en las primeras tablas periódicas reconocieron la semejanza entre ciertos elementos. Las «tríadas» de elementos, como la tan actual formada por el carbono, el silicio y el germanio, constituyeron las primeras pistas de la existencia de un sistema periódico. Pero algunos científicos demostraron tener una mayor facilidad para reconocer las sutilezas de rasgos que corren por las familias de la tabla periódica como en las humanas los hoyuelos o las narices torcidas. Pronto el conocimiento sobre cómo seguir y predecir esas semejanzas permitió a un científico, Dmitri Mendeléyev, instalarse en la historia como padre de la tabla periódica.

El wolframio y el molibdeno fueron solo la avanzadilla de una verdadera revolución de los metales que habría de desarrollarse a lo largo del siglo XX. Tres de cada cuatro elementos son metales, pero con la excepción del hierro, el aluminio y unos cuantos más, antes de la segunda guerra mundial la mayoría se limitaron a ocupar su sitio en la tabla periódica. (Este libro no se hubiera podido escribir hace tan solo cuarenta años: no había mucho que decir). Pero desde alrededor de 1950, cada metal ha ido encontrando su nicho. El gadolinio es perfecto para producir las imágenes de resonancia magnética. El neodimio permite hacer láseres más potentes que nunca. El escandio, que hoy se utiliza en las aleaciones de aluminio con las que se fabrican bates de béisbol y cuadros de bicicletas, en la década de 1980 ayudó a la Unión Soviética a construir helicópteros ligeros, y según parece se encontraba también en la punta de los misiles ICBM soviéticos almacenados bajo tierra en el Ártico, para ayudar a las ojivas nucleares a atravesar la capas de hielo.

Cuando en 1996 se publicó la lista definitiva, la de «esto es lo que hay guste o no», incluía el seaborgio en el número 106, así como los nombres oficiales que hoy vemos en la tabla: rutherfordio (104), dubnio (105), bohrio (107), hassio (108) y meitnerio (109). Tras ganar la partida, demostrando una vista para las relaciones públicas que el New Yorker en otro tiempo les había echado en falta, el equipo de Berkeley colocó a un envejecido Seaborg, con la cara manchada por la edad, junto a una enorme tabla periódica, con un dedo retorcido apuntando más o menos al seaborgio, y sacó una foto. Su dulce sonrisa no deja entrever la disputa cuyo primer disparo se había producido treinta y dos años antes y cuya acritud había sobrevivido incluso a la guerra fría.
En la década de 1990, el genio químico de Berkeley se había agotado, renqueaba tras sus competidores rusos y, sobre todo, alemanes. En rápida sucesión, entre 1994 y 1996, los alemanes se anotaron el elemento 110, hoy llamado darmstadtio (Ds), por su ciudad; el elemento 111, roentgenio (Rg), en honor al gran científico alemán Wilhelm Rontgen; y el elemento 112, el último elemento añadido a la tabla periódica, en junio de 2009, con el nombre de copernicio (Cn). Sin duda el éxito germano explica por qué Berkeley había defendido con uñas y dientes su pasado glorioso: no esperaba alegrías en el futuro. No obstante, se negaba a ser eclipsado, y en 1996 dio un golpe al contratar, robándoselo a los alemanes, a un joven búlgaro llamado Victor Ninov, que ya había desempeñado un papel importante en el descubrimiento de los elementos 110 y 112 con el equipo de los alemanes, todo con la intención de renovar el ilustre programa de Berkeley. Ninov incluso convenció a Ghiorso para que se medio retirara («Ninov es tan bueno como el joven Al Ghiorso», solía decir el propio Ghiorso), y pronto el laboratorio de Berkeley nadaba otra vez en el optimismo.
Para su gran vuelta al ruedo, en 1999 el equipo de Ninov decidió probar suerte con un controvertido experimento propuesto por un físico teórico polaco que había calculado que la colisión de criptón (treinta y seis) contra plomo (ochenta y dos) podría producir el elemento 118.
Ninov sigue negando que hubiera falseado los datos, pero no ayuda a eximirlo el hecho de que, cuando su antiguo laboratorio volvió a repasar sus experimentos analizando antiguos archivos de datos, tuvo que retractarse también de algunos de los hallazgos de Ninov (pero no de todos). Peor quizá es que los americanos se vieron reducidos a viajar a Dubna si querían trabajar con elementos pesados. Allí, en 2006, un equipo internacional anunció que tras hacer colisionar diez trillones de átomos de calcio contra una diana de californio (¡pobre!), habían producido tres átomos del elemento 118. Como no podía ser de otro modo, el descubrimiento del elemento 118 ha sido discutido, pero si resiste a las comprobaciones, y nada hace pensar que no vaya a hacerlo, el descubrimiento acabaría con todas las esperanzas de que el «ghiorsio» aparezca en la tabla periódica. Los rusos tienen las de ganar, pues el hallazgo se produjo en su laboratorio, y al parecer son partidarios de llamarlo «flyorio».

Glenn Seaborg y Al Ghiorso llevaron la caza de elementos desconocidos a un nuevo nivel de sofisticación, pero de ningún modo fueron los únicos científicos que llenaron espacios vacíos en la tabla periódica. De hecho, cuando en 1960 la revista Time declaró a quince científicos americanos «Hombres del año», entre los seleccionados no se encontraban ni Seaborg ni Ghiorso, sino el mayor artesano de los elementos de una era anterior, el hombre que se hizo con el más esquivo y esquinado de todos los elementos de la tabla periódica cuando Seaborg todavía trabajaba en su tesis doctoral: Emilio Segre.
El elemento más ligero del pasillo de los venenos es el cadmio, cuya notoriedad se remonta a una antigua mina del centro de Japón. Los mineros comenzaron a extraer metales preciosos de las minas de Kamioka hacia el año 710 d. C. Durante los siglos siguientes, las montañas de Kamioka produjeron oro, plomo, plata y cobre mientras varios sogún primero, y magnates de los negocios después, competían por la tierra. Pero no fue hasta mil doscientos años después de golpear la primera mena cuando los mineros comenzaron a procesar el cadmio, el metal que dio triste fama a las minas y en Japón convirtió el grito de «¡Itai-itai!» en sinónimo de sufrimiento.
El talio, el cadmio y otros elementos relacionados funcionan tan bien como venenos es que se quedan en el cuerpo durante mucho tiempo. No me refiero únicamente a que se acumulen en el cuerpo, como hace el cadmio, sino a que, como el oxígeno, estos elementos suelen tener núcleos atómicos casi esféricos y estables que nunca se desintegran radiactivamente. Este es el motivo de que la corteza de la Tierra conserve una buena cantidad de todos ellos. Por ejemplo, el más pesado de los elementos eternamente estables, el plomo, se aloja en la casilla ochenta y dos, un número mágico. Y el más pesado de los elementos casi estables, el bismuto, es su vecino, en la casilla ochenta y tres.

La tabla periódica es una cosa voluble, y la mayoría de los elementos son más retorcidos que los francos delincuentes del pasillo de los venenos. Los elementos más raros hacen cosas raras en el interior del cuerpo, a menudo malas, pero a veces buenas. Un elemento que en ciertas circunstancias es tóxico, en otras puede salvarnos la vida, y los elementos que se metabolizan de formas insospechadas pueden proporcionar a los médicos nuevos medios de diagnóstico. Las interacciones entre elementos y fármacos nos ayudan incluso a entender la aparición de la vida a partir de la inconsciente escombrera química de la tabla periódica.
Nadie hubiera podido imaginar que un metal gris y anónimo como el rodio pudiera producir algo tan extraordinario como la L-dopa. Pero el caso es que después de cientos de años de química, los elementos siguen sorprendiéndonos, de forma benigna o no. Los elementos pueden desordenar nuestra respiración automática e inconsciente, confundir nuestros sentidos conscientes, e incluso, como el yodo, traicionar nuestras facultades más humanas. Es cierto que los químicos poseen un sólido conocimiento de muchas características de los elementos, como sus puntos de fusión o su abundancia en la corteza de la Tierra, y que el Handbook of Chemistry and Physics, un volumen de más de tres kilos de peso y 2804 páginas que es el Corán de los químicos, recoge todas las propiedades físicas de cada elemento con más decimales de los que nadie necesita. A un nivel atómico, los elementos se comportan de manera predecible. Pero cuando se tropiezan con todo el caos de la biología, siguen dejándonos perplejos. Incluso los elementos más vulgares y cotidianos pueden darnos sorpresas cuando se encuentran en circunstancias excepcionales.

En la década de 1890, Marie y Pierre Curie iniciaron la que tal vez haya sido la más fructífera colaboración en la historia de la ciencia. La radiactividad era el campo de estudio más flamante del momento, y las investigaciones de Marie sobre el uranio, el más pesado de los elementos naturales, la llevaron a una conclusión crucial en los primeros pasos para conocerlo: su química estaba separada de su física. Átomo a átomo, el uranio puro emitía la misma cantidad de rayos radiactivos que el uranio en forma de mineral porque los enlaces electrónicos entre un átomo de uranio y los átomos de su entorno (su química) no determinaban si o cuándo se desintegraba radiactivamente su núcleo (su física). Los científicos ya no tenían que examinar millones de sustancias químicas y medir tediosamente la radiactividad de cada una de ellas (como tenían que hacer para medir los puntos de fusión, por ejemplo). Tan solo tenían que estudiar los noventa y tantos elementos de la tabla periódica. Esto simplificó enormemente el campo de estudio, apartó las enojosas telarañas para revelar únicamente las vigas de hierro que sostienen el edificio. Los Curie compartieron el premio Nobel de Física de 1903.
El elemento transuránico 105 fue inicialmente bautizado hahnio, en honor a Otto Hahn, por Glenn Seaborg, Al Ghiorso y otros en 1970. Pero durante la disputa sobre los derechos de denominación del elemento, un comité internacional (¡como si el hahnio fuese Polonia!) le cambió el nombre al elemento, que en 1997 pasó a llamarse dubnio. A causa de las peculiares reglas de nomenclatura de los elementos (básicamente, cada nombre tiene una sola oportunidad) el hahnio tampoco podrá proponerse como nombre de un nuevo elemento en el futuro. Así que el premio Nobel es todo lo que se lleva Hahn. En cambio, el comité pronto coronó a Meitner con un honor mucho más exclusivo que un premio que se concede cada año. El elemento 109 es y será conocido para siempre como meitnerio.

Si la tabla periódica tiene una historia relacionada con la política, aún más larga e íntima la tiene con el dinero. Las historias de muchos elementos metálicos no pueden contarse sin enmarañarse en la historia del dinero e, inevitablemente, de la falsificación. En distintos siglos, se ha usado como moneda ganado, especias, dientes de marsopa, sal, bayas de cacao, cigarrillos, patas de escarabajo y tulipanes; nada de lo cual puede falsificarse de forma convincente. Con los metales es más fáciles engañar. En particular, la química y la densidad de los metales de transición se asemejan porque tienen una estructura electrónica parecida, y pueden mezclarse y sustituirse en las aleaciones. Desde hace siglos se han utilizado distintas combinaciones de metales preciados y no tan preciados para estafar.
La naturaleza, como es natural, no cede sus tesoros tan fácilmente, así que inventó la pirita (disulfuro de hierro, el oro de los necios) como un obstáculo más para los buscadores aficionados. Lo más perverso del oro de los necios es que relumbra con un brillo aún más dorado que el oro verdadero, como el oro de los cómics o el oro imaginado. Más de unos pocos novatos y gente cegada por la avaricia han caído en el engaño de una fiebre del oro de los necios. Pero en toda la historia, probablemente la más confusa de todas las fiebres del oro fue la que tuvo lugar en 1896, en las agrestes tierras de la frontera del interior de Australia. Si la pirita de hierro es el falso oro, esta fiebre del oro de Australia, en la que algunos buscadores desesperados acabarían tirando abajo con picos sus propias chimeneas y rebuscando entre los escombros, fue quizá la primera estampida de la historia provocada por el «oro de los necios de los necios».

Curiosidades sobre plumas Parker, la mejor Parker 51. En el interior de este pulcro armazón, la pluma funcionaba con un plástico recién patentado llamado Lucite y un sistema cilíndrico, también recién patentado, para conducir una tinta recién patentada, una tinta que por primera vez en la historia de las estilográficas no se secaba por evaporación, mientras descansaba sobre el papel, sino que penetraba dentro de las fibras del papel, secándose por absorción en un instante. Incluso la forma en que el capuchón se cerraba a presión contra el cuerpo de la pluma fue objeto de dos patentes. Los ingenieros de Parker eran genios escribanos.
La única tacha de este bello instrumento era la punta del plumín de oro, la parte que toca el papel. El oro, un metal blando, se deforma con la rigurosa fricción de la escritura. Parker al principio hizo la punta del plumín de osmiridio, una aleación de iridio y osmio. Los dos metales tenían la dureza buscada, pero eran escasos, caros e importarlos era una pesadilla. Cualquier repentina escasez o subida de precio podía condenar el diseño al fracaso, así que Parker contrató a un metalurgista recién salido de la Universidad de Yale para que buscara un sustituto. En menos de un año, la compañía solicitaba otra patente para una punta de rutenio, un elemento que hasta entonces no valía mucho más que la chatarra. Por fin tenían una punta a la altura del resto del diseño, y el rutenio comenzó a aparecer en las puntas de todas las Parker 51 en 1944.
Ahora bien, la verdad es que pese a toda esa soberbia ingeniería, la Parker 51 probablemente desempeñaba más o menos igual que cualquier otra pluma su función básica: llevar la tinta al papel. Pero como el profeta del diseño Moholy-Nagy podía haber predicho, la moda triunfaba sobre la necesidad. Con su nueva punta, la compañía convenció a los consumidores, por medio de la publicidad, de que los instrumentos de escritura a mano habían alcanzado su apoteosis, y la gente comenzó a desechar modelos de Parker más antiguos para comprarse este. La 51, «la estilográfica más deseada del mundo», se convirtió en un símbolo de estatus, el único instrumento con el que banqueros, agentes de bolsa o políticos con estilo se dignaban a firmar los cheques, las cuentas del bar…

El selenio es tóxico en grandes dosis. Los rancheros lo saben bien. Si no vigilan, su ganado puede comer una planta de la pradera de la familia de las leguminosas conocida como locoweed (hierba loca), algunas variedades de la cual acumulan selenio del suelo. Las reses que rumian la hierba loca comienzan a tambalearse y dar tumbos, desarrollan fiebres, úlceras y anorexia, un conjunto de síntomas que se conocen como «vértigo ciego». Pero les gusta el colocón. La indicación más clara de que el selenio las vuelve locas es que el ganado se vuelve adicto a la hierba loca a pesar de sus terribles efectos secundarios, y la comen con preferencia a cualquier otra hierba. Es la droga de los animales. Algunos historiadores imaginativos han llegado a culpar de la derrota de Custer en la batalla de Little Bighorn a que sus caballos se pegaron un chute de hierba loca antes de la batalla. Visto lo visto, resulta adecuado que «selenio» provenga de selene, «luna» en griego, con vínculos, a través del latín luna, con «lunático» y «alunado».
Dada su toxicidad, resulta tentador atribuir los delirios de Crookes al selenio, pero algunos datos inconvenientes desautorizan este diagnóstico. El selenio produce efecto a la semana.

En 2008, en la ciencia alimentaria, unos estudiantes de la Universidad Estatal de los Apalaches determinaron por fin lo que hace que la Coca-Cola Light explote cuando se le echan Mentos. La superficie granulosa de esta golosina actúa con una red que captura las pequeñas burbujas disueltas, que se juntan formando otras de tamaño cada vez mayor. Al final, unas pocas burbujas gigantes se desprenden, suben disparadas hacia la superficie, salen a chorro por el cuello y saltan disparadas hasta la magnífica altura de seis metros. Este descubrimiento ha sido sin duda el momento más grande de la ciencia de las burbujas desde que Donald Glaser miró su cerveza más de cincuenta años antes y soñó con revolucionar la tabla periódica.
Hay un enigma cerca de los bordes de la tabla periódica. Los elementos muy radiactivos son siempre escasos, así que uno pensaría, intuitivamente, que el elemento que decaiga más rápidamente será también el más escaso. Y, en efecto, el elemento que desaparece de la forma más rápida y completa cada vez que aparece sobre la faz de la Tierra, el ultrafrágil francio, es muy raro. El francio desaparece de la existencia a una escala de tiempo mucho más rápida que cualquier otro átomo natural. Sin embargo, hay un elemento aún más raro que el francio. He aquí una paradoja, y para resolverla hay que salirse de los cómodos confines de la tabla periódica. Hay que partir hacia lo que los físicos nucleares consideran su Nuevo Mundo, su América por conquistar: la «isla de la estabilidad», que es la mejor y quizá única esperanza de ampliar la tabla periódica más allá de sus actuales confines.
Como sabemos, el 90 por ciento de las partículas del universo son hidrógeno, y el otro 10 por ciento es helio. Todo lo demás, incluidos los 6 millones de trillones de kilos de la Tierra, es un cósmico error de redondeo. En esos seis millones de trillones de kilos, la cantidad total de ástato, el elemento natural más escaso, es una ridícula onza, apenas 30 gramos. Si el ástato es tan raro, es natural preguntarse cómo lograron los científicos realizar un censo de su presencia. La respuesta es que han hecho un poco de trampa. Cualquier ástato que estuviera presente en la Tierra primigenia hace mucho tiempo que se habría desintegrado radiactivamente, pero otros elementos radiactivos a veces producen ástato tras desintegrarse emitiendo partículas alfa o beta. A partir del conocimiento de la cantidad total de sus elementos progenitores (que suelen ser elementos vecinos del uranio) y calculando la probabilidad de que cada uno de ellos se desintegre en ástato, los científicos pueden derivar unas cifras plausibles para el número de átomos de ástato que deben existir. Lo mismo puede hacerse para otros elementos. El ástato es más robusto que el francio.

El elemento hipotéticamente último, el 137, suele llamarse «feynmanio», por Richard Feynman, el primer físico que comprendió todo este berenjenal. El mismo que dijo de alfa que es «uno de los mayores y más condenados misterios del universo», y ahora se comprenderá por qué. Cuando la irresistible fuerza de la mecánica cuántica se encuentre con el objeto inamovible de la relatividad justo después del feynmanio, algo tendrá que ceder. Nadie sabe qué.
Algunos físicos, el tipo de gente que piensa seriamente en los viajes en el tiempo, creen que la relatividad podría tener algún resquicio que permita a unas partículas especiales (y, convenientemente, no observables) llamadas taquiones ir más deprisa de los 300 000 kilómetros por segundo de la velocidad de la luz.

This is a great didactic book that focuses on the periodic table. Let’s dive into various curiosities about this.
The periodic table is an anthropological prodigy, a human artifact that reflects all the wonderful, artistic or detestable aspects of human beings and our interaction with the physical world: the history of our species written in a concise and elegant text. It deserves to be studied at all these levels, starting with the most elementary and moving gradually to those of greater complexity. In addition to entertaining us, the stories in the periodic table give us a way of understanding that never appears in textbooks or laboratory manuals. We eat and breathe the periodic table; people bet on it big sums, and lose large amounts of money; he poisons other people; and even causes wars. Between the hydrogen of its upper left end and the impossibilities synthesized by man that lurk from the underworld, we find bubbles, bombs, money, alchemy, bad politics, history, poison, crime and love. And if they rush me, even science.

How does it look like? It’s a bit like a castle with an uneven wall, as if the real masons had not finished lifting the left side, and two tall defense towers at the ends. It has eighteen irregular columns and seven horizontal rows, in addition to a “runway” formed by two additional rows that appear separated from the base. The castle is built with “bricks”, and the first thing that is not evident is that the bricks are not interchangeable. Each brick is an element, or type of substance (for the moment, the table contains 112 elements, and a few more are pending to enter), and the entire castle would collapse if any of them stopped being exactly where it is. It is not an exaggeration: if the scientists came to discover that somehow the elements fit in a different place, or that two of the elements could be interchanged, the entire building would collapse.
Another architectural curiosity is that the castle is made of different materials in different parts. That is, not all bricks are made of the same substance, nor do they have the same characteristics. 75 percent of the bricks are made of metal, which means that most of the elements are cold and gray solids, at least at the temperatures at which humans are accustomed. A few columns on the east side contain gases. Only two elements, mercury and bromine, are liquid at room temperature.

A common destination in the periodic table. Most of the elements are anonymous without deserving it. Even the names of the scientists who discovered many of them and who long ago ordered them in the first periodic tables, have been relegated to oblivion. However, as has happened with silicon, a few names have achieved universal fame, and not always for good reasons. All the scientists who worked on the first periodic tables recognized the similarity between certain elements. The “triads” of elements, such as the current one formed by carbon, silicon and germanium, were the first clues to the existence of a periodic system. But some scientists have shown greater ease in recognizing the subtleties of traits that run through the families of the periodic table as in human dimples or twisted noses. Soon the knowledge on how to follow and predict those similarities allowed a scientist, Dmitri Mendeleev, to settle into history as the father of the periodic table.

The tungsten and the molybdenum were only the outpost of a true revolution of the metals that would be developed throughout the 20th century. Three out of four elements are metals, but with the exception of iron, aluminum and a few others, before the Second World War most were limited to occupy their place in the periodic table. (This book could not have been written just forty years ago: there was not much to say). But since around 1950, every metal has been finding its niche. Gadolinium is perfect for producing magnetic resonance imaging. Neodymium allows you to make lasers more powerful than ever. Scandium, which is now used in the aluminum alloys with which baseball bats and bicycle frames are manufactured, in the 1980s helped the Soviet Union to build light helicopters, and apparently also was on the tip of Soviet ICBM missiles stored underground in the Arctic, to help nuclear warheads traverse the ice sheets.

When the definitive list was published in 1996, “this is what you like or not”, it included the seaborgium in the number 106, as well as the official names that we see in the table today: rutherfordio (104), dubnio (105) ), bohrio (107), hassio (108) and meitnerio (109). After winning the game, showing a view for public relations that the New Yorker had once missed, the Berkeley team placed an aging Seaborg, age-stained, next to a huge periodic table, with a twisted finger pointing more or less to the seaborgio, and took a picture. His sweet smile does not hint at the dispute whose first shot had occurred thirty-two years before and whose bitterness had even survived the Cold War.
In the 1990s, Berkeley’s chemical genius was exhausted, limping behind his Russian competitors and, above all, Germans. In rapid succession, between 1994 and 1996, the Germans wrote down element 110, today called darmstadtio (Ds), for their city; element 111, roentgenium (Rg), in honor of the great German scientist Wilhelm Rontgen; and element 112, the last element added to the periodic table, in June 2009, with the name copernicio (Cn). No doubt the German success explains why Berkeley had defended tooth and nail his glorious past: he did not expect joys in the future. However, he refused to be eclipsed, and in 1996 he struck a blow by hiring, stealing from the Germans, a young Bulgarian named Victor Ninov, who had already played an important role in the discovery of items 110 and 112 with the team of the Germans, all with the intention of renewing the illustrious program of Berkeley. Ninov even persuaded Ghiorso to retreat (“Ninov is as good as young Al Ghiorso,” Ghiorso himself used to say), and soon Berkeley’s lab swam again in optimism.
For its great return to the ring, in 1999 Ninov’s team decided to try their luck with a controversial experiment proposed by a Polish theoretical physicist who had calculated that the collision of krypton (thirty-six) against lead (eighty-two) could produce the element 118
Ninov continues to deny that he had falsified the data, but it does not help to exempt him from the fact that, when his old laboratory went back to reviewing his experiments analyzing old data files, he also had to retract some of Ninov’s findings (but not all of them). ). Worse perhaps, the Americans were reduced to travel to Dubna if they wanted to work with heavy elements. There, in 2006, an international team announced that after colliding ten trillion atoms of calcium against a californium target (poor!), They had produced three atoms of element 118. How could it be otherwise, the discovery of the element 118 has been discussed, but if it resists the checks, and there is nothing to suggest that it will not do so, the discovery would end all hopes that the “ghiorsio” will appear on the periodic table. The Russians have to win, because the discovery was made in his laboratory, and apparently they are in favor of calling it “flyorio”.

Glenn Seaborg and Al Ghiorso took the hunting of unknown elements to a new level of sophistication, but by no means were they the only scientists who filled gaps in the periodic table. In fact, when Time magazine in 1960 declared fifteen American scientists “Men of the Year,” among those selected were neither Seaborg nor Ghiorso, but the greatest artisan of the elements of an earlier era, the man who took over the more elusive and corner of all the elements of the periodic table when Seaborg was still working on his doctoral thesis: Emilio Segre.
The lightest element in the hall of poisons is cadmium, whose notoriety goes back to an old mine in central Japan. The miners began to extract precious metals from the Kamioka mines around 710 AD. C. During the following centuries, the Kamioka Mountains produced gold, lead, silver and copper while several first shoguns, and later business magnates, competed for land. But it was not until 1,200 years after hitting the first ore when the miners began to process the cadmium, the metal that gave the mines fame and in Japan turned the cry of “Itai-itai!” In synonymous with suffering.
Thallium, cadmium and other related elements work as well as poisons that stay in the body for a long time. I do not mean just that they accumulate in the body, as cadmium does, but that, like oxygen, these elements usually have atomic nuclei that are almost spherical and stable and never radically disintegrate. This is why the Earth’s crust keeps a good amount of all of them. For example, the heaviest of the eternally stable elements, lead, is housed in square eighty-two, a magic number. And the heaviest of the almost stable elements, bismuth, is your neighbor, in box eighty-three.

The periodic table is a fickle thing, and most of the elements are more twisted than the rogue franks in the hall of poisons. The rarest elements do strange things inside the body, often bad, but sometimes good. An element that in certain circumstances is toxic, in others it can save our lives, and the elements that are metabolized in unsuspected ways can provide doctors with new means of diagnosis. The interactions between elements and drugs even help us to understand the appearance of life from the unconscious chemical waste of the periodic table.
Nobody could have imagined that an anonymous, gray metal like rhodium could produce something as extraordinary as L-dopa. But the fact is that after hundreds of years of chemistry, the elements continue to surprise us, in a benign way or not. The elements can disrupt our automatic and unconscious breathing, confuse our conscious senses, and even, like iodine, betray our most human faculties. It is true that chemists have a solid knowledge of many characteristics of the elements, such as their melting points or their abundance in the Earth’s crust, and that the Handbook of Chemistry and Physics, a volume of more than three kilos in weight and 2804 pages, which is the Koran of chemists, collects all the physical properties of each element with more decimals than anyone needs. At an atomic level, the elements behave predictably. But when they encounter all the chaos of biology, they still leave us perplexed. Even the most vulgar and everyday elements can give us surprises when they find themselves in exceptional circumstances.

In the 1890s, Marie and Pierre Curie initiated what may have been the most fruitful collaboration in the history of science. Radioactivity was the newest field of study at the time, and Marie’s research on uranium, the heaviest of the natural elements, led to a crucial conclusion in the first steps to know it: its chemistry was separated from its physics. Atomic to atom, pure uranium emitted the same amount of radioactive rays as uranium in the form of mineral because the electronic links between a uranium atom and the atoms of its environment (its chemistry) did not determine if or when its nucleus disintegrated radioactively (his physics). Scientists no longer had to examine millions of chemicals and tediously measure the radioactivity of each of them (as they had to do to measure melting points, for example). They just had to study the ninety-odd elements of the periodic table. This greatly simplified the field of study, pushed aside the annoying cobwebs to reveal only the iron beams that support the building. The Curies shared the Nobel Prize in Physics of 1903.
The transuranic element 105 was initially christened hahnio, in honor of Otto Hahn, by Glenn Seaborg, Al Ghiorso and others in 1970. But during the dispute over the naming rights of the element, an international committee (as if the hahnio was Poland!) Changed the name to the element, which in 1997 was renamed dubnio. Because of the peculiar rules of nomenclature of the elements (basically, each name has only one chance) the hahnio can not be proposed as the name of a new element in the future either. So the Nobel prize is everything Hahn takes. Instead, the committee soon crowned Meitner with a much more exclusive honor than a prize that is awarded each year. Element 109 is and will be known forever as meitnerio.

If the periodic table has a history related to politics, it is even longer and more intimate with money. The stories of many metallic elements can not be told without becoming entangled in the history of money and, inevitably, of falsification. In different centuries, it has been used as currency livestock, spices, porpoise teeth, salt, cocoa berries, cigarettes, beetle legs and tulips; nothing of which can be falsified convincingly. With metals it is easier to cheat. In particular, the chemistry and density of the transition metals are similar because they have a similar electronic structure, and can be mixed and replaced in the alloys. For centuries, different combinations of precious and not-so-precious metals have been used to cheat.
Nature, naturally, does not give up its treasures so easily, so he invented pyrite (iron disulfide, the gold of fools) as another obstacle for amateur seekers. The most perverse of fools’ gold is that it shines with a brilliance even more golden than real gold, like the gold of comics or the gold imagined. More than a few novices and people blinded by greed have fallen into the delusion of a gold fever of fools. But throughout history, probably the most confusing of all gold fevers was the one that took place in 1896, in the wild land of the Australian outback. If iron pyrite is fake gold, this gold rush in Australia, in which some desperate seekers would end up pulling down their own chimneys with peaks and rummaging through the rubble, was perhaps the first stampede in history brought about by “gold.” of the fools of fools ».

Curiosities about Parker pens, the best Parker 51. Inside this neat frame, the pen worked with a recently patented plastic called Lucite and a cylindrical system, also recently patented, to drive a freshly patented ink, an ink that for the first time in the history of the fountain pens it did not dry by evaporation, while it rested on the paper, but it penetrated inside the fibers of the paper, drying by absorption in an instant. Even the way in which the cap was pressed against the body of the pen was subject to two patents. Parker’s engineers were genius scribes.
The only blemish of this beautiful instrument was the tip of the golden nib, the part that touches the paper. Gold, a soft metal, deforms with the rigorous friction of writing. Parker at the beginning made the tip of the osmirid nib, an alloy of iridium and osmium. The two metals had the hardness sought, but they were scarce, expensive and importing them was a nightmare. Any sudden shortage or price rise could condemn design to failure, so Parker hired a metallurgist fresh out of Yale University to find a replacement. In less than a year, the company requested another patent for a ruthenium tip, an element that until then was not worth much more than scrap. At last they had a point at the height of the rest of the design, and the ruthenium began to appear at the tips of all the Parker 51 in 1944.
Now, the truth is that despite all that superb engineering, the Parker 51 probably played more or less like any other pen its basic function: to take the ink to paper. But as the design prophet Moholy-Nagy could have predicted, fashion triumphed over necessity. With its new tip, the company convinced consumers, through advertising, that handwriting instruments had reached their apotheosis, and people began to discard older Parker models to buy this one. La 51, “the most desired fountain pen in the world”, became a symbol of status, the only instrument with which bankers, brokers or politicians with style deigned to sign checks, bar accounts …

Selenium is toxic in large doses. The ranchers know it well. If they do not watch, their cattle can eat a prairie plant from the legume family known as locoweed (crazy grass), some varieties of which accumulate selenium from the soil. Cows that chew on crazy grass begin to wobble and stumble, develop fevers, ulcers and anorexia, a set of symptoms known as “blind dizziness.” But they like the high. The clearest indication that selenium drives them crazy is that cattle become addicted to crazy grass despite their terrible side effects, and eat it in preference to any other herb. It is the drug of animals. Some imaginative historians have come to blame for Custer’s defeat at the Battle of Little Bighorn when his horses stuck a bunch of crazy grass before the battle. Seen the seen, it is appropriate that “selenium” comes from selene, “moon” in Greek, with links, through the Latin moon, with “lunatic” and “moon”.
Given its toxicity, it is tempting to attribute the delusions of Crookes to selenium, but some inconvenient data discredit this diagnosis. Selenium produces an effect a week.

In 2008, in food science, students from the Appalachian State University finally determined what causes Coca-Cola Light to explode when Mentos are cast. The grainy surface of this candy acts with a network that captures the small dissolved bubbles, which come together forming larger and larger ones. In the end, a few giant bubbles break off, shoot up to the surface, spout down the neck and jump up to the magnificent height of six meters. This discovery has undoubtedly been the greatest moment of bubble science since Donald Glaser looked at his beer more than fifty years earlier and dreamed of revolutionizing the periodic table.
There is an enigma near the edges of the periodic table. Very radioactive elements are always scarce, so one would think, intuitively, that the element that decays more quickly will also be the scarcest. And, indeed, the element that disappears in the fastest and most complete way every time it appears on the face of the Earth, the ultra-fragile Franc, is very rare. The francium disappears from existence at a much faster time scale than any other natural atom. However, there is an element even stranger than the French. Here is a paradox, and to solve it you have to get out of the comfortable confines of the periodic table. We must start towards what nuclear physicists consider their New World, their America to conquer: the “island of stability”, which is the best and perhaps only hope of expanding the periodic table beyond its current confines.
As we know, 90 percent of the particles in the universe are hydrogen, and the other 10 percent is helium. Everything else, including the 6 million trillion kilos of Earth, is a cosmic error of rounding. In those six million trillion kilos, the total amount of ástato, the scarcest natural element, is a ridiculous ounce, barely 30 grams. If the Astatus is so rare, it is natural to wonder how the scientists managed to take a census of their presence. The answer is that they have done a bit of cheating. Any Astatus that was present on the original Earth long ago would have decayed radioactively, but other radioactive elements sometimes produce ástato after disintegrating by emitting alpha or beta particles. Starting from the knowledge of the total amount of their parent elements (which are usually neighboring elements of uranium) and calculating the probability that each of them will disintegrate in ástato, the scientists can derive plausible figures for the number of atoms of ástato that must exist The same can be done for other elements. The astatus is more robust than the francium.

The element hypothetically last, the 137, is usually called “feynmanio”, by Richard Feynman, the first physicist who understood all this berenjenal. The same one that said of alpha that it is “one of the greatest and most condemned mysteries of the universe”, and now it will be understood why. When the irresistible force of quantum mechanics encounters the immovable object of relativity just after feynmanium, something will have to give. Nobody knows what.
Some physicists, the kind of people who think seriously about time travel, believe that relativity could have some loophole that allows special (and, conveniently, unobservable) particles called tachyons to go faster than 300,000 kilometers second of the speed of light.

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