Confesión de un asesino — Joseph Roth

Esta es otra magnífica novela del escritor austriaco sobre la vida de un príncipe ruso, Krapotkin así como antiguo agente de la Ojrana, policía secreta de los zares, Golubchik nos va adentrando en las tinieblas a través de las confesiones en el Tari-Bari parisino, un bar de confesiones rusas.
Sin duda es un diablo moderno on la idiosincrasia netamente rusa, el reconocimiento por parte de su padre, el rencor pero por encima de todo el ansía de confesar.
Yo no tenía entonces una idea muy precisa del mundo ni de las extrañas leyes que rigen el amor. Cierto es que, dada mi profesión de espía, hubiera sido lógico pensar: este tipo se las sabe todas. Sin embargo, pese a mi oficio y a todas las experiencias que me había ido aportando, yo era un ser tonto e inofensivo frente a Lutetia. Y decir frente a Lutetia equivale a decir frente a todas las mujeres y a la mujer en general. Pues Lutetia era la mujer quintaesenciada…, la mujer arquetípica. Era la mujer de mi vida. Era la esposa, sí, la mujer de mi vida.

Empecé a ganar el máximo posible. Y gané mucho…, no necesito decirles en qué forma. A veces desaparecía una semana, diciéndole a Lutetia y a todo el mundo que me iba de viaje. Pasaba aquellos días metido en los círculos de nuestros refugiados políticos, en pequeñas redacciones de gacetas miserables y clandestinas; y era lo bastante inmoral como para pedir pequeños préstamos a las víctimas cuyos rastros seguía —no porque necesitara su mísero dinero, sino por simular que de verdad me hacía falta—, y para compartir, en cuartuchos ocultos y miserables, las paupérrimas comidas de los perseguidos, humillados y hambrientos; y era lo bastante infame como para intentar seducir a esas mujeres que, felices unas veces, y otras por una especie de conciencia del deber anclada en una ideología, se entregaban a algún correligionario…, en resumen: era lo que en el fondo siempre había sido, por nacimiento y por naturaleza: un canalla. Sólo que hasta entonces no había ejercido la infamia en tales proporciones. En aquellos días me probé a mí mismo que era un sinvergüenza ¡y de qué especie! Unas reflexiones de auténtico diablo donde Lakatos ya no le preocupaba, un enemigo acérrimo.
Se convertirá en mismo diablo en cuanto a lo que hará a Lutetia y como deberá buscar refugio con Rifkin por motivos personales reconoce que mató pero este descenso a los infiernos se termina en un hotel parisino Des Fleus Vertes. Donde Lakatos adquiere vida…

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