El ojo en la nuca — Ilan Stavans & Juan Villoro

En la época de las redes sociales este es un maravilloso breve libro donde ambos conversan como si ambos estuviesen en un café de antaño con las inquietudes por Villoro de México y sus vivencias, abarcan la literatura, los fantasmas, España y la vida donde como afirma el nacionalismo, independientemente del concepto uno al nacer ya está predispuesto en determinadas coordenadas, México, España…

Escribir es pensar. Leer es escribir. Claro que pensar no es necesariamente ni escribir ni leer. Es muchas cosas más. A lo largo de mi vida me he adentrado en varios géneros: el cuento, la parábola, la fábula, el ensayo, la traducción, el diccionario, la novela gráfica, el libro de viajes, el aforismo, el libro infantil… Todos me gustan aunque la ficción es para mí un hijo bastardo.

Curiosamente, cuando alguien habla sin tapujos se dice que se habla «a calzón quitado». Si alguien se desnuda, es sincero, pero si ya tienes pelos en la lengua, la intimidad recién compartida lo obliga a guardar secretos. Es oportuno que la frase se utilice para lo que nos decimos unos a otros porque la conversación pertenece al sexo oral. Todo esto es falsa filología, ¿pero qué es la literatura sino una oportunidad de inventarle motivos a las palabras?
Por cierto que, en el trato personal, la franqueza me parece sobrevalorada. En el ámbito latino casi siempre es una licencia para ofender, para decir «verdades que duelen». Supongo que te has adaptado a la tendencia americana de hablar con objetividad y discutir de manera neutra los problemas de la oficina, aunque afecten a terceros. Es posible que en esto yo sea marcadamente mexicano. Me gustaría saber si conservas ese gusto por dar rodeos y decir las cosas de manera elíptica.
Aunque España es una monarquía, los españoles no se comportan como si vivieran en una corte. En cambio, México ya no es un virreinato pero nos comportamos con tácticas cortesanas. Ningún medio de comunicación supera en nosotros al rumor, la conspiración y la sospecha.

España tiene una extraña superstición de que la realidad es más importante que la vida interior. Cuando alguien considera que dispone de un argumento irrefutable dice: «Que te lo digo yo.» Obviamente sabemos que él está hablando, pero no entiende la verdad como algo que debe ser demostrado sino como un juramento avalado por su persona. Si no le crees, puede responder: «Eso es una mentira como la copa de un pino», es decir, enorme. El idioma está muy pegado a la realidad, por lo tanto tiende a lo literal y rara vez opta por los valores entendidos, las insinuaciones, las sugerencias tan caras a los latinoamericanos. Ya decía Borges que el español habla con la contundencia de quien no conoce la duda. Hay pocos matices en esa lengua, y sin embargo algunos de los mayores escritores españoles han sido maestros de la ironía, los juegos de palabras y la vida interior: Cervantes, Quevedo, Valle-Inclán, Gómez de la Serna.
El catalán tiene un respaldo oficial que acaso llegue a ser negativo. Durante décadas fue una lengua proscrita y era imprescindible apoyarla en la transición a la democracia. Pero un idioma no puede decidir su suerte a partir de subsidios y decretos. Conozco escritores barceloneses que de pronto escriben un poemario en catalán porque así pueden ser publicados o recibir una beca. No siempre eligen la lengua como una opción estética. No hay una sola escuela en Barcelona que tenga al castellano como «lengua vehicular», es decir, principal.

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