El muro de Berlín — Frederick Taylor

Releído varías veces sin duda de los mejores libros que se pueden leer del tema, una auténtica crónica del muro, la caída del comunismo y testigo de la historia. El lunes 9 de noviembre de 2009 fue el veinte aniversario de aquella noche dramática en que el muro de Berlín, que simbolizó la división de Alemania y del mundo entre capitalismo y comunismo, se derribó. De repente vimos con claridad que la Guerra Fría estaba a punto de acabar.
Veinte años suponen el primer ciclo generacional en la vida de los seres humanos. Como individuos, cuando celebramos nuestro veinte aniversario todavía nos queda mucho que esperar con ilusión, pero también, y quizá por primera vez, hay mucho hacia lo cual volver nuestra mirada. El mundo posterior a la Guerra Fría ha llegado ahora a ese mismo cambio de ciclo y se dispone a entrar en la madurez.
El año 1989 señaló la caída acelerada de un sistema de gobierno, el del totalitarismo marxista-leninista de dominación soviética, y el triunfo «aparente» de otro en la forma del paradigma capitalismo-corporativismo de dominación estadounidense. Y digo «aparente» porque, por pura coincidencia —si bien incómoda—, se encuentra ahora ante el desafío de unos graves problemas económicos y políticos impredecibles hace dos décadas.
Pocos fueron los que hicieron caso de los comentaristas que vieron la caída del muro de Berlín.
Cuando los que nacieron en la antigua Alemania del Este se quejan de lo que han perdido, sus compatriotas occidentales los tildan de Jammerossis (tendencia al lloriqueo). En respuesta a esto, claro, los del Este los califican de Besserwessis (un juego de palabras que significa «occidentales sabelotodo).
La principal diferencia entre la condición problemática de Alemania y la del resto del mundo posterior a la Guerra Fría es que Alemania no se desintegró como lo hicieron la Unión Soviética, Checoslovaquia y Yugoslavia, o como pueden todavía hacerlo Bélgica y el Reino Unido. La separación entre Jammerossis y Besserwessis no procede de una profunda o duradera división histórica (de hecho, es bastante menor que la que existe entre súbditos de Su Majestad ingleses y escoceses). Los intensos y enraizados conflictos en Alemania, tanto antes como después de su unificación original en el siglo XIX, se basaban tradicionalmente no en una dicotomía este-oeste, sino norte-sur, fortalecida por las diferencias entre urbano-rural y las divisiones católico-protestante.

El bloqueo de Berlín señaló el advenimiento de la «dura» Guerra Fría. Al final las relaciones entre Occidente y la Unión Soviética se deterioraron, pasando de la desilusión y de las discusiones esporádicamente violentas a una especie de conflicto no declarado.
El año 1949 también vio la proclamación de la República Popular China bajo el mando del brillante e implacable Mao Zedong. Chiang Kai-shek, el antiguo dirigente chino apoyado por Estados Unidos, tuvo que huir del continente y se llevó el gobierno, el ejército e incluso el Parlamento a la isla de Formosa (Taiwán), situada frente a las costas de China. Allí pasaría el resto de su vida, despotricando contra el robo de su país.
El equilibrio era desigual. Alemania Occidental tenía 50 millones de habitantes, y Alemania Oriental en torno a 18,5 millones. Pero había 300 000 soldados soviéticos estacionados en la zona soviética, y en 1946 los alemanes orientales habían empezado a crear unidades paramilitares de la policía del pueblo, en un primer momento calificadas como Grenzpolizei (policía de fronteras) y Bereitschaftspolizei (policía de orden público), pero que muy pronto se reorganizaron en una base militar adecuada y adoptaron el nombre de Kasernierte Volkspolizei (KVP, o policía popular acuartelada).

La barrera que se convertiría en el muro estaba tomando cuerpo, en gran medida como simple respuesta a la persistente determinación de los alemanes orientales a huir a Occidente, y a cualquier precio. Los dirigentes se sorprendían y asombraban ante la gran cantidad de intentos de fuga que todavía llevaban a cabo. Y esto a pesar del riesgo indiscutible y de los ingentes esfuerzos de los gobernantes, así como de los miles de policías, soldados y grupos de trabajo, para convertir en infranqueable la frontera.
Por razones similares, y sin demasiados aspavientos, estaban traspasando otro umbral. Las instrucciones de julio de 1960 a los guardias fronterizos habían limitado el uso de las armas de fuego, disponiendo una cautelosa escala de avisos y tiros de advertencia antes de que los guardias pudieran disparar contra la persona de un fugitivo.
El muro no tuvo su origen el 13 de octubre de 1961, cuando colocaron los rollos de alambre de espino, sino el 17 de octubre, cuando Jruschov abandonó de mala gana sus esperanzas de un acuerdo que anulara el de Potsdam, forzara la retirada de los aliados de Berlín Occidental y entregara el control de toda la ciudad a su satélite, la RDA.
Como consecuencia de ello, a partir de comienzos de 1962 los alemanes orientales empezaron a construir una horrible serie de fortificaciones más feas y siniestras aún que aquella barrera de ladrillos ligeros y cemento, una barrera para la cual el término «Muro» era completamente inadecuado.

El pacto de Honecker con su gente, a la que le garantizaba su estilo de vida a cambio de sumisión, estaba a punto de venirse abajo. Entonces el precio del petróleo empezó a bajar, tónica que se prolongaría a lo largo de los años ochenta. Los prestamistas occidentales, que en Alemania Oriental habían visto a un cliente fiable, empezaron a negarse a otorgar nuevos préstamos.
El gobierno de Alemania del Este se vio obligado a tomar medidas drásticas. Con la ayuda de Schalck-Golodkowski y de algunos amigos sorprendentes, la RDA obtuvo de Occidente un grandioso crédito para mantener el estilo de vida al que estaban habituados.
Uno de esos sorprendentes amigos fue Franz-Josef Strauss, el corpulento líder político y agresivo conservador de Baviera, que era ministro de Defensa cuando se construyó el muro. Strauss, al que veinte años atrás la propaganda de Alemania Oriental había vilipendiado como un militarista ultrarreaccionario que trataba de apoderarse de una bomba nuclear para Alemania Occidental, aparecía ahora como mediador.
La RDA obtuvo ayudas crediticias en términos favorables, que en 1982 ascendieron a 1000 millones de marcos, y casi otro tanto en 1983. El gobierno de Alemania del Este no retiró el dinero, pero utilizó la existencia de esos créditos para restaurar la fe en su solvencia. A cambio tuvo que pagar un precio político: por ejemplo, en 1984 permitió que 35 000 alemanes del Este emigraran a Occidente.
El dinero manda. Eso era algo que se daba por sentado en todas las relaciones entre Bonn y Berlín Oriental. Pero en los años setenta y comienzos de los ochenta la situación entre el Este y Occidente estuvo sujeta a algunos cambios sísmicos, y no estaba del todo claro adónde conducirían. De repente la tensión se relajaba, se recibía una visita intergubernamental o una concesión de créditos, y acto seguido las grandes potencias desplegaban agresivos misiles demasiado próximos a las fronteras de cada uno.
En este escenario confuso emergió, de forma gradual, el final del juego de la Guerra Fría. Los triunfalistas occidentales aseguran que fue el poder económico y militar superior de Occidente lo que resultó definitivo. Otros apuntan a la progresiva liberalización a que se vio forzado el Este, sin grandes estridencias, debido a la opinión internacional y a los cambios en los anhelos y esperanzas de la gente corriente en los países comunistas.
En otras palabras, algunos apuntan el triunfo a los belicistas, los otros al triunfo del Acuerdo de Helsinki.
Tal vez se debiera a ambos.

Todo se volvía contra Honecker. Su decisión resultó ser un terrible equívoco. En el trayecto por Alemania Oriental, lejos de sentir que se les rehuía y humillaba, los refugiados vieron cómo miles de alemanes corrientes orientales se alineaban en las carreteras y en los terraplenes, a ambos lados de la vía, para saludarles y vitorearles. En Dresde, la primera gran ciudad al otro lado de la frontera, los refugiados adoptaron una actitud desafiante. No sólo no entregaron a regañadientes sus documentos de identidad, como esperaban las autoridades, sino que los rompieron en mil pedazos y lo tiraron por la ventanilla del tren junto con los inútiles marcos de la RDA que ya no podrían gastar una vez llegaran a la RFA.
Mientras tanto, 1500 personas de la ciudad, jóvenes en su mayoría, desafiaron a las autoridades y se concentraron en la estación principal de Dresde para vitorear a los trenes de los refugiados. Los manifestantes intentaron subir a bordo y los Vopos se empeñaron en detenerlos. Estalló la pelea.
El 9 de octubre marcó un cambio radical en Leipzig. El ejército de ocupación ruso no hizo acto de presencia, confirmando que Gorbachov lo mantenía confinado en los cuarteles. Al final en Leipzig no se había repetido el 17 de junio de 1953…, y tampoco lo de la plaza Tiananmen.
Honecker caería tan sólo una semana después, tras una simple votación en el Politburó. El 9 de octubre, las masas habían adoptado un eslogan provocador: «El pueblo somos nosotros». E incluso una parte de la policía se había unido a sus cantos. En los días que siguieron, por toda la RDA proliferaron las manifestaciones: en Magdeburgo, en Potsdam, en Halle, en Karl-Marx-Stadt y en muchas otras ciudades.

Una mezcla de bombardeo publicitario y de esperanzas había derrotado al ofuscamiento burocrático. Poco más de seis horas después de una irreflexiva rueda de prensa y de una campaña periodística occidental, que cogió la pelota perdida de las normas sobre el visado temporal de salida y echó a correr, se había producido una revolución. Una de las más veloces y menos sangrientas de la historia. Una revolución que, contrariamente a lo que Gil Scott-Heron predijera quince años atrás, había sido televisada.
La seguiría la mayor y más desenfrenada fiesta callejera que el mundo había presenciado hasta entonces.
La caída del muro de Berlín, al igual que su construcción, ocurrió en una sola noche. Del mismo modo que el 13 de agosto de 1961 una ciudad y un pueblo se despertaron para encontrarse divididos, la mañana del 10 de noviembre de 1989 esa división ya no existía. No obstante, sería materia de debate averiguar cuántas personas despertaron para encontrarse con esta revelación, ya que muchos no pegaron ojo esa noche en Berlín.

Los alemanes orientales tienen motivos para sentirse defraudados e infelices, y también —a pesar de la generosidad de los alemanes occidentales desde 1989— amargados. El problema es que a menudo culpan a las personas que no deben: es decir, a las occidentales, en vez de culpar a los jefes del SED.
Berlín sigue siendo un reflejo de las diferencias de la nación.
El centro histórico de la ciudad, justo dentro de lo que fuera Berlín Oriental, ha sido renovado y de hecho resulta difícil diferenciarlo del Occidental. Sin embargo, en las zonas al este de la Alexanderplatz, donde todavía funcionan los tranvías, está “claro que las diferencias continúan. El horizonte se ve dominado por los altos y monótonos Plattenbauten (en su sentido literal, edificios de placas), bloques de pisos construidos entre los años sesenta y setenta con la urgente necesidad de alojar a los berlineses orientales según el estilo que Ulbricht y sus camaradas creían adecuado. La ropa es más barata y a menudo más deslucida, los coches más viejos. Hay allí una sensación colectiva de que todo está pasado de moda, una familiar y a menudo atractiva falta de pretensiones. Esa zona de Berlín ha sido siempre el ámbito de la gente trabajadora, el lugar donde hace un siglo, si no más, los emigrantes procedentes del campo y del extranjero tendían a juntarse. De modo que si tiene ese aspecto y da esa sensación no se debe sólo a los cuarenta años de comunismo. Por eso mismo, y en calidad de alguien que conoció el Este durante los años setenta y ochenta —cuando la RDA se encontraba en su engañosamente sólido apogeo—, siempre que se está allí no se necesita ver una placa con el nombre de la calle para saber dónde estás.
Pero la ciudad como un conjunto ha sobrevivido, sobrevivirá…

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s