El muro de Berlín — Frederick Taylor / The Berlin Wall: A World Divided, 1961-1989 by Frederick Taylor

Releído varías veces sin duda de los mejores libros que se pueden leer del tema, una auténtica crónica del muro, la caída del comunismo y testigo de la historia. El lunes 9 de noviembre de 2009 fue el veinte aniversario de aquella noche dramática en que el muro de Berlín, que simbolizó la división de Alemania y del mundo entre capitalismo y comunismo, se derribó. De repente vimos con claridad que la Guerra Fría estaba a punto de acabar.
Veinte años suponen el primer ciclo generacional en la vida de los seres humanos. Como individuos, cuando celebramos nuestro veinte aniversario todavía nos queda mucho que esperar con ilusión, pero también, y quizá por primera vez, hay mucho hacia lo cual volver nuestra mirada. El mundo posterior a la Guerra Fría ha llegado ahora a ese mismo cambio de ciclo y se dispone a entrar en la madurez.
El año 1989 señaló la caída acelerada de un sistema de gobierno, el del totalitarismo marxista-leninista de dominación soviética, y el triunfo «aparente» de otro en la forma del paradigma capitalismo-corporativismo de dominación estadounidense. Y digo «aparente» porque, por pura coincidencia —si bien incómoda—, se encuentra ahora ante el desafío de unos graves problemas económicos y políticos impredecibles hace dos décadas.
Pocos fueron los que hicieron caso de los comentaristas que vieron la caída del muro de Berlín.
Cuando los que nacieron en la antigua Alemania del Este se quejan de lo que han perdido, sus compatriotas occidentales los tildan de Jammerossis (tendencia al lloriqueo). En respuesta a esto, claro, los del Este los califican de Besserwessis (un juego de palabras que significa «occidentales sabelotodo).
La principal diferencia entre la condición problemática de Alemania y la del resto del mundo posterior a la Guerra Fría es que Alemania no se desintegró como lo hicieron la Unión Soviética, Checoslovaquia y Yugoslavia, o como pueden todavía hacerlo Bélgica y el Reino Unido. La separación entre Jammerossis y Besserwessis no procede de una profunda o duradera división histórica (de hecho, es bastante menor que la que existe entre súbditos de Su Majestad ingleses y escoceses). Los intensos y enraizados conflictos en Alemania, tanto antes como después de su unificación original en el siglo XIX, se basaban tradicionalmente no en una dicotomía este-oeste, sino norte-sur, fortalecida por las diferencias entre urbano-rural y las divisiones católico-protestante.

El bloqueo de Berlín señaló el advenimiento de la «dura» Guerra Fría. Al final las relaciones entre Occidente y la Unión Soviética se deterioraron, pasando de la desilusión y de las discusiones esporádicamente violentas a una especie de conflicto no declarado.
El año 1949 también vio la proclamación de la República Popular China bajo el mando del brillante e implacable Mao Zedong. Chiang Kai-shek, el antiguo dirigente chino apoyado por Estados Unidos, tuvo que huir del continente y se llevó el gobierno, el ejército e incluso el Parlamento a la isla de Formosa (Taiwán), situada frente a las costas de China. Allí pasaría el resto de su vida, despotricando contra el robo de su país.
El equilibrio era desigual. Alemania Occidental tenía 50 millones de habitantes, y Alemania Oriental en torno a 18,5 millones. Pero había 300 000 soldados soviéticos estacionados en la zona soviética, y en 1946 los alemanes orientales habían empezado a crear unidades paramilitares de la policía del pueblo, en un primer momento calificadas como Grenzpolizei (policía de fronteras) y Bereitschaftspolizei (policía de orden público), pero que muy pronto se reorganizaron en una base militar adecuada y adoptaron el nombre de Kasernierte Volkspolizei (KVP, o policía popular acuartelada).

La barrera que se convertiría en el muro estaba tomando cuerpo, en gran medida como simple respuesta a la persistente determinación de los alemanes orientales a huir a Occidente, y a cualquier precio. Los dirigentes se sorprendían y asombraban ante la gran cantidad de intentos de fuga que todavía llevaban a cabo. Y esto a pesar del riesgo indiscutible y de los ingentes esfuerzos de los gobernantes, así como de los miles de policías, soldados y grupos de trabajo, para convertir en infranqueable la frontera.
Por razones similares, y sin demasiados aspavientos, estaban traspasando otro umbral. Las instrucciones de julio de 1960 a los guardias fronterizos habían limitado el uso de las armas de fuego, disponiendo una cautelosa escala de avisos y tiros de advertencia antes de que los guardias pudieran disparar contra la persona de un fugitivo.
El muro no tuvo su origen el 13 de octubre de 1961, cuando colocaron los rollos de alambre de espino, sino el 17 de octubre, cuando Jruschov abandonó de mala gana sus esperanzas de un acuerdo que anulara el de Potsdam, forzara la retirada de los aliados de Berlín Occidental y entregara el control de toda la ciudad a su satélite, la RDA.
Como consecuencia de ello, a partir de comienzos de 1962 los alemanes orientales empezaron a construir una horrible serie de fortificaciones más feas y siniestras aún que aquella barrera de ladrillos ligeros y cemento, una barrera para la cual el término «Muro» era completamente inadecuado.

El pacto de Honecker con su gente, a la que le garantizaba su estilo de vida a cambio de sumisión, estaba a punto de venirse abajo. Entonces el precio del petróleo empezó a bajar, tónica que se prolongaría a lo largo de los años ochenta. Los prestamistas occidentales, que en Alemania Oriental habían visto a un cliente fiable, empezaron a negarse a otorgar nuevos préstamos.
El gobierno de Alemania del Este se vio obligado a tomar medidas drásticas. Con la ayuda de Schalck-Golodkowski y de algunos amigos sorprendentes, la RDA obtuvo de Occidente un grandioso crédito para mantener el estilo de vida al que estaban habituados.
Uno de esos sorprendentes amigos fue Franz-Josef Strauss, el corpulento líder político y agresivo conservador de Baviera, que era ministro de Defensa cuando se construyó el muro. Strauss, al que veinte años atrás la propaganda de Alemania Oriental había vilipendiado como un militarista ultrarreaccionario que trataba de apoderarse de una bomba nuclear para Alemania Occidental, aparecía ahora como mediador.
La RDA obtuvo ayudas crediticias en términos favorables, que en 1982 ascendieron a 1000 millones de marcos, y casi otro tanto en 1983. El gobierno de Alemania del Este no retiró el dinero, pero utilizó la existencia de esos créditos para restaurar la fe en su solvencia. A cambio tuvo que pagar un precio político: por ejemplo, en 1984 permitió que 35 000 alemanes del Este emigraran a Occidente.
El dinero manda. Eso era algo que se daba por sentado en todas las relaciones entre Bonn y Berlín Oriental. Pero en los años setenta y comienzos de los ochenta la situación entre el Este y Occidente estuvo sujeta a algunos cambios sísmicos, y no estaba del todo claro adónde conducirían. De repente la tensión se relajaba, se recibía una visita intergubernamental o una concesión de créditos, y acto seguido las grandes potencias desplegaban agresivos misiles demasiado próximos a las fronteras de cada uno.
En este escenario confuso emergió, de forma gradual, el final del juego de la Guerra Fría. Los triunfalistas occidentales aseguran que fue el poder económico y militar superior de Occidente lo que resultó definitivo. Otros apuntan a la progresiva liberalización a que se vio forzado el Este, sin grandes estridencias, debido a la opinión internacional y a los cambios en los anhelos y esperanzas de la gente corriente en los países comunistas.
En otras palabras, algunos apuntan el triunfo a los belicistas, los otros al triunfo del Acuerdo de Helsinki.
Tal vez se debiera a ambos.

Todo se volvía contra Honecker. Su decisión resultó ser un terrible equívoco. En el trayecto por Alemania Oriental, lejos de sentir que se les rehuía y humillaba, los refugiados vieron cómo miles de alemanes corrientes orientales se alineaban en las carreteras y en los terraplenes, a ambos lados de la vía, para saludarles y vitorearles. En Dresde, la primera gran ciudad al otro lado de la frontera, los refugiados adoptaron una actitud desafiante. No sólo no entregaron a regañadientes sus documentos de identidad, como esperaban las autoridades, sino que los rompieron en mil pedazos y lo tiraron por la ventanilla del tren junto con los inútiles marcos de la RDA que ya no podrían gastar una vez llegaran a la RFA.
Mientras tanto, 1500 personas de la ciudad, jóvenes en su mayoría, desafiaron a las autoridades y se concentraron en la estación principal de Dresde para vitorear a los trenes de los refugiados. Los manifestantes intentaron subir a bordo y los Vopos se empeñaron en detenerlos. Estalló la pelea.
El 9 de octubre marcó un cambio radical en Leipzig. El ejército de ocupación ruso no hizo acto de presencia, confirmando que Gorbachov lo mantenía confinado en los cuarteles. Al final en Leipzig no se había repetido el 17 de junio de 1953…, y tampoco lo de la plaza Tiananmen.
Honecker caería tan sólo una semana después, tras una simple votación en el Politburó. El 9 de octubre, las masas habían adoptado un eslogan provocador: «El pueblo somos nosotros». E incluso una parte de la policía se había unido a sus cantos. En los días que siguieron, por toda la RDA proliferaron las manifestaciones: en Magdeburgo, en Potsdam, en Halle, en Karl-Marx-Stadt y en muchas otras ciudades.

Una mezcla de bombardeo publicitario y de esperanzas había derrotado al ofuscamiento burocrático. Poco más de seis horas después de una irreflexiva rueda de prensa y de una campaña periodística occidental, que cogió la pelota perdida de las normas sobre el visado temporal de salida y echó a correr, se había producido una revolución. Una de las más veloces y menos sangrientas de la historia. Una revolución que, contrariamente a lo que Gil Scott-Heron predijera quince años atrás, había sido televisada.
La seguiría la mayor y más desenfrenada fiesta callejera que el mundo había presenciado hasta entonces.
La caída del muro de Berlín, al igual que su construcción, ocurrió en una sola noche. Del mismo modo que el 13 de agosto de 1961 una ciudad y un pueblo se despertaron para encontrarse divididos, la mañana del 10 de noviembre de 1989 esa división ya no existía. No obstante, sería materia de debate averiguar cuántas personas despertaron para encontrarse con esta revelación, ya que muchos no pegaron ojo esa noche en Berlín.

Los alemanes orientales tienen motivos para sentirse defraudados e infelices, y también —a pesar de la generosidad de los alemanes occidentales desde 1989— amargados. El problema es que a menudo culpan a las personas que no deben: es decir, a las occidentales, en vez de culpar a los jefes del SED.
Berlín sigue siendo un reflejo de las diferencias de la nación.
El centro histórico de la ciudad, justo dentro de lo que fuera Berlín Oriental, ha sido renovado y de hecho resulta difícil diferenciarlo del Occidental. Sin embargo, en las zonas al este de la Alexanderplatz, donde todavía funcionan los tranvías, está “claro que las diferencias continúan. El horizonte se ve dominado por los altos y monótonos Plattenbauten (en su sentido literal, edificios de placas), bloques de pisos construidos entre los años sesenta y setenta con la urgente necesidad de alojar a los berlineses orientales según el estilo que Ulbricht y sus camaradas creían adecuado. La ropa es más barata y a menudo más deslucida, los coches más viejos. Hay allí una sensación colectiva de que todo está pasado de moda, una familiar y a menudo atractiva falta de pretensiones. Esa zona de Berlín ha sido siempre el ámbito de la gente trabajadora, el lugar donde hace un siglo, si no más, los emigrantes procedentes del campo y del extranjero tendían a juntarse. De modo que si tiene ese aspecto y da esa sensación no se debe sólo a los cuarenta años de comunismo. Por eso mismo, y en calidad de alguien que conoció el Este durante los años setenta y ochenta —cuando la RDA se encontraba en su engañosamente sólido apogeo—, siempre que se está allí no se necesita ver una placa con el nombre de la calle para saber dónde estás.
Pero la ciudad como un conjunto ha sobrevivido, sobrevivirá…

Re-read several times without a doubt of the best books that can be read on the subject, an authentic chronicle of the wall, the fall of communism and a witness to history. Monday, November 9, 2009 was the twentieth anniversary of that dramatic night when the Berlin Wall, which symbolized the division of Germany and the world between capitalism and communism, was overthrown. Suddenly we saw clearly that the Cold War was about to end.
Twenty years represent the first generational cycle in the life of human beings. As individuals, when we celebrate our twentieth anniversary, we still have much to look forward to, but also, and perhaps for the first time, there is much to turn our attention to. The post-Cold War world has now reached that same change of cycle and is preparing to enter maturity.
The year 1989 marked the accelerated decline of a system of government, that of Marxist-Leninist totalitarianism of Soviet domination, and the “apparent” triumph of another in the form of the capitalist-corporatist paradigm of US domination. And I say “apparent” because, by coincidence, albeit uncomfortable, is now facing the challenge of serious economic and political problems unpredictable two decades ago.
Few were those who paid attention to the commentators who saw the fall of the Berlin Wall.
When those who were born in the former East Germany complain about what they have lost, their Western compatriots call them Jammerossis (tendency to whining). In response to this, of course, those in the East qualify them as Besserwessis (a play on words that means “Western know-it-alls).
The main difference between the problematic condition of Germany and that of the rest of the post-Cold War world is that Germany did not disintegrate as did the Soviet Union, Czechoslovakia and Yugoslavia, or as Belgium and the United Kingdom can still do. The separation between Jammerossis and Besserwessis does not come from a deep or lasting historical division (in fact, it is much smaller than that between subjects of His English and Scottish Majesty). The intense and deep-rooted conflicts in Germany, both before and after their original unification in the nineteenth century, were traditionally based not on an east-west, but north-south dichotomy, strengthened by the differences between urban-rural and Catholic-Christian divisions. Protestant.

The blockade of Berlin signaled the advent of the “hard” Cold War. In the end relations between the West and the Soviet Union deteriorated, from disillusionment and sporadic violent discussions to a kind of undeclared conflict.
The year 1949 also saw the proclamation of the People’s Republic of China under the command of the brilliant and relentless Mao Zedong. Chiang Kai-shek, the former Chinese leader supported by the United States, had to flee the continent and took the government, army and even Parliament to the island of Formosa (Taiwan), located off the coast of China. There he would spend the rest of his life, ranting against the theft of his country.
The balance was uneven. West Germany had 50 million inhabitants, and East Germany around 18.5 million. But there were 300,000 Soviet soldiers stationed in the Soviet zone, and in 1946 the East Germans had begun to create paramilitary units of the village police, initially qualified as Grenzpolizei (border police) and Bereitschaftspolizei (police of public order). , but that very soon they were reorganized in a suitable military base and they adopted the name of Kasernierte Volkspolizei (KVP, or popular police quarters).

The barrier that would become the wall was taking shape, largely as a simple response to the persistent determination of East Germans to flee to the West, and at any cost. The leaders were surprised and amazed at the large number of escape attempts that still took place. And this despite the undisputed risk and the enormous efforts of the rulers, as well as the thousands of police, soldiers and work groups, to make the border insurmountable.
For similar reasons, and without too much fuss, they were trespassing another threshold. The July 1960 instructions to the border guards had limited the use of firearms, providing a cautious scale of warnings and warning shots before the guards could shoot at the person of a fugitive.
The wall did not originate on October 13, 1961, when the rolls of barbed wire were laid, but on October 17, when Khrushchev reluctantly abandoned his hopes for an agreement that would nullify Potsdam’s, it forced the withdrawal of the allies of West Berlin and handed over control of the entire city to its satellite, the GDR.
As a result, from the beginning of 1962 the East Germans began to build a horrible series of fortifications even uglier and more sinister than that barrier of light bricks and cement, a barrier for which the term “Wall” was completely inadequate.

Honecker’s pact with his people, to which he guaranteed his lifestyle in exchange for submission, was about to collapse. Then the price of oil began to fall, a trend that would continue throughout the 1980s. Western lenders, who in East Germany had seen a reliable client, began to refuse to grant new loans.
The East German government was forced to take drastic measures. With the help of Schalck-Golodkowski and some amazing friends, the GDR got great credit from the West to maintain the lifestyle they were used to.
One of those surprising friends was Franz-Josef Strauss, the burly political leader and aggressive conservative of Bavaria, who was defense minister when the wall was built. Strauss, whom East German propaganda had vilified twenty years ago as an ultrareactionary militarist trying to seize a nuclear bomb for West Germany, now appeared as a mediator.
The RDA obtained credit support on favorable terms, which in 1982 amounted to 1 billion marks, and almost as much in 1983. The East German government did not withdraw the money, but used the existence of those credits to restore faith in its solvency. In return, he had to pay a political price: for example, in 1984 he allowed 35,000 East Germans to emigrate to the West.
Money talks. That was something that was taken for granted in all relations between Bonn and East Berlin. But in the 1970s and early 1980s the situation between the East and the West was subject to some seismic changes, and it was not at all clear where they would lead. Suddenly the tension relaxed, an intergovernmental visit or a credit grant was received, and immediately the great powers deployed aggressive missiles too close to each other’s borders.
In this confused scenario, the end of the Cold War game emerged gradually. The Western triumphalists claim that it was the superior economic and military power of the West that was definitive. Others point to the progressive liberalization to which the East was forced, without great stridency, due to international opinion and changes in the wishes and hopes of ordinary people in the communist countries.
In other words, some point the victory to the warmongers, others to the triumph of the Helsinki Agreement.
Maybe it was due to both.

Everything was turning against Honecker. His decision turned out to be a terrible misunderstanding. On their way through East Germany, far from feeling that they were shunned and humiliated, the refugees saw thousands of ordinary East Germans line the roads and embankments on either side of the road to greet and cheer them. In Dresden, the first big city on the other side of the border, the refugees adopted a defiant attitude. Not only did they not reluctantly surrender their identity documents, as the authorities expected, but they smashed them into a thousand pieces and threw them out the window of the train along with the useless frames of the GDR that they could no longer spend once they arrived in the FRG. .
Meanwhile, 1,500 people from the city, mostly young, challenged the authorities and concentrated on the main station in Dresden to cheer on the refugees’ trains. The demonstrators tried to get on board and the Vopos insisted on stopping them. The fight broke out.
October 9 marked a radical change in Leipzig. The Russian occupation army did not make an appearance, confirming that Gorbachev kept him confined in the barracks. At the end in Leipzig it had not been repeated on June 17, 1953 … and neither did Tiananmen Square.
Honecker would fall only a week later, after a simple vote in the Politburo. On October 9, the masses had adopted a provocative slogan: “The people are us.” And even a part of the police had joined their songs. In the days that followed, demonstrations proliferated throughout the GDR: in Magdeburg, in Potsdam, in Halle, in Karl-Marx-Stadt and in many other cities.

A mixture of advertising bombardment and hopes had defeated the bureaucratic obfuscation. A little more than six hours after a thoughtless press conference and a Western newspaper campaign, which caught the lost ball of the rules on the temporary exit visa and ran, there had been a revolution. One of the fastest and least bloody in history. A revolution that, contrary to what Gil Scott-Heron predicted fifteen years ago, had been televised.
It would be followed by the biggest and most unbridled street party the world had ever witnessed.
The fall of the Berlin Wall, like its construction, occurred in a single night. In the same way that on August 13, 1961, a city and a town awoke to find themselves divided, on the morning of November 10, 1989, that division no longer existed. However, it would be a matter of debate to find out how many people woke up to find this revelation, since many did not stare that night in Berlin.

The East Germans have reason to feel cheated and unhappy, and also – despite the generosity of Western Germans since 1989 – embittered. The problem is that they often blame the people who should not: that is, the Westerners, instead of blaming the heads of the SED.
Berlin is still a reflection of the differences of the nation.
The historic center of the city, just inside what was East Berlin, has been renovated and in fact it is difficult to differentiate it from the Western one. However, in the areas east of Alexanderplatz, where trams still operate, it is “clear that the differences continue. The horizon is dominated by the high and monotonous Plattenbauten (in its literal sense, buildings of plates), blocks of flats built between the sixties and seventies with the urgent need to accommodate the East Berliners according to the style that Ulbricht and his comrades they thought adequate. Clothing is cheaper and often more dingy, older cars. There is a collective feeling that everything is out of fashion, a family and often attractive lack of pretensions. That area of ​​Berlin has always been the area of ​​working people, the place where a century ago, if not more, emigrants from the countryside and abroad tended to come together. So if it looks like that and gives that feeling, it’s not just the forty years of communism. For that reason, and as someone who knew the East during the seventies and eighties – when the GDR was in its deceptively solid apogee – whenever you are there you do not need to see a plaque with the street name for it. know where you are
But the city as a whole has survived, will survive …

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