Un Hombre — Oriana Fallaci / A Man by Oriana Fallaci

Esta creo sin duda que es su novela de mayor honestidad por la autora al estar en la Grecia del poeta y líder resistencia Alekos Panagoulis, por quien siente los temores humanos el amor, la muerte y todo en la Atenas y Grecia de 1976, es un descenso a los infiernos de Oriana por su amor, cruda y real donde siempre estaría en su retina el accidente automovilístico que dejó en negro sus sentimientos, se pregunta más de una vez como tiene ganas constantemente de huir de las cárceles y con este Cristo crucificado nueve veces siente lo terrenal en estado puro.
El amargo descubrimiento de que Dios no existe ha matado la palabra destino. Pero negar el destino es arrogancia; afirmar que somos los únicos artífices de nuestra existencia es locura: si niegas el destino, la vida se convierte en una serie de ocasiones perdidas, en una lamentación por lo que no fue y hubiera podido ser, en un remordimiento por lo que no se hizo y hubiéramos podido hacer, y se desaprovecha el presente, convirtiéndolo en otra ocasión perdida. Me preguntabas, lamentándote: «¿Por qué no nos conocimos antes?.

Los muertos callan siempre. Cuando parece que hablan es porque los vivos los hacen hablar. Los muertos no sirven para nada porque son olvidados. De momento parece que no sea posible olvidarlos y que duren toda la eternidad; poco después, sin embargo, ni siquiera se recuerda que nacieron». «¡No es verdad!». «Es verdad, Alekos. Por desgracia, es verdad. Los muertos dependen de los vivos en todo». «¡Te equivocas!». «No, Alekos, no. Los muertos son los que siempre se equivocan. Porque están muertos. Debes vivir, Alekos. ¡Vivir! Y para vivir es preciso que abandones Grecia». «¡Vete al infierno!». Volviste a la casa y te encerraste en tu pequeña habitación. Pero cuando saliste estabas sereno.

La tragedia de un hombre condenado a ser un poeta, un héroe y, como tal, a ser crucificado, se mide también por la incomprensión de quien, por amor, quisiera sustraerlo a su destino y a su papel, por ejemplo distrayéndolo con las insidias de la ternura, las lisonjas del bienestar y el espejismo de una victoria que puede alcanzarse con un merecido reposo. Quien lo ama, en efecto, no está dispuesto a regalárselo a la muerte, y con tal de salvarle la vida, de alargársela un poco, recurre a cualquier arma, a cualquier estratagema. En ese sentido nadie te comprendió nunca menos que yo, y nadie más que yo intentó sustraerte a tu destino y a tu papel. Esto, sobre todo, a nuestra llegada a Italia, cuando aún no me había resignado al hecho de que el desafío perpetuo fuera tu pan y el peligro físico tu bebida, de tal manera que privado de aquel pan y de aquella bebida te marchitabas como un árbol sin agua y sin luz. Tú lo comprendiste en cuanto estuvimos en la suite del hotel que escogí en Roma, y no hiciste nada por esconderme que lo habías comprendido.
Precisamente a esa izquierda, repito, pertenecían en gran parte los que te volvían la espalda. Verdaderamente no se me ocurre imaginar nada más desmoralizador que aquellos viajes de los que regresabas con el rostro demacrado del que ha vuelto a perder. O bien con el rostro hinchado del que se ha vuelto a emborrachar. En efecto, durante ese período beber se convirtió para ti en un masoquismo cotidiano y perverso, el símbolo de la desesperación que te desgarraba.

En todas las leyendas hay una casa en el bosque, un refugio secreto donde el héroe se encierra para descansar o prepararse para el próximo desafío. Pues bien; también en tu leyenda hay una casa en el bosque, la de Florencia, a la que nos trasladamos clandestinamente al comenzar el nuevo año. Digo clandestinamente porque sólo unos pocos amigos de confianza conocían su existencia y poquísimos la dirección, por lo demás difícil de localizar: el lugar estaba muy apartado, y la placa con el número, tan desvaída por el tiempo, que casi no se leía. Las escasas personas que acudían a reunirse con nosotros se perdían aunque ya hubieran estado una vez.
Me equivoqué al definir el Poder en el poder como ciego-sordo-obtuso-ignorante. El Poder lo ve todo, lo oye todo y lo sabe todo. Y en aquel caso sabía que el verdadero enemigo del deplorable personaje eras tú, y no los equívocos barricaderos que en los años siguientes dispararían siempre contra personas inocuas e inermes, pero nunca contra un fascista.

Recuerdos es lo que quedan ante un ser querido y desesperación.
Me besaste en la boca, la frente y las sienes. Me tomaste el rostro entre las manos: «Sí, una buena compañera. La única compañera posible». Luego, cada vez más altivo y flemático, volviste a pasar entre los policías estupefactos y el empleado aturdido. La última imagen que tengo de ti es un bigote que destaca, negro, en una palidez de mármol, y dos ojos brillantes, fijos, desconcertantes, que me miran de lejos, penetrando en los míos. Nunca volví a verte vivo.
La muerte es una ladrona que nunca se presenta por sorpresa; eso es lo que he tratado de decirte hasta ahora. La muerte se anuncia siempre con una especie de perfume, de percepciones impalpables, de ruidos silenciosos. La muerte se siente llegar. Incluso mientras me abrazabas en el aeropuerto sabía que no volvería a verte vivo. Por lo demás, ya la habías cortejado demasiadas veces con tus desafíos, cantado en tus poesías, invocado con tus angustias, como para no reconocerla, olerla, convencerte de que estaba a punto de llegar. Pero, y aquí está el meollo de la cuestión, las otras veces la rechazaste o la esquivaste un instante antes de que te atrapara. En cambio, después de aquel abrazo, fuiste a su encuentro como un enamorado impaciente, ansioso de dejarse arrebatar por ella.

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This I believe without a doubt that it is her most honest novel by the author to be in the Greece of the poet and resistance leader Alekos Panagoulis, for whom he feels the human fears love, death and everything in Athens and Greece in 1976, is a descent to the underworld of Oriana for his love, raw and real where the car accident that left his feelings in black would always be in his retina, he wonders more than once how he constantly wants to flee from prisons and with this crucified Christ nine Sometimes he feels the earthly in a pure state.
The bitter discovery that God does not exist has killed the word destiny. But to deny destiny is arrogance; affirming that we are the only architects of our existence is madness: if you deny destiny, life becomes a series of lost occasions, in a lamentation for what was not and could have been, in a remorse for what was not done and we could have done, and the present is wasted, turning it into another lost occasion. You asked me, lamenting: “Why did not we meet before?

The dead are always silent. When they seem to speak, it is because the living make them talk. The dead are useless because they are forgotten. At the moment it seems that it is not possible to forget them and to last all eternity; Soon after, however, they do not even remember that they were born. ” “Is not true!”. «It’s true, Alekos. Unfortunately, it is true. The dead depend on the living in everything ». “You’re wrong!”. «No, Alekos, no. The dead are the ones who are always wrong. Because they are dead. You must live, Alekos. Live! And to live, you must leave Greece. ” “Go to hell!”. You went back to the house and locked yourself in your little room. But when you went out you were calm.

The tragedy of a man condemned to be a poet, a hero and, as such, to be crucified, is also measured by the incomprehension of those who, out of love, would like to subtract him from his destiny and his role, for example by distracting him with the insidious the tenderness, the flattery of well-being and the mirage of a victory that can be achieved with a well-deserved rest. He who loves him, in fact, is not willing to give it to death, and in order to save his life, to lengthen it a little, he resorts to any weapon, to any stratagem. In that sense nobody understood you less than me, and nobody but me tried to steal you from your destiny and your role. This, above all, upon our arrival in Italy, when I had not yet resigned myself to the fact that the perpetual challenge was your bread and the physical danger your drink, so that deprived of that bread and that drink you withered like a tree without water and without light. You understood it when we were in the suite of the hotel that I chose in Rome, and you did nothing to hide that you had understood it.
Precisely to that left, I repeat, those who turned their backs belonged to a large extent. I can not really imagine anything more demoralizing than those trips you returned from with the emaciated face of the one who has lost again. Or with the swollen face of the one who has become drunk again. Indeed, during that period drinking became for you a daily and perverse masochism, the symbol of despair that tore you apart.

In all the legends there is a house in the forest, a secret refuge where the hero locks himself up to rest or prepare for the next challenge. As well; also in your legend there is a house in the forest, that of Florence, to which we moved clandestinely at the beginning of the new year. I say clandestinely because only a few trusted friends knew his existence and very few address, otherwise difficult to locate: the place was very far apart, and the number plate, so faded by time, that almost did not read. The few people who came to meet us were lost even if they had been once.
I was wrong to define power in power as blind-deaf-obtuse-ignorant. The Power sees everything, hears everything and knows everything. And in that case I knew that the real enemy of the deplorable personage was you, and not the equivocal barricades that in the following years would always shoot against innocuous and defenseless people, but never against a fascist.

Memories is what remains before a loved one and despair.
You kissed me in the mouth, the forehead and the temples. You took my face in my hands: “Yes, a good companion. The only possible companion ». Then, increasingly haughty and phlegmatic, you passed again between the stupefied policemen and the stunned employee. The last image I have of you is a mustache that stands out, black, in a pallor of marble, and two bright eyes, fixed, disconcerting, that look at me from afar, penetrating into mine. I never saw you again alive.
Death is a thief who never comes by surprise; that’s what I tried to tell you until now. Death always announces itself with a kind of perfume, of impalpable perceptions, of silent noises. Death feels arriving. Even as you hugged me at the airport I knew I would never see you alive again. For the rest, you had already courted her too many times with your challenges, sung in your poems, invoked with your anguish, so as not to recognize her, to smell her, to convince you that she was about to arrive. But, and here is the heart of the matter, the other times you rejected it or dodged it a moment before it caught you. Instead, after that hug, you went to meet him as an impatient lover, eager to let himself be snatched by her.

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