El mito de la conspiración judía mundial — Norman Cohn

Este es otro magnífico libro sobre los turbios orígenes y los mecanismos de difusión de ese gigantesco fraude a fin de explicar el papel que el mito de la conspiración judía mundial desempeñó como coartada de algunas de las explosiones más notables de barbarie del siglo XX.

El Holocausto plantea un problema de tipo muy especial. Es cierto que sólo una tercera parte de los civiles asesinados por los nazis y sus cómplices eran judíos, y que las pérdidas civiles de algunas de las naciones de Europa oriental en guerra con el Tercer Reich —la Unión Soviética, Polonia y Yugoslavia— ascendieron al 11 o el 12 por 100 de toda la población. También es cierto que en la propia Alemania mataron con gases a un mínimo de 80.000 y un máximo de 100.000 reclusos en hospitales mentales, y que junto con los judíos perecieron unos 250.000 gitanos. Y, sin embargo, existe una diferencia. A los judíos se los persiguió con un odio fanático reservado en exclusiva para ellos. Los muertos representaron más de la mitad, quizá más de dos tercios, de los judíos europeos: entre cinco y seis millones, sin contar a los que murieron de hambre y enfermedades en los ghettos. Y todo esto le ocurrió a un pueblo que no constituía una nación beligerante, ni siquiera un grupo étnico claramente definido, sino que vivía esparcido por toda Europa, desde el Canal de la Mancha hasta el Volga, con muy poco en común, salvo su descendencia de seguidores de religión judía.

La notoria falsificación a la que se dio el título de Protocolos de los Sabios de Sión, expresión y vehículo supremos del mito de la conspiración mundial judía, había recibido muchísima atención.
El mito de la conspiración mundial judía hubiera seguido siendo monopolio de los derechistas rusos y de unos cuantos maniáticos de Europa occidental, y los Protocolos jamás habrían salido de la oscuridad, de no haber sido por la Primera Guerra Mundial y la Revolución Rusa y lo que siguió a ambas. Y jamás se habrían convertido en el credo de un gobierno poderoso y de un movimiento internacional de no haber sido por la Gran Depresión y la desorientación total que ésta produjo. Pero, por otra parte, todos estos desastres juntos jamás hubieran podido producir un Auschwitz sin la ayuda de un mito cuyo objetivo era despertar todas las posibilidades paranoicas y destructivas del ser humano.

Hay regiones muy grandes de la Tierra en las que tradicionalmente se ha visto a los judíos como seres misteriosos, dotados de poderes siniestros y extraños. Esta actitud data de la época, entre los siglos II a IV después de Cristo, en que la Iglesia y la Sinagoga competían para obtener conversos en el mundo helenístico, y en que, además, ambas trataban de arrancarse partidarios la una a la otra. Para aterrorizar a los cristianos judaizantes de Antioquía a fin de que rompiesen definitivamente con la religión original, san Juan Crisóstomo calificó la Sinagoga de «el templo de los demonios… la caverna de los diablos… una sima y un abismo de perdición» y calificó a los judíos de asesinos y destructores habituales, de pueblo poseído por un espíritu del mal.
El mito de la conspiración judía mundial representa una adaptación moderna de esa tradición demonológica antigua. Según ese mito, existe un gobierno secreto judío que, mediante una red mundial de organismos y organizaciones camuflados, controla partidos políticos y gobiernos, la prensa y la opinión pública, los bancos y la marcha de la economía. Se dice que el gobierno secreto hace todo eso conforme a un plan secular y con el único objetivo de lograr que los judíos dominen el mundo entero, y también se dice que se está acercando peligrosamente al logro de ese objetivo.
En esa fantasía, los restos de los terrores demonológicos antiguos se mezclan con ansiedades y resentimientos que son típicamente modernos. De hecho, el mito de la conspiración judía mundial es una expresión especialmente degradada y deformada de las nuevas tensiones sociales que surgieron cuando, con la Revolución Francesa y la llegada del siglo XIX, Europa entró en un período de cambios excepcionalmente rápidos y profundos.
Fue hacia 1850 cuando reapareció el mito de la conspiración judeomasónica —esta vez en Alemania— como arma de la extrema derecha en su combate contra las fuerzas nacientes del nacionalismo, el liberalismo, la democracia y el secularismo. El publicista E. E. Eckert, que escribía bajo el impacto inmediato de los levantamientos de 1848, describe cómo los masones no sólo están organizando todos los movimientos revolucionarios, sino también las situaciones que producen movimientos revolucionarios, cómo lanzan deliberadamente a las masas a la barbarie moral y a la desesperación política y, por último, a la desesperanza económica. Esto señala inconfundiblemente a los Protocolos, salvo que Eckert no menciona para nada a los judíos.

En la Edad Media se había considerado a los judíos como agentes de Satanás, adoradores del diablo, demonios en forma humana. Uno de los éxitos del movimiento antisemita moderno es que a fines del siglo XIX logró resucitar aquella superstición arcaica. Como ya hemos visto, Goedsche terminaba la reunión de Praga con una aparición sobrenatural: en forma de becerro de oro, Satanás se ofrece a la adoración de los judíos reunidos. Un año después de publicarse la fantasía de Goedsche apareció en Francia el libro que había de convertirse en la Biblia del antisemitismo moderno: Le juif, le judaisme et la judaisation des peuples chrétiens, de Gougenot des Mousseaux. En él tiene enorme importancia Satanás, pues el autor está convencido de que el mundo está cayendo en las garras de un grupo misterioso de adoradores de Satanás, a quienes califica de «los judíos de la cábala».
A fines del siglo XIX el antisemitismo era algo mucho más grave en Rusia que en ninguno de los países de la Europa occidental o central. Ello se debía a la combinación de varias circunstancias. La visión rusa del mundo seguía siendo en gran medida la de un país medieval, en el que los judíos estaban tradicionalmente expuestos al mismo tipo de odio por motivos religiosos que habían debido soportar en la Europa medieval. Rusia era, además, la última monarquía absoluta de Europa, y en consecuencia el mayor baluarte de la oposición a las tendencias liberalizantes y democratizantes, relacionadas con la Revolución Francesa. Y daba la casualidad de que Rusia era, además, el país con mayor población judía, tanto en términos absolutos como relativos: 5.000.000 de judíos, o sea una tercera parte de los judíos de todo el mundo…

Los transmisores en el siglo XIX del mito de la conspiración mundial judía forman, pues, un grupo muy variado. Está compuesto por Barruel y la «carta Simonini» a principios de siglo, y mucho después, en el último tercio del siglo, por Goedsche en Alemania, con El discurso del rabino, el francés Gougenot des Mousseaux, monseñor Meurin, el abate Chabauty, Edouard Drumont; el ruso Brafmann, el polaco Lutostansky y el servio Osman-Bey. Juntos, todos ellos abrieron el camino a la famosa falsificación, que habría de sobrevivir mucho tiempo después de que sus propios escritos se hubieran hundido en el olvido.
Cuando se trata de desenmarañar la historia inicial de los Protocolos, se tropieza con ambigüedades, incertidumbres, enigmas. No hay por qué tomarlos muy en serio. Lo que era necesario era echar un vistazo a ese extraño mundo desaparecido en el que nacieron los Protocolos: el mundo de agentes contra-revolucionarios y pseudomísticos que florecía en los años de decadencia del imperio del Zar.
Pero lo que es de verdad importante de los Protocolos es la gran influencia que han tenido —increíble, pero indiscutiblemente— en la historia del siglo XX.

Cualquiera fuese el origen de los Protocolos, quienes los adoptaron, los conservaron y al final los lanzaron al mundo fueron los pogromshchiki, los instigadores profesionales de pogroms. Pues los centenares de matanzas locales de judíos que ocurrieron en Rusia entre 1881 y 1920 no fueron en absoluto estallidos espontáneos de furia popular: exigían una planificación a largo plazo, una organización cuidadosa y, sobre todo, una agitación intensiva. A veces esta labor la llevaba a cabo la policía, pero a veces intervenían particulares, sobre todo periodistas sin escrúpulos. Esa fue la gente que hizo suyos los Protocolos.
La primera persona en publicar los Protocolos, Pavolachi Krushevan, era un pogromshchik típico. Justo cuatro meses antes de que publicara los Protocolos en su periódico de San Petersburgo Znamya, su otro periódico, Besarabets, logró provocar un pogrom en su provincia natal de Besarabia, y de hecho en la capital provincial, Kishinev, en la que se editaba el periódico.
Los Protocolos son un programa, cuidadosamente elaborado hasta el último detalle, para la conquista del mundo por los judíos. La mayor parte de este programa ya se ha realizado, y si no reflexionamos, estamos condenados irremediablemente a la destrucción… De hecho, estos Protocolos no son sólo la clave de nuestra primera revolución fracasada (1905), sino también la de nuestra segunda revolución (1917), en las cuales los judíos han desempeñado un papel tan desastroso para Rusia… Para quienes somos testigos de esta autoflagelación, para quienes esperamos ver el renacimiento de Rusia, este documento es tanto más significativo cuanto que revela los medios utilizados por los enemigos del cristianismo para subyugarnos. La única forma de que podamos combatir con éxito a los enemigos de Cristo y de la civilización cristiana es que logremos comprender esos medios.

El entusiasmo con el que se acogió a los Protocolos en Alemania fue algo único, pero esto no significa que en otras partes no se les hiciera caso. Incluso en Gran Bretaña, donde el antisemitismo nunca había adoptado en los tiempos modernos la forma virulenta habitual en el Continente, y en los Estados Unidos, donde hasta entonces había tenido un papel muy insignificante, la falsificación despertó mucho interés en sectores de los que cabría esperar más seriedad. De hecho, las traducciones y los comentarios que se publicaron en ambos países en 1920 contribuyeron mucho a difundir el conocimiento de los Protocolos por todo el mundo, debido en parte a que estaban en inglés, pero en parte también a los nombres famosos con que se los empezó a relacionar.
En Gran Bretaña se estaba hablando de una conspiración mundial judía desde dos años antes de que se publicaran los Protocolos. Al igual que en Alemania, se pensaba que se trataba de un asunto judeobolchevique; pero mientras que en Alemania se creía que la Entente también tenía que ver con los judíos, en este caso el tercer participante en la conspiración era, naturalmente, Alemania.
Los Protocolos siguieron avanzando triunfales sin que nadie les pusiera freno. Apareció toda una red internacional de patrocinadores y «estudiosos» de los Protocolos. Publicaciones de todo el mundo colaboraron en explicarlos e intercambiaron «información» y «documentos»: en los Estados Unidos, el Dearborn Independent; en Gran Bretaña, The Patriot y The British Guardian; en Francia, La Vieille France y La Libre Parole; en Noruega, la National Tidsskrift; en Dinamarca, la Dansk National Tidsskrift; en Polonia, Dwa Grosze y Pro Patria; además, naturalmente, de múltiples publicaciones en Alemania. A las diversas traducciones al alemán, al inglés y al francés pronto se sumaron traducciones al sueco, al danés, al noruego, al finlandés, al rumano, al húngaro, al lituano, al polaco, al búlgaro, al italiano, al griego, al japonés y al chino. Y entre tanto, en Alemania los Protocolos se estaban incorporando a la ideología de un partido en ascenso e implacable.

La propaganda nazi explotó los Protocolos y el mito de la conspiración mundial judía en todas sus fases, desde que nació el partido a principios del decenio de 1920 hasta el derrumbamiento del Tercer Reich en 1945. Primero los explotó para ayudar al partido a llegar al poder, después para justificar un régimen de terror, más tarde para justificar la guerra, después para justificar el genocidio, y por último para aplazar la rendición a los Aliados. La historia del mito durante aquellos años, de los diferentes objetivos a cuyo servicio se puso, refleja fielmente el apogeo y la caída del propio Tercer Reich.
En los primeros días, el principal propagandista del mito y de los Protocolos fue Alfred Rosenberg, el «ideó­logo» oficial del partido. Rosenberg era un báltico de origen menos puramente alemán de lo que le agradaba pretender (uno de sus abuelos era letón). Como procedía de Reval, su nacionalidad de origen era rusa, e incluso después de la Revolución hizo sus exámenes de arquitectura en Moscú.

En Bagatelles pour une massacre, Céline jura que los Protocolos y el Discurso del Rabino son auténticos, y continúa:
Recordemos, por placer y para acordarnos, las principales disposiciones de los Protocolos… No puede haber nada más tonificante para un ario que el leerlas… Hacen más por nuestra salvación que miles de plegarias…
¿Sabéis que todo el poder ejecutivo de todos los judíos del mundo se llama la «Kahal»?… Asamblea de los Sabios de Israel… Nuestro destino… degrade totalmente del buen favor de los grandes judíos, «los grandes ocultos». No resulta estúpido pensar que nuestro destino sigue debatiéndose, sin duda, en los consistorios de la Kahal, tanto como en las logias masónicas, y de hecho mucho más.
En resumen, franceses… iréis a la guerra en el momento que decida el barón de Rothschild… en el momento fijado de pleno acuerdo con sus soberanos primos de Londres, Nueva York y Moscú…
¡Quiero algo sólido!… ¡Realidades!… ¡Los que de verdad son responsables!… ¡Tengo hambre!… ¡Un hambre enorme!… ¡Un hambre mundial! Un hambre de revolución… un hambre de conflagración planetaria… ¡de movilización de todos los mataderos del mundo! ¡Un apetito que sin duda es divino, divino, divino! ¡Bíblico!.

Se veía con perfecta claridad lo que ocurriría si alguna vez los creyentes en los Protocolos alcanzaban el poder absoluto. A su entender, los Protocolos eran una justificación del genocidio; y en eso precisamente se convirtieron.

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