El anticristo — Joseph Roth / The Antichrist by Joseph Roth

Este libro me parece muy interesante en cuanto un periodista nos describe la llegada del anticristo, no en términos meramente religiosos y si ante nuestra ceguera en diferentes ámbitos sociales.

Ha llegado el anticristo, y en efecto, somos víctimas de la ceguera, una ceguera de la que está escrito que nos afectará antes del fin de los tiempos. De hecho, ya no reconocemos desde hace mucho, la esencia y el aspecto de las cosas con que nos encontramos. Lo mismo que quienes padecen una ceguera física, tenemos sólo nombres para todas las cosas de este mundo que ya no vemos. ¡Nombres! ¡Nombres! Sonidos sin forma, ropajes vacíos para fenómenos irrepresentables, es decir, sin cuerpo y sin vida. ¿Son formas? ¿Son sombras? El ciego no distingue unas de otras. Nosotros, los ciegos, no las diferenciamos. Damos nombres falsos a cosas verdaderas. En nuestros pobres cerebros resuenan sonidos huecos; ya no sabemos con exactitud qué nombre ha de llevar cada cosa. No reconocemos formas, colores ni dimensiones. Sólo tenemos los nombres y las designaciones para las formas, los colores y los tamaños. Como nos hemos vuelto ciegos, empleamos de manera equivocada nombres y designaciones. Llamamos pequeño a lo grande, y grande a lo pequeño. A lo negro, blanco; y a lo blanco, negro; a las sombras, luz; y a la luz, sombras; a lo vivo, muerto; y a lo muerto, vivo.

El mundo en que vivimos conoce el Hades de los vivos, es decir, el cine. Hollywood es el Hades moderno. Allí las sombras adquieren la inmortalidad ya en vida.
Los hombres «modernos» se distinguen de los antiguos sobre todo por haber introducido ya en la tierra el Hades, el reino de las sombras: el Hades del hombre moderno es Hollywood.

Qué decir de su visión de EE.UU., la tierra es grande y extensa, pero cara. Por eso, la gente del país no construye una casa junto a otra, sino una sobre otra, ya que allí el aire no cuesta todavía nada.
Así pues, la gente prefiere rascar los cielos que amoldarse a la tierra.
De ahí les viene su arrogancia.
En este país, si una persona tiene la piel de color negro o amarillo, no puede tomar asiento en una habitación con otra de color blanco.
En este país hay miles de iglesias, pero en esas iglesias los servicios divinos sirven para recaudar dinero. La gente saca a colación a Dios como quien habla de un tío rico y distinguido que aumenta nuestro crédito cuando decimos que somos sus sobrinos.
Así, algunos hombres de este país no son hijos sino sobrinos de Dios; los sobrinos herederos de Dios. Los pobres le piden dinero, y los ricos aún más.

Qué decir sobre el petróleo y traspolesé a grandes corporaciones. ¡Dinero, dinero, muchísimo dinero! Piense que una perforación de hasta mil quinientos metros cuesta unos noventa mil dólares. Se trata de una lotería para gente que, en realidad, no la necesita: bancos y consorcios y multimillonarios americanos. Los beneficiarios de esta felicidad que les brota de la tierra han perdido ya, en realidad, el órgano que nos hace capaces de sentirnos felices por una ganancia material. Hay cierta contradicción entre la manera fabulosa de regalar tesoros propia de la tierra y la posesión de acciones de los petroleros y la calma estoica con que deben aguardar el milagro. Estos pobres excavadores de tesoros se hallan muy lejos del escenario de los milagros de la naturaleza, en las grandes ciudades de Occidente, y esa lejanía y el hecho de que sean poderosos e invisibles, casi impersonales, les confiere el esplendor de unos dioses que mediante un secreto carisma dirigen a ingenieros y trabajadores.
La mayor parte de los pozos son propiedad de instituciones financieras extranjeras. La mano de obra se paga desde una especie de cajas misteriosamente llenas. Las acciones se negocian y las transacciones se llevan a cabo en algún lugar lejano, en las grandes bolsas internacionales, de acuerdo con leyes no indagadas. Los astrónomos conocen mejor la aparición y muerte de los cuerpos celestes en el universo que los administradores y los directores de los pozos el cambio de sus dueños. Los pequeños empleados se tienen que limitar a permanecer quietos y temblar cuando llega a sus oídos el eco de las grandes tormentas desencadenadas en los mercados mundiales.

El Anticristo puede vivir también en medio de los judíos, como en todo el mundo. Y reside ya en las casas de Dios, tal como cabalga sobre las cúpulas y las cruces de las iglesias.
El Anticristo trabaja como un prestidigitador: mientras agita la varita mágica con la derecha tiene ya en la izquierda el prodigio que, según él, habría provocado con la varita mágica.
-Usted, antisemita, es la mano derecha y la varita mágica del Anticristo. Usted hace que no se perciba toda la maldad del Anticristo mientras su mano izquierda nos está presentando a los judíos como por arte de magia.
-Usted es el paño mágico y el mantel engañoso de la mesa del Anticristo.
A continuación, el antisemita se marchó. Estaba enojado contra mí. Pero yo me sentí orgulloso de que así fuera.
El Anticristo sedujo todavía a otro justo para que viniera a verme y me demostrara que también él, alguien a quien yo tenía que creer, comprendía a los antisemitas.

This book’s very interesting to me as soon as a journalist describes the arrival of the antichrist, not in purely religious terms and in the face of our blindness in different social environments.

The antichrist has come, and indeed, we are victims of blindness, a blindness of which it is written that will affect us before the end of time. In fact, we no longer recognize, for a long time, the essence and the aspect of the things with which we find ourselves. Just as those who suffer physical blindness, we have only names for all the things of this world that we no longer see. Name (s! Name (s! Sounds without form, empty clothes for unrepresentable phenomena, that is, without body and without life. Are they forms? Are they shadows? The blind man does not distinguish one from the other. We, the blind, do not differentiate them. We give false names to real things. In our poor brains resound hollow sounds; we no longer know exactly what name each item must carry. We do not recognize shapes, colors or dimensions. We only have the names and the designations for the shapes, the colors and the sizes. Since we have become blind, we use names and designations in the wrong way. We call small in a big way, and big in small. A black, white; and white, black; to the shadows, light; and in the light, shadows; live, dead; and to the dead, alive.

The world we live in knows the Hades of the living, that is, the cinema. Hollywood is modern Hades. There the shadows acquire immortality already in life.
The “modern” men are distinguished from the ancients mainly because they have already introduced into the earth the Hades, the kingdom of shadows: the Hades of modern man is Hollywood.

What to say about his vision of the United States, the land is large and extensive, but expensive. Therefore, the people of the country do not build a house next to another, but one over another, since there the air does not cost anything yet.
So, people prefer to scratch the skies than to mold themselves to the earth.
That’s where his arrogance comes from.
In this country, if a person has black or yellow skin, he can not take a seat in a room with another white one.
In this country there are thousands of churches, but in these churches the divine services serve to raise money. People bring up God as one speaks of a rich and distinguished uncle who increases our credit when we say we are his nephews.
Thus, some men of this country are not children but nephews of God; the nephews heirs of God. The poor ask for money, and the rich ask for more.

What to say about oil and trascinaé to large corporations. Money, money, lots of money! Think that a drilling of up to fifteen hundred meters costs about ninety thousand dollars. It is a lottery for people who do not really need it: banks and consortiums and American billionaires. The beneficiaries of this happiness that springs from the earth have already lost, in reality, the organ that makes us capable of feeling happy for a material gain. There is a certain contradiction between the fabulous way of giving treasures of the earth and the possession of the actions of the oilmen and the stoic calm with which they must await the miracle. These poor treasure diggers are far away from the scene of the miracles of nature, in the great cities of the West, and that remoteness and the fact that they are powerful and invisible, almost impersonal, gives them the splendor of some gods that through A secret charisma directs engineers and workers.
Most of the wells are owned by foreign financial institutions. The labor is paid from a kind of mysteriously full boxes. The shares are traded and the transactions are carried out somewhere far away, in the large international exchanges, according to unquestioned laws. Astronomers know better the appearance and death of the celestial bodies in the universe than the administrators and the directors of the wells change their owners. Small employees have to just sit still and tremble when the echo of the great storms triggered on world markets comes to their ears.

The Antichrist can also live in the midst of the Jews, as in the whole world. And it resides in the houses of God, just as it rides on the domes and crosses of the churches.
The Antichrist works like a conjurer: while waving the magic wand with the right one already has in the left the prodigy that, according to him, it would have provoked with the magic wand.
-You, anti-Semite, is the right hand and the magic wand of Antichrist. You do not perceive all the evil of Antichrist while your left hand is presenting us to the Jews as if by magic.
-You are the magic cloth and the deceitful tablecloth of the Antichrist table.
Then the anti-Semite left. He was angry against me. But I felt proud that it was so.
The Antichrist still seduced another just to come and see me and show me that he too, someone I had to believe, understood the anti-Semites.

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