Palmira — Paul Veyne

Este es un muy buen libro sobre el castigo eterno que infringe ISIS a esta hermosura de la humanidad. Al final un anexo con fotografías nos constata el atentado provocado a la herencia de nosotros los humanos.
¿Por qué un grupo terrorista saquea los monumentos inofensivos de un lejano pasado (o los pone a la venta)? ¿Por qué destruir esta Palmira que fue declarada por la Unesco patrimonio mundial de la humanidad? ¿Y por qué tantas matanzas, entre las cuales el suplicio, la tortura, la decapitación, el 18 de agosto de 2015, del arqueólogo palmireno Jaled al-Assad, a quien está dedicado este libro?.
Víctima de la barbarie terrorista, el sitio arqueológico grecorromano de Palmira es quizá el más suntuoso que haya sido excavado por los arqueólogos junto con Pompeya, cerca de Nápoles y, en la costa turca, las inmensas ruinas de Éfeso. Hacia el año 200 de nuestra era, la ciudad pertenecía al vasto Imperio romano, que se extendía desde Andalucía hasta el Éufrates y de Marruecos a Siria. Cuando llegaba a esta república comercial un extranjero de paso, negociante griego o italiano montado a caballo; egipcio, judío, magistrado enviado por Roma, publicano o soldado romano —en resumen, ciudadano o súbdito del Imperio—, el recién llegado percibía a simple vista que había cambiado de mundo. En las calles se hablaba un lenguaje desconocido para el visitante —que era una gran lengua civilizatoria, el arameo—, y en todas partes se veían inscripciones en una escritura misteriosa.
El extranjero empezó a generalizar: «Los sirios son una raza sucia, un kakon genos», como un militar romano o bizantino de destacamento grabó sobre una roca en un lugar muy transitado. El extranjero se equivocaba: Palmira no era una ciudad siria como las demás, de la misma manera que Venecia, en contacto con la civilización bizantina y con el turco, no fue toda Italia.

¿Quién financió este conjunto monumental? No lo sabemos. Hay tres respuestas posibles: los beneficios comerciales obtenidos en la ruta de la seda; la piedad de muchos peregrinos; la familia imperial romana. Algunos fieles acaudalados pudieron, por ejemplo, ofrecer cada uno de ellos una o dos columnas, según una práctica corriente en la época. Un emperador o un príncipe imperial pudo regalárselo a la ciudad con motivo de su anexión al Imperio. O bien el tesoro del propio santuario costeó los gastos: los dioses recibían dones y legados, y los sacerdotes tenían derecho a una parte de las víctimas sacrificiales, a las cuales revendían: los santuarios hacían la competencia a los carniceros; quizá el santuario era la meta de un peregrinaje regional que atraía a una multitud de fieles llegados de lejos; si era célebre en lugares muy distantes, pudo recibir a título de donaciones o legados muchas fincas cuyas rentas percibía. Quizá también el milagro no es tan grande como parece.
Como toda ciudad antigua, Palmira disponía sin embargo de un vasto territorio (hacia el oeste y la costa siria, los mojones fronterizos estaban a setenta kilómetros). La ciudad y el palmeral no se encuentran en medio del desierto, sino próximos a su límite, aunque el territorio palmireno estaba situado en gran parte en la zona fatídica de los 200 milímetros de agua de lluvia que hacen posibles la cultura y la ganadería. En las afueras de la población, el agua del subsuelo se captaba mediante canalizaciones subterráneas, a las que se accedía gracias a pozos espaciados. Hacia el este y el Éufrates está el desierto, pero hacia el norte se han excavado aldeas de ganaderos, cuyas casas de adobe estaban cubiertas por terrazas y todo un sistema de cisternas. La otra gran zona rural de Palmira se encontraba a unos cincuenta kilómetros al sur, y se regaba gracias a una gran presa de la época romana, capaz de almacenar 140.000 metros cúbicos de agua.
Debemos fijarnos en estas extensiones rurales y en los aldeanos que las habitaban: eran personas muy distintas a las de la ciudad, que no conocían el griego y solo hablaban y escribían el arameo, que sobreviviría al barniz griego, pues la helenización significaba mucho más para el habitante de las ciudades que para el del campo.

Esta ciudad aramea no era una ciudad siria como las demás: con sus redes de clanes, de clientelas y de linajes, se parecía menos a una ciudad del Imperio que a las ciudades comerciales como La Meca o Medina en la época de Mahoma (quien, en su juventud, participó en las caravanas). Como estas ciudades árabes, Palmira no se basaba en un cuerpo cívico, sino en un grupo de tribus, y estaba dominada por algunas familias de príncipes-comerciantes. Los magnates de Palmira, orgullosos de una autoridad que les permitía todo tipo de audacias, podían jugar con su doble cultura: sin humildad ni resentimiento, estaban al mismo nivel que la cultura helénica, conocían el vasto mundo, lo valoraban, pero conservaban el poder de reclutar entre sus fieles un ejército privado para defender a Roma o, por el contrario, para atacarla.
Los romanos no ignoraban las capacidades guerreras que podían salir del desierto: desconfiaban de ellas en el terreno y las utilizaban en lugares remotos. Palmira estaba vinculada a una unidad de caballería romana reclutada inicialmente entre los nativos de Tracia —nuestra Bulgaria actual— a la cual sucedió una unidad formada con los voconcios, en Vaison-la-Romaine, en la época.

Dentro de esa ciudadela reinaba la anarquía: en el transcurso de una generación, una treintena de emperadores se disputaron el poder a costa de su vida. Muchos de estos efímeros soberanos fueron notables, aunque solo uno de ellos murió en su cama víctima de otra plaga, la peste. Esta competencia alrededor del trono es explicable: el régimen imperial era una institución absolutamente particular que no tenía nada en común con la monarquía tal como nosotros la conocemos, la de nuestro Antiguo Régimen; el emperador era el encargado de una misión y no el propietario de su reino por derecho hereditario. No existía una regla automática de acceso al poder supremo; cualquier ciudadano dispuesto a ello, miembro de la clase alta, podía pretender instalarse en él para asegurar la salvación común, de alguna provincia de la que fuera originario, si disponía de los medios para imponerse. Con semejante sistema, los periodos tranquilos, tales como la edad de oro del siglo de los Antoninos, no podían ser más que la excepción y no la regla.
Sin embargo, desde el año 240, el Imperio, al borde del desmoronamiento, necesitaba más que nunca que lo salvasen.
En 251, aprovechando esos tiempos difíciles, Palmira se convirtió en un principado hereditario y vasallo de Roma, en manos de una familia cuyas dinastías sucesivas se llamaban Wahballat u Odenato (nombres que volveremos a encontrar) y que ostentaban el título, que ellos mismos se habían inventado, de «exarca de los palmirenos»; bajo su autoridad, los magistrados de la ciudad conservaron sus funciones. Así pues, en Palmira ocurrió lo que sucede en muchas ciudades aristocráticas: que una gran familia logra la primacía sobre las demás.

El teatro de Palmira, uno de los más pequeños del mundo, pudo servir también para las representaciones religiosas que comportaban los cultos sirios (los santuarios a veces tenían unas pequeñas y someras instalaciones destinadas al efecto)
En nuestros días, este teatro sirve para «representaciones» filmadas que son muy diferentes. Es en este teatro donde se ponen en escena las ejecuciones atroces y ostentosas, los asesinatos masivos a los que se libra la organización terrorista Dáesh. Por ejemplo, el 4 de julio de 2015, veinticinco soldados sirios, alineados codo con codo y arrodillados delante de la columnata de fondo del teatro de Palmira, de lo cual da fe una foto ampliamente difundida por el EI. Detrás de cada hombre arrodillado está en pie uno de los veinticinco verdugos, que tienen un arma; en un instante, esos hombres serán degollados o decapitados.
En cuanto al museo arqueológico de Palmira, hoy se emplea como tribunal y como prisión.

Los Antiguos depositaban alimentos sobre las sepulturas, ¿quiere esto decir que ellos creían que los muertos seguían viviendo en la oscuridad de sus tumbas? Cuando nosotros mismos depositamos flores sobre una tumba, no creemos que el difunto irá a aspirar su perfume.
El motivo de destrozar los monumentos. No se trata de envidia, ni de celos por la superioridad del extranjero (como lo fueron en Francia la anglofobia y después la americanofobia), sino el deseo de demostrar y de demostrarse que no son como nosotros, que son ellos mismos. Pues, al fin y al cabo, ¿para qué les sirven, políticamente, tácticamente, estas destrucciones, por no mencionar todos estos atentados, estas masacres? Para romper con nosotros, para demostrarnos que son distintos. Tienen la sensación de que no reconocemos su identidad (mientras que solo ellos profesan la verdadera religión y practican las verdaderas tradiciones) y de quedarse aislados poco a poco en el vasto mundo. Pues la cultura occidental y sus costumbres se extienden por todo el mundo, la inmensa China «comunista» se sigue occidentalizando. En todo el mundo las niñas estudian, las mujeres conducen. Sin embargo, a nuestro modo de ver, si les pasase algo malo a alguna de las admirables mezquitas de Damasco, de Estambul o de Adrianópolis, sería una pérdida para toda la humanidad.

El arte palmireno tenía esta sensibilidad indígena, pues, también en este ámbito, Palmira salió demasiado tarde de su desierto. Le «faltó» un primer encuentro histórico con el helenismo: tras la conquista de Oriente por Alejandro Magno, el arte griego llegó hasta la India, Paquistán y Kabul, originando híbridos grecomesopotámicos, grecoiraníes o grecobudistas. El híbrido palmireno nacerá tres siglos después, cuando la anexión a Roma hizo que la ciudad entrase en la gran corriente cultural del mundo; el arte palmireno tendrá entonces por modelo el arte imperial «romano».
Palmira no se parecía a ninguna otra ciudad del Imperio. Que su arte sea primitivista, oriental, híbrido o helenizante, que sus notables lleven una vestimenta griega o árabe, que hablen el arameo, el árabe, el griego e incluso, en las grandes ocasiones, el latín, nos hace respirar en Palmira un aire de libertad, de inconformismo, de «multiculturalismo». El lector lo recuerda: todo vino a mezclarse en Palmira: Aram, Arabia, Persia, Siria, helenismo, Oriente, Occidente. Y, sin embargo, como también su vecina Émesa, ella siempre siguió siendo la misma, ni helenizada ni romanizada en su multiplicidad.
Lejos de desembocar en la universal uniformidad, todo patchwork cultural, con su diversidad, abre la vía a la inventiva.
No conocer, no querer conocer más que una sola cultura, la propia, es condenarse a vivir bajo un apagavelas.

This is a very good book about the eternal punishment that ISIS inflicts on this beauty of humanity. At the end an annex with photographs shows us the attack caused to the inheritance of us humans.
Why does a terrorist group plunder the harmless monuments of a distant past (or put them on sale)? Why destroy this Palmyra that was declared by UNESCO as a world heritage site? And why so many massacres, among which the torture, the torture, the beheading, on August 18, 2015, of the Palmyrene archaeologist Khaled al-Assad, to whom this book is dedicated?
A victim of terrorist barbarism, the Greco-Roman archaeological site of Palmyra is perhaps the most sumptuous that was excavated by archaeologists along with Pompeii, near Naples and, on the Turkish coast, the immense ruins of Ephesus. Towards the year 200 of our era, the city belonged to the vast Roman Empire, which stretched from Andalusia to the Euphrates and from Morocco to Syria. When a foreigner passing through, a Greek or Italian businessman mounted on horseback, arrived in this commercial republic; Egyptian, Jewish, magistrate sent by Rome, publican or Roman soldier-in short, citizen or subject of the Empire-the newcomer perceived at first glance that he had changed the world. In the streets an unfamiliar language was spoken to the visitor-which was a great civilizing language, Aramaic-and inscriptions were found everywhere in a mysterious script.
The foreigner began to generalize: “The Syrians are a dirty race, a kakon genos”, as a Roman or Byzantine military detachment recorded on a rock in a well-traveled place. The foreigner was wrong: Palmyra was not a Syrian city like the others, in the same way that Venice, in contact with Byzantine civilization and Turkish, was not all of Italy.

Who financed this monumental complex? We do not know. There are three possible answers: the commercial benefits obtained on the silk route; the piety of many pilgrims; the Roman imperial family. Some wealthy faithful could, for example, offer each one of them one or two columns, according to a current practice at the time. An emperor or an imperial prince could give it to the city on the occasion of its annexation to the Empire. Either the treasure of the sanctuary itself paid for the expenses: the gods received gifts and legacies, and the priests were entitled to a part of the sacrificial victims, to whom they resold: the sanctuaries made the competition to the butchers; perhaps the sanctuary was the goal of a regional pilgrimage that attracted a crowd of faithful from far away; If he was famous in very distant places, he could receive as a donation or bequest many farms whose income he received. Maybe the miracle is not as big as it seems.
Like every ancient city, Palmira nevertheless had a vast territory (to the west and the Syrian coast, border boundary stones were seventy kilometers away). The city and the palm grove are not in the middle of the desert, but close to its limit, although the territory palmireno was located largely in the fateful zone of the 200 millimeters of rainwater that make culture and livestock possible. On the outskirts of the town, the underground water was captured by underground pipes, which were accessed through wells spaced. To the east and the Euphrates is the desert, but to the north have been excavated villages of farmers, whose mud houses were covered by terraces and a whole system of cisterns. The other large rural area of ​​Palmira was about fifty kilometers to the south, and was irrigated thanks to a large dam from Roman times, capable of storing 140,000 cubic meters of water.
We must look at these rural extensions and the villagers who inhabited them: they were very different people from the city, who did not know Greek and only spoke and wrote Aramaic, who would survive the Greek varnish, because Hellenization meant much more to the inhabitant of the cities that stops the one of the field.

This Aramaic city was not a Syrian city like the others: with its networks of clans, clienteles and lineages, it looked less like a city in the Empire than commercial cities like Mecca or Medina in the time of Muhammad (who, in his youth, he participated in caravans). Like these Arab cities, Palmyra was not based on a civic body, but on a group of tribes, and was dominated by some families of prince-merchants. The tycoons of Palmira, proud of an authority that allowed them all kinds of audacity, could play with their double culture: without humility or resentment, they were at the same level as the Hellenic culture, they knew the vast world, they valued it, but they retained the power to recruit a private army among its faithful to defend Rome or, on the contrary, to attack it.
The Romans did not ignore the warrior abilities that could come out of the desert: they distrusted them in the terrain and used them in remote places. Palmyra was linked to a Roman cavalry unit initially recruited from the Thracian natives – our current Bulgaria – to which a unit formed with the voconcia, at Vaison-la-Romaine, happened at the time.

Within that citadel reigned anarchy: in the course of a generation, some thirty emperors disputed power at the cost of their lives. Many of these ephemeral sovereigns were remarkable, although only one of them died in his bed victim of another plague, the plague. This competition around the throne is explicable: the imperial regime was an absolutely special institution that had nothing in common with the monarchy as we know it, that of our Old Regime; the emperor was in charge of a mission and not the owner of his kingdom by hereditary right. There was no automatic rule of access to supreme power; any citizen willing to do so, a member of the upper class, could claim to settle in it to ensure common salvation, of any province of which he was originally, if he had the means to impose himself. With such a system, quiet periods, such as the golden age of the Antonines, could only be the exception and not the rule.
However, since the year 240, the Empire, on the verge of collapse, needed more than ever to save it.
In 251, taking advantage of these difficult times, Palmyra became a hereditary principality and vassal of Rome, in the hands of a family whose successive dynasties were called Wahballat or Odenato (names that we will find again) and which bore the title, which they themselves they had invented, of «exarch of the palmirens»; Under his authority, the magistrates of the city retained their functions. Thus, in Palmyra what happened in many aristocratic cities happened: that a large family achieved primacy over others.

The theater of Palmyra, one of the smallest in the world, could also serve for the religious representations that brought the Syrian cults (the sanctuaries sometimes had a small and shallow facilities for this purpose)
In our days, this theater serves for filmed “representations” that are very different. It is in this theater where the atrocious and ostentatious executions are staged, the massive assassinations to which the terrorist organization Daesh is being waged. For example, on July 4, 2015, twenty-five Syrian soldiers, lined up side by side and kneeling in front of the back colonnade of the Palmyra theater, attested to by a photo widely disseminated by the IS. Behind each kneeling man stands one of the twenty-five executioners, who have a weapon; in an instant, those men will be beheaded or decapitated.
As for the archaeological museum of Palmyra, today it is used as a court and as a prison.

The Ancients deposited food on the graves, does this mean that they believed that the dead were still living in the darkness of their graves? When we place flowers on a grave, we do not believe that the deceased will go to inhale his perfume.
The reason to destroy the monuments. It is not envy, nor jealousy for the superiority of the foreigner (as they were in France Anglophobia and then Americanophobia), but the desire to demonstrate and prove that they are not like us, they are themselves. Well, after all, why are these destructions, politically, tactically useful, not to mention all these attacks, these massacres? To break with us, to show us that they are different. They have the feeling that we do not recognize their identity (while only they profess the true religion and practice the true traditions) and to remain isolated little by little in the vast world. As Western culture and its customs spread throughout the world, the immense “communist” China continues to westernize. Throughout the world, girls study, women drive. However, in our view, if something bad happened to one of the admirable mosques in Damascus, Istanbul or Adrianople, it would be a loss for all humanity.

The palmirean art had this indigenous sensibility, because, also in this area, Palmyra left too late from her desert. He “missed” a first historical encounter with Hellenism: after the conquest of the East by Alexander the Great, Greek art reached India, Pakistan and Kabul, originating Greesopotamian, Greco-Iranian or Greco-Buddhist hybrids. The palmireno hybrid will be born three centuries later, when the annexation to Rome caused the city to enter the great cultural current of the world; the palmireno art will then have as a model the imperial art “Roman”.
Palmira was not like any other city in the Empire. That his art is primitivist, oriental, hybrid or Hellenizing, that his notables wear a Greek or Arabic dress, that they speak Aramaic, Arabic, Greek and even, on great occasions, Latin, makes us breathe in Palmira an air of freedom, of nonconformity, of “multiculturalism”. The reader remembers it: everything came to be mixed in Palmira: Aram, Arabia, Persia, Syria, Hellenism, East, West. And yet, as also her neighbor Émesa, she always remained the same, neither hellenized nor romanized in her multiplicity.
Far from leading to universal uniformity, all cultural patchwork, with its diversity, opens the way to inventiveness.
Not knowing, not wanting to know more than one culture, one’s own, is condemned to live under an extinguisher.

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