Cisne, “yo fuí espía de Franco” — Luis M. González – Mata

Este es un magnífico libro sobre los agentes secretos,costó gran esfuerzo su publicación en nuestro idioma y sentí curiosidad mediante la escritora de investigación Cristina Martín Jiménez, de quien ya os hablo frecuentemente en el blog y recomiendo sus libros encarecidamente y como bien se dice en el libro poco tiene que ver con James Bond y más con la realidad. Lo único que justifica la existencia de los agentes secretos es el desorden público, y, así, para sobrevivir, alimentan ese desorden público con toda clase de escándalos y de atentados.
Es un agente secreto para Franco en Marruecos, Santo Domingo…
Franco adivinaba que, de apoyar a los franceses en Marruecos, perdería Marruecos con Francia. Si, por el contrario, ayudaba a los nacionalistas a reconquistar su país, aseguraría los intereses de España. Pero, dirán ustedes, ¿y si a pesar de todo Francia imponía su tutela? En ese caso, Franco cambiaría de criterio automáticamente. Ya estaba acostumbrado a eso. Era el movimiento favorito de su política exterior. ¿No había dejado a Hitler por los norteamericanos?.

Cuando Franco le llamaba a uno por su nombre, era un favor. Si se dirigía a alguno de sus colaboradores llamándole señor, o citaba a un oficial por su graduación, eso sonaba siempre como una advertencia.
En Santo Domingo Carrero Blano, le deja claras las directrices:
Aprovechará su situación cerca de Trujillo para ejercer ciertas presiones a fin de que el gobierno dominicano conceda a la Empresa Nacional Elcano los contratos para la construcción de barcos pesqueros.
—Además, se encargará de propiciar la sustitución de los camiones «Mack» y de los autobuses «Mercedes» por vehículos españoles «Pegaso».
—Luego, será preciso que obtenga para España contratos de importación de café, azúcar y tabaco dominicano.
—Y vigilará atentamente la inmigración y el exilio español en Santo Domingo.
—Al mismo tiempo, no perderá de vista las actividades del clero español en la isla. Corremos el riesgo de tener problema si adopta posturas políticas con respecto a España o al generalísimo Trujillo.

¿Qué decir del anticastrismo e intento de asesinato de Trujillo?.
los aviones dominicanos lanzaron en paracaídas armas para los guerrilleros anticastristas: dos mil quinientos fusiles ametralladores F.A.L., de construcción belga, aparatos de radio, tres hospitales de campaña hinchables, y municiones, muchas municiones.
—¡Misión cumplida! —exclamaron los pilotos a su regreso.
—¿No habéis observado nada anormal al sobrevolar Cuba?
—No, nada.
Si Trujillo se hubiese contentado con robar, raptar, eliminar, torturar, destrozar o machacar la República Dominicana, aún estaría vivo y en el poder. En el peor de los casos se encontraría exiliado, pero tendría en su poder los seiscientos cuarenta y dos millones de dólares que había reunido durante sus treinta años de dictadura.
Los norteamericanos conocían a Trujillo, y lo conocían tanto mejor cuanto que le habían ayudado a ascender. Estaban enterados de la forma en que había hecho crecer su República: con la matanza masiva de haitianos fronterizos, por cada uno de los cuales pagó cuarenta dólares al presidente de Haití. Sabían que algunos parlamentarios, incluso personajes allegados a la Casa Blanca, se dejaban comprar por Trujillo. No ignoraban la existencia de centros de interrogatorio en Santo Domingo, como el 40 de El Kilómetro 14.
Sí, hacía treinta años que los norteamericanos conocían todos los crímenes del doctor Trujillo, pero cuando se decidieron a actuar fue por razones de pura política económica.
La United Fruit se quejó un día a la C.I.A.
El doctor Trujillo había retirado a esta sociedad el monopolio de la explotación de los plátanos, del café y del cacao de la República Dominicana. Y, además, el dictador mantenía relaciones comerciales con países del Este, para evitar un chantaje económico por parte de los Estados Unidos.
Trujillo empezaba a adoptar una postura nacionalista.
Creó una empresa comercial, la Ultramar Dominicana, que empezó a importar material procedente de los países socialistas: las nuevas emisoras de Radio Caribe llegaron de Praga, se envió una misión económica a Moscú y el propio «Che» Guevara afirmó que Trujillo se había convertido en un amigo del pueblo cubano.
En Washington estaban a punto de estallar. ¡Con Cuba bastaba!.
Para que volvieran a la República Dominicana los dólares del generalísimo Trujillo, inventé la operación Vitaminas. ¿Por qué ese nombre? Ya no me acuerdo. Probablemente quise significar que la fortuna del antiguo dictador revitalizaría las finanzas dominicanas, o tal vez elegí la palabra al azar, abriendo un libro. Es preferible que veamos en qué consistía la operación.
—Si queremos recuperar los dólares, o lo que quede de ellos, hay que llevar a la República Dominicana a los hijos de Trujillo —expliqué a Héctor, el secretario y traidor.

Además de ocuparse de una operación de billetes falsos, Argelia como Delegado General de una sociedad de importación y exportación a la que llamaré HIMPEX. La originalidad brillaba por su ausencia: todo el mundo sabe que los servicios secretos camuflan preferentemente a sus hombres con sociedades y cargos similares a los míos. HIMPEX tenía la ventaja de existir realmente, aunque hubiera sido creada por el Alto Estado mayor. Su presidente, el entonces comandante Fernández, dirigía igualmente la División Acción de los Servicios secretos del Estado mayor. Por otra parte, HIMPEX realizaba auténticas operaciones comerciales, las cuales permitían la autofinanciación de ciertas operaciones en el extranjero.
HIMPEX mantenía relaciones con otras «firmas» del mismo ramo, que servían de tapadera a los Servicios secretos de otros países. Entre ellas merece destacarse la firma francesa SAFIEX, creada y dirigida por monsieur Foccard, eminencia gris del general De Gaulle.
—Éste es nuestro plan —decidieron los especialistas.
No sólo debía introducirme en el equipo dirigente de la III República española, sino que también debía hacer entrar en él al máximo número posible de nuestros servicios.
Luego, cuando considerara que controlaba suficientemente el «gobierno en el exilio», desencadenaría una especie de golpe de Estado contra su dirigente, el «general» Perea.
Era el centro de una verdadera red internacional de espionaje acerca de las finanzas, la política y los escándalos.
A partir de ese momento me ocupé de todo: con la conformidad de Madrid, informaba a Ben Bella de las relaciones comerciales o secretas que España mantenía desde hacía poco con los países del Este y con Cuba, solicitaba el apoyo de Franco en favor de Argelia con ocasión de la primera guerra entre Rabat y Argel y jugaba con informaciones calculadas que pasaban del Caudillo a Fidel Castro por intermedio de Ben Bella; en pocas palabras, favorecía los intercambios de servicios entre España y el Tercer mundo progresista, en beneficio de ambos. Es importante puntualizar que estas estrategias subterráneas estaban muy a menudo en contradicción con la política pública de los Estados y con sus recíprocas invectivas ideológicas.
Yo sabía demasiado para ser un simple delegado general de una sociedad de import-export, y Ben Bella no podía ignorarlo. Un día le hablé casi francamente:
—Señor presidente, no le ocultaré que mi oficio me lleva a entrevistarme con dirigentes españoles…
El jefe de Estado de Argelia no me respondió.
—Y que, a veces, son esos dirigentes quienes me proporcionan las informaciones que le traigo.
Ben Bella sonrió e hizo un gesto, como si le diera igual. En adelante, me testimonió una verdadera amistad. Yo era recibido en la presidencia cuando lo deseaba, el ministro del Interior exponía delante de mí los problemas políticos del país y los propios jefes de la Seguridad habían recibido la orden de colaborar sin reservas conmigo.
Eso era una enorme ventaja. La mayor parte de los funcionarios extranjeros, y todos aquellos que tenían relación con la política, se quejaban de estar constantemente vigilados por los Servicios secretos y la Seguridad militar argelina. Yo era casi el único que escapaba a esa vigilancia.

Madrid me había confiado tres misiones principales: penetrar en los medios gubernamentales argelinos (objetivo logrado), liquidar la III República Española y espiar a los soviéticos y los cubanos.
Tomé de nuevo contacto con los dirigentes de la III República Española. Estaba ya introducido en su Estado mayor gracias a mi reciente título de agregado naval de la Presidencia y, con toda naturalidad, pregunté al «general» Perea si podía reclutar algunos colaboradores adicionales.
—A quien usted desee, amigo mío —me respondió.
De estos colaboradores, sólo uno, al parecer, continúa todavía en activo, el abogado y periodista Antonio Cubillo. Llegado de París, donde trabajaba con nuestra antena en Francia, Cubillo fue introducido por mí en el seno de la III República, como «representante del Movimiento Autonomista Canario». Su colaboración fue importante.
Recluté igualmente a un agente de enlace: otro «antifranquista», que trabajaba en los servicios de control de la telefónica argelina. Al poco tiempo, todos los dirigentes republicanos tenían sus teléfonos sometidos a escucha.
Quedaban aún doce responsables de la administración republicana: tres meses después, cuatro de ellos pertenecían a la red de Cisne. Los ocho restantes, en función de sus simpatías políticas o económicas, trabajaban bien para la C.I.A bien para el K.G.B. o bien para los Servicios argelinos civiles o militares. La administración republicana, ese movimiento terrible y peligroso que Madrid me había enviado a destruir, no contaba con un solo verdadero republicano.
No obstante, había que terminar con los responsables políticos. Aparte mis agentes y los agentes de otros servicios, el Estado mayor de la III República estaba constituido por cuatro personajes: el «general» Perea, presidente; el «general» Navarro del Barrio (antiguo comunista y antiguo socialista, expulsado de todas partes), un conspirador oportunista de segunda categoría, manipulado por diversos servicios secretos; un comandante de Carabineros, digno de todo respeto, y, finalmente, un arquitecto, el coronel Reyes, antiguo líder anarquista, que fue jefe de la Brigada Tierra y Libertad.

Más misiones…¿recuerda usted las armas que el gobierno español entregó al F.L.N. durante la guerra de Argelia?
—Por supuesto. Intervine personalmente en una de las operaciones.
—Pues bien; recientemente nos hemos enterado de que una parte de esas armas se halla todavía almacenada en España y de que también hay buena cantidad en alguna parte del antiguo Marruecos español, a dos pasos de nuestras fronteras.
—¿Cómo es eso?
—Sencillamente, porque el alto el fuego entre Francia y Argelia se produjo demasiado pronto. Las armas no fueron utilizadas.
Yo comenzaba a entender:
—Y ahora quieren ustedes recuperarlas, ¿no es eso?
—Exactamente. Pero ignoramos dónde están escondidas y, por otra parte, los marroquíes también lo ignoran. Nuestro gobierno está inquieto: Argelia se considera socialista, y estas armas constituyen un equipo ideal para la guerrilla. En esos escondites hay toneladas de armas, y el día menos pensado Bumedien puede entregarlas a un movimiento revolucionario, a los separatistas vascos, por ejemplo. Basta con hacerles un plano de los escondites. Así, nuestros peores adversarios quedarían muy reforzados.

REPÚBLICA ARGELINA DEMOCRÁTICA Y POPULAR
Vistos los antecedentes del llamado González-Mata Lledó, Luis M.:
Visto que, durante su estancia en Argel, no ha ejercido ninguna actividad profesional que justifique su estancia;
Visto que fue detenido por los servicios de la Prefectura de Policía el 13 de diciembre de 1966 en
situación irregular;
Considerando el decreto n.º 8367/66;
El ministro del Interior decide la expulsión del territorio nacional argelino del llamado González-Mata Lledó, Luis M.
Argel, a 16 de diciembre de 1966.

Este texto indica que fui detenido el 13 de diciembre de 1966.
—¿Y bien? —dijo el comisario, asombrado.
—Yo no fui arrestado el 13 de diciembre de 1966, sino diecisiete meses antes.
—Pues sí que es curioso. No me informaron de su arresto hasta el 13 de diciembre de 1966 —añadió con una sonrisa.
Mi liberación era un hecho tan misterioso como mi dilatada detención, y confieso que jamás he comprendido las razones ni de la una ni de la otra.

Así, pues, la noche del 3 de enero de 1967 Khider sale de su casa a las 21:30 horas, sin avisar a los inspectores responsables de su seguridad. Le siguen su mujer y su primo. Atraviesa la calle.
Se dirige al aparcamiento en que había guardado su coche un cuarto de hora antes. Se acerca al vehículo, un Citroën DS 21. Se dispone a abrir la portezuela cuando un desconocido le aborda y se dirige a él en árabe:
—¿Eres Mohamed Khider? —pregunta el desconocido.
—Sí —contesta Khider.
—Yo soy argelino —prosigue el otro—, y quisiera hablar contigo.
—Ahora no. Tengo una cita urgente.
El desconocido saca una pistola P-38 Parabellum que lleva en la cintura y dispara cuatro veces.
El 9 de abril de 1966 los tribunales helvéticos dictan una sentencia asombrosa: reconocen solamente a Mohamed Khider como único propietario jurídico del tesoro del F.L.N. Es desestimada, pues, la demanda de Argel.
Mohamed Khider ha ganado.
Mientras tanto, en Argel, Bumedien ha derribado el régimen de Ben Bella y ha tomado el poder. El nuevo gobernante propone una reconciliación y suspende toda persecución contra Khider; pero incluso una tentativa de mediación fracasa.
El coronel Bumedien no tiene ya razones para tratar con miramientos a Khider.
El 3 de enero de 1967, en Madrid, alrededor de las 21,30 horas, Mohamed Khider cae asesinado.
El mismo día, el coronel Eduardo Blanco ordena el arresto de un tal Kapossi, un húngaro residente en Madrid.
¿Por qué hace arrestar a Kapossi? Porque en diciembre de 1966, un mes antes del crimen, Kapossi había pedido verle:
—Los argelinos conspiran para eliminar a Mohamed Khider —dijo el húngaro.
—¡Vaya! —contesta Blanco—. ¿Y cómo piensan hacerlo?
—Muy sencillamente, mi coronel. Piensan matarlo en Madrid, y utilizarán para ello a un individuo muy oscuro…
—¿Cómo se llama su individuo?
—González, mi coronel.
—¡González!
—Sí, González-Mata. Es un español actualmente detenido en Argelia, pero Bumedien ha conseguido ganarlo para su causa y le ha encargado esta misión.
El coronel Blanco no manifestó ninguna sorpresa. Cuando yo fui liberado de las cárceles argelinas, no me dijo nada. Pero hacía vigilar a Kapossi desde diciembre.
Detenido la noche del asesinato de Khider, Kapossi repitió la acusación.
—Ha sido González.
Cuando Blanco descubrió que yo había salido de España durante la noche del 3 al 4 de enero, algunas horas después de que se hubiera matado a Khider en Madrid, sospechó inmediatamente de mí.

En diciembre de 1968 Kissinger es nombrado consejero del presidente Nixon y decide desarticular la red de Riccord. Interviene ante el presidente Stroessner y pide que el traficante sea eliminado. Fracaso absoluto. Stroessner se niega a perder a Riccord.
Kissinger amenaza entonces con suspender la ayuda norteamericana a Paraguay —diez millones de dólares anuales— si Riccord no es detenido y entregado a Estados Unidos. Stroessner no contesta, porque los negocios de Riccord le proporcionan mucho más de esa cantidad al año.
Los norteamericanos multiplican las presiones, Paraguay teme por su economía y, en marzo de 1971, para calmar a Washington, Stroessner acepta por fin meter en la cárcel al traficante.
La celda de Riccord es tan grande como un salón. Está equipada con teléfono y con una emisora de radio. Riccord recibe a diez personas por día…
—Continúa su tráfico…
—Más que nunca. El centro de sus actividades se ha desplazado a Brasil y Riccord, desde la cárcel, dirige su empresa como si fuera un director general. ¡Qué manera de tomarnos el pelo ese presidente Stroessner!
Yo seguía sin ver por qué la C.I.A. necesitaba mis servicios. Devine prosiguió:
—Si el presidente Stroessner ha rechazado todas nuestras peticiones de extradición es porque, prácticamente, está asociado con Joseph Riccord: las operaciones de drogas le proporcionan beneficios, y nada podemos hacer. Ya que no conseguimos convencerle, ni comprarle, tenemos que asustarle.
—¿Y quieren que sea yo quien le asuste?
—Sí. Debemos amenazar a Stroessner en su único punto sensible: el poder. Si denunciamos un falso complot e implicamos en éste a Riccord, Stroessner se desembarazará de él.
—¿Y si fallamos?
—Entonces daremos un verdadero golpe de Estado.
Devine me facilitó el medio de encontrarle en Roma, donde debía prepararse la operación.
—Venga lo antes posible —me dijo— y telefonéeme al 32.16.05. Yo estaré allí esperando, ¿Tiene usted todavía papel con membrete de la Vanguardia Latinoamericana?
—¿De la V.L.A.? Sí, debe quedarme algo…
—Pues bien, llévelo a Roma; y lleve también todo lo que encuentre —sellos, sobres y carpetas— con las siglas de la V.L.A. o de cualquier otra organización revolucionaria.
Se está tramando un golpe de Estado, en el que sinceros nacionalistas son manipulados por elementos a sueldo de potencias extranjeras.
—¿Cuáles? —preguntó Martínez, excitado.
—Potencias que quieren sembrar el desorden en América Latina.
—Continúe.
—Está prevista la utilización de todos los medios: la subversión interior, el asesinato, la felonía y tropas procedentes del exterior, financiadas por hombres que a su vez reciben dinero de China.
—¿De China?
—Exacto. Los chinos se sirven de esos hombres para dirigir importantes redes de drogas, para hacer pasar el opio que se cultiva en el Oriente comunista.
—¡Pero eso es espantoso! —exclamó Martínez.
—Sí, excelencia, ha empleado usted la palabra justa. Yo he combatido contra el régimen de ustedes, pero pienso en esas pobres gentes del Paraguay, engañados por una conjura internacional…
El embajador Luis Martínez me pareció muy impresionado.
—¿Tiene usted pruebas escritas del complot?
—Las tengo.
—Enséñemelas.
—Más tarde. No quiero darle nada sin estar seguro de que a su presidente le interesa. Yo no soy un traidor. A cambio de mi información quiero la garantía de que no se perseguirá a los nacionalistas sinceros que han sido manipulados. De acuerdo con que repriman a los jefes y a los agentes extranjeros, pero no a esa buena gente que ha confiado en mí.
—¿Cuánto quiere usted por su dossier? —insistió el embajador.
—Nada. Es decir, sí: la promesa formal de que los nacionalistas sinceros no pagarán por los otros.
En junio de 1972, el presidente Stroessner decidió ahogar el complot sin más pérdida de tiempo, y se hizo con su supuesto organizador, el traficante Joseph Riccord. Concedió su extradición y le entregó a la Justicia norteamericana, que le perseguía desde tanto tiempo antes.
El 2 de septiembre de 1972 los agentes del F.B.I. se llevaron a Riccord.

Hoy me parece que el caso Guillaume fue más grave y más peligroso de lo que parecía en su momento. Afectó seriamente a las relaciones entre la Unión Soviética y Estados Unidos, así como a las que mantenían el K.G.B. y la C.I.A.; todos los servicios secretos occidentales se ocuparon de este caso, que terminó con la detención de Günther Guillaume, consejero de Willy Brandt y espía de Alemania del Este infiltrado en Alemania Federal.
Willy Brandt dimitió a consecuencia de lo ocurrido.
El caso Guillaume comenzó para mí en 1972, cuando el coronel Blanco me pidió que le echara una mano, y la C.I.A. me propuso que controlase a la vez a los Servicios españoles y franceses. Hacía ya casi un año que el coronel Blanco andaba devanándose los sesos detrás de este asunto.
A fines de 1971, una delegación del S.P.D., el partido socialista germano-occidental, en el poder, había acudido a Toulouse para mantener conversaciones con sindicalistas locales. A renglón seguido de la marcha de los socialistas alemanes, la policía francesa detuvo a los sindicalistas.
El topo, el espía solitario que actuaba en el círculo íntimo de Willy Brandt, era Günther Guillaume, el amigo del canciller, el hombre de confianza del partido socialista germano-occidental.
Estábamos en diciembre de 1972 y hubo que esperar diecisiete meses para que el asunto llegase a su término.
Los servicios secretos de la Alemania federal son advertidos sin pérdida de tiempo. No ocurre nada. En 1973 Günther Guillaume asciende en la jerarquía del poder: es autorizado a consultar los expedientes más confidenciales del gobierno alemán y recibe con regularidad el boletín de los Servicios especiales, que está reservado a sólo doce personalidades del gobierno.
La C.I.A. sigue por todas partes a Günther Guillaume. Pronto se da cuenta de que aquel hombre no posee una red, y de que nunca opera en Alemania. Solamente actúa en el extranjero, de un modo discreto e inteligente.
Siempre está dispuesto a viajar con las delegaciones de su partido.
En Navidad de 1972 está en Bruselas. Sube en el Trans-Europe-Express, con destino a París.
El S.D.E.C.E. ha reparado en él y avisa al contraespionaje.
—¿Guillaume? Apliquen el procedimiento número 2: seguimiento non stop durante toda su estancia en nuestro país.
Hacia el 15 de abril de 1974 anuncia que va a pasar unos días de vacaciones en la Costa Azul. Su esposa permanece en Bonn. Atraviesa la frontera sin ser registrado, lo que constituye un error porque Günther Guillaume lleva en su maleta la correspondencia cruzada entre el canciller Willy Brandt y Golda Meir durante la guerra del Kippur, varias notas de Nixon sobre Oriente Medio y documentos militares de la NATO.
En la Costa Azul nadie se oculta. Los agentes secretos alemanes utilizan coches con placas de la República Federal, los servicios franceses reemplazan a los empleados del hotel Résidence de France por hombres del S.D.E.C.E. y el propio Guillaume se reúne abiertamente con Valeria Kosakov, esposa del periodista soviético.
Guillaume entrega los documentos a Valeria Kosakov y se marcha. Valeria Kosakov es detenida por los franceses poco antes de llegar a la frontera italiana: le encuentran correspondencia de Willy Brandt a Golda Meir, y de Nixon a Willy Brandt. En cuanto a Günther Guillaume, regresa con toda naturalidad a Alemania Federal.
En el aeropuerto de Colonia es interpelado. Le interrogan y le registran. Le dejan en libertad. Vuelve a su casa.
Dos horas más tarde, agentes del «Grupo de Bonn» le echan el guante. El «Grupo de Bonn» es una especie de equipo de Incorruptibles, salido de los tres Servicios secretos federales. Willy Brandt no ha sido avisado.
Guillaume confiesa:
—Soy capitán del ejército de la República Democrática Alemana. Supongo que se respetará mi condición de oficial.
Willy Brandt queda abrumado por la traición de su amigo. Abandona el gobierno de la Alemania Federal y se retira. Se constituyen comisiones de investigación parlamentaria.
¿Quién era Günther Guillaume?
Se llamaba en realidad Peter Lohse. En 1956 Günther Guillaume pasó a la zona occidental, con otros muchos refugiados políticos.
Por aquellos días, un agente secreto germano-occidental instalado en la República Democrática Alemana redactó un informe en el que daba cuenta del alistamiento, por los servicios comunistas, de un espía destinado a la República Federal. Sólo conocemos la inicial de su apellido, decía el texto.
Esa inicial era la G.
El B.N.D. no hizo el menor caso del informe y lo encerró en el fondo de una caja fuerte.
Guillaume, ya en Occidente, consiguió el carnet del S.P.D., en el que fue durante mucho tiempo un simple militante. En 1969 se significó al apoyar a la derecha del partido contra los Jusos, los jóvenes socialistas de izquierda que se oponían a la dirección del partido. Fue así como se relacionó con Georg Leber, diputado y líder de la tendencia moderada de la socialdemocracia alemana.
Leber fue nombrado ministro de Defensa. Guillaume se ofreció como candidato a la secretaría de la Cancillería.
“Günther Guillaume es un verdadero topo. Carece de colaboradores y no dispone de enlace por radio desde Alemania. No contacta con sus cómplices del Este más que en el extranjero, a través de las delegaciones del S.P.D., y así resulta realmente difícil poner en duda que se trate de viajes oficiales. Sólo le cogerán tras una confabulación general de todos los servicios secretos occidentales.
Quedan varias preguntas: ¿Por qué no huyó Guillaume al sentirse acosado? ¿Por qué se le detuvo sin la menor discreción? ¿Por qué el B.N.D. le persiguió de un modo casi público, como si quisiera alertarle?
Günther Guillaume no huyó. Cuando se encontró con su corresponsal soviética Valeria Kosakov en la Costa Azul, ésta le llevaba un pasaporte diplomático italiano, con su fotografía. No se lo entregó: entre tanto, las autoridades soviéticas habían ordenado que Guillaume se hiciese arrestar.
¿Por qué?, porque la URSS creía que la detención de Guillaume llevaría consigo la dimisión de su amigo el canciller Brandt.
La República Democrática Alemana se desprendió gustosamente de Günther Guillaume: creo que éste no era el único topo introducido en el gobierno germano-occidental. Su servicio dejó que le detuvieran para proteger a otro personaje, todavía desconocido, el cual, en un lugar más elevado que Guillaume, prosigue su misión.

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