Profesor en la trinchera — José Sánchez Tortosa / Teacher In The Trench by José Sánchez Tortosa (spanish book edition)

Este es un interesante ensayo sobre los profesores, alumnos y la educación y debe ser planteado más allá de un combate de boxeo y si como una parida de táctico ajedrez.
El alumno de secundaria vive la clase como un espacio en el que su «libertad» más inmediata queda restringida o anulada. Por eso, en la medida en que pueda o se lo permitan, tratará de zafarse de esa sujeción. Podríamos decir que gran parte de los comportamientos conflictivos en el aula responden a este motivo. El alumno trata de medir fuerzas con esa encarnación de la autoridad en la clase que es el profesor para apurar al máximo los márgenes de acción que le serán tolerados.
Los chicos de secundaria tienen sed muy a menudo. La educación consiste no en obviar o reprimir sus deseos, sino en formar intelectualmente a los chicos (ayudarles a que ellos mismos se formen intelectualmente) de modo que sean dueños de sus deseos y no sus siervos.
La alternativa se plantea entre una escuela «democrática» que forme «democráticamente» niños mimados, tiránicos y, a la vez, fáciles de manipular, o una escuela que forme individuos libres, ciudadanos verdaderamente críticos capaces de enfrentarse por sí mismos a la vida real con las armas de la civilización y la democracia. Ese afán ingenuo por ser democrático con los estudiantes conduce a introducirles demasiado pronto en los consejos escolares, implicarles en su educación con una participación para la que aún no están preparados en la mayoría de los casos, invitarles a elegir entre asignaturas de las que lo desconocen prácticamente todo (esa especie de educación a la carta). Así, en lugar de formar personas capacitadas para elegir por sí mismas, es decir, en lugar de enseñarles a elegir libremente, se les deja decidir, o lo que es mucho más preciso, se les ofrece la ilusión de que deciden cuando aún no están preparados para hacerlo.

Para educar, para ejercitar, para entrenar y para ir conquistando esa costosa -y por ello valiosa- libertad; en definitiva, para formar hombres libres y sacar de ellos lo mejor, la educación requiere ser exigente pero no despótica. Tendrá que confiarse a la razón y no a la ilusoria libertad espontánea del niño.
Los cobardes, en cambio, necesitan la algarada, el barullo, el estrépito, el para mostrar como osadía lo que no es más que pánico a conocer y, por tanto, al error, a la duda, a la decepción por descubrir que lo que uno cree -lo que uno es- es falso, estúpido o dañino. Miedo a asumir, en definitiva, la responsabilidad de ser independiente por medio del conocimiento.
Los alumnos que perturban la clase son, en realidad, unos conformistas, una panda de conservadores resignados a la fatalidad que la naturaleza y/o la sociedad les dicta, unos reaccionarios que persisten en la inercia de que otros piensen por ellos, de guiarse por lo que ya está implantado, lo que nunca puede ser nuevo aunque se disfrace de novedad. Lo que hacen es perpetuar las diferencias establecidas, en lugar de rebelarse contra ese destino por medio del estudio y el conocimiento. Y además son déspotas, tiranos que imponen a los demás y a sí mismos idéntica servidumbre ruidosa. La educación proporciona las armas para rebelarse ante la fatalidad de lo real, ante la tiranía de la naturaleza y sus jerarquías impuestas, que condenan a la ignorancia y a la esclavitud, a la lucha por la supervivencia, a la ley del más fuerte, a un fascismo primitivo (apolítico o prepolítico), a un estado salvaje.

La enseñanza tiene que ver con la soledad. El alumno se ve obligado a enfrentarse al hecho de estar solo. Cada vez que pide ayuda está demostrando, en realidad, su pánico a la soledad, su desamparo ante la posibilidad del error, ante lo inevitable del fracaso. La natural inseguridad de todo ser humano busca una seguridad que sólo puede encontrar afuera, porque el conocimiento, que es cosa de uno, que está dentro, latiendo como capacidad que desarrollar por uno mismo, le deja solo frente al problema, frente a la pregunta, en la intimidad de la propia racionalidad. Y por si esto fuera poco, genera incertidumbres, no certezas absolutas que proporcionen la seguridad que el inseguro necesita.
Nuestros niños se están convirtiendo en auténticos mutantes sin que la genética tenga que intervenir. Como en la serie X-Men, nos encontramos con críos que disponen del poder (ilusorio) de salvar el mundo. Asistimos a la irrupción de generaciones de seres indefinidamente infantiles con pose de adulto, que corren el riesgo de no alcanzar la sensatez de la madurez, con el agravante de que pierden la alegría pura del niño. Y todo porque no nos atrevemos a enseñarles a estar solos. Es mucho más arriesgado y valiente mostrar el esfuerzo por entender la realidad que tener la pretensión alucinada de salvar el mundo.

Aprender es un juego, pero un juego muy exigente y que compromete la vida de cada uno, un juego que forma como persona. Que aprender sea un juego no significa que el juego en cuestión tenga que gustar siempre a todos los que juegan, ni que todo juego sea un mero pasatiempo, ni que se pueda aprender sin reglas, pues precisamente todo juego exige unas reglas, las mismas para cualquier jugador. Lo que sucede en la enseñanza, como en la mayoría de los juegos, es que el juego se complica, se hace más sofisticado y cada vez más dificil, exige cada vez un esfuerzo mayor, una concentración y una dedicación más plenas.
Se necesita a alguien que no estorbe para aprender y que, además de no estorbar, ayude al estudiante a que no sea él mismo un estorbo, porque si no hay nadie en absoluto, es el propio intere sado el que supone un obstáculo para sí mismo a la hora de aprender, como vimos en el apartado «Enseñando a estar solo» (y veremos en «El que apaga la Tele»). Igual que se requiere la presencia de otro (el profesor) para que el alumno esté solo, ni siquiera perturbado por su propio mundo exterior, de modo que aprenda por sí mismo y se prepare para el día en que no haya nadie a su lado, también se requiere la presencia del profesor para que el alumno no sea un obstáculo asimismo.
Lo peor no es que hoy el profesor sea un bufón, objeto de la mofa de los alumnos. Lo peor es que es un bufón al que la mayor parte de su público no hace el menor caso. Esos ropajes institucionales, ese solemne disfraz que tanto imponía, los tiene que ir adquiriendo el docente actual en no muy cómodos plazos a medida que va formando una experiencia y, con ella, haciendo acopio de las armas necesarias para su cargo. Experiencia y armas de las que carece al salir de la facultad y que en ninguno de los cursos de formación encontrará. No es posible convertirse en profesor simplemente con un contrato laboral, una bata blanca o una tiza en la mano, del mismo modo que el sombrero de arlequín no es suficiente para hacer reír.
Uno de los aspectos más importantes de la llamada crisis de la educación tal vez sea lo que podríamos denominar crisis de autori dad. Los profesores de secundaria y de bachillerato suelen vivirla a diario en sus propias carnes y, especialmente, si imparten materias que por su naturaleza parecen estar más abiertas a la discusión que otras: historia, filosofia, no digamos ya ética, educación en valores o sociedad, cultura y religión… Esta crisis, sin embargo, no se limita a lo académico, sino que cuestiona la autoridad misma del profesor como tal, independientemente de su asignatura. Antes el respeto al profesor se daba por defecto. Ahora el profesor ha de conquistarlo, y duramente en la mayoría de los casos, de manera muy especial en los primeros años de su experiencia docente.

Internet es la oportunidad de que cada profesor, en lugar de espantarse supersticiosamente por la bestia electrónica y virtual, se convierta en un modesto Platón que ofrece a cada uno de sus alumnos la entrada en un mundo en el que sólo importa la geometría, es decir, la racionalidad puesta en marcha por uno mismo. Allí, será el estudiante el que profundice en los arcanos del universo que la Red le ofrece, pero no sin la guía del maestro, imprescindible en su labor de abrir los caminos que el otro habrá de recorrer.

Enseñar es fascinante, ya que consiste en ayudar a otro a que sea verdaderamente lo que puede llegar a ser.

This is an interesting essay on teachers, students and education and should be raised beyond a boxing match and if as a game of tactical chess.
The high school student lives the class as a space in which his most immediate “freedom” is restricted or canceled. Therefore, to the extent that he can or will allow it, he will try to get away from that subjection. We could say that a great part of the conflictive behaviors in the classroom respond to this reason. The student tries to measure forces with that incarnation of authority in the class that is the teacher to maximize the margins of action that will be tolerated.
High school kids are thirsty very often. Education consists not in obviating or repressing their desires, but in intellectually training children (helping them to form themselves intellectually) so that they are masters of their desires and not their servants.
The alternative arises between a “democratic” school that “democratically” forms spoiled, tyrannical and, at the same time, easy-to-manipulate children, or a school that forms free individuals, truly critical citizens capable of facing themselves in real life. with the weapons of civilization and democracy. This naive desire to be democratic with students leads to introduce them too early in school councils, involve them in their education with a participation for which they are not yet prepared in most cases, invite them to choose among subjects of which they do not know practically everything (that kind of education to the letter). Thus, instead of forming people trained to choose for themselves, that is, instead of teaching them to choose freely, they are left to decide, or what is much more precise, they are offered the illusion that they decide when they are not yet ready to do it

To educate, to exercise, to train and to conquer that costly – and therefore valuable – freedom; In short, to train free men and get the best out of them, education requires being demanding but not despotic. It will have to be entrusted to reason and not to the illusory spontaneous freedom of the child.
The cowards, on the other hand, need the riot, the noise, the noise, the to show as audacity what is nothing but panic to know and, therefore, to error, to doubt, to the disappointment to discover that what one believes-what one is-is false, stupid or harmful. Fear of assuming, in short, the responsibility of being independent through knowledge.
The students who disturb the class are, in reality, conformist, a bunch of conservatives resigned to the fatality that nature and / or society dictates, some reactionaries who persist in the inertia of others thinking for them, to be guided by what is already implanted, what can never be new even if it is disguised as a novelty. What they do is perpetuate established differences, instead of rebelling against that destiny through study and knowledge. And in addition they are despots, tyrants who impose on others and themselves identical noisy servitude. Education provides the weapons to rebel against the fatality of the real, against the tyranny of nature and its imposed hierarchies, which condemn ignorance and slavery, the struggle for survival, the law of the strongest, a primitive fascism (apolitical or prepolitical), to a wild state.

Teaching has to do with loneliness. The student is forced to face the fact of being alone. Every time he asks for help he is demonstrating, in reality, his panic at loneliness, his helplessness at the possibility of error, at the inevitability of failure. The natural insecurity of every human being seeks a security that can only be found outside, because the knowledge, which is one’s own, that is inside, beating as a capacity to be developed by oneself, leaves only the problem in front of the question , in the privacy of one’s own rationality. And if this were not enough, it generates uncertainties, not absolute certainties that provide the security that the insecure need.
Our children are becoming authentic mutants without genetics having to intervene. As in the X-Men series, we find children who have the (illusory) power to save the world. We witness the irruption of generations of indefinitely infant beings with an adult pose, who run the risk of not reaching the wisdom of maturity, with the aggravating circumstance that they lose the pure joy of the child. And all because we do not dare to teach them to be alone. It is much more risky and courageous to show the effort to understand reality than to have the hallucinated claim to save the world.

Learning is a game, but a very demanding game that compromises the life of each one, a game that forms as a person. That learning is a game does not mean that the game in question must always like all those who play, nor that every game is a mere pastime, nor that it can be learned without rules, because precisely every game requires rules, the same for any player What happens in teaching, as in most games, is that the game gets complicated, becomes more sophisticated and increasingly difficult, demands more and more effort, concentration and dedication more fully.
You need someone who does not get in the way of learning and who, in addition to not hindering, helps the student not to be himself a hindrance, because if there is no one at all, it is the interested one who is an obstacle to himself. at the time of learning, as we saw in the section “Teaching to be alone” (and we will see in “The one that turns off the Tele”). Just as the presence of another (the teacher) is required for the student to be alone, not even disturbed by his own external world, so that he learns for himself and prepares himself for the day when no one is at his side, the presence of the teacher is also required so that the student is not an obstacle as well.
The worst thing is not that today the teacher is a buffoon, object of the mockery of the students. The worst thing is that he is a buffoon to whom most of his audience does not pay attention. Those institutional garments, that solemn disguise that imposed so much, must be acquired by the current teacher in not very comfortable terms as it is forming an experience and, with it, gathering the necessary weapons for his position. Experience and weapons that he lacks when leaving the faculty and that in none of the training courses he will find. It is not possible to become a teacher simply with a work contract, a white coat or a chalk in the hand, in the same way that the harlequin hat is not enough to make people laugh.
One of the most important aspects of the so-called education crisis is perhaps what we might call authoritarian crisis. Secondary and high school teachers tend to live it daily in their own flesh and, especially, if they teach subjects that by their nature seem to be more open to discussion than others: history, philosophy, let’s not say ethics, education in values ​​or society , culture and religion … This crisis, however, is not limited to academics, but questions the very authority of the teacher as such, regardless of his subject. Before the respect for the teacher was given by default. Now the teacher has to conquer it, and hard in most cases, in a very special way in the first years of his teaching experience.

The Internet is the opportunity for each teacher, instead of being superstitiously frightened by the electronic and virtual beast, to become a modest Plato who offers each of his students entry into a world where only geometry matters, that is, , the rationality set in motion by oneself. There, it will be the student who delves into the arcana of the universe that the Network offers him, but not without the guidance of the teacher, essential in his work to open the paths that the other will have to travel.

Teaching is fascinating, since it consists in helping another to be truly what he can become.

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