Fuera de la ley — Norman Mailer / Mind of an Outlaw: Selected Essays by Norman Mailer

856CC15D-924D-489D-80CB-929DF2A39992
Esta serie de ensayos irónicos por parte de uno de los más grandes narradores norteamericanos, sin pelos en la lengua es imprescindible, pone de manifiesto sus pensamientos con críticas sociales que no gustarán como la pena de muerte, la guerra, escritores…algo marxista y de izquierdas nos habla sobre que por momentos los escritores reclaman la patria, la bandera, a excepción de cuando están enfermos y eso es la virtud menos periodística. Nos habla de personas del gremio como William Styron, también le gusta Truman Capote, a Kerouac le falta disciplina y honestidad, Salinger no es para tanto más allá de secundaria, Bowles fue el precursor del «hip» con las drogas pero su maestro es James Jones.
Además nos habla sobre sus obras, con un bálsamo de esperanza, la «libertad artística» en pocas páginas es, desde luego, imposible. Uno tiene la dudosa elección de hacer unas pocas observaciones privadas o, de lo contrario, escuchar una serie de lugares comunes. Si elijo el segundo procedimiento es porque el lugar común, a pesar de todas sus desventajas obvias, tiene no obstante una ventaja particular que es probable que olvidemos: en cada lugar común está enterrada una verdad, y contemplar un lugar común, explorarlo, buscar sus paradojas y tratar de resolverlas es una actividad característica del pensamiento, aunque en realidad no es el pensamiento mismo, porque en un sentido muy real cada palabra del lenguaje es un pequeño cliché aplanando la variedad de la experiencia que trata de iluminar. Y algunas palabras son grandes clichés, sin sentido para algunos, infinitos para otros; sólo necesitamos pensar en «dios», «vida», «aventura», «color»… la palabra que a uno se le ocurra.

Una idea social vieja es una mentira. Cuando no es una directa falsedad premeditada (como las cuatro quintas partes de lo que vomitan los columnistas de chismes) es, en el mejor de los casos, una descripción de algo que ya no existe. En cualquier momento la sociedad es la tozuda expresión retardada de la experiencia previa y parcialmente recogida de la humanidad. Sin embargo, nuestra experiencia previa es el pasado, es el conocimiento de la muerte, y dejando de lado a los teólogos (porque francamente soy casi ignorante por entero de la teología) sostendría muy seriamente que el crecimiento es un misterio más grande que la muerte. Todos nosotros podemos entender el fracaso, todos contenemos en nuestro interior fracaso y muerte, pero ni siquiera el hombre de éxito puede empezar a describir las euforias y temores impalpables del crecimiento. Aunque todos podemos estar de acuerdo, incluyendo a idealistas dialécticos como yo, en que la historia no es previsible y el futuro es desconocido, también debemos estar de acuerdo en que, aunque la sociedad es una máquina, no determina el destino del hombre, sino que procesa meramente las nueve décimas partes de sus posibilidades.
Nuestra búsqueda de los rebeldes de la generación nos condujo al «hipster». El «hipster» es un enfant terrible dado vuelta. En sintonía con su época, está tratando de devolvérselas a los conformistas manteniendo un perfil bajo. […] No puedes entrevistar a un «hipster» porque su meta principal es mantener afuera a una sociedad que, según cree, está tratando de hacer a todos a su propia imagen. Toma marihuana porque le proporciona experiencias que no pueden ser compartidas con los «squares» (cuadrados). Puede exhibir un sombrero de ala ancha o un «zoo suit» de los años 40 (pantalones anchos o bombachos de tiro alto), pero por lo común prefiere deambular sin marcas. El «hipster» puede ser un músico de jazz; rara vez es un artista, casi nunca un escritor. Puede ganarse la vida como un criminal menor, un vagabundo, un peón de feria ambulante, o un hombre «freelance» en movimiento en Greenwich Village, pero algunos «hipsters» han encontrado un refugio seguro en los niveles de ingreso superiores como cómicos de televisión o actores de cine. (El difunto James Dean, por ejemplo, era un héroe «hipster».)

Uno no puede esperar una actuación objetiva cuando un novelista critica la obra de otros novelistas. Es mejor darse cuenta de que un grupo de hombres que son hasta cierto punto honestos y en otro sentido engañosos (con el lector, o consigo mismos, o con ambos) están siendo juzgados por uno de sus pares que comparte en líneas generales las proporciones de integridad y fingimiento, y es probable que tenga el interés creado más intenso en hacer avanzar la reputación de ciertos escritores mientras hace todo lo que puede para disminuir la de otros. Pero al lector se le da al menos la oportunidad de comparar mentiras, una propina que no siempre puede obtener de un buen crítico que escribe sobre un novelista, porque los críticos implantan en su estilo la ficción de la pasión desinteresada cuando en realidad el interés creado de ellos, aunque menos obvio, a menudo es más rabioso, dado que por lo común han fijado su meta en la dirección en que les gustaría que viajara la novela, mientras que el novelista, por la naturaleza misma de su esfuerzo, está más dispuesto a cambiar.

Parte de la crisis del siglo XX es que nada semejante a un punto de vista coherente de la personalidad parece capaz de existir. Vivimos en todos los conceptos de la motivación humana, y están todos en contradicción. Nuestras mentes se ven obligadas a albergar todo desde la hidráulica estructurada de los freudianos, que tienden a mirar la perturbación psíquica como variedades de cañerías tapadas, sistemas de presión fallidos y válvulas que no funcionan.

La pena capital era comprometedora para el Estado, podría haber dicho, y un castigo sin sentido para el noventa y nueve por ciento de los hombres del Pasillo de la Muerte: habían estado allí demasiado tiempo. Sin embargo, también pensé que de vez en cuando, como solución especial, si un hombre o una mujer deseaba morir en el centro del escenario, lleno de vanidad, orgullo, y hasta cierto sentido de expiación, bueno, eso debería ser un derecho humano: elegir la muerte más dramática posible, en vez de la más demorada. Si uno creía en un alma que duraba más que el cuerpo de uno, la manera de la propia muerte podía ser el acto más importante de la vida.
De todos modos, la pregunta verdadera seguía sin respuesta. ¿Podía la pena capital estar justificada alguna vez cuando el condenado no deseaba morir? La sociedad, Ed Koch seguía allí para decirlo, tenía «el derecho de demostrar su sentido de ultraje moral contra crímenes especialmente atroces».
Tal vez sea necesario algo por el estilo para un país como el nuestro. Viviendo con la urgencia civilizada de explicar todo, también tenemos una secreta necesidad de vivir con preguntas que no pueden ser contestadas porque van demasiado a lo hondo. En estos años insípidos, inquietos, cuando todo parece estar deslizándose lejos, tal vez buscamos figuras enigmáticas que merodearán nuestra conciencia después de que se hayan ido. Nadie es más misterioso que el asesino que hemos ayudado a ejecutar.

Marilyn Monroe ha surgido de los detritus de lo insignificante, el cementerio de las películas viejas. Está más vívida sobre la pantalla que otras. Tiene más energía, más humor, más compromiso con el papel y la actuación: actúa, juega con los papeles, emite la felicidad de que está actuando, y eso es indispensable para cualquier entretenimiento barato.
Marilyn tenía inteligencia —una inteligencia de artista— y hacia el final de su carrera su gusto se acercaba a lo magnífico. Debía de tener un sentido profundo de lo que era entero en la gente y de lo falso, porque sus propias caracterizaciones eran sólidas: sabía cómo entrar en una escena con el aura plena del personaje que interpretaba, y así era capaz de sugerir todo lo que había ocurrido en el otro lado de la escena, la brisa que había olfateado, el umbral de la puerta donde había pegado con el dedo del pie, el capricho errante de un pensamiento prohibido que hay que ocultar, y cinco distracciones apropiadas para el personaje arrastrándose como serpentinas. Incluso al principio debe de haber visto la vida como una especie de sopa divina de situaciones, donde cada aroma hablaba de la primacía del estado…
Los films que Marilyn hizo en los últimos años de su vida son los mejores, la realización de un arte. Su arte se profundizó. Ella mejoró. Su sutileza adquirió más resonancia. A la altura de Los inadaptados no era tanto una mujer como una presencia, no un actor, sino una esencia: el lenguaje es hipérbole, sin embargo sus efectos no lo son. Aparece en esos esfuerzos finales como una existencia visual distinta de la de otros actores, y así deja su leyenda adonde pertenece, que es sobre la pantalla.
¡Qué norteamericano era Clint Eastwood! Tal vez no hubiese nadie más norteamericano que él. Qué artista interesante. Retrató a psicópatas que actuaron con todo el silencio, la certeza y la gravedad de los santos. ¿O sería más adecuado decir que interpretó santos que mataron como psicópatas? No todas las preguntas tienen respuestas rápidas. A veces, vale la pena demorarse en el enigma. Entretanto, Eastwood es la prueba viviente de la máxima de que el mejor modo de atravesar la vida es ser cool.

Huckleberry Finn uno llega a darse cuenta por entero otra vez de que el affaire casi reducido a cenizas, estrangulado, lleno de odio entre los blancos y los negros sigue siendo nuestro gran affaire amoroso nacional, y ay de nosotros si termina con aversión y desdicha mutua. Cabalgando la corriente de esta novela, estamos otra vez en la época feliz en que el affaire amoroso era nuevo y todo parecía posible. ¡Qué opulento es el recuerdo de esa emoción! ¿Qué otra cosa es la grandeza sino la riqueza indestructible que deja en el recuerdo de la mente después de que la esperanza se ha agriado y las pasiones se han gastado? Siempre es la esperanza de la democracia de que nuestra riqueza estará allí para volver a gastarla, y el tesoro en desarrollo de Huckleberry Finn es que nos libera para pensar en la democracia y su premisa sublime, aterrorizante: dejemos que las pasiones y codicias y sueños y manías e ideales y avaricia y esperanzas y sucias corrupciones de todos los hombres y mujeres tengan su día y el mundo seguirá siendo mejor, porque hay más bien que mal en la suma de nosotros y nuestros funcionamientos. Mark Twain, encarnación entera de aquel humano democrático, comprendió la premisa en cada giro de su pluma, y cómo la puso a prueba, cómo la retorció y tentó y probó hasta que todos estamos débiles otra vez con nuestro amor por la idea.

George Bush, sin embargo, necesitaba la guerra. No se requeriría menos que eso para llegar a la carne machista de los sentimientos de las películas clase B, más todas las películas de clase A que no eran más elevadas en la visión sentimental que las películas de clase B. George Bush podría evitar la guerra manteniendo una fuerza simbólica en Arabia Saudita —¿y quién salvo los kuwaitíes se quejarían por Kuwait?—, pero el pronóstico sugería poco potencial para los medios; la acción podría bajar de categoría en una plaga de titulares tras otra. Un grupo de tareas suscribiendo semejante paz limitada en Oriente Medio difícilmente sería lo bastante grande como para cumplir con resultados dramáticos. Abundarían los incidentes.
Antes de que la Guerra del Golfo pueda mostrar incluso una tendencia a desaparecer, nuestro comandante en jefe va a traerla de nuevo. George Bush ha prometido recordarnos su existencia y lo que le debemos a la gente que luchó en ella.
No, podemos terminar como piratas de la computadora y matones físicos —los últimos supermatones en la historia del mundo—, pero si tuvimos una conciencia nacional, y si aún prevaleciera, entonces estamos obligados a vivir con Vietnam y seguir midiendo el costo. Entierren los fantasmas de esa guerra demasiado pronto y la última ironía de las arenas del desierto sería liberada. Esa gran maquinaria de noticias, que se come nuestra historia tan rápido como es creada, podría incluso moverse tan rápido que nuestro poder de disfrutar el éxito de la guerra en el Golfo también podría ser cubierto prematuramente y podríamos perder lo que de bueno fuera a hacerle a nuestra visión muy lastimada de nosotros mismos. Aunque fue una guerra que aun podría hacer una diferencia para bien o para mal en los avisperos enredados de Oriente Medio, también podría resultar ser no más que su propio peso, un ejercicio militar a un nivel colosal, panoramas de virtuosismo técnico en un matorral moral, y si eso es todo lo que fue, entonces por cierto la maquinaria de las noticias se lo comerá. El recuerdo de Vietnam, sin embargo, no va a desaparecer. Vietnam está incrustado en nuestra historia moral.

“Las correcciones». Es muy buena como novela, realmente muy buena, y sin embargo muy desagradable ahora que se asienta en la memoria, como si uno hubiera estado usando la misma ropa durante muchos días. Franzen escribe soberbiamente bien frase a frase, y sin embargo uno no está feliz con el logro. Está demasiado lleno de lenguaje, así como los nuevos ricos están demasiado llenos de dinero. Es excepcionalmente inteligente, pero, como un erudito, vive demasiado tiempo en el Valle de Temblequelandia, porque Franzen es una máquina intelectual desenterradora. Todo lo que le sea de utilidad novelística que aparezca en Internet parece haber evitado los alcances más elevados de su imaginación: es como si nos ofreciera más experiencia humana de la que ha dominado literariamente, y esto es obvio cuando llegamos a sus tramos prefabricados sobre restaurantes para gourmets o los cruceros gigantes o la moderna Lituania en caos. Semejantes secciones se leen como artículos de primera clase para revistas, pero no mejores que eso: se adhieren a la superficie. Cuando Franzen trata con lo que conoce directa e íntimamente, que es la familia en el centro del libro —un padre viejo, una madre madura, dos hijos grandes, y una hija—, es un observador excepcionalmente dotado. ¡Qué desperdicio, sin embargo! Para nosotros nada importante está en juego con su gente.

George W. Bush y muchos conservadores han llegado a la conclusión de que el único modo en que pueden salvar Norteamérica y sacarla de su actual cuesta abajo es convertirse en un régimen con una presencia militar más grande y apuntar hacia el imperio. Mi temor es que los norteamericanos podrían perder su democracia en el proceso.
Por cuesta abajo me estoy refiriendo no sólo a los escándalos corporativos, los escándalos de la Iglesia, y los escándalos del FBI. Para los ojos de los conservadores, el país se ha vuelto loco. Además, los chicos ya no pueden leer. Sobre todo para los conservadores, la cultura se ha vuelto demasiado sexual.
Irak es la excusa para moverse en una dirección imperial. La guerra con Irak, como ellos la concibieron originariamente, sería un paso rápido, dramático, que les permitiría controlar Oriente Medio como una base poderosa —nada menos que por el petróleo de allí, así como también por las reservas de agua de los ríos Tigris y Éufrates— para construir un imperio mundial.
Los «bushistas» también esperan llevar democracia a la región y creen que eso ayudará a disminuir el terrorismo. Pero supongo que ocurrirá lo opuesto.
Guste o no guste, se quiera o no, Norteamérica va a ir a la guerra porque es la única solución que Bush y su gente puede ver.
La perspectiva nefasta que se abre, por lo tanto, es que Norteamérica va a convertirse en una megarrepública bananera donde el ejército tendrá cada vez más importancia en las vidas de los norteamericanos. Será una incrustación cada vez más grande en el sistema norteamericano. Y antes de que todo termine, la democracia, noble y delicada como es, puede ceder. Mi prolongada experiencia con la naturaleza humana —ahora tengo ochenta años— sugiere que es posible que el fascismo, no la democracia, sea el estado natural.
En realidad, la democracia es la condición especial: una condición que seremos llamados a defender en los años que vienen. Eso será enormemente difícil debido a que la combinación de la corporación, los militares y la investidura completa de la bandera con los deportes para espectadores masivos ya han plantado una atmósfera prefascista en Norteamérica.
La democracia, más que cualquier otro sistema político, depende de un mínimo de honestidad. Últimamente, está en gran parte a la merced de un líder que nunca ha estado avergonzado de sí mismo. ¿Qué puede decirse de un hombre que pasó dos años en la fuerza aérea de la Guardia Nacional (como un modo de no tener que ir a Vietnam) y procedió —como muchos otros hijos de papá ricos y echados a perder— a no molestarse en aparecer para cumplir con su deber en su segundo año de servicio? La mayoría de nosotros tiene episodios en nuestra juventud que pueden darnos vergüenza al reflexionar. Es una marca de maduración que no tratemos de aprovechar nuestras fallas y vicios tempranos sino que tratemos de aprender de ellos. Bush procedió, sin embargo, a convertir su declaración del fin de la campaña en Irak en un tremendo show de modas.

——————————————————

B3599947-597C-4924-8575-48AE0EDDFE83
This series of ironic essays by one of the greatest American narrators, without hairs on the tongue is essential, reveals his thoughts with social criticisms that will not like death penalty, war, writers … something Marxist and of the left tells us that at times the writers claim the country, the flag, except when they are sick and that is the less journalistic virtue. He talks to us about guild people like William Styron, he also likes Truman Capote, Kerouac lacks discipline and honesty, Salinger is not so much beyond high school, Bowles was the precursor of «hip» with drugs but his teacher is James Jones.
He also tells us about his works, with a balm of hope, the «artistic freedom» in a few pages is, of course, impossible. One has the dubious choice of making a few private observations or, otherwise, listening to a series of commonplaces. If I choose the second procedure, it is because the commonplace, in spite of all its obvious disadvantages, nevertheless has a particular advantage that we are likely to forget: in every common place a truth is buried, and to contemplate a common place, to explore it, to look for its Paradoxes and trying to solve them is a characteristic activity of thought, although in reality it is not the thought itself, because in a very real sense every word of the language is a small cliché flattening the variety of experience that it tries to illuminate. And some words are great clichés, meaningless for some, infinite for others; we just need to think of «god», «life», «adventure», «color» … the word that comes to mind.

An old social idea is a lie. When it is not a direct premeditated falsehood (like four fifths of what gossip columnists vomit) it is, at best, a description of something that no longer exists. At any moment, society is the stubborn, delayed expression of the previous and partially collected experience of humanity. However, our previous experience is the past, it is the knowledge of death, and leaving aside the theologians (because frankly I am almost completely ignorant of theology) I would argue very seriously that growth is a mystery greater than death . All of us can understand failure, we all contain failure and death inside us, but not even successful man can begin to describe the euphoric and impalpable fears of growth. Although we can all agree, including dialectical idealists such as myself, that history is not predictable and the future is unknown, we must also agree that, although society is a machine, it does not determine the destiny of man, but that merely processes nine-tenths of its possibilities.
Our search for the rebels of the generation led us to the «hipster». The «hipster» is an enfant terrible turned around. In tune with his time, he is trying to give them back to the conformists while keeping a low profile. […] You can not interview a «hipster» because his main goal is to keep out a society that, he believes, is trying to make everyone in his own image. Take marijuana because it provides experiences that can not be shared with the «squares» (squares). You can wear a wide-brimmed hat or a ‘zoo suit’ from the 1940s (wide pants or high-waisted pants), but you usually prefer to wander around without markings. The «hipster» can be a jazz musician; He is rarely an artist, almost never a writer. He can make a living as a petty criminal, a vagabond, a traveling fair pawn, or a freelance man on the move in Greenwich Village, but some «hipsters» have found a safe haven at upper income levels as television comedians. or movie actors. (The late James Dean, for example, was a «hipster» hero.)

One can not expect an objective performance when a novelist criticizes the work of other novelists. It is better to realize that a group of men who are to some extent honest and in another sense deceptive (with the reader, or with themselves, or with both) are being judged by one of their peers who broadly shares the proportions of integrity and pretense, and you are likely to have the most intense vested interest in advancing the reputation of certain writers while doing everything you can to diminish that of others. But the reader is given at least the opportunity to compare lies, a tip he can not always get from a good critic who writes about a novelist, because critics implant in their style the fiction of selfless passion when in fact the interest created of them, although less obvious, is often more furious, since they have usually set their goal in the direction in which they would like the novel to travel, while the novelist, by the very nature of his effort, is more willing to change.

Part of the crisis of the twentieth century is that nothing like a coherent view of personality seems capable of existing. We live in all the concepts of human motivation, and they are all in contradiction. Our minds are forced to harbor everything from the structured hydraulics of the Freudians, who tend to look at the psychic disturbance as varieties of clogged pipes, failed pressure systems and valves that do not work.

The death penalty was compromising for the State, he could have said, and a senseless punishment for ninety-nine percent of the men in the Hall of Death: they had been there too long. However, I also thought that from time to time, as a special solution, if a man or a woman wanted to die in the center of the stage, full of vanity, pride, and even a sense of atonement, well, that should be a human right : choose the most dramatic death possible, instead of the most delayed. If one believed in a soul that lasted longer than one’s body, the manner of one’s death could be the most important act of life.
Anyway, the real question remained unanswered. Could capital punishment ever be justified when the condemned man did not wish to die? Society, Ed Koch was still there to say it, had «the right to demonstrate his sense of moral outrage against especially atrocious crimes.»
Maybe something like that is necessary for a country like ours. Living with the civilized urge to explain everything, we also have a secret need to live with questions that can not be answered because they go too deep. In these insipid, restless years, when everything seems to be slipping away, maybe we are looking for enigmatic figures that will prowl our consciousness after they are gone. No one is more mysterious than the killer we have helped to execute.

Marilyn Monroe has emerged from the detritus of the insignificant, the cemetery of old movies. It is more vivid on the screen than others. He has more energy, more humor, more commitment to paper and acting: he acts, plays with the papers, emits the happiness that he is acting, and that is indispensable for any cheap entertainment.
Marilyn had intelligence-an artist’s intelligence-and toward the end of her career her taste approached the magnificent. He must have a deep sense of what was whole in people and what was false, because his own characterizations were solid: he knew how to enter a scene with the full aura of the character he played, and thus was able to suggest all that it had happened on the other side of the scene, the breeze he had sniffed, the doorway where he had stuck with his toe, the wandering whim of a forbidden thought to be hidden, and five appropriate distractions for the crawling character like streamers. Even at the beginning he must have seen life as a kind of divine soup of situations, where each scent spoke of the primacy of the state …
The films that Marilyn made in the last years of her life are the best, the realization of an art. His art deepened. She improved. His subtlety acquired more resonance. At the height of the misfits was not so much a woman as a presence, not an actor, but an essence: the language is hyperbole, however its effects are not. It appears in these final efforts as a visual existence different from that of other actors, and thus leaves its legend where it belongs, which is on the screen.
How American was Clint Eastwood! Maybe there was no one more American than him. What an interesting artist. He portrayed psychopaths who acted with all the silence, certainty and gravity of the saints. Or would it be more appropriate to say that he interpreted saints that they killed as psychopaths? Not all questions have quick answers. Sometimes, it’s worth dwelling on the enigma. In the meantime, Eastwood is living proof of the maxim that the best way to get through life is to be cool.

Huckleberry Finn comes to realize again and again that the affair almost reduced to ashes, strangled, full of hatred between whites and blacks is still our great national affair of love, and woe to us if it ends with aversion and mutual misery . Riding the current of this novel, we are again in the happy era in which the affair was new and everything seemed possible. How opulent is the memory of that emotion! What else is greatness but the indestructible wealth that leaves in the memory of the mind after the hope has soured and the passions have been spent? It is always the hope of democracy that our wealth will be there to spend it again, and the developing treasure of Huckleberry Finn is that it frees us to think about democracy and its sublime, terrifying premise: let passions and greeds and dreams and manias and ideals and greed and hopes and filthy corruptions of all men and women have their day and the world will continue to be better, because there is more good than evil in the sum of us and our operations. Mark Twain, the whole incarnation of that democratic human, understood the premise in each turn of his pen, and how he put it to the test, how he twisted and tried and tried until we are all weak again with our love for the idea.

George Bush, however, needed war. It would not take less than that to get to the macho flesh of the feelings of the class B films, plus all the A-class films that were no higher in the sentimental vision than the class B movies. George Bush could avoid the war maintaining a symbolic force in Saudi Arabia – and who except the Kuwaitis would complain about Kuwait? – but the forecast suggested little potential for the media; the action could go down in one plague of headlines after another. A task force subscribing to such a limited peace in the Middle East would hardly be big enough to meet dramatic results. The incidents would abound.
Before the Gulf War can even show a tendency to disappear, our commander-in-chief will bring it back. George Bush has promised to remind us of his existence and what we owe to the people who fought in it.
No, we can end up as computer pirates and physical thugs-the latest supermatches in the history of the world-but if we had a national consciousness, and if it still prevailed, then we are forced to live with Vietnam and keep measuring the cost. Bury the ghosts of that war too soon and the last irony of the sands of the desert would be released. That great news machine, which eats our history as fast as it is created, could even move so fast that our power to enjoy the success of the war in the Gulf could also be covered prematurely and we could lose what good it was to do. to our very hurt vision of ourselves. Although it was a war that could still make a difference for good or bad in the entangled wasps of the Middle East, it could also prove to be no more than its own weight, a military exercise on a colossal level, panoramas of technical virtuosity in a moral thicket , and if that’s all it was, then by the way the news machine will eat it. The memory of Vietnam, however, will not disappear. Vietnam is embedded in our moral history.

«Corrections.» It is very good as a novel, really very good, and yet very unpleasant now that it sits in the memory, as if one had been wearing the same clothes for many days. Franzen writes superbly well sentence by sentence, and however one is not happy with the achievement.It is too full of language, just as the new rich are too full of money.It is exceptionally intelligent, but, like a scholar, lives too long in the Valley of Temblequelandia, because Franzen is a All that is of novelistic use that appears on the Internet seems to have avoided the highest reaches of his imagination: it is as if he offered us more human experience than he has mastered literarily, and this is obvious when we arrive at his prefabricated sections on restaurants for gourmets or giant cruises or modern Lithuania in chaos, such sections are read as first class items e for magazines, but not better than that: stick to the surface. When Franzen deals with what he knows directly and intimately, which is the family at the center of the book – an old father, a mature mother, two grown children, and a daughter – he is an exceptionally gifted observer. What a waste, however! For us nothing important is at stake with its people.

George W. Bush and many conservatives have come to the conclusion that the only way they can save America and get it out of its current downhill is to become a regime with a larger military presence and aim for the empire. My fear is that Americans could lose their democracy in the process.
Downhill I am referring not only to corporate scandals, Church scandals, and FBI scandals. For the eyes of the conservatives, the country has gone mad. Also, kids can not read anymore. Especially for conservatives, culture has become too sexual.
Iraq is the excuse to move in an imperial direction. The war with Iraq, as they originally conceived it, would be a rapid, dramatic step that would allow them to control the Middle East as a powerful base – nothing less than the oil there, as well as the water reserves of the Tigris rivers and Euphrates- to build a world empire.
The «Bushists» also hope to bring democracy to the region and believe that this will help reduce terrorism. But I guess the opposite will happen.
Like it or not, like it or not, America is going to go to war because it is the only solution that Bush and his people can see.
The ominous perspective that opens, therefore, is that North America is going to become a banana mega-republic where the army will have more and more importance in the lives of the Americans. It will be an increasingly larger encrustation in the North American system. And before everything is over, democracy, noble and delicate as it is, can give way. My long experience with human nature – I am now eighty years old – suggests that it is possible that fascism, not democracy, is the natural state.
In reality, democracy is the special condition: a condition that we will be called to defend in the years to come. That will be enormously difficult because the combination of the corporation, the military and the complete investiture of the flag with sports for mass spectators have already planted a pre-fascist atmosphere in North America.
Democracy, more than any other political system, depends on a minimum of honesty. Lately, he is largely at the mercy of a leader who has never been ashamed of himself. What can be said about a man who spent two years in the National Guard’s air force (as a way of not having to go to Vietnam) and proceeded – like many other rich and spoiled daddy’s sons – not to bother appear to fulfill their duty in their second year of service? Most of us have episodes in our youth that can embarrass us when we reflect. It is a mark of maturation that we do not try to take advantage of our early failures and vices but that we try to learn from them. Bush proceeded, however, to turn his declaration of the end of the campaign in Iraq into a tremendous fashion show.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.