Últimos testigos — Svetlana Alexiévich / Secondhand Time: The Last Of The Soviets by Svetlana Alexievich

Todos los libros de la bielorrusa premio Nobel 2015, son como un cuadro de Goya, crudos pero de gran realismo y con pinceladas de la gente del pueblo nos habla de la II G.M., con sus pinceladas nos va tejiendo la verdad y no gusta y afecta al lector pero así es esta magnífica escritora donde todos sus libros enseñan más que el lado oscuro del ser humano.
A qué huele la guerra, sin duda es difícil de definir, pero sin duda gran definición esta de la guerra ha quedado grabada en mi memoria con el aspecto de una hoguera… Ardía y ardía. Infinitamente.
Nos reuníamos, todos éramos pequeños… ¿Sabe de qué hablábamos? De que antes de la guerra nos encantaban los bollos y el té dulce, y de que ya nunca volveríamos a probarlos. Lo que si nos cuenta es en la rapidez en alistar a su hermano, padre desestructurar las familias y siempre al acecho como buitres la muerte. La crudeza del día a día se plasma:
Bebíamos agua de los pantanos y zanjas. Llegaron las enfermedades intestinales. Yo también caí enferma. Pasé tres días inconsciente… Después mamá me contó cómo me habían salvado. Fue cuando paramos en Briansk. En la vía de ferrocarril paralela estaba estacionado un tren militar. Mi madre tenía veintiséis años, era muy guapa. Nuestro tren hacía una parada muy larga. Ella bajó del vagón y un oficial del otro tren le echó un piropo. Mamá le pidió: «Por favor, déjeme, no tolero ver su sonrisa. Mi hija se está muriendo». Resulta que el oficial era un técnico en medicina. Subió a nuestro vagón, me examinó y llamó a un compañero: «Tráeme rápidamente un poco de té, pan seco y belladona». Ese pan seco de los soldados, un litro de té cargado y unas cuantas pastillas de belladona me salvaron la vida.

La crueldad es la tónica constante, —Le partieron el cráneo, los sesos salieron disparados, yo los recogí con las manos… Eran muy, muy blancos.
Estuvo con nosotros dos días. Y siempre relataba lo mismo… Lo repetía sin parar… En esos dos días todo el pelo se le volvió blanco. Mi madre se sentaba con la tía Katia y la abrazaba, y ella también lloraba. Yo acariciaba el pelo de mamá. Tenía miedo. Temía que mamá también se volvería toda blanca…

Estallaban las bombas y yo me agarraba a mi hermano mayor: «¡Quiero vivir! ¡Quiero vivir!». Me daba mucho miedo morir, aunque ¿qué podía saber yo sobre la muerte? ¿Qué podía saber?
Lo recuerdo…
Mamá nos dio, a mi hermano y a mí, las dos últimas patatas que quedaban; ella solo nos miraba. Nosotros sabíamos que esas patatas eran las últimas. Quise dejarle… un trocito pequeño… y no pude. Mi hermano tampoco… Los dos nos sentíamos avergonzados. Sentíamos muchísima vergüenza.

Sin duda el instinto primario se ve en las páginas, pogromos, familias destrozadas… Los aviones nos disparaban a quemarropa…
Mi prima, que tenía diez años, llevaba en brazos a nuestro hermano de tres. Corría, corría, le fallaron las fuerzas y se cayó. Pasaron toda la noche tumbados en la nieve; él murió congelado, ella sobrevivió. Cavaron un hoyo para enterrarlo, y ella no lo permitía: «¡Míshenka, no te mueras! ¿Por qué te estás muriendo?».
Nos habíamos escapado de los alemanes, vivíamos en un pantano…, en una especie de islitas… Nos construimos unas cabañas. Eran pequeñas: unos troncos formando una pirámide y un agujero arriba de todo. Para la salida del humo. Y debajo, la tierra. El agua. Esas cabañas nos servían de casa en invierno y en verano. Dormíamos sobre un lecho de ramas de pino. Una vez regresamos a casa con nuestra madre, queríamos coger algunas cosas. Allí estaban los alemanes. Nos detuvieron a todos y nos metieron en el edificio de la escuela. Nos obligaron a ponernos de rodillas y nos apuntaron con las ametralladoras. Nosotros, los niños, éramos igual de altos que las ametralladoras.

La guerra pese a su fin tiene un sabor agridulce. Nací durante la guerra. Y crecí durante la guerra.
Pues bien… Esperábamos a que nuestro padre volviera de la guerra…
Mi madre había intentado de todo: me rapaba la cabeza, me untaba con queroseno, me ponía cremas. Yo me odiaba desesperadamente. Me daba vergüenza. Ni siquiera bajaba a jugar al patio. Los piojos y los forúnculos del primer año de posguerra… No había forma de librarse de ellos…
Y de pronto recibimos ese telegrama: mi padre se licenciaba. Fuimos a recibirlo a la estación de tren. Mi madre me puso un vestido muy bonito. Me puso un lazo rojo en la coronilla. A saber cómo logró que se me quedara ahí sujeto. No paraba de sermonearme: «Deja de rascarte. Deja de rascarte». ¡El picor era insoportable! Y el maldito lazo amenazaba con caerse. Y, para colmo, dentro de la cabeza tenía un solo pensamiento: ¿y si no me quiere?… Muchos siempre esperarían a su padre en busca de muñecas, además en montones de ataúdes se metía a los vecinos y amigos…

Quizás las muñecas quieran hacernos digerir las heridas de la guerra pero sin duda cada novela de la autora nos muestra los cimientos más profundos que no cuenta la historia y que sin duda deben ser contados.

All books of the Belarusian Nobel Prize 2015, are like a painting by Goya, crude but of great realism and with brushstrokes of the people of the town tells us about the GM II, with their brushstrokes we are weaving the truth and do not like and affect to the reader but this is how this magnificent writer is, where all her books teach more than the dark side of the human being.
What the war smells, it is certainly difficult to define, but no doubt this definition of war has been engraved in my memory with the appearance of a bonfire … It burned and burned. Infinitely.
We met, we were all children … Do you know what we were talking about? That before the war we loved the buns and the sweet tea, and that we would never try them again. What he does tell us is how quickly he enlists his brother, father, deconstructing families and always lurking like death vultures. The harshness of day to day is reflected:
We drank water from the swamps and ditches. Intestinal diseases arrived. I fell ill too. I spent three days unconscious … Later, Mom told me how they had saved me. It was when we stopped at Briansk. A military train was stationed on the parallel railroad track. My mother was twenty-six, she was very pretty. Our train made a very long stop. She got off the car and an official from the other train gave her a compliment. Mama asked him: «Please, leave me, I can not tolerate seeing your smile. My daughter is dying ». It turns out that the officer was a medical technician. He got into our car, examined me and called a companion: “Bring me some tea, dry bread and belladonna quickly.” That dry bread of the soldiers, a liter of loaded tea and a few belladonna pills saved my life.

Cruelty is the constant tonic, “They split the skull, brains went out, I picked them up with their hands … They were very, very white.
He was with us two days. And he always told the same thing … He repeated it without stopping … In those two days all the hair turned white. My mother sat with Aunt Katia and hugged her, and she also cried. I was stroking Mama’s hair. I was afraid I was afraid that mom would also turn all white …

The bombs exploded and I clung to my older brother: «I want to live! I want to live!”. I was very afraid to die, but what could I know about death? What could I know?
I remember…
Mama gave me, my brother and me, the last two potatoes that were left; she just looked at us. We knew that these potatoes were the last. I wanted to leave him … a small piece … and I could not. My brother did not either … We both felt ashamed. We felt a lot of shame.

No doubt the primary instinct is seen in the pages, pogroms, broken families … The planes shot us at point-blank range …
My cousin, who was ten years old, was carrying our brother of three. He ran, he ran, his strength failed and he fell. They spent the whole night lying in the snow; He died frozen, she survived. They dug a hole to bury it, and she did not allow it: “Mishchenka, do not die! Why are you dying? ».
We had escaped from the Germans, we lived in a swamp … in a kind of little islands … We built some cabins. They were small: trunks forming a pyramid and a hole above everything. For the exit of the smoke. And below, the earth. Water. Those cabins served us in winter and summer. We slept on a bed of pine branches. Once we returned home with our mother, we wanted to take some things. There were the Germans. They arrested us all and put us in the school building. They forced us to get on our knees and point us with the machine guns. We children were as tall as machine guns.

The war despite its end has a bittersweet taste. I was born during the war. And I grew up during the war.
Well … We were waiting for our father to return from the war …
My mother had tried everything: she shaved my head, anointed me with kerosene, put creams on me. I hated myself desperately. I was ashamed. I did not even go down to play in the yard. The lice and boils of the first year of postwar … There was no way to get rid of them …
And suddenly we received that telegram: my father was licensed. We went to meet him at the train station. My mother put a very nice dress on me. He put a red ribbon on my crown. To know how he got me to stay there subject. He did not stop lecturing me: “Stop scratching yourself. Stop scratching ». The itching was unbearable! And the damn lasso threatened to fall. And, to top it all off, inside his head he had only one thought: what if he does not love me? … Many would always wait for his father in search of dolls, and in lots of coffins he would get into his neighbors and friends …

Maybe the dolls want to make us digest the wounds of war but no doubt each author’s novel shows us the deepest foundations that do not tell the story and that certainly must be told.

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