Los Simpson y la filosofía — William Irwin & Conard & Skoble

Este es un magnífico libro, releído y donde me río más de una vez y me parece el mejor libro sobre los Simpson.
El caso de Homer Simpson no pinta bien desde el punto de vista del recuento aristotélico de las virtudes (y no tengo intención de revocar este dictamen más adelante, de modo que no esperéis alguna salvedad ingeniosa que permita reivindicarlo). Para empezar, tómese la templanza (moderación) que, en principio (aunque esto podría discutirse), indica la capacidad de moderar los apetitos corporales. No es necesaria una observación aguda para darse cuenta de cuán lejos está Homer de poseer esta virtud. En lo relativo a sus apetitos, no sólo no se trata de un virtuoso, sino que decididamente es un vicioso, sobre todo en cuanto a su ingesta de comida y bebida, no así en cuanto a su actividad sexual. Sus deseos lo llevan constantemente a atiborrarse de alimentos, y él sucumbe de buen grado a esos deseos.
Homer además carece de sensibilidad hacia las necesidades y solicitudes de los demás; le faltan amabilidad y sentido de la justicia.
Homer carece de un elemento crucial para el razonamiento práctico: la capacidad de organizar la propia vida alrededor de metas importantes y valiosas, y de intentar cumplirlas según unas normas morales y de modo responsable. Sin duda posee numerosos sueños vitales, como convertirse en conductor de ferrocarril («Marge contra el monorraíl») y ser dueño de los Dallas Cowboys («Sólo se muda dos veces»), pero los sueños no son metas, y Homer no tiene ninguna. En todo caso, no se ha planteado alguna que valga la pena alcanzar. Parece contentarse con ser un incompetente inspector de seguridad del sector 7G de la planta de energía nuclear del señor Burns, mientras observa cómo promueven por encima de él a algunos de sus subordinados.
No es mala persona; aunque no sea un modelo de virtud, tampoco es malévolo. La reacción más extrema que podemos experimentar hacia él es lástima, y ello al menos por dos motivos. El primero es que su educación deja bastante que desear. Para empezar, creció en Springfield, una ciudad cuyos habitantes —con la rara excepción de Lisa— poseen serios defectos de carácter, que van de la estupidez a la malevolencia, pasando por la sencilla ineptitud y la completa ignorancia sobre cómo funciona el mundo (y esto se puede aplicar incluso a Marge, que si bien, al igual que Lisa, puede resultar excepcional entre los habitantes de Springfield, no deja de ser convencional y a menudo carece de espíritu crítico).
El amor de Homer a la vida se destaca como una cualidad especialmente en esta época, cuando la corrección política, el exceso de buenas maneras, la falta de voluntad de juzgar a los demás, la obsesión por la salud física y el pesimismo a propósito de lo bueno y placentero de la vida son más o menos la regla general. En esta época, Homer Simpson, en el parachoques de cuyo coche hay un adhesivo que dice «soltero y respondón», deslumbra porque abiertamente desobedece las «verdades» del día: no es políticamente correcto, está más que encantado de juzgar a los demás y, desde luego, no parece obsesionado con su salud. Estos rasgos tal vez no lo conviertan en una persona admirable, pero sí lo vuelven admirable en cierto modo y, lo que es más importante, nos hacen anhelar su presencia y la de todos los Homer Simpson del mundo.

La sociedad estadounidense en general mantiene una relación de amor y odio hacia los intelectuales. Por una parte, se respeta la figura del profesor o del científico, pero, por otra, se abriga un resentimiento profundo hacia la «torre de marfil» o lo «culto»; se adopta una actitud defensiva ante las personas inteligentes o instruidas. Los ideales republicanos de los padres fundadores presuponen la existencia de una ciudadanía ilustrada y, sin embargo, aún hoy, basta enunciar el análisis menos sofisticado de la política actual para ser tachado de «elitista».
Homer es un clásico ejemplo de memo antiintelectual, al igual que su hijo y casi todos sus conocidos, mientras que su hija, Lisa, no sólo es prointelectual, sino precoz, en extremo inteligente, sofisticada y a menudo más brillante que quienes la rodean. Naturalmente, sus compañeros del colegio se burlan de ella y los adultos en general no le hacen caso. Sin embargo, su programa de televisión favorito es el mismo que el de su hermano Bart, una serie animada violenta y estúpida. En mi opinión, el modo en que se trata a Lisa en Los Simpson da cuenta de la relación de amor y odio que la sociedad estadounidense mantiene con los intelectuales.

Maggie Simpson no tiene el don del lenguaje y no habla. En el siglo XX, los filosófos interesados en definir el papel de la humanidad en el universo indagaron sobre la relación entre las palabras y los pensamientos. ¿Cómo pensamos si no es mediante las palabras?.
Si Maggie crece con una baja autoestima, no toda la culpa será de Marge. Homer no es el típico padre amoroso; no puede esperarse mucho afecto de alguien que canta «soy buen padre, lo reconocerán: la birra es mi pasión, cada cual a su afición.
En un mundo donde la burocracia sigue creciendo y existe un exceso de información, también nosotros corremos el peligro de que nuestras voces se ahoguen. El gran reto de las sociedades contemporáneas, tanto orientales como occidentales, consiste en descubrir la manera de respetar los proyectos del otro de manera crítica, permitiendo que todas las voces se escuchen. Antes que ser tolerantes, tendríamos que prestar atención. De lo contrario, cada vez habrá más personas que, como Maggie Simpson, se sientan relegadas a los márgenes de la sociedad y busquen medios más destructivos para comunicarse. Y en el mundo real, no siempre podemos volver a ponernos en pie con tanta facilidad.

Marge se destaca como una piedra de toque de la moralidad. Para solventar los dilemas que se le presentan, sencillamente deja que la razón oriente su conducta hacia un ponderado y admirable equilibrio entre los extremos. Se diferencia de Flanders porque éste siempre acata lo que la religión ordena sin importar si a él le parece bien hacerlo. Marge es religiosa, pero su conciencia, bien desarrollada, le permite hacer sólo aquello que haría una persona decente y razonable, incluso cuando sus decisiones entran en conflicto con las directrices impuestas por la autoridad de su credo. Lo anterior sugiere que la filosofía moral implícita en las acciones de Marge podría tener mucho en común con la del gran filósofo de la antigüedad Aristóteles.
Marge ilustra de forma óptima los rasgos virtuosos que expone Aristóteles. En primer lugar, sin duda se trata de una mujer valiente. Al desmantelar un mercado clandestino de vaqueros de imitación que funciona en el garaje de la familia («Springfield Connection»), escapar de una comuna de fanáticos («La alegría de la secta») o mantener la calma en los momentos de Poe-sesión («Especial noche de Brujas»), a Marge rara vez le falta coraje. Su tendencia a la moderación determina todos los aspectos de su vida cotidiana, y por eso compra en tiendas de saldos como Safeway y Ogdenville («Escenas de la lucha de clases en Springfield»). Por último, su marcado sentido de la honradez le cuesta millones de dólares de una posible indemnización a la familia Simpson («Un coche atropella a Bart»). En estos ejemplos y en muchos otros, Marge exhibe los rasgos que Aristóteles consideraba necesarios para el carácter virtuoso.
Al enumerar las virtudes, el filósofo las describe como el justo medio entre dos extremos viciosos, uno por exceso y el otro por defecto.
¿Es Marge el modelo aristotélico? No, pues al igual que ocurre con los demás personajes de Los Simpson, no es posible definirla de una vez por todas. Siempre está dispuesta a decir o hacer algo que dé pie al chiste de Homer o Bart, aunque no parezca coherente con su propio papel. De hecho, cada uno de los personajes de Los Simpson está lleno de contradicciones, y esto se debe a la propia índole del programa.

Bart Simpson no es un niño adorable y travieso que de forma inadvertida acabe metiéndose en problemas, no es un rebelde con un gran corazón. Es un delincuente astuto, un chico malo que viste pantalones cortos de color azul, un corruptor, un vasallo de Satanás (si creéis en esas cosas).
Probablemente os parezca que su hermana Lisa es la virtuosa. Es inteligente, talentosa, muy lógica, racional, sensible. Tiene principios: combate la injusticia allí donde la encuentra. Es vegetariana porque cree en los derechos de los animales, se enfrenta a los excesos de avidez del señor Burns y muestra amor y compasión hacia sus amigos y hacia los miembros de su familia y, a decir verdad, para con todos los menos afortunados. Lisa es la chiquilla que nos gusta querer.
Lisa interpreta el papel de Sócrates, el teórico optimista. Confrontada con el mundo caótico e insondable que la rodea, sigue creyendo que la razón no sólo la ayudará a comprender ese mundo, sino también a corregirlo. Intenta defender los derechos de los animales, curar al señor Burns de su codicia y a Homer de su ignorancia. Busca moldear el carácter de Bart, enseñarle a ser virtuoso.
Nietzsche es el chico malo de la filosofía, y Bart es el chico malo de Springfield. Sin duda, Bart desafía la autoridad, y rechaza.
La identidad de Bart se ha forjado sobre su rebeldía, el desafío a la autoridad. Por consiguiente, cuando la autoridad desaparece, Bart pierde su identidad, ya no sabe quién o qué es. Curiosamente, en su enorme sabiduría, Lisa le recomienda que se invente una nueva identidad, esta vez dócil y bondadosa, la del santurrón, presumiblemente a la manera de Ned Flanders, alguien que se deje pisotear por otras personas (como Homer). Como no tiene idea de por dónde comenzar, Bart le pide a Lisa que le explique cómo hacerlo. Y, de nuevo, en lugar de encarnar el ideal nietzscheano del que se crea y se supera a sí mismo, el ser que activamente confiere un estilo a su personaje y forja nuevos valores, Bart sigue intentando distinguirse mediante la reacción.
Bart tal vez no sea más que parte integrante de la decadencia y el nihilismo que dominan en nuestro tiempo. Y, en ese sentido, podemos verlo como una especie de ejemplo cautelar, el personaje que encarna aquello de lo que Nietzsche quería advertirnos. Sin embargo, para terminar con una nota más alegre, aunque no se trate de nuestro héroe nietzscheano y antes parezca encarnar la decadencia nihilista, Los Simpson como un todo tal vez sea más que eso. Nuestras vidas y nuestro mundo no son menos caóticos y absurdos que en la antigüedad griega.

Las alusiones de Los Simpson resultan sumamente «estadounidenses», lo son en un sentido muy poco halagador, pues hacen referencia a una sociedad de comida rápida, a cuya opinión pública no le gusta «pensar demasiado». En muchos casos, aunque no siempre, las alusiones son bastante explícitas. Canciones como The End o Hot Blooded funcionan como guiños a otras formas de arte popular y no exigen gran esfuerzo ni conocimientos esotéricos a la audiencia, que sencillamente debe captar las referencias. Los Simpson a menudo señala a personas reales o ficticias, como Ron Howard, Daniel el Travieso o los Red Hot Chili Peppers, y con frecuencia este recurso funciona gracias a los dobles sentidos: el espectador debe saber por qué dichos personajes son graciosos, no sólo reconocer su aparición en una secuencia. Por ejemplo, David Crosby ha prestado voz a su personaje animado en varios episodios, casi siempre en un contexto de rehabilitación o terapia.
El citacionismo y la hiperironía son recursos predominantes, interdependientes y responsables por igual del funcionamiento del humor en Los Simpson. La imagen de la serie es deprimente porque he definido su humor de modo negativo, como un humor de la crueldad y la condescendencia, aunque se trate de una crueldad y una condescendencia sin duda hilarantes.

Desde luego, se debe reconocer que los episodios de Los Simpson a menudo formulan una parodia vigorosa de la televisión, la familia y toda una serie de instituciones y convenciones culturales. Por lo tanto, una deconstrucción del texto que se tome demasiado en serio se arriesga a obliterar el humor y el mordaz comentario social que, ante una audiencia demográficamente plural, han sustentado la serie a lo largo de once temporadas. Con todo, Los Simpson exige un análisis que la sitúe en el mismo género de comedia de situación televisiva que a menudo y de manera tan evidente parodia.
Existen tantos ejemplos de hipocresía evidente y extrema en Los Simpson que sería un despropósito intentar abarcarlos en su totalidad. Sin embargo algunos de ellos son pertinentes, en especial porque solemos asociar la hipocresía ante todo a la corrupción en la política, los negocios y la religión.

Los Simpson opera del mismo modo que otras ficciones por cuanto dirige nuestra atención hacia los individuos y revela ciertas emociones al provocarlas. Es interesante resaltar que el efecto pedagógico de la serie deriva, precisamente, de la combinación que ésta lleva a cabo de otros muchos elementos que podrían inducir a algunas personas a juzgarla de manera negativa.
El primer rasgo opinable de la serie en tal sentido sería la normalidad de los personajes y locaciones de Los simpson. Aunque se trate de caricaturas extremas, los personajes y el contexto de la serie indudablemente pertenecen a la media. Homer es el padre de clase trabajadora, algo lerdo pero entrañable.
Los hijos de Homer y Marge, a saber, Bart, Lisa y Maggie, ejemplifican respectivamente la individualidad, el ingenio y el egoísmo del niño medio. Además, su relación ilustra muy bien el conflicto, la complicidad y la competición que suelen caracterizar las relaciones entre hermanos. Por último, el escenario de Springfield y el hogar de la familia Simpson resultan inocuos en su mediocridad.

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