De alemanes a nazis (1914-1933) — Peter Fritzsche / Germans Into Nazis (1914-1933) by Peter Fritzsche

Este es un magnífico libro sobre el apoyo popular de Alemania al nazismo, existen muchos libros pero este releído Ada cierto tiempo es claro, breve y conciso.
La declaración de guerra produjo un sentimiento de alemanidad que lo llenó de éxtasis. Durante todo el resto de su vida Hitler luchó por recuperar ese sentimiento de unión inconmovible, basado en un nacionalismo de origen étnico y en el autosacrificio del pueblo. A sus ojos, el verano de 1914 fue verdaderamente histórico porque había creado un nuevo sujeto histórico en la historia del mundo —el Volk alemán— un sujeto liberado de las trabas de la historia y de las injusticias del pasado y finalmente unificado para reclamar como suyo un destino imperial. 1914 siguió siendo, durante mucho tiempo, un modelo de lo que podía alcanzar la movilización popular.
Los nazis derrotaron a los nacionalistas conservadores (que también eran antisemitas) y a los socialdemócratas (que no lo eran) porque eran innovadores en lo ideológico. Los nazis obtuvieron mayorías tan decisivas en las elecciones de 1932 y 1933, no porque proveyeran las instrucciones operativas para llevar a cabo lo que ya estaba en la mente de todos, sino porque se apartaron de las tradiciones políticas establecidas, en el sentido de que fueron identificados de inmediato con una forma claramente popular de nacionalismo étnico y con las reformas sociales básicas que la mayoría de los alemanes anhelaba para lograr el bienestar popular.

No hubo jamás una simple identidad alemana a la espera de ser transformada en un nacionalismo articulado por la fuerza de grandes acontecimientos. Alemania siempre fue algo muy distinto para bávaros, sajones y prusianos o, llegado el caso, para granjeros, trabajadores y maestros de escuela, o para hombres y mujeres. Sin embargo, en los primeros años del siglo XX, los alemanes, que compartían una incipiente cultura de consumo y observaban las mismas imágenes en la prensa nacional, se volvieron cada vez más parecidos entre sí. Su deseo de símbolos nacionales comunes, de un himno oficial o un feriado nacional oficial, también se volvió más pronunciado. La consolidación de esa identidad nacional no oficial, gestada desde abajo, es lo que los observadores y los participantes creyeron estar presenciando desde julio y agosto de 1914.

La guerra pertenecía a todos, y se convirtió en la trama personal de 66 millones de vidas individuales. La guerra también transformó la manera en que los alemanes se veían unos a otros y en que pensaban a la nación. No había un solo alemán adulto que no tuviese una conexión íntima con la conflagración. Entre agosto de 1914 y julio de 1918, 13.123.011 hombres sirvieron en el ejército alemán. Casi el 20% de la población total y el 85% de todos los varones.
La movilización provocada por la guerra estuvo acompañada por una efusiva retórica de armonía nacional y una ola de entusiasmo público. En especial, los activistas de la clase trabajadora recibieron con agrado el reconocimiento explícito que hizo la Burgfrieden de la prioridad de los intereses comunes de los consumidores por encima de los intereses especiales de la industria y la agricultura, y lo consideraron como el primer paso hacia la liberación total.

El resurgimiento del patriotismo sobre el cual se basaba la paz de la fortaleza era evidente, pero la observancia de este sentimiento que supuestamente habría debido seguirle resultó esquiva, porque el patriotismo que manifestaron los alemanes fue obra de su propia acuñación y se ajustaba a nuevas concepciones de nación y ciudadanía que promovían más que desalentaban la participación pública.

La Revolución de noviembre fue ciertamente una de las más pacíficas de la historia. La monarquía había sido derrocada pero sólo se habían perdido quince vidas. Este solo hecho ya habría sido un motivo suficiente de festejo, y los observadores burgueses otorgaron crédito a la revolución con motivo de ello. Sin embargo, se veía poco regocijo en los desfiles y sólo, de tanto en tanto, alguna que otra bandera roja añadía un toque de color a las manifestaciones. Se habían perdido demasiadas vidas en esa guerra absurda y el pueblo había padecido demasiadas privaciones como para que no imperase en las calles una atmósfera de solemnidad. No hubo alegres procesiones a lo largo de Unter den Linden y no se entonaron canciones alrededor de la estatua de Bismarck, como había sucedido en julio de 1914. Mientras que los patriotas en 1914 esperaban alzar sus voces y ofrecer sus servicios a la causa nacional, los revolucionarios de 1918 actuaban para expulsar del poder a una autoridad ilegítima.
No puede caber ninguna duda de que el carácter socialista de la revolución, que resultaba tan evidente en los nuevos consejos de trabajadores y soldados, en las masivas manifestaciones y en las ubicuas banderas rojas, inquietó a los alemanes de clase media. Desde el principio, los enemigos implacables de derecha agitaron el alarmante fantasma de una dictadura del proletariado. Los sentimientos antisocialistas cobraron fuerza durante 1919, mientras la protesta de la clase trabajadora se manifestaba en actos de militancia, como huelgas y rebeliones armadas. Pero no fue sólo el temor lo que dio forma a las actitudes de las clases medias hacia la revolución. Lo que más sorprende de noviembre de 1918 es la enorme circulación que tenían en la prensa no socialista e incluso no liberal términos tales como Volksgemeinschaft (comunidad del pueblo), Volkstaat (estado del pueblo) y Volkspartei (partido del pueblo).

El flagelo de la inflación fue uno de los acontecimientos más traumáticos de la historia de Alemania. Debilitó aún más un sistema parlamentario débil y limitó la futura capacidad del gobierno de Weimar para la promulgación de una legislación social paliativa. Incluso después de que disminuyó la inflación, a fines de 1923, los ciudadanos alemanes no pudieron librarse de la sensación de estar viviendo en un permanente estado de emergencia.
El activismo de las comunidades locales, así como las reuniones partidarias, las campañas de grupos de interés y las marchas de los Stahlhelm indican que los años de posguerra significaron mucho más que el establecimiento formal de la democracia. Por buenas o malas razones, los alemanes se volvieron indiferentes a la República de Weimar, pero no permanecieron inactivos ni apáticos. La verdadera consecuencia de la revolución no fue tanto el gobierno parlamentario que estableció sino la organización y el activismo de miles de ciudadanos que hizo posible. Es más fácil ver la nueva Alemania en la monótona movilización de los grupos de interés, de las asociaciones de veteranos y las filiales de los partidos, y en la autolegitimación de cientos de voces, aunque éstas hayan sido detractoras, reaccionarias y chauvinistas.

El lunes 30 de enero de 1933; Adolf Hitler acababa de ser designado canciller de Alemania y se encontraba en una ventana sobre la Wilhelmstrasse, pasando revista a una versión más nueva, más vasta y más amenazadora de las masas de Alemania. El hecho de que el New York Times también hiciera referencia a panfletos comunistas, luchas con cuchillo, y disparos de armas de fuego servía para que los lectores norteamericanos no se quedaran con la impresión de que el pueblo alemán apoyaba unánimemente a los nazis. De hecho, la mayoría de los observadores en Alemania y en el extranjero predecían otra ronda de enconadas elecciones y sanguinarias riñas callejeras. Pero nadie podía dejar de ver el tamaño inmenso de la multitud fascista.
El espacio público en el que operaban los adversarios de los nazis gradualmente fue disminuyendo. Los militantes socialistas carecían de un sentido de unanimidad, fruto de un espíritu de reconciliación, se encontraban obstaculizados por la policía y las fuerzas paramilitares, y, por consiguiente, causaban mucho menos impacto en el público. A sólo tres semanas de fundado el Tercer Reich, matones nazis atacaban a los socialdemócratas y a los miembros del Reichsbanner con total impunidad; centros de interrogatorio «salvaje», prisiones y campos de concentración distribuyeron una violenta justicia política. La conquista violenta de las calles culminó en el incendio del Reichstag (iniciado por un individuo el 27 de febrero), un acontecimiento fortuito que los nazis utilizaron para proscribir al Partido Comunista, ampliar extensamente el poder de la policía e impedir por otros medios el acceso de los rivales políticos a la esfera pública en la última semana crucial previa a las elecciones del 5 de marzo, que Hitler había convocado para otorgar a los nazis la mayoría parlamentaria que necesitaban.
¿Cómo llegó Alemania a esa situación tan tremenda? En las esferas más altas del poder se cometió todo tipo de equivocaciones, y no en menor medida por decisión de Hindenburg, pero el factor principal que puso fin a la democracia en 1933 fue la fuerza insurgente del nazismo y la amplia atracción popular de sus propuestas políticas, y es este factor el que requiere una explicación. Hasta el día de hoy, tanto el éxito popular de los nazis como la increíble figura de Adolf Hitler siguen siendo un misterio. En la mente de la gente, parecen destacarse dos explicaciones típicas: los duros términos del Tratado de Versalles y las penurias económicas provocadas por la Gran Depresión. Esta línea de razonamiento sugiere que, a pesar de todos los problemas de la sociedad alemana, si los aliados hubiesen sido más razonables o si la caída de la Bolsa de Nueva York no hubiese arrastrado consigo el futuro de la República de Weimar, entonces, el mundo se habría ahorrado conocer a una figura como Adolf Hitler y la destrucción que desencadenó.

En 1933, millones de simpatizantes nazis podían alegar la posesión de un largo historial de activismo político en el que se habían enfrentado a los adversarios comunistas y socialdemócratas o batallado contra las elites conservadoras, incluso en el caso de que no hubiesen actuado como nazis, sino como alguna especie de nacionalistas radicales o de socialistas vagamente místicos. Durante los años veinte, los votantes abandonaron aquellos partidos considerados antipatrióticos o poco inclinados a la reforma social o que carecían de sensibilidad popular. Elección tras elección, en cada una de las cuales no menos de un cuarto del electorado cambiaba de preferencias partidarias, fue conformándose gradualmente una pluralidad «nacionalsocialista». Esa dinámica terminó, en última instancia, por favorecer más a los nacionalsocialistas que a cualquier otro grupo político.
A destacar:
– Los nazis no fueron el resultado de una crisis extraordinaria. Su poder de atracción no puede ser explicado, señalando vagos resentimientos que el pueblo alemán tenía contra los aliados o contra el Tratado de Versalles. Había suficientes partidos que atacaban enérgicamente la posición internacional de Alemania después de la primera guerra mundial; el Partido Nacional Socialista Alemán de los Trabajadores no ocupó un vacío en esta cuestión. Por otro lado, si bien es cierto que el movimiento de Hitler debió gran parte de su impulso revolucionario a la catástrofe económica provocada por la Gran Depresión, la política alemana ya se encontraba extremadamente enturbiada por la llegada de nuevos grupos y partidos políticos antes de la caída de la Bolsa de Nueva York en 1929.
– rechazando la idea de que los nazis simplemente pusieron en funcionamiento prejuicios culturales compartidos por la mayoría de los alemanes. El antisemitismo ciertamente era un sentimiento corriente en la Alemania de Weimar, probablemente más común que en los años de preguerra, pero este solo hecho no explica por qué la gente votó a Hitler o siquiera por qué la mayoría de los activistas se unieron al partido. Los judíos alemanes no figuraban entre los temas conflictivos que los nazis enarbolaban contra otros grupos políticos ni entre los gestos más espectaculares de la actividad partidaria de la que participaban tantos ciudadanos. Como tampoco supuestas inclinaciones antidemocráticas o militaristas de los alemanes nos explican por qué estas inclinaciones habrían favorecido a los nazis en vez de a los políticos autoritarios tradicionales.
– El nacionalsocialismo proponía regenerar la nación, aunque la atracción que ejercía esa renovación no era la misma para todos los ciudadanos alemanes. Precisamente porque su intención era renovar, los nazis repudiaban tradiciones más antiguas y consideradas menos progresistas. De forma más evidente, fueron los adversarios implacables de los socialdemócratas y los vencedores finales de una contienda abiertamente ideológica con la izquierda. Al mismo tiempo, los nazis rompieron con los administradores liberales del estado, con los conservadores sociales, y con los autoritarios tradicionales. Sentían tan poco afecto por el Kaiserreich como por la República de Weimar. En suma, los nazis fueron innovadores ideológicos. El Partido Nacional Socialista Alemán de los Trabajadores respondió de una manera efectiva a las demandas políticas de soberanía política y reconocimiento social, e insistió en el hecho de que esos objetivos podían ser alcanzados a través de la unión nacional, lo que brindaría a los alemanes un sentido mancomunado y abarcativo de identidad colectiva y un fuerte papel en la política internacional.
Fue la enorme amplitud de ese programa de renovación lo que hizo que los nazis se destacaran del resto de los partidos políticos.
– El nacionalsocialismo echaba sus raíces en la imaginación de la gente porque apelaba a las aspiraciones populares que habían quedado frustradas desde la unificación de Alemania y a virtudes solidarias engendradas por la primera guerra mundial. Al congregar el amplio respaldo de la sociedad alemana, amenazaba también a grupos políticos muy definidos y rechazaba las prerrogativas cívicas de ciudadanos que no querían o no podían pertenecer al nuevo estilo de comunidad nacional. De ese modo, a la vez que los nazis preconizaban un nacionalismo integral de características casi redentoras, crearon nuevas categorías de marginados, de enemigos y de víctimas. El nazismo no fue un fenómeno ni accidental ni unánime.

This is a magnificent book about Germany’s popular support for Nazism, there are many books but this re-read Ada some time is clear, brief and concise.
The declaration of war produced a feeling of Germanness that filled him with ecstasy. Throughout the rest of his life Hitler struggled to regain that sense of unwavering union, based on a nationalism of ethnic origin and the self-sacrifice of the people. In his eyes, the summer of 1914 was truly historic because he had created a new historical subject in the history of the world – the German Volk – a subject freed from the fetters of history and the injustices of the past and finally unified to claim as his own an imperial destiny. 1914 remained, for a long time, a model of what popular mobilization could achieve.
The Nazis defeated the conservative nationalists (who were also anti-Semitic) and the Social Democrats (who were not anti-Semitic) because they were ideologically innovative. The Nazis obtained such decisive majorities in the elections of 1932 and 1933, not because they provided the operational instructions to carry out what was already on everyone’s mind, but because they departed from established political traditions, in the sense that they were immediately identified with a clearly popular form of ethnic nationalism and with the basic social reforms that most Germans craved to achieve popular well-being.

There was never a simple German identity waiting to be transformed into a nationalism articulated by the force of great events. Germany was always something very different for Bavarians, Saxons and Prussians or, where appropriate, for farmers, workers and school teachers, or for men and women. However, in the early years of the twentieth century, the Germans, who shared an incipient culture of consumption and observed the same images in the national press, became increasingly similar to each other. His desire for common national symbols, an official anthem or an official national holiday, also became more pronounced. The consolidation of this unofficial national identity, developed from below, is what observers and participants thought they had been witnessing since July and August 1914.

The war belonged to everyone, and became the personal plot of 66 million individual lives. The war also transformed the way the Germans saw each other and what they thought of the nation. There was not a single adult German who did not have an intimate connection with the conflagration. Between August 1914 and July 1918, 13,123,011 men served in the German army. Almost 20% of the total population and 85% of all males.
The mobilization provoked by the war was accompanied by an effusive rhetoric of national harmony and a wave of public enthusiasm. In particular, working-class activists welcomed the Burgfrieden’s explicit recognition of the priority of the common interests of consumers over the special interests of industry and agriculture, and considered it the first step towards the total liberation.

The resurgence of patriotism on which the peace of the fortress was based was evident, but the observance of this feeling that supposedly should have followed him was elusive, because the patriotism that the Germans manifested was the work of their own coinage and was adjusted to new conceptions of nation and citizenship that promoted rather than discouraged public participation.

The November Revolution was certainly one of the most peaceful in history. The monarchy had been overthrown but only fifteen lives had been lost. This fact alone would have been a sufficient reason for celebration, and the bourgeois observers gave credit to the revolution because of it. However, there was little rejoicing in the parades and only, from time to time, the odd red flag added a touch of color to the demonstrations. Too many lives had been lost in this absurd war and the people had suffered too much deprivation so that an atmosphere of solemnity did not prevail in the streets. There were no merry processions along Unter den Linden and no songs were sung around Bismarck’s statue, as had happened in July 1914. While the patriots in 1914 hoped to raise their voices and offer their services to the national cause, the revolutionaries of 1918 acted to expel an illegitimate authority from power.
There can be no doubt that the socialist character of the revolution, which was so evident in the new workers ‘and soldiers’ councils, in the massive demonstrations and in the ubiquitous red flags, disturbed the middle-class Germans. From the very beginning, implacable enemies on the right agitated the alarming ghost of a dictatorship of the proletariat. Antisocialist feelings gained strength during 1919, while the protest of the working class manifested itself in acts of militancy, such as strikes and armed rebellions. But it was not only fear that shaped the attitudes of the middle classes toward revolution. What is most surprising in November 1918 is the enormous circulation in the non-socialist and even non-liberal press of terms such as Volksgemeinschaft (community of the people), Volkstaat (state of the people) and Volkspartei (people’s party).

The scourge of inflation was one of the most traumatic events in the history of Germany. It further weakened a weak parliamentary system and limited the future capacity of the Weimar government for the enactment of palliative social legislation. Even after inflation eased, by the end of 1923, German citizens could not escape the feeling of living in a permanent state of emergency.
The activism of the local communities, as well as party meetings, interest group campaigns and the Stahlhelm marches indicate that the post-war years meant much more than the formal establishment of democracy. For good or bad reasons, the Germans became indifferent to the Weimar Republic, but they did not remain inactive or apathetic. The real consequence of the revolution was not so much the parliamentary government that established but the organization and activism of thousands of citizens that made it possible. It is easier to see the new Germany in the monotonous mobilization of interest groups, associations of veterans and affiliates of the parties, and the self-legitimization of hundreds of voices, although these have been detractors, reactionaries and chauvinists.

Monday, January 30, 1933; Adolf Hitler had just been appointed Chancellor of Germany and was in a window on the Wilhelmstrasse, reviewing a newer, larger and more threatening version of the masses of Germany. The fact that the New York Times also referred to communist pamphlets, knife fights, and gun shots served to keep American readers from feeling that the German people unanimously supported the Nazis. In fact, most observers in Germany and abroad predicted another round of bitter elections and bloody street brawls. But nobody could stop seeing the immense size of the fascist crowd.
The public space in which the opponents of the Nazis operated gradually diminished. The socialist militants lacked a sense of unanimity, the fruit of a spirit of reconciliation, they were hampered by the police and the paramilitary forces, and, consequently, they caused much less impact on the public. Only three weeks after the founding of the Third Reich, Nazi thugs attacked the Social Democrats and the members of the Reichsbanner with total impunity; “Savage” interrogation centers, prisons and concentration camps distributed violent political justice. The violent conquest of the streets culminated in the burning of the Reichstag (initiated by an individual on February 27), a fortuitous event that the Nazis used to outlaw the Communist Party, extensively expand the power of the police and prevent access by other means from political rivals to the public sphere in the last crucial week before the March 5 elections, which Hitler had summoned to grant the Nazis the parliamentary majority they needed.
How did Germany get into such a tremendous situation? In the highest spheres of power, all kinds of mistakes were made, and not to a lesser extent by Hindenburg’s decision, but the main factor that put an end to democracy in 1933 was the insurgent force of Nazism and the wide popular appeal of its proposals. policies, and it is this factor that requires an explanation. To this day, both the popular success of the Nazis and the incredible figure of Adolf Hitler remain a mystery.
In the minds of the people, two typical explanations seem to stand out: the harsh terms of the Treaty of Versailles and the economic hardships caused by the Great Depression. This line of reasoning suggests that, in spite of all the problems of German society, if the allies had been more reasonable or if the fall of the New York Stock Exchange had not brought with it the future of the Weimar Republic, then the The world would have saved itself from knowing a figure like Adolf Hitler and the destruction that it unleashed.

In 1933, millions of Nazi sympathizers could claim possession of a long history of political activism in which they had confronted communist and social democratic opponents or battled conservative elites, even if they had not acted as Nazis, like some kind of radical nationalists or vaguely mystical socialists. During the twenties, voters abandoned those parties considered unpatriotic or little inclined to social reform or lacking popular sensibility. Election after election, in each of which no less than a quarter of the electorate changed party preferences, a “National Socialist” plurality was gradually conformed. This dynamic ultimately ended up favoring the National Socialists more than any other political group.
Highlight:
– The Nazis were not the result of an extraordinary crisis. Its power of attraction can not be explained, pointing out vague resentments that the German people had against the allies or against the Treaty of Versailles. There were enough parties that energetically attacked Germany’s international position after the First World War; the National German Socialist Workers Party did not occupy a vacuum on this issue. On the other hand, while it is true that the Hitler movement owed much of its revolutionary impulse to the economic catastrophe caused by the Great Depression, German politics was already extremely muddied by the arrival of new groups and political parties before the fall of the New York Stock Exchange in 1929.
– rejecting the idea that the Nazis simply put into operation cultural prejudices shared by the majority of Germans. Anti-Semitism was certainly a common feeling in Weimar Germany, probably more common than in the pre-war years, but this fact alone does not explain why people voted for Hitler or even why most activists joined the party. German Jews were not among the conflicting issues that the Nazis raised against other political groups or among the most spectacular gestures of party activity in which so many citizens participated. Nor are so-called antidemocratic or militaristic inclinations of the Germans explaining to us why these inclinations would have favored the Nazis instead of the traditional authoritarian politicians.
– National Socialism proposed to regenerate the nation, although the attraction that exerted that renewal was not the same for all German citizens. Precisely because their intention was to renew, the Nazis repudiated older traditions and considered less progressive. Most obviously, they were the relentless adversaries of the Social Democrats and the final winners of an openly ideological contest with the left. At the same time, the Nazis broke with the liberal administrators of the state, with the social conservatives, and with the traditional authoritarians. They had as little affection for the Kaiserreich as for the Weimar Republic. In short, the Nazis were ideological innovators. The German National Socialist Workers’ Party responded effectively to the political demands of political sovereignty and social recognition, and insisted on the fact that those objectives could be achieved through the national union, which would give the Germans a joint and comprehensive sense of collective identity and a strong role in international politics.
It was the enormous breadth of this renewal program that made the Nazis stand out from the rest of the political parties.
– National Socialism was rooted in the imagination of the people because it appealed to popular aspirations that had been frustrated since the unification of Germany and solidarity virtues engendered by the First World War. By rallying the broad support of German society, it also threatened very defined political groups and rejected the civic prerogatives of citizens who did not want or could not belong to the new style of national community. In this way, while the Nazis advocated an integral nationalism with almost redeeming characteristics, they created new categories of marginalized, enemies and victims. Nazism was not a phenomenon neither accidental nor unanimous.

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