Homo Deus — Yuval Noah Harari / Homo Deus: A Brief History of Tomorrow by Yuval Noah Harari

Todos los libros de este autor me parecen magníficos y lo interesante es en esta nueva obra que se adentra en el futuro, no muy tarde quizás el “smartphone” puede conocer más de nosotros mismos y la última parte del libro es más interesante.

A lo largo de miles de años, la respuesta a esta cuestión permaneció invariable. Los mismos tres problemas acuciaron a los pobladores de la China del siglo XX, a los de la India medieval y a los del antiguo Egipto. La hambruna, la peste y la guerra coparon siempre los primeros puestos de la lista. Generación tras generación, los seres humanos rezaron a todos los dioses, ángeles y santos, e inventaron innumerables utensilios, instituciones y sistemas sociales…, pero siguieron muriendo por millones a causa del hambre, las epidemias y la violencia. Muchos pensadores y profetas concluyeron que la hambruna, la peste y la guerra debían de ser una parte integral del plan cósmico de Dios o de nuestra naturaleza imperfecta, y que nada excepto el final de los tiempos nos libraría de ellas.
Sin embargo, en los albores del tercer milenio, la humanidad se despierta y descubre algo asombroso. La mayoría de la gente rara vez piensa en ello, pero en las últimas décadas hemos conseguido controlar la hambruna, la peste y la guerra. Desde luego, estos problemas no se han resuelto por completo, pero han dejado de ser fuerzas de la naturaleza incomprensibles e incontrolables para transformarse.

Pese a los miedos de nuevas enfermedades. En 2015, los médicos anunciaron el descubrimiento de un tipo de antibiótico completamente nuevo, la teixobactina, al que, por el momento, las bacterias no presentan resistencia. Algunos estudiosos creen que la teixobactina podría acabar siendo un punto de inflexión en la lucha contra gérmenes muy resistentes. Los científicos también están desarrollando nuevos tratamientos revolucionarios, que funcionan de una manera radicalmente diferente a la de cualquier medicamento previo. Por ejemplo, algunos laboratorios de investigación son ya el hogar de nanorrobots, que un día podrán navegar por nuestro torrente sanguíneo, identificar enfermedades, y matar patógenos y células cancerosas. Aunque los microorganismos tengan cuatro mil millones de años de experiencia acumulada en la lucha contra enemigos orgánicos, su experiencia en la lucha contra depredadores biónicos es absolutamente nula, por lo que encontrarían doblemente difícil generar por evolución defensas efectivas.

El terrorismo es un espectáculo. Los terroristas organizan un espectáculo de violencia pavoroso, que capta nuestra imaginación y hace que nos sintamos como si retrocediéramos hasta el caos medieval. En consecuencia, los estados suelen sentirse obligados a reaccionar frente al teatro del terrorismo con un espectáculo de seguridad y orquestan exhibiciones de fuerza formidables, como la persecución de poblaciones enteras o la invasión de países extranjeros. En la mayoría de los casos, esta reacción desmesurada ante el terrorismo genera una amenaza mucho mayor para nuestra seguridad que los propios terroristas.
Los terroristas son como una mosca que intenta destruir una cacharrería. La mosca es tan débil que no puede mover siquiera una taza. De modo que encuentra un toro, se introduce en su oreja y empieza a zumbar. El toro enloquece de miedo e ira, y destruye la cacharrería. Esto es lo que ha ocurrido en Oriente Medio en la última década. Los fundamentalistas islámicos nunca habrían podido derrocar por sí solos a Sadam Husein. En lugar de ello, encolerizaron a Estados Unidos con los ataques del 11 de septiembre, y Estados Unidos destruyó por ellos la cacharrería de Oriente Medio.

Las presiones evolutivas hicieron de los cerdos salvajes (y aún más de las cerdas salvajes) animales sociales muy inteligentes, caracterizados por una viva curiosidad y por fuertes necesidades de socializar, jugar, desplazarse y explorar el entorno. Una cerda que naciera con alguna mutación rara que la hiciera indiferente frente a su ambiente y a otros cerdos difícilmente podía sobrevivir o reproducirse.
Los descendientes de los jabalíes (los cerdos domesticados) heredaron su inteligencia, su curiosidad y sus habilidades sociales. Al igual que los jabalíes, los cerdos domesticados se comunican empleando una rica variedad de señales vocales y olfativas: las madres reconocen los chillidos particulares de sus lechones.
Esto mismo aquí explicado ocurre tanto con animales como con humanos.

No hay duda de que Homo sapiens es la especie más poderosa del mundo. A Homo sapiens también le gusta pensar que goza de una condición moral superior, y que la vida humana tiene un valor mucho mayor que la de los cerdos, los elefantes o los lobos. Lo segundo es menos evidente. ¿Acaso el poder produce el derecho? ¿Es la vida humana más preciosa que la porcina simplemente porque el colectivo humano es más poderoso que el colectivo porcino? Estados Unidos es mucho más poderoso que Afganistán; ¿implica eso que las vidas norteamericanas tienen un mayor valor intrínseco que las vidas afganas?
En la práctica, las vidas norteamericanas son más valoradas. Se invierte mucho más dinero en educación, salud y seguridad en el norteamericano medio que en el afgano medio. Matar a un ciudadano estadounidense suscita una protesta internacional mucho mayor que matar a un ciudadano afgano. Pero, por lo general, se acepta que esto no es más que un resultado injusto del equilibrio geopolítico de poder.
Otro argumento que se utiliza para justificar la superioridad humana es que, de todos los animales que hay en la Tierra, solo Homo sapiens posee una mente consciente. La mente es algo muy diferente del alma. La mente no es una entidad mística eterna. Ni es un órgano como el ojo o el cerebro. Más bien, la mente es un flujo de experiencias subjetivas, como dolor, placer, ira y amor. Dichas experiencias mentales están constituidas por sensaciones, emociones y pensamientos interconectados, que surgen como un fogonazo y desaparecen de inmediato. Después, otras experiencias titilan y se desvanecen, surgen un instante y desaparecen. (Cuando reflexionamos sobre esto, a menudo intentamos clasificar las experiencias en diferentes categorías como sensaciones, emociones y pensamientos, pero en realidad todas están mezcladas.) Esta colección frenética de experiencias constituye la secuencia de la conciencia. A diferencia del alma, imperecedera, la mente tiene muchas partes, cambia constantemente y no hay razones para pensar que sea eterna.

Los relatos solo son herramientas. No deberían convertirse en nuestros objetivos ni en nuestras varas de medir. Cuando olvidamos que son pura ficción, perdemos el contacto con la realidad. Entonces iniciamos guerras enteras «para ganar mucho dinero para la empresa» o «para proteger el interés nacional». Empresas, dinero y naciones existen únicamente en nuestra imaginación. Los inventamos para que nos sirvieran, ¿cómo es que ahora nos encontramos sacrificando nuestra vida a su servicio?
En el siglo XXI crearemos más ficciones poderosas y más religiones totalitarias que en ninguna era anterior. Con la ayuda de la biotecnología y los algoritmos informáticos, estas religiones no solo controlarán nuestra existencia, minuto a minuto, sino que además serán capaces de modelar nuestros cuerpos, cerebros y mentes, y de crear mundos virtuales enteros. Diferenciar la ficción de la realidad y la religión de la ciencia será en consecuencia más difícil, pero también más esencial que nunca.
El auge de la ciencia hará que al menos algunos mitos y religiones sean más poderosos que nunca. Por lo tanto, para comprender por qué, y para enfrentarnos a los retos del siglo XXI, debemos volver a abordar una de las cuestiones más inquietantes de todas: ¿cómo se relaciona la ciencia moderna con la religión? Da la impresión de que ya se ha dicho un millón de veces todo lo que hay que decir sobre esta cuestión. Pero en la práctica, la ciencia y la religión son como un marido y una esposa que después de quinientos años de asesoramiento matrimonial siguen sin conocerse. Él todavía sueña con Cenicienta y ella sigue esperando al Príncipe Azul, al tiempo que discuten sobre a quién le toca sacar la basura.

La modernidad es un pacto. Todos firmamos este pacto el día en que nacemos, y él regula nuestra vida hasta el día en que morimos. Muy pocos podemos llegar a rescindir o trascender este pacto. Modela nuestra comida, nuestros puestos de trabajo y nuestros sueños, y decide dónde habitamos, a quién amamos y cómo pasamos a mejor vida.
A primera vista, la modernidad parece un pacto enormemente complicado, de ahí que pocos intenten comprender qué es lo que han firmado. Es como cuando descargamos un programa informático y nos piden que firmemos para ello un contrato que tiene docenas de páginas de jerga legal; le echamos un vistazo, inmediatamente vamos a la última página, pulsamos «Estoy de acuerdo» y nos olvidamos de ello. Pero, en realidad, la modernidad es un pacto sorprendentemente sencillo. Todo el contrato puede resumirse en una única frase: los humanos estamos de acuerdo en renunciar al sentido a cambio del poder.
La humanidad se encuentra trabada en una carrera doble. Por un lado, nos sentimos obligados a acelerar el progreso científico y el crecimiento económico. En la actualidad, 1.000 millones de chinos y 1.000 millones de indios quieren vivir como los norteamericanos de clase media, y no ven ninguna razón por la que tengan que poner en suspenso sus sueños cuando los norteamericanos no quieren dejar de poseer vehículos todoterreno y centros comerciales. Por otro lado, debemos ir al menos un paso por delante del Armagedón ecológico. Gestionar esta doble carrera se hace más difícil con cada año que pasa, porque cada paso que acerca a los habitantes de los suburbios de Nueva Delhi al Sueño Americano también hace que el planeta se aproxime más al borde del precipicio.
La buena noticia es que durante siglos la humanidad ha gozado de una economía en crecimiento sin caer presa de la debacle ecológica. Otras muchas especies han perecido en el proceso.
Hasta 2016, la humanidad ha conseguido ciertamente nadar y guardar la ropa. No solo poseemos mucho más poder que nunca antes, sino que, contra toda expectativa, la muerte de Dios no ha conducido al colapso social. A lo largo de la historia, profetas y filósofos han argumentado que si los humanos dejábamos de creer en un gran plan cósmico, toda ley y orden desaparecerían. Pero en la actualidad, los que plantean la mayor amenaza para la ley y el orden globales son precisamente aquellas personas que continúan creyendo en Dios y en Sus planes universales. La Siria temerosa de Dios es un lugar mucho más violento que la atea Holanda.
Si no hay plan cósmico y no estamos comprometidos con ninguna ley divina o natural, ¿qué impide el colapso social? ¿Cómo es que podemos viajar a lo largo de miles de kilómetros, desde Amsterdam a Bucarest o desde Nueva Orleans a Montreal, sin que nos secuestren mercaderes de esclavos, nos embosquen bandoleros o nos maten tribus enemistadas?.
Hoy día adquiere importancia la llamada ética humanística por encima de todo.
Como cualquier otra fuente de autoridad, los sentimientos también tienen sus limitaciones. El humanismo asume que cada humano tiene un único yo interior auténtico, pero que cuando intenta escucharlo, a menudo con lo que se encuentra es o bien el silencio o bien una cacofonía de voces opuestas. Para superar este problema, el humanismo ha defendido no solo una nueva fuente de autoridad, sino también un nuevo método para entrar en contacto con la ella y obtener de este modo el verdadero conocimiento.

En muchos casos, el liberalismo se ha fusionado con identidades colectivas y sentimientos tribales inmemoriales para formar el nacionalismo moderno. Hoy en día, muchos asocian el nacionalismo con fuerzas antiliberales, pero, al menos durante el siglo XIX, el nacionalismo se alineó estrechamente con el liberalismo. Los liberales celebran la experiencia única de los individuos humanos. Cada humano tiene sentimientos, gustos y peculiaridades distintos, y debe ser libre para poder expresarlos y explorarlos mientras no lastime a nadie. De manera parecida, los nacionalistas del siglo XIX como Giuseppe Mazzini celebraban el carácter único de las naciones individuales. Destacaban que muchas experiencias humanas son comunales. Uno no puede bailar la polka en solitario, y no puede inventar y conservar la lengua alemana en solitario. Empleando la palabra, el baile, la comida y la bebida, cada nación promueve experiencias diferentes en sus miembros, y desarrolla sus sensibilidades propias y peculiares.

En 2016 no existe una alternativa seria al paquete liberal de individualismo, derechos humanos, democracia y mercado libre. Las protestas sociales que barrieron el mundo occidental en 2011 (como Occupy Wall Street y el movimiento del 15-M español) no tienen absolutamente nada contra la democracia, el individualismo y los derechos humanos, ni siquiera contra los principios básicos de la economía de libre mercado. Todo lo contrario: llaman la atención de los gobiernos por no estar a la altura de estos ideales liberales. Exigen que el mercado sea realmente libre, en lugar de estar controlado y manipulado por empresas y bancos «demasiado grandes para quebrar». Demandan instituciones democráticas realmente representativas, que estén al servicio de los intereses de los ciudadanos de a pie y no de los de miembros adinerados de lobbys y los poderosos grupos de interés. Incluso los que arremeten contra las bolsas de valores y los parlamentos con las más duras críticas carecen de un modelo alternativo viable para hacer funcionar el mundo.

En el siglo XXI los humanos intentarán alcanzar la inmortalidad, la dicha y la divinidad. No es un pronóstico muy original ni visionario. Simplemente refleja los ideales tradicionales del humanismo liberal. Sin embargo la creencia humanista en los sentimientos ha permitido que nos beneficiemos de los frutos de la alianza sin pagar su precio. No necesitamos que ningún dios limite nuestro poder y nos conceda sentido: las decisiones libres de clientes y votantes nos proporcionan todo el sentido que necesitamos. Así, pues, ¿qué ocurrirá cuando nos demos cuenta de que clientes y votantes nunca toman decisiones libres, y cuando tengamos la tecnología para calcular, diseñar o mejorar sus sentimientos? Si todo el universo está sujeto a la experiencia humana, ¿qué sucederá cuando la experiencia humana se convierta en otro producto diseñable más que en esencia no difiera de ningún otro artículo del supermercado?. Sin duda grandes retos.

En 2016, el mundo está dominado por el paquete liberal del individualismo, los derechos humanos, la democracia y el mercado libre. Pero la ciencia del siglo XXI socava los cimientos del orden liberal. Puesto que la ciencia no aborda cuestiones de valor, no puede determinar si los liberales hacen bien en valorar más la libertad que la igualdad, o al individuo más que al colectivo. Sin embargo, como cualquier otra religión, el liberalismo también se basa en lo que considera declaraciones fácticas u objetivas, además de en juicios éticos abstractos. Y estas declaraciones fácticas sencillamente no resisten el escrutinio científico riguroso.
Los liberales valoran tanto la libertad individual porque creen que los humanos tienen libre albedrío. Según el liberalismo, las decisiones de votantes y clientes no son deterministas ni aleatorias. La gente está, desde luego, influida por fuerzas externas y acontecimientos azarosos, pero al final del día cada uno puede agitar la varita mágica de la libertad y decidir las cosas por sí mismo. Esta es la razón por la que el liberalismo concede tanta importancia a votantes y clientes, y nos enseña a seguir los dictados de nuestro corazón y a hacer lo que hace que nos sintamos bien. Es nuestro libre albedrío lo que infunde sentido al universo.
No son solo los gobiernos los que caen en esta trampa. Compañías comerciales suelen inyectar millones en empresas fallidas, mientras que individuos privados se aferran a matrimonios disfuncionales y puestos de trabajo sin futuro. Porque el yo narrador preferiría seguir padeciendo en el futuro antes que admitir que su sufrimiento pasado careció totalmente de sentido. Finalmente, si queremos salir limpios de los errores del pasado, nuestro yo narrador debe inventar algún giro en el guion que infunda sentido a estos errores.
¿Cuál es, pues, el sentido de la vida? El liberalismo sostiene que no debemos esperar que una entidad externa nos proporcione algún sentido ya preparado. En lugar de eso, cada votante, cliente y espectador debería usar su libre albedrío para crear sentido, no solo para su vida, sino para todo el universo.
Las ciencias de la vida socavan el liberalismo y aducen que el individuo libre es solo un cuento ficticio pergeñado por una asamblea de algoritmos bioquímicos. En cada momento, los mecanismos bioquímicos del cerebro dan lugar a un destello de experiencia, que desaparece de inmediato.

En el siglo XXI tres acontecimientos prácticos pueden hacer que esta creencia haya quedado obsoleta:
1. Los humanos perderán su utilidad económica y militar, de ahí que el sistema económico y político deje de atribuirles mucho valor.
2. El sistema seguirá encontrando valor en los humanos colectivamente, pero no en los individuos.
3. El sistema seguirá encontrando valor en algunos individuos, pero estos serán una nueva élite de superhumanos mejorados y no la masa de la población.

El problema crucial no es crear nuevos empleos. El problema crucial es crear nuevos empleos en los que los humanos rindan mejor que los algoritmos.
Es posible que la prosperidad tecnológica haga viable alimentar y sostener a las masas inútiles incluso sin esfuerzo alguno por parte de estas. Pero ¿qué las mantendrá ocupadas y satisfechas? Las personas tendrán que hacer algo o se volverán locas. ¿Qué harán durante todo el día? Una solución la podrían ofrecer las drogas y los juegos de ordenador. Las personas innecesarias podrían pasar una cantidad de tiempo cada vez mayor dentro de mundos tridimensionales de realidad virtual, que les proporcionarían mucha más emoción y compromiso emocional que la gris realidad exterior. Pero esta situación asestaría un golpe mortal a la creencia liberal en el carácter sagrado de la vida y de las experiencias humanas. ¿Qué hay de sagrado en holgazanes inútiles que se pasan el día devorando experiencias artificiales?.
Los grandes proyectos humanos del siglo XX (superar el hambre, la peste y la guerra) pretendían salvaguardar una norma universal de abundancia, salud y paz para toda la gente, sin excepción. Los nuevos proyectos del siglo XXI (alcanzar la inmortalidad, la felicidad y la divinidad) también esperan servir a toda la humanidad. Sin embargo, debido a que estos proyectos aspiran a sobrepasar la norma, no a salvaguardarla, bien podrían derivarse en la creación de una nueva casta superhumana que abandone sus raíces liberales y trate a los humanos normales no mejor que los europeos del siglo XIX trataron a los africanos.
Si los descubrimientos científicos y los avances tecnológicos dividen a la humanidad en una masa de humanos inútiles y una pequeña élite de superhumanos mejorados o si la autoridad se transfiere completamente a algoritmos muy inteligentes, el liberalismo se hundirá. ¿Qué nuevas religiones o ideologías podrían llenar el vacío resultante y guiar la evolución subsiguiente de nuestros descendientes casi divinos?.

Las nuevas tecnorreligiones pueden dividirse en dos clases principales: tecnohumanismo y religión de los datos. La religión de los datos afirma que los humanos ya han completado su tarea cósmica y que ahora deberían pasar el relevo a tipos de entidades completamente nuevos.

A recordar entonces:
1. ¿Son en verdad los organismos solo algoritmos y es en verdad la vida solo procesamiento de datos?
2. ¿Qué es más valioso: la inteligencia o la conciencia?
3. ¿Qué le ocurrirá a la sociedad, a la política y a la vida cotidiana cuando algoritmos no conscientes pero muy inteligentes nos conozcan mejor que nosotros mismos?.

All books of this author are magnificent and the interesting thing is in this new work that delves into the future, not too late perhaps the “smartphone” can know more about ourselves and the last part of the book is more interesting.

Over thousands of years, the answer to this question remained unchanged. The same three problems beset the people of China in the twentieth century, those of medieval India and those of ancient Egypt. Famine, plague and war always topped the list. Generation after generation, human beings prayed to all gods, angels and saints, and invented innumerable utensils, institutions and social systems … but they continued to die by millions because of hunger, epidemics and violence. Many thinkers and prophets concluded that famine, plague and war must be an integral part of God’s cosmic plan or our imperfect nature, and that nothing but the end of time would rid us of them.
However, at the dawn of the third millennium, humanity wakes up and discovers something amazing. Most people rarely think about it, but in recent decades we have managed to control the famine, the plague and the war. Of course, these problems have not been completely resolved, but they have ceased to be incomprehensible and uncontrollable forces of nature to transform.

Despite the fears of new diseases. In 2015, doctors announced the discovery of a completely new type of antibiotic, teixobactin, to which, for the moment, the bacteria do not show resistance. Some scholars believe that teixobactin could end up being a turning point in the fight against very resistant germs. Scientists are also developing new revolutionary treatments, which work in a radically different way from any previous medicine. For example, some research laboratories are already home to nanorobots, which will one day be able to navigate our bloodstream, identify diseases, and kill pathogens and cancer cells. Although microorganisms have four billion years of experience accumulated in the fight against organic enemies, their experience in the fight against bionic predators is absolutely zero, so they would find it doubly difficult to generate effective defenses by evolution.

Terrorism is a spectacle. The terrorists organize a spectacle of fearful violence, which captures our imagination and makes us feel as if we were going back to medieval chaos. As a result, states often feel compelled to react to the theater of terrorism with a show of security and orchestrate formidable displays of force, such as the persecution of entire populations or the invasion of foreign countries. In most cases, this excessive reaction to terrorism generates a much greater threat to our security than the terrorists themselves.
The terrorists are like a fly trying to destroy a china shop. The fly is so weak that it can not move even a cup. So he finds a bull, goes into his ear and starts buzzing. The bull goes mad with fear and anger, and destroys the pottery shop. This is what has happened in the Middle East in the last decade. The Islamic fundamentalists could never have overthrew Saddam Hussein alone. Instead, they angered the United States with the attacks of September 11, and the United States destroyed the Middle East pottery shop for them.

The evolutionary pressures made wild pigs (and even more wild pigs) very intelligent social animals, characterized by a lively curiosity and strong needs to socialize, play, move and explore the environment. A sow that was born with some rare mutation that made it indifferent to its environment and other pigs could hardly survive or reproduce.
The descendants of wild boars (domesticated pigs) inherited their intelligence, curiosity and social skills. Like boars, domesticated pigs communicate using a rich variety of vocal and olfactory cues: mothers recognize the particular squeals of their piglets.
The same explained here occurs with both animals and humans.

There is no doubt that Homo sapiens is the most powerful species in the world. Homo sapiens also likes to think that he enjoys a superior moral condition, and that human life has a value far greater than that of pigs, elephants or wolves. The second is less obvious. Does the power produce the right? Is human life more precious than porcine simply because the human collective is more powerful than the pig collective? The United States is much more powerful than Afghanistan; Does that imply that American lives have a greater intrinsic value than Afghan lives?
In practice, American lives are more valued. Much more money is invested in education, health and safety in the average American than in the average Afghan. Killing an American citizen raises a much larger international protest than killing an Afghan citizen. But, in general, it is accepted that this is only an unfair result of the geopolitical balance of power.
Another argument used to justify human superiority is that, of all the animals on Earth, only Homo sapiens has a conscious mind. The mind is something very different from the soul. The mind is not an eternal mystical entity. Neither is an organ like the eye or the brain. Rather, the mind is a flow of subjective experiences, such as pain, pleasure, anger and love. These mental experiences are constituted by sensations, emotions and interconnected thoughts that arise like a flash and disappear immediately. Afterwards, other experiences flash and fade, arise for a moment and disappear. (When we reflect on this, we often try to classify experiences in different categories as sensations, emotions and thoughts, but in reality they are all mixed together.) This frantic collection of experiences constitutes the sequence of consciousness. Unlike the soul, imperishable, the mind has many parts, constantly changes and there is no reason to think that it is eternal.

The stories are only tools. They should not become our goals or our yardsticks. When we forget that they are pure fiction, we lose contact with reality. Then we started whole wars “to earn a lot of money for the company” or “to protect the national interest”. Companies, money and nations exist only in our imagination. We invented them to serve us, how is it that we now find ourselves sacrificing our lives to their service?
In the 21st century we will create more powerful fictions and more totalitarian religions than in any previous era. With the help of biotechnology and computer algorithms, these religions will not only control our existence, minute by minute, but they will also be able to model our bodies, brains and minds, and create whole virtual worlds. Differentiating the fiction of reality and the religion of science will therefore be more difficult, but also more essential than ever.
The rise of science will make at least some myths and religions more powerful than ever. Therefore, to understand why, and to face the challenges of the 21st century, we must return to address one of the most disturbing questions of all: how does modern science relate to religion? It gives the impression that everything that has to be said about this question has already been said a million times. But in practice, science and religion are like a husband and wife who after five hundred years of marriage counseling remain unknown. He still dreams of Cinderella and she is still waiting for Prince Charming, as they argue over who gets to take out the garbage.

Modernity is a pact. We all sign this pact on the day we are born, and he regulates our life until the day we die. Very few of us can come to rescind or transcend this pact. Model our food, our jobs and our dreams, and decide where we live, who we love and how we live a better life.
At first sight, modernity seems an enormously complicated pact, hence few people try to understand what they have signed. It’s like when we download a computer program and they ask us to sign a contract that has dozens of pages of legal jargon; we take a look at it, immediately go to the last page, press “I agree” and forget about it. But, in reality, modernity is a surprisingly simple pact. The entire contract can be summarized in a single sentence: humans agree to give up meaning in exchange for power.
Humanity is locked in a double career. On the one hand, we feel compelled to accelerate scientific progress and economic growth. Currently, 1,000 million Chinese and 1,000 million Indians want to live like middle-class Americans, and see no reason why they should put their dreams on hold when Americans do not want to stop owning off-road vehicles and shopping centers. . On the other hand, we must go at least one step ahead of the ecological Armageddon. Managing this double career becomes more difficult with each passing year, because each step that brings the inhabitants of the suburbs of New Delhi to the American Dream also makes the planet come closer to the edge of the precipice.
The good news is that for centuries humanity has enjoyed a growing economy without falling prey to the ecological debacle. Many other species have perished in the process.
Until 2016, humanity has certainly managed to swim and store clothes. Not only do we possess much more power than ever before, but against all expectations, the death of God has not led to social collapse. Throughout history, prophets and philosophers have argued that if humans ceased to believe in a great cosmic plan, all law and order would disappear. But today, those who pose the greatest threat to global law and order are precisely those people who continue to believe in God and His universal plans. God-fearing Syria is a much more violent place than the atheist Holland.
If there is no cosmic plan and we are not committed to any divine or natural law, what prevents social collapse? How is it that we can travel thousands of kilometers, from Amsterdam to Bucharest or from New Orleans to Montreal, without being sequestered by slave merchants, ambushed by bandits or killed by enmity?
Today the so-called humanistic ethics acquires importance above all else.
Like any other source of authority, feelings also have their limitations. Humanism assumes that every human being has a unique authentic inner self, but when he tries to listen to it, often with what he finds is either silence or a cacophony of opposing voices. To overcome this problem, humanism has defended not only a new source of authority, but also a new method for coming into contact with it and thus obtaining true knowledge.

In many cases, liberalism has merged with collective identities and immemorial tribal sentiments to form modern nationalism. Today, many associate nationalism with anti-liberal forces, but, at least during the 19th century, nationalism aligned itself closely with liberalism. Liberals celebrate the unique experience of human individuals. Each human has different feelings, tastes and peculiarities, and must be free to express them and explore them while not hurting anyone. Similarly, nineteenth-century nationalists like Giuseppe Mazzini celebrated the unique character of individual nations. They stressed that many human experiences are communal. One can not dance the polka alone, and can not invent and preserve the German language alone. Using the word, dance, food and drink, each nation promotes different experiences in its members, and develops their own and peculiar sensibilities.

In 2016 there is no serious alternative to the liberal package of individualism, human rights, democracy and free market. The social protests that swept the Western world in 2011 (such as Occupy Wall Street and the Spanish 15-M movement) have absolutely nothing against democracy, individualism and human rights, not even against the basic principles of the free economy market. Quite the contrary: they call the attention of governments for not living up to these liberal ideals. They demand that the market be really free, instead of being controlled and manipulated by companies and banks “too big to fail”. They demand truly representative democratic institutions that serve the interests of ordinary citizens and not those of wealthy lobbies and powerful interest groups. Even those who attack stock markets and parliaments with the harshest criticism lack a viable alternative model to make the world work.

In the 21st century humans will try to achieve immortality, happiness and divinity. It is not a very original or visionary forecast. It simply reflects the traditional ideals of liberal humanism. However, the humanist belief in feelings has allowed us to benefit from the fruits of the alliance without paying its price. We do not need any god to limit our power and give us meaning: the free decisions of clients and voters provide us with all the sense we need. So, what will happen when we realize that clients and voters never make free decisions, and when we have the technology to calculate, design or improve their feelings? If the whole universe is subject to human experience, what will happen when the human experience becomes another designable product rather than in essence not different from any other item in the supermarket? No doubt great challenges.

In 2016, the world is dominated by the liberal package of individualism, human rights, democracy and the free market. But 21st century science undermines the foundations of the liberal order. Since science does not address issues of value, it can not determine whether liberals do well to value freedom more than equality, or the individual more than the collective. However, like any other religion, liberalism is also based on what it considers to be factual or objective statements, as well as on abstract ethical judgments. And these factual statements simply do not stand up to rigorous scientific scrutiny.
Liberals value individual freedom so much because they believe that humans have free will. According to liberalism, the decisions of voters and clients are neither deterministic nor random. People are, of course, influenced by external forces and random events, but at the end of the day everyone can wave the magic wand of freedom and decide things for themselves. This is the reason why liberalism attaches such importance to voters and clients, and teaches us to follow the dictates of our heart and do what makes us feel good. It is our free will that infuses meaning into the universe.
It is not only governments that fall into this trap. Commercial companies often inject millions into failed companies, while private individuals cling to dysfunctional marriages and jobs without a future. Because the narrating self would prefer to continue suffering in the future rather than admit that their past suffering was totally meaningless. Finally, if we want to get rid of the mistakes of the past, our storyteller self must invent some turn in the script that gives meaning to these errors.
What, then, is the meaning of life? Liberalism holds that we should not expect an external entity to provide us with some ready-made sense. Instead, each voter, client and bystander should use their free will to create meaning, not only for their lives, but for the entire universe.
The life sciences undermine liberalism and argue that the free individual is only a fictional tale devised by an assembly of biochemical algorithms. In each moment, the biochemical mechanisms of the brain give rise to a flash of experience, which disappears immediately.

In the 21st century, three practical events can make this belief obsolete:
1. Humans will lose their economic and military utility, which is why the economic and political system fails to attribute much value to them.
2. The system will continue to find value in humans collectively, but not in individuals.
3. The system will continue to find value in some individuals, but these will be a new elite of improved superhumans and not the mass of the population.

The crucial problem is not creating new jobs. The crucial problem is creating new jobs in which humans perform better than algorithms.
It is possible that technological prosperity makes it feasible to feed and sustain the useless masses even without any effort on the part of the masses. But what will keep them occupied and satisfied? People will have to do something or they will go crazy. What will you do all day? A solution could be offered by drugs and computer games. Unnecessary people could spend an increasing amount of time within three-dimensional worlds of virtual reality, which would provide them with much more emotion and emotional commitment than the gray outer reality. But this situation would deal a mortal blow to the liberal belief in the sacred character of life and human experiences. What is sacred in useless loafers who spend the day devouring artificial experiences ?.
The great human projects of the twentieth century (overcoming hunger, plague and war) were intended to safeguard a universal norm of abundance, health and peace for all people, without exception. The new projects of the 21st century (to achieve immortality, happiness and divinity) also hope to serve all of humanity. However, because these projects aspire to surpass the norm, not to safeguard it, they could well result in the creation of a new superhuman caste that abandons its liberal roots and treats normal humans no better than 19th century Europeans treated the Africans.
If scientific discoveries and technological advances divide humanity into a mass of useless humans and a small elite of improved superhumans or if authority is transferred completely to very intelligent algorithms, liberalism will sink. What new religions or ideologies could fill the resulting void and guide the subsequent evolution of our almost divine offspring?

The new technoreligions can be divided into two main classes: technohumanism and data religion. The religion of the data affirms that humans have already completed their cosmic task and that they should now pass over to completely new types of entities.

To remember then:
1. Are organisms really only algorithms and is life really just data processing?
2. What is more valuable: intelligence or consciousness?
3. What will happen to society, to politics and to everyday life when non-conscious but very intelligent algorithms know us better than we do ourselves?

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