Un animal es una persona — Franz-Olivier Giesbert / L’animal est une personne : Pour nos soeurs et frères les bêtes by Franz-Olivier Giesbert

Este breve libro es un libro original sobre poner en sentido el amor por los animales, el autor nos describe el amor por su cabra “Perdican” hasta ser mayor y deber ser sacrificada y encima como ironías de la vida aparece su carne en el refrigerador de su madre. A partir de aquí nos hace un recorrido por las especies y animales.
El cerdo es el décimo animal más inteligente. Contrariamente a la leyenda, el cerdo ni tan siquiera es sucio por naturaleza. Si le gusta revolcarse en los cenagales es, igual que su hermano el jabalí, para librarse de los parásitos que se le instalan en el pellejo. Pero en su porqueriza tiende a separar cuanto puede el lugar en que defeca de aquel en que come. Somos nosotros, cuando le limitamos el espacio vital, quienes lo obligamos a dormir entre sus cacas.

“Todos los animales son una obra acabada y perfecta; solo el hombre es un atisbo, un esbozo. Todo animal es lo que es; solo el hombre no es nada en su origen”.
Si el animal tiene enemigos en este mundo, tales enemigos son desde luego las tres religiones monoteístas. Cuando no se olvidan de él, lo ponen al servicio del hombre, que ellas elevan al rango de vicediós con derecho a hacer de su capa un sayo con toda la creación.

Hybris es una palabra griega que significa desmesura o excesiva ambición. He aquí una de las principales diferencias entre los animales, que carecen de ella prácticamente en su totalidad, y los humanos, que con frecuencia consienten en que guíe sus pasos con las consecuencias que ya sabemos.
Es seguramente por esa hybris por la que toleramos tan mal que nos comparen con ellos. Sin duda, el odio que despertó Charles Darwin tuvo algo que ver con este párrafo tan divertido de El origen del hombre en que escribe, refiriéndose al coxis: «Ahora bien: aunque no visible en lo exterior, existe realmente en el hombre y en los monos antropomorfos la cola, y tanto en aquel como en estos se halla construida según el mismo modelo.
Les guste o no a los hombres megalom-asnos o mitom-asnos, creacionistas o no, hay que devolver al hombre al meollo del mundo animal de donde lo extirpó desafortunadamente su hybris, más para lo malo que para lo bueno. Eso fue lo que empezó a hacer Charles Darwin, diferenciando en su obra a los animales humanos y a los animales no humanos, de la misma forma que hay animales que vuelan y animales que reptan, animales con plumas, con escamas, con faldas o con corbata. Incluso aunque nos hayamos afincado por decisión propia en la cúspide de la pirámide, no somos sino un elemento de lo que vive.

Durante mucho tiempo, nosotros, los humanos, les hemos negado todo a los animales no humanos. La risa, la inteligencia, pero también la empatía, de la que existen abundantes pruebas. No solo dentro de las especies, sino también, a veces, entre ellas.
De los peces nos dice ya la ciencia que son inteligentes, tienen buena memoria y pueden, si es preciso, recurrir a herramientas para lograr sus propósitos. Han filmado o fotografiado, por ejemplo, a peces de la familia de los lábridos golpeando la almeja que tenían en la boca contra una roca para romper la concha, lo que puede considerarse como señal de una inteligencia superior.
Los científicos también han empezado a determinar que los peces son seres sensibles que sienten el dolor. En 2003, unos investigadores de Edimburgo descubrieron que las truchas arcoíris contaban con cincuenta y ocho receptores que reaccionaban a descargas eléctricas o químicas. Existen, además, experimentos que han demostrado que, si se le inyecta ácido o veneno de abeja en los labios a un pez, se apresura a frotárselos.

Que el régimen hitleriano utilizó la lucha por el bienestar animal para fines propagandísticos es evidente. Sin embargo, no se puede negar —lamentablemente para la causa una vez más— que mostró cierta «compasión» en este tema.
Por ejemplo, aunque a veces cazaba por razones «sociales», a Heinrich Himmler, que fue quien concibió el Holocausto, le gustaba despotricar contra la caza. Cuando en 1941 Felix Kersten, su extraordinario masajista, le comenta que la suerte de la caza es envidiable si se compara con la de los animales para el consumo de carne, el Reichsführer contesta, enfáticamente, que está dispuesto a hacerse vegetariano si así es posible detener las «matanzas de animales.
El nazismo no inventó nada. Se limitó a seguir la antigua senda germánica que se remonta a muchos siglos atrás, a una época muy anterior a Carlomagno, y ese culto de la naturaleza, fundamento de la identidad nacional, no desapareció ni mucho menos con la caída del régimen.
Del nazismo, en cualquier caso, hay que recordar que trataba menos mal a los animales que a los judíos, los eslavos o los gitanos. En su condición de Untermenschen («subhombres»), se hallaban, en la escala hitleriana, unos cuantos peldaños más abajo que los animales en general y, en particular, que los perros lobo, que tanto le gustaban al Führer.

François Mitterrand se encarna un mundo que se tragaron las aguas, el de una de las últimas generaciones en que los humanos y los animales domésticos vivían, amaban y sufrían juntos. Cuando vivíamos todos juntos en el mismo Gran Todo. Cuando compartíamos las mismas emociones que los gatos, las gallinas o las vacas.
La animalofobia, fruto de la ignorancia y de la vanidad, es un absurdo que no tiene ya porvenir. ¿Será porque nos aterra ese animal que llevamos agazapado en lo más hondo de la conciencia por lo que no paramos de denigrar y de destruir a los seres vivos que nos vamos a zampar después? Hay en ello unas patologías que son como reflujos de vómitos que vienen de mucho antes del comienzo de la humanidad.
El hombre se hizo para el mundo, y no el mundo para el hombre. Ya es hora de que aprendamos a vivir y, sobre todo, a envejecer juntos.

This short book is an original book about putting love into animals, the author describes the love for his goat “Perdicate” to be older and must be sacrificed and over ironies of life appears his meat in the refrigerator his mother. From here we take a tour of the species and animals.
The pig is the tenth most intelligent animal. Contrary to the legend, the pig is not even dirty by nature. If he likes to wallow in the swamps, he is, like his brother the boar, to get rid of the parasites that are installed in his skin. But in its pigsty it tends to separate as much as possible the place where it defecates from the one in which it eats. It is us, when we limit the living space, those who force him to sleep among his poop.

“All animals are a finished and perfect work; only man is a glimpse, a sketch. Every animal is what it is; only man is nothing in his origin “.
If the animal has enemies in this world, such enemies are certainly the three monotheistic religions. When they do not forget him, they put him at the service of man, which they raise to the rank of vicediós with the right to make their cloak a dress with all creation.

Hybris is a Greek word that means excess or excessive ambition. Here is one of the main differences between animals, which lack it almost entirely, and humans, who often agree to guide their steps with the consequences we already know.
It is surely because of that hybris that we tolerate so badly that they compare us with them. Undoubtedly, the hatred that Charles Darwin aroused had something to do with this very funny paragraph in The Origin of Man in which he writes, referring to the coccyx: “Now, though not visible on the outside, it really exists in man and anthropomorphic monkeys the tail, and both in that and in these is built according to the same model.
Like it or not megalom-ass men or mitom-asses, creationists or not, you have to return man to the core of the animal world where he unfortunately removed his hybris, more for the bad than for the good. That is what Charles Darwin began to do, differentiating human and non-human animals in his work, in the same way that there are animals that fly and animals that crawl, animals with feathers, with scales, with skirts or with ties . Even though we have settled by our own decision at the top of the pyramid, we are nothing but an element of what lives.

For a long time, we, humans, have denied everything to non-human animals. Laughter, intelligence, but also empathy, of which there is abundant evidence. Not only within species, but also, sometimes, between them.
Fish already tells us that science are intelligent, have a good memory and can, if necessary, resort to tools to achieve their purposes. They have filmed or photographed, for example, fish of the family of the wrasses by hitting the clam they had in their mouths against a rock to break the shell, which can be considered as a sign of superior intelligence.
Scientists have also begun to determine that fish are sentient beings who feel pain. In 2003, researchers in Edinburgh discovered that rainbow trout had fifty-eight receptors that reacted to electric or chemical discharges. There are also experiments that have shown that if acid or bee venom is injected into the lips of a fish, it is quick to rub them.

That the Hitler regime used the struggle for animal welfare for propaganda purposes is evident. However, it can not be denied – unfortunately for the cause once again – that it showed some “compassion” on this issue.
For example, although he sometimes hunted for “social” reasons, Heinrich Himmler, who conceived the Holocaust, liked to rant against hunting. When in 1941 Felix Kersten, his extraordinary masseuse, tells him that the fate of hunting is enviable compared to that of animals for meat consumption, the Reichsführer replies, emphatically, that he is willing to become a vegetarian if it is possible stop the “killing of animals.
Nazism did not invent anything. He simply followed the ancient Germanic path that goes back many centuries, to a time long before Charlemagne, and that cult of nature, the foundation of national identity, did not disappear much less with the fall of the regime.
Of Nazism, in any case, we must remember that he treated animals less badly than Jews, Slavs or Gypsies. In their condition of Untermenschen (“sub-men”), they were, on the Hitlerian scale, a few steps lower than the animals in general and, in particular, the wolfhounds, which the Führer liked so much.

François Mitterrand embodies a world that swallowed the waters, that of one of the last generations in which humans and domestic animals lived, loved and suffered together. When we all lived together in the same Great Everything. When we shared the same emotions as cats, chickens or cows.
The animal phobia, fruit of ignorance and vanity, is an absurdity that has no future. Is it because we are terrified of this animal that we have crouched in the depths of our conscience, so we do not stop denigrating and destroying the living beings that we are going to eat afterwards? There are some pathologies in it that are like vomiting refluxes that come from long before the beginning of humanity.
Man was made for the world, and not the world for man. It is time for us to learn to live and, above all, to grow old together.

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