Por qué soy medianamente democrático — Vladimir Volkoff

Este breve libro de este autor de origen ruso levanto y levantara ampolla sobre la democracia y más en los tiempos que corren. Lo releo cada cierto tiempo y es magnífico.
Si se tuviera a la democracia por un régimen más entre otros, si no se nos la impusiera como panacea evidente y obligatoria, si no se viera en ella más que un modo de elegir gobernantes, estaría más dispuesto a encontrarle cualidades.
Como sistema de designación de gobernantes la democracia presenta ventajas evidentes que, en realidad, se reducen a una sola, aunque sea de fuste: la aquiescencia de los gobernados. No es cuestión de negar que hay aquí una superioridad sobre los regímenes donde los gobernantes son designados de otras maneras tales como el nacimiento, la fortuna, el azar o el mérito. Pero tampoco hay razón para no ver las desventajas prácticas de este procedimiento.
En primer lugar, los gobernantes designados por la mayoría de las voces no pueden en ningún caso sentirse igualmente responsables respecto de sus mandantes y los de otro candidato. De hecho, si buscaran el bien público en contra de los intereses de su propia facción, no estaríamos equivocados en tacharlos de ingratitud.
En segundo lugar, para ser designado por una mayoría, es necesario seducir votantes y resulta bastante dudoso que las cualidades necesarias para esto y las necesarias para gobernar ―que tienen algo de antinómico― se encuentren en la misma persona.
En tercer lugar, el tipo de persona deseable para ser elegido no es necesariamente el que merece la mayor confianza por parte de sus electores. Aristóteles no estaba equivocado cuando señaló que el demagogo y el cortesano pertenecen a la misma especie.

Hace falta una considerable dosis de ingenuidad para imaginar que existe un régimen político ideal, perfectamente conveniente para todos los pueblos, para todas las épocas y para todos los países; o incluso que resulte para todos los pueblos, en todo tiempo y lugar, el menos malo de los sistemas. No se había equivocado Taine cuando aplicaba a todo acontecimiento tres coordenadas: la raza, el medio y el momento.
En modo alguno pretendo que la democracia sea siempre mala. Y de buena gana reconozco que, en ciertas circunstancias, puede resultar más conveniente que otros regímenes.
La democracia no es una panacea ni un antídoto; no hay por qué condenarla ni canonizarla a priori.

Los partidarios de la democracia mantienen una permanente confusión entre las nociones de mayoría y consenso.
La democracia es el gobierno del pueblo. Sea. Por el pueblo. Admitámoslo. Para el pueblo. Mejor. Pero no sé qué cosa es el pueblo. No sé qué diablos es el pueblo y pienso que la confusión ha sido deliberadamente mantenida por los partidarios de la democracia. La confusión parece triple.
Antes que nada es numérica. Sé lo que es una persona, lo que son dos, tres y mil personas.
Hay una confusión entre lo relativo y lo absoluto. Expresiones tales como «el pueblo quiere», «el pueblo decide», «el pueblo está a favor de», «el pueblo está en contra de», propiamente no significan nada.
En política, esta monopolización de la verdad, justificada o no, se comprende menos. Un mínimo de esta tolerancia tan declamada por los partidarios de la democracia alcanzaría para que se admita que los distintos procedimientos para elegir gobernantes son igualmente estimables, sobre todo si se tiene en cuenta la geografía y la historia.

Las democracias tienen un esquema:
Un paraíso: los países democráticamente liberales con, preferentemente, una legislación anglosajona.
Un purgatorio: las dictaduras de izquierda.
Un infierno: las dictaduras sedicentemente de derechas.
Un clero regular: los intelectuales encargados de adaptar las tesis marxistas a las sociedades liberales.
Un clero secular: los periodistas encargados de distribuir esta doctrina.
Unos oficios religiosos: los grandes programas de televisión.
Una inquisición. Nadie tiene el derecho de expresarse si no está alineado con la línea recta de la religión democrática y, si a pesar de todo llega a hacerlo, pagará las consecuencias.

La noción misma de «derechos del hombre» constituye un sinsentido, no sólo porque reposa sobre un postulado, sino porque el postulado está mal expresado.
La democracia se funda sobre la cantidad de los votantes y no sobre su calidad, tanto a nivel del sufragio universal como en los diversos parlamentos. Hablando de democracia siempre, necesariamente, por definición, la cantidad es lo que vale. Esto me escandaliza.
La propaganda actual tiende a hacernos creer que la humanidad no tiene más elección que entre la democracia, fuente de todos los bienes, y el totalitarismo, fuente de todos los males.
Es falso. Se puede, desde luego, adherir a una teoría según la cual, en el curso de la historia, todos los pueblos han sufrido regímenes desastrosos.

No niego lo que puede haber de seductor en la idea democrática, pero no veo que la democracia real cumpla con sus promesas. Como medio de designar gobernantes está expuesta a todas las trampas electorales: de un lado del Atlántico se interpretan falazmente las boletas del voto; del otro, se hace votar redondamente a los muertos. No está lejos el tiempo en que, del otro lado del Mediterráneo las urnas se llenaban antes de proceder a los referéndums. Incluso cuando no se llega a tanto, el sistema de la campaña electoral subvencionada y mediatizada falsifica todos los datos. En cuanto a las promesas electorales, uno se pregunta cómo pueden todavía hacer impresión sobre los electores: «Soy un hombre político y, en tanto que hombre político, tengo la prerrogativa de mentir cada vez que se me da la gana», proclamaba sin ambages Charles Peacock, el amigo de Bill Clinton.
Como ética, la democracia resulta profundamente decepcionante. No soporta ninguna teoría, ninguna otra forma de vivir que no sea la suya. Afecta tolerancia pero no se tolera más que a sí misma.
Las distintas jugarretas de las que se valen los parlamentos para no consultar a la nación sobre cuestiones mayores (como la resignación de la soberanía, o de los valores morales tradicionales, o las agresiones armadas sin declaración de guerra, o los castigos a aplicar a los violadores o asesinos de niños) y se verá que la democracia en acto no es, frecuentemente, más que un simulacro de democracia.

La humanidad muchas veces encontró medios de gobernarse que en ningún sentido eran democráticos y que sin embargo han fundado grandes civilizaciones.
La dificultad, en nuestro sistema, consistirá, por supuesto, en reconocer el mérito al que le será conferida la autoridad. En los negocios, en el comercio, el mérito se puede medir con cierta facilidad en base a la ganancia. El mundo de la política es más complejo.
Pero, francamente, estoy cada vez más seguro que no es con la urna.

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