Delfines y tiburones: La lucha por el poder en el PSOE — Manuel Pérez Alcázar

Sin duda un libro de vigente actualidad después de los acontecimientos acaecidos en el PSOE y que aportan algo de luz en lo que se remonta a la consabida lucha de poder e interesante.
Felipe González fue el referente que sacó al PSOE de la clandestinidad para convertirlo en el gran partido del centro izquierda, el que más años ha gobernado en España desde la transición. La marcha de González de la Secretaría General en 1997 abrió una etapa de desconcierto en el seno de las filas socialistas que solo se cerró con la nueva victoria electoral de José Luis Rodríguez Zapatero en 2004. Pero, incluso en las etapas de estabilidad durante los gobiernos socialistas, en el PSOE los cuchillos han estado siempre afilados, enterrados a poca profundidad y prestos para ser empuñados en las luchas internas por el control de la organización, por el poder.
José Antonio Griñán destrozó los planes de quienes le habían propuesto para suceder a Manuel Chaves. Rompió amarras con aquella vieja guardia del partido y propició un relevo en el Gobierno y en el PSOE andaluz con el que saltó por encima de toda una generación de políticos socialistas que durante casi dos décadas se habían forjado a la sombra del indiscutido liderazgo de Manuel Chaves. Sin haber cumplido los cuarenta años, Susana Díaz se convirtió en la primera presidenta andaluza, una mujer que había crecido en democracia y que conoció por los libros de texto la movilización popular y política que condujo a Andalucía a acceder al máximo nivel de autonomía. La elección de Susana Díaz fue considerada un acierto incluso por los detractores de Griñán, pero apeó de la carrera por el poder interno a todos aquellos que, en aquel momento, se situaban entre la década de los cuarenta y la de los cincuenta años, y que habían estado aguardando la oportunidad que les brindaría la marcha de Chaves, el presidente que se mantuvo casi veinte años al frente del Gobierno andaluz cosechando victoria tras victoria electoral. Una generación perdida de socialistas a la que se tuvo que enfrentar Griñán.
Con la victoria del 9 de marzo, el PSOE se ratificaba como la fuerza hegemónica en Andalucía desde el inicio de la autonomía. Los socialistas habían ganado las ocho elecciones, y cinco de ellas —las de 1982, 1986, 1990, 2004 y 2008— por mayoría absoluta. Manuel Chaves se había convertido en un bastión para su partido logrando uno tras otro hasta seis triunfos electorales y, con este último, tres mayorías absolutas —1990, 2004 y 2008—. Con Chaves el PSOE se había convertido en un partido estable y fuerte, una máquina perfectamente engrasada para ganar elecciones. Pero, en los últimos años, ese ritmo victorioso había hecho que el partido comenzara a acomodarse y distanciarse del electorado. Chaves lo sabía. Por eso tenía claro que aquella era su última noche como candidato a la presidencia de la Junta.

En la Legislatura 2008-2012 tengo que irme (en referencia a Chaves). Pero tenemos que ver cómo hacerlo.
El presidente de la Junta contó a Zapatero que la única duda que le rondaba la cabeza era encontrar una justificación para explicar a los electores por qué dejaba la Presidencia en medio de un mandato, después de casi veinte años y tras haber ganado las elecciones por mayoría absoluta. Sin embargo, reiteró su voluntad firme de dejar el cargo antes de acabar la Legislatura.
El presidente del Gobierno asumió la petición del líder de los socialistas andaluces y le pidió que le dejara reflexionar sobre el asunto.
—Manolo, déjame que lo piense, pero no te preocupes, encontraremos la forma idónea para encauzar tu salida de manera que no genere ninguna inquietud ni en los ciudadanos ni en el partido. Después de tantos años de servicio al Estado y a los andaluces y por el gran servicio que has prestado al PSOE mereces una salida que haga honor a tus méritos —dijo Zapatero.
La conversación quedó ahí. Chaves había obrado, como siempre había hecho, con absoluta lealtad al partido y a su secretario general.

Almunia contó con el respaldo de casi todos los pesos pesados del momento y de la etapa de Felipe González, incluyendo al propio expresidente del Gobierno y el de la mayoría de los barones, como Manuel Chaves. En aquellas primarias tanto Chaves como toda la dirección del PSOE andaluz se volcaron de manera abierta apoyando a Almunia. No hubo neutralidad. En Andalucía ganó Almunia pero en España no fue así. Los militantes desoyeron la llamada de sus cuadros orgánicos y del mismísimo Felipe González. Respaldaron a Borrell que se impuso por un 55,10 por ciento frente al 55,48 por ciento que sumó Almunia. Era una manera de rechazar el plan de relevo que había diseñado el propio Felipe González en persona. Manuel Chaves ha acabado reconociendo que aquello fue un error:
—Con el tiempo se ha demostrado que nuestra actitud fue un error. La Ejecutiva debió mantenerse más neutral.
Pero la bicefalia que se creó entre Almunia y Borrell generó un clima de tensiones internas y de inestabilidad que siguieron desgastando al partido y, especialmente, al ganador de las primarias.

—Mira, José Antonio, tienes que poner a alguien que conozca muy bien la organización. Aquí hay alguien que, además de conocer perfectamente el partido, es joven y tiene una gran capacidad de trabajo. Yo no tengo ningún interés personal, solo quiero que el partido recupere la estabilidad y la paz interna.
Los dos históricos dirigentes se acercaron a la diputada de treinta años que había apoyado a Viera y había seguido con detalle el Congreso. Toscano volvió a dirigirse al nuevo secretario general del PSOE sevillano y cogiendo del brazo a su interlocutora les dijo a ambos:
—Ella tiene todo lo que te he dicho, solo necesita adquirir mesura y madurez en su forma de actuar pero eso, se lo puedes aportar tú, José Antonio. La conozco desde que llegó al partido, siendo una niña. Creo que la persona que mejor te puede acompañar como secretaria de Organización es Susana Díaz.
José Antonio Griñán trató de remover el ánimo de su tropa para vencer a las encuestas en las próximas elecciones europeas de junio, que debían ser el primer paso para ganar también las municipales de 2011. Para ello, remató su intervención llamando a la unidad:
—Pensad que tenemos la suerte de que nos basta con ser lo que somos, decir lo que pensamos y trabajar. Juntos, muy juntos y muy unidos. Si así lo hacemos, no solo ganaremos las elecciones, sino también lo que más importa: ganaremos el futuro.
En ese Comité, todo el partido arropó por unanimidad al que se iba a convertir en su nuevo presidente. Pero la unidad interna duraría poco. Apenas unos meses más tarde se constataría que la fórmula de la bicefalia no funcionaba. Se acabaría rompiendo el equilibrio del partido y una estrecha y vieja amistad, la de Manolo Chaves y Pepe Griñán.

Con el nombramiento de Susana Díaz como secretaria de Organización, Rafael Velasco pretendía rodearse de una de sus personas de confianza, pero también, ganarse el apoyo del PSOE de Sevilla, la organización que mayor número de militantes y votos aportaba al partido. José Antonio Viera había sido uno de los secretarios provinciales que mayor oposición había mostrado a la petición de José Antonio Griñán para que se celebrase aquel Congreso extraordinario. Mantenía una férrea fidelidad a Manuel Chaves, desde que en 2004 le propusiera enfrentarse a José Caballos por la Secretaría Provincial. La designación de Susana Díaz como número tres de la nueva Ejecutiva del PSOE andaluz, reforzaría a Viera dentro de su organización y haría ganar peso a los socialistas sevillanos.
Susana Díaz comenzó a dar muestras de su capacidad de influencia desde el primer momento. La nueva secretaria de Organización logro incluir en la Ejecutiva regional a una de sus personas de confianza en el PSOE sevillano, su amiga Verónica Pérez. La joven socialista sevillana, cuatro años más joven que Díaz y a la que dejaría años más tarde el cargo al frente de la dirección provincial de Sevilla, se convertiría en la nueva secretaria de Movimientos Sociales y Participación. En ese momento, Pérez era diputada autonómica y estudiante de Económicas. Con Susana Díaz en uno de los tres puestos de salida, y Verónica Pérez en una Secretaría de área, el líder de los socialistas sevillanos, José Antonio Viera se sintió muy satisfecho por la cuota obtenida por su organización dentro de la dirección regional. Los socialistas sevillanos lograban, como venía reclamando el histórico José Caballos, mucho más peso en la organización andaluza.
La confirmación de Susana Díaz como nueva secretaria de Organización desbarataba las aspiraciones del secretario provincial del PSOE de Cádiz de convertirse en el relevo de Velasco como número tres del partido. Francisco González Cabaña confirmó las sospechas que le había infundido la actitud de José Antonio Viera.

El 25 de marzo, el presidente, José Antonio Griñán, anunció la creación de un equipo especial de funcionarios para atender las peticiones de la jueza. En los primeros días de abril, Alaya llegó a acusar a la Junta de «abuso del Derecho» por no entregar las actas. El Gobierno andaluz solicitó entregar unos certificados con el argumento de que las actas estaban amparadas por el secreto de las deliberaciones de los Consejos de Gobierno. Después de que la jueza solicitase custodiar los documentos, en una clara insinuación de desconfianza, el Ejecutivo andaluz entregó las actas el 7 de abril, apurando el plazo de 72 horas concedido por Alaya.
La jueza y el Gobierno socialista habían iniciado un pulso que tendría hitos destacados coincidiendo siempre con momentos políticamente relevantes para el PSOE andaluz y para el Gobierno de la Junta de Andalucía. Alaya hizo tambalearse los cimientos de un partido que había gobernado casi sin contestación los últimos treinta años.
Los problemas se multiplicaban para el presidente de la Junta de Andalucía que, cada día tenía que tapar una nueva vía de agua en el barco. En el entorno de Griñán se desató una tormenta perfecta. Todo y todos parecían confabulados en su contra, pero el presidente andaluz no necesitaba ayuda externa para tener problemas, él solo contribuyó a crearse algunos.
El secretario general del PSOE andaluz acababa de regresar del trascendente Comité Federal del 2 de abril en el que José Luis Rodríguez Zapatero anunció, como le estaban demandando, que no repetiría como candidato a la Presidencia del Gobierno. José Antonio Griñán habló con su consejera de la Presidencia, María del Mar Moreno, para darle instrucciones sobre el recambio que quería en la Delegación de la Junta de Andalucía en la provincia de Cádiz. Las cuitas entre ambas partes no solo no estaban resueltas, sino que iban a sufrir un giro de tuerca.
El lunes a primera hora de la mañana, María del Mar Moreno telefoneó al consejero de Gobernación para transmitirle las instrucciones del presidente: José Antonio Griñán había decidido destituir al delegado de la Junta en Cádiz porque quería nombrar a una persona de su total confianza.

José Blanco no pidió al presidente que desistiera de su propósito. Desde que ganó las segundas elecciones, Zapatero era consciente de que le iban a apremiar para que hiciera público si repetiría como candidato. Con la crisis y las malas perspectivas electorales cundió el nerviosismo en el partido y las voces que pensaban que Zapatero era un lastre. El presidente eligió el Comité Federal del 2 de abril para anunciar que no volvería a presentarse a las elecciones, llevando la contraria al primer banquero del país, Emilio Botín, que le aconsejó una semana antes que no abriera el debate sucesorio en plena tarea reformista para escapar de la crisis económica y para afianzar la estabilidad del país. Con su anuncio, Zapatero trataba de mejorar las expectativas.
La reforma de la Constitución, el forzado adelanto electoral, las primarias sin urnas. Al PSOE de Alfredo Pérez Rubalcaba se le estaban abriendo las costuras. Las fisuras eran cada vez más profundas y la figura del candidato se deterioraba a medida que pasan los días. Ante la consternación de sus colaboradores, las deserciones eran constantes. Los exministros, Miguel Ángel Moratinos, Carmen Calvo y Miguel Sebastián, ya habían anunciado que no repetirían en las listas electorales.
El expresidente del Gobierno, Felipe González, declaró esos días que era militante pero no simpatizante de aquel PSOE. Una puñalada a Zapatero, pero también a Rubalcaba. En primavera, González cenó en el Ministerio de Defensa con Carme Chacón y su marido, y a la vuelta de las vacaciones de verano volvió a hacerlo en un conocido restaurante madrileño, donde no le importó que lo fotografiaran con Chacón.

El sector crítico hubo quien pensaba en la persona que debía sustituir a José Antonio Griñán una vez que se consumase la derrota y, por lo tanto, el final de su débil liderazgo: Micaela Navarro. La consejera de Igualdad y Bienestar Social era una de los miembros del Gobierno andaluz con mayor reconocimiento, persona de confianza en Andalucía de Alfredo Pérez Rubalcaba, y con gran experiencia tanto en la gestión institucional como en la orgánica. Aunque Navarro nunca se postuló, no impidió que su nombre corriera y se utilizara en los cenáculos del partido. El jueves, a la misma hora que Susana Díaz y José Antonio Griñán participaban en el acto principal de arranque de campaña del PSOE andaluz, Micaela Navarro, como cabeza de la candidatura en su provincia, hacía lo mismo en un acto en Jaén, en el que coincidieron el expresidente andaluz, Rafael Escuredo, y el veterano parlamentario, José Caballos. Escuredo y Caballos se sorprendieron de que el PSOE de Jaén hubiese imprimido los carteles electorales con el rostro de Griñán y el de Navarro, en vez de promocionar solo al candidato. También comentaron la pasión que puso el secretario provincial, Francisco Reyes, al presentar a Micaela Navarro.
El liderazgo político se ganaba en las urnas y José Antonio Griñán se había ganado el suyo a pulso, sin el respaldo de los críticos ni de la dirección federal. Su arriesgada apuesta por separar las elecciones andaluzas de las generales había dado resultado. Todos los que se opusieron y trataron de forzarle a un adelanto electoral acabaron por darle la razón. Hasta sus más acérrimos enemigos en el partido reconocerían que fue uno de los dos grandes aciertos de Griñán, que salvó al PSOE. El otro acierto sería la elección de su sucesora, pero para eso aún quedaba más de un año. Ahora llegaba el momento de saldar cuentas pendientes y los mejor situados para cobrar el cheque eran el propio Griñán, y sus dos lugartenientes: Susana Díaz y Mario Jiménez.
Reforzado por el resultado electoral, José Antonio Griñán recibió carta blanca de la dirección federal del partido de cara a la negociación. Solo un día después de las elecciones, el secretario general del PSOE dejó manos libres a Griñán para cerrar con IU el pacto que considerase oportuno, y le garantizó todo el respaldo de la Ejecutiva federal.
—No tengo ningún temor por tener que gobernar con IU. Ya hemos gobernado con esta formación en el pasado tanto en ayuntamientos como en comunidades autónomas. Cuando IU permite gobiernos del PP como el de Extremadura se la tilda de izquierda sensata, y cuando insinúa que puede gobernar con el PSOE, entonces es extremista y puede llevar al PSOE fuera de su centro habitual de gravedad —denunció Alfredo Pérez Rubalcaba.
El líder del PSOE sacó pecho por los resultados electorales de su partido tanto en Asturias como en Andalucía, aunque no hubiese participado demasiado en la campaña del candidato andaluz.
José Antonio Griñán había elegido a Susana Díaz como sucesora, pero antes iba a ofrecer su cabeza como secretaria de Organización del PSOE andaluz para tratar de pacificar el ánimo de los críticos. La entrada de Díaz en el Gobierno sirvió al presidente de pretexto para relevarla como número dos del partido, cargo que venía ejerciendo desde la dimisión de Rafael Velasco. El puesto lo tenía reservado para su otro hijo político, Mario Jiménez, por quien Griñán tenía una especial relación afectiva y quien se convirtió en su mano derecha en el partido pero en un nivel superior al de Susana Díaz: vicesecretario general. Hay quien lo consideraba su favorito, pero en la elección del delfín, la condición de mujer de Susana Díaz fue determinante. En el reparto de su herencia política, podría compensar a Jiménez dándole el puesto de número dos en el partido que ocupaba Susana Díaz, en el XII Congreso del PSOE andaluz.
Solo una semana después del debate de investidura, el 9 de mayo, el Comité Director del PSOE andaluz convocó el Congreso Regional que por primera vez se celebraría en Almería, entre el 6 y el 8 de julio.

Susana Díaz aún no había sido proclamada candidata por el Comité Director pero ya era vista por todos como el referente y la interlocutora del PSOE andaluz. En un partido que devora los tiempos, encumbra y hunde líderes a velocidad de vértigo, la mayoría pensaba ya en cuál era el momento idóneo para que José Antonio Griñán le dejase las riendas de la Presidencia. Todos daban por hecho que, pese al discurso oficial, no agotaría la legislatura y en esa carrera, muchos comenzaron a opinar que no tenía sentido demorarlo más. Solo había un inconveniente, la jueza Mercedes Alaya lo señalaba desde hacía tiempo y, dejar la Presidencia y el Parlamento suponía perder el aforamiento y correr el riesgo de ser imputado por la temida jueza que había imputado a diestro y siniestro a altos cargos de la Junta de Andalucía, dejando fuera de sus autos, exclusivamente, a aquellos que escapaban de su competencia por ser aforados. Imputar a un parlamentario o diputado le hubiera obligado a inhibirse en favor de un tribunal superior, algo a lo que la instructora no parecía estar dispuesta. En el último cuatrimestre del año podía despejarse la incógnita que Alaya mantenía sobre Griñán por lo que ese podía ser un momento oportuno para culminar el relevo.
Lo cierto es que José Antonio Griñán hacía años que quería dejar la política. En 2004 estuvo a punto de hacerlo, pero su entonces amigo Manuel Chaves lo convenció para que se incorporase al Gobierno como responsable de Economía. Cinco años más tarde aún lo presionó más para que asumiera la Presidencia. Griñán acabó aceptando como un gran honor, pero no podía imaginar que años más tarde se arrepentiría de haberlo hecho. El presidente andaluz siempre se sintió un servidor público más que un político, tenía un gran sentido de la honestidad y del deber, por lo que le irritaba profundamente que ligasen su nombre al del mayor caso de corrupción de Andalucía, el de los ERE, aunque por otro lado, asumía que su salida también limpiaba el futuro del Gobierno andaluz. Sería su último servicio al partido y a la Junta de Andalucía.
Definitivamente, los casos de corrupción iban a manchar la salida de José Antonio Griñán de la Presidencia andaluza. La declaración a finales de julio del exinterventor general de la Junta de Andalucía, Manuel Gómez, fue demoledora contra la gestión del exconsejero de Economía y Hacienda. Manuel Gómez aseguró ante la jueza Mercedes Alaya que Griñán ignoró las alertas incluidas en los informes sobre el fondo de los ERE, donde emitió la Intervención General, y cuestionó su participación en la Comisión de Investigación del Parlamento andaluz.
El vicesecretario general del PSOE andaluz, Mario Jiménez, exigió que el caso pasase al Tribunal Supremo y denunció que la instrucción estaba haciendo un juicio político. En una decisión sorprendente, la Audiencia de Sevilla sugirió en un auto que los aforados señalados en el caso de los ERE declarasen ante la jueza instructora si consideraban que podían «quedar involucrados» en la investigación, a pesar de que Mercedes Alaya no era la jueza competente para imputar a diputados a Cortes y del Parlamento andaluz, y estaba obligada a elevar una exposición razonada de indicios penales ante el Tribunal Supremo.
El auto de la Audiencia ponía la atención sobre el presidente andaluz. En la rueda de prensa ofrecida el 27 de agosto, tras la firma de su dimisión, José Antonio Griñán, reconoció que su salida no solo se debía a la necesidad de cambio generacional en la política andaluza, sino también a limpiar al Gobierno andaluz del pasado de la gestión de los ERE.
—Hay que ganar en Andalucía, pero hay que ganar bien. Y hay que ganar en Andalucía para ganar en España, ya, cuanto antes… llevar este barco a donde nunca debió de salir, la confianza de la mayoría de los andaluces»… los veteranos, todos, nos hacéis mucha falta —aclamó Díaz.
Su intención de coser heridas y recuperar a los veteranos la demostró al nombrar a Micaela Navarro nueva presidenta del partido. El gesto hacia el PSOE de Jaén y hacia la veterana dirigente pretendía pasar página de las viejas rencillas.
Susana Díaz completó su Ejecutiva con incondicionales, como siempre había hecho. Dejó al gaditano Juan Cornejo como secretario de Organización y número dos, al desaparecer la Vicesecretaría general. Mario Jiménez volvería a ejercer como portavoz parlamentario, un puesto en el que tendría que trabajar por mantener los acuerdos con IU y que le alejaba de la primera línea de mando del partido. En la Era Susana Díaz se acabaría el triunvirato que mantuvo Griñán. Solo habría una voz de mando, la de Susana Díaz. Una semana más tarde, culminando una operación perfectamente diseñada, Susana Díaz dejaba la Secretaría provincial del PSOE de Sevilla en manos de una persona de su estrecha confianza, la parlamentaria Verónica Pérez.

Muchos de los medios de comunicación nacionales y círculos políticos de Madrid, al igual que el exministro de Justicia Juan Alberto Belloch, vieron en Susana Díaz el nacimiento de una estrella, el liderazgo que guiase al PSOE que atravesaba las horas más bajas desde la llegada de la democracia. Susana Díaz, pasó en tres meses de ser una gran desconocida en el panorama político español a ocupar espacios en los grandes periódicos, radios y televisiones. En unos casos la veían como la última esperanza de un moribundo socialismo, en otros, el ascenso de su liderazgo fue utilizado como una oportunidad para erosionar, aún más, al hundido Alfredo Pérez Rubalcaba.
Díaz fue investida presidenta de la Junta de Andalucía en septiembre de 2012. En los tres meses que quedaban hasta final de año fue acaparando espacio mediático, y a principios de 2013 comenzó una carrera meteórica como referente del PSOE en toda España que combinaba una agenda institucional al más alto nivel con sus apariciones en pantalla.
—El derecho a decidir la independencia es inviable. Más allá de las retóricas nacionalistas de uno y otro signo, lo que nos une a los ciudadanos españoles es la democracia y Europa. Hay que evitar el choque de trenes y, para eso, hay que cambiar de vía y buscar alternativas —dijo en respuesta a las preguntas que le formularon tras su conferencia.
La determinación, claridad y contundencia de Susana Díaz sorprendió a la sociedad política y económica catalana que abarrotó el salón del Hotel Ritz, donde fue presentada por uno de los padres de la Constitución, el exdirigente de CDC, Miquel Roca. Díaz parecía marcar un camino y un discurso de partido de Estado que ni el PSOE ni el PSC habían sido capaces de sostener hasta el momento.
-Frente a las voces que empezaban a señalar hacia la regencia o a la próxima abdicación de Juan Carlos I, Susana Díaz afirmó que se trataba de una opción personal que debía decidir el propio Rey. Sus declaraciones y la defensa de la Monarquía y de la figura del Rey en los Desayunos Informativos de Europa Press, contrastaron con algunas opiniones en su partido que apuntaban a la convocatoria de un referéndum en España para plantear una modificación de la Constitución que implantase un modelo republicano. Sobre la imputación de la infanta Cristina por su relación con el caso Noos, Díaz se limitó a defender el Estado de Derecho y la «igualdad de todos los ciudadanos ante la ley». Con su posicionamiento, la nueva presidenta andaluza fue ganando puntos en La Zarzuela donde ya era percibida como la política socialista con mayor proyección nacional y responsabilidad de Estado de cara a los acontecimientos que se avecinaban.

La rutilante carrera política de Susana Díaz comenzó los primeros contratiempos. En su primer viaje a Bruselas como presidenta de la Junta de Andalucía, el 29 de enero, tuvo que responder a una pregunta incómoda que la relacionaba con el último escándalo de corrupción, el de las facturas falsas de UGT. El diario El Mundo había publicado un acuerdo suscrito por la propia Díaz en su etapa de secretaria de Organización del PSOE andaluz para el alquiler del aula de la Casa del Pueblo del municipio jiennense de Torreperogil —que compartían el PSOE y UGT— para la realización de cursos de formación subvencionados por la Junta de Andalucía.
—Con claridad. Es falso y nada ni nadie me va a parar en mi obligación, que es recuperar hasta el último euro de la Junta de Andalucía que se haya gastado indebidamente por parte de cualquier entidad, sea UGT o sea otra —zanjó Susana Díaz tras su reunión con el presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durão Barroso.
La información trataba de relacionar a la presidenta andaluza con la central sindical.
La magnífica relación de Susana Díaz con la Casa Real hizo que se convirtiera en una de las primeras personas que conoció la gran noticia que se preparaba en el Palacio de la Zarzuela desde el otoño anterior. Aunque la abdicación del Rey se había convertido en un asunto recurrente, sobre todo cada vez que el Monarca tenía que pasar por el quirófano, la decisión de dejar la Jefatura del Estado comenzó a barajarse en otoño en un círculo muy reducido de colaboradores del Rey.
Con una notable mejoría tras superar su última operación quirúrgica de noviembre, Juan Carlos I impulsó su agenda a partir de enero, con varios viajes al extranjero, pero ya había tomado la decisión de abdicar. Según la Casa del Rey, fue el 5 enero, el día de su 76 cumpleaños. Un día después, ofreció la imagen de cansancio y deterioro al pronunciar el discurso con motivo de la Pascua Militar.

La figura de la presidenta andaluza se agrandaba. Para muchos era ya el referente, el líder in péctore de un partido que aún mantenía a un secretario general «en funciones». Cuatro días antes de las elecciones, Susana Díaz intervino en un mitin en el Paraninfo de la Universidad de Huelva junto a José Luis Rodríguez Zapatero. Era, prácticamente, la primera reaparición en público del expresidente, que reconoció errores, pero reivindicó los logros de su Gobierno y, sobre todo, destacó el liderazgo de Susana Díaz, a la que había conocido cuando lo invitó a su toma de posesión y, desde entonces, había quedado prendado de su carisma.
Fue una campaña de veteranos convertidos en candidatos y nuevos líderes que buscaban su espacio. Delfines y tiburones que nadaban en el mismo estanque. Susana Díaz era uno de esos valores en alza, pero el que irrumpió de manera inesperada y estelar fue el cabeza de cartel de la nueva formación, Podemos. Pablo Iglesias era un profesor de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense de Madrid que a sus 36 años había logrado convertir en realidad el experimento sociológico puesto en marcha con otros compañeros del departamento y que utilizaba como base el descontento social.
Alfredo Pérez Rubalcaba comunicó a la Ejecutiva federal su intención de dimitir y la convocatoria de un Congreso extraordinario los días 19 y 20 de julio para elegir a su sucesor. Antes habló con la Casa Real para informar también de su decisión y tranquilizar a La Zarzuela transmitiendo el apoyo de los principales barones y del PSOE al consenso constitucional.
—La responsabilidad del muy mal resultado electoral es mía, mía y mía y así asumo mi responsabilidad. Con un resultado como este, algo no hemos hecho bien. Aquí hay un problema de responsabilidad política de un resultado malo sin paliativos; una responsabilidad que hay que asumir. Y esa responsabilidad la asume la dirección y la asumo yo —explicó el líder del PSOE en rueda de prensa en un ambiente de desolación.
El peor resultado electoral en la historia del PSOE se había llevado por delante a Rubalcaba. El partido había cosechado sucesivas derrotas desde su llegada y parecía no tocar suelo. Pese a la convocatoria del Congreso extraordinario se mantenía el calendario de las primarias abiertas en el mes de noviembre para elegir al futuro candidato a la Presidencia del Gobierno.

Los más adelantados fueron los primeros en pedir que el proceso de primarias abiertas se trasladase a la elección del secretario general. Fue el caso del secretario general del grupo socialista en el Congreso de los Diputados, Eduardo Madina, y de la exministra de Defensa, Carme Chacón, a los que se sumaron varios barones regionales como el valenciano Ximo Puig; Guillermo Fernández Vara, de Extremadura; Emiliano García-Page, de Castilla-La Mancha; y César Luena de La Rioja. Nadie quería aparecer en público como la persona que hurtaba el debate y la capacidad de decisión a las bases en un momento de cambio político en el país, pero dentro de la vieja guardia, en el entorno de Rubalcaba o en el PSOE andaluz de Susana Díaz, no se veía clara la apertura de la elección fuera del partido. No había precedentes en los estatutos internos —en los que se establecía la elección del secretario general por el voto de los delegados al Congreso— y se crearía un agravio con los militantes cuyo voto valdría lo mismo que el de cualquier ciudadano que quisiera participar en la elección.
Madina, el candidato auspiciado por Elena Valenciano, la número dos de Rubalcaba, tensaba la cuerda para forzar una elección abierta que podría descartar a la gran favorita entre la opinión pública y publicada: Susana Díaz. Eduardo Madina trató de ponerse en contacto con la presidenta andaluza para explicarle que solo pretendía dejar la decisión en manos de los militantes, pero no consiguió hablar con Díaz.
Al día siguiente, el jueves 29, Alfredo Pérez Rubalcaba respondió en los pasillos del Congreso que solo abriría la elección del secretario general al voto directo de la militancia si la fórmula gozaba de «seguridad jurídica» y «consenso». La propuesta de Madina y de algunos barones regionales de aplicar la fórmula un militante un voto, llevó al líder interino del PSOE a abrir una ronda de contactos con los secretarios regionales para explorar una fórmula que nunca se había llevado a cabo en el partido y que no aparecía en sus estatutos.
El último nombre que estaba sobre la mesa era el del diputado madrileño Pedro Sánchez. Junto con Pérez Tapias era el gran desconocido para el público, aunque trabajada desde hacía meses para presentarse a las primarias para la elección del candidato socialista a la Presidencia del Gobierno. La nueva hoja de ruta le hizo plantearse si adelantaría sus planes para optar a liderar el partido. Pedro Sánchez esperó a conocer el movimiento de Susana Díaz, la candidata favorita. Sánchez llevaba meses recorriendo las diferentes federaciones socialistas y muchas agrupaciones locales. Contaba entre su escueto equipo de colaboradores con algunos cuadros andaluces que conocían bien a la presidenta de la Junta. Eran diez personas de distinta procedencia. Algunos no se conocían personalmente hasta que celebraron su primera comida en marzo de ese año, en el restaurante Orixe de Madrid. Entre ellos estaba el sevillano Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, rival de Susana Díaz en las luchas por el control del partido desde sus primeros tiempos en las Juventudes Socialistas. Rodríguez Gómez de Celis conocía a Pedro Sánchez desde el año 2008, ambos coincidieron en un grupo de trabajo que montó el entonces secretario de Política Municipal del PSOE, Antonio Hernando.

El socialismo estaba en situación de pánico orgánico. Ante el estupor y la incertidumbre por su futuro, muchos militantes y dirigentes regionales apostaron por un liderazgo fuerte y ordenado que fuese capaz de sacar adelante al partido frente a un Congreso que amenazaba con agrandar la fractura. Una amplia representación de los cuadros pensaba que esa fortaleza y seguridad solo la representaba Susana Díaz. La presidenta andaluza concitó el apoyo de la mayoría de los líderes territoriales, de los expresidentes Felipe González y José Luis Rodríguez Zapatero, e hizo coincidir a veteranos como Alfonso Guerra, José Bono, y al expresidente andaluz Manuel Chaves. Oficialistas y críticos de muchos territorios estaban unidos con Susana Díaz. Algunos empezaron a llamarla la Reina del Sur. Pese a las presiones, Susana Díaz seguía sin revelar su decisión.
El único aspirante formal era José Antonio Pérez Tapias, mientras que Eduardo Madina seguía sin dar el paso al frente a pesar de que forzó que el Congreso se abriera al voto directo de los militantes. Madina se vio situado en el centro del huracán casi sin pretenderlo, con el impulso de Elena Valenciano, algunos miembros de la dirección federal y los secretarios regionales de Extremadura, Guillermo Fernández Vara; y Asturias, Javier Fernández.
Lo cierto es que Pedro Sánchez recabó catorce mil de los diecinueve mil avales que se firmaron en Andalucía. Finalmente ningún candidato recurrió los avales del contrario.
La campaña de las primarias comenzó con el temor a una alta abstención que algunos achacaron al efecto desilusionante que había provocado la ausencia de Susana Díaz. El 7 de julio se celebró un debate entre los tres aspirantes que rivalizaron al presentar medidas de regeneración y transparencia, pero que resultó ser de guante blanco pese a las pullas entre Madina y Sánchez. El vasco forzó a Sánchez a expresar su compromiso de mantener en noviembre las primarias para elegir al candidato a la Presidencia del Gobierno, algo que disgustó a la federación andaluza. Tres días más tarde, Sánchez matizaba sus palabras y dejaba la puerta abierta a retrasar la convocatoria —la opción que defendía Susana Díaz— al asegurar que propondría esa fecha al Comité Federal, pero la decisión la tomarían entre todos. El candidato madrileño denunció también juego sucio después de que el diario digital El Confidencial publicase que había ocultado su paso por la Asamblea General de Caja Madrid. Sánchez aseguró que siempre había declarado su paso por la entidad.

Mientras Susana Díaz seguía dando lustre a su currículo, Pedro Sánchez cometía sus primeros errores. El 25 de octubre se cumplían tres meses de su llegada a la Secretaría General del PSOE, en los que había recibido los primeros toques de atención de su principal apoyo para llegar al cargo, Susana Díaz, y su referente socialista, Felipe González, hasta el punto de verse obligado a rectificar algunas de sus iniciativas, casi de inmediato.
La primera orden del máximo responsable en Ferraz fue votar en contra del nombramiento del conservador Jean-Claude Juncker como presidente de la Comisión Europea, marcando distancias con sus antecesores y descartando la idea de una gran coalición con el PP en el futuro. Los eurodiputados del PSOE incumplieron así el pacto que habían sellado conservadores y socialdemócratas para repartirse los cargos en Bruselas. Los socialistas españoles también rompieron la disciplina de voto al abstenerse en la votación para que Miguel Arias Cañete ocupara la cartera de Energía y Cambio Climático.
También resultó problemática para Sánchez la decisión de publicar las cuentas del partido y las declaraciones de bienes de sus representantes. En estas declaraciones apareció el préstamo que Caja Madrid le otorgó mientras era uno de los miembros de la Asamblea de la entidad, una revelación que empañó la actuación contundente de Ferraz contra los exconsejeros socialistas que dispusieron de tarjetas black.
En el parón navideño se produjo el hecho que terminó de dinamitar las relaciones entre Zapatero y Sánchez. El expresidente acudió a una cena privada en casa del expresidente del Congreso de los Diputados, José Bono, junto al candidato a la Presidencia de Castilla—La Mancha, Emiliano García Page y los números uno y dos de Podemos, Pablo Iglesias e Íñigo Errejón. La reunión se produjo a espaldas de la dirección Federal del PSOE y trascendió unas semanas después, lo que elevó la irritación de Sánchez con Zapatero. El 22 de enero escenificaron en público su distanciamiento. En la presentación en Madrid del libro Seis meses que condujeron al rescate, del exministro Jordi Sevilla, ambos posaron para la foto de familia con sonrisas forzadas, pero no consintieron darse un apretón de manos, pese a la insistencia de la prensa.
Manuel Chaves volvió a erigirse en aliado de peso del liderazgo del secretario general. Chaves recordó que Sánchez era el secretario general con más legitimidad en la historia del PSOE al haber sido elegido en unas primarias con el voto directo de los militantes, por lo que cuestionar su liderazgo sería un suicido para el partido. El exalcalde de San Sebastián, Odón Elorza, o el senador extremeño, Francisco Fuentes Gallardo, fueron mucho más duros y explícitos al arremeter contra las insinuaciones de la presidenta andaluza sobre el liderazgo de Pedro Sánchez.
—¡Que se calle! —pidió Elorza a Susana Díaz.
Ante la dura crítica a Susana Díaz y la falta de respuesta de los diputados andaluces, como el secretario general del grupo parlamentario, Miguel Ángel Heredia.

En las elecciones andaluzas. Las diferencias con Pedro Sánchez quedaron patentes. Sólo coincidieron en dos mítines, ya no se hablaban, ni miraban. Sánchez, que día a día trataba de reivindicar su liderazgo frente a la andaluza, le dijo en el cierre de campaña en Sevilla que pretendía ser el próximo presidente del Gobierno pese a no contar con su apoyo como candidato.
—Forjemos Susana, tú y yo, una nueva alianza de gobiernos socialistas en San Telmo y en la Moncloa —le espetó.
Sánchez dio a entender que el liderazgo de Susana Díaz seguiría estando en Andalucía, pero sólo en Andalucía. La frase disgustó a la candidata andaluza que respondió con nuevos desaires.
El resultado, como indicaban las encuestas, ofreció una victoria incontestable del PSOE —cuarenta y siete escaños— pero manteniendo el mismo número de diputados que logró Griñán en 2012 y lejos de la mayoría absoluta. Los socialistas en Andalucía volvían a ser la lista más votada —tres años antes lo había sido el PP de Javier Arenas— y mantenían el empuje frente a la irrupción de nuevas fuerzas. El resultado de Susana Díaz se hizo bueno por el desplome de los populares de Juan Manuel Moreno Bonilla que pasó de los cincuenta a los treinta y tres parlamentarios, sufriendo el desgaste de las políticas de Mariano Rajoy y la falta de liderazgo.

La confianza de Chaves en la presidenta andaluza también quedó maltrecha, aunque ambos mantendrían un frecuente contacto epistolar. Griñán sí conservó el vínculo casi paternal que había ejercido sobre Díaz. Los dos últimos presidentes de la Junta de Andalucía y del PSOE habían salido por la puerta de atrás de la política. Su brillante expediente había quedado manchado para siempre por el caso de los ERE, la trama de corrupción que sacudió e hizo tambalearse al partido que había gobernado ininterrumpidamente Andalucía.
La salida de Chaves y Griñán permitió a Susana Díaz convertirse en presidenta andaluza con la fuerza de los votos. Marcaría otro hito sin precedentes, sería la primera gobernante que daría a luz un hijo estando en el cargo. La muerte política de sus predecesores le despejaba el futuro en el que muchos la veían como la última esperanza para salvar a un partido que, a nivel nacional, estaba gravemente enfermo y ávido de un liderazgo incontestable.
Desde que dio sus primeros pasos en el barrio trianero de El Tardón, Susana Díaz ha superado o derribado todos los obstáculos que se le han puesto por delante para lograr sus retos. Los que le quedan por batir están en Madrid.

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