La sociedad multiétnica (pluralismo, multiculturalismo y extranjeros) — Giovanni Sartori

Este es otro libro polémico pero de gran actualidad en los tiempos actuales, sociedad abierta no se entiende —ni aquí ni en la literatura que trata de ello— una sociedad sin fronteras. Las fronteras pueden desplazarse, pero siempre habrá alguna frontera, aunque se puedan variar enormemente su franqueabilidad y su porosidad. Así pues, sociedad abierta.
Históricamente, la idea de pluralismo (subrayo: la idea, no la palabra, que llegará siglos más tarde) ya está implícita en el desarrollo del concepto de tolerancia y en su aceptación gradual en el siglo XVII en la época de las guerras de religión. Se comprende que tolerancia y pluralismo son conceptos distintos, pero también es fácil entender que están intrínsecamente conectados. En este sentido: que el pluralismo presupone tolerancia y, por consiguiente, que el pluralismo intolerante es un falso pluralismo. La diferencia está en que la tolerancia respeta valores ajenos, mientras que el pluralismo afirma un valor propio. Porque el pluralismo afirma que la diversidad y el disenso son valores que enriquecen al individuo y también a su ciudad política.
Pluralismo no es ser plurales. Y si confundimos los dos conceptos entonces colocamos juntos, en una noche hegeliana en la que todos los gatos son pardos, una fragmentación tribal (África), un sistema de castas (India) y también (¿por qué no?) la existencia conforme al propio estamento del orden medieval. Pero esto no es más que una operación que yo llamo de evaporización de los conceptos, o sea, de destrucción de las ideas claras y distintas. Y antes de retomar el camino y de llegar a los abusos más recientes del término me toca precisar lo que se puede y se debe entender sensatamente por «pluralismo».

Pluralismo» de «plural» —de algo más que uno— sólo es expresión de pobreza y simplismo intelectuales. Y para comprender el pluralismo extrayéndolo del gran magma todopluralista que he recordado más arriba, distinguiré tres niveles de análisis, es decir, entre: 1) pluralismo como creencia, 2) pluralismo social, y 3) pluralismo político.
Pluralismo es también entender de tolerancia, consenso, disenso y conflicto. Querría ahora profundizar brevemente en los dos primeros conceptos, para después introducir en el discurso la noción de comunidad.
Para empezar, volvamos a echar una mirada ala tolerancia. Tolerancia no es indiferencia, ni presupone indiferencia. Si somos indiferentes, no estamos interesados: fin del discurso. Tampoco es verdad, como se suele mantener, que la tolerancia suponga un relativismo. Cierto es que, si somos relativistas, estamos abiertos a una multiplicidad de puntos de vista. Pero la tolerancia es tolerancia (su nombre lo indica) precisamente porque no presupone una visión relativista. Quien tolera tiene creencias y principios propios, los considera verdaderos, y, sin embargo, concede que los otros tengan el derecho a cultivar «creencias equivocadas». La cuestión es importante porque establece que el tolerar no es, ni puede ser, algo ilimitado. «La tolerancia está siempre en tensión y nunca es total.
Los tratos desiguales que violan el principio de la generalidad de la ley son aceptables sólo dentro de unos límites. Y mientras que esos límites se respetan en el contexto de la acción afirmativa, en cambio se saltan en el multiculturalismo. De hecho, en el primer caso el trato desigual persigue resultados iguales (o sea, iguales posiciones de partida, iguales oportunidades de despegue para todos), mientras que en el caso del multiculturalismo los tratos desiguales se proponen crear resultados desiguales (una diferenciación-separación entre identidades distintas). En los paquetes de cigarrillos es obligatorio advertir: atención, el tabaco perjudica seriamente la salud. En cambio, y desgraciadamente, sobre el paquete de la oferta multicultural no está la advertencia «atención, con nosotros se vuelve al arbitrio». Y, sin embargo, así es.

Hoy se empieza a considerar que la tesis de la igual ciudadanía es válida en el contexto del Estado-nación, pero que pierde validez cuando el Estado nacional entra en crisis y todavía más cuando un Estado concreto no es nacional, cuando es multinacional. Pero ¿por qué? Si el Estado-nación está en crisis, de ahí no se deduce que el Estado en sí y por sí esté en crisis. Las dos cosas —Estado y nación— no sobreviven y caen juntas. Un Estado no debe ser nacional para ser Estado: basta que sea una organización con potestad soberana provista de adecuados aparatos coercitivos. Por tanto, no se entiende por qué de la crisis del Estado nacional (o del reconocimiento de su multinacionalidad) se derive que también el ciudadano entra en crisis. El destino del «ciudadano igual» no depende de la naturaleza nacional o no del Estado, sino de la estructura liberal-constitucional o no del Estado. Y, por consiguiente, si el ciudadano está hoy amenazado es porque el Estado que lo ha creado está amenazado. El ciudadano igual nace y vive con leyes iguales; y de la misma manera muere con leyes desiguales.
En Italia, que es un país sin «racistas originarios» donde nunca ha arraigado el racismo. Los judíos italianos fueron protagonistas del Risorgimento, y quizá han sido el grupo hebreo más integrado de toda la Diáspora. En Italia el racismo nace con el fascismo y muere con él. Si volviera a nacer, no sería porque los italianos sean racistas, sino porque un racismo ajeno genera siempre, y llegado un momento, reacciones de contrarracismo. Tengamos cuidado: el verdadero racismo es el de quien provoca el racismo.

El pluralismo no ha sido nunca un «proyecto». Ha surgido a trompicones de un nebuloso y sufrido proceso histórico. Y aunque sí es una visión del mundo que valora positivamente la diversidad, no es una fábrica de diversidad, no es un «creador de diversidades», una diversity machine. El multiculturalismo, en cambio, es un proyecto en el sentido exacto del término, dado que propone una nueva sociedad y diseña su puesta en práctica. Y es al mismo tiempo un creador de diversidades que, precisamente, fabrica la diversidad, porque se dedica a hacer visibles las diferencias y a intensificarlas, y de ese modo llega incluso a multiplicarlas.
Por tanto, el multiculturalismo no es —como he subrayado en muchas ocasiones— una continuación y extensión del pluralismo sino que es una inversión, un vuelco que lo niega. Sobre todo en dos aspectos. El primero se refiere al nexo entre pluralismo, asociaciones voluntarias y grupos «de adscripción».
El problema de la identidad se invierte cuando se transfiere de Norteamérica a Europa. En el Nuevo Mundo (EE UU y Canadá) se trata de reconocer la identidad de minorías internas; en Europa el problema en cambio es salvar la identidad del Estado-nación de una amenaza cultural externa, planteada por la llegada a casa de culturas profundamente extrañas. En Estados Unidos las identidades a salvar son las identidades que el melting pot —se vocea— ha sofocado. En Europa, si la identidad de los huéspedes permanece intacta, entonces la identidad a salvar será, o llegará a ser, la de los anfitriones. Pero, si es así, en verdad resulta una paradoja que nuestros «ciudadanistas» (los que sostienen que la ciudadanía da y produce integración) simpaticen conceptualmente con la tesis multiculturalista americana. Porque de ese modo se colocan en profunda contradicción consigo mismos. Si es cierto, como lo es, que la política del reconocimiento por un lado y la integración por otro se excluyen recíprocamente, entonces querer la primera es no querer la segunda.

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