A Moscú sin kaláshnikov — Daniel Utrilla / A Moscow Without Kalashnikov by Daniel Utrillo (spanish book edition)

Este es un interesante libro sobre la admirada Unión Soviética y después Rusia y repúblicas por el autor que fue corresponsal del diario el Mundo, La Razón en ese país como brochazos y con ironía va vinculando clichés para describirnos la idiosincrasia rusa, es un libro que nos habla de cosmonautas, el Tetris la Unión Soviética pero demasiadas referencias al Real Madrid más allá de Biriukov y Sabonis y eso es lo más negativo del libro y lo del mapa de Moscú y el escudo del Real Madrid…
A través de nuestra ensaladilla rusa nos adentra en ese país donde culinariamente nos intentan retar y es un repaso por la historia de ese país todo regado e unificado con el vodka como la savia eslava.
El cirujano que cosió las dos mitades de Volodia y de las decenas de millones de rusos como él tiene un nombre: Vladímir Putin. Una de sus primeras medidas fue adormecer el debate sobre el entierro de la momia de Lenin, el que más divide aún hoy al demediado pueblo ruso.

Los rusos se encomiendan a las supersticiones domésticas contra el mal fario con devoción y un punto de maniático automatismo. No dar la mano en el umbral de la puerta, escupir tres veces por encima del hombro izquierdo para ahuyentar el mal fario, quitar las botellas vacías de la mesa y ponerlas en el suelo, regalar siempre flores en número impar (los ramos con pares de flores son para honrar a los muertos), o mirarse en el espejo cuando volvemos a por algo que olvidamos al salir de casa, son preceptos de obligado cumplimiento.
Otra superstición clásica rusa prescribe la necesidad de sentarse unos segundos en silencio con la persona que parte de viaje. «Los diez segundos que estuvimos con las puertas cerradas me parecieron una hora. Al final todos nos levantamos haciendo la señal de la cruz y comenzaron las despedidas», recuerda Tólstoi el día de su partida a Moscú en Infancia.
Muchos rusos no matan arañas por si las moscas (dicen que son anunciadoras de riqueza, pero yo me pregunto quién convence a determinados banqueros de que las telarañas de su caja fuerte no son en modo alguno alarmantes).

Moscú impresiona a lo ancho. Abruma por sus dimensiones, lo que —paradójicamente— genera una extraña sensación de apresamiento. Es algo parecido a la congoja del reo que se siente encerrado en campo abierto, aislado en medio del insondable horizonte siberiano. Es la claustrofobia de lo infinito. Como decimos, la redondez no hace más manejable la ciudad. Atrapado en una calle que no acaba de terminar, uno preferiría que la ciudad tuviera forma de trapecio irregular o de buey almizclero, pero que todo estuviera un poco más a mano.
La soledad es un deporte de masas en Moscú, como lo es en todas las grandes megalópolis. Pero, a la indefensión que genera el sentirse solo, se une la de no encontrar la dirección de tus amigos.
El ruso vive sin complejos, con la vida por delante a guisa de parachoques, mientras que, en otras latitudes, a la vida solemos superprotegerla llevándola en el maletero, como un cadáver. En Moscú uno siempre tiene la sensación de que, para bien o para mal, siempre está a punto de ocurrirle algo, desde una gotera hasta un ciclón. Por eso, no se trata de si se vive mejor o peor en Moscú (no dudo de que se viva mejor en Zúrich, desde un punto de vista estrictamente material y lacustre). La cuestión es que en Moscú se vive. Ocurren cosas. Constantemente.

Zhirinovski dijo una cosa que le he oído decir a más de un ruso de a pie: «Occidente critica a Rusia porque nos tiene envidia». «Incluso si las elecciones fueran cien veces mas democráticas que ahora, de todos modos tratarían de denigrarnos. Eso lo lleva haciendo Occidente durante 300 años. A ellos no les gusta nadie, ni el PCUS, ni Yeltsin, ni Putin, y el nuevo presidente tampoco les gustará [se refería a Dmitri Medvédev]. Es por envidia. Es como cuando una mujer fea envidia a una guapa», dijo el líder del LDPR. Si el orgullo ruso fuera un globo aerostático, Zhirinovski sería su hornillo.
El mimetismo cromático entre la muralla del Kremlin y la coraza del futbolista ilustra perfectamente la idea del balompié como arma de motivación nacional masiva. Porque los goles en diplomacia también se meten con el pie (o con la mano si no queda más remedio).

El caso Litvinenko, el más espectacular episodio de guerra de espías desde que, el 7 de septiembre de 1978, el escritor y disidente búlgaro Gueorgui Márkov fue aguijoneado en el muslo con la punta envenenada de un paraguas cuando esperaba un autobús en Londres, fue calificado por John Le Carré de «inverosímil.
Inglaterra y EE.UU. ven a Rusia como un gran oso que mete el morro donde no debe», me dijo Lugovoi, protagonista de un caso que despeinó la imagen internacional de Rusia como pocas noticias lo habían hecho hasta entonces, más que los secuestros del teatro moscovita o de la escuela de Beslán, o que el asesinato de la periodista crítica Anna Politkóvskaya, tiroteada en el portal de su casa ese mismo otoño.
La imagen evocada por Lugovoi del oso ruso no está cogida al azar, sino del zar. No en vano, la primera caricatura de Rusia metida en la piel del oso se remonta a los tiempos de los zares. En concreto a 1791, cuando el dibujante inglés William Holland publicó una ilustración en la que la emperatriz Catalina II aparece representada con cuerpo de oso y gesto amenazador frente a Jorge III, sus ministros y sus obispos, uno de los cuales musita: «Señor, sálvanos de los osos rusos».

La imponente fachada de columnado corintio absorbe nuestra atención como la enorme boca barbada de una ballena varada. Imposible sustraerse a sus cantos, a sus piedras, envueltos por el murmullo de la gran fuente que borbotea en la plaza, frente a la mayor garganta de Rusia. El Bolshói se mete al viandante en el bolsillo (bolshillo), pero nosotros también nos lo metemos a él, pues es su estampa y no otra la que se repite en los billetes rosados de cien rublos. La plaza Teatrálnaya donde se asienta el Bolshói fue proyectada tras el incendio de 1812 como epicentro del nuevo Moscú renacido de sus cenizas.
En diciembre de 2012 un popular showman de la televisión rusa llamado Dzhigurdá, de melena tan larga como su lengua, hizo una peculiar puesta en escena en la Plaza Roja, donde se puso a imitar el peculiar trote del estilo Gangnam, el videoclip del artista surcoreano PSY que ese año enloqueció al planeta (en poco más de un año superó en YouTube los 1500 millones de reproducciones, más que toda la población de China). En el video de Dzhirgurdá que circuló por la Red se ve al ruso, greñas al viento, imitando el bamboleo del jinete sobre su caballo invisible, cuando de súbito entra en escena un policía como caído del cielo que se le acerca y le espeta alto y claro: «En la Plaza Roja no está permitido bailar». Era lo que faltaba por oír para confirmar que, efectivamente, esta es una plaza de lo más parada (pese a la parada del 9 de mayo). La Plaza Roja es una plaza encerrada en sí misma. La plaza suele cerrar periódicamente para acoger distintos actos, conciertos o incluso para habilitar en ella una pequeña pista de patinaje sobre hielo. Pero eso no es darle vida. Es darle veda.
Se sabe que la Plaza Roja no recibe su nombre del color, sino del sentido primigenio de la palabra rojo (krasni en ruso), que quiere decir hermoso, aunque, claro está, al Moscú de los soviets le vino que ni pintado esa doble acepción de la palabra rojo.
La plaza limita al norte con el Museo Histórico, una fabulosa edificación de ladrillo rojo alzada en estilo neorruso. Los realces y las molduras de su estrepitosa fachada parecen salidos del punzón de un hábil chocolatero, mientras que sus tejadillos y saledizos con revestimientos de aluminio la guarnecen con una especie de capa nevada perenne todo el año. El museo parece un apéndice del Kremlin, un pedúnculo disociado de la muralla roja con sus propias torrecillas y pináculos rojos. Su creador, Vladímir Shervud, dijo que sus torres eran un símbolo de que la ortodoxia era «el elemento cultural principal de la idea de nación rusa.
Frente a la parálisis que gobierna la Plaza Roja, la catedral de San Basilio se alza como un torbellino de movimiento y de color. Si paseamos girando a su alrededor sin perder de vista sus nueve cúpulas policromadas, éstas irán aflorando, eclipsándose entre sí y desapareciendo ante nuestros ojos como bolas de colores entre los hábiles dedos de un mago.
Nada más entrar en la Plaza Roja nuestros ojos ruedan a su encuentro, disparados hacia el manojo de bolos. Cuando la lengua se me queda pegada a este cucurucho de nueve bolas de helado con sirope, todos los adjetivos y metáforas que salivo son indefectiblemente de carácter dinámico.

La modelo rusa Olga Rodiónova, una de las últimas musas de Helmut Newton y portada de Playboy por obra y gracia de LaChapelle, recuerda que en la escuela, durante los estertores de la era Brézhnev, su maestra soviética reprimía su incipiente coquetería arrancándole los pendientes porque —decía— las joyas eran objetos «antipatrióticos». «Aquella maestra me obligaba a quitarme los pendientes de mi abuela por la sencilla razón de que costaban lo mismo que su sueldo.
Antes de sacrificar su coquetería en aras de la revolución, la mujer rusa deslumbraba al visitante extranjero en los salones palaciegos de Moscú y de San Petersburgo. Valga decir que en las chispeantes y ocurrentes Cartas desde Rusia que el escritor y diplomático Juan Valera escribió durante el medio año que vivió en San Petersburgo y Moscú (entre diciembre de 1856 y mayo de 1857), hay más descripciones de mujeres rusas que en todos los autores viajeros que describieron su odisea en el país de los soviets. Los que conocemos Rusia, las colas son cosa del pasado excepto para estos musicales…

Libro muy interesante y divertido sobre Rusia y las otras ex-repúblicas soviéticas. Multitud de detalles y curiosidades que hacen la lectura muy amena. Recomendado para todo aquel que tenga un mínimo de interés en Rusia y alrededores.
Lo malo es su estilo de escritura. Demasiados datos interesantes sobre Rusia. Ciertos párrafos están tan repletos de juegos de palabras, metáforas y asociaciones forzadas que dan ganas de tomar aire.

This is an interesting book about the admired Soviet Union and then Russia and republics by the author who was correspondent of the newspaper El Mundo, La Razón in that country as brochazos and with irony linking cliches to describe the Russian idiosyncrasy, is a book that speaks of cosmonauts, the Tetris the Soviet Union but too many references to Real Madrid beyond Biriukov and Sabonis and that is the most negative of the book and the map of Moscow and the shield of Real Madrid …
Through our Russian salad we enter that country where culinarily we try to challenge and is a review of the history of that country all watered and unified with vodka as the Slavic sap.
The surgeon who sewed the two halves of Volodya and the tens of millions of Russians as he has a name: Vladimir Putin. One of his first measures was to lull the debate over the burial of Lenin’s mummy, which most still divides the half-full Russian people today.

Russians entrust themselves to domestic superstitions against evil with devotion and a point of maniacal automatism. Do not shake hands in the doorway, spit three times over the left shoulder to ward off the bad smell, remove the empty bottles from the table and put them on the floor, always give flowers in odd number (the bouquets with pairs of flowers are to honor the dead), or look in the mirror when we return to something we forget when leaving home, are mandatory precepts.
Another classic Russian superstition prescribes the need to sit a few seconds in silence with the person on the road. “The ten seconds we were with the doors closed seemed like an hour. In the end we all got up making the sign of the cross and started the farewells, “recalls Tólstoi on the day of his departure for Moscow in Childhood.
Many Russians do not kill spiders in case they fly (they say they are advertisers of wealth, but I wonder who convinces certain bankers that the webs of their safe are not in any way alarming).

Moscow impresses across. It overwhelms by its dimensions, which – paradoxically – generates a strange sensation of imprisonment. It is something like the anguish of the prisoner who feels locked in the open field, isolated in the middle of the unfathomable Siberian horizon. It is the claustrophobia of the infinite. As we say, roundness does not make the city more manageable. Trapped in a street that has not just finished, one would prefer that the city was shaped like an irregular trapeze or musk ox, but that everything was a little more at hand.
Loneliness is a sport of mass in Moscow, as it is in all the great megalopolises. But, the helplessness generated by feeling alone, joins that of not finding the address of your friends.
The Russian lives without complexes, with life ahead as a bumper, while in other latitudes, we usually overprotect life by carrying it in the trunk, like a corpse. In Moscow you always have the feeling that, for better or for worse, something is always about to happen to you, from a leak to a cyclone. That is why it is not a matter of whether you live better or worse in Moscow (I do not doubt that you will live better in Zurich, from a strictly material and lacustrine point of view). The point is that in Moscow you live. Things happen. Constantly.

Zhirinovski said one thing I have heard from more than one ordinary Russian: “The West criticizes Russia because it envies us.” “Even if the elections were a hundred times more democratic than now, they would try to denigrate us anyway. That has been done by the West for 300 years. They do not like anyone, nor the CPSU, nor Yeltsin, nor Putin, and the new president will not like it either [he was referring to Dmitri Medvedev]. It’s because of envy. It’s like when an ugly woman envies a beautiful girl, “said the LDPR leader. If Russian pride were a hot air balloon, Zhirinovski would be his stove.
The chromatic mimicry between the Kremlin wall and the player’s breastplate perfectly illustrates the idea of ​​football as a massive national motivational weapon. Because the goals in diplomacy also get in with the foot (or with the hand if it is not left more remedy).

The Litvinenko case, the most spectacular spy war episode since, on September 7, 1978, the Bulgarian writer and dissident Georgy Márkov was stung on the thigh with the poisoned tip of an umbrella while waiting for a bus in London, was qualified by John Le Carré of “implausible.
England and the USA they see Russia as a great bear that puts the nose where it should not, “Lugovoi told me, the protagonist of a case that ruffled the international image of Russia as few news had done so far, rather than the kidnappings of the Moscow theater or the School of Beslan, or that the murder of the critical journalist Anna Politkovskaya, shot in the portal of his house that same autumn.
The image evoked by Lugovoi of the Russian bear is not caught by chance, but by the Tsar. Not in vain, the first caricature of Russia stuck in the skin of the bear goes back to the times of the czars. Specifically, in 1791, when the English artist William Holland published an illustration in which Empress Catherine II appears depicted with the body of a bear and a threatening gesture in front of George III, his ministers and bishops, one of whom mutters: «Lord, save us from the Russian bears ».

The imposing Corinthian colonnade facade absorbs our attention like the huge barred mouth of a beached whale. Impossible to escape its songs, its stones, wrapped by the murmur of the great fountain that gurgles in the square, in front of the biggest gorge in Russia. The Bolshoi gets the passer-by in his pocket (pocket), but we also put it on him, because it is his stamp and not another one that is repeated on the pink bills of one hundred rubles. The Teatrálnaya square where the Bolshoi sits was projected after the fire of 1812 as the epicenter of the new Moscow reborn from its ashes.
In December 2012, a popular Russian television showman named Dzhigurdá, with hair as long as his tongue, made a peculiar staging at Red Square, where he began to imitate the peculiar trot of Gangnam style, the video clip of the South Korean artist PSY that year crazed the planet (in just over a year exceeded on YouTube the 1.5 billion copies, more than the entire population of China). In the video of Dzhirgurdá that circulated on the Net you see the Russian, hair in the wind, imitating the rider’s wobble on his invisible horse, when suddenly a police officer enters the scene as if fallen from the sky that approaches him and bids him high and clear: «In the Red Square it is not allowed to dance». It was what was missing to hear to confirm that, indeed, this is a place of the most stop (despite the stop on May 9). The Red Square is a square enclosed in itself. The square usually closes periodically to host different acts, concerts or even to enable a small ice skating rink on it. But that is not giving it life. It is to give you a ban.
It is known that the Red Square does not receive its name from the color, but from the primitive meaning of the word red (krasni in Russian), which means beautiful, although, of course, the Moscow of the soviets came to him who did not even paint that double meaning of the word red.
The square is bounded on the north by the Historical Museum, a fabulous building of red brick raised in the Neo-Russian style. The highlights and moldings of its resounding façade seem to come from the punch of a skillful chocolatier, while its roofs and overhangs with aluminum coverings gird it with a kind of perennial snow cover all year round. The museum looks like an appendage to the Kremlin, a dissociated peduncle of the red wall with its own turrets and red pinnacles. Its creator, Vladimir Shervud, said its towers were a symbol that orthodoxy was “the main cultural element of the idea of ​​a Russian nation.
Facing the paralysis that governs the Red Square, the Cathedral of San Basilio rises like a whirlwind of movement and color. If we walk round it without losing sight of its nine polychrome domes, these will emerge, eclipsing each other and disappearing before our eyes like colored balls between the skillful fingers of a magician.
As soon as we enter the Red Square our eyes roll to meet them, fired towards the bunch of bowling pins. When my tongue sticks to this cone of nine balls of ice cream with syrup, all the adjectives and metaphors that saliva are unfailingly dynamic.

The Russian model Olga Rodiónova, one of the last muses of Helmut Newton and cover of Playboy by work and grace of LaChapelle, remembers that in the school, during the death throes of the Brezhnev era, her Soviet teacher repressed her incipient coquetry by tearing off the earrings because -he said- the jewels were “unpatriotic” objects. “That teacher forced me to take off my grandmother’s earrings for the simple reason that they cost the same as her salary.
Before sacrificing her coquetry for the sake of revolution, the Russian woman dazzled the foreign visitor in the palatial halls of Moscow and St. Petersburg. It is worth mentioning that in the sparkling and witty letters from Russia that the writer and diplomat Juan Valera wrote during the half year he lived in St. Petersburg and Moscow (between December 1856 and May 1857), there are more descriptions of Russian women than in all the traveling authors who described their odyssey in the country of the Soviets. Those of us who know Russia, queues are a thing of the past except for these musicals …

Very interesting and funny book about Russia and the other ex-Soviet republics. Many details and curiosities that make reading very enjoyable. Recommended for anyone who has a minimum interest in Russia and surroundings.
The bad thing is his writing style. Too many interesting facts about Russia. Certain paragraphs are so full of puns, metaphors and forced associations that they make you want to take a breath.

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