Si sólo me quedara una hora de vida — Roger Pol-Droit / Si je n’avais plus qu’une heure à vivre (only one hour to dead) by Roger Pol-Droit

Este es un muy interesante breve libro para reflexionar donde a una hora para morir, en que gastaríamos ese tiempo, con la muerte acechando muchas cosas pierden su significado además los valores inculcados por la sociedad occidental son cadenas.
Cada vez sabemos menos lo que puede significar esa palabra, la felicidad no es un estado continuo, persistente, homogéneo y liso, un paroxismo inmóvil e inoxidable de beatitud infinita,
eso no es más que una tontada, una supertontada, una tontada total,
eso no existe, no se encuentra en ninguna parte, salvo en algún hipotético más allá, un supuesto Paraíso, sueño de Edén, lugares donde la mano del hombre no ha puesto jamás el pie, como decía Agénor Fenouillard.

Nuestra cultura detesta la ignorancia, le achaca todos los males, la cree maléfica y amenazadora, hasta el punto de que cuando el conocimiento es inaccesible, cuando está fuera de nuestro alcance, tapamos las lagunas mediante creencias, reemplazamos en lo posible lo que no sabemos por relatos y trozos de deseos transformados en realidades
así, no sé lo que se mantiene unido tras la muerte, como no lo sabe nadie en el mundo, ningún humano lo sabe a ciencia cierta, con un saber firmemente establecido, y por tanto creemos, algunos a pies juntillas, que existe una inmortalidad de las personas y que esa inmortalidad nos permitirá encontrarnos con nuestros allegados en otro mundo,
o bien creemos por el contrario, y también a pies juntillas, que desaparecemos para siempre, siendo la nada eterna nuestro destino.

Los humanos son grandes por su locura necesariamente insensatos, nadie puede negarlo, pero éste es su destino podemos achacar a la sinrazón sus pasiones religiosas, sus fanatismos políticos, sus exigencias revolucionarias, sus sistemas del mundo, podemos insistir en lo inverosímil y ridículo de sus supersticiones, sus pretendidas revelaciones, su magia disfrazada, sus utopías, su mundo perfecto, sus justicias delirantes.
Todo eso es verdad, pero esta locura no tiene salida, es más: la propia razón es una de sus manifestaciones, creer que se puede vivir rigiéndose totalmente por la razón, que toda locura puede ser abolida, es otra insensatez. Pascal lo sabía muy bien: “los hombres están tan irremediablemente locos, que no estar loco sería otra especie distinta de locura”.

El problema de la muerte no radica en los hechos, sólo en lo que pensamos de ellos,
pero cada vez pensamos menos en la muerte, preferimos apartar la mirada, hablar de otra cosa, ocuparnos de lo que sea con tal de no poder pensar en ella. Esa falsa despreocupación hace perder de vista no la muerte, sino lo esencial de la vida
salvo que esta vez sé que va a llegar y ya se acabó la filosofía, las bellas consideraciones sobre el aprender a morir, la serenidad, la indiferencia del sabio, la plenitud del instante más mínimo
ya no soy más que ganas de llorar…

En conclusión, saber cómo vivir, el tema parece muy complicado, durante mucho tiempo creí que efectivamente lo era, ahora pienso que no es el caso, al contrario, es sencillísimo
la respuesta no depende de nada que haya que deducir, elaborar y descubrir al final de un largo trabajo, saber qué es el bien, comprender cómo comportarse con los demás, no dependen a fin de cuentas de ninguna reflexión, ni siquiera de un pensamiento. Las respuestas se imponen como evidencias sensibles, como sensaciones, hechos tan presentes como el color del cielo, la fuerza del viento, el calor del fuego.
He tardado mucho tiempo en comprender que era así, que no hay nada que comprender y que lo que hay que hacer es sentir, la virtud, con la cual los griegos nos machacan los oídos, con Sócrates a la cabeza, y detrás de él todos los demás, no es demostrable, jamás deducida ni deducible,siempre está supuesta, experimentada.

This is a very interesting brief book to reflect where at an hour to die, in which we would spend that time, with death lurking many things lose their meaning, the values ​​inculcated by Western society are chains.
Each time we know less what that word can mean, happiness is not a continuous, persistent, homogeneous and smooth state, an immobile and stainless paroxysm of infinite bliss,
that’s just a silly, a supertontada, a total fool,
that does not exist, it is not found anywhere, except in some hypothetical beyond, a supposed Paradise, dream of Eden, places where the hand of man has never set foot, as Agénor Fenouillard said.

Our culture detests ignorance, blames all ills, believes it maleficent and threatening, to the point that when knowledge is inaccessible, when it is out of our reach, we cover the gaps by beliefs, replace as much as possible what we do not know by stories and pieces of wishes transformed into realities
thus, I do not know what remains united after death, as no one in the world knows, no human knows it with certain knowledge, with a firmly established knowledge, and therefore we believe, some of them blindly, that there is an immortality of people and that immortality will allow us to meet our relatives in another world,
or else we believe on the contrary, and also blindly, that we disappear forever, being eternal nothingness our destiny.

Humans are great because of their madness necessarily foolish, no one can deny it, but this is their destiny we can blame their religious passions, their political fanaticisms, their revolutionary demands, their systems of the world, we can insist on the implausible and ridiculous of their superstitions, their pretended revelations, their disguised magic, their utopias, their perfect world, their delirious justices.
All this is true, but this madness has no way out, it is more: the reason itself is one of its manifestations, believing that you can live totally governed by reason, that all madness can be abolished, it is another foolishness. Pascal knew it very well: “men are so hopelessly crazy, that not being crazy would be another species different from madness”.

The problem of death does not lie in the facts, only in what we think of them,
but each time we think less about death, we prefer to look away, talk about something else, deal with whatever it is that we can not think about it. That false carelessness makes you lose sight of death, but the essential of life
except that this time I know it will come and the philosophy is over, the beautiful considerations about learning to die, serenity, the indifference of the wise, the fullness of the most minimal moment
I’m no more than crying …

In conclusion, knowing how to live, the subject seems very complicated, for a long time I thought it was really, now I think that is not the case, on the contrary, it is very simple
the answer does not depend on anything that has to be deduced, elaborated and discovered at the end of a long work, knowing what is good, understanding how to behave with others, do not depend in the end on any reflection, or even a thought. The answers are imposed as sensitive evidences, as sensations, facts as present as the color of the sky, the force of the wind, the heat of the fire.
It took me a long time to understand that it was like that, that there is nothing to understand and that what must be done is to feel, virtue, with which the Greeks crush our ears, with Socrates at the head, and behind him all the others, it is not demonstrable, never deduced or deductible, it is always supposed, experienced.

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