El periodista y el asesino — Janet Malcolm

Esta breve obra es una obra que habla sobre la misión del periodista en un libro en el cual por momento te pierden las referencias, pero muy interesante y para mucha gente polémico es más que interesante, pero la máxima es absoluta. “Todo periodista que no sea demasiado estúpido o demasiado engreído para no advertir lo que entraña su actividad sabe que lo que hace es moralmente indefendible. El periodista es una especie de hombre de confianza, que explota la vanidad, la ignorancia o la soledad de las personas, que se gana la confianza de éstas para luego traicionarlas sin remordimiento alguno.”
Nos adentra en los McDonald que se pregunta si realmente es el asesino de su mujer y sus dos hijas pero el trasfondo es la eterna cuestión entre ética por encima de la verdad, ese es un dilema que planea.
McGinniss creía que Jeffrey McDonald fuera inocente, comencé a entregarle a Joe material que había reunido en Long Island. Deseaba ayudarlo de alguna manera a fin de que —supongo que egoístamente—.
Eso es periodismo diario. Ahora bien, Joe se encontraba en una situación diferente respecto de MacDonald: además de ser uno la fuente de información y el otro el periodista, eran socios en un negocio. De manera que uno puede preguntar filosóficamente ‘¿Cambia esta circunstancia la obligación de Joe de decir la verdad a Jeffrey?’. No lo sé. Personalmente creo que Joe no debería haber engañado a Jeffrey.
“McGinniss debería haberse pasado allí meses hablando con la gente”, dijo Keeler. “Yo no tenía la oportunidad de hacer ese tipo de reportaje pues en aquel momento estaba trabajando dieciocho horas por día en Albany como jefe de oficina del Newsday y sólo podía trabajar en el libro los fines de semana. En realidad, para ser honesto, no comprendo lo que hizo Joe durante esos cuatro años en que estuvo escribiendo el libro. Si uno es un periodista debe practicar su oficio, debe salir a las calles y hablar con la gente, debe rastrear pistas, debe hablar con docenas y docenas de personas”. Se detuvo un instante y luego prosiguió diciendo: “No deseo que esto parezca como aquello de que las uvas están verdes, que parezca que digo todas estas cosas terribles de Joe como periodista sólo porque él escribió su libro y yo no pude hacerlo. Lo cierto es que todo este asunto me ha dejado confundido. Es algo típico de mi mala suerte. Aquí tenía una oportunidad de ganar algo de dinero de manera que no me sorprendí mucho cuando vi que el proyecto no cuajaba. Sentía hasta en los huesos que no cuajaría”.

El caso MacDonald versus McGinniss el escritor que acude suele tan sólo empeorar las cosas. Lo que da al periodismo su autenticidad y su vitalidad es la tensión que hay entre la ciega entrega de la persona entrevistada y el escepticismo del periodista. Los periodistas que se tragan por entero la versión de las personas entrevistadas y la publican son, no periodistas, sino publicistas. Si la lección dada por MacDonald versus McGinniss fuera tomada seriamente por futuros entrevistados ello podría ciertamente significar el fin del periodismo, como lo sostenía Kornstein.
La naturaleza humana garantiza que nunca habrán de faltar personas dispuestas a ser tema de los autores. Lo mismo que los jóvenes y doncellas aztecas elegidos para el sacrificio, que vivían en medio de los deleites y la abundancia hasta que llegaba el día señalado para que se les extrajeran del pecho sus corazones, las personas que son objeto de tratamiento periodístico saben demasiado bien lo que les aguarda cuando terminan los días del vino y de las rosas, es decir, los días de las entrevistas. Y aun asienten cuando un periodista solicita entrevistarlos y se quedan pasmados cuando ven el relucir del puñal.
La sentencia de muerte pronunciada por el ayatollah contra Salman Rushdie pone de relieve el sentimiento primitivo que está detrás de todo pleito por difamación y hace que el autor se muestre ciertamente agradecido porque el mecanismo de la ley transforme el impulso de matar de una persona descontenta en el más civilizado fin de sacarle grandes sumas de dinero. Aunque rara vez el querellante obtiene el dinero imaginado —la mayor parte de esta clase de Juicios termina con la derrota del querellante o con un arreglo modesto—, el pleito por calumnia y difamación mismo obra como un vigoroso agente terapéutico que libera al sujeto de sus sensaciones de humillante impotencia y le devuelve su buen ánimo y su amour propre.

Colegas míos me dijeron: “Yo nunca habría hecho lo que hizo McGinniss, no soy esa clase de autor. Me dolería mucho hacer daño a las personas tratadas”, como si lo que escribimos fuera la cuestión. La ambigüedad moral del periodismo está no en sus textos, sino en las relaciones que de ellos surgen, relaciones que son invariable e inevitablemente desequilibradas. Los personajes “buenos” de un trabajo periodístico son un producto del impío poder que tiene el autor sobre otra persona y lo mismo ocurre con los personajes “malos”. Durante mis amistosas relaciones con Gary Bostwick siempre supe que yo tenía la opción de escribir sobre él algo que le causaría aflicción, y él también lo sabía, lo cual daba a nuestra “falsa amistad” una especie de conciencia reforzada que es rara entre los escritores y las personas que ellos tratan en sus obras, pero que en modo alguno altera la estructura autoritaria de la relación. Bostwick se encontraba enteramente a mi merced. Yo tenía todas las cartas. Sí, él había consentido en que escribiera sobre él y, sí, esperaba ganar algo de su encuentro conmigo. El hecho de que la persona entrevistada trate de manipular al periodista —y nadie está libre de cierta tendencia a manipular— no compensa los pecados del periodista contra el espíritu libertario.

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