Los hombres del norte. La saga vikinga (793-1241) — John Haywood / Northmen: The Viking Saga AD 793-1241 by John Haywood

Este es otro muy interesante libro sobre los vikingos, una de las culturas más desconocidas y donde recomiendo gratamente su lectura para los interesados en el tema.

Los vikingos no aparecieron de la nada completamente formados a finales del siglo VIII, aunque se lo pudiera parecer a sus sorprendidas y horrorizadas víctimas. En realidad, el estallido de incursiones vikingas fue la consecuencia de siglos de evolución política y social, que había creado en Escandinavia una sociedad violenta y depredadora. Si este desarrollo pasó prácticamente desapercibido en el resto de Europa se debe solo en parte a la situación remota de Escandinavia.
El Período de las Migraciones fue literalmente una edad de oro para Escandinavia. En el transcurso de sus migraciones, los germanos y los hunos consiguieron de los romanos enormes cantidades de oro y plata, ya fuera como botín o como pago de tributo. Buena parte de este oro acabó encontrado su camino hacia Escandinavia, mediante el comercio o expediciones de saqueo a lo largo del Báltico, o en los bolsillos de mercenarios que regresaban a casa. Una de las rutas por las que gran parte de este oro llegó a Escandinavia atravesaba Europa oriental y el Báltico hasta las islas de Bornholm, Öland y Gotland, donde se han encontrado numerosos tesoros que datan de este período. No obstante, el tesoro más rico de esta época se encontró en el siglo XVIII en Tureholm Södermanland, en el centro de Suecia, y contenía 12 kilos de oro. Los tesoros se podían enterrar por dos razones: ofrendas rituales a los dioses o, en la época anterior a los bancos, por seguridad. No obstante, en el segundo caso, la intención del propietario era recuperar el tesoro en algún momento y no dejarlo en el suelo como una costosa cápsula del tiempo para que lo descubrieran los arqueólogos o buscadores de tesoros modernos.

La década de 830 presenció una escalada en la naturaleza de la amenaza vikinga contra Inglaterra. El ataque contra Portland en 789 estuvo a cargo de solo tres barcos y fue un ejemplo clásico de lo que los vikingos llamaban strandhögg: «ataca y huye». Lo más probable es que fuera la forma típica de las primeras incursiones vikingas. Pero en 836 llegó al oeste de Inglaterra una flota de veinticinco o treinta y cinco barcos daneses (las fuentes no coinciden en el número). El rey Egberto reunió un ejército y se enfrentó a ellos en una batalla en Carhampton, Somerset. Los dos bandos lucharon con dureza pero al final fueron los anglosajones los que cedieron y, como afirma la Crónica anglosajona, «los daneses quedaron en posesión del lugar de la matanza».
Las batallas campales eran relativamente raras en la época vikinga. Gracias a su movilidad, por lo general los vikingos podían evitar el combate si creían que las posibilidades no les eran favorables. No obstante, los beneficios de la victoria podían ser muy altos, de manera que los vikingos no evitaban la lucha si les apetecía. Los saqueos se podían realizar con mayor eficacia si un ejército se dividía en bandas más pequeñas que podían extenderse por el campo. Sin embargo, dichas partidas siempre eran más vulnerables ante los ataques de las fuerzas locales. Si desde un principio podían enfrentarse y derrotar decisivamente al ejército del defensor, los vikingos tenían las manos libres para saquear sin impedimentos. Además del botín y grandes exigencias cuando se trataba de negociar el pago de tributos con los vencedores, la victoria en batalla también aumentaba la reputación de un jefe vikingo, asegurando la lealtad de sus guerreros y atrayendo a otros. A la inversa, los defensores eran muy conscientes de las terribles consecuencias de la derrota. El simple hecho de mantener un ejército en armas al menos limitaba la actividad vikinga.

Los vikingos nunca fueron lentos en la explotación de las debilidades políticas y sus incursiones se intensificaron durante las guerras civiles entre los hijos de Ludovico. El monje Ermentario describe cómo la lucha «animó a los extranjeros. Se abandonó la justicia y avanzó el mal. No se hacía guardia en las bahías del océano. Cesaron las guerras contra los enemigos exteriores y se recrudecieron las guerras internas. El número de barcos fue creciendo y era imposible contar a los hombres del norte. Por todas partes se producían masacres de cristianos, incursiones, devastación e incendios».

No han sobrevivido anales históricos escritos en Escocia antes de finales del siglo X. La mayor parte de la información contemporánea sobre la edad vikinga en Escocia fue recogida en monasterios irlandeses, que estaban fuertemente sesgados hacia los acontecimientos en la costa occidental de lengua gaélica y hacia los sufrimientos de sus hermanos monásticos. El primer ataque contra Escocia del que se tiene noticia se produjo en 795 cuando los vikingos saquearon el monasterio de san Columba en la pequeña isla hébrida de Iona antes de seguir con una incursión contra Irlanda.
Poco después de las primeras incursiones de las que se tiene noticia en Escocia, los vikingos empezaron a ocupar tierras en Escocia para asentarse. Estos asentamientos no quedaron recogidos en las crónicas contemporáneas, sin duda porque las incursiones vikingas contra los monasterios escoceses habían dispersado o matado a los monjes que podrían haberlas dejado por escrito. En ausencia de fuentes escritas, las pruebas más importantes de esta extensión geográfica son los topónimos de origen escandinavo. Los topónimos escandinavos son más comunes en las islas del norte y en Caithness en el extremo nororiental de la tierra firme escocesa. Allí, casi todos los topónimos son de origen escandinavo. Los topónimos escandinavos también son comunes a lo largo de las Hébridas y en la muy recortada costa occidental escocesa, demostrando que esta zona también tuvo un gran número de asentamientos. Casi todos los topónimos escandinavos en todas estas regiones son de origen noruego, lo que señala el origen de la mayor parte de los colonos vikingos. Elementos toponímicos noruegos como -staðir, como aparece en Grimista («lugar de Grim»), y -bolstaðr, como en Isbister («granja oriental») son especialmente habituales en las islas del norte. Otros elementos comunes encontrados en las islas del norte, las Hébridas y a lo largo de la costa occidental incorporan fjall, como en Askival («montaña de ceniza»); fjord, como en Laxford («fiordo del salmón»); sker, como en skerry (un arrecife); dalr («valle»); vik, como en Lerwick («bahía lodosa»); y ø, una isla, como en Sanday («isla arenosa»).
El proceso de integración o coexistencia entre los escandinavos y los nativos gaélicos también se ve con claridad en la isla de Man. Los restos de tumbas paganas, que contenían armas y a veces sacrificios humanos y barcas, indican un asentamiento escandinavo pagano importante a mediados del siglo IX. Esta situación se confirma a través de los estudios genéticos, que indican que alrededor del 40 por ciento de la población actual tiene ancestros nórdicos. La población nativa cristiana y de lengua gaélica no fue exterminada, pero la distribución de topónimos típicamente escandinavos muestra que los colonos se apropiaron de las tierras mejores y de menor altura, y dejaron las zonas de las colinas más escarpadas a los gaélicos. Posiblemente fueron relegados a tareas ser viles, como cuidar de las ovejas y las vacas de los conquistadores en los pastos de las tierras altas. Los colonos utilizaron cementerios cristianos para enterramientos paganos como una manera simbólica de demostrar su poder sobre los nativos. Tras adoptar el cristianismo a mediados del siglo X, los colonos levantaron una serie de cruces ceremoniales bellamente talladas en pierda que incorporaban estilos decorativos irlandeses, ingleses y escandinavos, e imaginería pagana y cristiana.

Pocos lugares sufrieron más a manos de los vikingos que Irlanda. Durante casi 200 años, los vikingos privaron sistemáticamente a Irlanda de sus habitantes para abastecer el comercio de esclavos, pero aun así, a pesar de todo su éxito militar no pudieron conquistar ni colonizar ningún territorio al margen de unos pocos enclaves costeros fortificados. Este es el misterio de la época vikinga en Irlanda: era un país que parecía débil pero que en realidad era fuerte y resistente.
Superficialmente, Irlanda le debió parecer a los vikingos un objetivo fácil. No hay duda de que las divisiones internas en Inglaterra y Francia favorecieron a los vikingos, y si esto es así, ¿por qué no iba a ocurrir lo mismo en Irlanda, que era el país más dividido en Europa occidental? La Irlanda de la Alta Edad Media era un mosaico complejo de unos 150 reinos locales y una docena de reinos supremos.
El final de la época vikinga en Irlanda se asocia tradicionalmente con el auge de la dinastía O’Brien (Ua Briain) de Munster, y en particular con su rey más importante, Brian Boru (reinado, 976-1014). Desde luego, la carrera de Brian se puede considerar épica. Brian era el hijo menor de Cennétig mac Lorcáin (muerto en 951), rey de Dál Cais, cuyo reino, que equivale aproximadamente al actual condado de Clare, estaba subordinado a los reyes de Munster.
El Dublín vikingo no llegó a su final por los irlandeses sino por los anglonormandos. En 1167, Diarmait MacMurchada, exiliado en Inglaterra de su reino de Leinster, reclutó una banda de mercenarios anglonormandos para que le ayudasen a recuperar su reino. En 1169 le llegaron refuerzos a Leinster y con su ayuda Diarmait capturó el pueblo ostman de Wexford. En 1170, Richard Fitzgilbert de Clare, conocido popularmente como Strongbow (Arco Fuerte), conde de Pembroke, trajo un ejército de 200 caballeros y 1.000 arqueros para apoyar a Diarmait, y al cabo de pocos días había capturado otro pueblo ostman: Waterford.
Dublín prosperó tras la conquista anglonormanda, convirtiéndose en el centro del gobierno inglés en Irlanda. El rey de Inglaterra Enrique II (reinado, 1154-1189) otorgó a Dublín una carta de libertades basada en la de Bristol, el puerto más importante del West Country inglés. Esto dio a Dublín el privilegio de acceder a los vastos territorios británicos y franceses de Enrique, impulsando un período de rápido crecimiento. Uno de los edictos de Enrique colocó a los ostmen de Dublín y de los demás pueblos nórdicos bajo la protección real: sus habilidades como mercaderes y navegantes eran demasiado útiles para expulsarlos (aunque algunos decidieron irse voluntariamente). No obstante, un flujo de colonos ingleses convirtió a los ostmen en una minoría en la ciudad. Los ostmen descubrieron también que no recibían siempre los privilegios que les habían otorgado por las dificultades para diferenciarlos de los nativos irlandeses. En 1263, los ostmen insatisfechos apelaron al rey noruego Haakon IV para que les ayudara a expulsar a los ingleses, pero el colapso del poder nórdico que siguió a su muerte al año siguiente terminó con cualquier posibilidad de que Dublín pudiera recobrar su independencia. Los nombres nórdicos cayeron muy pronto en desuso y hacia 1300, los ostmen habían quedado totalmente integrados en las comunidades nativas irlandesas o en las de inmigrantes ingleses. Un último vestigio del dominio vikingo de la ciudad sobrevive en el suburbio de Oxmantown, una corrupción de Ostmantown.

Los cronistas musulmanes se refieren a veces a los vikingos como al-Urdumaniyin, que significa «hombres del norte», pero lo más habitual es que los describan como al-Majus. Derivada de magi, esta palabra la usaban originalmente los árabes para describir a los zoroastrianos de Persia, pero adquirió un sentido peyorativo y se utilizó de la misma manera en que los escritores cristianos describían con frecuencia a los vikingos simplemente como «los paganos». Los historiadores modernos han afirmado con frecuencia que los escritores cristianos exageraban tanto la violencia de las incursiones vikingas como el tamaño de sus flotas y ejércitos. No obstante, los cronistas musulmanes muestran la misma sensación de sorpresa ante la violencia y la audacia de los saqueadores vikingos, y en líneas generales están de acuerdo con los cronistas cristianos sobre el tamaño de las flotas y los ejércitos vikingos.
La primera incursión vikinga en la península Ibérica de la que se tiene noticia tuvo lugar en 844. Los vikingos del Loira navegaron al sur hacia la Gironda y, aprovechándose de la disputa entre Carlos el Calvo y Pipino de Aquitania, remontaron el río Garona hasta Toulouse sin encontrar resistencia. Tras este éxito, los vikingos se dirigieron a saquear la costa de Galicia y Asturias y, no por última vez, saquearon el pequeño puerto de Gijón.
No antes de que los vikingos saquearan el puerto de Cádiz y el pueblo amurallado de Medina-Sidonia, a poco más de 30 kilómetros tierra adentro. Una parte de la flota navegó hasta Marruecos y saqueó la ciudad de Arcila antes de reunirse con la fuerza principal. Entonces los vikingos entraron en el río Guadalquivir, que recorría los territorios más prósperos del emirato y conducía hasta Córdoba. El 29 de septiembre, los vikingos establecieron una base en Isla Menor, una isla en el Guadalquivir a casi 50 kilómetros del mar: las fuentes andalusíes afirman que ahora les quedaban ochenta barcos. Al día siguiente, los vikingos enviaron cuatro barcos a saquear el pueblo cercano de Coria del Río. Muchos de sus habitantes murieron asesinados. El 1 de octubre, toda la flota remontó el río otros 24 kilómetros hasta Sevilla. Sevilla era una presa que valía la pena conseguir.
Después de terminar el saqueo de Sevilla, los vikingos se retiraron a su base en Isla Menor desde donde siguieron enviando partidas de pillaje hacia Córdoba y otras ciudades. Unos pocos días después, los vikingos regresaron a Sevilla con la esperanza de que hubieran regresado algunos refugiados. Solo unos pocos lo habían hecho, que se refugiaron en una mezquita donde los masacraron los vikingos.
Los vikingos no tuvieron un gran impacto en la península Ibérica. Sus incursiones fueron sangrientas y destructivas, pero tanto los cristianos como los moros fueron capaces de contenerlas. Como resultado, los vikingos no actuaron como un catalizador para los cambios al alterar el equilibrio de poder, como hicieron en tantos de los lugares que saquearon. Escribiendo en la década de 1150, el geógrafo andalusí al-Zuhri resumió a los vikingos como «feroces, valientes y fuertes, y excelentes marineros. Cuando atacaban, la gente de la costa huía atemorizada. Solo aparecían cada seis o siete años, nunca con menos de cuarenta barcos y a veces hasta con un centenar. Atacaban a todos los que encontraban en el mar, les robaban y los tomaban prisioneros». Es decir, solo otro puñado de bárbaros.

Fue en el este donde la combinación vikinga de violencia y comercio estuvo más organizada. La gran atracción que empujó a los vikingos hacia el este fue el dirham, una moneda de plata de gran calidad acuñada en enormes cantidades en el califato árabe abasí y en otros Estados musulmanes. La enorme riqueza del califato atraía bienes de lujo de todo el mundo conocido, incluidos esclavos, cera de abeja, miel y pieles del norte de Europa. Los mercaderes árabes compraban estos bienes de los jázaros y búlgaros nómadas que vivían en las estepas al norte del mar Caspio, pagándoles con dirhams. Estas monedas empezaron a circular entre los eslavos, los bálticos y los fineses, y alrededor de 780 estaban empezando a aparecer en centros de comercio como Staraja Ládoga, en el lago Ládoga, y Grobina, en el mar Báltico, donde cayeron en manos de mercaderes suecos. Esto animó a los suecos a empezar a explorar el sistema fluvial de Europa oriental para intentar descubrir su fuente. Es posible que la motivación de los suecos fuera comercial, pero su expansión hacia el este no fue más pacífica que la expansión danesa y noruega hacia el oeste, porque la mayor parte de sus bienes comerciales procedían de la captura de esclavos y la recaudación de tributos.

Fue en el Atlántico Norte donde los vikingos mostraron todo el potencial de sus habilidades como navegantes. Utilizando las islas como escalas, los vikingos exploraron gradualmente el Atlántico Norte, navegando por etapas de Noruega a las Shetland, las islas Feroe, Islandia y Groenlandia, hasta que finalmente, alrededor del año 1000, se convirtieron en los primeros europeos en pisar el continente norteamericano. A diferencia de la expansión vikinga en Britania, Irlanda y Franconia, que estuvo motivada inicialmente por el saqueo, o la expansión en Rusia, que fue estimulada por el comercio, la expansión en el Atlántico Norte fue desde el principio la búsqueda de tierra para colonizar. Tuvieron éxito las colonias vikingas fundadas en las islas Feroe e Islandia, que se convirtieron en la única extensión permanente del mundo escandinavo que permanecerá tras la época vikinga. En todos los demás lugares los colonos vikingos fueron asimilados por las poblaciones nativas al cabo de pocas generaciones. Sin embargo, en las Feroe y en Islandia no había poblaciones nativas que pudieran asimilar a los colonos, y las tradiciones culturales escandinavas siguieron floreciendo y evolucionando.
La expansión vikinga por el Atlántico Norte fue originalmente una consecuencia de las incursiones y la colonización de las islas escocesas, que se iniciaron hacia finales del siglo VIII. Allí los vikingos entraron en contacto con los monjes irlandeses, que fueron probablemente los que les hablaron de la existencia de otras islas hacia el norte. Solo a dos días de navegación hacia el noroeste de las Shetland, los vikingos llegaron a las Feroe a principios del siglo IX. Escribiendo alrededor de 825, el monje irlandés Dicuil afirma que los vikingos habían obligado a sus hermanos monjes a dejar de utilizar las islas como retiro. Los vikingos encontraron las islas bien pobladas de ovejas, que probablemente fueron introducidas por los monjes como una fuente de alimentos. Estas ovejas dieron su nombre a las islas: las fœrøer, las «islas de las ovejas».
El guía más fiable del navegante era la Estrella Polar que, al norte de los trópicos, siempre se encuentra por encima del horizonte y siempre señala al norte. La Estrella Polar también es fiable como un indicador de la latitud. Como el punto alrededor del cual giran las demás estrellas, la altitud de la Estrella Polar permanece constante durante toda la noche y, cuando se contempla desde un lugar fijo, siempre es el mismo durante todo el año. De noche en noche, el navegante podía estimar la altura de la Estrella Polar por encima del horizonte; si era mayor que la noche anterior, el barco había navegado hacia el norte; si era menor, el barco se encontraba más al sur. En el verano, en altitudes superiores, la Estrella Polar podía ser invisible durante la larga penumbra de la noche. En esas estaciones los navegantes tenían que confiar en el sol, que se encuentra al sur al mediodía, para establecer las direcciones. La altura del sol al mediodía también se puede utilizar para determinar la latitud, aunque en este caso más altura significa más al sur y menos altura significa más al norte. A través de este tipo de observaciones, los navegantes nórdicos sabían que el cabo Farewell en Groenlandia (59º 46’ N) se encontraba casi en la misma latitud que Bergen, el principal puerto occidental de Noruega (60º 4’ N).
Probablemente nunca sepamos con seguridad la localización de los descubrimientos de Leif. La descripción que hace Leif de Helluland podría encajar con la isla de Baffin en el ártico canadiense, y Markland es con casi toda seguridad Labrador. Resulta mucho más difícil identificar Vinlandia. El río Hudson es el límite meridional del salmón atlántico, mientras que el San Lorenzo es el límite septentrional de las uvas salvajes, lo que situaría Vinlandia en Nueva Inglaterra o en las Provincias Marítimas canadienses. No obstante, los inviernos en estas regiones no están libres de heladas. Según la Saga Grœnlendinga, Leif observó que en el día más corto el sol salió antes de las 9 de la mañana y no se puso hasta después de las 3 de la tarde, pero no se trata de horas de reloj, porque los vikingos no tenían relojes, así que no nos sir ven para determinar la latitud de Vinlandia. No obstante, lo que sí está claro es que Leif y su tripulación fueron los primeros europeos en poner pie en el continente norteamericano.
El viaje de Leif estuvo seguido por el de su hermano Thorvald.
La presencia de objetos nórdicos en los yacimientos inuit se ha interpretado habitualmente como una prueba del comercio entre ellos y los nórdicos. No obstante, es posible que no sea el caso. Los inuit tenían las pieles, el cuero y el marfil que necesitaban los nórdicos para mantener sus relaciones comerciales con Europa, pero ¿qué podían ofrecer a cambio? La madera era un bien precioso tan al norte, pero los nórdicos de Groenlandés siempre iban faltos de madera. También podían comerciar con objetos de hierro, pero estos tampoco abundaban en las colonias nórdicas. Los inuit tenían acceso al hierro meteórico del norte de Groenlandia, que trabajaban para convertirlo en hojas afiladas mediante el martilleo en frío. El hierro forjado nórdico era de mejor calidad pero era más difícil de trabajar sin la tecnología de las forjas. Más que un indicio de un comercio regular, una explicación alternativa de la presencia de estos objetos es que todos proceden de una sola expedición nórdica al extremo norte, quizá la misma que construyó los mojones en la isla de Washington Irving.

La fragilidad del reino sueco contribuyó a la lenta aceptación del cristianismo. En Dinamarca y Noruega la acción violenta de los reyes superó la oposición pagana al cristianismo, pero los reyes suecos debían actuar con mayor moderación. Los reyes suecos paganos no se opusieron activamente a la actividad misionera. Los reyes suecos que se encontraron con Ansgar en Birka le dieron permiso para predicar después de consultar a la asamblea local, pero no mostraron ningún interés en convertirse y, sin el apoyo real, fracasó en su intento de fundar comunidades cristianas permanentes. El esfuerzo misionero fue renovado por Unni que, como Ansgar, era arzobispo de Hamburgo-Bremen, pero murió en Birka en 936 con pocos resultados de sus esfuerzos. La conversión de los daneses bajo Harald Diente Azul dio un ímpetu nuevo a los esfuerzos misioneros en Suecia.

La participación sueca en las cruzadas fue, aún más que en caso de Dinamarca, un caso flagrante de incautación de tierras. Como los daneses, los suecos tenían un problema con los piratas: en su caso los piratas eran estonios de la isla de Saaremaa (Ösel en sueco), fineses de Carelia (Finlandia oriental), y curonios de la moderna Letonia, todos ellos pueblos paganos. Los suecos, por su parte, realizaban incursiones contra todos ellos, saqueando y recaudando tributos al estilo vikingo, como venían haciendo desde hacía siglos. Los suecos también estaban compitiendo con Novgorod por su influencia en la región, que era el centro más importante del lucrativo negocio de las pieles. Los suecos eran tan bienvenidos como cualquier otro mercader que visitara Novgorod para comerciar, pero la ciudad era lo suficientemente poderosa para evitar que realizaran incursiones en Rusia y consiguieran pieles como tributos, como habían hecho durante la época vikinga. Ahora los suecos intentaron aprovecharse del comercio de pieles de Novgorod mediante el control del golfo de Finlandia.
Los suecos se opusieron a la influencia de Novgorod en Carelia con sus propias guerras de conquista y conversión en Finlandia, que justificaban mediante el uso de la terminología de las cruzadas. Debido a su interés por limitar la influencia de la Iglesia ortodoxa, la Iglesia católica apoyó las expediciones suecas, pero nunca obtuvieron la sanción papal como las cruzadas a Tierra Santa o las cruzadas wenda y livonia, y los cruzados suecos nunca tuvieron las mismas recompensas espirituales.
Tradiciones posteriores afirman que la primera cruzada sueca en Finlandia estuvo bajo el mando del rey Erik IX (reinado, 1155-1160), en algún momento alrededor de 1157.
En esta época Suecia era el único reino escandinavo sin un santo real.

Si el crecimiento del poder estatal había provocado el final de la época vikinga en Escandinavia hacia el año 1100, siguió disfrutando de un largo ocaso en zonas donde la autoridad real era débil o inexistente. En las Orcadas y en las Hébridas, jefes nórdicos y nórdico-gaélicos seguían complementando los ingresos de sus propiedades con la dirección de incursiones vikingas, mientras que en Islandia y en Groenlandia una sociedad esencialmente de la época vikinga compuesta por jefes locales y campesinos libres seguía haciendo sus propias leyes y resolviendo las disputas en las asambleas representativas. No obstante, hacia 1200 estas sociedades eran una anomalía en una Europa con reinos cada vez más centralizados.
La extinción fue debida a los que se sentían demasiado viejos para empezar una nueva vida se habrían quedado, y sin los jóvenes, la extinción de la colonia solo era cuestión de tiempo. El último puesto avanzado del mundo vikingo simplemente murió a causa de la vejez.

This is another very interesting book about the Vikings, one of the most unknown cultures and where I highly recommend reading for those interested in the subject.

The Vikings did not appear out of nowhere fully formed at the end of the 8th century, although they might look like their shocked and horrified victims. In fact, the outbreak of Viking raids was the consequence of centuries of political and social evolution, which had created a violent and predatory society in Scandinavia. If this development went practically unnoticed in the rest of Europe, it is only partly due to the remote situation of Scandinavia.
The Migration Period was literally a golden age for Scandinavia. In the course of their migrations, the Germans and the Huns obtained from the Romans enormous amounts of gold and silver, either as booty or as payment of tribute. Much of this gold eventually found its way to Scandinavia, through trade or looting expeditions along the Baltic, or in the pockets of mercenaries returning home. One of the routes through which much of this gold came to Scandinavia crossed Eastern Europe and the Baltic to the islands of Bornholm, Öland and Gotland, where numerous treasures dating from this period have been found. However, the richest treasure of this era was found in the 18th century in Tureholm Södermanland, in central Sweden, and contained 12 kilos of gold. The treasures could be buried for two reasons: ritual offerings to the gods or, in the pre-bank era, for security. However, in the second case, the owner’s intention was to recover the treasure at some point and not leave it on the ground as an expensive time capsule to be discovered by archaeologists or modern treasure hunters.

The 830s witnessed an escalation in the nature of the Viking threat against England. The attack on Portland in 789 was in charge of only three ships and was a classic example of what the Vikings called strandhögg: “attack and run away.” Most likely it was the typical form of the first Viking raids. But in 836 a fleet of twenty-five or thirty-five Danish ships arrived in the west of England (the sources do not match the number). King Egbert assembled an army and confronted them in a battle at Carhampton, Somerset. The two sides fought hard but in the end it was the Anglo-Saxons who gave in and, as the Anglo-Saxon Chronicle affirms, “the Danes were in possession of the place of slaughter.”
Pitched battles were relatively rare in Viking times. Thanks to their mobility, the Vikings could usually avoid combat if they believed that the possibilities were not favorable. However, the benefits of the victory could be very high, so that the Vikings did not avoid the fight if they felt like it. Looting could be done more effectively if an army was divided into smaller bands that could spread across the field. However, these games were always more vulnerable to attacks by local forces. If from the beginning they could face and decisively defeat the defender’s army, the Vikings had their hands free to plunder unimpeded. In addition to the booty and great demands when it came to negotiating the payment of taxes with the victors, the victory in battle also increased the reputation of a Viking chief, ensuring the loyalty of his warriors and attracting others. Conversely, the defenders were well aware of the terrible consequences of defeat. The simple fact of maintaining an army in arms at least limited Viking activity.

The Vikings were never slow in exploiting the political weaknesses and their incursions intensified during the civil wars between the sons of Ludovico. The monk Ermentary describes how the struggle “encouraged the foreigners. Justice was abandoned and evil advanced. There was no guard in the bays of the ocean. The wars against the external enemies ceased and the internal wars intensified. The number of boats was growing and it was impossible to count the men from the north. Everywhere there were massacres of Christians, incursions, devastation and fires. ”

No surviving historical annals written in Scotland before the late 10th century. Most of the contemporary information about the Viking age in Scotland was collected in Irish monasteries, which were heavily skewed towards events on the western coast of the Gaelic language and towards the sufferings of his monastic brothers. The first known attack on Scotland occurred in 795 when the Vikings sacked the monastery of St. Columba on the small island of Iona before taking a raid against Ireland.
Shortly after the first reported incursions in Scotland, the Vikings began to occupy land in Scotland to settle. These settlements were not recorded in contemporary chronicles, no doubt because the Viking incursions against the Scottish monasteries had dispersed or killed the monks who could have left them in writing. In the absence of written sources, the most important proofs of this geographical extension are place-names of Scandinavian origin. Scandinavian place names are more common in the North Islands and in Caithness in the northeastern end of the Scottish mainland. There, almost all place names are of Scandinavian origin. Scandinavian toponyms are also common throughout the Hebrides and on the very rugged Scottish west coast, showing that this area also had a large number of settlements. Almost all the Scandinavian place names in all these regions are of Norwegian origin, which indicates the origin of most of the Viking settlers. Norwegian toponymic elements such as -staðir, as it appears in Grimista (“place of Grim”), and -bolstaðr, as in Isbister (“eastern farm”) are especially common in the northern islands. Other common elements found in the northern islands, the Hebrides and along the western coast incorporate fjall, as in Askival (“ash mountain”); fjord, as in Laxford (“salmon fjord”); sker, as in skerry (a reef); dalr (“valley”); vik, as in Lerwick (“muddy bay”); and ø, an island, as in Sanday (“sandy island”).
The process of integration or coexistence between the Scandinavians and the Gaelic natives is also clearly seen on the Isle of Man. The remains of pagan tombs, containing weapons and sometimes human sacrifices and boats, indicate an important pagan Scandinavian settlement in the middle of the century. IX. This situation is confirmed through genetic studies, which indicate that about 40 percent of the current population has Nordic ancestry. The native Christian and Gaelic population was not exterminated, but the distribution of typically Scandinavian place names shows that the settlers appropriated the best and lowest-lying lands, leaving the hill areas more steep to the Gaelic. Possibly they were relegated to tasks that were vile, such as taking care of the sheep and cows of the conquerors in the pastures of the highlands. The settlers used Christian cemeteries for pagan burials as a symbolic way to demonstrate their power over the natives. After adopting Christianity in the middle of the tenth century, the settlers erected a series of ceremonial crosses beautifully carved in stone that incorporated decorative styles of Irish, English and Scandinavian, and pagan and Christian imagery.

Few places suffered more at the hands of the Vikings than Ireland. For almost 200 years, the Vikings systematically deprived Ireland of its inhabitants to supply the slave trade, but even so, despite all their military success, they could not conquer or colonize any territory outside of a few fortified coastal enclaves. This is the mystery of the Viking age in Ireland: it was a country that seemed weak but was in fact strong and resilient.
Superficially, Ireland must have seemed like an easy target to the Vikings. There is no doubt that the internal divisions in England and France favored the Vikings, and if this is so, why would not the same thing happen in Ireland, which was the most divided country in Western Europe? The Ireland of the High Middle Ages was a complex mosaic of about 150 local kingdoms and a dozen supreme kingdoms.
The end of the Viking era in Ireland is traditionally associated with the rise of the O’Brien dynasty (Ua Briain) of Munster, and in particular with its most important king, Brian Boru (reign, 976-1014). Of course, Brian’s career can be considered epic. Brian was the youngest son of Cennétig mac Lorcáin (died in 951), king of Dál Cais, whose kingdom, that approximately equivalent to the present county of Clare, was subordinated to the kings of Munster.
The Viking Dublin did not reach its end for the Irish but for the Anglo-Normans. In 1167, Diarmait MacMurchada, exiled in England from his kingdom of Leinster, recruited a band of Anglo-Norman mercenaries to help him recover his kingdom. In 1169 reinforcements arrived at Leinster and with his help Diarmait captured the ostman town of Wexford. In 1170, Richard Fitzgilbert de Clare, popularly known as Strongbow, Earl of Pembroke, brought an army of 200 knights and 1,000 archers to support Diarmait, and after a few days he had captured another ostman town: Waterford.
Dublin prospered after the Anglo-Norman conquest, becoming the center of English government in Ireland. The King of England Henry II (reign, 1154-1189) granted Dublin a charter of liberties based on that of Bristol, the most important port of the English West Country. This gave Dublin the privilege of accessing Henry’s vast British and French territories, fueling a period of rapid growth. One of Henry’s edicts placed the ostmen of Dublin and the other Nordic peoples under royal protection: their skills as merchants and navigators were too useful to expel (though some decided to leave voluntarily). However, a flow of English settlers turned the ostmen into a minority in the city. The ostmen also discovered that they did not always receive the privileges they had been granted because of the difficulties in differentiating them from the Irish natives. In 1263, the dissatisfied ostmen appealed to the Norwegian king Haakon IV to help them expel the English, but the collapse of Nordic power that followed his death the following year ended any chance that Dublin could regain its independence. The Nordic names soon fell into disuse and by 1300, the ostmen had been fully integrated into the native Irish communities or those of English immigrants. A last vestige of the city’s Viking rule survives in the suburb of Oxmantown, a corruption of Ostmantown.

The Muslim chroniclers sometimes refer to the Vikings as al-Urdumaniyin, which means “men of the north,” but most commonly they are described as al-Majus. Derived from magi, this word was originally used by the Arabs to describe the Zoroastrians of Persia, but it acquired a pejorative meaning and was used in the same way that Christian writers often described the Vikings simply as “the pagans.” Modern historians have often claimed that Christian writers exaggerated both the violence of Viking raids and the size of their fleets and armies. However, the Muslim chroniclers show the same sense of surprise at the violence and audacity of the Viking looters, and in general lines agree with the Christian chroniclers about the size of the fleets and the Viking armies.
The first Viking incursion in the Iberian Peninsula of which it is known took place in 844. The Vikings of the Loire sailed south to the Gironde and, taking advantage of the dispute between Charles the Bald and Pippin of Aquitaine, traced the Garonne River to Toulouse without finding resistance. After this success, the Vikings went to sack the coast of Galicia and Asturias and, not for the last time, sacked the small port of Gijón.
Not before the Vikings sacked the port of Cádiz and the walled town of Medina-Sidonia, just over 30 kilometers inland. A part of the fleet sailed to Morocco and sacked the city of Asilah before meeting with the main force. Then the Vikings entered the Guadalquivir River, which traveled through the most prosperous territories of the emirate and drove to Cordoba. On September 29, the Vikings established a base on Isla Menor, an island on the Guadalquivir almost 50 kilometers from the sea: Andalusian sources claim that they now had eighty ships left. The next day, the Vikings sent four ships to loot the nearby town of Coria del Río. Many of its inhabitants were killed. On October 1, the entire fleet sailed the river another 24 kilometers to Seville. Seville was a dam that was worth getting.
After finishing the sacking of Seville, the Vikings retreated to their base in Isla Menor from where they continued to send plundering parties to Córdoba and other cities. A few days later, the Vikings returned to Seville with the hope that some refugees had returned. Only a few had done so, who took refuge in a mosque where the Vikings massacred them.
The Vikings did not have a great impact on the Iberian Peninsula. Their incursions were bloody and destructive, but both Christians and Moors were able to contain them. As a result, the Vikings did not act as a catalyst for the changes by upsetting the balance of power, as they did in so many of the places they sacked. Writing in the 1150s, the Andalusian geographer al-Zuhri summed up the Vikings as “ferocious, brave and strong, and excellent sailors. When they attacked, the people of the coast fled frightened. They only appeared every six or seven years, never with less than forty ships and sometimes even a hundred. They attacked all those they found in the sea, robbed them and took them prisoner. ” That is, only another handful of barbarians.

It was in the east where the Viking combination of violence and trade was more organized. The great attraction that drove the Vikings eastward was the dirham, a high-quality silver coin minted in huge quantities in the Abbasid Arab caliphate and in other Muslim states. The enormous wealth of the caliphate attracted luxury goods from all over the known world, including slaves, beeswax, honey and skins from northern Europe. Arab merchants bought these goods from the nomadic Khazars and Bulgarians who lived in the steppes north of the Caspian Sea, paying them with dirhams. These coins began to circulate among the Slavs, the Balts and the Finns, and about 780 were beginning to appear in trading centers such as Staraja Ladoga, on Lake Ladoga, and Grobina, in the Baltic Sea, where they fell into the hands of merchants. Swedes This encouraged the Swedes to start exploring the eastern European river system to try to discover its source. It is possible that the motivation of the Swedes was commercial, but their expansion to the east was no more peaceful than the Danish and Norwegian expansion to the west, because most of their commercial assets came from the capture of slaves and the collection of taxes .

It was in the North Atlantic where the Vikings showed all the potential of their abilities as navigators. Using the islands as scales, the Vikings gradually explored the North Atlantic, navigating by stages from Norway to the Shetlands, the Faroe Islands, Iceland and Greenland, until finally, around the year 1000, they became the first Europeans to set foot on the continent. North American. Unlike the Viking expansion in Britain, Ireland and Franconia, which was initially motivated by looting, or expansion in Russia, which was stimulated by trade, the expansion in the North Atlantic was from the beginning the search for land to colonize . They succeeded the Viking colonies founded in the Faroe Islands and Iceland, which became the only permanent extension of the Scandinavian world that will remain after the Viking era. In all other places the Viking colonists were assimilated by the native populations after a few generations. However, in the Faroes and in Iceland there were no native populations that could assimilate the settlers, and the Scandinavian cultural traditions continued to flourish and evolve.
The Viking expansion by the North Atlantic was originally a consequence of the incursions and colonization of the Scottish islands, which began towards the end of the 8th century. There the Vikings came into contact with the Irish monks, who were probably the ones who told them about the existence of other islands to the north. Only two days of navigation to the northwest of the Shetlands, the Vikings arrived in the Faroe Islands at the beginning of the ninth century. Writing about 825, the Irish monk Dicuil states that the Vikings had forced their brother monks to stop using the islands as a retreat. The Vikings found the islands well populated with sheep, which were probably introduced by the monks as a source of food. These sheep gave their name to the islands: the fœrøer, the “islands of the sheep”.
The navigator’s most reliable guide was the Pole Star, which, to the north of the tropics, is always above the horizon and always points north. The Pole Star is also reliable as an indicator of latitude. As the point around which other stars rotate, the altitude of the Pole Star remains constant throughout the night and, when viewed from a fixed location, it is always the same throughout the year. From night to night, the navigator could estimate the height of the Pole Star above the horizon; if it was greater than the night before, the ship had sailed north; if it was smaller, the ship was farther south. In the summer, at higher altitudes, the Pole Star could be invisible during the long twilight of the night. In those stations the navigators had to rely on the sun, which is south at noon, to establish directions. The height of the sun at midday can also be used to determine the latitude, although in this case more height means more to the south and less height means more to the north. Through this type of observations, Nordic navigators knew that Cape Farewell in Greenland (59º 46 ‘N) was almost at the same latitude as Bergen, the main western port of Norway (60º 4’ N).
We probably never know for sure the location of Leif’s discoveries. Leif’s description of Helluland could fit in with Baffin Island in the Canadian Arctic, and Markland is almost certainly Labrador. It is much more difficult to identify Vinlandia. The Hudson River is the southern limit of the Atlantic salmon, while the San Lorenzo is the northern limit of the wild grapes, which would place Vinlandia in New England or in the Canadian Maritime Provinces. However, winters in these regions are not free of frost. According to the Grénlendinga Saga, Leif observed that on the shortest day the sun came out before 9 in the morning and did not set until after 3 o’clock in the afternoon, but it is not about clock hours, because the Vikings did not have watches, so they do not help us determine the latitude of Vinlandia. However, what is clear is that Leif and his crew were the first Europeans to set foot on the North American continent.
Leif’s journey was followed by that of his brother Thorvald.
The presence of Nordic objects in Inuit sites has usually been interpreted as proof of trade between them and the Nordics. However, it may not be the case. The Inuit had the skins, leather, and ivory that the Nordics needed to maintain their trade relations with Europe, but what could they offer in return? Wood was such a precious commodity to the north, but the Norse of Greenland was always lacking in wood. They could also trade in iron objects, but these did not abound in the Nordic colonies either. The Inuit had access to the meteoric iron from northern Greenland, which they worked to turn into sharp blades by cold hammering. The Nordic forged iron was of better quality but it was more difficult to work without the technology of the forges. More than an indication of a regular trade, an alternative explanation for the presence of these objects is that they all come from a single Nordic expedition to the far north, perhaps the same one that built the landmarks on Washington Irving Island.

The fragility of the Swedish kingdom contributed to the slow acceptance of Christianity. In Denmark and Norway the violent action of the kings overcame the pagan opposition to Christianity, but the Swedish kings had to act with more moderation. The pagan Swedish kings did not actively oppose missionary activity. The Swedish kings who met with Ansgar in Birka gave him permission to preach after consulting the local assembly, but showed no interest in becoming and, without real support, failed in his attempt to found permanent Christian communities. The missionary effort was renewed by Unni who, like Ansgar, was archbishop of Hamburg-Bremen, but died in Birka in 936 with few results of his efforts. The conversion of the Danes under Harald Bluetooth gave a new impetus to the missionary efforts in Sweden.

The Swedish participation in the crusades was, even more than in the case of Denmark, a flagrant case of land seizure. Like the Danes, the Swedes had a problem with the pirates: in their case the pirates were Estonians from the island of Saaremaa (Ösel in Swedish), Finnish from Karelia (Eastern Finland), and Latvian modern curonians, all of them pagan peoples . The Swedes, on the other hand, made incursions against all of them, looting and collecting tributes in the Viking style, as they had been doing for centuries. The Swedes were also competing with Novgorod for their influence in the region, which was the most important center of the lucrative fur business. The Swedes were as welcome as any other merchant who visited Novgorod to trade, but the city was powerful enough to prevent them from making incursions into Russia and getting skins as tributes, as they had done during the Viking age. Now the Swedes tried to take advantage of the fur trade in Novgorod by controlling the Gulf of Finland.
The Swedes opposed the influence of Novgorod in Karelia with their own wars of conquest and conversion in Finland, which they justified by using the terminology of the Crusades. Due to its interest in limiting the influence of the Orthodox Church, the Catholic Church supported the Swedish expeditions, but they never obtained the papal sanction such as the crusades to the Holy Land or the wenda and livonian crusades, and the Swedish crusaders never had the same spiritual rewards. .
Later traditions claim that the first Swedish crusade in Finland was under the command of King Erik IX (reign, 1155-1160), sometime around 1157.
At this time Sweden was the only Scandinavian kingdom without a royal saint.

If the growth of state power had brought about the end of the Viking age in Scandinavia around the year 1100, it continued to enjoy a long decline in areas where real authority was weak or nonexistent. In the Orkneys and in the Hebrides, Nordic and Norse-Gaelic chiefs continued to supplement the income of their properties with the direction of Viking raids, while in Iceland and Greenland a society essentially of the Viking epoch composed of local chiefs and free peasants followed making their own laws and resolving disputes in representative assemblies. However, around 1200 these societies were an anomaly in a Europe with increasingly centralized kingdoms.
The extinction was due to those who felt too old to start a new life they would have stayed, and without the young, the extinction of the colony was only a matter of time. The last outpost of the Viking world simply died of old age.

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