Ganar a cualquier precio: La historia oculta del dopaje en el ciclismo — Tyler Hamilton & Daniel Coyle

Sin duda después de leer los libros de ficción sobre el dopaje de Maribel Medina, he leído este sobre el ciclismo pareciéndome interesante, escrito por uno de los lugartenientes de Amstrong, Hamilton nos habla de cosas escabrosas en este mundo y es su acierto. Se sabe pero no se dice.

Nos adentra en Lance Amstrong, el ídolo caído y el polémico doctor Ferrari. Alrededor de todo aquello, como una caja fuerte de acero reforzado, estaba la omertà: el código de silencio que rige entre los ciclistas profesionales en lo que al dopaje se refiere. El poder de la omertà estaba bien consolidado: a lo largo de la dilatada historia de este deporte, ningún ciclista de primer nivel lo había revelado todo. Los gregarios y el personal de equipo que hablaban sobre el dopaje eran expulsados de la hermandad y tratados como traidores.
«Es fácil superar los controles —contestó—. Estamos muy por delante de ellos. Ellos tienen sus médicos, pero los nuestros son mejores. Están mejor pagados, desde luego. Además, a la UCI (Unión Ciclista Internacional, el órgano directivo de este deporte) tampoco le interesa cazar a algunos. ¿Por qué querrían hacerlo? Les costaría dinero.»
«La cuestión es que Lance era diferente al resto de nosotros —me comentó Hamilton—. Todos queríamos ganar. Pero Lance lo necesitaba. Tenía que asegurarse al ciento por ciento de que ganaba, siempre, y aquello lo llevó a hacer algunas cosas que, en mi opinión, se pasaban de la raya. Comprendo que Lance ha hecho mucho bien a muchas personas, pero lo que hizo sigue sin estar bien. ¿Debería ser procesado, ir a prisión por lo que hizo? Creo que no. Pero ¿debería haber ganado siete Tours consecutivos? Definitivamente no. Así que sí, creo que la gente tiene derecho a saber la verdad. La gente necesita saber cómo ocurrió todo en realidad para poder decidir después.»

Nadie empieza queriendo doparse. Amamos nuestro deporte por su pureza: slossu pureólo tú, tu bici, la carretera y la carrera. Y cuando entras en ese mundo y comienzas a sentir que el dopaje está a la orden del día, tu reacción instintiva es cerrar los ojos, taparte los oídos con las manos, y trabajar aún más duro. Confiar en el antiguo misterio del ciclismo: presionar hasta el límite y después presionar aún más porque, quién sabe, tal vez hoy vaya mejor. De hecho, sé que suena raro, pero al principio la idea de que otros se doparan me motivó; me hizo sentir noble porque yo era puro. Prevalecería porque mi pureza me haría más fuerte. No había ningún trabajo ni demasiado pequeño ni demasiado duro.
Era fácil mantener aquella actitud porque, sencillamente, el dopaje no se discutía, al menos no de forma oficial.
¿Cómo te sientes al tomar EPO? Genial, sobre todo porque no sientes nada. No estás agotado. Te notas sano, normal, fuerte. Tienes más color en las mejillas, estás menos gruñón, eres más divertido. Esas gotitas claras trabajan como señales de radio: les dicen a tus riñones que creen más glóbulos rojos (hematíes), y pronto millones de ellos te llenan las venas y te llevan el oxígeno a los músculos. El resto del cuerpo está igual, sólo que cuenta con mejor combustible. Puedes correr con más fuerza durante más tiempo. Ese lugar sagrado en el borde de tus límites queda atrás, y no sólo un poco.
Los corredores hablaban de una luna de miel con la EPO, y en mi experiencia fue cierta. Se trataba también de un fenómeno psicológico. La excitación procede de que unas cuantas gotas de EPO te permiten romper las barreras que antes te paraban en seco y, de repente, nace una sensación de nuevas posibilidades. El miedo se derrite. Te preguntas: ¿Hasta dónde podría llegar? ¿Qué velocidad alcanzo?
La gente cree que doparse es para vagos que quieren evitar el trabajo duro. Puede que eso sea cierto en algunos casos, pero en el mío, igual que en el de muchos ciclistaenthos cics que conocía, era precisamente lo contrario. La EPO proporcionaba la capacidad de sufrir más, de obligarte a llegar más lejos y con más fuerza de lo que jamás hubieras imaginado, tanto entrenando como en carrera. Recompensaba justo aquello en lo que yo era bueno: tener una estupenda ética laboral y presionarse al límite y superarlo. Me sentía casi mareado: aquello era un nuevo escenario. Comencé a ver las carreras de una manera diferente.

Lance le encantaba aquel médico. Ferrari encajaba con su amor por la precisión, los números y la certeza. Me daba la sensación de que la relación de Lance con Ferrari era como la mía con Pedro: de plena confianza. Estaba claro que el doctor le había dicho a Armstrong que si alcanzaba ciertas cifras tenía la oportunidad de ganar el Tour de Francia. Aquella idea encendió a Lance. Le proporcionó la clase de objetivo específico que le gustaba. Durante los meses precedentes al Tour, entrenamos más duro de lo que lo habíamos hecho jamás. Lance se centró en la promesa de Ferrari: alcanza las cifras y ocurrirán cosas buenas.
La importancia del médico en la vida de Armstrong era bastante obvia, sobre todo porque Lance hablaba de manera constante de él, en especial mientras entrenábamos. Diez personas podían darle exactamente el mismo consejo, pero, si procedía de Michele, aquello era palabra de Dios. Tengo entendido que Lance valoraba tanto a Ferrari que redactó un acuerdo exclusivo para que el italiano no entrenara a ningún otro competidor del Tour. Kevin y yo solíamos decir que nuestro compañero pronunciaba más la palabra «Michele» que la palabra «Kik».
Aun así, Lance intentaba mantener en secreto ante el resto del equipo su relación con Ferrari…, no siempre con éxito.

Durante aquella época ¿era posible ganar una carrera ciclista profesional estando limpio? ¿Podía un ciclista limpio competir contra los que tomaban Edgar?
La respuesta es que depende de la carrera. En las competiciones cortas, incluso en las carreras por etapas de una semana de duración, creo que la contestación es sí, con reservas. He ganado competiciones pequeñas de cuatro días a paniagua y con un hematocrito de 42. He ganado contrarrelojes en condiciones similares. He oído que otros corredores también lo han conseguido.
No obstante, una vez superas el límite de la semana, pronto se vuelve imposible para los corredores limpios competir contra aquellos que toman Edgar porque eso les supone una ventaja demasiado grande. Cuanto más larga es la competición, más crece la ventaja —de ahí el poder de Edgar en el Ke Ena ventaja Tour de Francia—. El motivo es el coste, en el sentido fisiológico. Los grandes esfuerzos —ganar etapas alpinas, ganar contrarrelojes— requieren demasiada energía, provocan que el cuerpo se colapse, que el hematocrito caiga y que la testosterona disminuya. Sin Edgar y sin los huevos rojos, esos costes se suman.

He aquí un lema para mi generación de ciclistas: «Antes o después, pillan a todo el mundo.»
Funciona, porque es cierto:
• Roberto Heras: 2005
• Jan Ullrich: 2006
• Ivan Basso: 2006
• Joseba Beloki: 2006
• Floyd Landis: 2006
• Alexandre Vinokourov: 2007
• Iban Mayo: 2007
• Alberto Contador: 2010
Y así sucesivamente. No es que los controladores se convirtieran de pronto en Einstein, aunque sí habían mejorado ~ Creo que tiene más que ver con las probabilidades a largo plazo: cuanto más juegas al escondite, más probable es que tú metas la pata o que ellos tengan suerte. Es inevitable, de verdad, y quizá lo fuera desde el principio. Tal vez debería haberlo visto venir. Pero eso es lo curioso del destino: al final siempre llega por sorpresa.

Vivía con múltiples niveles de engaño. En la superficie, estaba agradecido por el apoyo. Por debajo, me provocaba incomodidad, sobre todo el eslogan «Creed en Tyler», que me hacía parecer un santo. En el fondo, sabía que era terriblemente culpable (quizá no de aquella acusación en concreto, pero sí de vivir una mentira). No obstante, no estaba en posición de intentar iluminar a mi grupo de defensores («Eh, mirad, chicos, muchas gracias por todo, pero lo cierto es que no soy completamente inocente…»). Además, no es que tuviera que ir a clases de interpretación para sentirme perseguido. Sentía que me estaban victimizando: el deporte, la UCI, los controladores, parte del pelotón, ciertos miembros de la prensa y, sobre todo, un mundo que corrió a meterme en la categoría de «tramposo», «drogadicto» y «mentiroso» sin pararse a examinar los detalles. Así que cuando mis amigos me vieron como una persona inocente a la que estaban empujando de forma injusta a las vías del tren, aquello encajó bastante con mi modo de verlo. Cuando la gente de mi fundación quería organizar eventos, decía que sí. Cuando mis padres, con lágrimas en los ojos, me decían que creían en mí y que iban a hacer todo lo que estuviera en su poder para ayudarme, se lo agradecía de todo corazón, y lo hacía de veras.

Novitzky había llevado a juicio a Barry Bonds y había enviado a la cárcel a otros atletas, como la medallista olímpica Marion Jones. A menudo lo comparaban con Eliot Ness, el policía recto que había atacado la corrupción durante la Prohibición. Incluso se le parecía físicamente: alto, delgado, cabeza rapada y una mirada intensa. Esperaba (y temía) que se pusiera en contacto conmigo.
Armstrong no se equivocaba al ponerse nervioso. Apenas unos días después, se seleccionó un gran jurado en Los Ángeles bajo el control del fiscal federal Doug Miller, que ya había trabajado con Novitzky en el caso BALCO. Comenzaron a citar a testigos para declarar y todos tenían que decir la verdad o arriesgarse a ir a la cárcel por perjurio. En resumen, era la peor pesadilla de Lance: una investigación legal poderosa y afilada sobre cómo había ganado el Tour de Francia.
Fue poético y quizá inevitable que fuese Floyd quien finalmente cantara: el joven menonita, el equivalente a Lance en cuanto a resistencia inagotable se refería. Lo que molestaba a Landis no era el dopaje. Lo que odiaba, lo que enfurecía su alma, era la injusticia. El abuso de poder. La idea de que Armstrong privase a propósito a Floyd de una oportunidad de competir.
Aquello era lo único que quería Landis, competir.
Novitzky y Miller dirigieron una excavadora hacia el mundo del ciclismo. Poco tiempo después, todo el mundo temblaba de miedo y anticipación. Se estaban poniendo en contacto con testigos: Hincapie, Livingston, Kristin Armstrong, Frankie y Betsy Andreu, Greg LeMond, etcétera. Oí que Levi Leipheimer había recibido la citación en la aduana cuando regresaba del Tour de Francia.

«60 Minutes» emitió su reportaje el 22 de mayo de 2011. Junto con mi entrevista, la emisión incluyó detalles del testimonio ofrecido por George Hincapie, en el que supuestamente les había confirmado a los investigadores que había compartido EPO con Lance. (George no negó la información.) Apareció Frankie Andreu hablando sobre las elevadas velocidades del pelotón impulsado por la EPO y diciendo: «Si no tomabas EPO, no ibas a ganar.» «60 Minutes» también dio detalles sobre la sospechosa prueba de EPO del Tour de Suiza de 2001 y acerca de las reuniones promovidas por la UCI que Lance y Johan celebraron con el director del laboratorio, a raíz de las cuales el análisis desapareció. Le ofrecieron a Armstrong la oportunidad de ir al programa y contar su parte de la historia: se negó. Unos días antes de la emisión, le devolví mi medalla de oro olímpica a la USADA para que decidieran a quién pertenecía.
El 12 de junio de 2012, la USADA cumplió: una sencilla carta de quince páginas en la que se acusaba a Lance, a Pedro Celaya, a Johan Bruyneel, a Luis del Moral, a Pepe Martí y a Michele Ferrari de violaciones de la norma antidopaje. Alegaba que habían dirigido una conspiración de dopaje «para avanzar en sus logros atléticos y deportivos, en su bienestar financiero y en el estatus de los equipos y sus corredores». Acusaban a Armstrong de uso, posesión, tráfico, administración, asistencia y encubrimiento. La USADA también decía que los datos de la sangre de Lance recopilada durante 2009 y 2010 «sugerían claramente» la manipulación sanguínea. Es más, a Armstrong le quedó inmediatamente prohibido competir en el triatlón, deporte al que había vuelto tras su retirada.

La tarde del 10 de octubre, la USADA emitió su decisión razonada. Todo el mundo había supuesto que sería un documento largo, y todo el mundo se equivocó: era eterno. Mil páginas de pruebas devastadoras; un mazazo de evidencias cuidadosamente anotadas que demostraban que Armstrong era un participante fundamental en «el programa de dopaje más sofisticado, profesionalizado y exitoso que el deporte haya visto jamás». Hay demasiada información clave como para relatarla toda, pero he aquí el panorama general: 
• Testimonio de veintiséis personas, incluyendo once compañeros de equipo.
• Numerosos relatos sobre el uso por parte de Lance de transfusiones de sangre, EPO, hormona del crecimiento humano, cortisona y testosterona.
• Informes detallados que se remontan a 1998, cuando Armstrong utilizó infusiones salinas para diluirse la sangre y evadir un control en los Campeonatos Mundiales.
• Registros financieros que detallan los pagos de más de un millón de dólares de Lance al doctor Ferrari, incluso después de la condena de éste en 2004, cuando Armstrong declaró públicamente que ya no trabajaban juntos.
• Numerosos relatos sobre cómo Lance intimidaba y amenazaba a la gente para mantener el secreto en silencio.
• El análisis científico de la sangre de Armstrong durante su reaparición de 2009-2010, que indicaba dopaje en sangre.

Para que el progreso continúe han de ocurrir cinco cosas:
1. Convocar una comisión de verdad y reconciliación en la que, durante un período de tiempo limitado, todos los corredores puedan dar un paso adelante y decir toda la verdad sobre susrdaCambia carreras sin temor a represalias o castigos. Sin confianza, no cambiará nada.[57]
2. Sustituir a la UCI por un nuevo grupo de líderes que estén comprometidos al ciento por ciento en cuanto a hacer lo que haga falta para mantener limpio el deporte.
3. Reclutar a agentes del orden público para ayudar a controlar y mantener el orden en el deporte, así como aumentar la cooperación internacional para rastrear las líneas de suministro de SMR (sustancias para la mejora del rendimiento) y destapar redes de financiación ilícitas.
4. Alejarse del modelo de patrocinio de los equipos —en el que la financiación procede de empresas— y dirigirse hacia un modelo más estable de propiedad privada, como en la NFL o la liga mayor de béisbol. El problema de los patrocinadores es que requieren una rentabilidad inmediata de su inversión y crean unos valores de ganar a toda costa que se filtran desde la dirección hasta los corredores. Cuanto más estable sea el equipo, menos presión hay para doparse.
5. Seguir mejorando el pasaporte biológico —que, como cualquier sistema, tiene lagunas que pueden explotarse— y asegurarse de que lo administra y ejecuta una entidad independiente.

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