Ganar a cualquier precio: La historia oculta del dopaje en el ciclismo — Tyler Hamilton & Daniel Coyle / The Secret Race: Inside the Hidden World of the Tour de France by Tyler Hamilton & Daniel Coyle

Sin duda después de leer los libros de ficción sobre el dopaje de Maribel Medina, he leído este sobre el ciclismo pareciéndome interesante, escrito por uno de los lugartenientes de Amstrong, Hamilton nos habla de cosas escabrosas en este mundo y es su acierto. Se sabe pero no se dice.

Nos adentra en Lance Amstrong, el ídolo caído y el polémico doctor Ferrari. Alrededor de todo aquello, como una caja fuerte de acero reforzado, estaba la omertà: el código de silencio que rige entre los ciclistas profesionales en lo que al dopaje se refiere. El poder de la omertà estaba bien consolidado: a lo largo de la dilatada historia de este deporte, ningún ciclista de primer nivel lo había revelado todo. Los gregarios y el personal de equipo que hablaban sobre el dopaje eran expulsados de la hermandad y tratados como traidores.
«Es fácil superar los controles —contestó—. Estamos muy por delante de ellos. Ellos tienen sus médicos, pero los nuestros son mejores. Están mejor pagados, desde luego. Además, a la UCI (Unión Ciclista Internacional, el órgano directivo de este deporte) tampoco le interesa cazar a algunos. ¿Por qué querrían hacerlo? Les costaría dinero.»
«La cuestión es que Lance era diferente al resto de nosotros —me comentó Hamilton—. Todos queríamos ganar. Pero Lance lo necesitaba. Tenía que asegurarse al ciento por ciento de que ganaba, siempre, y aquello lo llevó a hacer algunas cosas que, en mi opinión, se pasaban de la raya. Comprendo que Lance ha hecho mucho bien a muchas personas, pero lo que hizo sigue sin estar bien. ¿Debería ser procesado, ir a prisión por lo que hizo? Creo que no. Pero ¿debería haber ganado siete Tours consecutivos? Definitivamente no. Así que sí, creo que la gente tiene derecho a saber la verdad. La gente necesita saber cómo ocurrió todo en realidad para poder decidir después.»

Nadie empieza queriendo doparse. Amamos nuestro deporte por su pureza: slossu pureólo tú, tu bici, la carretera y la carrera. Y cuando entras en ese mundo y comienzas a sentir que el dopaje está a la orden del día, tu reacción instintiva es cerrar los ojos, taparte los oídos con las manos, y trabajar aún más duro. Confiar en el antiguo misterio del ciclismo: presionar hasta el límite y después presionar aún más porque, quién sabe, tal vez hoy vaya mejor. De hecho, sé que suena raro, pero al principio la idea de que otros se doparan me motivó; me hizo sentir noble porque yo era puro. Prevalecería porque mi pureza me haría más fuerte. No había ningún trabajo ni demasiado pequeño ni demasiado duro.
Era fácil mantener aquella actitud porque, sencillamente, el dopaje no se discutía, al menos no de forma oficial.
¿Cómo te sientes al tomar EPO? Genial, sobre todo porque no sientes nada. No estás agotado. Te notas sano, normal, fuerte. Tienes más color en las mejillas, estás menos gruñón, eres más divertido. Esas gotitas claras trabajan como señales de radio: les dicen a tus riñones que creen más glóbulos rojos (hematíes), y pronto millones de ellos te llenan las venas y te llevan el oxígeno a los músculos. El resto del cuerpo está igual, sólo que cuenta con mejor combustible. Puedes correr con más fuerza durante más tiempo. Ese lugar sagrado en el borde de tus límites queda atrás, y no sólo un poco.
Los corredores hablaban de una luna de miel con la EPO, y en mi experiencia fue cierta. Se trataba también de un fenómeno psicológico. La excitación procede de que unas cuantas gotas de EPO te permiten romper las barreras que antes te paraban en seco y, de repente, nace una sensación de nuevas posibilidades. El miedo se derrite. Te preguntas: ¿Hasta dónde podría llegar? ¿Qué velocidad alcanzo?
La gente cree que doparse es para vagos que quieren evitar el trabajo duro. Puede que eso sea cierto en algunos casos, pero en el mío, igual que en el de muchos ciclistaenthos cics que conocía, era precisamente lo contrario. La EPO proporcionaba la capacidad de sufrir más, de obligarte a llegar más lejos y con más fuerza de lo que jamás hubieras imaginado, tanto entrenando como en carrera. Recompensaba justo aquello en lo que yo era bueno: tener una estupenda ética laboral y presionarse al límite y superarlo. Me sentía casi mareado: aquello era un nuevo escenario. Comencé a ver las carreras de una manera diferente.

Lance le encantaba aquel médico. Ferrari encajaba con su amor por la precisión, los números y la certeza. Me daba la sensación de que la relación de Lance con Ferrari era como la mía con Pedro: de plena confianza. Estaba claro que el doctor le había dicho a Armstrong que si alcanzaba ciertas cifras tenía la oportunidad de ganar el Tour de Francia. Aquella idea encendió a Lance. Le proporcionó la clase de objetivo específico que le gustaba. Durante los meses precedentes al Tour, entrenamos más duro de lo que lo habíamos hecho jamás. Lance se centró en la promesa de Ferrari: alcanza las cifras y ocurrirán cosas buenas.
La importancia del médico en la vida de Armstrong era bastante obvia, sobre todo porque Lance hablaba de manera constante de él, en especial mientras entrenábamos. Diez personas podían darle exactamente el mismo consejo, pero, si procedía de Michele, aquello era palabra de Dios. Tengo entendido que Lance valoraba tanto a Ferrari que redactó un acuerdo exclusivo para que el italiano no entrenara a ningún otro competidor del Tour. Kevin y yo solíamos decir que nuestro compañero pronunciaba más la palabra «Michele» que la palabra «Kik».
Aun así, Lance intentaba mantener en secreto ante el resto del equipo su relación con Ferrari…, no siempre con éxito.

Durante aquella época ¿era posible ganar una carrera ciclista profesional estando limpio? ¿Podía un ciclista limpio competir contra los que tomaban Edgar?
La respuesta es que depende de la carrera. En las competiciones cortas, incluso en las carreras por etapas de una semana de duración, creo que la contestación es sí, con reservas. He ganado competiciones pequeñas de cuatro días a paniagua y con un hematocrito de 42. He ganado contrarrelojes en condiciones similares. He oído que otros corredores también lo han conseguido.
No obstante, una vez superas el límite de la semana, pronto se vuelve imposible para los corredores limpios competir contra aquellos que toman Edgar porque eso les supone una ventaja demasiado grande. Cuanto más larga es la competición, más crece la ventaja —de ahí el poder de Edgar en el Ke Ena ventaja Tour de Francia—. El motivo es el coste, en el sentido fisiológico. Los grandes esfuerzos —ganar etapas alpinas, ganar contrarrelojes— requieren demasiada energía, provocan que el cuerpo se colapse, que el hematocrito caiga y que la testosterona disminuya. Sin Edgar y sin los huevos rojos, esos costes se suman.

He aquí un lema para mi generación de ciclistas: «Antes o después, pillan a todo el mundo.»
Funciona, porque es cierto:
• Roberto Heras: 2005
• Jan Ullrich: 2006
• Ivan Basso: 2006
• Joseba Beloki: 2006
• Floyd Landis: 2006
• Alexandre Vinokourov: 2007
• Iban Mayo: 2007
• Alberto Contador: 2010
Y así sucesivamente. No es que los controladores se convirtieran de pronto en Einstein, aunque sí habían mejorado ~ Creo que tiene más que ver con las probabilidades a largo plazo: cuanto más juegas al escondite, más probable es que tú metas la pata o que ellos tengan suerte. Es inevitable, de verdad, y quizá lo fuera desde el principio. Tal vez debería haberlo visto venir. Pero eso es lo curioso del destino: al final siempre llega por sorpresa.

Vivía con múltiples niveles de engaño. En la superficie, estaba agradecido por el apoyo. Por debajo, me provocaba incomodidad, sobre todo el eslogan «Creed en Tyler», que me hacía parecer un santo. En el fondo, sabía que era terriblemente culpable (quizá no de aquella acusación en concreto, pero sí de vivir una mentira). No obstante, no estaba en posición de intentar iluminar a mi grupo de defensores («Eh, mirad, chicos, muchas gracias por todo, pero lo cierto es que no soy completamente inocente…»). Además, no es que tuviera que ir a clases de interpretación para sentirme perseguido. Sentía que me estaban victimizando: el deporte, la UCI, los controladores, parte del pelotón, ciertos miembros de la prensa y, sobre todo, un mundo que corrió a meterme en la categoría de «tramposo», «drogadicto» y «mentiroso» sin pararse a examinar los detalles. Así que cuando mis amigos me vieron como una persona inocente a la que estaban empujando de forma injusta a las vías del tren, aquello encajó bastante con mi modo de verlo. Cuando la gente de mi fundación quería organizar eventos, decía que sí. Cuando mis padres, con lágrimas en los ojos, me decían que creían en mí y que iban a hacer todo lo que estuviera en su poder para ayudarme, se lo agradecía de todo corazón, y lo hacía de veras.

Novitzky había llevado a juicio a Barry Bonds y había enviado a la cárcel a otros atletas, como la medallista olímpica Marion Jones. A menudo lo comparaban con Eliot Ness, el policía recto que había atacado la corrupción durante la Prohibición. Incluso se le parecía físicamente: alto, delgado, cabeza rapada y una mirada intensa. Esperaba (y temía) que se pusiera en contacto conmigo.
Armstrong no se equivocaba al ponerse nervioso. Apenas unos días después, se seleccionó un gran jurado en Los Ángeles bajo el control del fiscal federal Doug Miller, que ya había trabajado con Novitzky en el caso BALCO. Comenzaron a citar a testigos para declarar y todos tenían que decir la verdad o arriesgarse a ir a la cárcel por perjurio. En resumen, era la peor pesadilla de Lance: una investigación legal poderosa y afilada sobre cómo había ganado el Tour de Francia.
Fue poético y quizá inevitable que fuese Floyd quien finalmente cantara: el joven menonita, el equivalente a Lance en cuanto a resistencia inagotable se refería. Lo que molestaba a Landis no era el dopaje. Lo que odiaba, lo que enfurecía su alma, era la injusticia. El abuso de poder. La idea de que Armstrong privase a propósito a Floyd de una oportunidad de competir.
Aquello era lo único que quería Landis, competir.
Novitzky y Miller dirigieron una excavadora hacia el mundo del ciclismo. Poco tiempo después, todo el mundo temblaba de miedo y anticipación. Se estaban poniendo en contacto con testigos: Hincapie, Livingston, Kristin Armstrong, Frankie y Betsy Andreu, Greg LeMond, etcétera. Oí que Levi Leipheimer había recibido la citación en la aduana cuando regresaba del Tour de Francia.

«60 Minutes» emitió su reportaje el 22 de mayo de 2011. Junto con mi entrevista, la emisión incluyó detalles del testimonio ofrecido por George Hincapie, en el que supuestamente les había confirmado a los investigadores que había compartido EPO con Lance. (George no negó la información.) Apareció Frankie Andreu hablando sobre las elevadas velocidades del pelotón impulsado por la EPO y diciendo: «Si no tomabas EPO, no ibas a ganar.» «60 Minutes» también dio detalles sobre la sospechosa prueba de EPO del Tour de Suiza de 2001 y acerca de las reuniones promovidas por la UCI que Lance y Johan celebraron con el director del laboratorio, a raíz de las cuales el análisis desapareció. Le ofrecieron a Armstrong la oportunidad de ir al programa y contar su parte de la historia: se negó. Unos días antes de la emisión, le devolví mi medalla de oro olímpica a la USADA para que decidieran a quién pertenecía.
El 12 de junio de 2012, la USADA cumplió: una sencilla carta de quince páginas en la que se acusaba a Lance, a Pedro Celaya, a Johan Bruyneel, a Luis del Moral, a Pepe Martí y a Michele Ferrari de violaciones de la norma antidopaje. Alegaba que habían dirigido una conspiración de dopaje «para avanzar en sus logros atléticos y deportivos, en su bienestar financiero y en el estatus de los equipos y sus corredores». Acusaban a Armstrong de uso, posesión, tráfico, administración, asistencia y encubrimiento. La USADA también decía que los datos de la sangre de Lance recopilada durante 2009 y 2010 «sugerían claramente» la manipulación sanguínea. Es más, a Armstrong le quedó inmediatamente prohibido competir en el triatlón, deporte al que había vuelto tras su retirada.

La tarde del 10 de octubre, la USADA emitió su decisión razonada. Todo el mundo había supuesto que sería un documento largo, y todo el mundo se equivocó: era eterno. Mil páginas de pruebas devastadoras; un mazazo de evidencias cuidadosamente anotadas que demostraban que Armstrong era un participante fundamental en «el programa de dopaje más sofisticado, profesionalizado y exitoso que el deporte haya visto jamás». Hay demasiada información clave como para relatarla toda, pero he aquí el panorama general:
• Testimonio de veintiséis personas, incluyendo once compañeros de equipo.
• Numerosos relatos sobre el uso por parte de Lance de transfusiones de sangre, EPO, hormona del crecimiento humano, cortisona y testosterona.
• Informes detallados que se remontan a 1998, cuando Armstrong utilizó infusiones salinas para diluirse la sangre y evadir un control en los Campeonatos Mundiales.
• Registros financieros que detallan los pagos de más de un millón de dólares de Lance al doctor Ferrari, incluso después de la condena de éste en 2004, cuando Armstrong declaró públicamente que ya no trabajaban juntos.
• Numerosos relatos sobre cómo Lance intimidaba y amenazaba a la gente para mantener el secreto en silencio.
• El análisis científico de la sangre de Armstrong durante su reaparición de 2009-2010, que indicaba dopaje en sangre.

Para que el progreso continúe han de ocurrir cinco cosas:
1. Convocar una comisión de verdad y reconciliación en la que, durante un período de tiempo limitado, todos los corredores puedan dar un paso adelante y decir toda la verdad sobre susrdaCambia carreras sin temor a represalias o castigos. Sin confianza, no cambiará nada.[57]
2. Sustituir a la UCI por un nuevo grupo de líderes que estén comprometidos al ciento por ciento en cuanto a hacer lo que haga falta para mantener limpio el deporte.
3. Reclutar a agentes del orden público para ayudar a controlar y mantener el orden en el deporte, así como aumentar la cooperación internacional para rastrear las líneas de suministro de SMR (sustancias para la mejora del rendimiento) y destapar redes de financiación ilícitas.
4. Alejarse del modelo de patrocinio de los equipos —en el que la financiación procede de empresas— y dirigirse hacia un modelo más estable de propiedad privada, como en la NFL o la liga mayor de béisbol. El problema de los patrocinadores es que requieren una rentabilidad inmediata de su inversión y crean unos valores de ganar a toda costa que se filtran desde la dirección hasta los corredores. Cuanto más estable sea el equipo, menos presión hay para doparse.
5. Seguir mejorando el pasaporte biológico —que, como cualquier sistema, tiene lagunas que pueden explotarse— y asegurarse de que lo administra y ejecuta una entidad independiente.

Undoubtedly after reading the fiction books about doping by Maribel Medina, I read this about cycling looking interesting, written by one of Amstrong’s lieutenants, Hamilton tells us about scary things in this world and it is his success. It is known but it is not said.

We enter Lance Armstrong, the fallen idol and the controversial Dr. Ferrari. Around everything, like a reinforced steel safe, was the omertà: the code of silence that prevails among professional cyclists when it comes to doping. The power of the omertà was well consolidated: throughout the long history of this sport, no cyclist of first level had revealed everything. The gregarious and the team personnel who talked about doping were expelled from the fraternity and treated as traitors.
“It is easy to overcome the controls,” he said. We are way ahead of them. They have their doctors, but ours are better. They are better paid, of course. In addition, the UCI (International Cycling Union, the governing body of this sport) is not interested in hunting some. Why would they want to do it? It would cost them money. ”
“The point is that Lance was different from the rest of us,” Hamilton told me. We all wanted to win. But Lance needed it. He had to make sure 100 percent of the money he earned, always, and that led him to do some things that, in my opinion, went too far. I understand that Lance has done a lot of good to many people, but what he did is still not right. Should I be prosecuted, go to prison for what he did? I think not. But should I have won seven consecutive Tours? Definitely not. So yes, I believe that people have the right to know the truth. People need to know how everything actually happened in order to decide later. ”

Nobody starts wanting to dope. We love our sport for its purity: slossu pureó you, your bike, the road and the race. And when you enter that world and begin to feel that doping is the order of the day, your instinctive reaction is to close your eyes, cover your ears with your hands, and work even harder. Trust in the ancient mystery of cycling: push to the limit and then press even more because, who knows, maybe today will go better. In fact, I know it sounds weird, but at first the idea of ​​others being doped motivated me; It made me feel noble because I was pure. It would prevail because my purity would make me stronger. There was no work neither too small nor too hard.
It was easy to maintain that attitude because, simply, doping was not discussed, at least not officially.
How do you feel about taking EPO? Great, especially because you do not feel anything. You are not exhausted. You feel healthy, normal, strong. You have more color in the cheeks, you are less grumpy, you are more fun. Those clear droplets work like radio signals: they tell your kidneys to make more red blood cells (RBCs), and soon millions of them fill your veins and carry oxygen to your muscles. The rest of the body is the same, only that it has better fuel. You can run harder for longer. That sacred place on the edge of your limits is behind, and not just a little.
The cyclist were talking about a honeymoon with the EPO, and in my experience it was true. It was also a psychological phenomenon. The excitement comes from a few drops of EPO that allow you to break the barriers that previously stopped you in your tracks and, suddenly, a sense of new possibilities is born. Fear melts. You ask yourself: How far could I go? What speed do I reach?
People think that doping is for bums who want to avoid hard work. That may be true in some cases, but in mine, as in many cyclists who knew, it was just the opposite. The EPO provided the ability to suffer more, to force you to go further and with more strength than you would have ever imagined, both training and career. I rewarded just what I was good at: having a great work ethic and pushing myself to the limit and overcoming it. I felt almost dizzy: that was a new scenario. I started watching the races in a different way.

Lance loved that doctor. Ferrari fit with his love for precision, numbers and certainty. I got the feeling that Lance’s relationship with Ferrari was like mine with Pedro: full confidence. It was clear that the doctor had told Armstrong that if he reached certain numbers he had the chance to win the Tour de France. That idea ignited Lance. He provided the kind of specific goal that he liked. During the months preceding the Tour, we trained harder than we had ever done before. Lance focused on the promise of Ferrari: reach the numbers and good things will happen.
The importance of the doctor in Armstrong’s life was quite obvious, especially since Lance was constantly talking about him, especially while training. Ten people could give him exactly the same advice, but, if it came from Michele, that was God’s word. I understand that Lance valued Ferrari so much that he drafted an exclusive agreement so that the Italian did not train any other competitor of the Tour. Kevin and I used to say that our partner said the word “Michele” more than the word “Kik”.
Even so, Lance tried to keep his relationship with Ferrari secret from the rest of the team … not always successful.

During that time, was it possible to win a professional cyclist race while being clean? Could a clean cyclist compete against those who took Edgar?
The answer is that it depends on the race. In short competitions, even in week-long stage races, I think the answer is yes, with reservations. I won small four-day competitions at paniagua and with a hematocrit of 42. I won counter-races in similar conditions. I have heard that other riders have also achieved it.
However, once you exceed the limit of the week, it soon becomes impossible for clean runners to compete against those who take Edgar because that is too big an advantage. The longer the competition, the more the advantage grows – hence the power of Edgar in the Ke Ena advantage Tour de France-. The reason is cost, in the physiological sense. The great efforts-winning alpine stages, winning counter-locks-require too much energy, cause the body to collapse, the hematocrit to fall and testosterone to decrease. Without Edgar and without the red eggs, those costs add up.

Here’s a motto for my generation of cyclists: “Sooner or later, they catch everyone.”
It works, because it’s true:
• Roberto Heras: 2005
• Jan Ullrich: 2006
• Ivan Basso: 2006
• Joseba Beloki: 2006
• Floyd Landis: 2006
• Alexandre Vinokourov: 2007
• Iban May: 2007
• Alberto Contador: 2010
And so on. Not that the controllers suddenly became Einstein, although they had improved ~ I think it has more to do with long-term odds: the more you play hide-and-seek, the more likely you are to screw up or have luck. It’s inevitable, really, and maybe it was from the beginning. Maybe I should have seen it coming. But that is the curious thing of fate: in the end it always comes as a surprise.

He lived with multiple levels of deception. On the surface, I was grateful for the support. Underneath, it caused me discomfort, especially the slogan “Believe in Tyler,” which made me look like a saint. Deep down, I knew he was terribly guilty (maybe not of that particular accusation, but of living a lie). However, I was not in a position to try to enlighten my group of defenders (“Hey, look, guys, thank you very much for everything, but the truth is that I’m not completely innocent …”). Also, it’s not like I had to go to acting classes to feel persecuted. I felt that they were victimizing me: the sport, the UCI, the controllers, part of the squad, certain members of the press and, above all, a world that ran to put me in the category of “cheat”, “drug addict” and “liar” without stopping to examine the details. So when my friends saw me as an innocent person who was being pushed unfairly on the train tracks, that pretty much matched my way of seeing it. When the people of my foundation wanted to organize events, I said yes. When my parents, with tears in their eyes, told me that they believed in me and that they were going to do everything in their power to help me, I thanked them with all my heart, and I really did.

Novitzky had brought Barry Bonds to trial and sent other athletes to jail, such as Olympic medalist Marion Jones. He was often compared to Eliot Ness, the straight cop who had attacked corruption during the Prohibition. He even looked physically like him: tall, thin, shaved head and an intense look. I expected (and I was afraid) that he would contact me.
Armstrong was not wrong to be nervous. Just a few days later, a grand jury was selected in Los Angeles under the control of federal prosecutor Doug Miller, who had already worked with Novitzky in the BALCO case. They began to call witnesses to testify and everyone had to tell the truth or risk going to jail for perjury. In short, it was Lance’s worst nightmare: a powerful and sharp legal investigation into how he had won the Tour de France.
It was poetic and perhaps inevitable that it was Floyd who finally sang: the young Mennonite, the equivalent of Lance in terms of inexhaustible resistance. What bothered Landis was not doping. What he hated, what infuriated his soul, was injustice. The abuse of power. The idea of ​​Armstrong purposely depriving Floyd of an opportunity to compete.
That was all Landis wanted, to compete.
Novitzky and Miller led an excavator into the world of cycling. A short time later, everyone trembled with fear and anticipation. They were getting in touch with witnesses: Hincapie, Livingston, Kristin Armstrong, Frankie and Betsy Andreu, Greg LeMond, and so on. I heard that Levi Leipheimer had received the citation at customs when he was returning from the Tour de France.

“60 Minutes” broadcast its report on May 22, 2011. Along with my interview, the broadcast included details of the testimony offered by George Hincapie, in which he had allegedly confirmed to investigators that he had shared EPO with Lance. (George did not deny the information.) Frankie Andreu appeared speaking about the high speeds of the EPO-driven squad and saying, “If you did not take EPO, you were not going to win.” “60 Minutes” also gave details about the suspicious EPO test. of the Swiss Tour of 2001 and about the meetings promoted by the UCI that Lance and Johan celebrated with the director of the laboratory, as a result of which the analysis disappeared. They offered Armstrong the opportunity to go to the show and tell his part of the story: he refused. A few days before the broadcast, I returned my Olympic gold medal to the USADA so they could decide who it belonged to.
On June 12, 2012, the USADA complied: a simple fifteen-page letter accusing Lance, Pedro Celaya, Johan Bruyneel, Luis del Moral, Pepe Martí and Michele Ferrari of violations of the anti-doping rule . He alleged that they had led a doping conspiracy “to advance their athletic and sporting achievements, their financial well-being and the status of the teams and their runners.” They accused Armstrong of use, possession, trafficking, administration, assistance and concealment. The USADA also said that the Lance blood data collected during 2009 and 2010 “clearly suggested” blood manipulation. Moreover, Armstrong was immediately prohibited from competing in triathlon, a sport he had returned to after his retirement.

On the afternoon of October 10, the USADA issued its reasoned decision. Everyone had assumed that it would be a long document, and everyone was wrong: it was eternal. A thousand pages of devastating evidence; a blow of carefully annotated evidence that showed that Armstrong was a key player in “the most sophisticated, professionalized and successful doping program the sport has ever seen”. There is too much key information to tell it all, but here’s the big picture:
• Testimony of twenty-six people, including eleven teammates.
• Numerous accounts of Lance’s use of blood transfusions, EPO, human growth hormone, cortisone and testosterone.
• Detailed reports dating back to 1998, when Armstrong used saline infusions to dilute blood and evade control at the World Championships.
• Financial records detailing the payments of more than one million dollars from Lance to Dr. Ferrari, even after his conviction in 2004, when Armstrong publicly declared that they no longer worked together.
• Numerous stories about how Lance intimidated and threatened people to keep the secret silent.
• The scientific analysis of Armstrong’s blood during his reappearance of 2009-2010, which indicated blood doping.

In order for progress to continue, five things must happen:
1. Convene a truth and reconciliation commission in which, for a limited period of time, all runners can take a step forward and tell the whole truth about their career changes without fear of reprisal or punishment. Without confidence, nothing will change. [57]
2. Replace the UCI with a new group of leaders who are 100 percent committed to doing what it takes to keep the sport clean.
3. Recruit law enforcement officers to help control and maintain order in the sport, as well as increase international cooperation to track the supply lines of SMR (substances for improving performance) and uncover illicit financing networks.
4. Move away from the sponsorship model of the teams-in which the funding comes from companies-and move towards a more stable model of private ownership, such as in the NFL or the major league of baseball. The problem of the sponsors is that they require an immediate return on their investment and create winning values ​​at all costs that filter from the address to the brokers. The more stable the equipment, the less pressure there is to doping.
5. Continue to improve the biological passport – which, like any system, has gaps that can be exploited – and ensure that it is managed and executed by an independent entity.

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