El narco — Ioan Grillo / El Narco: Inside Mexico’s Criminal Insurgency by Ioan Grillo

Sin duda de los mejores libros sobre el narcotráfico en México, duro, cruel, releído varias veces y que para nada pierde vigencia. Conocemos a Gonzalo, en la cárcel de los libres de Cristo, el Alcatraz de las rocosas y con fotografías al final del libro.

Durante los años noventa florecieron los traficantes mexicanos, enviando toneladas de drogas al norte y recaudando miles de millones de dólares gracias al auge del libre comercio instaurado por el NAFTA [Tratado de Libre Comercio de América del Norte]. Estos grupos reemplazaron a los colombianos en el panorama mafioso del continente americano. Gonzalo aportó fuerza efectiva a estos aventureros gansteriles, apretando las clavijas (o secuestrando y matando) a quienes se negaban a pagar las facturas. Se hizo rico, ganó cientos de miles de dólares.
Pero cuando lo detuvieron diecisiete años después, su trabajo y su industria habían cambiado radicalmente. Por entonces dirigía grupos fuertemente armados que participaban en la guerra urbana contra las bandas rivales. Cometía secuestros en masa y controlaba casas francas donde había docenas de víctimas atadas y amordazadas. Contaba con el apoyo de altos funcionarios de la policía local, aunque libraba reñidas batallas con los agentes de la policía nacional. Sembraba el terror del modo más brutal, por ejemplo practicando incontables decapitaciones.
Comprender la guerra mexicana de la droga es crucial no sólo por la morbosa curiosidad que despiertan los montones de cráneos seccionados, sino también porque los problemas de México se desarrollan en todo el mundo. Últimamente se habla poco de la guerrilla comunista en América Latina, pero las sublevaciones criminales se extienden como regueros de pólvora. En El Salvador, la Mara Salvatrucha obligó a los conductores de autobús de todo el país a declararse en huelga para protestar contra las leyes antibandas; en Brasil, el Primer Comando Capital incendió ochenta y dos autobuses y diecisiete bancos, y mató a cuarenta y dos policías en una ofensiva coordinada; en Jamaica, la policía se enfrentó con partidarios de Christopher Coke, alias «Dudus», dejando setenta muertos. ¿Van a repetir los expertos que se trata sólo de un típico caso de policías y ladrones? La guerra mexicana de la droga es una espeluznante advertencia de hasta qué punto podría deteriorarse la situación en los demás países mencionados. Es un estudio de campo sobre la sublevación criminal.
Muchos miembros de las bandas callejeras salvadoreñas son hijos de guerrilleros comunistas; y se consideran combatientes a semejanza de sus padres.
Se calcula que estos fantasmas ganan alrededor de 30.000 millones de dólares al año introduciendo en Estados Unidos cocaína, marihuana, heroína y cristales de metanfetamina. Un dinero que desaparece como polvo cósmico en la economía global.
En pocas palabras, el narco es el amo de la calle, del barrio y de la ciudad. Pero pocas personas conocen los rasgos faciales del amo.
Hablar de insurgencia, guerras y Estados fallidos produce escalofríos a los funcionarios que buscan los dólares del turismo y las inversiones extranjeras. La marca México ha recibido una buena paliza en los tres últimos años. Algunos funcionarios están convencidos de que hay un complot estadounidense para desviar el turismo de Cancún hacia Florida.

El mercado estadounidense de la marihuana creció tan aprisa que los traficantes la importaban de donde podían. En resumen, fueron los estadounidenses quienes crearon la demanda y se fijaron en México como país proveedor. Los «pachecos» (fumadores de marihuana) acudían en manada, pasaban la frontera por Tijuana y compraban hierba de cualquier parte. Un grupo de estudiantes del Instituto de Coronado, San Diego, con su profesor al frente, empezó a pasar marihuana a Estados Unidos por la playa de Tijuana, en tablas de surf. La llamada Compañía Coronado amplió el pasivo y utilizó yates, hasta que la policía nacional los detuvo a todos. Otros consumidores iban a la frontera de Texas, se apostaban en la orilla del Río Grande y esperaban a que los mexicanos les lanzaran bolsas de hierba por encima del agua. Y otros iban a los peores tugurios de El Paso o de Laredo y buscaban mexicanos con aspecto sospechoso con la esperanza de que fueran camellos.

La línea más decisiva en el desarrollo del narcotráfico mexicano es la aparición de lo que la gente empezó a llamar cárteles de la cocaína. Estas organizaciones eran maquinarias multimillonarias que revolucionaron el negocio de la droga. Y Matta fue un elemento clave. Su papel básico fue vincular a los principales traficantes de México con los mayores productores de cocaína en Colombia, y le vino muy bien que su patria, Honduras, quedara oportunamente entre los dos países.

Los sinaloenses subestimaron peligrosamente a sus rivales. Muchos reclutas de los sinaloenses eran matones de la Mara Salvatrucha de El Salvador y Honduras. Los gánsteres tenían una reputación terrible. Pero no estaban a la altura de los Zetas, que estaban muy bien armados y organizados. En una casa franca de Nuevo Laredo aparecieron cinco cadáveres de estos reclutas centroamericanos, en cuyos hombros y brazos se veían los reveladores tatuajes de la MS. Junto a ellos había una nota garabateada con la confusa caligrafía de los narcosicarios. «Chapo Guzmán y Beltrán Leyva. Mandar más pendejos como éstos pa que los chinguemos.» Los Zetas estaban aplicando su táctica militar: sembrar el terror en las calles. Las bandas restantes no tardarían en hacer lo mismo.

Los intereses de Estados Unidos en la guerra de la droga crecieron cuando en febrero de 2011 fue asesinado en el estado de San Luis Potosí el agente Jaime Zapata. Zapata, que trabajaba en el Servicio de Inmigración y Aduanas (ICE) de Estados Unidos, fue atacado por presuntos Zetas, que rodearon su coche en la carretera. Zapata señaló la matrícula diplomática de su vehículo y un pistolero replicó: «Me vale madre» [Me importa un carajo]. Los Zetas dispararon contra Zapata y además hirieron a su compañero, que recibió dos balazos. No estuvo claro si se buscó deliberadamente a los dos agentes del ICE o si fue un incidente casual por cruzar una zona Zeta. Fuera cual fuese el motivo, el primer asesinato de un agente estadounidense desde el caso Camarena concentró la atención pública en la misión de Estados Unidos al sur del río.

La narcoindustria de México nunca duerme. Veinticuatro horas al día, 365 días al año, crecen nuevas plantas en alguna parte, se aplican productos químicos, los transportistas acarrean cargamentos, los muleros («burros» en México) cruzan la frontera. Y todos los días, en muchos lugares de Estados Unidos, los ciudadanos compran drogas que han llegado de México y la inhalan, la esnifan o se la inyectan en las venas. Los jefes se encumbran y caen, los adolescentes experimentan, y los viejos adictos toman sobredosis; y todo el tiempo la maquinaria de la droga sigue marchando con el mismo ritmo inmutable con que la Tierra da vueltas alrededor del Sol.
 Todos sabemos que el comercio de la droga es tan lucrativo en México que es una de las fuentes de riqueza más importantes del país. Rivaliza con las exportaciones de crudo para ayudar a estabilizar el peso. Proporciona miles de puestos de trabajo, muchos en las zonas rurales pobres que más los necesitan. Sus beneficios se extienden a otros sectores, en particular la hostelería, la ganadería, carreras de caballos, sellos discográficos, equipos de fútbol y compañías cinematográficas.
La ampliación de la insurgencia criminal está castigando con dureza a los representantes del poder, desde Ciudad de México hasta Washington. Los funcionarios de inteligencia del Pentágono siguen devanándose los sesos para adivinar cómo repercutirá el conflicto en la seguridad estadounidense. Todos sus informes formulan una pregunta elemental: ¿adónde va la guerra mexicana de la droga? ¿Meterán en cintura la policía y los soldados a los narcotraficantes.

Los cárteles mexicanos han crecido, con la misma ampliación lógica que otras entidades en el capitalismo. El pastel ha crecido, lo cual permite ganar más dinero y que aquél siga creciendo. Los cárteles mexicanos, después de reemplazar a los colombianos y convertirse en las organizaciones criminales más grandes de América, se han introducido en otros países. No sólo se están abriendo paso en los débiles estados centroamericanos, así como en Perú y Argentina. También circulan informes sobre su poder adquisitivo en los frágiles estados africanos, sus negociaciones con la mafia rusa, incluso sobre su papel en el abastecimiento de droga a los traficantes de Inglaterra. Pero la expansión que más preocupación ha despertado es la que se produce en Estados Unidos.
La capacidad del cártel para exportar a Estados Unidos es un tema candente. Los análisis sobre el avance de los narcotraficantes mexicanos hacia el norte han inflamado, por lo general sin razón alguna, el debate sobre la inmigración. El frente xenófobo habla de los trabajadores mexicanos como si fueran un ejército invasor; y todos ven a los obreros sin papeles como espías potenciales de los cárteles, que utilizan a las comunidades de emigrantes para ocultar a sus agentes secretos. La guerra mexicana contra la droga, aducen, es un motivo más para militarizar la frontera. Los habitantes de los estados fronterizos se indignan por la posibilidad de que el drama se desborde y los alcance. Si los hampones decapitan en Juárez, dicen con inquietud, ¿cuánto tiempo transcurrirá hasta que corten cabezas en El Paso? ¿Es contagiosa la enfermedad mexicana?.

Los problemas empezaron cuando el cártel de Sinaloa quedó dividido por la guerra civil en 2008. Mientras el Chapo Guzmán y Beltrán Leyva, el Barbas, cortaban cabezas en Culiacán, también competían en Chicago por los contactos. Según las acusaciones, tanto el Chapo como el Barbas presionaron con violencia a los gemelos para que comprasen la mercancía a uno y no al otro. En medio de este conflicto, los agentes de la DEA se infiltraron en la red y detuvieron a los gemelos y a otros que andaban metidos en la conspiración.
Lo interesante es la lucha de los capos sinaloenses por monopolizar a los hermanos Flores en calidad de clientes. Los hermanos Flores compraban drogas a los sinaloenses, pero no trabajaban para ellos; eran sus clientes, no empleados suyos. Además, los hermanos Flores, siempre según los documentos del juzgado, vendían las drogas, pero no pagaban a nadie para que las moviera. Como dice la acusación:
 
La Banda Flores, a su vez, vendía la cocaína y la heroína por dinero en efectivo a clientes mayoristas del área de Chicago, así como a otros clientes de Detroit, Michigan; de Cincinnati, Ohio; de Filadelfia, Pensilvania; de Washington, D.C.; de Nueva York; de Vancouver, Columbia Británica; de Columbus, Ohio; y de otros lugares. Además, los clientes mayoristas de estas ciudades distribuían la cocaína y la heroína a otras ciudades, entre ellas Milwaukee, Wisconsin.

El secuestro ha alcanzado niveles sin precedentes desde 2008, cuando se intensificó la guerra contra la droga. Muchos dicen que los cárteles reaccionan a las confiscaciones importantes y buscan otras fuentes de ingresos. El Gobierno afirma que esto demuestra que los gánsteres están desesperados, contra las cuerdas. Pero hay también indicios de que el secuestro ha aumentado simplemente por el clima de anarquía que ha generado toda esta violencia. Cuando se secuestra y mata incluso a los funcionarios de la Policía Federal Preventiva, se reducen las esperanzas de que puedan salvarnos a nosotros.

Aunque la policía de México se modifique, los malos barrios seguirán produciendo hampones. Cuando los adolescentes dejan la escuela, vienen de hogares rotos, figuran en pandillas violentas, no tienen empleo, son hostigados por los soldados y no tienen ningún porvenir a la vista, se ponen en manos de la mafia. Todos los políticos prometen mejores oportunidades de empleo, pero del dicho al hecho… ya se sabe. Sin embargo, hay formas de remediar las comunidades deterioradas incluso con recursos limitados.
El gobierno de Ciudad de México fomentó un plan de becas y ayudas para que los muchachos completaran la enseñanza secundaria. Si conseguían cierta nota media, recibirían una asignación mensual para salir adelante. El plan se hizo muy popular, llegando a beneficiarse cincuenta mil alumnos. Las autoridades de Ciudad de México dicen que es una de las razones por las que el índice de delitos violentos de la capital se mantiene al nivel de las ciudades estadounidenses, en vez de alcanzar los devastadores niveles de Juárez o Culiacán.
México tiene un serio problema para curar las heridas de los incontables ciudadanos que han perdido familiares en el baño de sangre. El creciente número de huérfanos de la guerra de la droga necesita ayuda, o esos chicos y chicas se convertirán en una generación más perdida aún, que buscará venganza derramando más sangre. Otros países con conflictos todavía candentes han implementado planes nacionales para las víctimas. En algunos casos, los huérfanos o las viudas necesitan ayuda económica; pero en muchos otros la necesidad es psicológica.
Las familias de las víctimas se ayudan entre sí compartiendo su dolor. En Culiacán hay un grupo de hombres y mujeres que se reúnen para hablar del sufrimiento que sienten por haber perdido a sus seres queridos. Muchas mujeres son madres. Nunca se harán a la idea de haber enterrado a sus hijos, pero al menos se dan cuenta de que otras personas sufren como ellas.

Undoubtedly the best books on drug trafficking in Mexico, hard, cruel, reread several times and that nothing loses relevance. We know Gonzalo, in the jail of the free of Christ, the Alcatraz of rocky and with photographs at the end of the book.

During the 1990s, Mexican traffickers flourished, sending tons of drugs north and raising billions of dollars thanks to the free trade boom established by NAFTA [North American Free Trade Agreement]. These groups replaced the Colombians in the mafia panorama of the American continent. Gonzalo provided effective force to these gangster adventurers, tightening the pegs (or kidnapping and killing) those who refused to pay the bills. He became rich, he won hundreds of thousands of dollars.
But when he was arrested seventeen years later, his work and his industry had changed radically. At that time he directed heavily armed groups that participated in urban warfare against rival gangs. He committed mass kidnappings and controlled free houses where there were dozens of victims tied and gagged. He had the support of senior local police officers, although he fought fierce battles with the national police officers. He sowed terror in the most brutal way, for example practicing countless beheadings.
Understanding the Mexican war on drugs is crucial not only because of the morbid curiosity aroused by the heaps of severed skulls, but also because Mexico’s problems are developing all over the world. Lately there is little talk of the communist guerrilla in Latin America, but the criminal uprisings are spread like gunpowder. In El Salvador, Mara Salvatrucha forced bus drivers from all over the country to go on strike to protest against anti-drug laws; in Brazil, the First Capital Command set fire to eighty-two buses and seventeen banks, and killed forty-two police officers in a coordinated offensive; In Jamaica, the police clashed with supporters of Christopher Coke, aka “Dudus,” leaving seventy dead. Are the experts going to repeat that this is just a typical case of police and thieves? The Mexican war on drugs is a shocking warning of the extent to which the situation in the other countries mentioned could deteriorate. It is a field study on the criminal uprising.
Many members of Salvadoran street gangs are the sons of communist guerrillas; and they consider themselves combatants like their parents.
It is estimated that these ghosts earn around 30,000 million dollars a year by introducing cocaine, marijuana, heroin and methamphetamine crystals into the United States. A money that disappears like cosmic dust in the global economy.
In a few words, the narco is the master of the street, of the neighborhood and of the city. But few people know the facial features of the master.
Talking about insurgency, wars and failed states causes chills to officials looking for tourism dollars and foreign investments. The Mexico brand has received a good beating in the last three years. Some officials are convinced that there is a US plot to divert tourism from Cancun to Florida.

The US marijuana market grew so fast that traffickers imported it from wherever they could. In short, it was the Americans who created the demand and set themselves in Mexico as a provider country. The “pachecos” (marijuana smokers) flocked, crossed the border through Tijuana and bought grass from anywhere. A group of students from the Coronado Institute, San Diego, with their teacher at the front, began to pass marijuana to the United States through the beach of Tijuana, on surfboards. The so-called Coronado Company extended the liabilities and used yachts, until the national police arrested them all. Other consumers went to the Texas border, stood on the bank of the Rio Grande and waited for the Mexicans to throw bags of grass over the water. And others went to the worst slums in El Paso or Laredo and looked for Mexicans with suspicious looks in the hope that they were camels.

The most decisive line in the development of Mexican drug trafficking is the appearance of what people began to call cocaine cartels. These organizations were multi-million dollar machineries that revolutionized the drug business. And Matta was a key element. Its basic role was to link the main traffickers in Mexico with the largest producers of cocaine in Colombia, and it was very good that their homeland, Honduras, was appropriately left between the two countries.

The Sinaloans underestimated their rivals dangerously. Many conscripts of the Sinaloans were thugs from the Mara Salvatrucha of El Salvador and Honduras. The gangsters had a terrible reputation. But they were not up to the Zetas, who were very well armed and organized. Five corpses of these Central American recruits appeared in a free house in Nuevo Laredo, on whose shoulders and arms the revealing tattoos of the MS were visible. Beside them was a note scribbled with the confusing handwriting of the narcosicarios. «Chapo Guzmán and Beltrán Leyva. Send more assholes like these for the sacks. “The Zetas were applying their military tactic: sow terror in the streets. The remaining bands would soon do the same.

The interests of the United States in the war of the drug grew when in February of 2011 the agent Jaime Zapata was assassinated in the state of San Luis Potosí. Zapata, who worked at the US Immigration and Customs Service (ICE), was attacked by suspected Zetas, who surrounded his car on the highway. Zapata pointed to the diplomatic license plate of his vehicle and a gunman replied: “I’m worth mother” [I do not give a shit]. The Zetas fired on Zapata and also wounded his partner, who received two bullets. It was not clear if the two ICE agents were deliberately sought or if it was a casual incident crossing a Zeta zone. Whatever the reason, the first murder of a US agent from the Camarena case brought public attention to the US mission south of the river.

Mexico’s narco-industry never sleeps. Twenty-four hours a day, 365 days a year, new plants grow somewhere, chemical products are applied, transporters carry cargoes, mules (“donkeys” in Mexico) cross the border. And every day, in many places in the United States, citizens buy drugs that have come from Mexico and inhale it, sniff it or inject it into their veins. Bosses rise and fall, teenagers experience, and old addicts take overdoses; and all the time the drug machinery continues to march with the same immutable rhythm with which the Earth revolves around the Sun.
We all know that the drug trade is so lucrative in Mexico that it is one of the most important sources of wealth in the country. Rivalizes with crude exports to help stabilize the peso. It provides thousands of jobs, many in poor rural areas that need them the most. Its benefits extend to other sectors, particularly hospitality, livestock, horse racing, record labels, football teams and film companies.
The expansion of the criminal insurgency is harshly punishing the representatives of power, from Mexico City to Washington. Pentagon intelligence officers are still racking their brains to guess how the conflict will impact American security. All his reports ask an elementary question: where does the Mexican drug war go? Will the police and the soldiers put the narcotics traffickers in the waist?

The Mexican cartels have grown, with the same logical extension as other entities in capitalism. The cake has grown, which allows you to earn more money and keep it growing. The Mexican cartels, after replacing Colombians and becoming the largest criminal organizations in America, have been introduced in other countries. Not only are they making their way in the weak Central American states, as well as in Peru and Argentina. Reports also circulate about its purchasing power in the fragile African states, its negotiations with the Russian mafia, even about its role in supplying drugs to the smugglers in England. But the expansion that has raised the most concern is that which occurs in the United States.
The cartel’s ability to export to the United States is a hot topic. Analysis of the progress of Mexican drug traffickers to the north has inflamed, usually without reason, the debate on immigration. The xenophobic front speaks of Mexican workers as if they were an invading army; and all see undocumented workers as potential cartel spies, who use immigrant communities to hide their secret agents. The Mexican war on drugs, they argue, is another reason to militarize the border. The inhabitants of the border states are outraged by the possibility that the drama overflows and reaches them. If the thugs decapitate in Juarez, they say uneasily, how long will it take until they cut heads in El Paso? Is the Mexican disease contagious?.

The problems began when the Sinaloa cartel was divided by the civil war in 2008. While Chapo Guzmán and Beltrán Leyva, the Barbas, cut heads in Culiacán, they also competed in Chicago for contacts. According to the accusations, both Chapo and Barbas violently pressured the twins to buy the goods from one and not from the other. In the midst of this conflict, DEA agents infiltrated the network and detained the twins and others who were involved in the conspiracy.
The interesting thing is the struggle of the Sinaloa bosses to monopolize the Flores brothers as clients. The Flores brothers bought drugs from the Sinaloans, but they did not work for them; They were his clients, not his employees. In addition, the Flores brothers, always according to the court documents, sold the drugs, but did not pay anyone to move them. As the prosecution says:

The Flores Band, in turn, sold cocaine and heroin for cash to wholesale customers in the Chicago area, as well as other customers in Detroit, Michigan; from Cincinnati, Ohio; from Philadelphia, Pennsylvania; from Washington, D.C .; from New York; from Vancouver, British Columbia; from Columbus, Ohio; and from other places. In addition, wholesale customers in these cities distributed cocaine and heroin to other cities, including Milwaukee, Wisconsin.

Kidnapping has reached unprecedented levels since 2008, when the war on drugs intensified. Many say that the cartels react to major confiscations and look for other sources of income. The Government states that this shows that the gangsters are desperate, against the ropes. But there are also indications that kidnapping has simply increased due to the climate of anarchy that has generated all this violence. When the officials of the Federal Preventive Police are kidnapped and killed, the hopes that they can save us are reduced.

Even if the Mexican police are modified, the bad neighborhoods will continue to produce hoodlums. When teenagers leave school, come from broken homes, appear in violent gangs, have no jobs, are harassed by soldiers and have no future in sight, they put themselves in the hands of the mafia. All politicians promise better employment opportunities, but from saying to doing … you know. However, there are ways to remedy deteriorated communities even with limited resources.
The government of Mexico City promoted a scholarship and aid plan for boys to complete high school. If they achieved a certain average grade, they would receive a monthly allowance to get ahead. The plan became very popular, reaching to benefit fifty thousand students. Authorities in Mexico City say it is one of the reasons why the violent crime rate in the capital remains at the level of US cities, instead of reaching the devastating levels of Juarez or Culiacan.
Mexico has a serious problem to heal the wounds of countless citizens who have lost family members in the bloodbath. The growing number of orphans in the drug war needs help, or those boys and girls will become a still more lost generation, who will seek revenge by shedding more blood. Other countries with still burning conflicts have implemented national plans for the victims. In some cases, orphans or widows need financial help; but in many others the need is psychological.
The families of the victims help each other by sharing their pain. In Culiacán there is a group of men and women who meet to talk about the suffering they feel for having lost their loved ones. Many women are mothers. They will never make the thought of having buried their children, but at least they realize that other people suffer like them.

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