Nación y nacionalismo en Alemania — Joaquín Abellán

Interesante libro, ahora Alemania es muy influyente en Europa. Cuando en 1806 desapareció formalmente el Sacro Romano Imperio de la Nación Alemana comenzó en un sentido estricto la «cuestión alemana». Tras la destrucción del Imperio milenario por Napoleón Bonaparte, los Estados que lo habían formado tuvieron que relacionarse entre sí de otra manera. Comenzó la búsqueda de una forma de organización política que pudiera satisfacer a los propios alemanes y al sistema de Estados europeo. Tras la ocupación napoleónica y las consiguientes guerras de liberación, los diplomáticos europeos reunidos en el Congreso de Viena acordaron una forma de organización política para los alemanes. Desde entonces, la «cuestión alemana» ha consistido en la inadecuación entre la forma de organización política y la comunidad étnica y cultural, y en la consiguiente y problemática búsqueda de una fórmula política que pudiera agrupar a todos los que, desde el punto de vista cultural y étnico, eran alemanes.
Esa búsqueda, ese proceso de formación del Estado nacional, ha presentado en Alemania unas características peculiares, que lo han diferenciado respecto a los procesos de otros Estados europeos. Para iluminar conceptualmente el proceso alemán se acuñaron también dos conceptos específicos —Kulturnation y Staatsnation—, que no tienen una correspondencia exacta en los otros idiomas.
La Kulturnation se basa en la posesión común de una cultura, mientras que la Staatsnation descansa sobre todo en la fuerza unificadora de una historia y una constitución política común.

La formación de un Estado nacional alemán tenía inmediatas y graves consecuencias para el resto de Estados europeos era algo evidente para los contemporáneos. Políticos e intelectuales alemanes eran plenamente conscientes de que la creación de un Estado nacional alemán llevaría consigo terribles consecuencias para los otros Estados. Guillermo von Humboldt, que había sido embajador de Prusia en Viena y había participado en las negociaciones del Congreso de Viena, en unas recomendaciones escritas por él en 1816 sobre cómo Prusia debe actuar en el Parlamento confederal de Fráncfort, previene contra cualquier intento de ampliar las funciones de la Confederación.
La funcionalización de la Confederación Germánica dentro del sistema de Estados europeos no permitió que, en el Congreso de Viena, se pudieran echar las bases para un Estado nacional alemán. Pero fueron, al mismo tiempo, los propios Estados alemanes los que no tenían ningún interés en construir un Estado nacional. La situación de los Estados era muy diferente y su lógica política —no sólo de los Estados más fuertes— apuntaba, precisamente, en la dirección contraria a la unificación nacional.

Dentro del desarrollo del patriotismo alemán en los años de las guerras de liberación y del Congreso de Viena, destaca de manera especial la politización del movimiento estudiantil. En los años 1814 y 1815 se formaron asociaciones de estudiantes en varias universidades alemanas, que, en el contexto de las guerras contra Francia, adquirieron una fuerte politización. Muchos de estos estudiantes se alistarían además en el cuerpo de voluntarios Lützow para luchar contra los franceses. El 1 de noviembre de 1814 se fundó, en efecto, una asociación en la universidad de Halle, que se dio el patriótico nombre de Teutonia. Pero el impulso definitivo vino de la universidad de Jena, donde se fundó la Urburschenschaft.
Alemania ha tenido montones de problemas on los vecinos como Dinamarca y el condado de Schleswig.
La formación de un Estado nacional alemán implicaba serias dificultades en relación con las otras nacionalidades que convivían en la Confederación —polacos, checos, eslovacos, eslovenios, italianos—, y en la delimitación de las fronteras, especialmente en aquellos territorios donde la población alemana y no alemana estaba fuertemente mezclada. Los límites de la nación alemana, entendida en términos lingüísticos y culturales, no coincidían con los límites de la «Confederación Germánica» ni con los del antiguo «Reich de la nación alemana», pues había muchos alemanes fuera de estas fronteras, a la vez que había otras nacionalidades no alemanas dentro de esos límites.
A partir de la guerra de 1866 se aceleró el proceso de unificación de Alemania guiado por Prusia. La unificación del norte de Alemania comenzó incluso durante la propia guerra contra Austria. Las relaciones con los Estados alemanes del sur estaban todavía abiertas. Pero todo el proceso de unificación partía ya de un acontecimiento totalmente nuevo en la historia de los alemanes: Austria no pertenecería ya a ese nuevo Estado nacional. La unificación del norte de Alemania comenzó, efectivamente, durante la guerra contra Austria. Prusia había invitado entonces a los diecinueve Estados del norte de Alemania a formar una nueva Confederación, en vistas de que la Confederación salida del Congreso de Viena en 1815 y a estaba realmente acabada. Sólo dos Estados, Sajonia-Meiningen y Reuss línea primogénita, rechazaron la invitación. En la segunda mitad de agosto de 1866, Prusia y los otros diecisiete Estados que habían aceptado su propuesta se ponían de acuerdo para formar la Confederación del Norte de Alemania (Nordeutscher Bund).
El nuevo Estado alemán, el Deutsches Reich, comenzó a existir formalmente el 1 de enero de 1871, con la entrada en vigor de los Tratados de noviembre, aunque la fecha con que habitualmente se señale su comienzo sea la del 18 de enero de 1871, el día en que tuvo lugar, en el Salón de los Espejos de Versalles, la proclamación del emperador.

El nuevo Estado alemán respondía al principio del Estado nacional, que no se había dado ni en el antiguo Reich (el Sacro Romano Imperio de la Nación Alemana) ni en la Confederación Germánica, pero, por otra parte, realizaba este principio de una forma incompleta o inacabada.
El antiguo Reich, en efecto, a pesar de su nombre, «Imperio de la Nación Alemana», no había sido un Estado nacional sino, por el contrario, una formación política de carácter supranacional, en la que convivían distintas nacionalidades (alemanes, checos, italianos, polacos, entre otros). La función que desempeñaba ese Imperio en Europa no era la misma que la que desempeñaban los otros Estados europeos —Estados nacionales—, para los que el aumento de su poder nacional era uno de los objetivos básicos de su actuación política. El viejo «Sacro Romano Imperio de la Nación Alemana» respondía todavía al universalismo del Imperio medieval, que continuó todavía —aun dentro de su progresivo debilitamiento— en la Edad Moderna. Y la función directora que desempeñaba en esa formación política la nación alemana no constreñía formalmente la igualdad de derechos de las otras naciones integrantes del Imperio.
La primera guerra mundial significó para todas las capas sociales alemanas un punto de inflexión en su conciencia nacional. La guerra puso de manifiesto, por primera vez de manera inequívoca, que en Alemania se había formado una comunidad nacional, por encima de todo tipo de diferencias. El comienzo de la guerra fue interpretado por muchos alemanes como el «milagro de agosto» de 1914 desde que se supo que también la clase obrera estaba dispuesta a ir a la guerra, tal como manifestó con su voto aprobatorio de los créditos de guerra el partido socialista en el Reichstag. Todavía a finales de julio, algunas manifestaciones populares organizadas por el partido socialista y los sindicatos se habían declarado en contra de la guerra, si bien sus ataques se habían dirigido sobre todo contra Rusia, contra la autocracia zarista, que era para ellos la encarnación del mal.

El tratado de paz produjo un triple efecto en Alemania. El primer efecto era de naturaleza psicológica y de dimensiones devastadoras. El artículo 231 del tratado declaraba expresamente la culpabilidad de Alemania en la guerra: «los aliados y los gobiernos asociados declaran, y Alemania lo reconoce, que Alemania y sus aliados son responsables, como causantes, de todas las pérdidas y daños que los aliados y los gobiernos asociados y sus ciudadanos han sufrido a consecuencia de la guerra, a la que se vieron obligados por el ataque de Alemania y de sus aliados». La opinión pública alemana percibió el artículo 231 como una condena del Deutsches Reich, no sólo como una condena política o civil sino como una especie de condena moral y penal. En Alemania, esta condena se sintió como especialmente injusta y farisea por cuanto de esa condena se derivaban las reparaciones de guerra. Y como Alemania tampoco pudo ingresar inmediatamente en la Sociedad de Naciones, la opinión pública sintió este hecho como una expulsión moral de Alemania de la comunidad internacional e interpretó la Sociedad de Naciones como un instrumento político al servicio de los aliados.
El segundo efecto del Tratado de paz era de naturaleza territorial. Por el Tratado, el Deutsches Reich sufría considerables pérdidas territoriales. La región de Prusia Oriental quedaba separada del resto del Estado por una franja de tierra obtenida por Polonia, la ciudad de Danzig fue declarada Estado libre bajo soberanía de la Sociedad de Naciones, Alsacia-Lorena volvió a Francia y la región de la Alta Silesia perdió parte de su territorio a favor de Polonia, aunque su población se había manifestado mayoritariamente a favor de continuar perteneciendo al Deutsches Reich.
El tercer efecto fue de naturaleza económica. Las pérdidas territoriales supusieron la pérdida de importantes zonas industriales. La región del Sarre fue declarada territorio autónomo bajo el control de la Sociedad de Naciones durante quince años, separada, por tanto, del resto de Alemania e integrada en la economía francesa.
El pensamiento völkisch elaboró un programa elemental de autarquía racial en todos los terrenos. Para los grupos defensores de este nacionalismo biologista, el mundo se dividía en dos partes: lo propio y lo extraño, lo alemán y lo no alemán. Su defensa de lo alemán y de la comunidad alemana —entendida como comunidad biológica de sangre— tenía manifestaciones en todas las esferas de la vida colectiva. En el terreno de la política demográfica, reivindicaban la pureza de la sangre mediante una política racial adecuada. En el terreno de la economía, exigían la eliminación del capitalismo bursátil internacional y todo el entramado económico internacional; Alemania tenía que fomentar su autarquía, favoreciendo su producción agraria. En el terreno de la cultura y del espíritu, defendían el pensamiento alemán sobre la base de la eliminación de las ideas extranjeras, sobre todo eliminando la literatura judía antialemana. En el campo del idioma, se manifestaban a favor de la conservación de su pureza eliminando las palabras extranjeras. En el terreno de la política, estaban en contra de las instituciones de corte occidental que tenía la República de Weimar y exigían su sustitución por una estructura política autóctona, propia. También la religión tenía que nacionalizarse, sustituyendo al dios judío por un dios alemán. Los grupos völkisch defendieron el cultivo de las tradiciones populares, de la sabiduría popular, el fortalecimiento de la raza alemana mediante el fomento de la natalidad y la conservación de la pureza de su sangre, sin mezclarse especialmente con los judíos. Lo racial, lo autóctono, lo puro y originario era la salvación de Alemania: «Alemania puede dar vuelta a su destino, si se hace völkisch. Sólo necesita hacerse völkisch y está salvada».
La aniquilación de los judíos europeos, como paso previo para la regeneración racial de Alemania y Europa. Al final de la guerra, ante la inminente derrota, Hitler diría que ésa era su gran aportación a la humanidad. Más de cinco millones de judíos europeos fueron sacrificados a una locura ideológica. La enorme cantidad de personas exterminadas, junto a las circunstancias en las que se realizó el exterminio, dieron al holocausto un carácter único: el genocidio fue ordenado por el gobierno de un Estado supuestamente cultural, siguiendo un plan meditado, sin haber sido provocado, y guiado por un mero criterio racial.

Los dos principales elementos de la concepción del mundo hitleriana y nacionalsocialista —la teoría de la raza y la conquista del Este europeo— fueron también las guías para la política exterior nacionalsocialista. La utopía racista del espacio vital en el Este propugnada por Hitler se escondía en la política revisionista de los tratados de Versalles seguida por el régimen nazi. El análisis de las crisis políticas y de las conferencias diplomáticas de los años treinta permite concluir que los dirigentes nacionalsocialistas elaboraron constantemente planes, que dejaban entrever los objetivos de carácter racial y expansionista del régimen y de su Führer.
El sueño del espacio vital en el este de Europa y el dogma racial fueron los auténticos motores de toda la política exterior nacionalsocialista, que llegaron a provocar una guerra mundial en la persecución de esos objetivos.

Los días 7 y 8 de mayo de 1945 capitulaba el Deutsches Reich y Alemania se convertía en un territorio ocupado por las potencias vencedoras, y entregado por completo a sus decisiones. El 5 de junio de 1945, las potencias vencedoras firmaron una declaración conjunta por la que asumían el poder en Alemania, que dejaba realmente de existir como Estado.
Esta declaración fue el documento más importante desde el punto de vista jurídico que guió toda la evolución política, económica y social de los alemanes durante los primeros años de la posguerra. La declaración del 5 de junio contenía las disposiciones sobre el procedimiento del control de Alemania y su división en zonas de ocupación, así como sobre las relaciones de las potencias vencedoras con los otros miembros de la Organización de las Naciones Unidas. No contenía ninguna disposición en contra de que Alemania pudiera existir en el futuro como una unidad política.
Tanto la evolución política internacional como la política interna alemana durante los primeros seis meses de 1947 apuntaban sin duda hacia la división política de Alemania. El fracaso añadido de la quinta conferencia de ministros de Asuntos Exteriores, reunida en Londres entre el 25 de noviembre y el 15 de diciembre de 1947, decidió al gobierno norteamericano a realizar sus planes de creación de un «Estado occidental» en Alemania, sin hacer ningún intento más por llegar a un acuerdo con la Unión Soviética en su política alemana. Esta idea de crear un «Estado occidental» en las zonas de ocupación norteamericana, británica y francesa la expuso abiertamente la delegación norteamericana en una conferencia de seis países occidentales.
La afirmación de la unidad del pueblo alemán, contenida tanto en la Ley Fundamental de Bonn como en la Constitución de 1949 de la República Democrática Alemana, se puso también de manifiesto en el hecho de que ambas partes eligieron como bandera de su Estado la bandera tricolor de la Revolución de 1848, si bien la RDA le añadiría, en 1959, los símbolos del compás y del martillo en una corona de espigas. Sin embargo, la creación de dos Estados en Alemania sellaba su división.

El importante «Tratado de Bases» firmado entre los gobiernos de la RFA y de la RDA en 1972 fue aprobado por el Bundestag de Bonn con el voto en contra de la mayor parte del grupo parlamentario de los partidos conservadores CDU/CSU. El Land de Baviera presentó entonces un recurso contra el Tratado ante el Tribunal Constitucional y éste, en la mencionada sentencia de 31 de julio de 1973, estableció que el «Tratado de Bases» —que había entrado en vigor el 20 de junio de 1973— no estaba en contradicción con el precepto constitucional de la reunificación y no establecía tampoco la división de Alemania.
En la segunda mitad de los años ochenta nada hacía sospechar que la cuestión alemana pudiera convertirse de nuevo en un asunto de la política internacional y que pudiera llegarse a una solución. La llegada de Mijaíl Gorbachov a la Secretaría General de PCUS en la Unión Soviética, en marzo de 1985, no había producido ningún cambio inmediato en la cuestión alemana. Cuando el 9 de noviembre de 1989, ante el asombro del todo el mundo, se abrió el muro de Berlín —signo de la división de Europa y de Alemania— la cuestión alemana pasó de nuevo a un primer plano de la política internacional y alemana.

Durante los meses anteriores a la caída del muro de Berlín se había producido una huida masiva de ciudadanos de la RDA hacia la República Federal. Este acontecimiento que ponía de manifiesto el profundo malestar interno en la RDA, contribuyó poderosamente a la caída del sistema. El desencadenante de esta ola de refugiados que, en el verano de 1989, pasaron a la República Federal a través de Hungría, Checoslovaquia o Polonia, fue la eliminación de los dispositivos de seguridad en la frontera húngaro-austríaca. El 27 de junio de 1989 los ministros de Asuntos Exteriores de Hungría y de Austria cortaron un trozo de la alambrada fronteriza entre ambos países, en un bosque de las cercanías de Sopron. Este acto simbólico quería responder a las buenas relaciones existentes entre las super-potencias, así como a la nueva política de la Unión Soviética.
En el proceso de unificación de Alemania, la situación jurídica de Berlín fue adaptándose a las nuevas circunstancias a lo largo del año 1990. El 8 de junio de 1990, los aliados occidentales suspendieron la prohibición que pesaba sobre los berlineses —occidentales— de no poder elegir diputados de pleno derecho para el Bundestag de Bonn. En ese momento todavía se afirmaba que Berlín no formaba una parte constitutiva de la RFA, pues para ello se habría necesitado de la aprobación de la Unión Soviética, como la cuarta potencia con competencias sobre Berlín, de acuerdo con el mencionado tratado de 1971. Otra paradoja en el camino hacia la integración de Berlín en la RFA se había producido cuando, el 6 de mayo de 1990, la parte oriental de la ciudad había elegido, en elecciones libres, una asamblea municipal nueva. Esta asamblea aprobó una constitución para Berlín el 23 de julio de 1990. Sin embargo, en Berlín (Oeste) existía ya una constitución, la de 1 de septiembre de 1950.

La reunificación de la República Federal de Alemania y la República Democrática Alemana, a través de la integración de ésta en aquélla, en octubre de 1990, ha puesto fin a la división estatal de Alemania. La «cuestión alemana», en cuanto problema de establecer un Estado común para los alemanes, ha sido resuelta. También está resuelto, y con bastante anterioridad a la reunificación de 1990, otro problema que los Estados europeos occidentales, sobre todo, habían asociado históricamente a la «cuestión alemana»: la cuestión de la democracia en Alemania. La carencia de un sistema democrático en Alemania o la debilidad del mismo siempre había sido un problema para los países vecinos con sistemas democráticos, especialmente si se ponía en relación esa carencia o debilidad del sistema democrático alemán con la cuestión de la unidad estatal. La unión estatal siempre había supuesto, por sí misma, un problema para los vecinos europeos. Pero una unidad política de los alemanes con un régimen no democrático había significado una amenaza mayor.
La reunificación de 1990, sin embargo, ha abierto una nueva cuestión alemana, esta vez interna, relativa a la integración social de la nueva República Federal de Alemania. Los años transcurridos desde la reunificación han puesto de manifiesto que la unificación política y jurídica no ha podido superar el distanciamiento y extrañamiento por 40 años separación.
Las diferencias de mentalidad, de modos de pensar y de actuar entre los alemanes del este y del oeste de Alemania incluso se han agravado por la propia presión —económica y psicosocial— de la unificación. La unificación política se ha logrado más rápidamente que el cambio en los ideales, en los valores o en las normas del comportamiento social. La consecución de una integración económica y cultural de las dos antiguas partes de Alemania, la igualdad de oportunidades y el logro de un consenso político fundamental constituyen, hoy, una nueva cuestión alemana.

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