Nación y nacionalismo en Alemania — Joaquín Abellán / Nation & Nationalism In Germany by Joaquín Abellán (spanish book edition)

Interesante libro, ahora Alemania es muy influyente en Europa. Cuando en 1806 desapareció formalmente el Sacro Romano Imperio de la Nación Alemana comenzó en un sentido estricto la «cuestión alemana». Tras la destrucción del Imperio milenario por Napoleón Bonaparte, los Estados que lo habían formado tuvieron que relacionarse entre sí de otra manera. Comenzó la búsqueda de una forma de organización política que pudiera satisfacer a los propios alemanes y al sistema de Estados europeo. Tras la ocupación napoleónica y las consiguientes guerras de liberación, los diplomáticos europeos reunidos en el Congreso de Viena acordaron una forma de organización política para los alemanes. Desde entonces, la «cuestión alemana» ha consistido en la inadecuación entre la forma de organización política y la comunidad étnica y cultural, y en la consiguiente y problemática búsqueda de una fórmula política que pudiera agrupar a todos los que, desde el punto de vista cultural y étnico, eran alemanes.
Esa búsqueda, ese proceso de formación del Estado nacional, ha presentado en Alemania unas características peculiares, que lo han diferenciado respecto a los procesos de otros Estados europeos. Para iluminar conceptualmente el proceso alemán se acuñaron también dos conceptos específicos —Kulturnation y Staatsnation—, que no tienen una correspondencia exacta en los otros idiomas.
La Kulturnation se basa en la posesión común de una cultura, mientras que la Staatsnation descansa sobre todo en la fuerza unificadora de una historia y una constitución política común.

La formación de un Estado nacional alemán tenía inmediatas y graves consecuencias para el resto de Estados europeos era algo evidente para los contemporáneos. Políticos e intelectuales alemanes eran plenamente conscientes de que la creación de un Estado nacional alemán llevaría consigo terribles consecuencias para los otros Estados. Guillermo von Humboldt, que había sido embajador de Prusia en Viena y había participado en las negociaciones del Congreso de Viena, en unas recomendaciones escritas por él en 1816 sobre cómo Prusia debe actuar en el Parlamento confederal de Fráncfort, previene contra cualquier intento de ampliar las funciones de la Confederación.
La funcionalización de la Confederación Germánica dentro del sistema de Estados europeos no permitió que, en el Congreso de Viena, se pudieran echar las bases para un Estado nacional alemán. Pero fueron, al mismo tiempo, los propios Estados alemanes los que no tenían ningún interés en construir un Estado nacional. La situación de los Estados era muy diferente y su lógica política —no sólo de los Estados más fuertes— apuntaba, precisamente, en la dirección contraria a la unificación nacional.

Dentro del desarrollo del patriotismo alemán en los años de las guerras de liberación y del Congreso de Viena, destaca de manera especial la politización del movimiento estudiantil. En los años 1814 y 1815 se formaron asociaciones de estudiantes en varias universidades alemanas, que, en el contexto de las guerras contra Francia, adquirieron una fuerte politización. Muchos de estos estudiantes se alistarían además en el cuerpo de voluntarios Lützow para luchar contra los franceses. El 1 de noviembre de 1814 se fundó, en efecto, una asociación en la universidad de Halle, que se dio el patriótico nombre de Teutonia. Pero el impulso definitivo vino de la universidad de Jena, donde se fundó la Urburschenschaft.
Alemania ha tenido montones de problemas on los vecinos como Dinamarca y el condado de Schleswig.
La formación de un Estado nacional alemán implicaba serias dificultades en relación con las otras nacionalidades que convivían en la Confederación —polacos, checos, eslovacos, eslovenios, italianos—, y en la delimitación de las fronteras, especialmente en aquellos territorios donde la población alemana y no alemana estaba fuertemente mezclada. Los límites de la nación alemana, entendida en términos lingüísticos y culturales, no coincidían con los límites de la «Confederación Germánica» ni con los del antiguo «Reich de la nación alemana», pues había muchos alemanes fuera de estas fronteras, a la vez que había otras nacionalidades no alemanas dentro de esos límites.
A partir de la guerra de 1866 se aceleró el proceso de unificación de Alemania guiado por Prusia. La unificación del norte de Alemania comenzó incluso durante la propia guerra contra Austria. Las relaciones con los Estados alemanes del sur estaban todavía abiertas. Pero todo el proceso de unificación partía ya de un acontecimiento totalmente nuevo en la historia de los alemanes: Austria no pertenecería ya a ese nuevo Estado nacional. La unificación del norte de Alemania comenzó, efectivamente, durante la guerra contra Austria. Prusia había invitado entonces a los diecinueve Estados del norte de Alemania a formar una nueva Confederación, en vistas de que la Confederación salida del Congreso de Viena en 1815 y a estaba realmente acabada. Sólo dos Estados, Sajonia-Meiningen y Reuss línea primogénita, rechazaron la invitación. En la segunda mitad de agosto de 1866, Prusia y los otros diecisiete Estados que habían aceptado su propuesta se ponían de acuerdo para formar la Confederación del Norte de Alemania (Nordeutscher Bund).
El nuevo Estado alemán, el Deutsches Reich, comenzó a existir formalmente el 1 de enero de 1871, con la entrada en vigor de los Tratados de noviembre, aunque la fecha con que habitualmente se señale su comienzo sea la del 18 de enero de 1871, el día en que tuvo lugar, en el Salón de los Espejos de Versalles, la proclamación del emperador.

El nuevo Estado alemán respondía al principio del Estado nacional, que no se había dado ni en el antiguo Reich (el Sacro Romano Imperio de la Nación Alemana) ni en la Confederación Germánica, pero, por otra parte, realizaba este principio de una forma incompleta o inacabada.
El antiguo Reich, en efecto, a pesar de su nombre, «Imperio de la Nación Alemana», no había sido un Estado nacional sino, por el contrario, una formación política de carácter supranacional, en la que convivían distintas nacionalidades (alemanes, checos, italianos, polacos, entre otros). La función que desempeñaba ese Imperio en Europa no era la misma que la que desempeñaban los otros Estados europeos —Estados nacionales—, para los que el aumento de su poder nacional era uno de los objetivos básicos de su actuación política. El viejo «Sacro Romano Imperio de la Nación Alemana» respondía todavía al universalismo del Imperio medieval, que continuó todavía —aun dentro de su progresivo debilitamiento— en la Edad Moderna. Y la función directora que desempeñaba en esa formación política la nación alemana no constreñía formalmente la igualdad de derechos de las otras naciones integrantes del Imperio.
La primera guerra mundial significó para todas las capas sociales alemanas un punto de inflexión en su conciencia nacional. La guerra puso de manifiesto, por primera vez de manera inequívoca, que en Alemania se había formado una comunidad nacional, por encima de todo tipo de diferencias. El comienzo de la guerra fue interpretado por muchos alemanes como el «milagro de agosto» de 1914 desde que se supo que también la clase obrera estaba dispuesta a ir a la guerra, tal como manifestó con su voto aprobatorio de los créditos de guerra el partido socialista en el Reichstag. Todavía a finales de julio, algunas manifestaciones populares organizadas por el partido socialista y los sindicatos se habían declarado en contra de la guerra, si bien sus ataques se habían dirigido sobre todo contra Rusia, contra la autocracia zarista, que era para ellos la encarnación del mal.

El tratado de paz produjo un triple efecto en Alemania. El primer efecto era de naturaleza psicológica y de dimensiones devastadoras. El artículo 231 del tratado declaraba expresamente la culpabilidad de Alemania en la guerra: «los aliados y los gobiernos asociados declaran, y Alemania lo reconoce, que Alemania y sus aliados son responsables, como causantes, de todas las pérdidas y daños que los aliados y los gobiernos asociados y sus ciudadanos han sufrido a consecuencia de la guerra, a la que se vieron obligados por el ataque de Alemania y de sus aliados». La opinión pública alemana percibió el artículo 231 como una condena del Deutsches Reich, no sólo como una condena política o civil sino como una especie de condena moral y penal. En Alemania, esta condena se sintió como especialmente injusta y farisea por cuanto de esa condena se derivaban las reparaciones de guerra. Y como Alemania tampoco pudo ingresar inmediatamente en la Sociedad de Naciones, la opinión pública sintió este hecho como una expulsión moral de Alemania de la comunidad internacional e interpretó la Sociedad de Naciones como un instrumento político al servicio de los aliados.
El segundo efecto del Tratado de paz era de naturaleza territorial. Por el Tratado, el Deutsches Reich sufría considerables pérdidas territoriales. La región de Prusia Oriental quedaba separada del resto del Estado por una franja de tierra obtenida por Polonia, la ciudad de Danzig fue declarada Estado libre bajo soberanía de la Sociedad de Naciones, Alsacia-Lorena volvió a Francia y la región de la Alta Silesia perdió parte de su territorio a favor de Polonia, aunque su población se había manifestado mayoritariamente a favor de continuar perteneciendo al Deutsches Reich.
El tercer efecto fue de naturaleza económica. Las pérdidas territoriales supusieron la pérdida de importantes zonas industriales. La región del Sarre fue declarada territorio autónomo bajo el control de la Sociedad de Naciones durante quince años, separada, por tanto, del resto de Alemania e integrada en la economía francesa.
El pensamiento völkisch elaboró un programa elemental de autarquía racial en todos los terrenos. Para los grupos defensores de este nacionalismo biologista, el mundo se dividía en dos partes: lo propio y lo extraño, lo alemán y lo no alemán. Su defensa de lo alemán y de la comunidad alemana —entendida como comunidad biológica de sangre— tenía manifestaciones en todas las esferas de la vida colectiva. En el terreno de la política demográfica, reivindicaban la pureza de la sangre mediante una política racial adecuada. En el terreno de la economía, exigían la eliminación del capitalismo bursátil internacional y todo el entramado económico internacional; Alemania tenía que fomentar su autarquía, favoreciendo su producción agraria. En el terreno de la cultura y del espíritu, defendían el pensamiento alemán sobre la base de la eliminación de las ideas extranjeras, sobre todo eliminando la literatura judía antialemana. En el campo del idioma, se manifestaban a favor de la conservación de su pureza eliminando las palabras extranjeras. En el terreno de la política, estaban en contra de las instituciones de corte occidental que tenía la República de Weimar y exigían su sustitución por una estructura política autóctona, propia. También la religión tenía que nacionalizarse, sustituyendo al dios judío por un dios alemán. Los grupos völkisch defendieron el cultivo de las tradiciones populares, de la sabiduría popular, el fortalecimiento de la raza alemana mediante el fomento de la natalidad y la conservación de la pureza de su sangre, sin mezclarse especialmente con los judíos. Lo racial, lo autóctono, lo puro y originario era la salvación de Alemania: «Alemania puede dar vuelta a su destino, si se hace völkisch. Sólo necesita hacerse völkisch y está salvada».
La aniquilación de los judíos europeos, como paso previo para la regeneración racial de Alemania y Europa. Al final de la guerra, ante la inminente derrota, Hitler diría que ésa era su gran aportación a la humanidad. Más de cinco millones de judíos europeos fueron sacrificados a una locura ideológica. La enorme cantidad de personas exterminadas, junto a las circunstancias en las que se realizó el exterminio, dieron al holocausto un carácter único: el genocidio fue ordenado por el gobierno de un Estado supuestamente cultural, siguiendo un plan meditado, sin haber sido provocado, y guiado por un mero criterio racial.

Los dos principales elementos de la concepción del mundo hitleriana y nacionalsocialista —la teoría de la raza y la conquista del Este europeo— fueron también las guías para la política exterior nacionalsocialista. La utopía racista del espacio vital en el Este propugnada por Hitler se escondía en la política revisionista de los tratados de Versalles seguida por el régimen nazi. El análisis de las crisis políticas y de las conferencias diplomáticas de los años treinta permite concluir que los dirigentes nacionalsocialistas elaboraron constantemente planes, que dejaban entrever los objetivos de carácter racial y expansionista del régimen y de su Führer.
El sueño del espacio vital en el este de Europa y el dogma racial fueron los auténticos motores de toda la política exterior nacionalsocialista, que llegaron a provocar una guerra mundial en la persecución de esos objetivos.

Los días 7 y 8 de mayo de 1945 capitulaba el Deutsches Reich y Alemania se convertía en un territorio ocupado por las potencias vencedoras, y entregado por completo a sus decisiones. El 5 de junio de 1945, las potencias vencedoras firmaron una declaración conjunta por la que asumían el poder en Alemania, que dejaba realmente de existir como Estado.
Esta declaración fue el documento más importante desde el punto de vista jurídico que guió toda la evolución política, económica y social de los alemanes durante los primeros años de la posguerra. La declaración del 5 de junio contenía las disposiciones sobre el procedimiento del control de Alemania y su división en zonas de ocupación, así como sobre las relaciones de las potencias vencedoras con los otros miembros de la Organización de las Naciones Unidas. No contenía ninguna disposición en contra de que Alemania pudiera existir en el futuro como una unidad política.
Tanto la evolución política internacional como la política interna alemana durante los primeros seis meses de 1947 apuntaban sin duda hacia la división política de Alemania. El fracaso añadido de la quinta conferencia de ministros de Asuntos Exteriores, reunida en Londres entre el 25 de noviembre y el 15 de diciembre de 1947, decidió al gobierno norteamericano a realizar sus planes de creación de un «Estado occidental» en Alemania, sin hacer ningún intento más por llegar a un acuerdo con la Unión Soviética en su política alemana. Esta idea de crear un «Estado occidental» en las zonas de ocupación norteamericana, británica y francesa la expuso abiertamente la delegación norteamericana en una conferencia de seis países occidentales.
La afirmación de la unidad del pueblo alemán, contenida tanto en la Ley Fundamental de Bonn como en la Constitución de 1949 de la República Democrática Alemana, se puso también de manifiesto en el hecho de que ambas partes eligieron como bandera de su Estado la bandera tricolor de la Revolución de 1848, si bien la RDA le añadiría, en 1959, los símbolos del compás y del martillo en una corona de espigas. Sin embargo, la creación de dos Estados en Alemania sellaba su división.

El importante «Tratado de Bases» firmado entre los gobiernos de la RFA y de la RDA en 1972 fue aprobado por el Bundestag de Bonn con el voto en contra de la mayor parte del grupo parlamentario de los partidos conservadores CDU/CSU. El Land de Baviera presentó entonces un recurso contra el Tratado ante el Tribunal Constitucional y éste, en la mencionada sentencia de 31 de julio de 1973, estableció que el «Tratado de Bases» —que había entrado en vigor el 20 de junio de 1973— no estaba en contradicción con el precepto constitucional de la reunificación y no establecía tampoco la división de Alemania.
En la segunda mitad de los años ochenta nada hacía sospechar que la cuestión alemana pudiera convertirse de nuevo en un asunto de la política internacional y que pudiera llegarse a una solución. La llegada de Mijaíl Gorbachov a la Secretaría General de PCUS en la Unión Soviética, en marzo de 1985, no había producido ningún cambio inmediato en la cuestión alemana. Cuando el 9 de noviembre de 1989, ante el asombro del todo el mundo, se abrió el muro de Berlín —signo de la división de Europa y de Alemania— la cuestión alemana pasó de nuevo a un primer plano de la política internacional y alemana.

Durante los meses anteriores a la caída del muro de Berlín se había producido una huida masiva de ciudadanos de la RDA hacia la República Federal. Este acontecimiento que ponía de manifiesto el profundo malestar interno en la RDA, contribuyó poderosamente a la caída del sistema. El desencadenante de esta ola de refugiados que, en el verano de 1989, pasaron a la República Federal a través de Hungría, Checoslovaquia o Polonia, fue la eliminación de los dispositivos de seguridad en la frontera húngaro-austríaca. El 27 de junio de 1989 los ministros de Asuntos Exteriores de Hungría y de Austria cortaron un trozo de la alambrada fronteriza entre ambos países, en un bosque de las cercanías de Sopron. Este acto simbólico quería responder a las buenas relaciones existentes entre las super-potencias, así como a la nueva política de la Unión Soviética.
En el proceso de unificación de Alemania, la situación jurídica de Berlín fue adaptándose a las nuevas circunstancias a lo largo del año 1990. El 8 de junio de 1990, los aliados occidentales suspendieron la prohibición que pesaba sobre los berlineses —occidentales— de no poder elegir diputados de pleno derecho para el Bundestag de Bonn. En ese momento todavía se afirmaba que Berlín no formaba una parte constitutiva de la RFA, pues para ello se habría necesitado de la aprobación de la Unión Soviética, como la cuarta potencia con competencias sobre Berlín, de acuerdo con el mencionado tratado de 1971. Otra paradoja en el camino hacia la integración de Berlín en la RFA se había producido cuando, el 6 de mayo de 1990, la parte oriental de la ciudad había elegido, en elecciones libres, una asamblea municipal nueva. Esta asamblea aprobó una constitución para Berlín el 23 de julio de 1990. Sin embargo, en Berlín (Oeste) existía ya una constitución, la de 1 de septiembre de 1950.

La reunificación de la República Federal de Alemania y la República Democrática Alemana, a través de la integración de ésta en aquélla, en octubre de 1990, ha puesto fin a la división estatal de Alemania. La «cuestión alemana», en cuanto problema de establecer un Estado común para los alemanes, ha sido resuelta. También está resuelto, y con bastante anterioridad a la reunificación de 1990, otro problema que los Estados europeos occidentales, sobre todo, habían asociado históricamente a la «cuestión alemana»: la cuestión de la democracia en Alemania. La carencia de un sistema democrático en Alemania o la debilidad del mismo siempre había sido un problema para los países vecinos con sistemas democráticos, especialmente si se ponía en relación esa carencia o debilidad del sistema democrático alemán con la cuestión de la unidad estatal. La unión estatal siempre había supuesto, por sí misma, un problema para los vecinos europeos. Pero una unidad política de los alemanes con un régimen no democrático había significado una amenaza mayor.
La reunificación de 1990, sin embargo, ha abierto una nueva cuestión alemana, esta vez interna, relativa a la integración social de la nueva República Federal de Alemania. Los años transcurridos desde la reunificación han puesto de manifiesto que la unificación política y jurídica no ha podido superar el distanciamiento y extrañamiento por 40 años separación.
Las diferencias de mentalidad, de modos de pensar y de actuar entre los alemanes del este y del oeste de Alemania incluso se han agravado por la propia presión —económica y psicosocial— de la unificación. La unificación política se ha logrado más rápidamente que el cambio en los ideales, en los valores o en las normas del comportamiento social. La consecución de una integración económica y cultural de las dos antiguas partes de Alemania, la igualdad de oportunidades y el logro de un consenso político fundamental constituyen, hoy, una nueva cuestión alemana.

Interesting book, now Germany is very influential in Europe. When the Sacred Roman Empire of the German Nation formally disappeared in 1806, the “German question” began in a strict sense. After the destruction of the millennial Empire by Napoleon Bonaparte, the States that had formed it had to relate to each other in another way. The search for a form of political organization that could satisfy the Germans themselves and the European state system began. After the Napoleonic occupation and the ensuing wars of liberation, the European diplomats gathered at the Congress of Vienna agreed on a form of political organization for the Germans. Since then, the “German question” has consisted in the inadequacy between the form of political organization and the ethnic and cultural community, and in the consequent and problematic search for a political formula that could group all those who, from the point of view cultural and ethnic, they were Germans.
This search, that process of formation of the national State, has presented peculiar characteristics in Germany, which have differentiated it from the processes of other European States. To illuminate the German process conceptually, two specific concepts were also coined – Kulturnation and Staatsnation – which do not have an exact correspondence in the other languages.
Kulturnation is based on the common possession of a culture, while the Staatsnation rests primarily on the unifying force of a common history and political constitution.

The formation of a German national state had immediate and serious consequences for the rest of European states was something evident to contemporaries. German politicians and intellectuals were fully aware that the creation of a German national state would entail terrible consequences for the other states. William von Humboldt, who had been Ambassador of Prussia in Vienna and had participated in the negotiations of the Congress of Vienna, in a recommendation written by him in 1816 on how Prussia should act in the confederal Parliament of Frankfurt, warns against any attempt to expand the functions of the Confederation.
The functionalization of the Germanic Confederation within the system of European states did not allow that, in the Congress of Vienna, could be laid the foundations for a German national state. But it was, at the same time, the German states themselves that had no interest in building a national state. The situation of the States was very different and its political logic -not only of the strongest States- pointed precisely in the direction contrary to national unification.

Within the development of German patriotism in the years of the wars of liberation and the Congress of Vienna, the politicization of the student movement stands out in a special way. In the years 1814 and 1815 student associations were formed in several German universities, which, in the context of the wars against France, acquired a strong politicization. Many of these students would also enroll in the Lützow volunteer corps to fight against the French. On November 1, 1814, an association was founded in the university of Halle, which gave the patriotic name of Teutonia. But the definitive impulse came from the University of Jena, where the Urburschenschaft was founded.
Germany has had lots of problems with neighbors like Denmark and Schleswig County.
The formation of a German national state entailed serious difficulties in relation to the other nationalities that coexisted in the Confederation – Poles, Czechs, Slovaks, Slovenes, Italians – and in the delimitation of borders, especially in those territories where the German population and Not German was strongly mixed. The limits of the German nation, understood in linguistic and cultural terms, did not coincide with the limits of the “Germanic Confederation” nor with those of the old “Reich of the German nation”, since there were many Germans outside these borders, at the same time that there were other non-German nationalities within those limits.
From the war of 1866 the process of unification of Germany guided by Prussia accelerated. The unification of northern Germany began even during the war against Austria itself. Relations with the southern German states were still open. But the whole process of unification was already starting from an entirely new event in the history of the Germans: Austria would no longer belong to that new national State. The unification of northern Germany began, indeed, during the war against Austria. Prussia had then invited the nineteen states of northern Germany to form a new Confederation, in view of the fact that the Confederation departed from the Congress of Vienna in 1815 and was actually over. Only two States, Saxony-Meiningen and Reuss first-born line, rejected the invitation. In the second half of August 1866, Prussia and the other seventeen States that had accepted his proposal agreed to form the Confederation of Northern Germany (Nordeutscher Bund).
The new German State, the Deutsches Reich, formally began to exist on January 1, 1871, with the entry into force of the November Treaties, although the date with which its beginning is usually indicated is that of January 18, 1871, the day on which the proclamation of the emperor took place in the Hall of Mirrors of Versailles.

The new German state responded to the principle of the national state, which had not been given either in the old Reich (the Sacred Roman Empire of the German Nation) or in the Germanic Confederation, but, on the other hand, realized this principle in an incomplete way or unfinished.
The old Reich, in fact, despite its name, “Empire of the German Nation”, had not been a national State but, on the contrary, a supranational political formation, in which different nationalities coexisted (Germans, Czechs , Italians, Poles, among others). The role played by that Empire in Europe was not the same as that of the other European states – national states – for which the increase of its national power was one of the basic objectives of its political action. The old “Sacred Roman Empire of the German Nation” still responded to the universalism of the medieval Empire, which still continued -even within its progressive weakening- in the Modern Age. And the leading role that the German nation played in that political formation did not formally constrain the equal rights of the other nations that make up the Empire.
The first world war meant for all the German social strata a turning point in their national consciousness. The war revealed, for the first time unequivocally, that a national community had been formed in Germany, above all differences. The beginning of the war was interpreted by many Germans as the “August miracle” of 1914, since it was learned that the working class was also willing to go to war, as the party’s war credits showed. socialist in the Reichstag. Even at the end of July, some popular demonstrations organized by the socialist party and the trade unions had declared themselves against the war, although their attacks had been directed mainly against Russia, against the Tsarist autocracy, which was for them the embodiment of the wrong.

The peace treaty produced a triple effect in Germany. The first effect was of a psychological nature and of devastating dimensions. Article 231 of the treaty expressly declared Germany’s guilt in the war: “Allies and associated governments declare, and Germany recognizes, that Germany and its allies are responsible, as the cause, for all losses and damages that the allies and the associated governments and their citizens have suffered as a result of the war, to which they were forced by the attack of Germany and its allies ». The German public viewed article 231 as a condemnation of the Deutsches Reich, not only as a political or civil condemnation but as a kind of moral and criminal condemnation. In Germany, this condemnation was felt to be especially unjust and pharisaical in that war reparations stemmed from that condemnation. And since Germany was also unable to enter the League of Nations immediately, public opinion felt this fact as a moral expulsion of Germany from the international community and interpreted the League of Nations as a political instrument at the service of the allies.
The second effect of the peace treaty was territorial in nature. By the Treaty, the Deutsches Reich suffered considerable territorial losses. The East Prussia region was separated from the rest of the State by a strip of land obtained by Poland, the city of Danzig was declared a free State under the sovereignty of the League of Nations, Alsace-Lorraine returned to France and the Upper Silesia region lost part of its territory in favor of Poland, although its population had manifested mostly in favor of continuing to belong to the Deutsches Reich.
The third effect was of an economic nature. The territorial losses meant the loss of important industrial zones. The Saarland region was declared an autonomous territory under the control of the League of Nations for fifteen years, separated, therefore, from the rest of Germany and integrated into the French economy.
Völkisch thought developed an elementary program of racial autarky in all fields. For the groups defending this biologist nationalism, the world was divided into two parts: the own and the strange, the German and the non-German. His defense of the German and of the German community – understood as a biological blood community – had manifestations in all spheres of collective life. In the field of demographic policy, they claimed the purity of the blood through a proper racial policy. In the field of economics, they demanded the elimination of international stock market capitalism and the entire international economic fabric; Germany had to foment its autarky, favoring its agrarian production. In the field of culture and spirit, they defended German thought on the basis of the elimination of foreign ideas, especially by eliminating anti-German Jewish literature. In the field of language, they were in favor of preserving their purity by eliminating foreign words. In the field of politics, they were against the Western-style institutions of the Weimar Republic and demanded their replacement by an indigenous political structure of their own. Religion also had to be nationalized, replacing the Jewish god with a German god. The Völkisch groups defended the cultivation of popular traditions, of popular wisdom, the strengthening of the German race by promoting the birth and preservation of the purity of their blood, without mixing especially with the Jews. The racial, the autochthonous, the pure and original was the salvation of Germany: “Germany can turn her destiny, if she becomes völkisch. It only needs to become völkisch and is saved ».
The annihilation of the European Jews, as a previous step for the racial regeneration of Germany and Europe. At the end of the war, faced with the imminent defeat, Hitler would say that this was his great contribution to humanity. More than five million European Jews were sacrificed to ideological madness. The enormous number of people exterminated, together with the circumstances in which the extermination took place, gave the holocaust a unique character: the genocide was ordered by the government of a supposedly cultural State, following a meditated plan, without having been provoked, and guided by a mere racial criterion.

The two main elements of the Hitlerite and National Socialist worldview – the theory of race and the conquest of Eastern Europe – were also the guidelines for National Socialist foreign policy. The racist utopia of the vital space in the East advocated by Hitler was hidden in the revisionist policy of the treaties of Versailles followed by the Nazi regime. The analysis of the political crises and the diplomatic conferences of the 1930s allows us to conclude that the National Socialist leaders constantly drew up plans, which hinted at the racial and expansionist objectives of the regime and its Führer.
The dream of the vital space in Eastern Europe and racial dogma were the real engines of all National Socialist foreign policy, which led to a world war in the pursuit of these objectives.

On May 7 and 8, 1945 the Deutsches Reich capitulated and Germany became a territory occupied by the victorious powers, and delivered completely to their decisions. On June 5, 1945, the winning powers signed a joint declaration by which they assumed power in Germany, which ceased to exist as a State.
This declaration was the most important document from the juridical point of view that guided all the political, economic and social evolution of the Germans during the first years of the postwar period. The declaration of June 5 contained the provisions on the procedure of the control of Germany and its division into zones of occupation, as well as on the relations of the winning powers with the other members of the Organization of the United Nations. It contained no provision against Germany possibly existing as a political unit in the future.
Both international political developments and German domestic politics during the first six months of 1947 undoubtedly pointed to the political division of Germany. The added failure of the fifth conference of foreign ministers, meeting in London between November 25 and December 15, 1947, decided the US government to carry out its plans to create a “Western State” in Germany, without doing no more attempt to reach an agreement with the Soviet Union on its German policy. This idea of ​​creating a “Western State” in the US, British and French occupation zones was openly exposed by the US delegation to a conference of six Western countries.
The affirmation of the unity of the German people, contained both in the Fundamental Law of Bonn and in the 1949 Constitution of the German Democratic Republic, was also evident in the fact that both parties chose as their state’s flag the tricolor flag of the Revolution of 1848, although the RDA would add to it, in 1959, the symbols of the compass and the hammer in a crown of spikes. However, the creation of two States in Germany sealed their division.

The important “Treaty of Bases” signed between the governments of the FRG and the GDR in 1972 was approved by the Bundestag of Bonn with the vote against the majority of the parliamentary group of the conservative CDU / CSU parties. The Land of Bavaria then lodged an appeal against the Treaty before the Constitutional Court and the latter, in the aforementioned judgment of July 31, 1973, established that the “Treaty of Bases” – which had entered into force on June 20, 1973 – it was not in contradiction with the constitutional precept of reunification and it did not establish the division of Germany either.
In the second half of the eighties, there was no reason to suspect that the German question could once again become a matter of international politics and that a solution could be found. The arrival of Mikhail Gorbachev to the General Secretariat of CPSU in the Soviet Union, in March 1985, had not produced any immediate change in the German question. When, on November 9, 1989, to the astonishment of the whole world, the Berlin Wall was opened – the symbol of the division of Europe and Germany – the German question was again brought to the forefront of international and German politics.

During the months before the fall of the Berlin Wall there had been a mass flight of citizens from the GDR to the Federal Republic. This event, which showed the deep inner malaise in the GDR, contributed powerfully to the fall of the system. The trigger for this wave of refugees that, in the summer of 1989, passed to the Federal Republic through Hungary, Czechoslovakia or Poland, was the elimination of security devices on the Hungarian-Austrian border. On June 27, 1989, the Foreign Ministers of Hungary and Austria cut a piece of the border fence between the two countries, in a forest near Sopron. This symbolic act wanted to respond to the good relations existing between the super-powers, as well as to the new policy of the Soviet Union.
In the process of unification of Germany, the legal situation of Berlin was adapted to the new circumstances throughout the year 1990. On June 8, 1990, the Western Allies suspended the prohibition that weighed on the Berliners – Western – of not being able choose full deputies for the Bonn Bundestag. At that time it was still asserted that Berlin was not a constituent part of the FRG, because it would have needed the approval of the Soviet Union, as the fourth power with jurisdiction over Berlin, according to the aforementioned 1971 treaty. Paradox on the way to the integration of Berlin in the RFA had occurred when, on May 6, 1990, the eastern part of the city had elected, in free elections, a new municipal assembly. This assembly approved a constitution for Berlin on July 23, 1990. However, in Berlin (West) there was already a constitution, that of September 1, 1950.

The reunification of the Federal Republic of Germany and the German Democratic Republic, through the integration of the latter into the former, in October 1990, has put an end to the state division of Germany. The “German question”, as a problem of establishing a common state for the Germans, has been resolved. It is also resolved, and well in advance of the reunification of 1990, another problem that Western European States, above all, had historically associated with the “German question”: the question of democracy in Germany. The lack of a democratic system in Germany or the weakness of it had always been a problem for neighboring countries with democratic systems, especially if that lack or weakness of the German democratic system was related to the question of state unity. The state union had always been, by itself, a problem for the European neighbors. But a political unity of the Germans with an undemocratic regime had meant a greater threat.
The reunification of 1990, however, has opened a new German question, this time internal, concerning the social integration of the new Federal Republic of Germany. The years since reunification have shown that political and legal unification has not been able to overcome estrangement and estrangement for 40 years of separation.
The differences in mentality, in ways of thinking and acting between Germans from East and West Germany have even been aggravated by the very pressure – economic and psychosocial – of unification. Political unification has been achieved more quickly than the change in ideals, values ​​or norms of social behavior. The achievement of an economic and cultural integration of the two old parts of Germany, the equality of opportunities and the achievement of a fundamental political consensus constitute, today, a new German question.

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