Ante todo no hagas daño — Henry Marsh / Do No Harm: Stories of Life, Death, and Brain Surgery by Henry Marsh

Este libro leído varias veces me parece magnífico, uno de los mejores neurocirujanos del Reino Unido, nos va contando la vida en los quirófanos a través de tumores, aneurismas…
Los cirujanos, nuestro mayor logro es que nuestros pacientes se recuperen por completo y se olviden para siempre de nosotros. Tras una operación, todos se sienten enormemente agradecidos, pero si esa gratitud persiste suele significar que el problema subyacente no ha quedado curado y temen que puedan necesitarnos en el futuro. Es como si sintieran que deben aplacarnos, como si fuéramos dioses airados, o al menos agentes de un destino impredecible. Nos traen regalos y nos envían tarjetas. Nos tildan de héroes y a veces de dioses. Sin embargo, nuestro mayor éxito consiste en que los pacientes regresen a sus hogares y continúen con sus vidas, y en que no necesiten volver a vernos jamás.

Es un libro que adquiera alma comentando los casos y es que la neurocirugía con sus avances tecnológicos facilitan los medios pero uno puede tener un mal día y sin duda casos emotivos como el de la paciente embarazada Melanie… Sentimientos a flor de piel.
Nos comenta su llegada a Ucrania donde está el hospital de neurocirugía más grande del mundo 400 camas, eso sí con fallos en suministro eléctrico entrando en la boca del lobo frente a las 50 camas del suyo en Gran Bretaña…

En mi trabajo tengo poco contacto con la muerte, pese a su constante presencia. Se ha vuelto aséptica y remota. La mayor parte de los pacientes que fallecen cuando están a mi cuidado han sufrido lesiones irreparables en la cabeza o hemorragias cerebrales. Ingresan en coma y mueren en coma en aquel espacio parecido a un almacén de la UCI, después de que se los haya mantenido con vida durante un tiempo mediante ventilación asistida. La muerte les sobreviene de manera simple y silenciosa cuando son declarados clínicamente muertos y se apaga el equipo de ventilación. No hay palabras en el lecho de muerte ni últimos alientos; sólo se accionan unos cuantos interruptores y los rítmicos susurros del ventilador cesan de pronto. Si aún tienen puestos los electrodos de monitorización cardíaca —aunque no suele ser así.
Se reconoce en general que todos cometemos errores y que aprendemos de ellos. El problema en el caso de los médicos como yo es que, cuando incurrimos en ellos, las consecuencias pueden ser terribles para nuestros pacientes. Casi todos los cirujanos —siempre hay algunas excepciones, por supuesto— sienten una profunda vergüenza cuando sus pacientes sufren o mueren como resultado de sus esfuerzos, una vergüenza que se vuelve aún peor cuando el caso se ve envuelto en un litigio. Les cuesta admitir que cometen errores, tanto ante sí mismos como ante los demás, y recurren a toda clase de medios para ocultarlos y tratar de achacárselos a otros. A pesar de todo, ahora que me acerco al final de mi carrera, el expone sus errores.
Es imprescindible que los médicos rindan cuentas, puesto que el poder corrompe. Debe haber procedimientos de reclamación y litigios, comisiones de investigación, condena y compensación. Al mismo tiempo, si no ocultas ni niegas tus errores cuando las cosas salen mal, y si los pacientes y sus familias saben que estás afectado por lo ocurrido, quizá, con un poco de suerte, recibirás el valioso regalo del perdón.

Nos adentra en sus miedos a través de la muerte de su madre, ¿Qué contribuye a una buena muerte? La ausencia de dolor, por supuesto, pero el acto de morir tiene muchas dimensiones, y el dolor no es más que una de ellas. Como la mayoría de médicos, supongo, he visto la muerte en todas sus múltiples formas, y sé que mi madre tuvo suerte, de hecho, de morir como lo hizo. Si pienso alguna vez en mi propia muerte —algo que, como la mayoría de gente, trato de evitar—, confío en tener un final rápido, un ataque al corazón o un infarto cerebral, preferiblemente cuando esté durmiendo. Pero comprendo que quizá no sea tan afortunado. Es muy posible que tenga que pasar por una etapa durante la que siga vivo, aunque ya no tenga un futuro en el que confiar y sólo disponga de un pasado que recordar.

Un libro realmente magnífico, por momentos tierno, realista, crudo y que nos explica los sentimientos de esta eminencia médica.

This book read several times I think it’s great, one of the best neurosurgeons in the UK, is telling us life in operating rooms through tumors, aneurysms …
Surgeons, our greatest achievement is that our patients recover completely and forget about us forever. After an operation, everyone feels enormously grateful, but if that gratitude persists it usually means that the underlying problem has not been cured and they fear that they may need us in the future. It is as if they felt that they should placate us, as if we were angry gods, or at least agents of an unpredictable destiny. They bring us gifts and send us cards. They call us heroes and sometimes gods. However, our greatest success is that patients return to their homes and continue with their lives, and that they never need to see each other again.

It is a book that acquires soul commenting on the cases and is that neurosurgery with its technological advances facilitate the media but one can have a bad day and undoubtedly emotional cases like that of the pregnant patient Melanie … Feelings to the surface.
He tells us of his arrival in Ukraine, where the largest neurosurgery hospital in the world is 400 beds, but with power failures entering the mouth of the wolf in front of the 50 beds of his in Britain …

In my work I have little contact with death, despite its constant presence. It has become aseptic and remote. Most of the patients who die while in my care have suffered irreparable head injuries or brain hemorrhages. They enter a coma and die in a coma in that space similar to an ICU store, after they have been kept alive for a while by assisted ventilation. Death happens to them in a simple and silent way when they are declared clinically dead and the ventilation equipment is turned off. There are no words on the deathbed or last breaths; only a few switches are activated and the rhythmic whispers of the fan suddenly cease. If the cardiac monitoring electrodes are still in place – although this is not usually the case.
It is generally recognized that we all make mistakes and that we learn from them. The problem in the case of doctors like me is that, when we incur them, the consequences can be terrible for our patients. Almost all surgeons – there are always some exceptions, of course – feel a deep shame when their patients suffer or die as a result of their efforts, a shame that becomes even worse when the case is litigated. They find it hard to admit that they make mistakes, both to themselves and to others, and resort to all kinds of means to hide them and try to blame them on others. In spite of everything, now that I am approaching the end of my career, he exposes his mistakes.
It is imperative that doctors be held accountable, since power corrupts. There must be grievance and litigation procedures, investigation commissions, conviction and compensation. At the same time, if you do not hide or deny your mistakes when things go wrong, and if patients and their families know that you are affected by what happened, maybe, with a little luck, you will receive the valuable gift of forgiveness.

It immerses us in its fears through the death of its mother, What contributes to a good death? The absence of pain, of course, but the act of dying has many dimensions, and pain is just one of them. Like most doctors, I suppose, I have seen death in all its many forms, and I know that my mother was lucky, in fact, to die as she did. If I ever think about my own death – something that, like most people, I try to avoid – I hope to have a fast ending, a heart attack or a cerebral infarction, preferably when I’m sleeping. But I understand that maybe he is not so lucky. It is very possible that you have to go through a stage during which you are still alive, even if you no longer have a future in which to trust and only have a past to remember.

A really magnificent book, at times tender, realistic, crude and that explains the feelings of this medical eminence.

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