La invención del pasado — Miguel-Anxo Murado / The Invention Of Past Time: True And False Ideas In The History Of Spain by Miguel-Anxo Murado

Bajo el epígrafe de “verdad y ficción en la historia de España”. Nos habla de que no todo lo contado debe ser creído y cultivar la crítica, a través de la espada del Cid que Charlton Heston enseña a Menéndez Pidal, nos adentramos en este gran libro.
La historia popular, la que sabe o cree saber la mayor parte de la gente, y la historia académica, que escriben los especialistas para un público minoritario especializado. Lo que hoy es historia popular nació como historia académica. Poco importa que la historia académica rechace ahora las conclusiones de los historiadores de generaciones precedentes. Lo que nos interesa a nosotros es el proceso mediante el cual una se transforma en la otra.
Nosotros nos concentraremos en algunos casos que nos permitan ver el mecanismo por medio del cual se forma, apuntala y deforma el imaginario colectivo del pasado. Porque entendemos que siempre se deforma.

En el pasado no existen los «hechos». Los hechos, en el sentido de acciones que pueden ser comprobadas objetivamente, pertenecen exclusivamente al tiempo presente. Una vez que han tenido lugar, ya no están ahí. Lo único que queda de ellos es el rastro documental. Siempre y cuando, claro está, que alguien se haya molestado en tomar nota, o hacer un dibujo, un grabado o una fotografía; o que alguien se lo haya contado a alguien que luego tome nota o se lo cuente a otra persona que escriba acerca de ello. Pero el hecho en sí habrá desaparecido para siempre.
Es asombroso que hasta bien entrada la década de 1970 casi todos los historiadores leyesen de manera literal este relato (Covadonga/Don Pelayo) como si se tratase de un documento realista. Pero quizá lo sea más que incluso hoy en día muchos de ellos se empeñen en hacer una exégesis de los sucesos que aparecen en las crónicas, tratando de encontrar «lo que tienen de real», comparando distintas versiones y variaciones en manuscritos como si fuesen diferentes testimonios en un juicio, cuando la realidad es que se trata de autores que se copian entre sí e introducen errores cuando recuerdan o entienden mal lo que están copiando.
Por si fuera poco, no hay una sola batalla, sino muchas. Hasta media docena, en distintos lugares y con distintas fechas, y ligeros cambios en sus detalles, según la imaginación de los diferentes cronistas. La de Covadonga no es más que la variante más famosa de un combate que parece ocurrir simultáneamente en muchos sitios. Otras crónicas nos la vuelven a contar, con parecidos detalles (intervención de la Virgen incluida), pero situándola en los Pirineos y enfrentando esta vez a vascones y musulmanes.
Pidal decía que «de Pelayo se puede decir cualquier cosa salvo que no existió». La frase, cuidadosamente pensada, encierra una verdad sutil. Si Pelayo existió o no, eso es todo lo que sabemos de él. Todo lo demás, lo que nos ha llegado de él, como lo que nos ha llegado de Abderramán o Idris, no son sino una colección de adornos, de relatos literarios que utilizan sus nombres, en parte para llenar un vacío en el pasado y en parte para dar prestigio a la historia.

Si el asedio de Numancia existió o no es secundaria. Lo que nos interesa es esta forma en la que los textos no nos cuentan los hechos sino que únicamente buscan crear metáforas o reutilizar otras ya existentes para transmitirnos los valores de la época. La historia de Numancia/Masada no nos cuenta nada sobre Hispania y Palestina sino sobre cómo se veían los romanos a sí mismos y a los demás. Por una parte, los escritores romanos quieren dejar claro que los enemigos de Roma son formidables, de modo que las victorias sobre ellos son aún más valiosas; por otra, informan a sus lectores de que el valor de los bárbaros es irracional y desordenado, digno de admiración pero tranquilizadoramente suicida. Eso es todo.
Este proceso metafórico es universal. Se da en los geógrafos antiguos y los cronistas medievales, pero también entre los historiadores modernos, aunque sea de un modo más sutil.
Otras veces eran los pintores quienes intentaban imponerles una determinada visión del pasado a los gobernantes. Es la razón de la llamativa profusión de cuadros sobre juramentos, acuerdos y concilios en el arte histórico español. Era la manera que tenían los artistas liberales de resaltar el ideal de la voluntad popular. Pero incluso en esos casos el enfoque podía ser muy distinto. Mientras que en su Jura de Fernando IV en Valladolid, el demócrata Gisbert eliminaba de la composición a los religiosos (y se inventaba de paso que las Cortes tomaron juramento a Fernando IV, lo cual no era cierto), el conservador Dióscoro de la Puebla centraba su Compromiso de Caspe, no en Fernando el Católico, sino en san Vicente Ferrer. El santo era en aquel tiempo un religioso sin apenas importancia y su participación en los hechos fue muy menor. Introducirlo en el cuadro, sin embargo, proporcionaba un marchamo católico a lo que se entendía como un hito en la unidad de España.
La rendición de Bailén, es que la escena tal y como aparece reflejada en el cuadro no sucedió nunca. Dejando aparte que, como se criticó en su momento, Castaños fuese entonces mucho más joven de lo que aparenta en esta obra, el hecho es que no hubo rendición en Bailén. Todo lo más, existe constancia de una breve y escasamente solemne ceremonia en Andújar, y algunos de los personajes que están en el cuadro ni siquiera participaron en ella. Es el caso del general Teodoro Reding, que vemos detrás del general Castaños y con las manos en la espalda, y también el del marqués de Coupigny, en el lado español. El general francés Gobert, que aparece en primer plano vestido de húsar, no solo no estuvo presente en la rendición sino que no lo había estado ni siquiera en la batalla (para entonces, llevaba varios días muerto).

La Tizona, las cadenas de Navarra o el cofre del Cid nos muestran el lugar preciso en el que se abre la sima que separa la historia popular y la académica. No importa que la ciencia los desenmascare como objetos legendarios (o fraudes, si se quiere). Nuestra necesidad de reliquias es tal que hace que permanezcan ahí, junto con muchos otros símbolos parecidos, construyendo nuestras imágenes mentales del pasado; si hace falta, manteniéndose mediante coartadas difusas («según la leyenda», «según la tradición», «algunos piensan que…»), como si, aun cuando se sabe que no son verdad, conservasen algo de verdad en su interior. Es, de nuevo, una creencia mágica.
Volviendo a nuestra pregunta: ¿son muy diferentes los objetos que guardamos en los museos? ¿Son mucho más reales? Sí y no. No se trata de que sean falsos también (aunque los curadores retiran de vez en cuando discretamente de las vitrinas fíbulas visigodas falsificadas o figurillas iberas dudosas). De lo que se trata es de que la «verdad» que encierran las piezas que se guardan en los museos es, como ocurre con cualquier documento histórico, una verdad parcial y discutible.

La realidad es que el prestigio de la historia no tiene nada que ver con ninguna evidencia empírica de la importancia o la utilidad de esta materia sino con la inercia que se originó a finales del siglo XIX, cuando los primeros manuales escolares y la instrucción pública obligatoria coincidieron con el apogeo del nacionalismo.
Se debería dar menos importancia a la historia, pero no hay tal paradoja. Del ya mencionado Tucídides se suele decir que fue el primer historiador que se tomó en serio el pasado; lo que no se dice tanto es que también fue el primero en darse cuenta de que esa reconstrucción del pasado no era posible. El escepticismo es también un conocimiento. Puesto que la historia es algo natural e instintivo, una carga que estamos obligados a llevar, queramos o no, es importante saber quitarle importancia para que no nos aplaste. Junto a la imaginación, ese escepticismo ha sido siempre una de las herramientas de los historiadores. Lo único que falta es que la utilicen también sus lectores.

Under the heading of “truth and fiction in the history of Spain.” He tells us that not everything told should be believed and cultivate criticism, through the sword of the Cid that Charlton Heston teaches Menéndez Pidal, we enter this great book.
Popular history, which most people know or think they know, and academic history, written by specialists for a specialized minority audience. What is popular history today was born as academic history. It matters little that academic history now rejects the conclusions of historians of previous generations. What interests us is the process by which one becomes the other.
We will concentrate on some cases that allow us to see the mechanism by means of which the collective imaginary of the past is formed, underpinned and deformed. Because we understand that it always deforms.

In the past there are no “facts”. The facts, in the sense of actions that can be checked objectively, belong exclusively to the present time. Once they have taken place, they are no longer there. The only thing that remains of them is the documentary trail. As long as, of course, someone has bothered to take notes, or make a drawing, an engraving or a photograph; or someone has told someone who then takes notes or tells someone else to write about it. But the fact itself will have disappeared forever.
It is amazing that until well into the 1970s almost all historians literally read this story (Covadonga / Don Pelayo) as if it were a realistic document. But perhaps it is more so that even today many of them insist on making an exegesis of the events that appear in the chronicles, trying to find “what they have of real”, comparing different versions and variations in manuscripts as if they were different testimonies in a trial, when the reality is that they are authors who copy each other and introduce errors when they remember or misunderstand what they are copying.
As if that were not enough, there is not a single battle, but many. Up to half a dozen, in different places and with different dates, and slight changes in their details, according to the imagination of the different chroniclers. The one of Covadonga is not more than the most famous variant of a combat that seems to happen simultaneously in many places. Other chronicles tell us again, with similar details (intervention of the Virgin included), but placing it in the Pyrenees and facing this time Vascones and Muslims.
Pidal said that “de Pelayo can say anything except that it did not exist.” The phrase, carefully thought out, contains a subtle truth. Whether Pelayo existed or not, that’s all we know about him. Everything else, what has come down from him, like what has come down to us from Abderramán or Idris, is nothing but a collection of ornaments, of literary stories that use their names, partly to fill a gap in the past and in the past. part to give prestige to history.

If the siege of Numancia existed or is not secondary. What interests us is this way in which the texts do not tell us the facts but only seek to create metaphors or reuse existing ones to transmit the values ​​of the time. The history of Numancia / Masada tells us nothing about Hispania and Palestine but about how the Romans saw themselves and others. On the one hand, the Roman writers want to make it clear that Rome’s enemies are formidable, so that the victories over them are even more valuable; on the other hand, they inform their readers that the value of the barbarians is irrational and disorderly, worthy of admiration but reassuringly suicidal. That is all.
This metaphorical process is universal. It occurs in ancient geographers and medieval chroniclers, but also among modern historians, albeit in a more subtle way.
This metaphorical process is universal. It occurs in ancient geographers and medieval chroniclers, but also among modern historians, albeit in a more subtle way.
Other times it was the painters who tried to impose a certain vision of the past on the rulers. It is the reason for the striking profusion of paintings on oaths, agreements and councils in Spanish historical art. It was the way that liberal artists had to highlight the ideal of the popular will. But even in those cases the approach could be very different. While in his Jura of Fernando IV in Valladolid, the Democrat Gisbert eliminated the religious from the composition (and it was invented in passing that the Cortes took oath to Fernando IV, which was not true), the conservative Dióscoro de la Puebla focused his Commitment of Caspe, not in Ferdinand the Catholic, but in Saint Vincent Ferrer. The saint was at that time a religious with little importance and his participation in the events was very minor. Introducing it in the painting, however, provided a Catholic mark for what was understood as a milestone in the unity of Spain.
The surrender of Bailén, is that the scene as it appears reflected in the picture never happened. Leaving aside that, as was criticized at the time, Castaños was then much younger than it appears in this work, the fact is that there was no surrender in Bailén. All the more, there is evidence of a brief and scarcely solemn ceremony in Andújar, and some of the characters in the painting did not even participate in it. This is the case of General Teodoro Reding, who we see behind General Castaños and with his hands behind his back, and also that of the Marquis de Coupigny, on the Spanish side. The French general Gobert, who appears in the foreground dressed as a hussar, not only was not present at the surrender but had not been even in the battle (by then, he had been dead for several days).

The Tizona, the chains of Navarre or the coffer of the Cid show us the precise place in which the chasm that separates popular and academic history is opened. It does not matter that science unmasks them as legendary objects (or fraud, if you will). Our need for relics is such that it makes them stay there, along with many other similar symbols, building our mental images of the past; if it is necessary, maintaining itself by means of diffuse alibis (“according to legend”, “according to tradition”, “some think that …”), as if, even if it is known that they are not true, they keep something of truth inside them. It is, again, a magical belief.
Returning to our question: are the objects we keep in museums very different? Are they much more real? Yes and no. It is not that they are also false (although the curators occasionally discretely remove from the showcases falsified Visigothic fibulae or dubious Iberian figurines). What it is about is that the “truth” that the pieces that are kept in the museums are contained is, as it happens with any historical document, a partial and debatable truth.

The reality is that the prestige of history has nothing to do with any empirical evidence of the importance or usefulness of this subject, but rather with the inertia that originated at the end of the 19th century, when the first school textbooks and mandatory public instruction they coincided with the heyday of nationalism.
History should be given less importance, but there is no such paradox. Of the aforementioned Thucydides, it is often said that he was the first historian to take the past seriously; What is not said so much is that he was also the first to realize that this reconstruction of the past was not possible. Skepticism is also knowledge. Since history is something natural and instinctive, a burden that we are forced to carry, whether we want it or not, it is important to know how to minimize it so that it does not crush us. Along with the imagination, that skepticism has always been one of the tools of historians. The only thing that is missing is that its readers also use it.

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