Genoma. La autobiografía de una especie en 23 capítulos — Matt Ridley / Genome: The Autobiography of a Species in 23 Chapters by Matt Ridley

Este es de los libros más didácticos sobre el tema, bien es verdad que algo anticuado lo releo con pasión. Curar el cáncer sería prácticamente imposible si no comprendiéramos la función de los genes cancerígenos y de los genes supresores del cáncer en el desarrollo de los tumores.
Sin embargo, la genética va mucho más allá de la medicina. Tal como he intentado mostrar, el genoma contiene mensajes secretos del pasado remoto y del reciente.
Comprender la naturaleza molecular del cáncer por primera vez, diagnosticar y prevenir la enfermedad de Alzheimer, descubrir los secretos de la historia humana o reconstruir los organismos que poblaban los mares precámbricos son inmensas bendiciones. Es cierto que la genética también conlleva la amenaza de nuevos peligros —a primas de seguros desiguales, nuevas formas de guerra microbiana, efectos secundarios imprevistos de la ingeniería genética—.
El genoma humano —todo el conjunto de los genes humanos— viene empaquetado en veintitrés pares de cromosomas distintos. De éstos, veintidós pares están numerados aproximadamente por orden de tamaño, desde el más grande —número 1— al más pequeño —número 22—, en tanto que el par restante consta de los cromosomas sexuales: dos grandes cromosomas X en las mujeres, un X y un pequeño Y en los hombres. En tamaño, el X se sitúa entre los cromosomas 7 y 8, mientras que el Y es el más pequeño.
El número 23 no es significativo. Muchas especies, incluidos nuestros parientes más cercanos entre los simios, tienen más cromosomas y muchas tienen menos.

En un principio fue la palabra. La palabra no era ADN. Eso vino después, cuando la vida ya estaba instaurada y cuando había repartido la tarea entre dos actividades distintas: el trabajo químico y el almacenamiento de información, el metabolismo y la replicación. Pero el ADN contiene un historial de la palabra, transmitido fielmente a lo largo de todos los periodos de tiempo subsiguientes hasta el asombroso presente.
Los seres humanos constituyen un triunfo ecológico. Son probablemente el animal grande más abundante de todo el planeta. Existen casi seis mil millones de ellos, lo que asciende colectivamente a algo así como trescientas toneladas de biomasa. Los únicos animales grandes que rivalizan o exceden esta cantidad son los que hemos domesticado —vacas, pollos y ovejas— o los que dependen de los hábitats artificiales: gorriones y ratas. En contraste, hay menos de mil gorilas de montaña en el mundo. Antes incluso de que empezáramos a aniquilarlos y a erosionar su hábitat puede que no haya habido más de diez veces ese número. El ser humano proviene de una serie sucesiva de fracasos.

Los genes no están para causar enfermedades. Aun cuando un gen cause una enfermedad al «estropearse», la mayoría de ellos no se «estropean» en ninguno de nosotros, simplemente presentan distintas cualidades características. El gen de los ojos azules no es una versión estropeada del gen de los ojos marrones, ni el gen del pelo rojo es una versión estropeada del gen del pelo castaño. Existen, según la jerga, diferentes alelos, versiones alternativas del mismo «párrafo» genético, todos igualmente adecuados, válidos y legítimos. Todos ellos son normales; no hay una única definición de normalidad.

Nadie duda de que los genes pueden conformar la anatomía. La idea de que también conforman la conducta es mucho más difícil de aceptar. Sin embargo, espero convenceros de que en el cromosoma 7 se halla un gen que desempeña un papel importante en dotar a los seres humanos de un instinto, y un instinto que, además, reside en el corazón de toda la cultura humana.
Instinto es una palabra que se aplica a los animales: el salmón que busca su río natal; las avispas zapadoras que repiten la conducta de sus padres muertos hace mucho tiempo; la golondrina que emigra hacia el sur para pasar el invierno; éstos son instintos. Los seres humanos no tienen que depender del instinto; en lugar de eso aprenden; son criaturas creativas, culturales, conscientes. Todo lo que hacen es producto del libre albedrío, de cerebros gigantescos y de padres que lavan el cerebro.

El siguiente cromosoma más largo después del número siete se denomina cromosoma X. El X es el que está de más, el inadaptado. Su pareja, el cromosoma con el que tiene cierta afinidad secuencial, no es, como en todos los demás casos, un cromosoma idéntico, sino el cromosoma Y, un fragmento diminuto y casi inerte de una idea genética posterior. Al menos ése es el caso en los machos de mamíferos y moscas y en las hembras de mariposas y aves. En cambio, en los mamíferos hembra o en las aves macho hay dos cromosomas X, pero siguen siendo algo excéntricos.
Los cromosomas X e Y se conocen como los cromosomas sexuales por la razón evidente de que predeterminan de una forma casi perfecta el sexo del cuerpo. Todo el mundo adquiere un cromosoma X de su madre. Pero si heredaste un cromosoma Y de tu padre, eres un hombre; y si heredaste un cromosoma X de tu padre, eres una mujer. Existen raras excepciones, personas que aparentemente son hembras con un X y un Y, pero son las excepciones que confirman la regla. En estas personas, el gen masculinizante clave del cromosoma Y está ausente o es inoperante.
La mayoría de la gente sabe esto. No hay que estudiar mucha biología para toparse con los cromosomas X e Y. Una gran parte de las personas sabe también que la razón de que el daltonismo, la hemofilia o algunos otros trastornos sean más comunes en los hombres es que estos genes están en el cromosoma X. Como los hombres no tienen un cromosoma X «de más», tienen una probabilidad mucho mayor que las mujeres de padecer estos problemas recesivos.

El análisis de las huellas dactilares del ADN acarreó una explosión de investigaciones sobre una teoría muy útil conocida como competición de espermatozoides, que puede explicar banalidades tales como el hecho de que el tamaño de los testículos de los chimpancés es cuatro veces el de los gorilas, aun cuando el tamaño de los chimpancés es cuatro veces menor que el de los gorilas. Los gorilas macho monopolizan a sus parejas, de modo que sus espermatozoides no conocen competencia; los machos de chimpancé comparten a sus compañeras, de modo que cada uno de ellos tiene que producir grandes cantidades de espermatozoides y aparearse muy a menudo para aumentar sus posibilidades de ser el padre. También explica por qué las aves macho cantan tan fuerte cuando ya están «casados». Van en busca de «aventuras».

En el cromosoma 9 se halla un gen muy conocido: el gen que determina el grupo sanguíneo ABO. Los grupos sanguíneos han hecho su aparición en los tribunales mucho antes que las huellas dactilares del ADN.

El genoma trata de la tensión entre las características universales de la raza humana y los rasgos particulares de los individuos. El genoma es en cierto modo responsable tanto de lo que compartimos con otras personas como de lo que experimentamos en nosotros mismos.
Para buscar los genes que influyen sobre la personalidad, ha llegado el momento de pasar de las hormonas del cuerpo a las sustancias químicas de la mente, si bien la distinción no es rigurosa en modo alguno. En el brazo corto del cromosoma 11 se encuentra un gen llamado D4DR. Es la receta de una proteína llamada receptor de la dopamina, que se activa en las células de ciertas partes del cerebro pero no de otras. Su cometido es sobresalir de la membrana de una neurona en el punto de unión con otra neurona —conocida como sinapsis—, lista para adherirse a otra pequeña sustancia química llamada dopamina.

Es posible que los historiadores lamenten la falta de antecedentes escritos que documenten el lejano pasado prehistórico, pero existe un historial escrito en los genes y también uno hablado en el mismísimo vocabulario del lenguaje humano. Por razones que irán apareciendo poco a poco, el cromosoma 13 es un buen lugar para hablar de la genética de la genealogía.

La apoptosis es una empresa descentralizada. No existe planificación central, ni un Politburó corporal que decida quién debería morir y quién vivir. Eso es lo genial. Al igual que el desarrollo del embrión, aprovecha el conocimiento que cada célula tiene de sí misma. Sólo hay una dificultad conceptual: cómo pudo evolucionar la apoptosis. Al pasar la prueba de suicidarse si está infectada, es cancerosa o genéticamente perjudicial, por definición, una célula muere. Por lo tanto no puede transmitir sus buenas cualidades a sus hijas. Conocido como «el enigma kamikaze», este problema se resuelve mediante un sistema de selección de grupo: a los cuerpos en los que la apoptosis funciona bien les va mejor que a los cuerpos en los que no funciona; por lo tanto, los primeros transmiten los rasgos adecuados a las células de su descendencia. Pero ello significa que el sistema apoptótico no puede perfeccionarse durante la vida de una persona porque dentro del cuerpo no puede evolucionar mediante la selección natural. Tenemos que cargar con el mecanismo del suicidio celular que heredamos.

En muchas personas que no muestran síntomas de pérdida de memoria siguen estando presentes las clásicas placas del Alzheimer y normalmente son peores en los portadores del E4 que en los del E3. Los que llevan al menos una versión del gen E2 tienen aún menos probabilidades de padecer Alzheimer que los portadores de genes E3, aunque la diferencia es pequeña. Esto no constituye un efecto secundario casual ni una coincidencia estadística: parece ser algo clave para el mecanismo de la enfermedad.
La función del APOE en el cerebro no es distinta de su función en la sangre. Transporta el colesterol entre las neuronas y dentro de ellas de modo que puedan construir y reparar sus membranas celulares aisladas de las grasas. Una tercera teoría más directa es que, cualquiera que sea la función del APOE, ¡aversión E4 tiene una afinidad especial por algo llamado proteína amiloide, que es la sustancia que se acumula dentro de las neuronas de los pacientes de Alzheimer. De alguna manera ayuda al crecimiento de estas placas destructivas.
Los detalles tendrán importancia algún día, pero por ahora lo relevante es que de repente estamos en posesión de un medio de hacer predicciones. Podemos analizar los genes de los individuos y hacer predicciones muy fiables acerca de si contraerán la enfermedad de Alzheimer. Ultimamente, el genetista Eric Lander planteó una posibilidad alarmante. Hoy día sabemos que Ronald Reagan padece Alzheimer y que, visto desde ahora, parece probable que las primeras etapas de la enfermedad transcurrieran cuando estaba en la Casa Blanca.

El carburante con el que funciona la ciencia es la ignorancia. La ciencia es como un horno hambriento que hay que alimentar con troncos del bosque de la ignorancia que nos rodea. En el proceso, el claro que llamamos conocimiento se extiende, pero cuanto más sé extiende, más largo es su perímetro y más ignorancia se hace visible. Antes del descubrimiento del genoma no sabíamos que en el corazón de cada célula había un documento de una longitud de tres mil millones de letras de cuyo contenido no conocíamos nada. Ahora, después de haber leído algunas partes de ese libro, tenemos conocimiento de una miríada de nuevos misterios.
En el cromosoma 20 se encuentra un bosquecillo de misterio tan irritante y fascinante como ninguno. Ya ha merecido dos premios Nobel simplemente por la revelación de que está ahí, pero se resiste tenazmente a que lo talen para convertirse en conocimiento. Y, como si nos recordara que el conocimiento esotérico tiene la costumbre de cambiar el mundo, un día de 1996 se convirtió en una de las cuestiones políticas más incendiarias de la ciencia. Está relacionado con un pequeño gen llamado PRP.
Todavía no comprendemos del todo cómo pueden causar semejantes estragos los cambios en la forma de plegarse de una cadena peptídica, o cómo pueden tener consecuencias tan complicadas cambios diminutos en la composición de la cadena. Tal como han escrito dos especialistas en priones, «todas las tragedias personales y familiares, las catástrofes étnicas y los desastres económicos se pueden remontar a la plegadura errónea y maliciosa de una pequeña molécula».

El cromosoma 21 es el más pequeño de los cromosomas humanos. Por consiguiente, debería llamarse cromosoma 22, pero hasta hace muy poco tiempo se pensaba que el cromosoma que lleva ese nombre era todavía más pequeño y en la actualidad el nombre está aceptado. Tal vez debido a que es el cromosoma más pequeño, probablemente con la menor cantidad de genes, el cromosoma 21 es el único que puede presentar tres copias y no dos en un cuerpo humano sano. En todos los demás casos, tener una copia de más de un cromosoma perturba tanto el equilibrio del genoma humano que el cuerpo no puede en modo alguno desarrollarse convenientemente.
Lo que la eugenesia tiene de impropio no es la ciencia, sino la coacción. La eugenesia es como cualquier otro programa que pone el beneficio social por delante de los derechos del individuo. Es un crimen humanitario, no científico. No cabe duda de que la reproducción eugenésica de seres humanos hubiera «funcionado» exactamente igual que funciona en el caso de perros y ganado vacuno. Se podría reducir la frecuencia de muchos trastornos mentales y mejorar la salud de la población mediante una reproducción selectiva. Pero tampoco cabe duda de que sólo se puede hacer muy lentamente, con un tremendo coste de crueldad, injusticia y opresión.
La eugenesia se produce todos los días en los hospitales de todo el mundo y sus víctimas más comunes, con mucho, son los embriones dotados de un cromosoma 21 de más, que de otro modo nacería con el síndrome de Down. En el caso de haber nacido, en la mayoría de los casos hubiesen tenido una vida corta, aunque en gran parte feliz: ésa es la naturaleza de su temperamento; también, si hubieran nacido, sus padres y sus hermanos les habrían querido.

En conclusión la libertad está en expresar el propio determinismo, no el de otra persona. Lo que importa no es el determinismo, sino lo que es propio de cada uno. Si lo que preferimos es la libertad, entonces es preferible estar determinados por fuerzas que se originan en nosotros mismos y no en otros. Parte de nuestro rechazo a la clonación tiene su origen en el temor a la posibilidad de compartir con otro lo que es exclusivamente nuestro. La firme obsesión de los genes por determinar su propio cuerpo es nuestro baluarte más poderoso contra la pérdida de la libertad por causas externas. ¿Empezáis a comprender por qué jugué alegremente con la idea de un gen del libre albedrío? Un gen del libre albedrío no sería tal paradoja porque localizaría el origen de nuestra conducta dentro de nosotros, donde otros no pueden acceder. Por supuesto, no hay un único gen, pero en cambio hay algo infinitamente más edificante y magnífico: toda una naturaleza humana, predestinada de un modo flexible en nuestros cromosomas y exclusiva a cada uno de nosotros. Cada cual tiene una naturaleza endógena única y diferente. El propio yo.

This is one of the most didactic books on the subject, it is true that something antiquated reread it with passion. Curing cancer would be virtually impossible if we did not understand the role of cancer genes and cancer suppressor genes in the development of tumors.
However, genetics goes far beyond medicine. As I have tried to show, the genome contains secret messages from the remote past and from the recent past.
Understanding the molecular nature of cancer for the first time, diagnosing and preventing Alzheimer’s disease, discovering the secrets of human history or reconstructing the organisms that populated the Precambrian seas are immense blessings. It is true that genetics also entails the threat of new dangers – unequal insurance premiums, new forms of microbial warfare, unanticipated side effects of genetic engineering.
The human genome – all the set of human genes – comes packaged in twenty-three pairs of different chromosomes. Of these, twenty-two pairs are numbered approximately in order of size, from the largest -number 1- to the smallest -number 22-, while the remaining pair consists of the sex chromosomes: two large X chromosomes in women, a X and a small Y in men. In size, the X is located between chromosomes 7 and 8, while the Y is the smallest.
The number 23 is not significant. Many species, including our closest relatives among the apes, have more chromosomes and many have fewer.

In the beginning was the word. The word was not DNA. That came later, when life was already established and when I had divided the task between two different activities: chemical work and storage of information, metabolism and replication. But the DNA contains a history of the word, transmitted faithfully throughout all the subsequent periods of time until the amazing present.
Human beings constitute an ecological triumph. They are probably the most abundant large animal on the entire planet. There are almost six billion of them, which collectively amounts to something like three hundred tons of biomass. The only large animals that rival or exceed this amount are those that we have domesticated – cows, chickens and sheep – or those that depend on artificial habitats: sparrows and rats. In contrast, there are less than a thousand mountain gorillas in the world. Even before we began to annihilate them and erode their habitat there may not have been more than ten times that number. The human being comes from a successive series of failures.

Genes are not to cause diseases. Even when a gene causes an illness by “spoiling”, most of them do not “spoil” in any of us, they simply present different characteristic qualities. The gene for blue eyes is not a damaged version of the gene for brown eyes, nor is the red hair gene a damaged version of the brown hair gene. There are, according to the jargon, different alleles, alternative versions of the same genetic “paragraph”, all equally adequate, valid and legitimate. All of them are normal; there is no single definition of normality.

Nobody doubts that genes can shape the anatomy. The idea that they also conform behavior is much harder to accept. However, I hope to convince you that on chromosome 7 there is a gene that plays an important role in endowing human beings with an instinct, and an instinct that also resides at the heart of all human culture.
Instinct is a word that is applied to animals: the salmon that seeks its native river; the sapper wasps that repeat the behavior of their dead parents long ago; the swallow that migrates towards the south to spend the winter; these are instincts. Human beings do not have to depend on instinct; instead they learn; they are creative, cultural, conscious creatures. Everything they do is a product of free will, giant brains and brainwashing parents.

The next longest chromosome after the number seven is called the X chromosome. The X is the one that is over, the misfit. His partner, the chromosome with which he has a certain sequential affinity, is not, as in all other cases, an identical chromosome, but the Y chromosome, a tiny and almost inert fragment of a later genetic idea. At least that is the case in the males of mammals and flies and in the females of butterflies and birds. In contrast, in female mammals or male birds there are two X chromosomes, but they are still somewhat eccentric.
The X and Y chromosomes are known as the sex chromosomes for the obvious reason that they pre-determine the sex of the body almost perfectly. Everyone acquires an X chromosome from their mother. But if you inherited a Y chromosome from your father, you are a man; and if you inherited an X chromosome from your father, you are a woman. There are rare exceptions, people who apparently are females with an X and a Y, but are the exceptions that confirm the rule. In these people, the key masculinizing gene of the Y chromosome is absent or inoperative.
Most people know this. You do not have to study a lot of biology to run into the X and Y chromosomes. A lot of people also know that the reason that color blindness, hemophilia or some other disorders are more common in men is that these genes are in the X chromosome. Because men do not have an X chromosome “over”, they are much more likely than women to have these recessive problems.

Fingerprint analysis of DNA led to an explosion of research into a very useful theory known as sperm competition, which can explain banalities such as the fact that the size of the testicles of chimpanzees is four times that of gorillas, even though the size of the chimpanzees is four times smaller than that of the gorillas. Male gorillas monopolize their partners, so that their sperm do not know competence; Chimp males share their partners, so each one of them has to produce large amounts of sperm and mate very often to increase their chances of being the father. It also explains why male birds sing so loudly when they are already “married”. They go in search of “adventures”.

A well-known gene is found on chromosome 9: the gene that determines the ABO blood group. Blood groups have appeared in court much earlier than DNA fingerprints.

The genome deals with the tension between the universal characteristics of the human race and the particular traits of individuals. The genome is in some way responsible for both what we share with other people and what we experience in ourselves.
To look for the genes that influence the personality, the time has come to move from the hormones of the body to the chemicals of the mind, although the distinction is not rigorous in any way. A gene called D4DR is found on the short arm of chromosome 11. It is the recipe for a protein called a dopamine receptor, which is activated in cells in certain parts of the brain but not in others. Its purpose is to protrude from the membrane of a neuron at the point of attachment with another neuron – known as a synapse – ready to attach itself to another small chemical called dopamine.

It is possible that historians regret the lack of written records documenting the distant prehistoric past, but there is a written history in the genes and also one spoken in the very vocabulary of human language. For reasons that will appear little by little, chromosome 13 is a good place to talk about genealogy genetics.

Apoptosis is a decentralized company. There is no central planning, nor a body Politburo that decides who should die and who should live. That’s the great thing. Like the development of the embryo, it takes advantage of the knowledge that each cell has of itself. There is only one conceptual difficulty: how apoptosis could evolve. By passing the suicide test if it is infected, it is cancerous or genetically harmful, by definition, a cell dies. Therefore he can not pass on his good qualities to his daughters. Known as “the kamikaze enigma”, this problem is solved by a system of group selection: the bodies in which apoptosis works well do better than the bodies in which it does not work; therefore, the former transmit appropriate traits to the cells of their offspring. But this means that the apoptotic system can not be perfected during a person’s life because within the body it can not evolve through natural selection. We have to carry the mechanism of cell suicide that we inherited.

In many people who do not show symptoms of memory loss, the classic plaques of Alzheimer’s are still present and are usually worse in E4 carriers than in those in E3. Those who carry at least one version of the E2 gene are even less likely to have Alzheimer’s disease than carriers of E3 genes, although the difference is small. This is not a casual side effect or a statistical coincidence: it seems to be something key to the mechanism of the disease.
The role of APOE in the brain is not different from its function in the blood. It transports cholesterol between and within neurons so that they can build and repair their cell membranes isolated from fats. A third more direct theory is that, whatever the function of the APOE, aversion E4 has a special affinity for something called amyloid protein, which is the substance that accumulates within the neurons of Alzheimer’s patients. It somehow helps the growth of these destructive plates.
The details will be important some day, but for now the relevant thing is that suddenly we are in possession of a means of making predictions. We can analyze the genes of individuals and make very predictable predictions about whether they will contract Alzheimer’s disease. Lately, the geneticist Eric Lander raised an alarming possibility. Today we know that Ronald Reagan suffers from Alzheimer’s disease and that, seen from now on, it seems likely that the first stages of the disease occurred while he was in the White House.

The fuel with which science works is ignorance. Science is like a hungry furnace that has to be fed with the trunks of the forest of ignorance that surrounds us. In the process, the clearing we call knowledge extends, but the more you know it extends, the longer its perimeter and the more ignorance becomes visible. Before the discovery of the genome, we did not know that at the heart of each cell there was a document with a length of three billion letters whose contents we did not know anything about. Now, after having read some parts of that book, we are aware of a myriad of new mysteries.
On chromosome 20 is a mystery grove as irritating and fascinating as none. He has already deserved two Nobel prizes simply for the revelation that he is there, but tenaciously resists being cut down to become knowledge. And, as if reminding us that esoteric knowledge has the habit of changing the world, one day in 1996 it became one of the most incendiary political issues in science. It is related to a small gene called PRP.
We still do not fully understand how changes in the form of folding of a peptide chain can cause such havoc, or how tiny changes in the composition of the chain can have such complicated consequences. As two prion specialists have written, “all personal and family tragedies, ethnic catastrophes and economic disasters can be traced back to the misguided and malicious folding of a small molecule.”

Chromosome 21 is the smallest of human chromosomes. Therefore, it should be called chromosome 22, but until recently it was thought that the chromosome bearing that name was still smaller and now the name is accepted. Perhaps because it is the smallest chromosome, probably with the least amount of genes, chromosome 21 is the only one that can present three copies and not two in a healthy human body. In all other cases, having a copy of more than one chromosome so disturbs the balance of the human genome that the body can not in any way develop properly.
What eugenics has wrong is not science, but coercion. Eugenics is like any other program that puts social benefit ahead of the rights of the individual. It is a humanitarian crime, not a scientific one. There is no doubt that the eugenic reproduction of human beings would have “worked” exactly as it works in the case of dogs and cattle. It could reduce the frequency of many mental disorders and improve the health of the population through selective reproduction. But there is no doubt that it can only be done very slowly, with a tremendous cost of cruelty, injustice and oppression.
Eugenics occurs every day in hospitals around the world and its most common victims, by far, are embryos endowed with an extra chromosome 21, which would otherwise be born with Down syndrome. In the case of having been born, in most cases they would have had a short life, although largely happy: that is the nature of their temperament; also, if they had been born, their parents and siblings would have loved them.

In conclusion, freedom lies in expressing one’s own determinism, not that of another person. What matters is not determinism, but what is proper to each one. If what we prefer is freedom, then it is preferable to be determined by forces that originate in ourselves and not in others. Part of our rejection of cloning has its origin in the fear of the possibility of sharing with another what is exclusively ours. The firm obsession of genes to determine their own body is our most powerful bulwark against the loss of freedom from external causes. Do you begin to understand why I happily played with the idea of ​​a free-will gene? A gene of free will would not be such a paradox because it would locate the origin of our behavior within us, where others can not access. Of course, there is no single gene, but instead there is something infinitely more edifying and magnificent: a whole human nature, predestined in a flexible way in our chromosomes and exclusive to each one of us. Each one has a unique and different endogenous nature. The own me.

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