Eso lo será tu madre: La Biblia del insulto — María Irazusta

Este es otro magnífico libro de la autora que me atrapo en cuanto consideró al insulto como un ladrido, el último vestigio animal. Nuestra lengua es probablemente una de las más ricas y densas en denuestos. El problema es que ese arsenal ofensivo muchas veces se convierte en pólvora mojada en la ­memoria de nuestros mayores o está confinada en los diccionarios y sesudos tratados que son poco consultados. Desafortunadamente, la influencia de la cultura estadounidense y el recurso a la traducción simplificadora, que se limita a encontrar pareja a los cuatro insultos que manejan los personajes de las películas de Hollywood (los consabidos bastard y asshole, normalmente trasladados como ‘cabrón’ o ‘cabronazo’ y ‘gilipollas’, respectivamente) está llevando a que muchos especímenes del rico acervo injurioso del español se encuentren en vías de extinción.
Tonto es el insulto más común de todos los tiempos, y para muestra, 101 sinónimos:
Alcornoque, zote, mendrugo, bausán, vaina, cenutrio, tontucio, tontorrón, descerebrado, simple, meliloto, estulto, alelado, gilipollas, gilipuertas, mameluco, analfabeto, beocio, lilipendón, berzas, berzotas, zafio, tarado, besugo, ceporro, panarra, idiota, pavitonto, zolocho, tocho, corto, bobalicón, gaznápiro, panoli, imbécil, soplagaitas, sandio, bodoque, piernas, bobatel, merluzo, gilí, lelo, zopenco, mentecato, tonto del haba, bobo, mamerto, botarate, soplapollas, cernícalo, percebe, zonzo, cipote, estúpido, cretino, fatuo, lerdo, mastuerzo, memo, lila, pandero, toli, simplón, necio, melón, tarugo, pánfilo, torpe, pavo o tardo. Faltaba añadir zoquete, lo que son todos nuestros políticos. Y que conste que no es por insultar, sino porque una de las acepciones del término que recoge la RAE es ‘cargo público’.
Si viajas por América Latina, no sea que no te des por aludido y entonces quedes como un lentejo, gafo, pendejo, abismado, guachinango, abombado, zanguango, paparulo, cocoliso, soroco, agilado, asnúpido, tolongo, bachilín, huevón, boludo, cabeceburro, zonzoneco, pelotudo, menso, talegón, cabeceduro, guacarnaco, cachirulo, majiriulo, pajuilado, samuro o turuleco. Incluso podrían llamarnos pensadores.

El notorio sexismo que predomina en el lenguaje no conoce límites en el terreno de los insultos y las ofensas. Para empezar, mientras que los genitales masculinos tienen connotaciones positivas («esto es cojonudo», «esto es acojonante», «esto es la polla»…), los femeninos pueden parecer negativos («esto es un coñazo»). Aunque quizá no sea así, ya que es muy probable que coñazo proceda del término latino conātus, que es propensión, tendencia, propósito, empeño y esfuerzo en la ejecución de algo. También si algo resulta divertido o estupendo, en México se usa la expresión «está padre», pero en España se cambia por un «de puta madre». Y mientras que un gallo es un hombre fuerte y valiente, un gallina es un pusilánime cobarde.

Con determinados insultos sucede que el tamaño importa. Si se trata de hacer daño, mejor cuanto más grandes y más acompañados, porque su fuerza aumenta con la comitiva que alarga el sintagma. Y si no, fijémonos en este grandioso ejemplo de gradación ofensiva: grandísimohijodelagranputa, hijodelagranputa, hijodeputa, hijoputa, joputa. Como observamos, la intensidad de la ofensa va descafeinándose con la reducción de sílabas, tanto que el último hasta suena cariñoso y se emplea con frecuencia para ensalzar la fortuna o la habilidad de alguien: «¡Joputa, qué suerte tienes!».
Antes de insultar deberíamos valorar cómo va a afectar al otro nuestra forma de hablar. Un insulto, una afrenta, un desprecio tienen efectos que perduran en el tiempo. Si, además, se acompañan de gritos y tacos, son una buena e inmediata fórmula para perder la razón. En palabras del psicólogo: «Hay que intentar controlar y minimizar las reacciones puramente emocionales, porque la inmoderación puede desencadenar una escalada de sinrazón sin límites…

El arte de insultar lo inventaron, también, los romanos. Si en el principio fue el verbo, inmediatamente después vinieron Catulo o Marcial para darle mordiente. Ellos estilizaron un género tan denostado como popular. El arte del insulto surgió casi a la par que la literatura y nunca se ha separado de ella. Ya sea como apotegma, como juicio irónico o como diatriba ha estado siempre en las vísceras de la creación literaria.
No es lo mismo ser un putón verbenero que ser un putón desorejado, aunque ambos denuestos coinciden en poner en cuestión tanto la reputación del destinatario como la clase del ofensor. La primera expresión suena algo más suave que la segunda, tal vez por su contexto festivo. Es muy probable que putón verbenero proceda de la época en la que las prostitutas aprovechaban las verbenas para ofrecer sus servicios. En cuanto a putón desorejado, se utilizaba para distinguir a las prostitutas reincidentes, ya que en la Edad Media era costumbre amputar los pabellones auditivos como pena por persistir en una actividad delictiva. También la RAE recoge desorejado como prostituido, infame, abyecto, pero «putón prostituido» quizá sea un poco redundante.
Con prostituta. Fulana, furcia, pendón, golfa, lumi, alegrona, arrastrada, buscona, bordiona, buharra, casquivana, ambladora, colipoterra, lagarta, lagartona, zorra, zorrón, coima, cualquiera, cortesana, mujer de moral distraída, mujer de vida alegre, mujer pública, mujer de mala vida, mujerzuela, ligera de cascos, ramera, descarriada, escalentada, guarra, puerca, perra, perica, hetaira, hetera, puta, hurgamandera, iza, jinetera, madama, manfla, meretriz, mesalina, odalisca, pajillera, pelandusca, perdida, pupila, piruja, rabiza, suripanta…

Más tonto que Abundio, al que no se le ocurría nada sensato. Sobre su origen hay varias hipó­­tesis: desde que fue un capitán de fragata que, durante la guerra de Filipinas, en vez de huir se enfrentó él solo a la armada estadounidense —podemos adivinar dónde acabó el buque de nuestro protagonista—, hasta que era un hombre de campo que pretendió regar un cortijo entero con el chorrillo de su vejiga. Además, hay otra explicación, quizá más plausible, que habla de San Abundio, un clérigo cordobés al que los árabes decapitaron en el año 854 por profesar su fe cristiana. Se cuenta que hasta en once ocasiones le ofrecieron retractarse de sus injurias contra el Corán, a lo que él se negó y provocó su ajusticiamiento. De ahí que algunos piensen que más que santo era tonto.
Pero Grullo con sus perogrulladas. Se dice que fue Quevedo quien acuñó el término, con el significado de ‘verdad o certeza que, por notoriamente sabida, es necedad o simpleza el decirla’. La procedencia de las verdades de Pero Grullo no termina de ser clara. El origen podría estar en un texto de un autor satírico del siglo xv del que poco se sabe, que bajo el seudónimo de Evangelista se mofaba de alguna que otra profecía bíblica. Evangelista creó el personaje de un profeta ermitaño, Pedro Grillo, que promulgaba verdades como: «El primer día de enero que vendrá será primero días el año…

«Ser más feo que el sargento de Utrera», personaje legendario de aquella localidad andaluza, que rivaliza con Picio en ser un dechado de fealdad: tan extremada era que, según se dice, su nodriza por no verle la cara le daba la papilla por el trasero. José María Iribarren reseña que «de esta joya de la estética hay noticia histórica»: se llamaba Miguel de Silva y nació en Utrera (Sevilla) hacia 1540. «Fue tan grande su fama que hacia el año 1600 iban en romería a verlo, por la notoriedad que su fealdad alcanzó», escribe el autor de El porqué de los dichos.
Aunque en desuso, todavía se puede «ser más bruto que el señor de Alfocea», aragonés de esta villa que pasó a la historia como prototipo de obtuso por haber intentado volar con unas alas que él mismo se fabricó. El buen hombre, al intentar explicar el batacazo que se había dado, aún andaba diciendo que se debía a que había olvidado ponerse cola. Esta leyenda bien justifica el dicho de que más vale caer en gracia, como el avezado hijo de Dédalo, que ser gracioso.

La palabra cornudo parece tener diversos antecedentes históricos. Se dice que, en el Imperio romano, los soldados que regresaban de la batalla recibían un cuerno repleto de monedas en pago por sus servicios. Pero, con cierta frecuencia, al regresar al dulce hogar se percataban de que sus mujeres no les habían guardado la ausencia, y de ahí surgió la denominación de cornudos.
Otra posibilidad es que proceda del medieval y repugnante derecho de pernada (en latín, Ius primae noctis); es decir, la potestad del señor feudal para mantener relaciones sexuales la noche de bodas con cualquier doncella que se uniera en matrimonio con alguno de sus siervos. Al parecer, en algunos países nórdicos, mientras el señor gozaba de este privilegio y se festejaba el enlace de la pareja, se colocaba una gran cornamenta de alce en el hogar de los recién casados donde se estaba produciendo tamaño abuso.

Don Quijote de la Mancha es tan culto como mal hablado. Cervantes, que fue un maestro del diálogo, hace del de la triste figura un artista de la befa. ¡Qué bien suenan ciertos agravios en su boca!: monstruo de la naturaleza, almario de embustes, depositario de mentiras, silo de bellaquerías o malandrín son pura poesía.
El principal blanco de los insultos de Quijano es su fiel escudero, que carga resignado en su costal un pesado fardo de ultrajes de su amo: majadero, mentecato, gañán, villano, ruin, traidor, faquín, belitre, blasfemo, malicioso, enemigo del decoro, follón, contrecho…
Sancho es aporreado verbalmente por su señor con frecuencia, pero a veces le replica. Y cuando lo llama, por ejemplo, socarrón de lengua viperina, en referencia a los refranes que suelta el escudero, respóndele este con sosiego: «Dijo la sartén a la caldera, quítate allá ojinegra». Sin embargo, a un loco todo se le consiente y se le perdona; y Sancho le corresponde como el más fiel servidor y lo defiende de los que lo atacan calificándolos de malmirados o patanes rústicos. Él es el único que puede insinuar que su señor está majareta.
El refinamiento de don Quijote y la simpleza de Sancho Panza. Es más en más de una ocasión le llama a Sancho hijo de puta.

El que no trata de disimular y se muestra en toda su ­auténtica ruralidad es el paleto, y sus sinónimos cateto, pueblerino o aldeano, patán, todos ellos calificativos descriptivos que se aplican a las personas de pueblo que responden a un estereotipo de simplicidad y falta de sofisticación. El gañán —en puridad un peón de labranza—, el cazurro, aquel recién llegado a la ciudad que aún no se ha quitado el pelo de la dehesa, son el hazmerreír de todas las comedias de costumbres. Sus primos hermanos son el palurdo, el papamoscas o el papanatas, que deambulan asombrados —ojipláticos y boquiabiertos— por las novedades de la metrópoli y son presa fácil de los avispados urbanitas de mala fe.
Cada país tiene sus propios paletos. En Colombia se emplean los términos montañero o calentano; en Costa Rica, polos; en Argentina se los conoce como chuncanos o pajueranos, en Perú, como cholos o chunchos; en Venezuela se los llama capochos o montunos; en México, nacos o chundos; y en Ecuador son los montubios.
Se diría que el cateto y la cursi son figuras contrapuestas, si no fuera porque ahora sabemos que comparten raíces comunes y que ambos, como diría Baroja, tienen cura: leer y viajar.

Una mosca muerta es «una persona, al parecer, de ánimo o genio apagado, pero que no pierde ocasión de su provecho».
Su estrategia es mantener un perfil bajo para no llamar la atención. No hay humildad en su sumisión, sino disimulo; no hay admiración en su mirada, sino frío cálculo; no hay prudencia en su silencio, sino que está al acecho. Su generosidad tiene como finalidad conseguirlo todo. Como la dulce Eva en Eva al desnudo, de Joseph L. Mankiewicz, se eclipsará tras una mansedumbre rayana en la invisibilidad, irá introduciéndose, inoculándose en el cuerpo que finalmente acabará por poseer, despacio, imperceptiblemente, dando pequeños pasos sin retroceder un solo milímetro. Nunca se ha hecho mejor retrato de la mosquita muerta.
La interpretación popular enriquece la definición de mosquita muerta con una connotación de provecho sexual. Viene a ser lo que sobre tierra firme es un lobo con piel de cordero. Sus movimientos son casi imperceptibles, porque el secreto de todo predador es, precisamente, no hacerse notar. Devora, sin compasión.

archipámpano (persona que ejerce gran dignidad o autoridad imaginaria), arrapiezo (persona o cosa muy despreciable, persona pequeña, de corta edad o humilde condición), bachi-bozuc (soldado mercenario turco que se distinguía por su facilidad para cambiar de bando en plena batalla), bergante (pícaro y sinvergüenza), cataplasma (persona pesada y fastidiosa), cebollino o ceporro (tonto), cernícalo o ectoplasma (supuesta emanación material de un médium, con la que se dice que se forman apariencias de fragmentos orgánicos, seres vivos o cosas), mamarracho (persona ridícula o extravagante), mameluco (necio, bobo), nictálope (persona que ve mejor de noche que de día), papanatas (persona simple o crédula), sátrapa (gobernador de una provincia de la antigua Persia, hombre sagaz que sabe gobernarse con astucia e inteligencia o que gobierna despóticamente).
Y esto es solo una muestra, porque como todo buen lector de historietas gráficas sabe, a la hora insultar en un bocadillo de cómic cabe de todo.

Bledo, según la RAE, es algo insignificante, de poco o ningún valor, mientras que damn literalmente significa ‘maldición’, palabra prohibida por el código de producción estadounidense de la época y vetada por los censores en aquel momento. Pero el glorioso adiós de Rhett se libró del tijeretazo, porque una enmienda en el citado código cinematográfico hacía la salvedad de que palabras como damn o hell estarían prohibidas excepto cuando su uso «fuere esencial y requerido para recrear, en el apropiado contexto histórico, cualquier escena o diálogo basado en hechos históricos […] o una cita de una obra literaria». Hubo suerte, porque en la novela homónima de Margaret Mitchell, ganadora del Pulitzer del 37, damn (bledo, en la traducción española de la película) estaba presente, aunque no así la franqueza de Rhett: «Querida mía, me importa un bledo».

Gaznápiro. De origen incierto, es un adjetivo usado más como sustantivo, que significa ‘palurdo, simplón, torpe, que se queda embobado con cualquier cosa’.
«Gaznápiro es el jovencito que tiene configuración de patoso y tiene aire terroso de patoso, de simple y de torpe».

Existen términos populares, como mariquita, maricona, amariconado o bujarrón; otros de escaso fuelle ofensivo: mano quebrada, de la acera de enfrente, del otro bando, tener pluma, palomo cojo, sarasa o mariposón (vocablo con dos acepciones, la de homosexual y la de hombre inconstante en amores o que galantea a diversas mujeres). Sin olvidarnos de las locas, las reinonas y las nenazas, también debemos recordar otros con terrible carga despectiva, como invertido, desviado y trastocado. O viperinos, como muerdealmohadas (para los pasivos) y muerdeorejas o soplanucas (para los activos).
En los distintos países de Latinoamérica, encontramos insultos para dar y tomar, como puto, amavisca (el que no ha salido del armario), puñal, faquir, marimba, cacorro, arroz quemado, meco, maraco, lilo, colibrí, tamarindo, picañona, joto, achorongado, trabuco, trava, bufarrón, bufanda, badea, culero, trolo, brisco o adorador de la yucateca. En Perú, a los hombres heterosexuales que, de puro macho, practican el sexo con todo lo que se les pone delante —mujeres y también hombres— se los denomina mostaceros.

Chisgarabís. Hombre entremetido, enredador, bullicioso y de poco provecho. Voz imitativa de chiquilicuatro o, lo que es lo mismo, ‘mequetrefe’.
Don Gil y sus pollas vivieron en el siglo XVI y la palabra gilipollas aparece en castellano en el siglo XIX, con origen en el caló jilí (inocente, cándido, tonto, lelo). Tres siglos es mucho tiempo para que la supuesta historia de «Gil y pollas» reaparezca como gilipollas tras discurrir por un Guadiana lingüístico de trescientos años.
Indagando, hemos encontrado más hipótesis. Entre ellas, la del arabista Federico Corrientes, que considera que se trata de un arabismo vulgar transmitido por la tradición morisca: hirripisi (hirr, que significa ‘vulva’, ‘coño’; y pisa, que significa ‘pene’, ‘picha’), insulto utilizado para describir a aquellos hombres que no lo son tanto, es decir, para referirse al hombre afeminado. El maridaje hizo el resto, produciéndose el cambio fonético de hirripisi a gilipichi, que podría ser un claro antecedente de gilipollas.

Flipao es un claro ejemplo, ya que modifica su sentido según la generación a la que pertenezca el hablante. El flipao de toda la vida es el alucinado, ya sea por fascinación natural o por intermediación química, y de ahí vendría la expresión «tú flipas en colores». Sin embargo, actualmente se califica de flipao a quien se cree superior y alardea de ello, o sea, a un fantasmón en toda regla. El término, aunque parezca sacado de nuestro repertorio más cheli, es un anglicismo (to flip: agitar, sacudir) que, según la RAE, recogiendo la acepción del argot inglés, significa desde estar bajo los efectos de una droga hasta estar entusiasmado, pasando por colocarse.
El significado de quinqui también ha vivido un proceso de cambio similar. Derivó de la palabra quincallero, persona que fabrica o vende quincalla (piezas de metal de escaso valor), y pasó a denominar a los marginados sociales por su forma de vida o a los delincuentes de poca monta. Sin embargo, los nacidos de los 80 en adelante le añaden al quinqui una determinada estética un tanto barriobajera. Un quinqui es algo muy parecido a un macarra. Por cierto, nuestros quinquis autóctonos nada tienen que ver kinky (pervertido) en inglés.

El apelativo de pedante. Este término, el de pedante, se usaba para denominar al maestro que enseñaba gramática a domicilio a los niños, y acabó por utilizarse de manera despectiva para referirse a las personas engreídas que hacen un inoportuno alarde de erudición.
Si, como asegura el refrán, «en la mesa y en el juego se conoce al caballero», no hay mejor oportunidad para que un pretencioso se retrate como tal que cuando ejerce su derecho al vituperio.
El redicho no puede limitarse a llamar tonto al corto de entendederas; necesita adjetivos de prestigiosa etimología grecolatina como estólido (del latín stolĭdus, falto de razón y discurso), mendrugo (del árabe maṭrúq, pedazo de pan duro o desechado, y especialmente el sobrante que se suele dar a los mendigos), estulto o beocio (del latín boeotĭus, originario de una antigua región de Grecia cuyos habitantes eran despreciados por los atenienses por rústicos, rurales y campesinos).
Hay muchos apelativos actuales para sinvergüenza, pero ninguno con la oscura sonoridad de inverecundo o procaz, ni con los arcaicos matices de disoluto (del latín dissolūtus) para censurar una vida licenciosa. Lo mismo vale para ­energúmeno (del latín energumĕnus, y este del griego ἐνεργούμενος), que originalmente era el que estaba poseído por el demonio, y que el sabiondo aplica a toda persona furiosa o alborotada.
Y para insultar al rijoso, por qué caer en los comunes salido o cachondo si existe un vocablo de prestigiosa raíz griega, sicalíptico, que se refiere a la acción de untar o frotar un higo.
Turiferario era el acólito que portaba el incienso, y algunos afectados tertulianos y polígrafos usan este término en sentido figurado y con cierto matiz despectivo añadido para denominar a todo seguidor lisonjero de alguna autoridad o poder, o sea, el simple y genuino pelota.

Aunque marica y maricón sean pretendidos insultos
—sobre todo, cuando los escupen retrógradas lenguas y proceden de oxidados cerebros—, dichos dentro de la comunidad, y con salero, no son ofensa alguna.
Según la RAE, el término surge del diminutivo del nombre María; es decir, de la tradición de llamar Marica y Mariquita a las Marías. De ahí que, con el paso del tiempo, se utilizase para denominar a los ‘hombres afeminados’, pero hubo de transcurrir mucho más tiempo aún (unos dos siglos y medio) para que apareciese la acepción de ‘hombre homosexual’, y más aún para encontrarnos con el término gay, aceptado por la RAE en su vigésima edición de 1984.
Nos despedimos con el bonito origen del vocablo gay, del provenzal gai, que significa ‘alegre’ y ‘vistoso’. Un término que recuperó el colectivo de homosexuales de San Francisco (EE. UU.) como acrónimo de Good As You, cuya traducción es ‘tan bueno como tú’.

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