La caja de pan duro — Fernando Iwasaki

Este libro se compone de una serie de artículos ácidos a lo largo de los años en la década de los 90 hablando de la sociedad y que releo cada cierto tiempo,con algunos artículos de plena actualidad, en tiempos de anorexia y anatomías desnatadas, que enaltecen la delgadez y repudian los cuerpos turgentes y rollizos. La grosura no está de moda y menos aún en Madrid, donde magros artistas y marchantes canijos han tomado como un agravio la insultante obesidad de las estatuas de Botero.
No creo que el Ayuntamiento de Madrid tenga sensibilidad artística alguna, así que la exposición de Botero no hay que atribuirla a una reaccionaria “estética de derechas”, sino al snobismo cateto de copiar a parisinos y newyorkers. Por lo tanto, Botero es la coartada de los mezquinos y los resentidos, quienes habrían recurrido a otros viles pretextos con tal de ridiculizar la obra de cualquier colega más afortunado que ellos.
Es la vieja historia de siempre: los envidiosos nunca triunfan por ausencia de talento, sino por falta de enchufes, subvenciones y amiguetes.

Muchas personas han dejado de leer libros e incluso periódicos y nadie ha muerto de inanición intelectual. Y lo mismo cabría decir del cine, la radio y otras presuntas adicciones generadas por la «aldea global». Es más, dentro de poco millones de españoles se irán de vacaciones y serán los menos quienes sigan pendientes de los telediarios, los torneos veraniegos, las galas, los concursos y los realities. ¿Merecería tal fenómeno un libro?
Puestos a experimentar, valdría la pena saber qué haría el hombre moderno sin relojes o sin coches, sin colonias ni desodorantes, sin calculadoras u ordenadores. Después de todo, la humanidad se las ha arreglado sin tales utensilios durante millones de años. De hecho, nadie se vuelve más ignorante, más gordo, más sucio o más apestoso por no ver la tele una semana. En cambio, renuncie al jabón una semana y verá cómo se enrarece el ambiente a su alrededor.

¿Es la estética de una plutocracia campechana o una nueva estrategia publicitaria que nos quiere hacer creer que Los ricos también comen bollicao?
El día de mañana a lo mejor salen otras propagandas en los que los yuppies de turno le presten sus prendas de marca a sus guardaespaldas, o acaso el Jaguar o el Rolls para que vayan a bailar con sus novias. La publicidad cumple las funciones que antaño asumía la iglesia, como hacerle creer a la sociedad que no existen diferencias formales y/o reales entre los hombres. Si la vida antes no era como los sermones, menos aún lo será como los anuncios.
¡Qué aburrido sería un mundo como la publicidad! Todos tan delgados, tan guapos y tan escasos de sesera.

En España -por razones históricas y políticas- todo el mundo se siente obligado a hablar de nacionalismo, a asumir una identidad común y a tomar partido por ella. Comprendo el fenómeno y sospecho que habrá que convivir con él. Pero, ¿cuántas nacionalidades españolas se definen por lo que son y cuántas por lo que representan? Así, mientras que algunos quizá no tengan necesidad de representar nada, otros prefieran representar antes que ser. Por cierto que hablo de individuos y no de naciones, porque me parece más acertado hablar de sentimientos individuales que no de colectivos.
Sin embargo, cuanto más populoso sea el arco de la identidad más complejo será encontrarse semejante a los demás. Y entonces sí que nos sentiremos unos pedazos de finstros pecadores y cobardes.

En España basta decir que alguien o algo es “solidario” para que acabe santificado. Según los progres de Boston y Nueva York, la manera políticamente correcta de aludir a un impotente es precisando que tiene erectionally challenges (retos de erección), y con el mismo criterio un reaccionario español podría afirmar que tiene solidarity challenges. Aquí nos reímos mucho de los gringos, pero nadie se pone a pensar que aquí estamos haciendo lo mismo. Antes Scrooge era un hombre malo que se volvía bueno, y ahora es un insolidario que se vuelve solidario.
Creo que la teleserie española políticamente correcta que barrería con todos los índices de audiencia y que acapararía todas las subvenciones del Ministerio de Asuntos Sociales sería «El Llanero Solidario», un enmascarado justiciero que sólo use ecológicas balas de plata y que a su fiel compañero indoamericano Toro, le pase una comisión del 0,7 por 100 de sus botines. Ahora con la crisis sería el 0,2%.

Desde hace tiempo las familias se reúnen en Navidad cumpliendo un viejo rito que ha perdido su genuino origen religioso. Quiero pensar que la mayoría de creyentes mantiene la costumbre de asistir a la Misa de Gallo, pero religiosos o no, la cena familiar es inexorable: en casa de las madres, de las suegras o de las abuelas, el viejo reflejo matriarcal actúa cada año en nochebuena, al conjuro de una virgen que dio a luz en un establo.
En realidad, mis navidades comenzaron a ser mejores cuando todos los hermanos comminamos a mis padres a quedarnos en casa. Ahora la navidad es de mis hijas y de los primos de mis hijas y de todos los niños en edad de soñar y hacer bulla. El día que encienda la tele en Navidad, seguro que estaré viejo y solo.

Si el ciudadano español pudiera deducir de su declaración de impuestos cantidades equivalentes al íntegro de sus donaciones a instituciones como Unicef, Manos Unidas, Cáritas, Médicos sin Fronteras o la Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía, seguro que mucho más gente colaboraría espontánea y generosamente. Y quienes digan que no existe la generosidad cuando se espera una desgravación, en realidad pretenden mantener nuestro ridículo sistema de limosnas fiscales.

Y terminemos recordando que existe algo más que Superman o Barbie dependiendo de si eres chico o chica.

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