Los fascismos españoles — Joan Maria Thomàs

Este es un libro sobre los fascismos españoles del s.XX, muy interesante. Hoy en día, y de manera nada casual, las palabras «fascismo» o «fascista» son sinónimos de algo autoritario, dictatorial o violento, así como de barbarie e inhumanidad. Son palabras que llevan consigo una fuerte carga negativa. No en vano, ya que la más cruenta de las guerras que se han dado en la Historia, la segunda guerra mundial, se libró en Europa contra regímenes fascistas.
El legado negativo y brutal, por no decir obsceno, del fascismo tuvo, y tiene aún hoy, otra cara perversa: no son pocos, sino más bien legión, los que se sintieron y se sienten fascinados por la simbología nazi, sus cuidados uniformes…
Todo lo fascista estaba sobredeterminado por el culto al líder, Duce, Führer, jefe nacional o como se llamase en cada país. Un culto llevado al paroxismo doctrinal con el führer-prinzip —ni más ni menos que la voluntad de Hitler hecha ley— y con el principio de que el Duce no se equivoca. Expresiones ambas de la extrema jerarquización política de los partidos y regímenes fascistas que giraban alrededor de su jefe o dictador.
Además, la ideología fascista era regeneracionista. Consideraba que la sociedad y la cultura occidentales habían entrado en decadencia.

Sales fundó la LPE (Liga Patriótica Española) al calor y socaire de la gran campaña por la autonomía de Cataluña promovida por la Lliga Regionalista entre noviembre de 1918 y febrero de 1919. Dicha campaña arrastró a sectores republicanos, carlistas y nacionalistas radicales de la Federació Democrática Nacionalista del ex coronel Francesc Maciá.[1] El clima de agitación catalanista que se vivió en esos meses comportó la aparición de la LPE, que fue poco más que un grupo ultraespañolista violento, dispuesto a limpiar de «separatistas» las calles de la Ciudad Condal y en la que se encuadraron funcionarios, militares de paisano, policías, carlistas radicales y otros españolistas.
La Liga se dio a conocer con el manifiesto «¡Viva España!».
Más vida, aunque no demasiada, tendría La Traza. Nació no como periódico sino como grupo con voluntad claramente emuladora del fascismo italiano en los meses inmediatamente anteriores al establecimiento de la dictadura. Como sucedió con el primer Somatén, surgió en Barcelona —escenario por antonomasia, como hemos dicho, aunque ni mucho menos único— de los enfrentamientos sociales urbanos más importantes del país y donde el miedo a la revolución impregnaba no sólo a la burguesía sino a amplias capas de las clases medias profesionales y funcionariales, y también a sectores de trabajadores.
Tampoco fue la Unión Patriótica una organización de tipo fascista, si bien una pequeñísima parte de su militancia acabó integrándose en el fascismo años después. Tampoco lo fue aunque compartiese con el fascismo y otras opciones derechistas unos presupuestos antidemocráticos, conservadores, corporativos y antiseparatistas, contribuyendo a su propagación por el país.
Los antecedentes específicos de la Unión Patriótica se encuentran en la llamada «Unión Patriótica Castellana (UPC)», nacida en noviembre de 1923 en Valladolid de la mano de grupos afines al catolicismo social, como el Partido Social Popular (PSP), la Asociación Católica Nacional de Propagandistas (ACNP) y la Confederación Nacional Católico Agraria (CONCA). Vinculada en su origen a quien acabaría siendo cardenal, el ya mencionado Ángel Herrera.

Las JONS no sólo no tuvieron éxito sino que cayeron sobre ellos diversas desgracias. A un ataque de un grupo de las milicias jonsistas al local de la prorrepublicana Federación Universitaria Escolar (FUE) de la Universidad de Valladolid, siguió una suspensión gubernativa de un mitin y varias denuncias contra su semanario, que resultaron en una leve condena a cárcel de Redondo. En mayo de 1932 moría un joven jonsista vallisoletano en el curso de una manifestación no autorizada en la ciudad y reprimida por la Guardia de Asalto. Se trataba de una manifestación en contra de la autonomía catalana.
En el primer número de JONS apareció publicado el programa político de la organización. En él se reflejan tanto la fusión con las Juntas de Onésimo Redondo como la predominancia e impronta ideológica fascista de Ledesma en ella. El programa constaba de dieciocho puntos:
 
1. Rotunda unidad de España.
2. Imponer a las personas y a los grupos sociales el deber de subordinarse a los fines de la Patria.
3. Máximo respeto para la tradición religiosa de nuestra raza.
4. Expansión imperial de España y política nacional de prestigio en el extranjero.
5. Sustitución del régimen parlamentario por un régimen español de autoridad, que tenga su base en el apoyo armado de nuestro partido y en el auxilio moral y material del pueblo.
6. Ordenación racional y eficaz de la administración pública.
7. El exterminio y la disolución de los partidos marxistas, considerándolos antinacionales y traidores.
8. La acción directa del partido.
9. La sindicación obligatoria de todos los productores, como base de las Corporaciones Hispanas de Trabajo, de la eficacia económica y de la unanimidad social española.
“10. El sometimiento de la riqueza a las conveniencias nacionales, es decir, a la pujanza de España y a la prosperidad del pueblo.
11. Que las corporaciones económicas y los sindicatos sean declarados organismos bajo la especial protección del Estado.
12. Que el Estado garantice a todos los trabajadores españoles su derecho al pan, a la justicia y a la vida digna.
13. El incremento de la explotación comunal y familiar de la tierra. Lucha contra la propaganda antinacional y anárquica en los campos españoles.
14. La propagación de la cultura hispánica entre las masas.
15. El examen implacable de las influencias extranjeras en nuestro país y su extirpación radical.
16. Penas severísimas para aquellos que especulen con la miseria y la ignorancia del pueblo.
17. Castigo riguroso para aquellos políticos que favorezcan traidoramente la desmembración nacional.
18. Que los mandos políticos de más alta responsabilidad sean confiados, de un modo preferente, a la juventud de la Patria, es decir, a los españoles menores de cuarenta y cinco años.
¡Españoles! Cread juntas para la defensa de este programa. Ingresad en la disciplina de las JONS.”

El yugo y las flechas fue absorbido de los RR.CC.

El jonsismo aportó mayor sensibilidad social a la organización, es decir, un mayor interés por captar obreros que hiciesen creíble el nacional sindicalismo que postulaba en competencia con los sindicatos izquierdistas. Y unos meses después, durante el verano de 1934, se crearon los sindicatos falangistas: la Central Obrera Nacional Sindicalista (CONS) y la Central de Empresarios Nacional Sindicalista (CENS), antecedentes de lo que en el futuro debían ser los Sindicatos Verticales que uniesen en su seno a todo el mundo del trabajo español al servicio de la Patria y su engrandecimiento, acabando con la lucha de clases.

La primera consecuencia para Falange del triunfo de los alzados fue la liberación de todos sus jefes y militantes que hasta entonces habían permanecido encarcelados. Ello ocurrió por supuesto solamente en las cárceles que habían quedado en la llamada «Zona Nacional» o «España Nacional». El resto, incluyendo a Primo, Ruiz de Alda, Sánchez Mazas, Fernández-Cuesta, Salazar (del SEU), Valdés Larrañaga y otros, permanecieron en manos de la República. De los liberados el más importante fue Onésimo Redondo. Sin embargo, murió seis días después de su liberación, en un hecho de armas.

La paradoja fue que cuando Falange había comenzado a ser un auténtico partido de masas fue absorbido en uno nuevo creado expresamente para ello por el Caudillo, quien además se autodesignó su jefe nacional. La cosa tuvo incluso más inri ya que el nuevo partido copió el 90 por ciento del ideario, organización interna y objetivos de FE de las JONS. Y aunque se creó unificando la vieja Falange con la Comunión Tradicionalista, el predominio del modelo falangista fue aplastante. Tanto, que una parte notable de los carlistas o no quiso participar en él o se fue alejando progresivamente en los años siguientes.
El que Franco tomase Falange fue facilitado por las disensiones internas falangistas —que también existieron en el seno del carlismo—, catalizadas precisamente por los rumores que comenzaron a correr a principios de 1937 por la España Nacional de que el Caudillo iba a proceder a una unificación. La lucha interna se planteó cuando a los rumores se mezcló el hecho de que el hasta entonces aparentemente tímido Hedilla se plantease dejar de ser el jefe de una junta colegiada para pasar a ser el nuevo jefe nacional falangista.
Así acabó el último Consejo Nacional de FE de las JONS de la Historia. El mismo día de su clausura, el 19 de abril de 1937, fue el del decreto de Franco por el que desaparecía el partido. Según éste, a partir de ese momento, Falange Española y Requetés, con sus actuales servicios y elementos, se integran bajo mi jefatura en una sola entidad política de carácter nacional que, de momento, se denominará «Falange Española Tradicionalista y de las JONS». Esta organización, intermedia entre la Sociedad y el Estado, tiene la misión principal de comunicar al Estado el aliento del pueblo y de llevar a éste el pensamiento de aquel a través de las virtudes político-morales de servicio, jerarquía y hermandad.
A los pocos meses de haber echado a andar el nuevo partido único, los falangistas se convirtieron rápidamente en los predominantes en la organización. Se quejó de la «absorción» a la que se veía sometida la Comunión Tradicionalista dentro de un partido controlado por los falangistas. Parte de razón no le faltaba, ya que la antigua Falange había sido beneficiada no sólo por la letra del decreto sino también a la hora de su aplicación práctica. En primer lugar en los nombramientos: para viejofalangistas fueron las delegaciones nacionales de la Sección Femenina (Pilar Primo), Auxilio Social (Mercedes Sanz), Prensa y Propaganda (Fermín Yzurdiaga), Servicios Técnicos (Escario) o Servicio Exterior (Castaños). Para los carlistas quedaron otras de menor relevancia: Frentes y Hospitales (María Rosa Urraca), Administración (Gaiztarro) o Sanidad (Oreja). Además, jerarcas de la vieja Falange como Aznar o Dávila fueron promovidos a cargos de relieve (Asesor Político Nacional de la Milicia e inspector territorial de Andalucía, respectivamente), mientras otros jefes como Dionisio Ridruejo, Alfonso García Valdecasas, José Antonio Giménez Arnau o Pedro Camero del Castillo formaban parte del consejo asesor de Prensa y Propaganda o del de Organizaciones Juveniles.

La «Crisis de Mayo de 1941», fue seguramente la más importante de las vividas dentro del bloque político franquista en su primera década de existencia. A partir de ese momento, se inició la que podemos denominar Era de Arrese, que llegaría hasta julio de 1945, cuando el ministro-secretario general fue cesado muy a pesar del Caudillo y en medio de presiones internacionales. Digamos antes que nada que la resolución de la crisis no había apagado las tensiones existentes entre falangistas y militares, que tuvieron otros dos escenarios de gran virulencia en ese mismo 1941 y en 1942. El primero de ellos (en cierta manera correlato de los hechos de mayó) fue el cese de Gerardo Salvador Merino como delegado nacional de Sindicatos. El segundo fueron los Sucesos de Begoña de septiembre de 1942, que se llevaron por delante a dos ministros militares y al mismísimo Serrano Suñer.
Los hechos que llevaron a su cese fueron los siguientes: en la primera semana de mayo de 1941 Salvador y algunos colaboradores suyos (como Germán Álvarez de Sotomayor) habían viajado a la Alemania nazi. Allí habían visitado la sede del Frente del Trabajo (DAF) y se entrevistaron con su responsable, doctor Ley. También vieron al ministro de Exteriores Ribbentrop y al de Propaganda doctor Goebbels, El resultado más visible de la estancia fue el anuncio del envío de cien mil trabajadores españoles a Alemania en condiciones de contratación aparentemente ventajosas (aunque finalmente sólo llegarían a desplazarse unos quince mil). Al parecer, y según la versión alemana de los encuentros, el viaje tuvo también algún contenido político: Salvador se habría presentado en su entrevista con Goebbels como un decidido partidario de la entrada de España en la guerra.

El nuevo gobierno, nombrado tres días después de la promulgación de la Ley de Bases, el 20 de julio de 1945, incluía como ministro de Asuntos Exteriores a un destacado dirigente católico, Alberto Martín Artajo. Resultaba también muy vistosa la desaparición del Ministerio de la Secretaría General del Movimiento, cuyo titular cesó, así como el ministro más destacadamente falangista —debido a su apellido—, el de Agricultura Miguel Primo de Rivera, aunque el resto se mantuvo, Girón de Velasco incluido. Además reapareció en el gabinete otro ilustre fascista, Raimundo Fernández-Cuesta, encargado de la cartera de Justicia y del despacho de los asuntos del Movimiento.
Otras medidas aparentemente desfascistizadoras fueron también adoptadas por entonces, como la supresión del saludo falangista-fascista-nazi del brazo en alto (septiembre de 1945) y en el Desfile de la Victoria de aquel año marcharon por última vez centurias falangistas. A partir de entonces sólo lo harían las del Frente de Juventudes. En octubre se aprobó la ley llamada «de Referéndum», y un mes antes se había retirado España de la ciudad y Zona Internacional de Tánger.
Lo más importante en cuanto a la Falange fue que la vida de sus más altas instituciones se aletargó sobremanera, y la Junta Política no volvió a ser convocada con regularidad hasta 1956 (aunque sí una vez al año para aprobar los presupuestos de FET).
Lo verdaderamente crucial fue que FET y de las JONS-Movimiento Nacional no fue suprimido. Demostró así Franco, su jefe nacional, la voluntad de no prescindir de un aparato y tendencia política al que le debía su existencia, le era extremadamente fiel y dotaba a su régimen de mecanismos de movilización, encuadramiento y asistencia popular que le resultaban extremadamente útiles a la hora de ejercer su poder y de mantener el juego de equilibrios en el seno del bloque político y social que dirigía. El Caudillo no hizo caso a las voces que le habían pedido su disolución.
El problema para el Caudillo era que el asunto de la supresión de Falange venía siendo, desde 1944, clave para los gobiernos Aliados. Como le había escrito el ministro de Exteriores Lequerica unos meses antes, tras tratar con los representantes diplomáticos estadounidenses, «antes del verano deben quedar montadas algunas reformas: prensa, signos exteriores, sucesión y Consejo del Reino, independencia del Estado respecto a Falange. Todo ello lo quieren los españoles y no debilita. Estados Unidos se ha empeñado en Falange y son muy tercos […]. No se oponen a que exista, lo que no quieren es que parezca que el Estado está sometido a un partido. Van contra Arrese. Esto es injusto porque pocas personas habrán servido mejor al país como el ministro-secretario en su estupenda labor de transformación del espíritu de la Falange en estos últimos tres años apartándola de cuanto el hitlerismo y el mussolinismo predominantes en la época tenían de neoiberal y pagano, para hacer de ella un elemento cristiano y español».

Las tensiones entre las dos grandes tendencias estallaron en 1969 en el llamado «Escándalo MATESA», escándalo financiero basado en un uso irregular de créditos oficiales por parte de un empresario próximo a los tecnócratas. La prensa del Movimiento aireó el asunto, así como la vinculación de dos ministros económicos del Opus Dei con el asunto (García Moneó y Espinosa San Martín, de Industria y Comercio y Hacienda, respectivamente). Al final, fueron procesados, entre otros, el empresario en cuestión, Juan Vila Reyes, y los dos ministros. Franco acabaría concediéndoles un indulto, pero Carrero Blanco se vengó consiguiendo el cese de Solís, de Fraga y de Castiella y formando un nuevo gobierno con una mayor presencia de opusdeístas. Los nuevos ministros falangistas eran o bien monárquicos, como el secretario general Torcuato Fernández-Miranda, o cercanos al Opus, como el de Relaciones Sindícales Enrique García-Ramal, o de un perfil más técnico sindical como Licinio de la Fuente (Trabajo).
Los años siguientes continuaron las tensiones entre inmovilistas y aperturistas, con los primeros y Carrero Blanco al frente en el poder. Como hemos dicho, la dualidad era transversal, y se manifestaba en el seno de la mayoría de tendencias políticas del Régimen, si bien era entre falangistas de diferentes edades (Herrero Tejedor, Suárez, Martín Villa, Cisneros, Ortí Bordas) y católicos (los demo— cristianos Marcelino Oreja, Leopoldo Calvo Sotelo, Alfonso Osorio) donde tenía sus principales adalides. No obstante, como ha señalado Enrique Moradiellos, estos problemas internos palidecían al lado de aquellos otros que el Régimen tuvo que abordar a partir de 1970, con una conflictividad laboral en creciente aumento —con frecuencia además fruto de la agitación antifranquista—; con una agitación universitaria espoleada por leyes como la General de Educación de 1970; con el abandono del nacionalcatolicismo por parte de sectores significativos de la Iglesia y su búsqueda de una posición más desmarcada del Régimen; y con el crecimiento de la lucha terrorista, fundamentalmente de ETA en el País Vasco.
Carlos Arias Navarro, un fiscal que había ejercido como director general de Seguridad, con fama de duro, después ministro de la Gobernación, precisamente cuando el almirante había sido asesinado. Lo más llamativo fue que en el nuevo gabinete no hubo ya ningún miembro del Opus Dei. Como ministro secretario general del Movimiento se nombró a José Utrera Molina.
A pesar de su fama de duro e inmovilista, Arias planteó un programa en parte reformista, apoyándose en ministros como el de Presidencia, Carro o Pío Cabanillas de Información y Turismo, pero topó en seguida con el freno impuesto por su propio talante autoritario, que mostraría en diferentes situaciones; con el propio Caudillo.

Adolfo Suárez, en medio de una auténtica ofensiva lanzada por la oposición antifranquista para conseguir el derrumbamiento del Régimen, lideró una reforma interna del mismo en sentido democrático que culminó con la aprobación por las Cortes, y después en referéndum popular, de la Ley de Reforma Política de 1976, que instituía la celebración de unas futuras elecciones democráticas. Se legalizaron seguidamente buena parte de los partidos políticos clandestinos, incluido el Partido Comunista de España, y comenzó a desmontarse la Organización Sindical. Y, dos meses antes de la fecha de las previstas elecciones del 15 de junio de 1977, se suprimió el Movimiento-organización desapareciendo el Ministerio de la Secretaría General del Movimiento cuyo último titular, tras el cese de Suárez, fue Ignacio García López. Por un decreto de 1 de abril de ese mismo año se declaró extinguido el Movimiento Nacional, mientras las organizaciones de él dependientes se integraban en diversos ministerios. Al mismo tiempo, se dictó una instrucción en la que se ordenaba a las diferentes jefaturas provinciales la destrucción de todos los archivos existentes en sus dependencias, lo que se realizó seguidamente.

Blas Piñar, llegó a ser diputado en las primeras Cortes democráticas tras obtener FN cuarenta mil votos en 1977. Sin embargo, después decaería y Fuerza Nueva acabaría disolviéndose, sin ser capaz de atraer un voto franquista que se decantó mayoritariamente hacia opciones como la Alianza Popular de Fraga o la misma UCD de Suárez.
Otra organización ultraderechista de los últimos años del Régimen, constituida, al igual que FN, en 1966, aunque en este caso en Barcelona, fue el Círculo Español de los Amigos de Europa (CEDADE). En su origen estuvieron miembros de la Guardia de Franco local así como exiliados fascistas y nazis húngaros, italianos y alemanes. Y otros, jóvenes, apasionados por el nazismo y la música de Wagner. CEDADE se convirtió muy pronto, ya en 1970, en el principal grupo neonazi español, cuando Jorge Mota y la sección juvenil se hicieron con el poder. Se declararon explícitamente neonazis, haciendo, según el historiador Xavier Casals, «del paneuropeísmo racial una de sus principales señas de identidad: Europa, genéricamente, era un territorio para hombres blancos, lo que incluía Sudáfrica y América Latina». Defendían una «Europa de las etnias», que relacionaban con la defendida por las Waffen SS, las unidades militares de las SS organizadas por etnias. CEDADE se alineó con el neofascismo europeo de vanguardia y criticó todo lo que consideraba «ultraderecha tradicional», lo que para ellos significaba desde Blas Piñar y Fuerza Nueva hasta todos los grupos falangistas, y, por supuesto, el Movimiento. Acabaría disolviéndose en 1993.
Los ejemplos de Fuerza Nueva y CEDADE muestran, en todo caso, la dificultad que en nuestro país ha existido desde el fin del Régimen de Franco en 1977, y existe aún hoy en día, para articular grupos de una nueva extrema derecha moderna, que no se alimenten de la nostalgia del pasado sino que actualicen el mensaje a los temas que pueden permitirles crecer, populistas y xenófobos. Pero la dificultad no significa que no existan ya o no vayan a existir con mayor ímpetu en el futuro, sobre todo en la medida en que la crisis económica actual se alargue y los conflictos sociales tiendan a agudizarse y a tomar en algunos casos y lugares tintes racistas.
Lo que pueda llegar o lo que ya está y se desarrollará en los próximos años no es propiamente el fascismo que hemos estudiado a lo largo de esta obra, sino algo nuevo. E inquietante como lo fue aquél. El reto de la democracia española actual consiste en ser capaz de resolver los problemas de fondo que atañen a la población, especialmente a sus capas mayoritarias, las bajas y medias.

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