Fama. Una historia del rumor — Hans-Joachim Neubauer

Este es más que un interesante libro sobre los rumores, desde ejemplos antiguos como el del barbero en la Grecia antigua hasta el Monicagate presidencial, periodos de guerra… han cautivado a los hombres desde siempre, desde siempre les ha enfrentado la cuestión de qué es verdadero o falso, de qué es lo que «la gente» dice. Ya se propaguen de la periferia al centro o en sentido inverso, los rumores provocan pánico, purgas, miedo a la guerra o delirios de victoria, y al hacerlo crean historia.
Los rumores sólo existen como acontecimientos colectivos y efímeros desde el momento en que son comunicables. Toda poética e historia cultural del rumor encierra por lo tanto una inevitable contradicción: el mensaje oral transmitido está siempre ligado a la actualidad y a la palabra dicha, por lo que el relato incontrolado perdura sólo en aquello en que no es idéntico a sí mismo: en los textos y testimonios escritos o de otra clase. De ahí se deriva la particular relación que mantiene la figura conceptual del «rumor» con el contexto del que procede.
Los rumores son paradójicos, crean la esfera de lo público al tiempo que la representan.
Las dificultades para concretar conceptualmente el rumor se hacen patentes en la existencia de diversos malentendidos. Los rumores no son necesariamente falsos, de hecho carecen de una definición lógica referida a su enunciado, aunque puedan desde luego separarse en «verdaderos» y «falsos». Los rumores no forman tampoco el conjunto más amplio al que pertenece el chisme. El chisme es definible tanto en su forma como en su contenido, se basa en la proximidad calculada entre el chismoso y el que es objeto del chisme, quienes pueden además intercambiar sus papeles. Es la «forma social de la in–discreción»4 y puede adoptar también la apariencia del rumor, como sucede en su vertiente profesional, el mobbing.
Los rumores no son tampoco mentiras. Es cierto que pueden llegar a ser utilizados si se dan el conocimiento y las circunstancias para ello. Lo habitual sin embargo es que la motivación de los implicados desempeñe sólo un papel secundario.

El forjador de rumores: se apropia de la noticia preguntando qué hay de «nuevo»; interpela al receptor del mensaje de forma personal y con fingida confidencialidad, aprovechándose de la dinámica social del secreto, y, finalmente, domina el arte de la cita, del discurso indirecto, remitiendo, antes que a los hechos, a las personas, a «todos» aquellos que cuentan «lo mismo».
El panfleto no es sin embargo una novela ni una ficción literaria, sino una forma literaria funcional, un delgado y efímero documento de hojas sueltas destinado a la lectura de la gente sencilla. Aunque carezca de creador en el sentido enfático de la palabra, tiene sin embargo un autor. En la parte inferior de la cuarta y última página está impreso el nombre o seudónimo de alguien hace ya mucho tiempo olvidado: «R. L. A. Boussemart, Avocat patriote», así se presenta el desconocido que hace su entrada por la puerta de atrás de la historia para arremeter contra la habladuría y que sólo ha logrado perpetuarse gracias a una casualidad histórica: el sello de la biblioteca y el cartón rojo del archivero.

Dadas las posibilidades digitales de manipulación y simulación, la realidad actual se asemeja cada vez más –como en la película La cortina de humo– a una variante lúdica de la tormenta de datos.

El rumor es una voz que entremezcla lo verdadero y lo falso. William Stern lo sabía ya y consideraba modestamente sus experimentos meras aportaciones a las reflexiones de Virgilio sobre Fama, la que crece al propagarse. Del mismo modo crecieron y se multiplicaron también los experimentos sobre el rumor. Durante varias décadas, los psicólogos y sociólogos intentaron desentrañar los misterios de la habladuría recurriendo a ficciones similares.
Algunos contemplan los rumores como un «virus» deberían ser capaces de explicar también cómo «brotan», de qué modo llegan a ser «epidémicos» y cómo puede uno «infectarse» con ellos. Bysow expone el siguiente diagnóstico «epidemiológico»:
1. El suceso que sirve de punto de partida para un rumor es acogido por una o varias personas con algún tipo de interés particular…
2. La percepción del suceso es transformada por el receptor (de forma individual o colectiva), quien la valora desde el punto de vista de su significación en la vida pública.
3. La nueva del suceso es transmitida a otra u otras personas. [.] Los componentes aislados del rumor se unen en el proceso de recepción y transmisión formando una cadena. Un solo componente de la cadena no conforma aún el rumor; sí lo hace en cambio la cadena en su conjunto o más bien el conjunto de la red de cadenas.

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