82 objetos que cuentan un país — Manuel Lucena Giraldo

Este es un libro de la misma temática que el libro ya comentado en mi blog “la historia del mundo en 100 objetos” de Neil MacGregor. Este se centra en nuestro país y partiendo del hacha de Atapuerca, el bisonte de Altamira, que decir de la corona de Rencesvinto, la cruz de los Ángeles en la catedral de Oviedo, el capitel de Medina Azahara, el pendón de las Navas de Tolosa en el monasterio de Huelgas, la dama de Elche y un montón de objetos que destacan la riqueza cultural de nuestro país. Que decir del Seat 600, el Dodge, las zapatillas camper, la Montesa…
Una cosa está clara y evidente es un libro muy interesante y solo os queda disfrutarlo.

esfera armilar (o astrolabio esférico), pieza singular de la real colección. Fue construida por Antonio Santucci en Florencia hacia 1582, para el cardenal Fernando de Médicis, que el mismo año la envió como regalo a Felipe II. Este la colocó al principio en sus aposentos del Alcázar de Madrid, pero decidió enviarla a El Escorial y en 1593 ya se hallaba en la biblioteca. Era un instrumento científico entonces de moda, dada su utilidad para representar la esfera celeste y el movimiento aparente de los astros alrededor del Sol y de la Tierra. Verdadero objeto de culto en Portugal, donde aparece en cruceros, rejas y monumentos, además de representarse en la bandera y escudo nacional, expresó el interés del monarca por la astronomía. Una vertiente de su personalidad que la leyenda negra se esforzó en ocultar, o la asimiló a supuestos rasgos oscurantistas vinculados a la práctica ocultista de la alquimia.

Sobre fondo oceánico, la posición del caballo engalanado y la bengala que porta el monarca en la mano derecha subrayan su majestad, pues parece dominar sobre un risco costero tanto el mar como la tierra. Viste media armadura y lleva toisón de oro, calzas blancas, gorguera de holanda fina, sombrero de fieltro negro con plumas y la perla Peregrina.
Sin duda se trató de una posesión prodigiosa, pero lo más remarcable es la leyenda que la acompaña. Algunos señalaron que no fue hallada en el actual Panamá, famoso por el archipiélago de las Perlas, sino en Venezuela, cuya costa oriental también fue rica en ellas. Hay quien asegura que desapareció en el incendio del Alcázar de Madrid en 1734. Otros creen que sobrevivió a catástrofes, guerras y revoluciones. En 1968 Richard Burton regaló a Elizabeth Taylor una perla con ese nombre mítico. Tras la muerte de la diva, alcanzó en una subasta, a fines de 2011, más de once millones de dólares.
Dos siglos antes, la perla Peregrina tuvo francamente ocupado a ese saqueador sistemático, rapaz y violento que fue Napoleón Bonaparte. Entre tantos asuntos como gestionaba, el 24 de agosto de 1811 escribió al duque de Bassano, ministro de Asuntos Exteriores, para que notificara a Fernando VII por vía del conde de la Forest del robo de las joyas de la casa real española, millones en diamantes y otras muchas rarezas de valor incalculable. Según el informe policial al que aludió, la perla Peregrina fue a dar, en medio del asalto brutal de las tropas francesas al Palacio Real y alrededores, a manos de cinco españoles. Ya es casualidad, con la escala de criminal represión que caracterizó el dos de mayo de 1808 en Madrid. No se sabía cómo, pero la tenía un joyero de Nápoles y, según prometía, esperaba recuperarlo todo. Resulta tan obvio con la lectura de esta carta que Napoleón la buscaba sin resultado hacía tiempo que la siguiente noticia fiable tiene verosimilitud, pues indica que fue vista en Rusia en 1827.

Archivo General de Indias (Sevilla) la llegada a aquel edificio impecable de semejante masa de escritos, que comprendían desde el descubrimiento, exploración y conquista del Nuevo Mundo, hasta instituciones políticas o historia prehispánica, comercio, misiones, ciudades o inquisición. O pleitos, impuestos o gobierno, junto a pasajeros «a Indias», compañías de comercio, fletes y bienes de difuntos. No es de extrañar que no se prohibiera todavía a los «fumadores o chupadores de tabaco» disfrutar en las salas de su hábito solitario, a pesar del riesgo de incendio que conllevaba.

La plaza de toros de Ronda (1785) La plaza, de estilo neoclásico, presenta un graderío en dos niveles superpuestos y 136 columnas de piedra lisa, con 68 arcos. El techo, a dos aguas, está cubierto con tejas. Su aforo es de 6.000 espectadores y posee uno de los ruedos más grandes de España, 60 metros de diámetro. La inauguración oficial tuvo lugar el 19 de mayo, trescientos años después de la ocupación de Ronda por Fernando el Católico. Además de los 126 hidalgos que componían la nobleza local, actuaron los mencionados espadas Romero e Hillo, máximos representantes de las escuelas rondeña y sevillana. Fueron dos tardes y lidiaron en total treinta toros, con la participación de 22 caballos. El primero cobró 3.000 reales y el segundo 3.224. Ambos recibieron además dos toros de regalo, práctica habitual entonces y posible origen del premio simbólico de orejas y rabos.

la lotería nacional, uno de cuyos primeros décimos tenemos ante nosotros, constituye una singular institución económica y cultural. Desde sus orígenes, ha respondido a la actividad recaudatoria del Estado sobre los juegos de azar, pero su implementación por cofradías, asociaciones y compañías la convirtió en poderosa maquinaria de cohesión social.
Ciertamente, responde a la mentalidad milagrera y barroca del sur de Europa y fue una importación napolitana de Carlos III. La Novísima Recopilación recogió el decreto de 30 de septiembre de 1763 que aprobaba la lotería, al tiempo que regulaba los juegos de envite, suerte y azar: «Prohíbo que las personas estantes en estos reinos, de cualquier calidad y condición que sean, jueguen, tengan o permitan en sus casas los juegos de banca o faraón…
En la lotería importada de Nápoles, el jugador realizaba tres elecciones: números sobre los que deseaba apostar, modalidad de apuesta y cantidad que jugaba. En el primer caso, había noventa números posibles, de los cuales cinco salían premiados. Las modalidades eran de «extracto simple», el jugador escogía un número y obtenía premio en caso de resultar uno de los cinco escogidos, o de extracto «determinado», si además de escoger un número apostaba sobre la posición en la que saldría. Para jugar un «ambo», escogían dos números. En el «terno» elegían tres. Existía la combinación de apuestas. De lo que se trataba era de fomentar el gasto en lotería de pequeñas cantidades de dinero que no afectaban a las economías familiares, pero en caso de acierto conferían grandes ganancias. Por eso, recordó una sentencia popular atribuida al propio Carlos III, «el que juega mucho es un loco, pero el que no juega nada es un tonto».

Se necesitaba vestuario fuese higiénico, porque el servicio de los guardias sería de día y de noche, a cubierto y a la intemperie. También sería «vistoso y elegante», para conferirles personalidad y representación. Finalmente, tenía que ser «verdadero y genuinamente español», no mimético del utilizado en cuerpos similares.
El cuidado del uniforme era tan importante que el guardia civil «después de amonestado y castigado, podía ser despedido del servicio, si no estaba perfectamente arreglado al modelo establecido». En 1847, el duque de Ahumada anotó que «algunos guardias no usaban en su traje el esmerado aseo y perfección que les estaba muy recomendado, y esta falta es de tal importancia que por sí sola pudiera traer el descrédito y el desprecio de los individuos que la cometen». También detectó problemas con los guantes: «He notado con disgusto que no hay la debida uniformidad en los guantes que usan los jefes y oficiales que se me han presentado de diferentes tercios, pues a unos les he visto el guante de cabritilla blanco, a otros de la misma clase color de ante, quedando absolutamente prohibido todo guante que no sea el de ante de su color, y los de algodón o hilo blanco».
Curiosamente, se opuso al característico tricornio (término popular y coloquial, no usado en disposiciones legales), que, por otra parte, evolucionó con el paso del tiempo en un sentido funcional. Entre el modelo original de reminiscencias en algún caso carnavalescas y la sólida prenda negra de geometría concreta, impermeabilizada y calafateada, que permitía a los números a caballo y a pie la ronda por caminos rurales sin que la lluvia y la nieve les afectaran, hubo muchas décadas de cambios, constantes pero reglamentados. En 1848, preocupado por las diferencias que percibía según el fabricante, Ahumada prescribió las medidas de las partes del sombrero en pulgadas (palas de atrás y de adelante, picos, copa, galón, presilla y escarapela), así como el uso de fundas de hule negro en invierno, de hilo blanco en verano y su ausencia en función de paseo. Hay que recordar que toda la uniformidad del guardia debía ser de su propiedad, pero el costo se le descontaba del salario que devengara hasta la extinción de la deuda. Así ocurrió hasta fecha tan tardía como 1987.

Los artesanos abaniqueros españoles compitieron con éxito con franceses e italianos, sobre todo a partir de la fundación de la Real Fábrica de Abanicos, situada en Valencia. Entre ellos destacó José Sebastián Colomina, que alrededor de 1845 introdujo con la ayuda de su hermano cambios e innovaciones importantes, la plegadera mecánica o una máquina para decorar varillajes, lo que abarató considerablemente costos de producción y precios de venta al público. En Madrid, el comercio abaniquero se situó alrededor de la puerta del Sol, asociado por lo general a la venta de sombrillas y paraguas.
Lo que no cambiaba, con independencia de dónde se adquiriera el abanico, eran su lenguaje y usos, como señaló el siempre perspicaz José María Blanco White: «Un vistoso abanico es indispensable en todo tiempo, lo mismo dentro que fuera de la casa. En perfecta armonía con las expresivas facciones de las mujeres españolas, es como una varita mágica cuyo poder se siente más fácilmente que se explica». Desde abanicarse lentamente, que significa «estoy casada, déjame en paz», a hacerlo con vehemencia («te amo»); desde cerrarlo rápido («no») a hacerlo despacio («sí»); cubrirse del sol («no me gustas»); sujetarlo con las dos manos («mejor, olvídame»); levantarse con él los cabellos («no te olvido»); cubrirse el rostro («nos vigilan»); contar las varillas, o abrir cierto número de ellas para indicar la hora de la cita; apoyarlo sobre los labios («no me fío de ti»); tocar la palma de la mano («me lo pensaré»); asomar abanicándose al balcón («saldré»); o el más infame de todos: prestar el abanico al acompañante, como forma de decir «se acabó».

El puente colgante más antiguo del mundo se construyó en Vizcaya y fue inaugurado en 1893, solo tres años después de iniciada su construcción. En 1984 fue declarado patrimonio histórico español y en 2006 la UNESCO lo proclamó patrimonio de la humanidad, primer caso de un monumento industrial peninsular. Desde su apertura ha sido evocado por literatos y novelistas, fascinados por el espectáculo de las personas que cruzan en ambos sentidos la ría del Nervión, de Portugalete a Las Arenas, todos los días y a todas horas. Ese paso de una orilla a otra que implicaba también el paso de un ambiente industrial y obrero a otro burgués y señorial fue evocado por Vicente Blasco Ibáñez en una de sus obras de raigambre naturalista, El intruso (1919).
Con la estructura principal acabada, se construyó la barquilla de transporte con tablones, reforzados con chapa en los anclajes a los cables de suspensión. Tuvo dos clases: los pasajeros de primera disfrutaban de tres filas de bancos cubiertos, situados a ambos lados, mientras que los de segunda debían compartir la parte central descubierta con carruajes, mercancías y ganado. A lo largo del travesaño horizontal superior se deslizaba un carro de 36 ruedas y 25 metros de longitud, del que pendía la barquilla, mediante 70 cables de acero denominados péndolas. La estructura no quedó soldada ni remachada a las torres o pilares, sino tan solo sujetada por estas péndolas, que soportaron gran parte del peso y lo repartieron de forma equilibrada. De ahí el sobrenombre de colgante.

El futbolín español estuvo diseñado para ser jugado con una pelotita de corcho, lo que no producía daño en las figuras. Pero cuando fue sustituida por otra de madera o marmolina, mucho más dura, que alcanzaba mayor velocidad, hasta 120 kilómetros por hora, provocaba «lesiones» irremediables en los jugadores, con pérdida de alguno de sus miembros y merma de capacidad para el «trabajo en equipo».
El diseño reprodujo a escala el fútbol jugado en campos de hierba. Sobre ocho barras rotantes de hierro, se ensartaron cuatro líneas de jugadores por equipo, compuesto a su vez por 11 figuras, un portero, tres defensas, cuatro mediocampistas y tres delanteros, todos ellos manejados por las manos de dos o cuatro participantes. El artífice del futbolín español fue un personaje peculiar, conocido como Alejandro Finisterre.
El futbolín de dos piernas se continúa fabricando en la actualidad por billares Córdoba, empresa fundada en Barcelona en 1926, que también ofrece mesas de juego de todas las modalidades y formas posibles, «tanto para profesionales como para uso doméstico». En las especificaciones se indica que está realizado en «haya vaporizada, reforzado con tirantes de acero, jugadores de aluminio endurecido, cojinetes de latón, torneados con baño de cromoduro y arillo interior de acero, topes de goma sintética, barra de acero con baño de cromoduro, cofre de monedas con puerta y cajón metálica y cerradura de seguridad, monedero multifunción, acabado en poliuretano y laca, ceniceros y marcadores en acero inoxidable y pista convexa». No se puede pedir más. Tienen todos los recambios necesarios.

Los toros de Osborne diseñados por Manolo Prieto ya se hallaban distribuidos por la geografía nacional. Como todos los iconos, desde el momento mismo de su invención fueron objeto de polémica. No dejaban a nadie indiferente. Su autor trabajaba como pintor, publicista y cartelista en 1954, cuando lo dibujó en un arranque de inspiración. En 1996, el año anterior a su indulto por el Tribunal Supremo, justificado por el «interés estético o cultural que la colectividad ha atribuido a la esfinge del toro» y por haber «superado su inicial sentido publicitario», además de «haberse integrado en el paisaje», un grupo de artistas le homenajeó con un exposición itinerante. También pretendieron evitar su desaparición —o exterminio—. Desde 1977, cuando se dictaminó la prohibición de toda actividad publicitaria en las zonas de dominio público de las carreteras españolas, venía siendo perseguido.
El primero se desplegó en 1957 en Cabanillas de la Sierra, carretera de Madrid a Burgos, y llegó a haber 500 en todos los rincones de la Península y Baleares. El paso del tiempo cambió el significado inicial, como ha señalado Blanca Ramos Romero: «El toro Osborne, en el camino recorrido desde el diseño original de Prieto hasta la instalación de la valla publicitaria, se ha ido escapando, irremisiblemente, de las manos de su creador, y prosiguiendo esta implacable fuga también se fue de las bodegas Osborne hasta transformarse en algo muy distinto, pues ha terminado por trascender su sustancia publicitaria hasta convertirse en un potente símbolo de los que componen nuestro imaginario colectivo y parece haberse erigido en un emblema que, de alguna manera, identifica a la propia Andalucía e, incluso, a España».
En la actualidad existen noventa piezas repartidas en casi todas las comunidades autónomas —excepto en Cantabria, Cataluña y Murcia, incluso en Melilla—, pero sigue siendo Andalucía donde mayor número de toros se registran, un total de 23.

El intento de presentar el «lavasuelos» como «escoba ultramoderna» tampoco fue exitoso. El periódico madrileño Ya informó el 15 de enero de 1958 de que en la muestra internacional de Barcelona se había presentado el invento, «ahora que las tradicionales chachas están en vía de extinción y que los hombres también podríamos utilizarlo sin avergonzarnos». Entre los primeros y satisfechos usuarios se encontraron un sacristán de Pamplona («da gusto fregar paseándose por la iglesia y, ahora, ya no se le van a resistir ni las catedrales», señaló en una carta de agradecimiento), o una mujer gerente que anunció que en su oficina habían empezado a fregar los hombres. La empresa que Jalón constituyó en Zaragoza para fabricarlas, Rodex, con el apoyo financiero de empresarios catalanes (conocidos de su primo) y aragoneses, las ofertaba, según la publicidad, para «oficinas, comercios, bares, clínicas, escuelas y servicio de portería».
Como suele ocurrir en la historia de los adelantos técnicos, las mayores reticencias vinieron de quienes a priori debían tener mayor interés en el invento. Las limpiadoras hablaban mal de la fregona y pensaban que las iba a dejar sin trabajo.

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