La historia de los fantasmas — Roger Clarke / Ghosts: A Natural History: 500 Years of Searching for Proof by Roger Clarke

Este es un interesante libro, releído, sobre 500 años de apariciones y este libro es magnífico en la recopilación de casos en el Reino Unido. Los fantasmas tienen su taxonomía o, lo que es lo mismo, hay muchos tipos de fantasmas.
• Elementales
• Poltergeists
• Fantasmas históricos o tradicionales
• Manifestaciones de improntas mentales
• Apariciones relacionadas con situaciones de crisis o cercanas a la muerte
• Saltos en el tiempo
• Fantasmas de los vivos
• Objetos inanimados encantados
Los elementales suelen ser «fantasmas vinculados a lugares de enterramiento».

Los fantasmas han cambiado con el paso de los años y este es el motivo —me permito sugerir— de que sea tan necesario contar su historia natural. Los primeros fantasmas de la Epopeya de Gilgamesh guardan poca relación con lo que vino después. Los muertos de Babilonia parecían suspendidos entre lo humano y lo inhumano. Los fantasmas de la antigua Grecia eran unos extraños seres con apariencia de espectros, alados y patéticos, que carecían de poder sobre los vivos. Los fantasmas medievales eran cadáveres reanimados o apariciones sagradas; los fantasmas jacobeos eran demonios que se hacían pasar por humanos.
Los fantasmas del periodo posterior a la Restauración regresaban para corregir injusticias, enmendar fechorías y suministrar información sobre documentos y bienes valiosos extraviados. Los fantasmas de la Regencia eran góticos. En la época victoriana, se interrogaba a los fantasmas en sesiones de espiritismo, y las manifestaciones de estos entes se asociaron de manera muy especial con la mujer. El periodo victoriano tardío abrió los brazos a lo paranormal y consideró lo fantasmal como una manifestación de las leyes de la naturaleza hasta el momento sobreentendidas. Los años treinta se toparon con el poltergeist.
Y bien, ¿cómo vemos ahora a los fantasmas? Hasta cierto punto, los descendientes de los jacobeos de la Costa Este, que llevaron la idea consigo al Nuevo Mundo en el siglo XVII, han reintroducido en el Reino Unido la idea del fantasma diabólico. La cultura popular cuenta con toda una serie de creencias contemporáneas, pero la gente tiene muy claro lo que es posible. Lo que se ha impuesto de un modo aplastante es lo relativo al ambiente, a la atmósfera, un roce en la cabeza en plena búsqueda de un fantasma, una brisa intempestiva, un descenso de la temperatura, puertas que se abren solas, ruidos repentinos y palabras sueltas o entrecortadas…
Los fantasmas volvieron a despertar un gran interés a partir de 1762, cuando el fantasma de Cock Lane convulsionó la nueva ola de revistas y periódicos impresos del Londres georgiano, en el siglo XVIII no hay figuras que podamos reconocer como cazadores de fantasmas. No nos volvemos a encontrar con esta categoría hasta que llegamos a dos mujeres muy distintas de la época victoriana: Catherine Crowe (1790-1872) y Eleanor Sidgwick (1845-1936).
Catherine Crowe llamó la atención del público en 1848 con un libro titulado The Night Side of Nature («La cara oculta de la naturaleza»). Esta investigación sobre los «fantasmas y quienes los ven» fue un superventas que llegó a las dieciocho ediciones en seis años y se distinguió por introducir en la lengua inglesa el término poltergeist (una palabra «encontrada» en primera instancia por Martín Lutero).
En los tiempos modernos y en el mundo occidental, los fantasmas están cada vez más relacionados con nuestro yo emocional y tienen cada día menos que ver con el hecho de proporcionar pruebas de cualquier tipo de manifestación sobrenatural o paranormal. Holzer era una especie de vuelta al pasado: siempre andaba buscando una historia, mientras que la caza moderna de fantasmas lo que pretende es causar sensación.
En nuestros días, el programa de televisión es el rey en lo referente a la caza de fantasmas; posee un carácter inmediato, resolutivo y carente de clasismo que atrae a la mentalidad moderna.

Nos va dando detalles de la mansión en la que se basó Henry James en “otra vuelta de tuerca”, que decir de Dickens la señora Manning, doncella suiza Hortense en la casa desolada, mansiones como Cock Lane que estuvo de moda en el siglo XVIII.
Crowe afirmaba que un problema «gástrico» le había hecho farfullar sobre espíritus, pero la verdad es que nadie se creyó su versión de los hechos. Catherine Crowe desapareció de escena, y Dickens utilizó el caso para ilustrar los peligros de las investigaciones del espiritismo y su potencial riesgo de causar daños psicológicos. Este incidente llevó al famoso alienista parisino Marcel Viollet a afirmar que quienes sufren de una predisposición nerviosa hereditaria parecen sentirse atraídos por el tema de los fantasmas como las polillas por la llama de una vela, lo cual exacerba su débil voluntad y daña su débil intelecto. Conforme las clases medias se iban volviendo más poderosas, el interés en los fantasmas se convertía en algo menos respetable.

El fantasma de Hammersmith comenzó a rondar el oeste de Londres a comienzos de diciembre de 1803. Por aquel entonces, Hammersmith era un lugar relativamente rural, y allí residía el pintor suizo Philip de Loutherbourg, el escenógrafo del Drury Lane Theatre de David Garrick, quien tenía un profundo interés por lo oculto y tal vez se interesase por este caso. Del fantasma se decía que era el espíritu errante de un hombre al que le habían cortado el cuello, según el periódico local The Morning Chronicle. Vestía un sudario o, en ocasiones, una piel de animal. La mayor parte de Hammersmith estaba recién construida: era el lugar donde la ciudad se encontraba con la campiña. Más allá de las casas blancas y nuevas estaban los árboles y los setos que marcaban las lindes.

Algunas médiums aprovechaban la oportunidad para travestirse; el entorno de las sesiones de espiritismo atraía a homosexuales de ambos sexos. Annie Fairlamb se ponía una barba negra y se convertía en George, y a George desde luego que le gustaba besar a las damas e invitar a las receptoras de sus afectos a coquetear con él en el armario. Cuando era un espíritu llamado Minnie quien poseía a Fairlamb, le gustaba besar a los hombres. Pocka, el espíritu de la muchacha india que materializó la señorita Wood, médium de Newcastle colega de Fairlamb, abrazó a uno de los asistentes, un comerciante de maíz, y besó en repetidas ocasiones al apuesto Edmund Gurney, dos o tres veces a través de un velo, y después con los labios al descubierto.
El uso de su sexualidad resultaría también una táctica útil para otras médiums posteriores. Eusapia Palladino, una médium a la que la SPR investigó en dos ocasiones, era una campechana mujer de Nápoles que tenía la costumbre de despertar de sus trances acalorada, sudorosa y excitada, y de sentarse en el regazo de sus asistentes masculinos. Se le abultaba el vestido. Los pseudópodos surgían de sus caderas como un pene postizo que iba a golpear en las costillas de personajes como Frederic Myers.
En el periodo de entreguerras se produjo un renacer de las sesiones de espiritismo, pero en aquella época carecieron del glamur, la intriga y, sobre todo, el pálpito sexual de la versión victoriana. La sesión más impresionante jamás realizada fue una de la médium irlandesa Eileen Garrett con Harry Price en octubre de 1930. La habían planeado para contactar con Arthur Conan Doyle, pero quien respondió fue el capitán de la RAF H. Carmichael Owen. Estaba al mando de la aeronave R101 que se había estrellado en una colina apenas unos días antes y en la que habían perecido cuarenta y ocho personas. Se ofrecieron tal cantidad de detalles técnicos, que el mayor Oliver Villiers, de la Autoridad de Aviación Civil, quedó muy impresionado y solicitó que se celebrase una segunda sesión especial. Garrett, que no utilizaba parafernalia alguna en sus actuaciones, demostró ser una de las más impresionantes en su clase, mucho tiempo después del apogeo de los salones de espiritismo.
La última de las sesiones famosas se celebró el 19 de enero de 1944 bajo el auspicio de la médium escocesa Helen Duncan. Se encontraba en plena sesión en Portsmouth cuando la policía hizo una redada y la detuvieron acusada por la Ley de Brujería de 1735. El juicio duró siete días y encolerizó a Winston Churchill por su falta de seriedad moral y su despilfarro de unos valiosísimos recursos en tiempos de guerra.

La historia de la fotografía de fantasmas se inicia con un maravilloso error y acaba con una impostura a un nivel prácticamente industrial. La fotografía primitiva utilizaba placas de cristal tratadas con una gelatina de bromuro de plata que eran reutilizables y, cuando no se limpiaban como es debido, solían dar lugar a imágenes fantasma allá donde comenzaban a filtrarse las fotografías previas. Las primeras imágenes de fantasmas se han perdido. En su Historia del espiritismo, sir Arthur Conan Doyle sitúa la fecha de la primera en 1851. El espiritista ruso Alexander Aksakov la sitúa más cerca de mediados de esa década de 1850.
En aquella época, cuando el físico sir David Brewster estaba examinando un calotipo (así se llamaba el proceso patentado por Fox Talbot) de la fachada de la catedral de York tomado en 1844, no pudo evitar que su mirada se viera atraída hacia un niño sentado en los escalones que parecía translúcido, un fantasma, de hecho, simplemente porque se había marchado en medio del largo tiempo de exposición que era necesario para tomar una imagen.

El hecho de ver fantasmas siempre ha estado tan envuelto en emotividad e histeria que la mejor manera de demostrar su existencia es por medio de la ciencia y la tecnología y, efectivamente, durante muchos años se ha dedicado a esta tarea toda una serie de prácticas basadas en el trabajo de laboratorio. Aun así, la tecnología no siempre ha estado al servicio de la verdad en tales cuestiones: más bien ha sido al revés.
El optimismo al respecto de la posibilidad de que la ciencia fuese capaz de descubrir la verdad sobre lo paranormal fue amplio durante tres décadas en particular: la de 1890 en Inglaterra y Francia, y las de 1930 y 1960 en Estados Unidos y la Unión Soviética.
El mejor ejemplo de este efecto es el llamado «fantasma de Pepper», la primera ilusión creada en tres dimensiones. Lo inventó un ingeniero jubilado de Liverpool, y consistía en un actor metido en un foso oculto delante del escenario. Su imagen se proyectaba en directo sobre una lámina de vidrio situada con el mismo ángulo. Esta técnica aún se utiliza en ciertos lugares, por ejemplo en la atracción de la casa encantada de los parques temáticos de Disney.
Mostrado al público por vez primera en 1863, se convirtió en un éxito de taquilla que llegó a atraer a la familia real en su primera asistencia al teatro Windsor desde el ascenso al trono de Jorge III. Al otro lado del charco, esta técnica se utilizaba en el melodrama True to the Last («Verídico hasta el final») en el Wallack’s Theater de Nueva York, donde el empresario que lo producía trató de salvaguardar su secreto pegando papel de estraza «en todos los ojos de las cerraduras del teatro”.
El idilio norteamericano con la tecnología para detectar fantasmas se remonta a los años setenta, cuando un extraño fenómeno causó furor. Se trataba de las EVP (Electronic Voice Phenomenon), «fenómenos de voz electrónica» o psicofonías. En 1971 se tradujo al inglés un libro sueco que afirmaba que, si dejabas una cinta magnetofónica grabándose sola en algún lugar y después escuchabas atentamente la grabación, podías oír cómo te susurraban los muertos. El hombre que se encontraba detrás de aquella obra, Konstantin Raudive (19091974), era psicólogo clínico en Uppsala, y se había inspirado en un excéntrico artista llamado Friedrich Jürgenson. En 1959, Jürgenson estuvo grabando el canto de unos pájaros y descubrió que unos fantasmas le habían dejado varios mensajes, entre ellos comunicaciones directas de su esposa, su padre y su madre. Raudive trabajó con Jürgenson y reunió decenas de miles de comunicaciones de ese estilo, a menudo en condiciones controladas y monitorizadas electrónicamente, que solían consistir en una palabra o una frase. Estas grabaciones de Raudive se han vuelto a reproducir en público no hace mucho, en la exposición artística de Susan Hiller258 en la Tate Britain Gallery de Londres en mayo de 2011.

En estos días, los fantasmas se comunican por medio de todo tipo de canales tecnológicos, incluido el corrector ortográfico del procesador de textos del ordenador. Existe todo un género de historias de fantasmas de aparente veracidad relacionadas con los teléfonos móviles, sobre todo mensajes de texto de los muertos, llamadas silenciosas de personas que han sido enterradas con el móvil dentro del ataúd y cosas por el estilo. Estos fenómenos extraños que uno recibe a través de todo tipo de aparatos, desde mensajes de texto en el teléfono móvil hasta la pantalla luminosa del despertador, tienen nombre: transcomunicación instrumental.
Algunos dirán que las psicofonías y otros murmullos fantasmales tecnológicos son pareidolias (fenómenos vagos y aleatorios que uno percibe como significativos), aunque una cosa está clara: el uso de la tecnología —fría como un cadáver— como forma de encantamiento dista mucho de haber tocado a su fin en la historia de la experiencia humana. Pronto llegarán los encantamientos virtuales.

En 2010, la venta de una finca en Portsmouth llamó la atención de la prensa nacional cuando un agente inmobiliario afirmó que se trataba de «la casa más encantada de Inglaterra». No lo era, pero, dado que el equipo de Most Haunted la había tenido bajo vigilancia en su séptima temporada, el agente inmobiliario consideró que sus fantasmas constituían un buen argumento para la venta. De igual modo, en 1936 el Times ofreció a la venta una casa encantada con el convencimiento de que era un aliciente añadido, como quien menciona que la casa tiene invernadero o calefacción central. Esta práctica puede obrar en ambos sentidos, por supuesto. En 1947, el Comité de Evaluación de Luton recibió la petición de que rebajase el impuesto municipal de una vivienda por el simple motivo de que estaba encantada.
Esto demuestra como mínimo el poder de aquella etiqueta comercial de Harry Price, “la casa más encantada de Inglaterra”.

This is an interesting book, reread, about 500 years of apparitions and this book is magnificent in the collection of cases in the United Kingdom. Ghosts have their taxonomy or, what is the same, there are many types of ghosts.
• Elementary
• Poltergeists
• Historical or traditional ghosts
• Manifestations of mental imprints
• Appearances related to crisis situations or close to death
• Jumps in time
• Ghosts of the living
• Enchanted inanimate objects
Elementals are usually “ghosts linked to places of burial”.

The ghosts have changed over the years and this is the reason, I would suggest, that it is so necessary to tell their natural history. The first ghosts of the Epic of Gilgamesh bear little relation to what came later. The dead of Babylon seemed suspended between the human and the inhuman. The ghosts of ancient Greece were strange beings with the appearance of ghosts, winged and pathetic, who lacked power over the living. The medieval ghosts were reanimated corpses or sacred apparitions; the Jacobean ghosts were demons that passed themselves off as humans.
The ghosts of the post-Restoration period returned to correct injustices, amend wrongdoings and provide information about lost documents and valuable assets. The ghosts of the Regency were Gothic. In the Victorian era, the ghosts were interrogated in séances, and the manifestations of these entities were associated in a very special way with the woman. The late Victorian period opened its arms to the paranormal and considered the ghost as a manifestation of the laws of nature so far implied. The thirties ran into the poltergeist.
Well, how do we see the ghosts now? To some extent, the descendants of the Jacobean East Coast, who brought the idea with them to the New World in the seventeenth century, have reintroduced in the United Kingdom the idea of ​​the diabolical phantom. Popular culture has a whole series of contemporary beliefs, but people are very clear about what is possible. What has been imposed in a crushing way is the environment, the atmosphere, a touch on the head in full search of a ghost, an untimely breeze, a drop in temperature, doors that open themselves, sudden noises and single or choppy words …
The ghosts once again aroused great interest from 1762, when the ghost of Cock Lane convulsed the new wave of printed magazines and newspapers of the Georgian London, in the eighteenth century there are no figures that we can recognize as ghost hunters. We do not meet this category again until we reach two very different women of the Victorian era: Catherine Crowe (1790-1872) and Eleanor Sidgwick (1845-1936).
Catherine Crowe caught the attention of the public in 1848 with a book called The Night Side of Nature (“The Hidden Face of Nature”). This investigation into the “ghosts and those who see them” was a best seller that reached eighteen editions in six years and distinguished itself by introducing the term poltergeist in English (a word “found” in the first instance by Martin Luther).
In modern times and in the Western world, ghosts are increasingly related to our emotional selves and have less to do each day with providing proof of any kind of supernatural or paranormal manifestation. Holzer was a kind of return to the past: he was always looking for a story, while modern ghost hunting is intended to cause a sensation.
In our days, the television program is the king when it comes to hunting ghosts; It has an immediate, decisive and devoid of classism character that attracts the modern mentality.

It gives us details of the mansion on which Henry James based on “another twist”, that of Dickens Mrs. Manning, Swiss maid Hortense in the desolate house, mansions like Cock Lane that was fashionable in the eighteenth century .
Crowe claimed that a “gastric” problem had made him sputter on spirits, but the truth is that no one believed his version of events. Catherine Crowe disappeared from the scene, and Dickens used the case to illustrate the dangers of spiritualism research and its potential risk of causing psychological damage. This incident led the famous Parisian alienist Marcel Viollet to claim that those who suffer from a hereditary nervous predisposition seem to be attracted to the subject of ghosts like moths by the flame of a candle, which exacerbates their weak will and damages their weak intellect. As the middle classes became more powerful, interest in ghosts became less respectable.

The ghost of Hammersmith began to haunt the west of London at the beginning of December of 1803. At that time, Hammersmith was a relatively rural place, and there resided the Swiss painter Philip de Loutherbourg, the set designer of the Drury Lane Theater of David Garrick, who He had a deep interest in the occult and might be interested in this case. The ghost was said to be the wandering spirit of a man whose neck had been cut, according to the local newspaper The Morning Chronicle. He wore a shroud or, sometimes, an animal skin. Most of Hammersmith was newly built: it was the place where the city met the countryside. Beyond the white and new houses were the trees and hedges that marked the boundaries.

Some mediums took advantage of the opportunity to cross dress themselves; the environment of séances attracted homosexuals of both sexes. Annie Fairlamb put on a black beard and became George, and George certainly liked to kiss the ladies and invite the recipients of his affections to flirt with him in the closet. When it was a spirit named Minnie who owned Fairlamb, he liked to kiss men. Pocka, the spirit of the Indian girl who materialized Miss Wood, Newcastle medium colleague of Fairlamb, embraced one of the assistants, a corn merchant, and kissed repeatedly the handsome Edmund Gurney, two or three times through a veil, and then with the lips exposed.
The use of their sexuality would also be a useful tactic for other later mediums. Eusapia Palladino, a medium who was investigated twice by the SPR, was a woman from Naples who had the habit of waking up from her hot, sweaty and excited trances and sitting in the lap of her male assistants. His dress bulged. The pseudopodia emerged from his hips like a false penis that was going to hit the ribs of characters like Frederic Myers.
In the interwar period there was a revival of séances, but at that time they lacked the glamor, the intrigue and, above all, the sexual hunch of the Victorian version. The most impressive session ever made was one of the Irish medium Eileen Garrett with Harry Price in October 1930. She had been planned to contact Arthur Conan Doyle, but the one who responded was RAF captain H. Carmichael Owen. He was in command of the R101 aircraft that had crashed on a hill just a few days before and in which forty-eight people had been killed. So many technical details were offered that Major Oliver Villiers of the Civil Aviation Authority was very impressed and requested that a second special session be held. Garrett, who did not use any paraphernalia in his performances, proved to be one of the most impressive in his class, long after the heydays of spiritualism salons.
The last of the famous sessions was held on January 19, 1944 under the auspices of the Scottish medium Helen Duncan. She was in session in Portsmouth when the police raided her and arrested her under the Witchcraft Act of 1735. The trial lasted for seven days and angered Winston Churchill for his lack of moral seriousness and his waste of valuable resources at a time of war.

The history of ghost photography begins with a wonderful error and ends with an imposture at a practically industrial level. Primitive photography used glass plates treated with silver bromide gelatin that were reusable and, when they were not cleaned properly, used to give rise to ghost images where the previous photographs began to filter. The first images of ghosts have been lost. In his History of Spiritualism, Sir Arthur Conan Doyle places the date of the first in 1851. The Russian spiritualist Alexander Aksakov places it closer to the middle of that decade of 1850.
At that time, when the physicist Sir David Brewster was examining a calotype (so called the process patented by Fox Talbot) of the façade of York Cathedral taken in 1844, he could not prevent his gaze from being drawn to a sitting child on the steps that seemed translucent, a ghost, in fact, simply because he had left in the midst of the long exposure time that was necessary to take a picture.

The fact of seeing ghosts has always been so wrapped in emotionality and hysteria that the best way to demonstrate its existence is through science and technology and, indeed, for many years a whole series of practices based on this task has been dedicated in the laboratory work. Even so, technology has not always been at the service of the truth in such matters: rather it has been the other way around.
The optimism about the possibility that science was able to discover the truth about the paranormal was broad for three decades in particular: that of 1890 in England and France, and those of 1930 and 1960 in the United States and the Soviet Union.
The best example of this effect is the so-called “Pepper’s ghost”, the first illusion created in three dimensions. It was invented by a retired Liverpool engineer, and it consisted of an actor in a hidden pit in front of the stage. His image was projected live on a sheet of glass placed at the same angle. This technique is still used in certain places, for example in the attraction of the haunted house of the Disney theme parks.
Shown to the public for the first time in 1863, it became a blockbuster that attracted the royal family in its first appearance at the Windsor Theater since the accession of George III. On the other side of the pond, this technique was used in the melodrama True to the Last (“Veridico hasta el final”) at the Wallack’s Theater in New York, where the businessman who produced it tried to safeguard his secret by sticking brown paper “in all the eyes of the theater locks “.
The American idyll with the technology to detect ghosts goes back to the seventies, when a strange phenomenon caused a furore. It was the EVP (Electronic Voice Phenomenon), “electronic voice phenomena” or psychophonies. In 1971, a Swedish book was translated into English, stating that if you left a tape recording by yourself somewhere and then listened carefully to the recording, you could hear the dead whispering to you. The man behind that work, Konstantin Raudive (1909-1974), was a clinical psychologist in Uppsala, and had been inspired by an eccentric artist named Friedrich Jürgenson. In 1959, Jürgenson was recording the song of birds and discovered that some ghosts had left him several messages, including direct communications from his wife, father and mother. Raudive worked with Jürgenson and collected tens of thousands of such communications, often under controlled and electronically monitored conditions, which usually consisted of a word or phrase. These Raudive recordings have been replayed in public not long ago, at the artistic exhibition of Susan Hiller258 at the Tate Britain Gallery in London in May 2011.

These days, ghosts communicate through all kinds of technological channels, including the spell checker of the computer’s word processor. There is a whole genre of ghost stories of apparent veracity related to mobile phones, especially text messages of the dead, silent calls of people who have been buried with the phone inside the coffin and things like that. These strange phenomena that one receives through all kinds of devices, from text messages on the mobile phone to the luminous screen of the alarm clock, have a name: instrumental transcommunication.
Some will say that psychophonies and other technological ghostly murmurs are pareidolias (vague and random phenomena that one perceives as significant), although one thing is clear: the use of technology-cold like a corpse-as a form of enchantment is far from having touched to its end in the history of human experience. Soon virtual enchantments will arrive.

In 2010, the sale of a farm in Portsmouth caught the attention of the national press when a real estate agent claimed that it was “the most enchanted house in England.” It was not, but since the Most Haunted team had kept her under surveillance in its seventh season, the real estate agent considered his ghosts a good argument for the sale. Similarly, in 1936 the Times offered for sale a haunted house with the conviction that it was an added incentive, as who mentions that the house has greenhouse or central heating. This practice can work both ways, of course. In 1947, the Luton Evaluation Committee was asked to lower the municipal housing tax for the simple reason that it was enchanted.
This at least demonstrates the power of Harry Price’s commercial label, “the most enchanted house in England.”

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