Brontosaurus y la nalga del presidente — Stephen Jay Gould / Bully for Brontosaurus: Reflections in Natural History by Stephen Jay Gould

Este es un libro didáctico que se llaman en Europa de “vulgarisation” y que a través de diferentes ejemplos históricos nos hace ir evolucionando con sus pros y contras y eso me parece interesante, más allá de las teorías de Darwin, la cadena de argumentos de Darwin: la propia inteligencia humana (es decir, el don trascendente que, por encima de todo lo demás, supuestamente reflejaba la benevolencia de Dios, el imperio de la ley y el necesario progreso de la historia) puede ser un detalle, y no el resultado predecible de principios fundamentales. No llevaré este argumento a un extremo absurdo. La consciencia, en alguna forma, puede hallarse en el reino de la predicibilidad, o al menos de la probabilidad razonable. Pero nos interesamos por los detalles. La consciencia en forma humana (mediante un cerebro plagado de vías inherentes de ilógica, y abrumado por herencias raras y disfuncionales, en un cuerpo con dos ojos, dos piernas y una parte superior del muslo carnosa) es un detalle de la historia, un resultado de un millón de acontecimientos improbables, destinados a no repetirse nunca. Nos interesamos por el dolido trasero de George Canning porque advertimos, en la cascada de consecuencias, una analogía con nuestra propia existencia tenue. Nos recreamos en los detalles de la historia porque son el origen de nuestra existencia.
Desde mi propio campo evolutivo, que el argumento biológico usual, que se invoca a priori contra la posibilidad de conexión directa entre los tipos lingüísticos, ya no es pertinente. Este argumento convencional sostiene que Homo sapiens surgió y se escindió (mediante migración geográfica) en sus estirpes raciales hace tantísimo tiempo que es absolutamente imposible que los hablantes modernos puedan haber conservado similitudes lingüísticas ancestrales. (Una versión más fuerte sostiene que varias razas de Homo sapiens surgieron separadamente y en paralelo a partir de ramas diferentes de Homo erectus, con lo que se coloca el punto de origen linguístico común aún más atrás, en un pasado verdaderamente inaccesible. En realidad, según esta hipótesis, el antepasado común distante de todos los seres humanos modernos podría no haber poseído siquiera lenguaje.

Algunos fraudes dejan una marca suficiente en la historia, de modo que sus productos adquieren el mismo estado que inicialmente afirmaba la falsificación: legitimidad (aunque como un objeto de la historia humana o folklórica, y no de la historia natural; una vez tuve en mis manos los huesos del hombre de Piltdown y sentí que sostenía un objeto importante de la cultura occidental).
El gigante de Cardiff, el mejor candidato norteamericano para el título de fraude paleontológico convertido en historia cultural, se halla actualmente expuesto en un cobertizo detrás de un granero en el Museo del Granjero de Cooperstown, Nueva York. Este hombre de yeso, de más de tres metros de altura, fue “descubierto” por trabajadores que excavaban un pozo en una granja cercana a Cardiff, Nueva York, en octubre de 1869. Aceptado con avidez por un público crédulo y exhibido ardientemente por sus creadores a cincuenta centavos la entrada, el gigante de Cardiff causó furor primero en los alrededores de Syracuse, y después en toda la nación, durante los pocos meses de vida activa entre la exhumación y el descubrimiento del engaño.
El gigante de Cardiff fue un invento de George Hull, un fabricante de cigarros (y bribón de siete suelas) de Binghamton, Nueva York. Extrajo un gran bloque de yeso de Fort Dodge, Iowa, y lo facturó a Chicago, donde dos marmolistas le dieron el aspecto aproximado de un hombre desnudo. Hull hizo algunos intentos mínimos y toscos de dar a su estatua un aspecto de antigüedad. Descantilló el pelo y la barba esculpidos porque unos expertos le dijeron que estos elementos no se petrificarían. Clavó agujas de zurcir en un bloque de madera y martilleó la estatua, con la esperanza de simular los poros de la piel. Finalmente, vertió cuatro litros de ácido sulfúrico sobre toda su creación para simular una erosión extendida. Después Hull envió su gigante en una gran caja de vuelta a Cardiff.

Brontosaurus contra Apatosaurus es una herencia directa de la disputa más celebrada en la historia de la paleontología de los vertebrados: Cope contra Marsh. Al tiempo que E. D. Cope y O. C. Marsh rivalizaban por la gloria de encontrar dinosaurios y mamíferos espectaculares en el Oeste norteamericano, cayeron en una pauta de precipitación y superficialidad nacida de su intensa competición y de su mutua aversión. Ambos querían cobrar tantos nombres como fuera posible, de modo que publicaron con demasiada rapidez, con frecuencia con descripciones inadecuadas, estudio descuidado e ilustraciones deficientes. En esta prisa impropia, a menudo dieron nombres a material fragmentario que no podía caracterizarse bien y a veces describieron el mismo animal dos veces al no hacer las distinciones adecuadas entre los fragmentos.
El género Brontosaurus se basaba principalmente en la estructura de la escápula y en la presencia de cinco vértebras en el sacro. Después de examinar los ejemplares tipo de estos géneros, y de haber hecho un cuidadoso estudio del espécimen insólitamente bien preservado que se describe en este artículo, el autor está convencido de que el ejemplar de apatosaurio es simplemente un animal joven de la forma representada en el adulto por el ejemplar de brontosaurio…, A la vista de estos hechos los dos géneros pueden considerarse sinónimos. Puesto que el término «Apatosaurus» tiene prioridad, «Brontosaurus» se habrá de considerar como un sinónimo.
“Apatosaurus significa «lagarto engañoso»; Brontosaurus significa «lagarto del trueno»; un nombre mucho, mucho mejor (pero la idoneidad, ¡ay!, como hemos visto, no cuenta para nada). Nos han engañado; han maniobrado mejor que nosotros, los brontófilos. ¡Oh, bueno!, ante todo, la afabilidad (que es en lodo punto tan importante como la dignidad, si es que no es un aspecto de la misma) en la derrota.

Confieso una cierta incertidumbre cínica sobre la inundación de la cultura infantil con dinosaurios en todo tipo de formatos lindos, peludos y provechosos que cualquier agente comercial pueda imaginar. Naturalmente, no estoy abogando por un retorno a la ignorancia y a la dificultad de obtener información que existía durante mi juventud, pero un dinosaurio en cada camiseta o en cada envase de leche excluye ciertamente cualquier sentido de misterio o alegría de descubrimiento; y algunas formas de mercadeo conducen inexorablemente a la trivialización. El interés por los dinosaurios se convierte en uno de estos episodios efímeros (a medio camino entre el policía y el bombero) en la secuencia típica de los intereses de la infancia. Algo que arderá de forma brillante en su estación asignada y que después, con demasiada frecuencia, morirá, de forma absoluta y sin guardar memoria de ello.
Como intelectuales, reconocemos y aceptamos una posición de minoría en nuestra cultura (puesto que la esperanza, la virtud y la realidad raramente coinciden). Por ello sabemos que debemos asir nuestras oportunidades advirtiendo las tendencias populares e intentando desviar parte de su energía en riachuelos que puedan beneficiar al aprendizaje y la educación. La moda de los dinosaurios debiera ser una bendición para nosotros, puesto que el material de base es una explotación de nuestros esfuerzos: la tarea de paleontólogos, los grandes esqueletos montados en nuestros museos. En realidad, lo hemos hecho muy bien; rematadamente bien, tal como van las cosas. Emboscados entre las sobrecubiertas de libros y las bolsas de la compra hay un número bastante elevado de libros, películas, rompecabezas, juegos muy buenos, así como otros ejemplos…
Vivimos en una cultura profundamente antiintelectual, empeorada por un hedonismo pasivo impulsado por la expansión del bienestar y su disipación en innumerables aparatos electrónicos que imparten lo último en entretenimiento y supuesta información, todo ello en cortas (y sonoras) dosis que se pueden «oír fácilmente». La versión infantil, o de patio de recreo, de este antiintelectualismo puede ser incluso más estridente y más unidimensional, pero el fracaso debe residir por entero en los adultos: nuestros hijos sólo están aumentando un modelo de rol que leen con toda claridad.

El error de deslizarse con demasiada facilidad entre el uso actual y el origen histórico no es ni mucho menos un problema únicamente para los biólogos darwinistas, aunque nuestras faltas han sido más prominentes y menos analizadas. Este procedimiento de falsa inferencia satura todos los campos que intentan inferir la historia a partir de nuestro mundo presente. Mi ejemplo favorito actual es una interpretación particularmente ridícula del llamado principio antrópico en cosmología. Muchos físicos han señalado (y yo acepto enteramente su análisis) que la vida en la Tierra encaja de forma intrincada con las leyes físicas que regulan el universo, en el sentido de que si varias leyes fueran sólo ligeramente distintas, las moléculas de la composición adecuada y los planetas de las propiedades correctas no podrían haber surgido nunca; y nosotros no estaríamos aquí. A partir de este análisis, unos pocos pensadores han obtenido la inferencia absolutamente inválida de que, por lo tanto, la evolución humana está prefigurada en el antiguo diseño del cosmos; que el universo, en palabras de Freeman Dyson, debió de saber que estábamos en camino. Pero el ajuste actual de la vida humana a las leyes físicas no permite conclusión alguna acerca de las razones o los mecanismos de nuestro origen.

Con frecuencia pensamos, ingenuamente, que el tamaño por sí mismo no debiera significar una diferencia profunda. ¿Por qué otra razón de lo mismo habría de tener algún efecto importante más allá de la simple acumulación? Ciertamente, cualquier mejora o alteración principal debe requerir un rediseño extenso y explícito, una compleja reordenación de las partes con invención de nuevas piezas.
La naturaleza no siempre se ajusta a nuestras intuiciones erróneas. Con frecuencia, los objetos complejos exhiben la interesante y paradójica propiedad de un efecto importante como consecuencia de un factor aparentemente baladí. La complejidad interna puede traducir un simple cambio cuantitativo en una asombrosa alteración de la cualidad. Quizá el mayor y más efectivo de todos los inventos evolutivos, el origen de la conciencia humana, precisó poco más que un aumento de la potencia cerebral hasta un nivel en el que las conexiones internas se hicieron lo suficientemente ricas y variadas para forzar esta transición primordial. La historia puede ser mucho más compleja, pero no tenemos prueba alguna de que tenga que serlo.
Voltaire se mofaba diciendo que «Dios está siempre a favor de los grandes batallones». Más no siempre es mejor, pero más puede ser muy distinto.

Al imponer el modelo de la escala sobre la realidad de los arbustos, hemos garantizado que nuestros ejemplos clásicos de progreso evolutivo puedan aplicarse únicamente a linajes que no han tenido éxito y que se encuentran al borde mismo de la extinción; porque sólo podemos linearizar un arbusto si no mantiene más que una ramita superviviente que podamos colocar falsamente en la cima de la escala. Seguramente no hará falta que recuerde al lector que al menos otro linaje de mamíferos, preeminente entre todos los demás en lo que a nuestra atención y preocupación se refiere, comparte con los caballos el lamentable estado de reducción desde un matorral antaño frondoso a una única ramita superviviente; he ahí la gran peculiaridad de extrema debilidad que nos permite construir una escala que llega sólo al corazón de nuestra propia locura e hybris.
La idea fija es una falta intelectual común de todas las profesiones, no un fracaso característico de los artistas. A menudo he escrito sobre científicos entregados con tanta testarudez a unidades absurdas y simplificaciones falsas como Thayer se dedicaba a la exclusividad de la coloración de ocultación en la naturaleza. Algunos son encantadores y un poco mentecatos (como el viejo Randolph Kirkpatrick, que pensaba que todas las rocas estaban constituidas por numulosferas unicelulares). Otros son tortuosos y más que un poco peligrosos (como Cyril Burt, que amañó datos para probar que toda la inteligencia reside en la herencia; véase mi libro The mismeasure of Man, 1981 [La falsa medida del hombre, 1984]).

La interpretación errónea puede ser más común que la exactitud, pero una lectura equivocada que es precisamente lo contrario de la verdadera intención de un autor todavía puede excitar nuestro interés por su absoluta perversidad. Cuando, con el fin de darnos cuenta de esta inversión, debamos dilatar nuestras mentes y aprender a comprender algunos sistemas de pensamiento fósiles, quizá podamos convertir una simple corrección en una generalidad que merezca la pena señalar. ¡Pobre Petrus Camper! Se convirtió en el abuelito semioficial del enfoque cuantitativo del racismo científico, pero su propio concepto de la variabilidad humana excluía los juicios apriorísticos sobre el valor innato. Desarrolló una medida que posteriormente se usó para hacer distinciones denigrantes entre grupos reales de personas, pero él subrayó que su propio invento se ponía al servicio de la belleza abstracta. Se conviritó en un villano de la ciencia cuando había intentado establecer criterios para el arte. Camper tuvo una mala sacudida póstuma en la tierra.
Cada profesión atesora una versión clásica, o canónica, de la historia básica. El «ejemplo» paleontológico, conocido de todos mis colegas como un relato favorito de hoguera de campamento y anécdota para las clases de iniciación, consigue su estrellato al unir al más famoso geólogo de su época con los fósiles más importantes de cualquier época. La historia, acabo de descubrirlo, es también completamente falsa (lo que es algo más que un poco embarazoso, porque cité la versión usual para empezar un ensayo anterior en esta serie).

Si rompemos con la tiranía de nuestro prejuicio usual, para considerar de forma diferente a larvas e imagos como dispositivos separados y potencialmente iguales para alimentarse y reproducirse, se resuelven de inmediato muchos enigmas. Cada estadio se adapta a su manera, y en función de la ecología y del ambiente, uno puede destacar, y el otro degradarse hasta la insignificancia en nuestros ojos limitados. El estadio «degradado» podría ser tanto el imago como la larva; lo que es más probable, de hecho, puesto que los procesos de alimentarse y crecer pueden acelerarse sólo en parte, pero la reproducción, como proclaman los poetas, puede ser cosa de una noche encantada.

Esta aparente discordancia entre el comportamiento de la naturaleza y cualquier esperanza para la decencia social humana ha definido el principal tema de debate sobre ética y evolución desde el mismo Darwin. La solución de Huxley ganó muchos adeptos; la naturaleza es aviesa y no constituye guía alguna para la moralidad excepto, quizá, como indicador de lo que debe evitarse en la sociedad humana. Mi propia preferencia reside en una solución distinta, basada en tomar seriamente la interpretación metafórica de Darwin sobre la lucha (hay que admitirlo, frente a la preferencia del mismo Darwin por los ejemplos gladiatorios): la naturaleza es en ocasiones aviesa, a veces amable (en realidad, ninguna de las dos cosas, porque los términos humanos son muy inapropiados). Al presentar ejemplos de todas las conductas (bajo la rúbrica metafórica de la lucha), la naturaleza no favorece a ninguna y no ofrece pauta alguna. Los hechos de la naturaleza no pueden proporcionar guía moral en ningún caso.
Una tercera solución ha sido defendida por algunos pensadores que realmente desean encontrar una base para la moralidad en la naturaleza y la evolución. Puesto que pocos de ellos pueden detectar mucho consuelo moral en la interpretación gladiatoria, esta tercera posición debe reformular el comportamiento de la naturaleza. Las palabras de Darwin sobre el carácter metafórico de la lucha ofrecen un punto de partida prometedor. Se puede argumentar que los ejemplos gladiatorios se han exagerado y se han presentado equivocadamente como dominantes. Quizá la cooperación y la ayuda mutua son los resultados más comunes de la lucha por la existencia. Quizá la comunión, y no el combate, conduce al mayor éxito reproductor en la mayoría de circunstancias.
La expresión más famosa de esta tercera solución puede encontrarse en Mutual aid, publicado en 1902 por el anarquista revolucionario ruso Petr Kropotkin.
Kropotkin afirma, en su premisa cardinal, que la lucha por la existencia conduce por lo general a la ayuda mutua y no al combate como criterio principal del éxito evolutivo. Por lo tanto, la sociedad humana debe basarse en nuestras inclinaciones naturales (no invertirlas, como sostenía Huxley) al formular un orden moral que aportará tanto la paz como la prosperidad a nuestra especie. En una serie de capítulos, Kropotkin intenta ilustrar la continuidad entre la selección natural para la ayuda mutua entre los animales y la base del éxito en la organización social humana, cada vez más progresista. Sus cinco capítulos secuenciales se refieren a la ayuda mutua entre los animales, entre los salvajes, entre los bárbaros, en la ciudad medieval, y entre nosotros.
En realidad, afirmaría que el argumento básico de Kropotkin es correcto. La lucha ocurre realmente de muchas maneras, y algunas de ellas conducen a la cooperación entre los miembros de una especie como el mejor camino hacia la ventaja para los individuos. Si Kropotkin puso excesivo énfasis en la ayuda mutua, la mayoría de darwinistas en Europa occidental habían exagerado la competencia con la misma intensidad.
Cometió realmente un error conceptual común al no saber reconocer que la selección natural es un argumento sobre las ventajas para los organismos individuales, por mucho que éstos luchen. El resultado de la lucha por la existencia puede ser la cooperación y no la competencia, pero la ayuda mutua debe beneficiar a los organismos individuales en el mundo de explicación de Darwin. A veces, Kropotkin habla de ayuda mutua como algo seleccionado para el beneficio de poblaciones enteras de especies, un concepto extraño a la lógica darwinista clásica (donde los organismos trabajan, aunque sea inconscientemente, para su propio beneficio en términos de genes transmitidos a las generaciones futuras). Pero Kropotkin también (y con frecuencia) reconoció que la selección para la ayuda mutua beneficia directamente a cada individuo en su propia lucha por el éxito personal. Así, si Kropotkin no entendió toda la implicación del argumento básico de Darwin, incluyó efectivamente la solución ortodoxa como su justificación principal para la ayuda mutua.

No buscamos absolutos inalcanzables. Definimos la evolución, empleando la frase de Darwin, como «herencia con modificación» a partir de seres vivos previos. Nuestra documentación del árbol evolutivo de la vida registra uno de los mayores triunfos de la ciencia, un descubrimiento profundamente liberador en el sentido de la antiquísima máxima de que la verdad nos hará libres. Hemos hecho este descubrimiento reconociendo qué puede ser contestado y qué debe dejarse de lado. Si el juez Scalia hiciera caso de nuestras definiciones y de nuestras prácticas, comprendería por qué el creacionismo no puede ser considerado como ciencia. De paso, también sentiría la excitación de la evolución y su prueba; nadie de un cierto nivel puede dejar de emocionarse por algo tan interesante. Sólo el creador de Aristóteles puede ser tan impasible.

El tema más amplio que crea una desconfianza o desprecio común hacia la estadística es más preocupante. Muchas personas hacen una separación desafortunada e inválida entre corazón y mente, o sentimiento e intelecto. En algunas tradiciones contemporáneas, inducidas por actitudes centradas de manera estereotípica en el sur de California, los sentimientos se exaltan por ser más «reales» y el único fundamento adecuado para la acción, mientras que el intelecto obtiene penitencia como problema emocional del elitismo pasado de moda. La estadística, en esta absurda dicotomía, se convierte con frecuencia en el símbolo del enemigo. Como escribió Hilaire Belloc: «La estadística es el triunfo del método cuantitativo, y el método cuantitativo es la victoria de la esterilidad y la muerte».

El conocimiento y el asombro son la díada de nuestras notables vidas como seres intelectuales. El Voyager hizo maravillas para nuestro conocimiento, pero también se portó magníficamente bien al servicio del asombro; y los dos elementos son complementarios, no independientes u opuestos. Sólo de pensarlo me infunde respeto: un artefacto mecánico que cabría en la caja de una furgoneta, viajando por el espacio durante doce años, regateando alrededor de cuatro cuerpos gigantescos y de sus lunas asociadas, y finalmente enviando fotografías exquisitas a través de más de cuatro horas luz de espacio desde el planeta más alejado de nuestro sistema solar. (Plutón, aunque por lo general se encuentra más allá de Neptuno, sigue una órbita muy excéntrica alrededor del Sol. Ahora está, y seguirá estando hasta 1999, en la órbita de Neptuno, y no volverá a recuperar su categoría de planeta más externo hasta el milenio. El punto puede parecer un poco forzado, pero los símbolos son importantes y Neptuno se halla ahora más distante. Los momentos y las individualidades cuentan.)
En definitiva se deben tener amplias miras por muy humanos que seamos en pos de la sabiduría…

This is a didactic book that is called in Europe of “vulgarisation” and that through different historical examples makes us evolve with its pros and cons and that seems interesting to me, beyond the theories of Darwin, the chain of arguments of Darwin: human intelligence itself (that is, the transcendent gift that, above all else, supposedly reflected the benevolence of God, the rule of law and the necessary progress of history) can be a detail, and not the predictable result of fundamental principles. I will not take this argument to an absurd extreme. Consciousness, in some form, can be found in the realm of predictability, or at least of reasonable probability. But we are interested in the details. Consciousness in human form (through a brain riddled with pathways inherent in illogicality, and overwhelmed by rare and dysfunctional heritages, in a body with two eyes, two legs and an upper part of the fleshy thigh) is a detail of the story, a result of a million improbable events, destined never to be repeated. We are interested in George Canning’s aching backside because we notice, in the cascade of consequences, an analogy with our own tenuous existence. We recreate ourselves in the details of history because they are the origin of our existence.
From my own evolutionary field, that the usual biological argument, which is invoked a priori against the possibility of direct connection between linguistic types, is no longer relevant. This conventional argument holds that Homo sapiens arose and splintered (by geographical migration) into their racial strains for such a long time that it is absolutely impossible that modern speakers may have retained ancestral linguistic similarities. (A stronger version holds that several races of Homo sapiens emerged separately and in parallel from different branches of Homo erectus, thus placing the point of common linguistic origin further back, in a truly inaccessible past. according to this hypothesis, the distant common ancestor of all modern human beings may not have even possessed language.

Some frauds leave a sufficient mark in history, so that their products acquire the same state that initially falsification claimed: legitimacy (although as an object of human or folkloric history, and not of natural history; hands the bones of the Piltdown man and I felt that he held an important object of Western culture).
The giant of Cardiff, the best American candidate for the title of paleontological fraud turned into cultural history, is currently exposed in a shed behind a barn at the Farmer’s Museum in Cooperstown, New York. This plaster man, more than three meters tall, was “discovered” by workers digging a well on a farm near Cardiff, New York, in October 1869. Accepted avidly by a gullible public and ardently exhibited by their creators fifty cents the entrance, the giant of Cardiff caused a furore first in the vicinity of Syracuse, and then throughout the nation, during the few months of active life between the exhumation and the discovery of deception.
The giant of Cardiff was an invention of George Hull, a manufacturer of cigars (and rascal of seven soles) of Binghamton, New York. He removed a large block of plaster from Fort Dodge, Iowa, and billed it to Chicago, where two marble workers gave him the approximate appearance of a naked man. Hull made some crude and crude attempts to give his statue an aspect of antiquity. He untangled his sculpted hair and beard because some experts told him that these elements would not petrify. He nailed darning needles on a block of wood and hammered the statue, hoping to simulate the pores of the skin. Finally, he poured four liters of sulfuric acid over his entire creation to simulate widespread erosion. Then Hull sent his giant in a big box back to Cardiff.

Brontosaurus versus Apatosaurus is a direct inheritance from the most celebrated dispute in the history of vertebrate paleontology: Cope against Marsh. While E. D. Cope and O. C. Marsh competed for the glory of finding dinosaurs and spectacular mammals in the American West, they fell into a pattern of precipitation and superficiality born of their intense competition and mutual aversion. Both wanted to collect as many names as possible, so they published too quickly, often with inadequate descriptions, sloppy study, and poor illustrations. In this improper rush, they often gave names to fragmentary material that could not be well characterized and sometimes described the same animal twice by failing to make appropriate distinctions between the fragments.
The genus Brontosaurus was based mainly on the structure of the scapula and the presence of five vertebrae in the sacrum. After examining the type specimens of these genera, and having made a careful study of the unusually well preserved specimen described in this article, the author is convinced that the Apatosaurus specimen is simply a young animal as represented in the adult for the brontosaurus specimen …, In view of these facts the two genera can be considered synonymous. Since the term “Apatosaurus” has priority, “Brontosaurus” should be considered as a synonym.
“Apatosaurus means” deceptive lizard “; Brontosaurus means “thunder lizard”; a much, much better name (but the suitability, alas! as we have seen, does not count at all). They have deceived us; They have maneuvered better than we, the brontofophiles. Oh, well, first of all, the affability (which is as important a point as dignity, if it is not an aspect of it) in defeat.

I confess a certain cynical uncertainty about the flood of childhood culture with dinosaurs in all kinds of cute, hairy and profitable formats that any commercial agent can imagine. Naturally, I am not advocating a return to ignorance and the difficulty of obtaining information that existed during my youth, but a dinosaur in each shirt or in each container of milk certainly excludes any sense of mystery or joy of discovery; and some forms of marketing inexorably lead to trivialization. The interest in dinosaurs becomes one of these ephemeral episodes (halfway between the policeman and the fireman) in the typical sequence of childhood interests. Something that will burn brightly in your assigned station and then, too often, die, absolutely and without keeping memory of it.
As intellectuals, we recognize and accept a minority position in our culture (since hope, virtue and reality rarely coincide). That is why we know that we must grasp our opportunities by noticing popular trends and trying to divert part of their energy in streams that can benefit learning and education. The fashion of the dinosaurs should be a blessing for us, since the base material is an exploitation of our efforts: the task of paleontologists, the great skeletons assembled in our museums. Actually, we have done very well; darn good, just as things are going. Ambushed between the book jackets and the shopping bags are a fairly high number of books, movies, puzzles, very good games, as well as other examples …
We live in a deeply anti-intellectual culture, worsened by a passive hedonism driven by the expansion of well-being and its dissipation in innumerable electronic devices that impart the ultimate in entertainment and supposed information, all in short (and loud) doses that can be “easily heard”. » The children’s or playground version of this anti-intellectualism can be even more strident and more one-dimensional, but the failure must reside entirely in adults: our children are only increasing a role model that they read with clarity.

The error of slipping too easily between current use and historical origin is far from being a problem only for Darwinian biologists, although our faults have been more prominent and less analyzed. This false inference procedure saturates all the fields that try to infer history from our present world. My current favorite example is a particularly ridiculous interpretation of the so-called anthropic principle in cosmology. Many physicists have pointed out (and I fully accept their analysis) that life on Earth fits intricately with the physical laws that regulate the universe, in the sense that if several laws were only slightly different, the molecules of the proper composition and the planets of the right properties could never have arisen; and we would not be here. From this analysis, a few thinkers have obtained the absolutely invalid inference that, therefore, human evolution is prefigured in the ancient design of the cosmos; that the universe, in the words of Freeman Dyson, must have known that we were on the way. But the current adjustment of human life to physical laws does not allow any conclusion about the reasons or mechanisms of our origin.

We often think, naively, that size by itself should not mean a profound difference. Why else would the same have an important effect beyond simple accumulation? Certainly, any major improvement or alteration must require an extensive and explicit redesign, a complex rearrangement of the parts with the invention of new parts.
Nature does not always fit our erroneous intuitions. Frequently, complex objects exhibit the interesting and paradoxical property of an important effect as a consequence of an apparently trivial factor. Internal complexity can translate a simple quantitative change into an amazing alteration of quality. Perhaps the greatest and most effective of all evolutionary inventions, the origin of human consciousness, required little more than an increase in brain power to a level where internal connections became rich and varied enough to force this primordial transition . The story can be much more complex, but we have no proof that it has to be.
Voltaire mocked saying that “God is always in favor of the great battalions.” More is not always better, but more can be very different.

By imposing the scale model on the reality of shrubs, we have ensured that our classical examples of evolutionary progress can be applied only to lineages that have not been successful and that are on the verge of extinction; because we can only linearize a bush if it does not maintain more than a surviving twig that we can place falsely at the top of the scale. Surely no need to remind the reader that at least another lineage of mammals, preeminent among all others in our attention and concern, shares with the horses the sorry state of reduction from a formerly leafy bush to a single twig survivor; that is the great peculiarity of extreme weakness that allows us to build a scale that reaches only the heart of our own madness and hybris.
The fixed idea is a common intellectual fault of all professions, not a characteristic failure of artists. I have often written about scientists delivered with as much stubbornness to absurd units and false simplifications as Thayer was dedicated to the exclusivity of the coloration of concealment in nature. Some are charming and a little foolish (like the old Randolph Kirkpatrick, who thought that all rocks were made up of unicellular numulospheres). Others are tortuous and more than a little dangerous (such as Cyril Burt, who rigged data to prove that all intelligence lies in the inheritance, see my book The Mismeasure of Man, 1981 [The false measure of man, 1984]).

Misinterpretation may be more common than accuracy, but a wrong reading that is precisely the opposite of an author’s true intention can still excite our interest in its absolute perversity. When, in order to realize this investment, we must expand our minds and learn to understand some fossil systems of thought, perhaps we can turn a simple correction into a generality worth mentioning. Poor Petrus Camper! He became the semiofficial grandfather of the quantitative approach to scientific racism, but his own concept of human variability precluded a priori judgments about innate value. He developed a measure that was later used to make disparaging distinctions between real groups of people, but he stressed that his own invention was put at the service of abstract beauty. He became a villain of science when he had tried to establish criteria for art. Camper had a bad upheaval posthumously on earth.
Each profession treasures a classic, or canonical, version of the basic story. The paleontological “example”, known to all my colleagues as a favorite campfire tale and an anecdote for the initiation classes, achieved its stardom by uniting the most famous geologist of its time with the most important fossils of any era. The story, I just found out, is also completely false (which is more than a little embarrassing, because I quoted the usual version to start a previous essay in this series).

If we break with the tyranny of our usual prejudice, to consider differently larvae and imagos as separate and potentially equal devices to feed and reproduce, many enigmas are solved immediately. Each stadium adapts in its own way, and depending on the ecology and the environment, one can stand out, and the other can degrade to insignificance in our limited eyes. The “degraded” stage could be both the imago and the larva; which is more likely, in fact, since the processes of feeding and growing can only be accelerated in part, but reproduction, as poets proclaim, can be the stuff of a haunted night.

This apparent disagreement between the behavior of nature and any hope for human social decency has defined the main topic of debate on ethics and evolution since Darwin himself. Huxley’s solution won many followers; nature is pernicious and does not constitute a guide to morality except, perhaps, as an indicator of what should be avoided in human society. My own preference lies in a different solution, based on taking Darwin’s metaphorical interpretation of the struggle seriously (admittedly, against Darwin’s preference for gladiatorial examples): nature is sometimes devious, sometimes kind ( in reality, neither, because human terms are very inappropriate). By presenting examples of all behaviors (under the metaphorical rubric of the struggle), nature favors none and offers no guidelines. The facts of nature can not provide moral guidance in any case.
A third solution has been defended by some thinkers who really want to find a basis for morality in nature and evolution. Since few of them can detect much moral comfort in the gladiatorial interpretation, this third position must reformulate the behavior of nature. Darwin’s words about the metaphorical nature of the struggle offer a promising starting point. It can be argued that the gladiatorial examples have been exaggerated and wrongly presented as dominant. Perhaps cooperation and mutual help are the most common results of the struggle for existence. Perhaps communion, and not combat, leads to greater reproductive success in most circumstances.
The most famous expression of this third solution can be found in Mutual aid, published in 1902 by the Russian revolutionary anarchist Petr Kropotkin.
Kropotkin affirms, in its cardinal premise, that the struggle for existence usually leads to mutual aid and not to combat as the main criterion of evolutionary success. Therefore, human society must be based on our natural inclinations (not invert them, as Huxley maintained) in formulating a moral order that will bring both peace and prosperity to our species. In a series of chapters, Kropotkin attempts to illustrate the continuity between natural selection for mutual help among animals and the basis of success in human social organization, increasingly progressive. Its five sequential chapters refer to mutual help among animals, among the savages, among the barbarians, in the medieval city, and among us.
Actually, I would say that Kropotkin’s basic argument is correct. The struggle actually takes place in many ways, and some of them lead to cooperation among the members of a species as the best path to advantage for individuals. If Kropotkin put too much emphasis on mutual aid, most Darwinists in Western Europe had exaggerated competition with the same intensity.
He actually made a common conceptual error by failing to recognize that natural selection is an argument about the advantages for individual organisms, no matter how hard they struggle. The result of the struggle for existence may be cooperation and not competition, but mutual help should benefit the individual organisms in the world of Darwin’s explanation. Sometimes, Kropotkin speaks of mutual aid as something selected for the benefit of whole populations of species, a concept alien to classical Darwinian logic (where organisms work, albeit unconsciously, for their own benefit in terms of genes passed on to generations. future). But Kropotkin also (and often) acknowledged that the selection for mutual help directly benefits each individual in their own struggle for personal success. Thus, if Kropotkin did not understand the full implication of Darwin’s basic argument, he did include the orthodox solution as his main justification for mutual help.

We do not look for unattainable absolutes. We define evolution, using Darwin’s phrase, as “inheritance with modification” from previous living beings. Our documentation of the evolutionary tree of life records one of the greatest triumphs of science, a deeply liberating discovery in the sense of the ancient maxim that the truth will set us free. We have made this discovery by recognizing what can be answered and what should be left aside. If Judge Scalia heeded our definitions and our practices, he would understand why creationism can not be considered a science. In passing, I would also feel the excitement of evolution and its test; Nobody of a certain level can stop being excited by something so interesting. Only the creator of Aristotle can be so impassive.

The broader issue that creates a common mistrust or disregard for statistics is more worrisome. Many people make an unfortunate and invalid separation between heart and mind, or feeling and intellect. In some contemporary traditions, induced by attitudes stereotypically centered in Southern California, the feelings are exalted as being more “real” and the only adequate foundation for action, while the intellect gets penance as emotional problem of the past elitism of fashion. Statistics, in this absurd dichotomy, often becomes the symbol of the enemy. As Hilaire Belloc wrote: “Statistics is the triumph of the quantitative method, and the quantitative method is the victory of sterility and death.”

Knowledge and awe are the dyad of our remarkable lives as intellectual beings. Voyager did wonders for our knowledge, but also behaved magnificently well in the service of amazement; and the two elements are complementary, not independent or opposite. Just thinking about it gives me respect: a mechanical device that would fit in the box of a van, traveling through space for twelve years, haggling around four gigantic bodies and their associated moons, and finally sending exquisite photographs through more than four light hours of space from the planet farthest from our solar system. (Pluto, although it is generally beyond Neptune, follows a very eccentric orbit around the Sun. It is now, and will remain until 1999, in the orbit of Neptune, and will not return to its status as the outermost planet until The point may seem a bit forced, but symbols are important and Neptune is now more distant, moments and individualities count.)
In short you must have broad views for very human we are in pursuit of wisdom …

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