Brontosaurus y la nalga del presidente — Stephen Jay Gould

Este es un libro didáctico que se llaman en Europa de “vulgarisation” y que a través de diferentes ejemplos históricos nos hace ir evolucionando con sus pros y contras y eso me parece interesante, más allá de las teorías de Darwin, la cadena de argumentos de Darwin: la propia inteligencia humana (es decir, el don trascendente que, por encima de todo lo demás, supuestamente reflejaba la benevolencia de Dios, el imperio de la ley y el necesario progreso de la historia) puede ser un detalle, y no el resultado predecible de principios fundamentales. No llevaré este argumento a un extremo absurdo. La consciencia, en alguna forma, puede hallarse en el reino de la predicibilidad, o al menos de la probabilidad razonable. Pero nos interesamos por los detalles. La consciencia en forma humana (mediante un cerebro plagado de vías inherentes de ilógica, y abrumado por herencias raras y disfuncionales, en un cuerpo con dos ojos, dos piernas y una parte superior del muslo carnosa) es un detalle de la historia, un resultado de un millón de acontecimientos improbables, destinados a no repetirse nunca. Nos interesamos por el dolido trasero de George Canning porque advertimos, en la cascada de consecuencias, una analogía con nuestra propia existencia tenue. Nos recreamos en los detalles de la historia porque son el origen de nuestra existencia.
Desde mi propio campo evolutivo, que el argumento biológico usual, que se invoca a priori contra la posibilidad de conexión directa entre los tipos lingüísticos, ya no es pertinente. Este argumento convencional sostiene que Homo sapiens surgió y se escindió (mediante migración geográfica) en sus estirpes raciales hace tantísimo tiempo que es absolutamente imposible que los hablantes modernos puedan haber conservado similitudes lingüísticas ancestrales. (Una versión más fuerte sostiene que varias razas de Homo sapiens surgieron separadamente y en paralelo a partir de ramas diferentes de Homo erectus, con lo que se coloca el punto de origen linguístico común aún más atrás, en un pasado verdaderamente inaccesible. En realidad, según esta hipótesis, el antepasado común distante de todos los seres humanos modernos podría no haber poseído siquiera lenguaje.

Algunos fraudes dejan una marca suficiente en la historia, de modo que sus productos adquieren el mismo estado que inicialmente afirmaba la falsificación: legitimidad (aunque como un objeto de la historia humana o folklórica, y no de la historia natural; una vez tuve en mis manos los huesos del hombre de Piltdown y sentí que sostenía un objeto importante de la cultura occidental).
El gigante de Cardiff, el mejor candidato norteamericano para el título de fraude paleontológico convertido en historia cultural, se halla actualmente expuesto en un cobertizo detrás de un granero en el Museo del Granjero de Cooperstown, Nueva York. Este hombre de yeso, de más de tres metros de altura, fue “descubierto” por trabajadores que excavaban un pozo en una granja cercana a Cardiff, Nueva York, en octubre de 1869. Aceptado con avidez por un público crédulo y exhibido ardientemente por sus creadores a cincuenta centavos la entrada, el gigante de Cardiff causó furor primero en los alrededores de Syracuse, y después en toda la nación, durante los pocos meses de vida activa entre la exhumación y el descubrimiento del engaño.
El gigante de Cardiff fue un invento de George Hull, un fabricante de cigarros (y bribón de siete suelas) de Binghamton, Nueva York. Extrajo un gran bloque de yeso de Fort Dodge, Iowa, y lo facturó a Chicago, donde dos marmolistas le dieron el aspecto aproximado de un hombre desnudo. Hull hizo algunos intentos mínimos y toscos de dar a su estatua un aspecto de antigüedad. Descantilló el pelo y la barba esculpidos porque unos expertos le dijeron que estos elementos no se petrificarían. Clavó agujas de zurcir en un bloque de madera y martilleó la estatua, con la esperanza de simular los poros de la piel. Finalmente, vertió cuatro litros de ácido sulfúrico sobre toda su creación para simular una erosión extendida. Después Hull envió su gigante en una gran caja de vuelta a Cardiff.

Brontosaurus contra Apatosaurus es una herencia directa de la disputa más celebrada en la historia de la paleontología de los vertebrados: Cope contra Marsh. Al tiempo que E. D. Cope y O. C. Marsh rivalizaban por la gloria de encontrar dinosaurios y mamíferos espectaculares en el Oeste norteamericano, cayeron en una pauta de precipitación y superficialidad nacida de su intensa competición y de su mutua aversión. Ambos querían cobrar tantos nombres como fuera posible, de modo que publicaron con demasiada rapidez, con frecuencia con descripciones inadecuadas, estudio descuidado e ilustraciones deficientes. En esta prisa impropia, a menudo dieron nombres a material fragmentario que no podía caracterizarse bien y a veces describieron el mismo animal dos veces al no hacer las distinciones adecuadas entre los fragmentos.
El género Brontosaurus se basaba principalmente en la estructura de la escápula y en la presencia de cinco vértebras en el sacro. Después de examinar los ejemplares tipo de estos géneros, y de haber hecho un cuidadoso estudio del espécimen insólitamente bien preservado que se describe en este artículo, el autor está convencido de que el ejemplar de apatosaurio es simplemente un animal joven de la forma representada en el adulto por el ejemplar de brontosaurio…, A la vista de estos hechos los dos géneros pueden considerarse sinónimos. Puesto que el término «Apatosaurus» tiene prioridad, «Brontosaurus» se habrá de considerar como un sinónimo.
“Apatosaurus significa «lagarto engañoso»; Brontosaurus significa «lagarto del trueno»; un nombre mucho, mucho mejor (pero la idoneidad, ¡ay!, como hemos visto, no cuenta para nada). Nos han engañado; han maniobrado mejor que nosotros, los brontófilos. ¡Oh, bueno!, ante todo, la afabilidad (que es en lodo punto tan importante como la dignidad, si es que no es un aspecto de la misma) en la derrota.

Confieso una cierta incertidumbre cínica sobre la inundación de la cultura infantil con dinosaurios en todo tipo de formatos lindos, peludos y provechosos que cualquier agente comercial pueda imaginar. Naturalmente, no estoy abogando por un retorno a la ignorancia y a la dificultad de obtener información que existía durante mi juventud, pero un dinosaurio en cada camiseta o en cada envase de leche excluye ciertamente cualquier sentido de misterio o alegría de descubrimiento; y algunas formas de mercadeo conducen inexorablemente a la trivialización. El interés por los dinosaurios se convierte en uno de estos episodios efímeros (a medio camino entre el policía y el bombero) en la secuencia típica de los intereses de la infancia. Algo que arderá de forma brillante en su estación asignada y que después, con demasiada frecuencia, morirá, de forma absoluta y sin guardar memoria de ello.
Como intelectuales, reconocemos y aceptamos una posición de minoría en nuestra cultura (puesto que la esperanza, la virtud y la realidad raramente coinciden). Por ello sabemos que debemos asir nuestras oportunidades advirtiendo las tendencias populares e intentando desviar parte de su energía en riachuelos que puedan beneficiar al aprendizaje y la educación. La moda de los dinosaurios debiera ser una bendición para nosotros, puesto que el material de base es una explotación de nuestros esfuerzos: la tarea de paleontólogos, los grandes esqueletos montados en nuestros museos. En realidad, lo hemos hecho muy bien; rematadamente bien, tal como van las cosas. Emboscados entre las sobrecubiertas de libros y las bolsas de la compra hay un número bastante elevado de libros, películas, rompecabezas, juegos muy buenos, así como otros ejemplos…
Vivimos en una cultura profundamente antiintelectual, empeorada por un hedonismo pasivo impulsado por la expansión del bienestar y su disipación en innumerables aparatos electrónicos que imparten lo último en entretenimiento y supuesta información, todo ello en cortas (y sonoras) dosis que se pueden «oír fácilmente». La versión infantil, o de patio de recreo, de este antiintelectualismo puede ser incluso más estridente y más unidimensional, pero el fracaso debe residir por entero en los adultos: nuestros hijos sólo están aumentando un modelo de rol que leen con toda claridad.

El error de deslizarse con demasiada facilidad entre el uso actual y el origen histórico no es ni mucho menos un problema únicamente para los biólogos darwinistas, aunque nuestras faltas han sido más prominentes y menos analizadas. Este procedimiento de falsa inferencia satura todos los campos que intentan inferir la historia a partir de nuestro mundo presente. Mi ejemplo favorito actual es una interpretación particularmente ridícula del llamado principio antrópico en cosmología. Muchos físicos han señalado (y yo acepto enteramente su análisis) que la vida en la Tierra encaja de forma intrincada con las leyes físicas que regulan el universo, en el sentido de que si varias leyes fueran sólo ligeramente distintas, las moléculas de la composición adecuada y los planetas de las propiedades correctas no podrían haber surgido nunca; y nosotros no estaríamos aquí. A partir de este análisis, unos pocos pensadores han obtenido la inferencia absolutamente inválida de que, por lo tanto, la evolución humana está prefigurada en el antiguo diseño del cosmos; que el universo, en palabras de Freeman Dyson, debió de saber que estábamos en camino. Pero el ajuste actual de la vida humana a las leyes físicas no permite conclusión alguna acerca de las razones o los mecanismos de nuestro origen.

Con frecuencia pensamos, ingenuamente, que el tamaño por sí mismo no debiera significar una diferencia profunda. ¿Por qué otra razón de lo mismo habría de tener algún efecto importante más allá de la simple acumulación? Ciertamente, cualquier mejora o alteración principal debe requerir un rediseño extenso y explícito, una compleja reordenación de las partes con invención de nuevas piezas.
La naturaleza no siempre se ajusta a nuestras intuiciones erróneas. Con frecuencia, los objetos complejos exhiben la interesante y paradójica propiedad de un efecto importante como consecuencia de un factor aparentemente baladí. La complejidad interna puede traducir un simple cambio cuantitativo en una asombrosa alteración de la cualidad. Quizá el mayor y más efectivo de todos los inventos evolutivos, el origen de la conciencia humana, precisó poco más que un aumento de la potencia cerebral hasta un nivel en el que las conexiones internas se hicieron lo suficientemente ricas y variadas para forzar esta transición primordial. La historia puede ser mucho más compleja, pero no tenemos prueba alguna de que tenga que serlo.
Voltaire se mofaba diciendo que «Dios está siempre a favor de los grandes batallones». Más no siempre es mejor, pero más puede ser muy distinto.

Al imponer el modelo de la escala sobre la realidad de los arbustos, hemos garantizado que nuestros ejemplos clásicos de progreso evolutivo puedan aplicarse únicamente a linajes que no han tenido éxito y que se encuentran al borde mismo de la extinción; porque sólo podemos linearizar un arbusto si no mantiene más que una ramita superviviente que podamos colocar falsamente en la cima de la escala. Seguramente no hará falta que recuerde al lector que al menos otro linaje de mamíferos, preeminente entre todos los demás en lo que a nuestra atención y preocupación se refiere, comparte con los caballos el lamentable estado de reducción desde un matorral antaño frondoso a una única ramita superviviente; he ahí la gran peculiaridad de extrema debilidad que nos permite construir una escala que llega sólo al corazón de nuestra propia locura e hybris.
La idea fija es una falta intelectual común de todas las profesiones, no un fracaso característico de los artistas. A menudo he escrito sobre científicos entregados con tanta testarudez a unidades absurdas y simplificaciones falsas como Thayer se dedicaba a la exclusividad de la coloración de ocultación en la naturaleza. Algunos son encantadores y un poco mentecatos (como el viejo Randolph Kirkpatrick, que pensaba que todas las rocas estaban constituidas por numulosferas unicelulares). Otros son tortuosos y más que un poco peligrosos (como Cyril Burt, que amañó datos para probar que toda la inteligencia reside en la herencia; véase mi libro The mismeasure of Man, 1981 [La falsa medida del hombre, 1984]).

La interpretación errónea puede ser más común que la exactitud, pero una lectura equivocada que es precisamente lo contrario de la verdadera intención de un autor todavía puede excitar nuestro interés por su absoluta perversidad. Cuando, con el fin de darnos cuenta de esta inversión, debamos dilatar nuestras mentes y aprender a comprender algunos sistemas de pensamiento fósiles, quizá podamos convertir una simple corrección en una generalidad que merezca la pena señalar. ¡Pobre Petrus Camper! Se convirtió en el abuelito semioficial del enfoque cuantitativo del racismo científico, pero su propio concepto de la variabilidad humana excluía los juicios apriorísticos sobre el valor innato. Desarrolló una medida que posteriormente se usó para hacer distinciones denigrantes entre grupos reales de personas, pero él subrayó que su propio invento se ponía al servicio de la belleza abstracta. Se conviritó en un villano de la ciencia cuando había intentado establecer criterios para el arte. Camper tuvo una mala sacudida póstuma en la tierra.
Cada profesión atesora una versión clásica, o canónica, de la historia básica. El «ejemplo» paleontológico, conocido de todos mis colegas como un relato favorito de hoguera de campamento y anécdota para las clases de iniciación, consigue su estrellato al unir al más famoso geólogo de su época con los fósiles más importantes de cualquier época. La historia, acabo de descubrirlo, es también completamente falsa (lo que es algo más que un poco embarazoso, porque cité la versión usual para empezar un ensayo anterior en esta serie).

Si rompemos con la tiranía de nuestro prejuicio usual, para considerar de forma diferente a larvas e imagos como dispositivos separados y potencialmente iguales para alimentarse y reproducirse, se resuelven de inmediato muchos enigmas. Cada estadio se adapta a su manera, y en función de la ecología y del ambiente, uno puede destacar, y el otro degradarse hasta la insignificancia en nuestros ojos limitados. El estadio «degradado» podría ser tanto el imago como la larva; lo que es más probable, de hecho, puesto que los procesos de alimentarse y crecer pueden acelerarse sólo en parte, pero la reproducción, como proclaman los poetas, puede ser cosa de una noche encantada.

Esta aparente discordancia entre el comportamiento de la naturaleza y cualquier esperanza para la decencia social humana ha definido el principal tema de debate sobre ética y evolución desde el mismo Darwin. La solución de Huxley ganó muchos adeptos; la naturaleza es aviesa y no constituye guía alguna para la moralidad excepto, quizá, como indicador de lo que debe evitarse en la sociedad humana. Mi propia preferencia reside en una solución distinta, basada en tomar seriamente la interpretación metafórica de Darwin sobre la lucha (hay que admitirlo, frente a la preferencia del mismo Darwin por los ejemplos gladiatorios): la naturaleza es en ocasiones aviesa, a veces amable (en realidad, ninguna de las dos cosas, porque los términos humanos son muy inapropiados). Al presentar ejemplos de todas las conductas (bajo la rúbrica metafórica de la lucha), la naturaleza no favorece a ninguna y no ofrece pauta alguna. Los hechos de la naturaleza no pueden proporcionar guía moral en ningún caso.
Una tercera solución ha sido defendida por algunos pensadores que realmente desean encontrar una base para la moralidad en la naturaleza y la evolución. Puesto que pocos de ellos pueden detectar mucho consuelo moral en la interpretación gladiatoria, esta tercera posición debe reformular el comportamiento de la naturaleza. Las palabras de Darwin sobre el carácter metafórico de la lucha ofrecen un punto de partida prometedor. Se puede argumentar que los ejemplos gladiatorios se han exagerado y se han presentado equivocadamente como dominantes. Quizá la cooperación y la ayuda mutua son los resultados más comunes de la lucha por la existencia. Quizá la comunión, y no el combate, conduce al mayor éxito reproductor en la mayoría de circunstancias.
La expresión más famosa de esta tercera solución puede encontrarse en Mutual aid, publicado en 1902 por el anarquista revolucionario ruso Petr Kropotkin.
Kropotkin afirma, en su premisa cardinal, que la lucha por la existencia conduce por lo general a la ayuda mutua y no al combate como criterio principal del éxito evolutivo. Por lo tanto, la sociedad humana debe basarse en nuestras inclinaciones naturales (no invertirlas, como sostenía Huxley) al formular un orden moral que aportará tanto la paz como la prosperidad a nuestra especie. En una serie de capítulos, Kropotkin intenta ilustrar la continuidad entre la selección natural para la ayuda mutua entre los animales y la base del éxito en la organización social humana, cada vez más progresista. Sus cinco capítulos secuenciales se refieren a la ayuda mutua entre los animales, entre los salvajes, entre los bárbaros, en la ciudad medieval, y entre nosotros.
En realidad, afirmaría que el argumento básico de Kropotkin es correcto. La lucha ocurre realmente de muchas maneras, y algunas de ellas conducen a la cooperación entre los miembros de una especie como el mejor camino hacia la ventaja para los individuos. Si Kropotkin puso excesivo énfasis en la ayuda mutua, la mayoría de darwinistas en Europa occidental habían exagerado la competencia con la misma intensidad.
Cometió realmente un error conceptual común al no saber reconocer que la selección natural es un argumento sobre las ventajas para los organismos individuales, por mucho que éstos luchen. El resultado de la lucha por la existencia puede ser la cooperación y no la competencia, pero la ayuda mutua debe beneficiar a los organismos individuales en el mundo de explicación de Darwin. A veces, Kropotkin habla de ayuda mutua como algo seleccionado para el beneficio de poblaciones enteras de especies, un concepto extraño a la lógica darwinista clásica (donde los organismos trabajan, aunque sea inconscientemente, para su propio beneficio en términos de genes transmitidos a las generaciones futuras). Pero Kropotkin también (y con frecuencia) reconoció que la selección para la ayuda mutua beneficia directamente a cada individuo en su propia lucha por el éxito personal. Así, si Kropotkin no entendió toda la implicación del argumento básico de Darwin, incluyó efectivamente la solución ortodoxa como su justificación principal para la ayuda mutua.

No buscamos absolutos inalcanzables. Definimos la evolución, empleando la frase de Darwin, como «herencia con modificación» a partir de seres vivos previos. Nuestra documentación del árbol evolutivo de la vida registra uno de los mayores triunfos de la ciencia, un descubrimiento profundamente liberador en el sentido de la antiquísima máxima de que la verdad nos hará libres. Hemos hecho este descubrimiento reconociendo qué puede ser contestado y qué debe dejarse de lado. Si el juez Scalia hiciera caso de nuestras definiciones y de nuestras prácticas, comprendería por qué el creacionismo no puede ser considerado como ciencia. De paso, también sentiría la excitación de la evolución y su prueba; nadie de un cierto nivel puede dejar de emocionarse por algo tan interesante. Sólo el creador de Aristóteles puede ser tan impasible.

El tema más amplio que crea una desconfianza o desprecio común hacia la estadística es más preocupante. Muchas personas hacen una separación desafortunada e inválida entre corazón y mente, o sentimiento e intelecto. En algunas tradiciones contemporáneas, inducidas por actitudes centradas de manera estereotípica en el sur de California, los sentimientos se exaltan por ser más «reales» y el único fundamento adecuado para la acción, mientras que el intelecto obtiene penitencia como problema emocional del elitismo pasado de moda. La estadística, en esta absurda dicotomía, se convierte con frecuencia en el símbolo del enemigo. Como escribió Hilaire Belloc: «La estadística es el triunfo del método cuantitativo, y el método cuantitativo es la victoria de la esterilidad y la muerte».

El conocimiento y el asombro son la díada de nuestras notables vidas como seres intelectuales. El Voyager hizo maravillas para nuestro conocimiento, pero también se portó magníficamente bien al servicio del asombro; y los dos elementos son complementarios, no independientes u opuestos. Sólo de pensarlo me infunde respeto: un artefacto mecánico que cabría en la caja de una furgoneta, viajando por el espacio durante doce años, regateando alrededor de cuatro cuerpos gigantescos y de sus lunas asociadas, y finalmente enviando fotografías exquisitas a través de más de cuatro horas luz de espacio desde el planeta más alejado de nuestro sistema solar. (Plutón, aunque por lo general se encuentra más allá de Neptuno, sigue una órbita muy excéntrica alrededor del Sol. Ahora está, y seguirá estando hasta 1999, en la órbita de Neptuno, y no volverá a recuperar su categoría de planeta más externo hasta el milenio. El punto puede parecer un poco forzado, pero los símbolos son importantes y Neptuno se halla ahora más distante. Los momentos y las individualidades cuentan.)
En definitiva se deben tener amplias miras por muy humanos que seamos en pos de la sabiduría…

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