Los misteriosos platillos volantes — Aimé Michel

Sin duda este libro trata de uno de los mayores enigmas de nuestro tiempo y nos adentra en las observaciones en Francia a finales de la década de los 50 y con mapas de donde sucedieron las avistaciones. Se pueden adoptar tres posiciones:
La primera es la credulidad del ser primitivo, que acepta con fe sencilla los relatos más maravillosos, admite muy fácilmente lo «sobrenatural», no critica los testimonios y, por lo tanto, es a menudo fácil presa de charlatanes y estafadores.
La segunda es la credulidad del racionalista, el cual, convencido que lo sabe todo, se irrita al verse frente a fenómenos que no se amoldan a sus convicciones. Al no encontrar, en su limitado arsenal, una explicación que lo satisfaga, opta por dudar de los demás antes que de sí mismo y rebate los hechos más indiscutibles para evitar que sus principios se derrumben.
La tercera posición intelectual es la del verdadero espíritu científico, que se atiene a los hechos para observarlos, reunirlos, escarnarlos, criticarlos, coordinarlos. Es una actitud de modestia y sumisión a lo real. Es la actitud del autor.

Estos objetos parecen guiados por una inteligencia: éste es el hecho formidable que Aimé Michel parece haber demostrado al descubrir la ortotenia. Un día, casi por casualidad —como suele pasar en este orden de cosas— comprobó con asombro y profunda alegría que las observaciones de un mismo día se alineaban impecablemente y con precisión extraordinaria sobre una misma «línea recta», aunque estuviesen situadas en países tan alejados unos de otros como Inglaterra, Francia, Italia del Norte. Investigando más a fondo, descubrió que esta colección de rectas formaba una tela de araña muy característica, forma que, para un piloto, evoca irresistiblemente la idea de una exploración aérea sistemática.
Se ve, evidentemente, la importancia decisiva de estos descubrimientos, los cuales tienen que hacer reflexionar a los escépticos. Todas las tentativas de explicación por psicopatologías colectivas se derrumban. La ortotenia no puede ser fruto del azar. Sugiere un plan y una acción inteligente.

¿Inteligencia extrahumana? ¿Por qué no? Está lejos la época en que Ptolomeo colocaba la tierra al centro de un sistema solar que era su universo. Tampoco Eddington afirmaría hoy día que nuestra raza es la raza suprema y que la inteligencia humana es la reina del universo. Hemos vuelto a una mayor modestia, y admitimos perfectamente que puedan existir —y tal vez no tan lejos de nosotros— seres cuyo grado de civilización sobrepasa ampliamente el nuestro. No lo neguemos a priori. Guardemos una actitud prudente. Trabajemos para nuestro juicio.
Es interesante seguir su exposición, tan sabiamente construida y al mismo tiempo tan amenamente escrita, de sus descubrimientos, y luego de sus hipótesis. Siempre cartesiano, siempre preciso, avanza en terrenos seguros, pero, sin embargo, pronto nos lleva al umbral de especulaciones vertiginosas, hacia horizontes que aún ahora nos parecen fabulosos.

Hasta el otoño de 1954, es decir, hasta los acontecimientos relatados en este libro, el Disco Volador era un fenómeno esencialmente singular. De vez en cuando, algo que no se parecía a nada conocido aparecía en el cielo, dejaba estupefactos a escasos testigos y, después de un tiempo más o menos largo, y por lo general muy breve, desaparecía como había llegado: súbitamente. Instantaneidad, fugacidad, imprecisión…
El fenómeno Disco Volador. Nada es más legítimo y explicable que la actitud de rechazo adoptada generalmente por esa ciencia, a la cual ciertas personas creen condenar agregándole el calificativo de «oficial». Es una actitud justificada por los fundamentos más firmes del conocimiento y del método experimental, y por los siglos de progreso y de éxito que han conducido a los hombres hasta su actual civilización. Un fenómeno singular, esto es, que escapa no sólo a la experimentación provocada sino a la observación deliberada, no puede ser objeto de la ciencia: no es más que un hecho histórico, y además lo es bajo la condición de que sea probado.
Al Disco Volador, preguntémonos por qué método la ciencia puede abordarlo. ¿A través de la experimentación? Sería necesario para eso, suposición absurda, que el Disco Volador pudiera ser provocado voluntariamente, como una reacción química o una corriente eléctrica. ¿Por observación deliberada? Pero, ¿cómo arreglárselas? Se puede, a voluntad, observar el espectro de estrella o la multiplicación de una célula. El Disco Volador escapa a toda observación deliberada. Se le observa repentinamente donde nadie se lo esperaba, y cuando se sabe que está allí, ya no se encuentra. Desde hace diez años estudio este fenómeno, y a pesar de una vasta red de corresponsales prestos a llamarme por teléfono, jamás lo he visto. El único acceso a su estudio es el análisis a posteriori del testimonio. Pero esto no es un método científico. Si el análisis de los testimonios fuese una ciencia, la justicia lo sería. Se suprimiría a los juristas, se suprimirían los tribunales y se los reemplazaría por una regla de cálculo.
De esta manera se planteó el problema de los Discos Voladores hasta 1954. El hecho, totalmente extraordinario. El 17 de setiembre de 1954, el fenómeno Disco comenzó a emerger de su fatal carácter de singularidad, esencialmente anticientífico. Algo apareció entonces que escapa a la incertidumbre de los testimonios humanos, y que puede ser estudiado, controlado, discutido según los estrictos métodos de la ciencia. Es algo a lo cual, provisionalmente, he llamado ortotenia.
¿Qué es la ortotenia? En griego, el adjetivo ὀρθοτενής significa «tendido en línea recta». Para comprender el hecho que designa esta palabra, veamos un ejemplo:
El viernes 15 de octubre de 1954, se señaló una serie de observaciones en Europa Occidental: en Southend (Inglaterra), Calais, Aire-sur-la-Lys (Francia), carretera nacional 68 entre Niffer y Kembs (frontera franco-alemana), cerca de Rovigo, Italia, y en otros lugares.
Si se estudia cada una de estas observaciones por separado, ¿qué conclusión se saca? Lamentar una vez más la incertidumbre de los testimonios humanos. Es verdad: todos esos testimonios aportan historias palpitantes, pero, ¿cómo saber si no son imaginadas, soñadas o inventadas? En Italia los testigos son numerosos. Pero lo que cuentan es inverosímil: ¿se pusieron de acuerdo para difundirla? En la carretera nacional 68, la misma conclusión, agravada por el hecho de que los testigos no son más que dos. Las mismas circunstancias en Aire-sur-la-Lys. En lo que a las observaciones de Calais y de Southend se refiere, éstas resultan aún peores: en cada uno de los casos, sólo hay un testigo.
Estudiando todas esas observaciones por separado, se llega a la eterna conclusión que bloquea desde hace diez años el estudio científico del fenómeno: si los testigos han visto realmente lo que dicen haber visto, se trata de un acontecimiento prodigioso, el más grande acontecimiento de la historia humana; por desgracia, nada prueba que el relato sea auténtico.

El carácter mismo de la ortotenia impone una comprobación: todo el interés de una observación que esté en función de las alineaciones reside en su existencia. ¿Es cierto o no es cierto que la observación fue consignada en tal fecha por los testigos? He aquí la única cuestión, la única pregunta que se plantea para juzgar las alineaciones. De la misma manera, las observaciones decisivas, aquellas que tienden a mostrar la realidad de la ortotenia, fueron tomadas únicamente de los periódicos. Son observaciones impresas y hechas públicas más de dos años antes del descubrimiento de su disposición geométrica.
Querido lector solo me queda te adentres en estos nuevos métodos de estudio como la “ortotenia”, después de la lectura los conceptos serán más claros además de la existencia de otros seres…

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