Mitos y leyendas celtas — T. W. Rolleston / Celtic: Myths & Legends by T.W. Rolleston

Este es otro magnífico libro sobre lo celta y todo lo relacionado con sus mitos y leyendas y si uno viaja por Irlanda o Escocia, simplemente la tierra te transmite mitos y leyendas por doquier. El papel de la raza celta como influencia constitutiva en la historia, la literatura y el arte del pueblo que habita las Islas británicas –un pueblo que, desde ese centro, ha extendido su dominio sobre una vasta porción de la superficie terrestre– se ha visto injustamente relegado en la conciencia popular. Ello se ha debido en gran medida al uso frecuente del término “anglosajón” para aludir a los británicos. Históricamente hablando, este vocablo resulta bien engañoso. Nada justifica la elección de dos tribus de la Baja Germania para indicar el carácter de la estirpe del pueblo británico.
El verdadero nombre de la población de estas islas, y del segmento típico y dominante de la población de Estados Unidos, no es anglosajones, sino angloceltas. Es justamente la mezcla de elementos germánicos y celtas lo que otorga a este pueblo el fuego, el élan, y en literatura y arte el sentido del estilo, color y drama, que no son frutos comunes del suelo germánico; simultáneamente, le confiere una reflexividad y profundidad, una reverencia por la antigua ley y la tradición y una pasión por la libertad personal, que son más o menos extrañas en las naciones romances del sur de Europa.
Hemos de descartar la idea de que el mundo celta fue habitado por una única raza pura y homogénea. Si aceptamos la conclusión meticulosamente estudiada y argumentada de Rice Holmes, respaldada a su vez por la voz unánime de la Antigüedad, los verdaderos celtas fueron una raza alta y rubia, aguerrida e imperiosa, cuyo lugar de origen (hasta donde podemos rastrearlo) se hallaba cerca de las fuentes del Danubio y que extendieron su dominio a través de la conquista y de la infiltración pacífica por Europa central, la Galia, Hispania y las Islas británicas. No exterminaron a los pobladores originales de estas regiones –razas paleolíticas y neolíticas, constructores de dólmenes y trabajadores del bronce–, pero les impusieron su lengua, sus artes y sus tradiciones y tomaron a su vez mucho de ellos, especialmente, como veremos, en materia de religión. Entre estas razas los celtas formaron una casta aristocrática gobernante.

La historia etimológica de algunas de estas palabras resulta interesante. Amt, por ejemplo, un término de tanta importancia en la administración alemana moderna, se remonta al vocablo céltico ambhactos, que está compuesto por las palabras ambi, en torno, y actos, un participio pasado derivado de la raíz celta ag-, que significa actuar. Ahora bien, ambi desciende del indoeuropeo primitivo mbhi, donde la m inicial es una especie de vocal, posteriormente representada en sánscrito por la a.
Sin embargo, esta civilización aborigen celta, tan atractiva y prometedora en muchos aspectos, tenía evidentemente algún defecto o discapacidad que impedía a los pueblos celtas resistir el embate de la antigua civilización del mundo grecorromano, o el de la ruda y juvenil energía de las razas teutónicas. Los druidas representaban el poder celta.
Sería un error suponer que por esta razón los celtas no fueron en Europa una fuerza verdaderamente considerable. Su contribución a la cultura del mundo occidental fue muy significativa. Durante unos cuatro siglos –aproximadamente del 500 al 900–, Irlanda fue el refugio del conocimiento y la fuente de la cultura literaria y filosófica de media Europa. Las formas métricas de la poesía celta probablemente jugaron un papel determinante en la estructura de la versificación moderna. Los mitos y leyendas de los pueblos gaélicos y cimbrios encendieron la imaginación de un sinfín de poetas continentales. Cierto que el celta no creó ninguna obra literaria monumental, como tampoco logró crear un sistema de gobierno estable o autoritario. Su mente y su corazón eran esencialmente líricos y concretos. Cada objeto o aspecto de la vida lo impresionaba vívidamente y lo conmovía profundamente; era sensible, impresionable en grado sumo, pero no veía las cosas en su mayor contexto ni en sus relaciones más abarcadoras. Tenía poca capacidad para fundar instituciones, o para servir a un principio; pero fue y es, un indispensable y perenne reivindicador de la humanidad contra la tiranía de los principios y contra la frialdad y esterilidad de las instituciones.
El celta ha sido siempre un rebelde contra todo lo que no posea el aliento de la vida, contra toda forma de dominación no espiritual y puramente externa. También es cierto que ha estado demasiado ansioso por gozar de los frutos de la vida sin la larga y paciente preparación de la cosecha, pero ha prestado y aún continuará prestando un infinito servicio al mundo moderno al insistir en que el verdadero fruto de la vida es la realidad espiritual, que el vasto mecanismo de una civilización material nunca podrá desconocer sin pérdida y dolor.

Los irlandeses, entre los pueblos celtas, poseen el interés de haber traído a la luz de la investigación histórica moderna muchos de los rasgos de una civilización celta autóctona. Sin embargo, hay una cosa que no trajeron desde el otro lado del golfo que nos separa del mundo antiguo: su religión.
No se trata simplemente de que la transformaran: la dejaron atrás de tal modo que se ha perdido todo registro de ella. San Patricio, un celta que cristianizó Irlanda durante el siglo v, nos ha dejado un relato autobiográfico de su misión, un documento de enorme interés y el más antiguo registro existente de la cristiandad británica; pero en él no dice nada de las doctrinas que vino a suplantar.
La religión celta es mucho más que “druidismo”.
Las religiones de los pueblos primitivos se centran o se originan fundamentalmente en ritos y prácticas relacionadas con el enterramiento de los muertos. Los primeros habitantes de los que tenemos noticia en el territorio celta de Europa occidental son una raza sin nombre ni historia conocida, pero podemos averiguar mucho de ellos a través de sus monumentos sepulcrales, que tanto abundan todavía. Fue el llamado pueblo megalítico.
La cultura de estos celtas de las montañas difería notablemente de la cultura de los celtas de las tierras bajas. Su edad era la edad del hierro, no del bronce; no quemaban a sus muertos (lo cual consideraban un deshonor), sino que los enterraban.
Es un hecho que la concepción céltica del reino de la muerte difería totalmente de la que tenían los griegos y los romanos y se asemejaba, como ya he señalado, a la de la religión egipcia. El Más Allá no era un sitio de oscuridad y sufrimientos, sino de luz y liberación. El sol era un dios tanto de este mundo como del otro. El mal, el dolor y la oscuridad existían, y sin duda los celtas irlandeses encarnaron estos principios en sus mitos de Balor y los fomoireos, de quienes pronto hablaremos; pero que estuvieran especialmente asociados a la idea de la muerte es, en mi criterio, una suposición falsa basada en una analogía engañosa con las ideas de las culturas clásicas. En este punto los celtas se regían más por concepciones norteafricanas o asiáticas que por las de los arios de Europa.

El espectáculo del universo, con todos sus vastos y misteriosos fenómenos celestes y terrestres, ha excitado la imaginación, y después la razón especulativa, de cualquier pueblo en posesión de estas habilidades. Los celtas poseían ambas en abundancia; sin embargo, a excepción de aquella única frase que nos ha llegado a través de Estrabón acerca de la “indestructibilidad” del universo, nada sabemos de sus primeras fantasías o razonamientos en torno a este tema. Irlanda cuenta con una copiosa literatura legendaria. Todo este material, sin duda, adoptó su forma actual en tiempos del cristianismo; pero lo que ha quedado en él de paganismo esencial es tanto, que sería raro que las influencias cristianas hubiesen llevado a la supresión de todo cuanto en estos textos antiguos apuntaba a una concepción no cristiana del origen de las cosas –

El ciclo mitológico comprende las siguientes secciones:
1. La llegada de Partholón a Irlanda.
2. La llegada de Nemed a Irlanda.
3. La llegada de los firbolg a Irlanda.
4. La invasión de los Tuatha Dé Danann, o Pueblo de la Diosa Dana.
5. La invasión de los milesios (hijos de Miled) de España y su conquista del pueblo de Dana.
Con los milesios comenzamos a adentrarnos en algo parecido a la historia –ellos representan, en las leyendas irlandesas, a la raza céltica; y supuestamente de ellos descienden las familias gobernantes de Irlanda–. Evidentemente el pueblo de Dana son dioses. Los colonizadores o invasores que vinieron antes que ellos son gigantescas figuras fantasmales, que se destacan vagamente entre las nieblas de la tradición, sin una caracterización definida.
Los nemedianos, eran parientes de los partolanianos. Ambos provenían de las misteriosas regiones de los muertos, aunque posteriores versiones irlandesas, procurando reconciliar este material mítico con el cristianismo, inventaron para ellos una ascendencia sagrada y un origen en regiones terrenales como España o Escitia.
Firblog parece significar “hombres de los sacos” y en épocas posteriores se inventó una leyenda para explicar esta denominación. Se decía que los firbolg, habiéndose asentado en Grecia, fueron oprimidos por la gente del país, que los pusieron a acarrear tierra desde los fértiles valles hasta las colinas rocosas, a fin de convertir estas en terrenos cultivables. Para esa tarea utilizaban sacos de cuero. Al final, hartos de aquella opresión, fabricaron botes o barcas con los sacos y zarparon rumbo a Irlanda.
Los invasores y colonizadores míticos de Irlanda, el pueblo de Dana. Su nombre, Tuatha Dé Danann, significa literalmente “el pueblo del dios cuya madre es Dana”. Esta diosa, también conocida a veces con el nombre de Brigit, fue muy venerada en la Irlanda pagana; sus atributos legendarios fueron transferidos en gran medida a la santa Brígida cristiana del siglo VI. Su nombre también aparece en las inscripciones galas como “Brigindo” y figura en varias inscripciones británicas como “Brigantia”

El pueblo celta se asocia a leyendas, la frecuencia con que sus principales personajes y episodios han sido conmemorados en topónimos nacionales que aún perduran. Esto sucede con las leyendas irlandesas en general, pero en el caso del ciclo de Ulster resulta aún más notable. Fielmente, a lo largo de muchos siglos de oscuridad y olvido, estos nombres han señalado los tesoros ocultos del romance heroico que nuestro tiempo está sacando nuevamente a la luz. El nombre del pueblito de Ardee, como hemos visto, conmemora la trágica muerte de Ferdia a manos de su “amigo de corazón”, el más noble de los héroes gaélicos. Las ruinas de Dūn Baruch, donde Fergus fue invitado al pérfido banquete, siguen estando cerca del Moyle, cuyas aguas surcaron Naisi y Deirdre hacia su perdición. Ardnuchar, la Colina del Tiro de Honda, en Westmeath, nos recuerda la historia del majestuoso monarca, el tumulto de mujeres expectantes y el enemigo agazapado con el proyectil mortal que contenía la venganza de Mesgedra. El nombre de Armagh, o Ard Macha, la Colina de Macha, atesora el recuerdo de la Novia Feérica y su heroico sacrificio, y en los verdes terraplenes todavía pueden hallarse los contornos que la diosa de la guerra trazó con el prendedor de su broche cuando fundara la fortaleza real de Ulster, en una leyenda anterior. Acaso ninguna nación moderna tiene topónimos tan cargados de asociaciones legendarias como los de Irlanda. Poesía y mito siguen estando en ella estrechamente ligados a la tierra misma: un hecho que se podría emplear como herramienta para la educación, para la inspiración del tipo más noble.

Una de las reliquias más interesantes y atractivas de la literatura osiánica es el Coloquio de los antiguos, Agallamh na Senorach, un largo relato que data de alrededor del siglo XIII. Ha sido publicado en una traducción en la Silva Gadelica de O’Grady. Más que una historia es una colección de historias hábilmente hilvanadas en una estructura mítica. El Coloquio comienza presentándonos las figuras de Keelta mac Ronan y Oisīn, hijo de Finn, cada uno acompañado por ocho guerreros; ellos son los únicos que quedan de la gran hermandad de los fianna tras la batalla de Gowra y la subsiguiente dispersión de la orden. Se nos ofrece un vívido retrato de estos viejos y encanecidos soldados que han sobrevivido a su época, reunidos por última vez en el dūn de quien fuera una famosa guerrera llamada Camha, haciendo un melancólico recuento de los tiempos pasados, hasta que se asienta sobre ellos un prolongado silencio.
El Viaje de Maldūn es tan solo uno de los muchos viajes maravillosos que encontramos en la antigua literatura irlandesa, pero se cree que fue el primero y el que sirvió de modelo; también lo distingue el hecho de que, en la versión abreviada y modificada que ofrece joyce en sus Viejos romances celtas, sirvió de tema al Viaje de Maldune de Tennyson, quien lo transformó en una maravillosa creación de ritmo y color, que encarna una especie de alegoría de la historia irlandesa. Hacia el final veremos que nos hallamos en la inusual coyuntura de conocer el nombre del autor de este texto primitivo, aunque él no afirme haberlo compuesto, sino solo haber “puesto en orden” los incidentes del Viaje. Desgraciadamente no sabemos en qué periodo vivió, pero el cuento como ha llegado a nosotros probablemente data del siglo ix. Su atmósfera es completamente cristiana, y no posee ningún significado mitológico salvo por cuanto enseña la lección de que hay que obedecer los mandamientos oraculares de los magos.

La ausencia en la literatura céltica de toda cosmogonía, o relato filosófico del origen y constitución de las cosas. En la literatura gaèlica no hay nada, hasta donde sabemos, que pretenda siquiera representar el pensamiento céltico primitivo sobre este tema. En Gales no ocurre lo mismo. Aquí ha existido desde hace tiempo un cuerpo de enseñanzas que pretende contener una porción, al menos, de aquel pensamiento druídico.
Esta doctrina se encuentra principalmente en dos volúmenes titulados Barddas, una compilación de materiales que se hallaba en manos de un bardo y erudito galés llamado Lewellyn Sion, de Glamorgan, hacia finales del siglo XVI. Los estudiosos modernos de la cultura celta desdeñan las pretensiones de obras como esta de atesorar cualquier pensamiento verdaderamente antiguo. Por ejemplo, Ivor B. John dice: “Es preciso descartar por completo toda noción de una doctrina esotérica bárdica que involucre una filosofía mítica precristiana”.
Barddas es una obra de considerable interés filosófico, y si no representara otra cosa que cierta corriente del pensamiento galés del siglo XVI, no dejaría de merecer el interés del estudioso de la cultura celta. Ni siquiera puede considerarse puramente druídica ya que en ella abundan los personajes y episodios de la historia cristiana. Pero ocasionalmente nos topamos con una corriente de pensamiento que, sea lo que fuere, ciertamente no es cristiana, y nos habla de un sistema filosófico independiente.
En este sistema se contemplan dos existencias primarias, Dios y Cythrawl, que representan respectivamente el principio de la energía que tiende a la vida y el principio de destrucción que tiende a la nada. Cythrawl se materializó en Annwn, que se traduce como el Abismo o el Caos. En el principio no había sino Dios y Annwn.

Una deidad llamada Myrddin ocupa en el ciclo mitológico de Arturo el lugar de Nudd, el dios del cielo y del sol. Una de las tríadas galesas nos dice que Gran Bretaña, antes de estar habitada, era llamada Clas Myrddin, el Claustro de Myrddin. Esto nos recuerda la costumbre irlandesa de llamar a cualquier sitio predilecto “redil del sol” –Deirdre aplica este nombre a su amado hogar escocés en Glen Etive–. El profesor Rhys sugiere que Myrddin era la deidad específica que adoraban en Stonehenge, la cual, según la tradición británica transmitida por Geoffrey de Monmouth, fue erigida por “Merlín”, el encantador, que representa la forma a que se redujo Myrddin bajo la influencia cristiana. Se cuenta que la morada de Merlín era una casa de cristal, o un monte de espinos cargados de flores, o una especie de humo o niebla en el aire, o “un recinto ni de hierro ni de acero, ni de madera ni de piedra, sino de aire sin ninguna otra cosa, mediante un encantamiento tan fuerte que jamás podrá deshacerse mientras el mundo perdure”.

La mitología, en el justo sentido del término, solo se encuentra allí donde el intelecto y la imaginación alcanzan un desarrollo superior al que de ordinario alcanza la mente del campesino: cuando los hombres comienzan a coordinar sus impresiones dispersas y sienten el impuso de emplearlas en creaciones poéticas que encarnen ideas universales. Está claro que no siempre puede trazarse una línea inequívoca entre mitología y folclore.
La literatura legendaria aquí presentada es la más antigua literatura no clásica de Europa.
Citando a Maldūn ante una de las maravillas encontradas en su viaje a la Tierra de las Hadas: “Lo que aquí vemos fue obra de hombres formidables”.

This is another great book about the Celtic and everything related to its myths and legends and if one travels through Ireland or Scotland, the earth simply transmits myths and legends everywhere. The role of the Celtic race as a constitutive influence in the history, literature and art of the people inhabiting the British Isles – a people who, from that center, has extended their dominion over a vast portion of the earth’s surface – has been seen unjustly relegated in the popular conscience. This has been largely due to the frequent use of the term “Anglo-Saxon” to refer to the British. Historically speaking, this word is very deceptive. Nothing justifies the election of two tribes of the Lower Germania to indicate the character of the lineage of the British people.
The true name of the population of these islands, and the typical and dominant segment of the population of the United States, is not Anglo-Saxon, but Anglo-Celtic. It is precisely the mixture of Germanic and Celtic elements that gives this town the fire, the élan, and in literature and art the sense of style, color and drama, which are not common fruits of the Germanic soil; Simultaneously, it confers a reflexivity and depth, a reverence for the old law and tradition and a passion for personal freedom, which are more or less strange in the Romance nations of southern Europe.
We must discard the idea that the Celtic world was inhabited by a single pure and homogeneous race. If we accept the meticulously studied and argued conclusion of Rice Holmes, backed in turn by the unanimous voice of antiquity, the true Celts were a tall and blond race, brave and imperious, whose place of origin (as far as we can trace) was near the sources of the Danube and that extended their dominion through the conquest and of the pacific infiltration by central Europe, the Gaul, Hispania and the British Islands. They did not exterminate the original settlers of these regions-Paleolithic and Neolithic terraces, dolmens builders and bronze workers-but they imposed their language, their arts and their traditions and took many of them, especially, as we shall see, in matter of religion. Among these races the Celts formed a ruling aristocratic caste.

The etymological history of some of these words is interesting. Amt, for example, a term of such importance in the modern German administration, goes back to the Celtic word ambhacts, which is composed of the words ambi, en torno, and actos, a past participle derived from the Celtic root ag-, meaning Act. Now, ambi descends from the primitive Indo-European mbhi, where the initial m is a kind of vowel, later represented in Sanskrit by a.
However, this Celtic aboriginal civilization, so attractive and promising in many ways, evidently had some defect or disability that prevented the Celtic peoples from resisting the onslaught of the ancient civilization of the Greco-Roman world, or that of the rude and youthful energy of the races. Teutonic The druids represented Celtic power.
It would be a mistake to suppose that for this reason the Celts were not in Europe a truly considerable force. His contribution to the culture of the western world was very significant. For about four centuries-roughly 500 to 900-Ireland was the refuge of knowledge and the source of the literary and philosophical culture of half of Europe. The metrical forms of Celtic poetry probably played a determining role in the structure of modern versification. The myths and legends of the Gaelic and Cimbrian peoples ignited the imagination of countless continental poets. It is true that the Celtic did not create any monumental literary work, nor did he create a stable or authoritarian system of government. His mind and heart were essentially lyrical and concrete. Each object or aspect of life impressed him vividly and moved him deeply; he was sensitive, extremely impressionable, but he did not see things in their broader context or in their more encompassing relationships. He had little capacity to found institutions, or to serve a principle; but it was and is, an indispensable and perennial vindicator of humanity against the tyranny of the principles and against the coldness and sterility of the institutions.
The Celt has always been a rebel against everything that does not possess the breath of life, against all forms of non-spiritual and purely external domination. It is also true that he has been too eager to enjoy the fruits of life without the long and patient preparation of the harvest, but he has lent and will continue to render infinite service to the modern world by insisting that the true fruit of life is the spiritual reality, that the vast mechanism of a material civilization will never be able to ignore without loss and pain.

The Irish, among the Celtic peoples, have the interest of having brought in the light of modern historical research many of the traits of an autochthonous Celtic civilization. However, there is one thing that they did not bring from the other side of the gulf that separates us from the ancient world: their religion.
It is not simply that they transformed it: they left it behind in such a way that all record of it has been lost. Saint Patrick, a Celtic who Christianized Ireland during the fifth century, has left us an autobiographical account of his mission, a document of enormous interest and the oldest existing record of British Christianity; but in it he says nothing of the doctrines he came to supplant.
The Celtic religion is much more than “druidism”.
The religions of the primitive peoples are centered or originate fundamentally in rites and practices related to the burial of the dead. The first inhabitants of which we have news in the Celtic territory of Western Europe are a race without name or known history, but we can find out a lot of them through their sepulchral monuments, which are still abundant. It was the so-called megalithic town.
The culture of these mountain Celts differed markedly from the Celtic culture of the lowlands. His age was the age of iron, not of bronze; they did not burn their dead (which they considered a dishonor), but buried them.
It is a fact that the Celtic conception of the kingdom of death differed totally from that of the Greeks and Romans and resembled, as I have already pointed out, that of the Egyptian religion. The Hereafter was not a place of darkness and suffering, but of light and liberation. The sun was a god both of this world and of the other. Evil, pain and darkness existed, and certainly the Irish Celts incarnated these principles in their myths of Balor and the fomoireos, of whom we will soon speak; but that they were especially associated with the idea of ​​death is, in my opinion, a false assumption based on a deceptive analogy with the ideas of classical cultures. At this point the Celts were governed more by North African or Asian conceptions than by those of the Aryans of Europe.

The spectacle of the universe, with all its vast and mysterious celestial and terrestrial phenomena, has excited the imagination, and then the speculative reason, of any people in possession of these abilities. The Celts possessed both in abundance; However, with the exception of that one phrase that has come to us through Strabo about the “indestructibility” of the universe, we know nothing of his first fantasies or reasoning about this topic. Ireland has a copious legendary literature. All this material, without doubt, adopted its current form in Christian times; but what has remained in him of essential paganism is so much so that it would be strange that Christian influences would have led to the suppression of everything in these ancient texts aimed at a non-Christian conception of the origin of things –

The mythological cycle includes the following sections:
1. The arrival of Partholón to Ireland.
2. The arrival of Nemed to Ireland.
3. The arrival of the Firbolg in Ireland.
4. The invasion of the Tuatha Dé Danann, or Village of the Goddess Dana.
5. The invasion of the Milesians (sons of Miled) of Spain and their conquest of the town of Dana.
With the Milesians we begin to enter into something similar to history – they represent, in Irish legends, the Celtic race; and supposedly from them descend the ruling families of Ireland. Obviously the people of Dana are gods. The colonizers or invaders who came before them are gigantic ghostly figures, who stand out vaguely among the mists of tradition, without a defined characterization.
The Nemedianos, were relatives of the partolanianos. Both came from the mysterious regions of the dead, although later Irish versions, trying to reconcile this mythical material with Christianity, invented for them a sacred ancestry and an origin in terrestrial regions such as Spain or Scythia.
Firblog seems to mean “men of the sacks” and in later times a legend was invented to explain this denomination. It was said that the Firbolg, having settled in Greece, were oppressed by the people of the country, who set them to haul land from the fertile valleys to the rocky hills, in order to convert these into arable land. For that task they used leather bags. In the end, fed up with that oppression, they made boats or boats with sacks and set sail for Ireland.
The invaders and mythical colonizers of Ireland, the town of Dana. His name, Tuatha Dé Danann, literally means “the people of the god whose mother is Dana”. This goddess, also sometimes known as Brigit, was very venerated in pagan Ireland; his legendary attributes were transferred to a great extent to the Christian saint Bridget of the sixth century. His name also appears in the inscriptions galas as “Brigindo” and appears in several British inscriptions as “Brigantia”

The Celtic people are associated with legends, the frequency with which their main characters and episodes have been commemorated in national toponyms that still survive. This happens with the Irish legends in general, but in the case of the Ulster cycle it is even more remarkable. Faithfully, through many centuries of darkness and oblivion, these names have pointed to the hidden treasures of heroic romance that our time is bringing back to light. The name of the village of Ardee, as we have seen, commemorates the tragic death of Ferdia at the hands of his “friend of heart”, the noblest of the Gaelic heroes. The ruins of Dūn Baruch, where Fergus was invited to the perfidious banquet, are still near the Moyle, whose waters plowed Naisi and Deirdre towards their doom. Ardnuchar, the Hill of the Shot of Honda, in Westmeath, reminds us the story of the majestic monarch, the tumult of expectant women and the enemy crouched with the deadly projectile that contained the revenge of Mesgedra. Armagh’s name, or Ard Macha, Macha’s Hill, treasures the memory of the Feral Bride and her heroic sacrifice, and on the green embankments can still be found the contours that the goddess of war drew with the pin of her brooch when founded the real strength of Ulster, in a previous legend. Perhaps no modern nation has toponyms so laden with legendary associations as those of Ireland. Poetry and myth are still closely linked to the earth itself: a fact that could be used as a tool for education, for the inspiration of the noblest type.

One of the most interesting and attractive relics of Ossian literature is the Colloquium of the ancients, Agallamh na Senorach, a long story dating back to around the thirteenth century. It has been published in a translation in the Silva Gadelica de O’Grady. More than a story, it is a collection of stories skillfully woven into a mythical structure. The Colloquium begins by presenting the figures of Keelta mac Ronan and Oisīn, son of Finn, each accompanied by eight warriors; they are the only ones that remain of the great brotherhood of the fianna after the battle of Gowra and the subsequent dispersion of the order. We are offered a vivid portrait of these old and gray-haired soldiers who have survived their time, reunited for the last time in the day of who was a famous warrior named Camha, making a melancholic recount of the past times, until it is settled on them a prolonged silence.
The Maldün Trip is just one of the many wonderful journeys we found in ancient Irish literature, but it is believed that it was the first and the one that served as a model; he is also distinguished by the fact that, in the abridged and modified version that joyce offers in his old Celtic romances, it served as the theme of Tennyson’s Journey of Maldune, who transformed it into a wonderful creation of rhythm and color, which embodies a kind of allegory of Irish history. Towards the end we will see that we are in the unusual juncture of knowing the name of the author of this primitive text, although he does not claim to have composed it, but only to have “put in order” the incidents of the Journey. Unfortunately we do not know in what period he lived, but the story as it has come to us probably dates from the ninth century. Its atmosphere is completely Christian, and it has no mythological meaning except that it teaches the lesson of obeying the oracular commandments of magicians.

The absence in the Celtic literature of all cosmogony, or philosophical account of the origin and constitution of things. In Gaelic literature there is nothing, as far as we know, that pretends to even represent the primitive Celtic thought on this subject. In Wales, the same does not happen. Here has existed for a long time a body of teachings that aims to contain a portion, at least, of that Druidic thought.
This doctrine is found mainly in two volumes entitled Barddas, a compilation of materials that was in the hands of a bard and Welsh scholar named Lewellyn Sion, Glamorgan, towards the end of the sixteenth century. Modern scholars of Celtic culture disdain the pretensions of works such as this to treasure any truly ancient thought. For example, Ivor B. John says: “It is necessary to completely discard any notion of a bardic esoteric doctrine that involves a pre-Christian mythical philosophy.”
Barddas is a work of considerable philosophical interest, and if it represented nothing other than a certain current of Welsh thought of the sixteenth century, it would not fail to deserve the interest of the student of Celtic culture. It can not even be considered purely druidical, since the characters and episodes of Christian history abound in it. But occasionally we come across a current of thought that, whatever it may be, is certainly not Christian, and speaks to us of an independent philosophical system.
In this system two primary existences, God and Cythrawl, are contemplated, which respectively represent the principle of the energy that tends to life and the principle of destruction that tends to nothing. Cythrawl materialized in Annwn, which translates as the Abyss or Chaos. In the beginning there was nothing but God and Annwn.

A deity called Myrddin occupies in the mythological cycle of Arthur the place of Nudd, the god of the sky and the sun. One of the Welsh triads tells us that Britain, before being inhabited, was called Clas Myrddin, the Myrddin Cloister. This reminds us of the Irish custom of calling any favorite place “sun’s fold” -Deirdre applies this name to his beloved Scottish home in Glen Etive-. Professor Rhys suggests that Myrddin was the specific deity they worshiped at Stonehenge, which, according to the British tradition transmitted by Geoffrey of Monmouth, was erected by “Merlin”, the charming one, which represents the form to which Myrddin was reduced under the influence Christian It is said that the dwelling of Merlin was a house of glass, or a mountain of thorns laden with flowers, or a kind of smoke or mist in the air, or “an enclosure neither of iron nor of steel, neither of wood nor of stone , but of air without anything else, by an enchantment so strong that it can never be undone while the world lasts. ”

Mythology, in the true sense of the term, is found only where the intellect and the imagination reach a higher development than that which ordinarily reaches the mind of the peasant: when men begin to coordinate their scattered impressions and feel the imposition of employing them in poetic creations that embody universal ideas. It is clear that an unequivocal line between mythology and folklore can not always be drawn.
The legendary literature presented here is the oldest non-classical literature in Europe.
Citing Maldūn before one of the wonders found on his trip to the Land of the Fairies: “What we see here was the work of formidable men.”

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