Mitos y leyendas celtas — T. W. Rolleston

Este es otro magnífico libro sobre lo celta y todo lo relacionado con sus mitos y leyendas y si uno viaja por Irlanda o Escocia, simplemente la tierra te transmite mitos y leyendas por doquier. El papel de la raza celta como influencia constitutiva en la historia, la literatura y el arte del pueblo que habita las Islas británicas –un pueblo que, desde ese centro, ha extendido su dominio sobre una vasta porción de la superficie terrestre– se ha visto injustamente relegado en la conciencia popular. Ello se ha debido en gran medida al uso frecuente del término “anglosajón” para aludir a los británicos. Históricamente hablando, este vocablo resulta bien engañoso. Nada justifica la elección de dos tribus de la Baja Germania para indicar el carácter de la estirpe del pueblo británico.
El verdadero nombre de la población de estas islas, y del segmento típico y dominante de la población de Estados Unidos, no es anglosajones, sino angloceltas. Es justamente la mezcla de elementos germánicos y celtas lo que otorga a este pueblo el fuego, el élan, y en literatura y arte el sentido del estilo, color y drama, que no son frutos comunes del suelo germánico; simultáneamente, le confiere una reflexividad y profundidad, una reverencia por la antigua ley y la tradición y una pasión por la libertad personal, que son más o menos extrañas en las naciones romances del sur de Europa.
Hemos de descartar la idea de que el mundo celta fue habitado por una única raza pura y homogénea. Si aceptamos la conclusión meticulosamente estudiada y argumentada de Rice Holmes, respaldada a su vez por la voz unánime de la Antigüedad, los verdaderos celtas fueron una raza alta y rubia, aguerrida e imperiosa, cuyo lugar de origen (hasta donde podemos rastrearlo) se hallaba cerca de las fuentes del Danubio y que extendieron su dominio a través de la conquista y de la infiltración pacífica por Europa central, la Galia, Hispania y las Islas británicas. No exterminaron a los pobladores originales de estas regiones –razas paleolíticas y neolíticas, constructores de dólmenes y trabajadores del bronce–, pero les impusieron su lengua, sus artes y sus tradiciones y tomaron a su vez mucho de ellos, especialmente, como veremos, en materia de religión. Entre estas razas los celtas formaron una casta aristocrática gobernante.

La historia etimológica de algunas de estas palabras resulta interesante. Amt, por ejemplo, un término de tanta importancia en la administración alemana moderna, se remonta al vocablo céltico ambhactos, que está compuesto por las palabras ambi, en torno, y actos, un participio pasado derivado de la raíz celta ag-, que significa actuar. Ahora bien, ambi desciende del indoeuropeo primitivo mbhi, donde la m inicial es una especie de vocal, posteriormente representada en sánscrito por la a.
Sin embargo, esta civilización aborigen celta, tan atractiva y prometedora en muchos aspectos, tenía evidentemente algún defecto o discapacidad que impedía a los pueblos celtas resistir el embate de la antigua civilización del mundo grecorromano, o el de la ruda y juvenil energía de las razas teutónicas. Los druidas representaban el poder celta.
Sería un error suponer que por esta razón los celtas no fueron en Europa una fuerza verdaderamente considerable. Su contribución a la cultura del mundo occidental fue muy significativa. Durante unos cuatro siglos –aproximadamente del 500 al 900–, Irlanda fue el refugio del conocimiento y la fuente de la cultura literaria y filosófica de media Europa. Las formas métricas de la poesía celta probablemente jugaron un papel determinante en la estructura de la versificación moderna. Los mitos y leyendas de los pueblos gaélicos y cimbrios encendieron la imaginación de un sinfín de poetas continentales. Cierto que el celta no creó ninguna obra literaria monumental, como tampoco logró crear un sistema de gobierno estable o autoritario. Su mente y su corazón eran esencialmente líricos y concretos. Cada objeto o aspecto de la vida lo impresionaba vívidamente y lo conmovía profundamente; era sensible, impresionable en grado sumo, pero no veía las cosas en su mayor contexto ni en sus relaciones más abarcadoras. Tenía poca capacidad para fundar instituciones, o para servir a un principio; pero fue y es, un indispensable y perenne reivindicador de la humanidad contra la tiranía de los principios y contra la frialdad y esterilidad de las instituciones.
El celta ha sido siempre un rebelde contra todo lo que no posea el aliento de la vida, contra toda forma de dominación no espiritual y puramente externa. También es cierto que ha estado demasiado ansioso por gozar de los frutos de la vida sin la larga y paciente preparación de la cosecha, pero ha prestado y aún continuará prestando un infinito servicio al mundo moderno al insistir en que el verdadero fruto de la vida es la realidad espiritual, que el vasto mecanismo de una civilización material nunca podrá desconocer sin pérdida y dolor.

Los irlandeses, entre los pueblos celtas, poseen el interés de haber traído a la luz de la investigación histórica moderna muchos de los rasgos de una civilización celta autóctona. Sin embargo, hay una cosa que no trajeron desde el otro lado del golfo que nos separa del mundo antiguo: su religión.
No se trata simplemente de que la transformaran: la dejaron atrás de tal modo que se ha perdido todo registro de ella. San Patricio, un celta que cristianizó Irlanda durante el siglo v, nos ha dejado un relato autobiográfico de su misión, un documento de enorme interés y el más antiguo registro existente de la cristiandad británica; pero en él no dice nada de las doctrinas que vino a suplantar.
La religión celta es mucho más que “druidismo”.
Las religiones de los pueblos primitivos se centran o se originan fundamentalmente en ritos y prácticas relacionadas con el enterramiento de los muertos. Los primeros habitantes de los que tenemos noticia en el territorio celta de Europa occidental son una raza sin nombre ni historia conocida, pero podemos averiguar mucho de ellos a través de sus monumentos sepulcrales, que tanto abundan todavía. Fue el llamado pueblo megalítico.
La cultura de estos celtas de las montañas difería notablemente de la cultura de los celtas de las tierras bajas. Su edad era la edad del hierro, no del bronce; no quemaban a sus muertos (lo cual consideraban un deshonor), sino que los enterraban.
Es un hecho que la concepción céltica del reino de la muerte difería totalmente de la que tenían los griegos y los romanos y se asemejaba, como ya he señalado, a la de la religión egipcia. El Más Allá no era un sitio de oscuridad y sufrimientos, sino de luz y liberación. El sol era un dios tanto de este mundo como del otro. El mal, el dolor y la oscuridad existían, y sin duda los celtas irlandeses encarnaron estos principios en sus mitos de Balor y los fomoireos, de quienes pronto hablaremos; pero que estuvieran especialmente asociados a la idea de la muerte es, en mi criterio, una suposición falsa basada en una analogía engañosa con las ideas de las culturas clásicas. En este punto los celtas se regían más por concepciones norteafricanas o asiáticas que por las de los arios de Europa.

El espectáculo del universo, con todos sus vastos y misteriosos fenómenos celestes y terrestres, ha excitado la imaginación, y después la razón especulativa, de cualquier pueblo en posesión de estas habilidades. Los celtas poseían ambas en abundancia; sin embargo, a excepción de aquella única frase que nos ha llegado a través de Estrabón acerca de la “indestructibilidad” del universo, nada sabemos de sus primeras fantasías o razonamientos en torno a este tema. Irlanda cuenta con una copiosa literatura legendaria. Todo este material, sin duda, adoptó su forma actual en tiempos del cristianismo; pero lo que ha quedado en él de paganismo esencial es tanto, que sería raro que las influencias cristianas hubiesen llevado a la supresión de todo cuanto en estos textos antiguos apuntaba a una concepción no cristiana del origen de las cosas –

El ciclo mitológico comprende las siguientes secciones:
1. La llegada de Partholón a Irlanda.
2. La llegada de Nemed a Irlanda.
3. La llegada de los firbolg a Irlanda.
4. La invasión de los Tuatha Dé Danann, o Pueblo de la Diosa Dana.
5. La invasión de los milesios (hijos de Miled) de España y su conquista del pueblo de Dana.
Con los milesios comenzamos a adentrarnos en algo parecido a la historia –ellos representan, en las leyendas irlandesas, a la raza céltica; y supuestamente de ellos descienden las familias gobernantes de Irlanda–. Evidentemente el pueblo de Dana son dioses. Los colonizadores o invasores que vinieron antes que ellos son gigantescas figuras fantasmales, que se destacan vagamente entre las nieblas de la tradición, sin una caracterización definida.
Los nemedianos, eran parientes de los partolanianos. Ambos provenían de las misteriosas regiones de los muertos, aunque posteriores versiones irlandesas, procurando reconciliar este material mítico con el cristianismo, inventaron para ellos una ascendencia sagrada y un origen en regiones terrenales como España o Escitia.
Firblog parece significar “hombres de los sacos” y en épocas posteriores se inventó una leyenda para explicar esta denominación. Se decía que los firbolg, habiéndose asentado en Grecia, fueron oprimidos por la gente del país, que los pusieron a acarrear tierra desde los fértiles valles hasta las colinas rocosas, a fin de convertir estas en terrenos cultivables. Para esa tarea utilizaban sacos de cuero. Al final, hartos de aquella opresión, fabricaron botes o barcas con los sacos y zarparon rumbo a Irlanda.
Los invasores y colonizadores míticos de Irlanda, el pueblo de Dana. Su nombre, Tuatha Dé Danann, significa literalmente “el pueblo del dios cuya madre es Dana”. Esta diosa, también conocida a veces con el nombre de Brigit, fue muy venerada en la Irlanda pagana; sus atributos legendarios fueron transferidos en gran medida a la santa Brígida cristiana del siglo VI. Su nombre también aparece en las inscripciones galas como “Brigindo” y figura en varias inscripciones británicas como “Brigantia”

El pueblo celta se asocia a leyendas, la frecuencia con que sus principales personajes y episodios han sido conmemorados en topónimos nacionales que aún perduran. Esto sucede con las leyendas irlandesas en general, pero en el caso del ciclo de Ulster resulta aún más notable. Fielmente, a lo largo de muchos siglos de oscuridad y olvido, estos nombres han señalado los tesoros ocultos del romance heroico que nuestro tiempo está sacando nuevamente a la luz. El nombre del pueblito de Ardee, como hemos visto, conmemora la trágica muerte de Ferdia a manos de su “amigo de corazón”, el más noble de los héroes gaélicos. Las ruinas de Dūn Baruch, donde Fergus fue invitado al pérfido banquete, siguen estando cerca del Moyle, cuyas aguas surcaron Naisi y Deirdre hacia su perdición. Ardnuchar, la Colina del Tiro de Honda, en Westmeath, nos recuerda la historia del majestuoso monarca, el tumulto de mujeres expectantes y el enemigo agazapado con el proyectil mortal que contenía la venganza de Mesgedra. El nombre de Armagh, o Ard Macha, la Colina de Macha, atesora el recuerdo de la Novia Feérica y su heroico sacrificio, y en los verdes terraplenes todavía pueden hallarse los contornos que la diosa de la guerra trazó con el prendedor de su broche cuando fundara la fortaleza real de Ulster, en una leyenda anterior. Acaso ninguna nación moderna tiene topónimos tan cargados de asociaciones legendarias como los de Irlanda. Poesía y mito siguen estando en ella estrechamente ligados a la tierra misma: un hecho que se podría emplear como herramienta para la educación, para la inspiración del tipo más noble.

Una de las reliquias más interesantes y atractivas de la literatura osiánica es el Coloquio de los antiguos, Agallamh na Senorach, un largo relato que data de alrededor del siglo XIII. Ha sido publicado en una traducción en la Silva Gadelica de O’Grady. Más que una historia es una colección de historias hábilmente hilvanadas en una estructura mítica. El Coloquio comienza presentándonos las figuras de Keelta mac Ronan y Oisīn, hijo de Finn, cada uno acompañado por ocho guerreros; ellos son los únicos que quedan de la gran hermandad de los fianna tras la batalla de Gowra y la subsiguiente dispersión de la orden. Se nos ofrece un vívido retrato de estos viejos y encanecidos soldados que han sobrevivido a su época, reunidos por última vez en el dūn de quien fuera una famosa guerrera llamada Camha, haciendo un melancólico recuento de los tiempos pasados, hasta que se asienta sobre ellos un prolongado silencio.
El Viaje de Maldūn es tan solo uno de los muchos viajes maravillosos que encontramos en la antigua literatura irlandesa, pero se cree que fue el primero y el que sirvió de modelo; también lo distingue el hecho de que, en la versión abreviada y modificada que ofrece joyce en sus Viejos romances celtas, sirvió de tema al Viaje de Maldune de Tennyson, quien lo transformó en una maravillosa creación de ritmo y color, que encarna una especie de alegoría de la historia irlandesa. Hacia el final veremos que nos hallamos en la inusual coyuntura de conocer el nombre del autor de este texto primitivo, aunque él no afirme haberlo compuesto, sino solo haber “puesto en orden” los incidentes del Viaje. Desgraciadamente no sabemos en qué periodo vivió, pero el cuento como ha llegado a nosotros probablemente data del siglo ix. Su atmósfera es completamente cristiana, y no posee ningún significado mitológico salvo por cuanto enseña la lección de que hay que obedecer los mandamientos oraculares de los magos.

La ausencia en la literatura céltica de toda cosmogonía, o relato filosófico del origen y constitución de las cosas. En la literatura gaèlica no hay nada, hasta donde sabemos, que pretenda siquiera representar el pensamiento céltico primitivo sobre este tema. En Gales no ocurre lo mismo. Aquí ha existido desde hace tiempo un cuerpo de enseñanzas que pretende contener una porción, al menos, de aquel pensamiento druídico.
Esta doctrina se encuentra principalmente en dos volúmenes titulados Barddas, una compilación de materiales que se hallaba en manos de un bardo y erudito galés llamado Lewellyn Sion, de Glamorgan, hacia finales del siglo XVI. Los estudiosos modernos de la cultura celta desdeñan las pretensiones de obras como esta de atesorar cualquier pensamiento verdaderamente antiguo. Por ejemplo, Ivor B. John dice: “Es preciso descartar por completo toda noción de una doctrina esotérica bárdica que involucre una filosofía mítica precristiana”.
Barddas es una obra de considerable interés filosófico, y si no representara otra cosa que cierta corriente del pensamiento galés del siglo XVI, no dejaría de merecer el interés del estudioso de la cultura celta. Ni siquiera puede considerarse puramente druídica ya que en ella abundan los personajes y episodios de la historia cristiana. Pero ocasionalmente nos topamos con una corriente de pensamiento que, sea lo que fuere, ciertamente no es cristiana, y nos habla de un sistema filosófico independiente.
En este sistema se contemplan dos existencias primarias, Dios y Cythrawl, que representan respectivamente el principio de la energía que tiende a la vida y el principio de destrucción que tiende a la nada. Cythrawl se materializó en Annwn, que se traduce como el Abismo o el Caos. En el principio no había sino Dios y Annwn.

Una deidad llamada Myrddin ocupa en el ciclo mitológico de Arturo el lugar de Nudd, el dios del cielo y del sol. Una de las tríadas galesas nos dice que Gran Bretaña, antes de estar habitada, era llamada Clas Myrddin, el Claustro de Myrddin. Esto nos recuerda la costumbre irlandesa de llamar a cualquier sitio predilecto “redil del sol” –Deirdre aplica este nombre a su amado hogar escocés en Glen Etive–. El profesor Rhys sugiere que Myrddin era la deidad específica que adoraban en Stonehenge, la cual, según la tradición británica transmitida por Geoffrey de Monmouth, fue erigida por “Merlín”, el encantador, que representa la forma a que se redujo Myrddin bajo la influencia cristiana. Se cuenta que la morada de Merlín era una casa de cristal, o un monte de espinos cargados de flores, o una especie de humo o niebla en el aire, o “un recinto ni de hierro ni de acero, ni de madera ni de piedra, sino de aire sin ninguna otra cosa, mediante un encantamiento tan fuerte que jamás podrá deshacerse mientras el mundo perdure”.

La mitología, en el justo sentido del término, solo se encuentra allí donde el intelecto y la imaginación alcanzan un desarrollo superior al que de ordinario alcanza la mente del campesino: cuando los hombres comienzan a coordinar sus impresiones dispersas y sienten el impuso de emplearlas en creaciones poéticas que encarnen ideas universales. Está claro que no siempre puede trazarse una línea inequívoca entre mitología y folclore.
La literatura legendaria aquí presentada es la más antigua literatura no clásica de Europa.
Citando a Maldūn ante una de las maravillas encontradas en su viaje a la Tierra de las Hadas: “Lo que aquí vemos fue obra de hombres formidables”.

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