La armada invencible — Garrett Mattingly / The Defeat of the Spanish Armada by Garrett Mattingly

Esta es una muy buena novela que profundiza en los mitos de la Armada y ese es el punto central de interés para mí, donde debemos tener claros unos conceptos, mientras que los españoles adoptamos con docilidad el epíteto de «Invencible» que sarcásticamente acuñaran los partidarios de la Leyenda Negra, en la historiografía inglesa se le reserva con exclusividad y de forma un tanto altisonante el sustantivo «the Armada», como si aquél hubiera sido el único y definitivo enfrentamiento naval ocurrido entre ambas potencias a lo largo de toda la historia.

Ni siquiera por arte de magia el choque de las fuerzas irreconciliables no podía ser aplazado indefinidamente. Cada paso que el coloso español de los pies de plomo daba en Europa, hacía más inmediato el choque. En Europa ya no existía equilibrio; sólo una fatal dicotomía que tenía que resolverse por la violencia. Burghley se había rendido a la evidencia. Isabel lo sabía. Había enviado a Drake a saquear las Indias con una flotilla de sus buques de guerra; había enviado a Leicester a Holanda, al frente de tropas inglesas, y había aceptado, aunque contra su voluntad, la jefatura de la causa protestante en Europa que el asesinato de Guillermo el Taciturno había puesto en sus manos. Pero nada de ello le agradaba. El viaje de Drake a Cartagena había humillado a España exacerbando a los españoles, pero no infligió ningún serio golpe al poderío español y ni siquiera proporcionó un beneficio decente. La estancia de Leicester en los Países Bajos constituía una continua preocupación y también casi un desastre continuo. El dinero que Isabel concienzudamente dejaba caer en los cofres holandeses (nadie, aparte de ella, parecía darse cuenta de que tenían muy poco) desaparecía en las movedizas arenas sin beneficios para los soldados.
Mientras que en el retiro de El Escorial Felipe iba meditando las consecuencias de la muerte de María Estuardo, por los alrededores de la corte inglesa en Greenwich deambulaba un individuo, un hombre de mar, que dudaba menos que Felipe de la misión que Dios le había encomendado en este mundo, porque desde hacía mucho más tiempo que el propio Felipe estaba seguro de que el plan del Todopoderoso era una guerra entre ellos dos. Al igual que Felipe, Francis Drake aprendió de su padre los ludimientos de su misión en el mundo, y aunque éste sólo era clérigo rural de Devonshire, aceptó aquél sus enseñanzas con el mismo respeto que Felipe recibiera las del emperador del Sacro Imperio Romano. Pese a todas sus diferencias temperamentales, el rey Felipe y sir Francis Drake coincidían en una indiscutible abnegación filial con la que mantenían sus convicciones básicas.
Sin embargo, la guerra particular de Drake contra España no era una herencia recibida ni había surgido de algo tan abstracto como un sentimiento de deber, religioso o público. Se produjo, como la guerra privada de Sansón contra los filisteos, por causa de una grave ofensa personal. En su juventud, Francis Drake había estado en el puerto de San Juan de Ulloa con John Hawkins cuando los barcos armados de este próspero comerciante fueron repentinamente atacados y vencidos por la armada de la Nueva España.

Isabel era más sensible a las preocupaciones económicas de sus súbditos que ningún otro monarca de la época y más consciente de la relación existente entre la prosperidad nacional y los ingresos de la corona. Por otra parte, le sobraban razones inmediatas para sentir preocupación por el dinero. Aunque los holandeses se quejaban de su tacañería —tanto como sus propios capitanes—, la reina llevaba enterradas decenas de miles de libras esterlinas en las guerras de los Países Bajos, dinero que desapareció rápidamente como tragado por arenas movedizas. Irlanda, de momento, estaba tranquila, pero su calma nunca duraba mucho y la guerra con España a buen seguro haría surgir allí nuevas dificultades. En la última reunión del Parlamento se había hablado mucho en contra de los españoles, pero Isabel conocía lo bastante a sus súbditos para comprender que, pese a su antagonismo hacia España y el Papado, una guerra en los Países Bajos, otra en Irlanda y otra en el océano y a lo largo de las costas españolas significaba un precio demasiado alto del que estaban dispuestos a pagar.
Incluso con la certeza de que podía permitirse el lujo de tres guerras simultáneas, Isabel no habría visto con agrado esto.

El mal tiempo y el deficiente almacenaje de víveres preocupaba a los capitanes ingleses tanto como a los españoles. Los barcos de la reina que en el mes de abril se hallaban dispuestos a zarpar eran aprovisionados por un primitivo sistema, es decir, sin método alguno. Se les entregaban de una vez las raciones para un mes entero y hasta agotarse éstas no se les suministraba de nuevo. Desesperado, el Lord Almirante escribió desde Margate: «Nos toca ahora avituallamiento para el 20 de abril y esos suministros han de duramos hasta el 18 de mayo… (Según informes recibidos) el momento apropiado para la llegada de las fuerzas españolas parece ser a mediados de mayo, es decir, hacia el 15. Por entonces tendremos provisiones para sólo tres días. No encuentro sensatez en todo ello.» Seguidamente se extendió en consideraciones acerca de lo muchísimo mejor que hubiese ido todo en tiempos de «el rey Enrique, padre de su majestad».
Howard se equivocaba en sus cálculos históricos, pero no en su logística. Lord Burghley, a quien iba dirigida la carta, comprendió que si bien en el pasado todo se habría llevado de igual forma, había llegado el momento de cambiar.
Flotas como aquellas eran algo nuevo en el mundo. Nadie había visto nunca hasta la fecha una lucha como la que se estaba preparando. Y nadie, tampoco, sabía hasta dónde podían llegar las nuevas armas o con qué táctica resultarían más efectivas. Estaban: en el comienzo de una nueva era en el arte militar en los mares. Era como el amanecer del largo día en que el barco de guerra con paredones de madera, impulsado a vela y dotado de cañones de ánima lisa, se convertiría en rey de las batallas, día para el cual, los barcos a vapor, acorazados y con cañones ligeros habían dé ser sólo el crepúsculo, de modo que los anticuarios del futuro probablemente reúnan ambos modelos y los muestren cuando hayan encontrado un nombre con que designar esta era que nosotros, ahora, llamamos «moderna». En un principio no existía nombre para el barco de guerra ni se tenía idea de cómo iba a ser usado. Aquella mañana, a la altura del Eddystone, nadie, en las dos flotas, tenía idea de cómo desarrollar una batalla «moderna». Nadie en el mundo lo sabía.

Lo exasperante en las informaciones de la época sobre la campaña de la Armada es que sólo permiten entrever lo ocurrido como a través de un remolino de niebla. Hay momentos en que el bosquejo principal queda bastante claro, pero los detalles son confusos; determinadas escenas, ocasionalmente, están bien reflejadas pero en otros momentos todo resulta completamente oscuro. La versión oficial inglesa de los hechos se limita a decir:
«Nuestra flota, en malas condiciones de visibilidad —debido a que sir Francis Drake abandonó su puesto de guía para ir en persecución de unas urcas—, quedó rezagada sin saber en pos de quién avanzar.”
La amarga lección recibida por los españoles fue que, aun con el barlovento a su favor, no podían dar alcance al enemigo para abordarle, pues los barcos ingleses eran lo suficientemente rápidos y lo bastante buenos en la navegación de bolina como para mantenerse a la distancia que deseasen. Los españoles, unánimemente, decidieron que el enemigo hacía bien en confiar en sus cañones, pues las piezas inglesas eran mayores y de más largo alcance que las suyas y sus artilleros más adiestrados gracias a lo cual podían disparar con más rapidez. (En ambas flotas se creía que con rapidez tres veces mayor, aunque debió de ser cosa difícil de calcular.)
En cuanto a los ingleses, su lección amarga fue comprobar que frente a la disciplina española la escogida táctica resultaba inútil. No es que esperasen hundir a casi todos los barcos españoles en el primero o el segundo encuentro, pero sí creyeron hacer blanco en los galeones, inutilizándolos uno tras otro hasta conseguir su retirada y el consiguiente hundimiento. Pero hasta aquel momento sólo habían logrado suprimir dos barcos enemigos, el Nuestra Señora del Rosario y la urca San Salvador, y aunque los ingleses creyeron que sus cañones habían contribuido al hecho, lo cierto es que, en ambos casos, la circunstancia se debió a accidente fortuito.

La artillería de ambos bandos tuvo que ser bastante deficiente. Con los cañones de los barcos del siglo XVI era difícil apuntar y también disparar y por supuesto un error que a cincuenta yardas resultaba sin importancia inutilizaba por completo el disparo cuando la distancia era de quinientas. No obstante, con mejor adiestramiento las dotaciones de ambos bandos habrían conseguido un mejor resultado. Casi ningún artillero de la Armada había disparado con anterioridad un cañón desde la cubierta de un barco y aunque la flota inglesa contaba con algunos experimentados no eran los suficientes. Los españoles admiraban la rapidez de los ingleses al disparar. Acerca de su puntería se reservaban la opinión. Entre los ingleses, un aficionado como Howard podía aplaudir la actuación de su artillería, pero un veterano profesional como William Thomas no ocultaba su consternación. «Lo único que podemos decir es que la culpa fue nuestra», escribió a Burghley después de la batalla, «si tanta pólvora y tantas municiones y tanto tiempo de lucha sirvieron para hacer, en comparación, tan poco daño». Con todo, la artillería inglesa era mejor que la española. Tras una semana en el Canal, la flota española era la que mayor cantidad de desperfectos había producido.

En las cercanías de Irlanda y Escocia se produjo la mayoría de naufragios de las naves de guerra de la Armada, exceptuando los ocurridos en acción de guerra. En el cabo Lizard, el 30 de julio, había sesenta y ocho. El 3 de septiembre, Medina Sidonia todavía contó cuarenta y cuatro, precisamente los que habían obedecido sus órdenes siguiendo el rumbo que él les fijó. Todos volvieron a la patria, incluso los diez galeones de la guardia de las Indias, siete de los diez galeones de Portugal, ocho de los andaluces, siete de la escuadra de Oquendo y seis de la de Recalde. Únicamente los levantinos quedaron reducidos a la mínima expresión. De diez grandes naves sólo quedaron dos.
Quién condujo en realidad la destrozada flota en la última etapa de su viaje, es cosa que se ignora todavía. El capitán Marolín de Juan, veterano marino y eficiente navegante, que habría debido hacerlo, quedó rezagado involuntariamente en Dunquerque. A bordo del San Martín había cuatro pilotos, uno de ellos inglés. Tres murieron en alta mar. Así, pues, tuvo que ser forzosamente el cuarto quien llevase la nave capitana, navegando de popa con viento del Oeste hasta más allá de La Coruña, para finalmente gobernarla hasta su recalada a la altura de Santander. Su nombre nunca se ha sabido.
También en Inglaterra se rumoreaba que el alto mando no llevó bien las cosas. ¿Por qué no habían destrozado por completo a los españoles? ¿Por qué el Lord Almirante temió acercarse a ellos? (En España se planteaban las mismas preguntas, ciertamente absurdas, con respecto a Medina Sidonia).
En una reciente narración se dice con toda claridad: «La batalla fue obra de Howard. Howard fue el vencedor.» Incluso se observa que Howard llevó las operaciones del mejor modo posible para no correr demasiado riesgo, añadiéndose que ningún otro almirante pudo haber actuado mejor. Últimamente también se tiende a hablar con simpatía de Medina Sidonia. Se reconoce su valor y su habilidad administrativa aunque nadie haya afirmado aún que no podía haberlo hecho mejor. Cabe, sin embargo, asegurar que nadie, en su caso, habría mejorado su acción. Con excepción de que le hubiera sido posible detener al Ark Royal y a sus dos acompañantes aquel lunes por la mañana a la altura de Tor Bay, es difícil señalar un error en su comportamiento que afectase el resultado de la campaña. Hay que reconocer que todas sus decisiones, incluyendo la de anclar en Calais y la elección de la ruta de regreso, fueron tan acertadas como valiente fue su comportamiento personal. No es que a los muertos les importe mucho que las generaciones futuras les hagan justicia, pero a los vivos sí debe importarles, aunque sea con retraso, hacerla.

Felipe no tuvo oportunidad de demostrar su famosa serenidad ante el inesperado desastre porque la extensión de la derrota le llegó poco a poco. Antes de que el duque anclase en Santander, el rey había leído la carta de Medina Sidonia de fecha 21 de agosto, acompañada de su Diario, y oído también el descorazonador relato del capitán Baltasar de Zúñiga. Había tenido también una narración del duque de Parma sobre el fracasado encuentro, y más tarde el rumor de los naufragios en la costa irlandesa. Tampoco es concebible que Felipe culpara de modo tan súbito a los vientos y las olas de Dios (por quien su flota había zarpado) teniendo en cuenta que, según el Diario de Medina Sidonia, hasta el 21 de agosto la Armada había gozado de tiempo favorable.
Es muy posible que Felipe afrontara con dignidad y firmeza las malas nuevas, pero la entereza que se puede esperar del ser humano es siempre limitada. Aquel otoño el rey estuvo muy enfermo.
Entretanto el rey tenía que enfrentarse con la situación. El primer paso fue una carta a los obispos españoles con fecha 13 de octubre. Tras comunicarles un resumen de las noticias ya conocidas y recordarles la inseguridad de una guerra en el mar, seguía diciendo el rey: «Debemos loar a Dios por cuanto El ha querido que ocurriese. Ahora le doy gracias por la clemencia demostrada. Durante las tormentas que la Armada hubo de soportar, ésta podría haber corrido peor suerte; que su infortunio no fuese mayor se debe a las plegarias que por su éxito, devota y continuamente, se ofrecieron.» Cortésmente pide a los obispos que sean interrumpidas las rogativas, ya que era poco probable que regresasen más naves. Así pues, en España, casi desde el principio, se empezó a atribuir la derrota de la Armada a los designios de Dios.
Resulta fácil entender por qué ingleses y holandeses se adhirieron a la creencia. «Dios sopló y fueron dispersados», dice la inscripción en una insignia que en recuerdo de la Armada creó la reina Isabel.

Los historiadores están de acuerdo en afirmar que la derrota de la Armada española fue una batalla decisiva. Realmente una de las batallas decisivas para la historia del mundo. Pero en lo que ya no coinciden es en definir qué es lo que decidió. En todo caso, no fue el problema de la guerra entre España e Inglaterra, ya que éste siguió igualmente latente. A pesar de que ninguna flota se enfrentó con Drake y sólo algunas tropas locales se opusieron al avance de Norris, el ataque inglés a Portugal, en 1589, terminó con el más rotundo de los fracasos, la guerra continuó todavía catorce años más, es decir, de hecho continuó mientras vivió la reina Isabel, para terminar en algo así como una retirada. Según algunos historiadores, la derrota de la Armada «marca el ocaso del imperio colonial español y el comienzo del británico».
Los más antiguos historiadores, Froude y Motley, Ranke y Michelet, dicen que la derrota de la Armada fue decisiva para que la Contrarreforma no triunfase en Europa entera, lo que es una teoría mucho mejor. Puede que Medina Sidonia no pudiese hacer nada más para ganar la batalla, pero Howard, ciertamente, habría podido perderla.
No obstante, parece más verosímil que, aun cosechando los españoles una victoria en el mar, el aspecto final de Europa, al ser restablecida la paz, no resultase tan distinto. Felipe y sus consejeros militantes soñaban en una gran cruzada que barriese la herejía…
Para los observadores de ambos bandos, el resultado, debido en gran parte —según creencia general— a una extraordinaria tempestad, fue verdaderamente decisivo. Los protestantes de Francia, Holanda, Alemania y Escandinavia comprobaron con satisfacción que Dios estaba en realidad (como siempre supusieron) de su parte. Los católicos de Francia, Italia y Alemania aseveraron casi con el mismo agrado que España no era, después de todo, el campeón elegido de Dios. Desde entonces, y aunque la preponderancia española se mantuviese durante otra generación, la cima de su prestigio decreció; Francia, muy en particular, tras el golpe de Estado de Enrique III en Blois, volvió a su punto de equilibrio contra la casa de Austria, y a ser, en consecuencia, principal mantenedora de las libertades de Europa mientras éstas se viesen amenazadas por los Habsburgos. Sin la victoria de Inglaterra en Gravelinas y su ratificación por las noticias llegadas de Irlanda, Enrique III quizá nunca habría tenido valor para librarse del yugo de la Santa Alianza y la subsiguiente historia de Europa pudo haber sido incalculablemente distinta.

El episodio de la Armada, al diluirse en el pasado, ha influido en la historia en otro sentido. Su leyenda, engrandecida y falseada por una dorada niebla, se convirtió en heroica apología de la defensa de la libertad contra la tiranía, mito eterno de la victoria del débil sobre el fuerte, triunfo de David sobre Goliat. Levantó los corazones de los hombres en las horas tristes y les llevó a decirse el uno al otro: «Lo que se hizo una vez puede hacerse de nuevo.» Precisamente por esto, la leyenda de la derrota de la Armada española llegó a ser tan importante como el hecho en sí. Y hasta quizá más importante aún.

This is a very good novel that delves into the myths of the Navy and that is the central point of interest for me, where we must have clear concepts, while the Spaniards adopt with docility the epithet “Invincible” that the supporters sarcastically coined of the Black Legend, in British historiography the noun “The Armada” is reserved exclusively and in a somewhat bombastic manner, as if that had been the only and definitive naval confrontation between the two powers throughout history.

Even by magic, the clash of irreconcilable forces could not be postponed indefinitely. Each step that the Spanish giant of the feet of lead gave in Europe, made the shock more immediate. In Europe there was no balance; only a fatal dichotomy that had to be resolved by violence. Burghley had surrendered to the evidence. Isabel knew it. He had sent Drake to plunder the Indies with a flotilla of his warships; he had sent Leicester to the Netherlands, at the head of English troops, and had accepted, though against his will, the leadership of the Protestant cause in Europe that the assassination of William the Taciturn had put in his hands. But none of it pleased him. Drake’s trip to Cartagena had humiliated Spain by exacerbating the Spaniards, but it did not inflict any serious blow to the Spanish power and did not even provide a decent profit. Leicester’s stay in the Netherlands was a continuing concern and almost a continuing disaster. The money Isabel conscientiously dropped into the Dutch coffers (no one, apart from her, seemed to realize they had very little) disappeared into the shifting sands with no benefits for the soldiers.
While in the retreat of El Escorial Felipe was meditating the consequences of the death of María Estuardo, around the English court in Greenwich wandered an individual, a man of the sea, who doubted less than Philip of the mission that God had given him. entrusted in this world, because for much longer than Philip himself was sure that the plan of the Almighty was a war between the two of them. Like Philip, Francis Drake learned from his father the lessons of his mission in the world, and although he was only a rural clergyman of Devonshire, he accepted his teachings with the same respect that Philip received from the emperor of the Holy Roman Empire. Despite all their temperamental differences, King Philip and Sir Francis Drake agreed on an indisputable filial abnegation with which they maintained their basic convictions.
However, Drake’s particular war against Spain was not a received heritage nor had it arisen from something as abstract as a sense of duty, religious or public. It happened, like Samson’s private war against the Philistines, because of a grave personal offense. In his youth, Francis Drake had been in the port of San Juan de Ulloa with John Hawkins when the armed ships of this prosperous merchant were suddenly attacked and defeated by the armada of New Spain.

Isabel was more sensitive to the economic concerns of her subjects than any other monarch of the time and more aware of the relationship between national prosperity and the income of the crown. On the other hand, he had immediate reasons to worry about money. Although the Dutch complained of their stinginess-as much as their own captains-the Queen had buried tens of thousands of pounds sterling in the wars of the Low Countries, money that quickly disappeared as if swallowed by quicksand. Ireland, for the moment, was calm, but its calm never lasted long and the war with Spain would surely bring new difficulties there. In the last meeting of the Parliament there had been much talk against the Spaniards, but Isabel knew enough of her subjects to understand that, despite her antagonism towards Spain and the Papacy, a war in the Netherlands, another in Ireland and another in the ocean and along the Spanish coasts it meant a price too high that they were willing to pay.
Even with the certainty that she could afford three simultaneous wars, Isabel would not have liked this.

The bad weather and the deficient storage of provisions worried the English captains as much as the Spaniards. The ships of the queen that in the month of April were ready to set sail were supplied by a primitive system, that is to say, without any method. They were given once and for all the rations for a whole month and until they were exhausted they were not supplied again. Despairing, the Lord Almirante wrote from Margate: “It is our turn now for supplies for April 20 and those supplies have lasted until May 18 … (According to received reports) the appropriate time for the arrival of the Spanish forces seems to be in mid-May, that is, towards the 15th. By then we will have provisions for only three days. I do not find sense in all of this. “He then extended his thoughts on how much better everything would have been in the times of” King Henry, father of his majesty. ”
Howard was wrong in his historical calculations, but not in his logistics. Lord Burghley, to whom the letter was addressed, understood that although in the past everything would have been carried out in the same way, the time had come to change.
Fleets like those were something new in the world. Nobody had ever seen a fight like the one that was being prepared to date. And nobody, either, knew how far the new weapons could go or with what tactics they would be more effective. They were: at the beginning of a new era in military art in the seas. It was like the dawn of the long day when the battleship with wooden walls, driven by sail and equipped with smooth-bore cannons, would become king of the battles, day for which, steam ships, battleships and light cannons had been only the twilight, so that the antiquarians of the future probably reunite both models and show them when they have found a name with which to designate this era that we, now, call “modern”. In the beginning there was no name for the warship nor was there any idea of ​​how it was to be used. That morning, at the height of the Eddystone, nobody, in the two fleets, had any idea how to develop a “modern” battle. Nobody in the world knew it.

The infuriating thing in the information of the time on the campaign of the Navy is that they only allow to glimpse the happened thing like through a swirl of fog. There are times when the main outline is quite clear, but the details are confusing; certain scenes, occasionally, are well reflected but at other times everything is completely dark. The official English version of the facts is limited to saying:
“Our fleet, in poor conditions of visibility – because Sir Francis Drake left his guidance post to go in pursuit of a urcas -, was left behind without knowing who would move forward.”
The bitter lesson received by the Spaniards was that, even with the windward in their favor, they could not reach the enemy to approach him, because the English ships were fast enough and good enough in the bowling to keep at a distance. what they wanted. The Spaniards, unanimously, decided that the enemy was right to trust in their guns, because the English pieces were larger and longer range than theirs and their more trained gunners thanks to which they could shoot more quickly. (In both fleets it was thought to be three times faster, although it must have been difficult to calculate.)
As for the English, his bitter lesson was to prove that against Spanish discipline the chosen tactics were useless. It is not that they expected to sink almost all Spanish ships in the first or second encounter, but they did believe in targeting the galleons, rendering them useless one after the other until their withdrawal and subsequent collapse. But until that moment they had only succeeded in suppressing two enemy ships, the Nuestra Señora del Rosario and the urca San Salvador, and although the English believed that their guns had contributed to the fact, the truth is that, in both cases, the circumstance was due to accidental accident.

The artillery of both sides had to be quite deficient. With the cannons of the ships of the sixteenth century it was difficult to aim and also shoot and of course an error that at fifty yards was unimportant completely disabled the shot when the distance was five hundred. However, with better training the teams of both sides would have achieved a better result. Almost no Navy gunner had previously fired a cannon from the deck of a ship and although the English fleet had some experienced there were not enough. The Spaniards admired the speed of the English when firing. About their aim they reserved the opinion. Among the English, an amateur like Howard could applaud the performance of his artillery, but a professional veteran such as William Thomas did not hide his dismay. “The only thing we can say is that the fault was ours,” he wrote to Burghley after the battle, “if so much gunpowder and so much ammunition and so much time of struggle served to make, in comparison, so little damage.” All in all, the English artillery was better than the Spanish artillery. After a week in the Canal, the Spanish fleet was the one that had caused the most damage.

In the neighborhoods of Ireland and Scotland the majority of shipwrecks of the ships of war of the Navy took place, excepting those happened in action of war. At Cape Lizard, on July 30, there were sixty-eight. On September 3, Medina Sidonia still counted forty-four, precisely those who had obeyed his orders following the course he set for them. All returned to the country, including the ten galleons of the guard of the Indies, seven of the ten galleons of Portugal, eight of the Andalusians, seven of the squadron of Oquendo and six of the Recalde. Only the Levantines were reduced to the minimum expression. Of ten large ships, only two remained.
Who actually drove the shattered fleet in the last stage of their journey, is something that is still unknown. Captain Marolin de Juan, veteran sailor and efficient navigator, who should have done so, was involuntarily left behind in Dunkirk. On board San Martin there were four pilots, one of them English. Three died at sea. Thus, it was necessarily the fourth who carried the flagship, sailing from the stern with wind from the West to beyond Corunna, to finally govern it until its call at the height of Santander. His name has never been known.
Also in England it was rumored that the high command did not take things well. Why had not the Spaniards been completely destroyed? Why the Lord Almirante feared to approach them? (In Spain the same questions were raised, certainly absurd, with regard to Medina Sidonia).
In a recent narration it is clearly stated: “The battle was the work of Howard. Howard was the winner. “It is even observed that Howard carried out the operations in the best possible way so as not to take too much risk, adding that no other admiral could have acted better. Lately, there is also a tendency to speak with sympathy from Medina Sidonia. Its value and administrative ability are recognized even though no one has yet claimed that it could not have done better. It must, however, ensure that no one, if any, would have improved their action. Except that it would have been possible to stop the Ark Royal and his two companions that Monday morning at the height of Tor Bay, it is difficult to point out an error in their behavior that affected the result of the campaign. It must be recognized that all his decisions, including that of anchoring in Calais and the choice of the return route, were as accurate as his personal behavior was brave. It is not that the dead care very much that future generations will do them justice, but it does matter to the living, even if they are late, to do it.

Felipe did not have the opportunity to demonstrate his famous serenity in the face of the unexpected disaster because the extension of the defeat came to him little by little. Before the duke anchored in Santander, the king had read the letter of Medina Sidonia dated August 21, accompanied by his diary, and heard also the discouraging story of Captain Baltasar de Zúñiga. He had also had a narrative of the Duke of Parma on the unsuccessful encounter, and later the rumor of shipwrecks on the Irish coast. Nor is it conceivable that Felipe blamed so suddenly the winds and waves of God (for whom his fleet had sailed) taking into account that, according to the Diario de Medina Sidonia, until August 21 the Navy had enjoyed favorable weather .
It is very possible that Philip faced with dignity and firmness the bad news, but the integrity that can be expected from the human being is always limited. That autumn the king was very sick.
In the meantime the king had to face the situation. The first step was a letter to the Spanish bishops dated October 13. After communicating a summary of the news already known and reminding them of the insecurity of a war at sea, the king continued: “We must praise God for what He wanted to happen. Now I thank you for the clemency shown. During the storms that the Navy had to endure, it could have run worse luck; that his misfortune was not greater is due to the prayers that for his success, devoutly and continuously, were offered. “He politely asks the bishops to interrupt the prayers, since it was unlikely that more ships would return. Thus, in Spain, almost from the beginning, it began to attribute the defeat of the Navy to the designs of God.
It is easy to understand why Englishmen and Dutchmen adhered to the belief. “God blew and they were scattered,” says the inscription on a badge that in memory of the Navy created Queen Elizabeth.

Historians agree that the defeat of the Spanish Armada was a decisive battle. Really one of the decisive battles for the history of the world. But what they no longer agree on is to define what they decided. In any case, it was not the problem of the war between Spain and England, since it was still latent. Although no fleet faced Drake and only some local troops opposed Norris’ advance, the English attack on Portugal, in 1589, ended with the most resounding of failures, the war continued for another fourteen years, that is, , in fact it continued while Queen Elizabeth lived, to end up in something like a retreat. According to some historians, the defeat of the Navy «marks the decline of the Spanish colonial empire and the beginning of the British».
The oldest historians, Froude and Motley, Ranke and Michelet, say that the defeat of the Navy was decisive so that the Counter-Reformation did not triumph in whole Europe, which is a much better theory. Medina Sidonia could not do anything else to win the battle, but Howard, certainly, could have lost it.
However, it seems more plausible that, even when the Spaniards reaped a victory at sea, the final aspect of Europe, when peace was restored, would not be so different. Felipe and his militant advisers dreamed of a great crusade that would sweep away the heresy …
For the observers on both sides, the result, largely due – according to general belief – to an extraordinary tempest, was truly decisive. Protestants from France, Holland, Germany and Scandinavia were satisfied that God was in reality (as they always assumed) on their part. The Catholics of France, Italy and Germany asserted almost with the same pleasure that Spain was not, after all, the chosen champion of God. Since then, and although the Spanish preponderance was maintained for another generation, the peak of its prestige decreased; France, in particular, after the coup d’état of Henry III in Blois, returned to its point of equilibrium against the House of Austria, and be, therefore, main maintainer of the freedoms of Europe while they were threatened by the Habsburgs . Without the victory of England in Gravelinas and its ratification by the news arrived from Ireland, Enrique III perhaps never would have had value to get rid of the yoke of Santa Alianza and the subsequent history of Europe could have been incalculably different.

The episode of the Navy, when diluted in the past, has influenced history in another sense. His legend, magnified and distorted by a golden mist, became a heroic apology for the defense of freedom against tyranny, the eternal myth of the victory of the weak over the strong, triumph of David over Goliath. It raised the hearts of men in the sad hours and led them to say to each other: “What was done once can be done again.” Precisely because of this, the legend of the defeat of the Spanish Armada became so important as the fact itself. And maybe even more important.

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