300 historias de palabras — Juan Gil & Fernando de la Orden Osuna

Sin duda este es otro magnífico libro, que releo, sobre nuestro idioma y el origen etimológico de nuestras palabras, en desuso muchas, aunque mi favorito es el ya comentado ” la fascinante historia de las palabras” de Ricardo Soca y ambos tienen como ayuda el diccionario etimológico en lengua castellana de Joan Corominas. Ambos libros son un complemento perfecto. A disfrutar entonces querido lector.

abuchear
Resulta difícil imaginar que un término tan usual en la lengua española como abuchear, ‘expresar enfado o desacuerdo mediante gritos, silbidos y otros ruidos’, no comenzara a utilizarse hasta el siglo XX, pero así son las cosas. Sorprende, además, que tenga su origen en la onomatopeya uch, que, repetida, era empleada por los cetreros para llamar a las aves.
En realidad, el proceso de formación de esta voz fue un poco más largo y complejo, ya que abuchear proviene de ahuchear, y este del verbo huchear, que significa ‘llamar a gritos’ y ‘lanzar los perros en la cacería dando voces’. Desde huchear, un término con larga tradición en castellano, ya que se emplea desde el siglo XVI, sólo queda un paso antes de llegar a la onomatopeya: el que nos conduce a ¡hucho!, grito de caza propio de los cetreros. En la forma actual es claro que influyó buche.

acicate
Aunque existe cierta controversia acerca de su etimología, la palabra acicate proviene, como tantas otras del español, del árabe andalusí, y más concretamente parece derivarse de un hipotético [muzíl / ráfi’] assiqáṭ, ‘quita flaquezas’. Lo que llama la atención en este caso es que esta voz, que se documenta ya en la segunda mitad del siglo XVI, no tenía por entonces el significado de ‘estímulo, incentivo’. En origen remitía sólo a un tipo de espuelas provistas de una punta aguda para picar al caballo. Sin duda buen remedio contra las «flaquezas» de la montura. Y, también, buen incentivo: de aquí a su más extendido significado moderno apenas hay un salto, muy lógico, por otra parte.

acoquinar
‘Acobardar, amilanar’, tal es el significado de este término coloquial que proviene de la voz francesa acoquiner, ‘acostumbrar a un hábito degradante’. Pese a su vigencia, se trata una palabra con larga historia, ya que se documenta en español al menos desde principios del siglo XVII y está ya presente en algunas de nuestras novelas picarescas.
Más complejo es seguirle el rastro al término francés, que se deriva de coquin, un sustantivo de origen oscuro empleado inicialmente con el significado de ‘mendigo, pordiosero, de condición vil’ y que pronto tomó valor despectivo. Puede que proceda del latín coquus, ‘cocinero’, por la fama de pícaros que por entonces tenían quienes trabajaban en las cocinas (así desde las comedias de Plauto). En las antípodas, por cierto, de lo que ocurre hoy en día, cuando los grandes chefs compiten en prestigio y popularidad con los ídolos deportivos.”

adefesio
El sustantivo adefesio (‘persona o cosa ridícula o de gran fealdad’) tiene, sin duda, uno de los orígenes más sorprendentes del léxico español, ya que proviene del latín ad Ephesios, ‘a los efesios’, título de la célebre epístola de san Pablo, por alusión a las penalidades que pasó el santo en Éfeso durante su predicación en Asia Menor a mediados del siglo I, donde estuvo a punto de sufrir martirio a manos del pueblo.
Al menos desde el siglo XVI, se empleó ad Efesios como locución adverbial con verbos de habla (hablar ad Efesios), con el significado de ‘inútilmente, disparatadamente’, haciendo referencia a lo improductivo de la predicación de san Pablo o, según Unamuno, porque a los novios les entran por un oído y les salen por otro las recomendaciones que se dan sobre el matrimonio en el capítulo quinto de esa carta. Pronto, sin embargo, comenzó a utilizarse en este mismo contexto el sustantivo adefesio en el sentido de ‘despropósito, disparate, extravagancia’, que hoy ha caído en franca decadencia. Sólo tardíamente, en la segunda mitad del siglo XVIII, tomó adefesio su significado mayoritario actual, aplicado sobre todo a personas.

ajedrez
Aunque su origen se pierde en el mito, en su forma actual el juego del ajedrez parece ser originario de la India, donde sabemos que se practicaba en el siglo V; desde allí pasó a Persia, y fueron los árabes quienes lo extendieron por Occidente. La presencia árabe facilitó la difusión del ajedrez en la Península y el rey Alfonso X el Sabio mandó traducir y recopilar en su Libro de ajedrez, dados y tablas (1283) diversos tratados árabes sobre el juego.
La palabra, como es de esperar, siguió un camino paralelo: el castellano, donde no está documentada antes del siglo XIII, la tomó del árabe hispano aššaṭranǧ o aššiṭranǧ, derivado del árabe clásico šiṭranǧ, que a su vez proviene del pelvi čatrang, y este del sánscrito čaturaṅga, literalmente, ‘de cuatro miembros’, lo que alude a las cuatro armas del ejército indio. Estas eran infantería, caballería, elefantes y carros de combate, que aparecen representados en el tablero por los peones, los caballos, los alfiles (del árabe andalusí alfíl, derivado del árabe clásico fīl, y este del pelvi pīl, ‘elefante’) y las torres, respectivamente. Su función, claro, es defender al rey (en pelvi, šāh [→ JAQUE]).

albóndiga
A pesar de ser un plato con larga tradición en nuestros fogones, las albóndigas, ‘bolas de carne o pescado picados menudamente’, hunden sus raíces en la cocina árabe, en la que perviven diversas preparaciones muy semejantes. Lo mismo ocurre con la palabra, que se introdujo en español a principios del siglo XV y deriva del árabe clásico bunduqah (‘bola’), a través del árabe andalusí albúnduqa.
Sin embargo, hay que remontarse mucho más atrás para encontrar su verdadero origen, concretamente al griego [káryon] pontikón, ‘[nuez] póntica’. En Grecia, se denominaba así a la avellana, que debía crecer abundantemente en Asia Menor, en torno al mar Negro (el Ponto Euxino griego). La semejanza de su forma no pasa desapercibida, pero llama la atención la diferencia de tamaño. ¿Acaso por entonces las albóndigas tenían un diámetro apenas superior al de una avellana? Es posible, porque los tiempos han cambiado mucho y la disponibilidad de los alimentos —y en particular de la carne— también.

alfeñique
Si a cualquiera de nosotros nos preguntaran hoy qué es un alfeñique no lo dudaríamos: una persona delgada y de complexión débil. Como suele ser habitual, sin embargo, el origen del término es bastante diferente, ya que procede del árabe hispano fa[y]níd, que lo tomó del árabe clásico fānīd, y este, a través del persa pānid, del sánscrito phaṇita ‘concentrado de guarapo (jugo de la caña dulce)’.
En español lo encontramos ya en el siglo XIV con el significado de ‘pasta de azúcar cocida y estirada en barras muy delgadas y retorcidas’. Y será precisamente el tamaño y la forma de estas barras, su finura y carácter quebradizo, lo que dé lugar al significado metafórico que ha acabado imponiéndose. Una evolución, por otra parte, de lógica aplastante, especialmente si pensamos que pudo existir cruce con la forma árabe fenîq, ‘mimado’.

aquelarre
La voz aquelarre, ‘reunión nocturna de brujos y brujas con intervención del demonio’, procede del vasco aquelarre, de aker, ‘cabrón, macho cabrío’, y larre, ‘prado’, propiamente ‘prado del macho cabrío’, por la creencia de que el diablo toma la apariencia de este animal. No es casualidad que el término provenga del euskera. En 1610 la Inquisición de Logroño llevó a cabo un gran auto de fe —el más célebre de los acaecidos en España por brujería— en el que fueron juzgados cincuenta y tres vecinos de la aldea de Zugarramurdi y su comarca, en el Baztán navarro. Once fueron condenados a ser quemados vivos, cinco de ellos en efigie, pues ya habían fallecido. Zugarramurdi se convirtió en el pueblo de las brujas, lo que facilitó la identificación entre la brujería y el territorio vasco-navarro. El término aquelarre, que fue introducido en español en torno a 1800, designaba en origen el lugar donde se llevaban a cabo los supuestos encuentros con el maligno —en Zugarramurdi, en el prado contiguo a una gran cueva hoy convertida en atracción turística— y sólo después paso a designar el propio acto.

arpía o harpía
El término arpía (más frecuente hoy que la variante harpía, más correcta etimológicamente) designa, en origen, a un monstruo fabuloso con rostro de mujer y cuerpo de ave de rapiña. Proviene del latín Harpyia, y este de Hárpuia, que era como denominaban los griegos a estas hermanas que privaban de alimento a quienes encontraban en su vuelo —como hicieran con Fineo por orden de Zeus hasta la llegada de Jasón y los Argonautas—, dejando tras de sí un rastro de suciedad y podredumbre. Las arpías, que vivían en las islas Estrófades, en el Jónico, eran crueles y despiadadas, y acabaron personificando las fuerzas de la naturaleza desatadas, en particular los vientos. La palabra está documentada en castellano en la primera mitad del siglo XV y, por sus connotaciones negativas, adquirió pronto diversos significados figurados de los que sólo uno ha mantenido su pujanza: ‘mujer mala o aviesa’.

avatar
El uso de avatar en el sentido de ‘vicisitud, suceso imprevisto’ es relativamente reciente, ya que se documenta en español en torno a 1950. La historia del término, sin embargo, es mucho más antigua: proviene del francés avatar, y este del sánscrito avatâra, ‘descenso o encarnación de un dios’. En el hinduismo, se denominan así, por antonomasia, las sucesivas reencarnaciones de Viṣnú en la tierra, diez en total, de las cuales Rāma y Kriṣna son las más populares y las que suscitan mayor devoción.
Este descenso o encarnación de los dioses implica, fundamentalmente, transformación, cambio, de donde se deriva el sentido que hoy se le asigna comúnmente a la palabra. Pero en los últimos años se ha revitalizado su significado primitivo —a cuya popularización contribuyó indirectamente el estreno en 2009 de la película Avatar, de James Cameron—, aunque en un sentido virtual. Pese a que esta acepción aún no haya sido recogida en el diccionario académico, avatar se utiliza hoy en el ámbito de las nuevas tecnologías de la comunicación y de los videojuegos para designar la representación gráfica, generalmente humana, que se identifica con un usuario de determinado servicio o juego.

barquillo
Para la mayoría de nosotros un helado con barquillo puede resultar realmente delicioso. Aunque se emplea también en repostería, este es el uso que, mayoritariamente, se reserva hoy a esta hoja delgada de pasta elaborada con harina, azúcar o miel y canela. En la actualidad es anecdótica la presencia de los barquilleros que en otro tiempo —muy especialmente en el siglo XIX— abundaban en nuestras calles. Además de con sus cestas repletas de barquillos, cargaban con una singular ruleta en la que los clientes podían probar suerte y obtener algún barquillo extra.
El término barquillo, que se registra en castellano desde principios del siglo XVII, tiene un recorrido relativamente breve y, hasta cierto punto, previsible. Proviene, en efecto, de barco, puesto que, en origen, los barquillos se elaboraban con forma convexa, de modo que recordaban a una embarcación. Después se impuso la forma cilíndrica, una especie de canuto más ancho en uno de sus extremos. De su éxito popular deja constancia la existencia del verbo abarquillar (‘dar a una cosa plana forma de barquillo’). Por cierto que también el frijol, ‘judía, habichuela’, debe el nombre a su semejanza con la forma de un esquife: la palabra deriva del latín phaseŏlus, ‘barquita’.

barrabasada
El término barrabasada, que se documenta en español en el primer tercio del siglo XVII, significa ‘mala acción, travesura grave’ y proviene de barrabás, ‘persona mala o díscola’. Esta ultima voz remite a Barrabás, el preso judío a quien Poncio Pilatos, a la sazón prefecto romano de Judea, concedió el indulto en lugar de Jesús. Los evangelios no concuerdan sobre los actos que habían conducido a su condena. Se le tacha de agitador político, de responsable de un homicidio o de ladrón o salteador, pero no es una cuestión aclarada. Sí hay concordancia en que fue el elegido por el pueblo de Jerusalén para salvar la vida con motivo de la Pascua judía y en que Poncio Pilatos, responsable de sancionar esta tradición, se lavó las manos en el asunto, dejando que Jesús muriera en la cruz. El caso es que, con el tiempo, Barrabás se convirtió en el prototipo de hombre perdido: «es un Barrabás este Cristóbal», asegura ya Cervantes en El rufian dichoso.

bayadera
Las bayaderas —que en la segunda mitad del siglo XIX inspiraron un célebre ballet de Marius Petipa, con música de Ludwig Minkus— eran mujeres indias vinculadas al cuidado de los templos y consagradas a servir y venerar a un dios. Entre sus obligaciones se incluían los cantos y bailes rituales que acompañaban las ceremonias religiosas. Antes de la colonización europea gozaban de gran prestigio social, aunque con el paso del tiempo muchas de ellas acabaron convertidas en cantantes y bailarinas errantes.
Los navegantes portugueses de los siglos XV y XVI, encargados de dar a conocer en Europa gran parte de la realidad de la India y Extremo Oriente, las denominaron simplemente bailadeiras. Podría haber ocurrido, por tanto, que en Francia se llamaran danseuses y en España bailarinas, términos equivalentes en los respectivos idiomas. Pero la lógica de la lengua es otra. Estas voces hubieran sido demasiado genéricas, de modo que el francés adaptó la palabra portuguesa para referirse específicamente a las danzarinas indias. Nació así la exótica bayadère, que en España —y aquí hay que tener en cuenta la pujanza del francés en este periodo histórico— derivó en bayadera, voz documentada ya a mediados del siglo XIX.

besamel, bechamel o besamela
Pese a que hoy en día España presume de los mejores cocineros del mundo, históricamente la influencia culinaria de Francia ha sido incuestionable. De allí proceden un gran número de voces y, también, de técnicas y recetas relacionadas con la gastronomía. Este es el caso de la besamel, salsa blanca que se hace con harina, leche y mantequilla, presente en elaboraciones tan populares como las croquetas. La palabra remite al nombre del financiero del siglo XVII Louis de Béchamel, marqués de Nointel y maestresala de Luis XIV, quien, según la tradición, habría mejorado una salsa semejante ya existente. Es muy probable que Béchamel nada tuviese que ver en realidad con la elaboración de la salsa —que bien pudiera haberle sido dedicada por algún cocinero de la casa real—, pero lo cierto es que ha pasado a la historia vinculado a ella. En España, el término se documenta, como bechamela (variante no aceptada, pero con gran vitalidad hasta entrado el siglo XX), en el primer tercio del XIX.

cafre
Por cafre se entiende hoy día, en su acepción más usual, a una persona bruta o bárbara. En origen, sin embargo, este término designaba a los habitantes del sur de África, donde los bantúes son muy mayoritarios. De hecho, a lo largo de los siglos XVII y XVIII el territorio africano situado al sur del ecuador era conocido entre los geógrafos como el País de los Cafres o Cafrería, aunque paulatinamente este nombre se fuera restringiendo a áreas más concretas y en particular a la zona costera situada al este del cabo de Buena Esperanza, en la actual Sudáfrica. Allí precisamente situó Lope a «los desnudos cafres, / que lobos marinos visten» (El castigo sin venganza).
El origen de la palabra es árabe, ya que en esta lengua se denomina kāfir a los paganos, es decir, a los no musulmanes. En este sentido lo empleó Ruy González de Clavijo al dar cuenta de su embajada a Tamerlán: «Cáfares dicen ellos por los cristianos, que quiere decir ‘sin ley’, y musulmanes se llaman ellos, que quiere decir en su lenguaje ‘los de la escogida y buena ley’». Con posterioridad, la palabra volvió a entrar en español a través del portugués.

capicúa
Probablemente por su relativa rareza y su simetría —representación del orden, la belleza y la perfección—, los números capicúas, es decir, aquellos que se leen igual de izquierda a derecha que de derecha a izquierda (121 o 33 233, por ejemplo), se han relacionado desde siempre en la creencia popular con la buena fortuna.
No hay que ir demasiado lejos, ni en el espacio ni en el tiempo, para encontrar el origen de la palabra, ya que capicúa, que no se documenta en español antes del siglo XX,es un préstamo del catalán: proviene de cap-i-cua, literalmente, ‘cabeza y cola’. Tal expresión comenzó aplicándose, en realidad, a la ficha de dominó que podía colocarse en los dos extremos dando fin al juego, y sólo después tomo su significado general. En matemáticas, los números capicúas se denominan también palindrómicos, aunque en el léxico común se reserva el término palíndromo (del griego palíndromos, ‘que corre a la inversa’; drómos proviene de la misma raíz verbal que tenemos en hipó-dromo, aeró-dromo, etc.; pálin aparece en palin-odia, ‘canto a la inversa’).

carca
A pesar de que finalmente haya acabado imponiéndose, la voz carca, ‘reaccionario, retrógrado’, no es sino una abreviación jergal de carcunda. Este es el término primitivo que se empleó desde mediados del siglo XIX para referirse despectivamente a los partidarios de Carlos María Isidro de Borbón, es decir, a los carlistas, defensores de los valores más tradicionales de la monarquía y la sociedad. Procede directamente del portugués carcunda, que designaba a los absolutistas en las luchas políticas que vivió el vecino país ibérico a principios de aquella misma centuria. En su origen parece encontrarse corcunda, ‘joroba’ y ‘jorobado’, que, según indica Corominas, sería una alteración de corcova.
Nada tiene que ver otro término que por su parecido formal y su relativa cercanía semántica podría considerarse emparentado, carcamal, ‘persona muy vieja y achacosa’, que se ha adaptado en buena parte de América como carcamán. Este proviene de cárcamo, variante de cárcavo, ‘viejo achacoso’, voz dialectal que propiamente tenía, entre otros significados, el de ‘hoya en que se entierran los muertos’. Todas estas palabras remiten en realidad al latín caccăbūs, ‘olla, cazuela.

chascarrillo
El sustantivo chascarrillo, ‘anécdota ligera y picante’, se introdujo en español tardíamente, aunque está bien documentado a mediados del siglo XIX. Procede de chascarro, palabra que, con el mismo significado, ha caído en desuso en España —pervive en algunas áreas de América—, probablemente porque carece del poder de evocación de su hermana menor y su rotundidad casa mal con la ligereza característica del chascarrillo. Y es que pocas voces adecuan tan admirablemente significante y significado como esta. En última instancia, ambas tienen su origen en una palabra onomatopéyica, chasco, que significó primitivamente ‘ruido súbito y seco provocado por el látigo’ (significado que acabó asumiendo exclusivamente chasquido) y que en torno a 1625 se utilizaba ya en el sentido de ‘burla o engaño’ y de ‘decepción causada por un suceso contrario.

chicle
Como tantas otras realidades que hoy forman parte ineludible de nuestro mundo, el chicle es un producto genuinamente americano. Y no nos referimos a la América anglosajona —aunque esta haya hecho mucho por su difusión internacional—, sino a la hispana, o, mejor, a la indígena, a la América precolombina. La palabra chicle procede de la voz náhuatl tzictli, que designa una gomorresina que fluye del tronco del chicozapote, árbol autóctono de México y América Central. Esta goma, de sabor dulce y aromático, era utilizada para mascar por numerosos pueblos amerindios. El concepto del chicle o goma de mascar es, por tanto, antiguo, aunque su industrialización y comercialización a gran escala no se llevara a cabo hasta la segunda mitad del siglo XIX, en Estados Unidos, añadiendo distintas sustancias saborizantes y aromatizantes, y sustituyendo la gomorresina natural por un producto sintético, en un principio la parafina.

chusma
Génova, todavía hoy el primer puerto italiano, fue, como Venecia, con la que mantuvo frecuentes disputas, una de las grandes potencias marítimas y comerciales del Mediterráneo en los siglos finales de la Edad Media. No resulta extraña, por tanto, la influencia italiana en términos relacionados con estos ámbitos.
Aunque a primera vista pueda no parecerlo, este es el caso de chusma, ‘conjunto de gente vulgar, de baja condición’. En efecto, el término proviene del genovés antiguo ciüsma, aunque su origen primero haya que buscarlo en el griego kéleusma, ‘canto de los remeros dirigido por el cómitre’ (un lejano término de comparación podrían ser los cánticos que profieren hoy en sus entrenamientos los soldados estadounidenses). De la misma raíz, por cierto, proviene saloma o zaloma, ‘voz cadenciosa con que los marineros acompañan de forma simultánea su trabajo’.

esquirol
En los años finales del siglo XIX se estaban sentando en Cataluña las bases de lo que habría de ser una etapa particularmente conflictiva desde el punto de vista social y laboral, y que tendría en la Semana Trágica de Barcelona su expresión más señalada. Aunque por entonces era conocida oficialmente como Santa María de Corcó, L’Esquirol (del catalán esquirol, ‘ardilla’) es el nombre tradicional de una población barcelonesa situada en la comarca de Osona, en las inmediaciones de Manlleu. En esta última localidad los obreros de la industria textil estaban en huelga, de modo que, con el fin de sustituirlos, los patronos decidieron contratar trabajadores locales en los pueblos cercanos. La mayoría de los que accedieron eran de L’Esquirol, por lo que a partir de entonces el término pasó a denominar, despectivamente, al trabajador que no se adhiere a una huelga o que ocupa el puesto de un huelguista.

facha
La palabra facha, ‘de ideología política reaccionaria’, es una acortamiento del italiano fascista, ‘partidario o seguidor del fascismo, el movimiento político y social totalitario surgido en Italia tras la Primera Guerra Mundial’, significado que tomó también el término originariamente en España. Pero remontémonos en el tiempo para encontrar sus verdaderas raíces.
El fascismo tiene su origen en los Fasci Italiani di Combattimento, milicias antisocialistas organizadas por Benito Mussolini en 1919 que agrupaban a excombatientes descontentos con la política gubernamental y la situación económica y social del país. Se inspiraban en los fasci (literalmente, ‘haces’) sicilianos del finales del siglo XIX, agrupaciones de agricultores y mineros de ideología socialista que reivindicaban mejores condiciones sociales y laborales. Además, las milicias mussolinianas, marcadamente nacionalistas, tomaron como símbolo las fasces, la insignia de los cónsules de la antigua Roma, que se componía de un hacha rodeada de un haz de varas, con lo que su nombre se justifica por una doble vía, dado que el fascismo pretendió, políticamente, resucitar el Imperio romano.
Nada tiene que ver etimológicamente este facha con la acepción ‘aspecto, apariencia’, que proviene también del italiano, pero en este caso de faccia, ‘cara”

fetén
Aunque es un término que en la práctica ha caído en desuso, fetén, ‘bueno, estupendo’, vivió un largo periodo de vitalidad en España a lo largo del siglo XX, especialmente a partir de la década de 1930. Parece claro que proviene del caló fetén, ‘mejor’, una variante de feter habitual entre los gitanos andaluces. El caló es el dialecto peninsular del romaní, la lengua de los gitanos, fuertemente influenciada por las lenguas romances con las que ha entrado en contacto. En la práctica, se trata de una lengua mixta, que superpone a la fonología y morfosintaxis de las lenguas romances el léxico romaní.

gabacho
La rivalidad histórica de España con Francia se manifiesta también en el léxico. Buena prueba de ello es la voz gabacho, término despectivo con el que se conoce a los franceses y que proviene del occitano gavach, vocablo de origen prerromano poco claro que significa ‘que habla mal’. El sentido propio de este término, sin embargo, era ‘buche de ave’, y también ‘bocio’, y se aplicaba a los montañeses de las zonas occitanas septentrionales por la frecuencia con que se manifestaba esta enfermedad entre ellos. El bocio —agrandamiento de la glándula tiroides que origina una prominencia en la parte inferior del cuello— era endémico en la región por la ausencia de yodo en la dieta.
Se trataba, al parecer, de una zona pobre, de modo que muchos gabachos se trasladaban a España como chatarreros y vendedores de baratijas, ocupándose en los trabajos más duros. La voz se utiliza en castellano desde la primera mitad del siglo XVI.

guiri
Puede sorprender, pero el término guiri, ‘extranjero, turista de habla no española’, proviene del vasco. Es, más concretamente, un acortamiento de guiristino, adaptación de ‘cristino’: la pronunciación del grupo gr- se facilitó mediante el desarrollo de una vocal de apoyo —un fenómeno conocido con el nombre de anaptixis o ‘apertura, despliegue’, de la misma manera que, en el Siglo de Oro, de Inglaterra se hizo Ingalaterra—. Con el nombre de cristinos se conocía en el siglo XIX a los partidarios de María Cristina, viuda de Fernando VII y regente, en el enfrentamiento que mantuvo en nombre de los derechos sucesorios de su hija, la futura Isabel II, con los carlistas, defensores de Carlos María Isidro de Borbón, hermano del rey, cuyas pretensiones abocaron al país a la Primera Guerra Carlista (1833-1840).
En el País Vasco y Navarra —especialmente en las áreas rurales— se apoyó de forma muy mayoritaria la causa de don Carlos, asociado al absolutismo y los valores tradicionales, de modo que los cristinos o guiristinos, identificados ya con los soldados que defendían la causa liberal, fueron percibidos, despectivamente, como gente ajena.

jamón
El préstamo, la adopción de palabras de otros idiomas, constituye un fenómeno natural entre las lenguas. Unas veces, estos préstamos sirven para designar realidades nuevas o desconocidas hasta entonces en el ámbito de la lengua de acogida; con frecuencia, sin embargo, son simplemente resultado de un proceso de mimetismo debido al prestigio social o cultural de la otra lengua en un momento histórico determinado. Este es el caso de la voz que da nombre a algo tan genuinamente español como el jamón. El término es en realidad un galicismo que se incorporó al castellano en el siglo XVI: procede, en efecto, del francés jambon, derivado de jambe, ‘pierna’. A su vez, el portugués presunto se tomó del italiano prosciutto. ¿Y cómo llamábamos entonces al jamón? Pues, aunque nos lo comiéramos con igual deleite —que para estos menesteres la lengua no influye tanto—, lo llamábamos pernil, del latín perna, ‘pierna, especialmente de animal’, como se sigue haciendo en catalán, por ejemplo.

jauja
«¡Esto es jauja!», suele decirse para expresar la gran prosperidad o abundancia de cualquier cosa. Ahora bien, ¿qué es eso de Jauja? Pues un valle del Perú famoso por la riqueza de su territorio. Allí estableció Pizarro el 25 de abril de 1534 la ciudad de Jauja, que fue la capital española hasta la fundación de Lima un año después. Y allí se establecieron Pizarro y sus hombres tras salir de Cuzco, disfrutando en este tiempo de su buen clima y de las bondades del territorio. Algo más de una década después estas fueron loadas de forma hiperbólica por Lope de Rueda en un célebre paso, La tierra de Jauja, donde los protagonistas llegan a afirmar que en la ciudad «hay un río de miel y otro de leche» y «pagan a los hombres por dormir». Se habían establecido, pues, las bases para el mito de la legendaria abundancia del país, verdadero paraíso terrenal, probablemente promovido intencionadamente para atraer a nuevos colonos y soldados.

juerga
Convendremos en que no viene mal una buena juerga de vez en cuando. Siempre que no interfiera en el trabajo, claro. Y es que juerga y trabajo son palabras difícilmente compatibles, como se encarga de atestiguar la etimología de la primera. La voz juerga, ‘diversión bulliciosa’, nació en Andalucía en la segunda mitad del siglo XIX en relación con el esparcimiento vinculando el cante y el baile flamencos. Y no deja de resultar curiosa su procedencia, ya que se trata de una variante de huelga, voz bien conocida que, sin embargo, en origen significó ‘tiempo que alguien está sin trabajar’ y, también, ‘placer, regocijo, diversión en un lugar ameno’.
Y si seguimos tirando del hilo veremos que huelga deriva de holgar, ‘descansar, estar ocioso’ y ‘divertirse, disfrutar’, que, a su vez, proviene del latín tardío follicāre, ‘resoplar, respirar’, puesto que esto es lo que se hace para tomar aliento cuando se descansa tras un gran esfuerzo. Con el término latino se relaciona también, por cierto, el antiguo folgar, una de cuyas acepciones era ‘tener ayuntamiento carnal’. En resumidas cuentas: la juerga por un lado y el trabajo por otro.

macarrónico
El adjetivo macarrónico (del italiano maccheronico, tomado a su vez del dialectal macarron, ‘error garrafal’, propiamente ‘hombre débil, bobo’, y relacionado con el nombre de la pasta, según Corominas) se documenta en castellano en torno a 1565. Hoy se aplica a la lengua ‘usada de forma defectuosa o incorrecta’. Inicialmente hacía referencia sólo al latín, y en particular al que, mezclado con romance, se empleaba de forma burlesca. Este tuvo enorme popularidad a principios del siglo XVI gracias a un género literario que —en parte por influjo de la literatura goliardesca— se desarrolló por entonces en Italia: la macarronea. El diccionario académico la define así: «Composición burlesca, generalmente en verso, que mezcla palabras latinas con otras de una lengua vulgar a las cuales da terminación latina’. Las primeras se deben al paduano Tifi degli Odassi, autor de Macaronea (publicada hacia 1488), pero fue el humanista Teofilo Folengo (1491-1544) el que alcanzó mayor éxito con este “latín de cocina”, como era también llamado, en la parodia ingeniosa de todos los géneros literarios».

maquis
El origen último de la voz maquis hay que buscarlo en el italiano macchia, ‘campo cubierto de maleza’ (en el ámbito de la ecología, de hecho, se denomina maquia a la vegetación de monte bajo mediterránea). Del término italiano se deriva el francés maquis, nombre que recibió la resistencia durante la ocupación alemana de Francia en la Segunda Guerra Mundial.
¿Y de dónde viene este significado? ¿Cómo se produce este salto geográfico y semántico? El nexo parece ser una isla del Mediterráneo, Córcega. El corso está emparentado con el toscano, lengua que sirvió de base al moderno italiano, y la isla es célebre por su rebeldía tradicional frente al poder centralizador francés. Allí los bandidos y prófugos se guarecían en la zona más densa de matorral, de la macchia (en castellano mancha tiene un significado parecido: ‘conjunto de plantas que pueblan algún terreno, diferenciándolo de los colindantes’) o el maquis, para huir de la justicia. Como consecuencia, comenzó a utilizarse la expresión prendre le maquis (algo así como ‘echarse al monte’), de modo que este fue el nombre que tomaron los grupos franceses que luchaban contra el poder nacionalsocialista y el Gobierno colaboracionista de Vichy ocultándose en áreaS ocupadas.

martingala
Una martingala es un ‘medio hábil y engañoso para conseguir algo’. La palabra se documenta en castellano en la primera mitad del siglo XVI y procede del francés martingale, al parecer alteración de martigale, ‘de Martigues’, pueblo de la Provenza. Esta localidad, denominada Lo Martegue en occitano, era célebre por su aislamiento, y sus habitantes tenían fama de gente singular tanto en las costumbres como en la forma de vestir.
Parece claro que en el origen está la expresión à la martingale, aplicada a unas calzas con una abertura en la parte trasera, cubierta por una pieza levadiza de tela, que permitía satisfacer sin gran despliegue de vestimenta las súbitas necesidades fisiológicas.

monicaco
El término coloquial monicaco se utiliza con valor despectivo para referirse al ‘hombre de escasa valía o importancia’. Se documenta en la primera mitad del siglo XVIII y su origen tiene cierta gracia, ya que al parecer proviene del cruce entre monigote y macaco. El uso de monigote, ‘muñeco o figura humana ridícula’ y, también, ‘persona de escasa valía, y en particular la que se deja manejar por otros’, es muy anterior, y está atestiguado a finales del siglo XVI. Su etimología plantea ciertos interrogantes, aunque suele aceptarse que deriva de un hipotético monagote, despectivo de monago (‘monaguillo’). Respecto a macaco, ‘mono de mediano tamaño que habita principalmente en Asia’, entró en castellano a través del portugués, aunque su origen es bantú (obsérvese el viaje de la palabra de un continente a otro). Se emplea a menudo con carácter despectivo, y no sólo en América, pese a lo que señala el diccionario académico.
A la vista de tales datos, convendremos en que resulta sorprendente el uso de una voz como monicaco, cargada de connotaciones peyorativas, para dirigirse cariñosamente a los niños. No es un caso único, desde luego, pero sí muy llamativo.

monosabio
Los monosabios son los mozos que auxilian al picador en la plaza de toros. Loayudan a montar, a levantarse cuando se cae, sujetan la montura en la suerte de varas y, en otros tiempos, eran los encargados de retirar a los caballos heridos y, en su caso, rematarlos. Tan curioso nombre se remonta a 1847 —hasta entonces eran conocidos como chulos—, cuando llegó al Teatro Cervantes de Madrid un espectáculo en el que los protagonistas eran los Monos Sabios, una cuadrilla de monos amaestrados procedentes de Gibraltar que llevaban a cabo diversas habilidades. Su triunfo en la capital española fue clamoroso y el de su nombre en la castiza plaza de Las Ventas, también. La vestimenta de los monos era muy semejante a la de los auxiliares de los picadores (blusa de color rojo y gorrilla), de modo que en el tendido cinco comenzó a utilizarse esta denominación. Y la cosa, qué duda cabe, tuvo éxito.

ojalá
La palabra ojalá es una interjección empleada para expresar el deseo de que se cumpla algo. Se trata de uno de esas voces que demuestran hasta qué punto el árabe y los ocho siglos de dominación musulmana han influido en el léxico del español y del portugués (oxalá). En efecto, la voz, que se documenta en castellano a finales del siglo XV, deriva del árabe hispánico wa šá lláh, literalmente, ‘si Dios quisiera’, del árabe clásico law šā’ allāh (y no de in šā’ allāh, expresión con la que existe una pequeña diferencia de matiz, puesto que la partícula law introduce una condición irreal). Pero dejando al margen estas disquisiciones filológicas, lo que resulta incontestable es que, sin ser demasiado conscientes, cuando utilizamos la interjección invocamos a Dios —en realidad, a Alá, pero viene a ser lo mismo, puesto que este no es sino el nombre árabe de Dios y el que emplean los cristianos árabes para referirse a él—, poniendo en sus manos el cumplimiento de nuestra aspiración.

pánfilo
La palabra pánfilo remite al nombre propio latino Pamphilus, protagonista de un poema amoroso en forma dialogada y con rasgos satíricos escrito en latín en el siglo XII: Pamphilus, seu de amore. La obra, bien conocida en España, donde se denominó Pánfilo, o sobre el amor, alcanzó notable popularidad durante la Edad Media y está vinculada por distintos motivos con el Libro de buen amor y La Celestina.
En esta comedia elegíaca, donde no falta el enredo, Pánfilo, perdidamente enamorado de Galatea, acude en primera instancia a Venus en busca de consejo, para abandonarse finalmente a la mediación de la alcahueta, que sabrá sacar partido de su condición para manipularlo en su propio beneficio. Las voces griegas que intervienen en la formación del nombre propio, pan-, ‘todo’, y philos, ‘amante’, permiten caracterizar, en efecto, como pánfilo, ingenuo en exceso o demasiado bondadoso a aquel que confía en todos y todo lo ama, sin distinguir el engaño.

parchís
Este juego de entretenimiento nació en la India, donde sigue siendo muy popular, y, casi con total seguridad, fueron los británicos quienes, con algunas variaciones, lo introdujeron —con el nombre de parcheesi— en Occidente. Es suficientemente conocido, de modo que su descripción resulta innecesaria. Se practica sobre un tablero con fichas de colores que avanzan de casilla en casilla, de acuerdo con la tirada del dado. Antiguamente, el centro del tablero representaba el trono del emperador y las fichas eran, en realidad, doncellas.
Desde el punto de vista de la etimología, el término, que se documenta en castellano a mediados del siglo XX, deriva del hindi pacīsī, de pacīs, que significa ‘veinticinco’. ¿Y por qué veinticinco? La explicación es sencilla: esa era la puntuación más elevada que se podía obtener en cada tirada. En la época en que surgió el juego, se utilizaban a modo de dados las conchas de un molusco gasterópodo llamado cauri, tan apreciadas por su belleza, blancura y brillo que se utilizaron como moneda en el África occidental y en el océano Índico. Se lanzaban seis en total y, en función de cómo cayeran sobre el tablero, se avanzaba un determinado número de casillas.

patochada
Con el significado de ‘cosa o dicho disparatado’, ‘payasada’ o ‘necedad’, los registros más antiguos en castellano de patochada datan de la primera mitad del siglo XVI. La palabra tiene, por tanto, larga tradición, y Quevedo y el propio Cervantes, en la segunda parte del Quijote, ya hicieron uso de ella. Es voz de etimología incierta, pero se considera de creación expresiva y resulta intuitiva su relación con el sustantivo pata, en su acepción de extremidad. Más aún cuando este sólo se aplica a la anatomía humana en expresiones coloquiales y se identifica más propiamente con los animales, seres desprovistos de la capacidad de raciocinio. Patochada se vincularía, de esta manera, con voces coloquiales de carácter despectivo como patoso, ‘torpe’ o ‘que pretende ser chistoso sin conseguirlo’; metepatas, ‘persona que dice o hace algo inoportuno o poco adecuado’, o patán, ‘hombre grosero y maleducado’, entre otras.

popurrí
Más que curioso resulta el origen del término popurrí, ‘mezcla de varias cosas distintas’ y, en particular, ‘composición musical formada por fragmentos de varias obras’. Su procedencia hay que buscarla en el francés pot pourri, literalmente, ‘olla podrida’. Y es que la voz francesa es un calco de la que da nombre a este plato de la gastronomía española, en el que a la carne, el tocino y las legumbres, ingredientes básicos de la olla, se les añaden jamón, aves, embutidos y otras viandas. El caso, por cierto, recuerda a la vieja costumbre nacional —por fortuna cada vez más arrinconada— de exportar materias primas para importarlas después manufacturadas a precio muy superior.
El proceso se atestigua porque la voz olla podrida está documentada en castellano en torno a 1540, mientras que los primeros registros del pot pourri francés corresponden a la segunda mitad de esa misma centuria. Ya adaptada como palabra española, popurrí se registra mucho después, a finales del siglo XIX. Respecto al origen del término adjetival de olla podrida, no hay certeza absoluta, pero suele aceptarse, sin fundamento, que proviene de pod(e)rida, cuyo significado sería ‘poderosa”.

proletario
La voz proletario procede del latín prolētarius, ‘pobre’, derivado a su vez de prolēs, ‘prole’. Según la opinión tradicional, así fue llamado el hombre que, por carecer de cualquier otro bien, contribuía al Estado sólo con sus hijos. Los antiguos (Varrón, Cicerón, Aulo Gelio y Festo), sin embargo, entendieron unánimemente por proletarios a los ciudadanos que podían tener hijos y tenían un censo no superior a los 1500 ases, por lo que estaban exentos de impuestos.

pucherazo
La palabra pucherazo, ‘fraude electoral que consiste en alterar el resultado del escrutinio de los votos’, proviene, como es evidente, de puchero, la olla para hacer las puches, es decir, las gachas… Pero no nos adentremos en asuntos culinarios. Lo que aquí interesa es cómo el puchero acabó relacionándose con el fraude electoral. Y no hay que remontarse a tiempos lejanos, aunque, por costumbre, tengamos la tentación de hacerlo. La cosa tiene su origen en la Restauración, época, por cierto, de gran adelanto en este tipo de tejemanejes. El pucherazo era en principio uno de los métodos de adulteración electoral empleados para garantizar el turnismo, la alternancia pactada entre el partido liberal y el partido conservador. El sistema, sustentado en la estructura caciquil y, por tanto, especialmente productivo en las áreas rurales, era sencillo: se manipulaban algunas papeletas de la votación y se guardaban en un recipiente, con frecuencia un puchero, incorporándose —lo que se llamaba «volcar el puchero»— en el proceso de recuento si era necesario. El método, qué duda cabe, ha quedado obsoleto, pero el término, usado de forma más o menos propia, mantiene toda su vigencia.

quisquilloso
Una persona quisquillosa es aquella que se fija demasiado en detalles y pequeñeces, y en particular la que se siente ofendida o molesta por cuestiones de este tenor. El término se documenta tardíamente, a mediados del siglo XVIII. Ahora bien, ¿procede, como podría pensarse, de quisquilla? Pues… sí, o por lo menos este término influyó en su formación. A fin de cuentas, las quisquillas o camarones, si por algo se caracterizan —además de por su sabor—, es por su pequeño tamaño. Además, y pese a que en la actualidad ha caído casi en desuso, quisquilla significa también ‘pequeñez, dificultad menor’. Esta voz deriva del latín quisquilia, ‘menudencias’. Más difícil es determinar cómo se formó quisquilloso. Resulta muy tentadora la teoría esbozada por Corominas, según el cual sería una alteración de cosquilloso (de cosquillas), voz que se usaba desde el siglo XVI con un significado muy semejante («Muy delicado de genio y que se ofende con poco motivo»).

rebeca
La película Rebeca (1940), basada en una novela de Daphne du Maurier, alcanzó, como todos los filmes de su director, Alfred Hitchcock, un enorme éxito comercial. Se trata de la primera rodada por Hitchcock en Estados Unidos y obtuvo dos Óscar, a la mejor película y la mejor fotografía en blanco y negro, además de otras nueve candidaturas. Sus protagonistas eran Lawrence Olivier y Jean Fontaine. La actriz —que curiosamente no daba vida a Rebeca, aunque su sombra planee sobre ella a lo largo de toda la película, generando, sin estar presente, una atmósfera particularmente turbadora— vestía una chaqueta de punto, ligera, sin cuello y con botonadura que empezaba a la altura de la garganta. Tal es el origen del nombre de esta prenda, que vivió a partir de entonces —en España la película se estrenó en 1942— su particular época dorada.

rocambolesco
El adjetivo rocambolesco, que se documenta en castellano en el segundo cuarto del siglo XX (en francés se atestigua el uso de rocambolesque hacia 1900), se aplica a aquellos acontecimientos o sucesos que, encadenados con otros, resultan extraordinarios, exagerados o inverosímiles. Alude a Rocambole, protagonista de una larga serie de novelas escritas por Pierre Alexis Ponson du Terrail y publicadas entre 1957 y 1971 como folletín en diversos diarios franceses. Aventurero justiciero y ladrón caballeresco, Rocambole vive en ellas todo tipo de peripecias e intrigas. Su éxito convirtió a Ponson du Terrail, autor prolífico y de fértil imaginación, en el escritor francés más popular de su tiempo e inmortalizó a su héroe —hoy literariamente casi olvidado— a través del lenguaje. Pocos personajes han tenido ese honor: con el mismo sufijo cabe citar los adjetivos celestinesco, donjuanesco y quijotesco (Cervantes prefirió decir quijotil).

santiamén
Un santiamén es un ‘instante’, un ‘tiempo muy breve’. Se trata de una de las muchas voces del español que tienen su origen en la liturgia católica. Concretamente, procede de las dos últimas palabras de la frase latina «In nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti. Amen», que normalmente se acompaña de la señal de la cruz. Con ella —aunque ahora en español— se da fin a diversas oraciones, y es comprensible que el ansia por acabar el rezo, que en ocasiones puede resultar monótono, conduzca a abreviar las últimas palabras, eliminando la pausa entre ellas y convirtiéndolas, a efectos fonéticos, en una sola. El término se documenta en castellano en el segundo cuarto del siglo XVI. Desde el origen fue empleado específicamente en la locución en un santiamén, que significa ‘enseguida, en muy poco tiempo’. Y así, en un santiamén, se termina este artículo. O, si se prefiere, en un abrir y cerrar de ojos, en un suspiro o, más coloquialmente, en un pispás.

sambenito
En la actualidad se entiende por sambenito el ‘baldón o descrédito que pesa sobre alguien’, pero es este un uso metafórico. En origen, el sambenito era una prenda utilizada por los penitentes cristianos para hacer público el arrepentimiento de sus pecados.
Sin embargo, fue a partir del último cuarto del siglo XV, fecha en que los Reyes Católicos instauraron en España la Inquisición, cuando la voz y la prenda a la que daba nombre alcanzaron verdadera difusión. Se llamó entonces sambenito a un capote o escapulario bendecido —con la cruz de San Andrés en el caso de los penitentes que se habían reconciliado con el Santo Oficio abjurando de sus errores, con llamas y símbolos alusivos al infierno en el de los convictos a los que esperaba la hoguera— que estaban obligados a vestir como escarnio público, junto con un gran gorro cónico o coroza, todos aquellos condenados por el Santo Oficio.

semáforo
El recurso a las bases compositivas cultas (raíces griegas y latinas) para formar compuestos que designan nuevas realidades es un fenómeno particularmente habitual en el ámbito de la tecnología y de la ciencia, y en especial a partir del siglo XVIII. Este es el caso de semáforo, formado por el término griego sêma, ‘señal’, y ’-foro, elemento compositivo que significa ‘que lleva’, adaptado del griego phéro. Sin embargo, el término, que se documenta en español en la segunda mitad del siglo XIX, no hacía referencia en origen a los aparatos que hoy conocemos, utilizados para regular la circulación de automóviles, sino a telégrafos ópticos instalados en las costas para comunicarse con los barcos. Sólo en el siglo XX asumió su significado actual, ya que, aunque en algunas de las grandes capitales europeas y americanas llevaban ya algunos años de funcionamiento, especialmente en Estados Unidos, donde más se había desarrollado la industria automovilística, fue en 1926 cuando se instaló en España —concretamente en Madrid— el primer semáforo. El término sigue teniendo la significación antigua en francés, inglés y alemán, lenguas que, para decir semáforo, emplean otras palabras: feu rouge, traffic light y Lichtmast.

siesta
Merecida o inmerecidamente, pocas palabras castellanas han alcanzado mayor difusión internacional e identificación con lo genuinamente español que siesta. El término se documenta ya en nuestra lengua en el siglo XIII y proviene del latín sexta [hora], ‘[hora] sexta’. Los romanos fraccionaban el día en dos partes: las horas de sol y las de oscuridad. Las horas de sol se dividían, a su vez, en doce, con independencia de la época del año, de modo que su duración era variable. La hora prima era siempre la del amanecer, y la hora sexta, la del mediodía, hora en que se acerca el máximo calor y, por tanto, adecuada para empezar a descabezar un sueño. Ahora bien, como es sabido, la siesta, en rigor, se hace sólo después de comer; otras alternativas requieren, al menos, algún tipo de especificación. Así ocurre con el sueño breve que precede a la comida del mediodía, para el que se han utilizado dos expresiones, con algunas variantes: siesta del carnero (o del borrego) y, seguramente no de forma inocente, siesta del cura (o del canónigo), ninguna de las cuales parece haber traspasado nuestras fronteras. El mediodía es una hora crítica, pues es el instante.

sopapo
La voz sopapo resulta particularmente rotunda, sonora, aunque parece que vive cierta decadencia. Es palabra totalmente española, un compuesto formado por so, ‘debajo’, y papo, ‘papada de una persona’, puesto que, como señalan Covarrubias y el resto de diccionarios primitivos, inicialmente el sopapo —que hoy puede darse en cualquier parte de la cara— era sólo el golpe dado con la mano «debajo del papo». Se documenta en castellano en torno a 1600.
La palabra papo, por cierto, tiene su origen en papa, ‘sopa blanda’, derivada del latín pappa, ‘comida de niños’, que no tiene relación etimológica ni semántica con otras voces homónimas (→PAPA). Puede pensarse que su vitalidad es escasa, pero de ella proceden términos como papilla, empapar o paparrucha, que, desgraciadamente, está también cayendo en desuso. Además, a través de papo se han formado papada y paperas, entre otros vocablos. De modo que papa ha cumplido sobradamente. Como se dice hoy de forma recurrente, «ha hecho los deberes».

sursuncorda
El sursuncorda es un personaje misterioso y poderoso, de mucho copete: «¡Ni aunque lo mande el sursuncorda!», se suele decir. Y pese a que el uso de la voz, coloquial y festiva, esté decayendo, su historia no deja de ser interesante. Se trata de una adaptación de la expresión latina sursum corda, ‘arriba los corazones’, empleada en el prefacio de la misa católica, donde actualmente se traduce como ‘levantemos el corazón’. Pero hay que tener en cuenta, como ya se ha señalado en algún otro artículo (→BUSILIS), que hasta el Concilio Vaticano II, en la segunda mitad del siglo XX, la eucaristía se celebraba en latín. La falta de comprensión de esta lengua, que en las fechas en que empieza a documentarse el término —a mediados del XIX— sería totalmente desconocida para la mayoría de los fieles, habría hecho el resto. Ante las palabras del sacerdote: «Sursum corda», los feligreses debían ponerse en pie —según la liturgia ya deberían estarlo, pero es la costumbre— y contestar «Habemus ad Dominum» (‘lo tenemos levantado hacia el Señor’). De modo que la identificación entre el hipotético personaje y la autoridad es casi automática. Blanco y en botella, por tanto.

tejemaneje
La voz tejemaneje, de uso coloquial, se formó a partir de la unión de los verbos tejer y manejar, y se atestigua en castellano en el segundo cuarto del siglo XIX. Tiene dos significados: ‘actividad intensa o con mucho movimiento que se desarrolla al realizar algo’ y ‘actividad poco clara y llena de enredos para conseguir algo’. Tejer y manejar son términos que se vinculan, en su sentido propio, con la idea de laboriosidad. Ahora bien, ¿de dónde deriva ese matiz peyorativo, de intervención oscura o no del todo recta, que acompaña al segundo significado del compuesto?.
Quizá de la conexión que se establece entre tareas que requieren habilidad y la necesidad de recurrir a ella para burlar la norma o inclinarla al propio interés. En realidad, ese sentido existe ya en las voces simples. Tejer, del latín texĕre, es, en definitiva, ‘tramar y urdir’, conceptos en los que, figuradamente, apunta ya ese rasgo de maquinación secreta. Por su parte, manejar, que procede del italiano maneggiare, significa ‘utilizar algo con las manos o, por extensión, sin ellas’ y también ‘dirigir o gobernar’; pero de manejar a manipular hay sólo un paso, como se encarga de atestiguar el propio sustantivo manejo, ‘intriga, maquinación’. En definitiva, que el que teje y maneja está dotado para el chanchullo, la artimaña o el cambalache, todos ellos términos muy cercanos semánticamente a tejemaneje.

tiovivo
Sinónimo de carrusel, un galicismo con larga tradición, tiovivo es un compuesto popular que no necesita explicación morfológica. Da nombre a un entretenimiento infantil ineludible en cualquier feria, formado por una serie de asientos —a veces figuras de caballos, de ahí otra de sus denominaciones tradicionales, caballitos— que se disponen en un círculo giratorio. El uso de tal atracción parece remontarse en España a principios del siglo XIX, puesto que por entonces está fechado un documento del Ayuntamiento de Vitoria que hace referencia a la autorización concedida a un tal Sebastiani para instalar en el paseo del Espolón uno de estos circos «con cuatro caballos de madera para la diversión del público».
El término tiovivo es bastante posterior y no se documenta hasta el último cuarto del siglo XIX. Acerca de su formación circulan diversas teorías; todas curiosas, ninguna contrastada. El propio Corominas sostiene que la palabra aludiría a la viveza de aquel que intuyó las posibilidades lucrativas de este aparato destinado al ocio. Más inverosímil, pero castiza y demostrativa del ingenio popular, es la que nos habla del dueño de uno de estos carruseles en el Madrid decimonónico; al parecer, el hombre habría sido dado por muerto como resultado de una enfermedad, con tal fortuna que, de camino a su propio entierro, despertó gritando: «¡Que estoy vivo!».

tocho
Son varias las teorías sobre el origen de la palabra tocho, pero ninguna acaba de imponerse. Quizá, como señala la Real Academia, esté relacionado con el hipotético latín vulgar tuscŭlus, diminutivo de tuscus, ‘grosero, desvergonzado’. El sentido de este término latino, del que también procedería tosco y que significa propiamente ‘etrusco’, aludiría a la existencia, en la Roma clásica, de un barrio conocido popularmente como Vicus Tuscus (‘barrio etrusco’). Este Vicus Tuscus, la vía que unía el Foro con el Foro Boario y el Circo Máximo, fue una calle muy animada, llena de tiendas en las que se vendían vestidos, telas y especiería, pero no gozaba de buena fama; a la «muchedumbre impía» de sus vecinos aludió Horacio en una de sus sátiras.
Sea como fuere, se trata de una mera conjetura, y lo único cierto es que, con el significado de ‘tosco, necio’, la voz está ya en uso en la lengua castellana en el siglo XV. Pero es igualmente cierto que anteriormente, y al menos desde el XIII, se usaba tocho con el sentido de ‘bastón, garrote’, y que, como afirma Corominas, no resulta difícil asociar la imagen del rústico cayado con la persona ordinaria, poco refinada.

tragaldabas
Compuesta a partir del verbo tragar y el sustantivo aldaba, la voz coloquial tragaldabas, que designa a la persona tragona, que come con voracidad, se documenta en español en la primera parte del siglo XVIII. Entonces, como ahora, la acepción más común del término aldaba era la de ‘pieza que se clava en la puerta y se hace golpear contra un clavo para que sirva de llamador’. Aunque existe cierta controversia, parece derivar del árabe hispánico aḍḍabba, y este del árabe clásico abbah; literalmente, ‘lagarta’, por su forma, en origen semejante a la de este reptil. Hoy sin embargo, adopta frecuentemente la forma de argolla.

trapicheo
En el lenguaje común, la voz trapicheo hace referencia al negocio o actividad —especialmente los relacionados con el menudeo— en que se recurre a medios ingeniosos que bordean la ilegalidad. De manera específica, define en el mundo de la droga la actividad propia de camellos de poca monta que trafican a pequeña escala. Es de introducción tardía, puesto que los primeros registros corresponden a la primera mitad del siglo XIX. Ahora bien, ¿cuál es el origen del término?
No hay duda de que proviene de trapiche, palabra que da nombre a un molino tradicional destinado tanto a la extracción del jugo de determinados frutos, fundamentalmente de la caña de azúcar y la aceituna, como, en algunas áreas de Sudamérica, a pulverizar minerales. Este vocablo procede del hipotético mozárabe ṭrapíč, que a su vez derivaría de la voz latina trapētum o trapētus, ‘molino de aceite’. Con este último significado se constata su utilización en castellano ya el siglo XVI.
Lo que ya no resulta sencillo es determinar cómo se produjo el salto de trapiche a trapichear y trapicheo. Parece claro que el sentido de ‘venta al menudeo’ proviene de Cuba, y puede relacionarse con el tamaño de los trapiches de azúcar.

vacuna
La palabra vacuna (de vaca, procedente del latín vacca) se documenta en castellano como sustantivo en torno a 1800, coincidiendo con el curso de las primeras investigaciones sobre esta técnica inmunitaria. Designaba en origenla viruela vacuna, una suerte de grano purulento que sale en las ubres del ganado, así como el pus que este contiene, que, si se inocula en el organismo humano, puede producir inmunidad frente a la viruela. Quien llegó a tan curiosa conclusión, en 1796, fue el médico rural británico Edward Jenner, al observar que el contacto de las mujeres encargadas del ordeño con la viruela vacuna las inmunizaba e impedía que contrajesen la variante humana, mucho más agresiva. Este es, en definitiva el origen de la vacuna, que constituye uno de los principales avances de la historia de la medicina. Si se nos permite el juego de palabras, pasamos de la «viruela vacuna», a través de un curioso giro lingüístico, a la «vacuna de la viruela». La evolución del término, pues, no deja de ser metafórica, y aquello que produce el mal, sometido a determinadas modificaciones, puede convertirse en el remedio.

yoyó
El yoyó es un juguete de antiguo origen, formado por dos discos unidos entre sí por un eje en torno al que se enrolla una cuerda; en su extremo opuesto, el cordel se ata al dedo, de modo que, impulsado por el movimiento ascendente y descendente de la mano, el conjunto de los discos sube y baja. Algunas fuentes sostienen que nació en China, pero lo que es seguro es que el mundo antiguo conoció este divertimento, como atestigua, por ejemplo, alguna representación del objeto en piezas cerámicas griegas.
Sabemos que, ya en tiempos modernos, era utilizado, aunque con distinto nombre, en Francia antes del estallido de la revolución. La voz yoyó parece tener su origen en Filipinas, y algunas fuentes aventuran que equivaldría en tagalo a ‘viene, viene’. No existe certeza al respecto, pero sin duda el juego alcanzó gran desarrollo en este país asiático, y fue un comerciante filipino, Pedro Edralin Flores, el introductor del juguete en Estados Unidos, donde estableció en 1928 la primera fábrica de yoyós. Fue en Canadá, sin embargo, donde la denominación del juego fue patentada en 1932. El yoyó era ya popular en España antes del estallido de la Guerra Civil.

zarzuela
La zarzuela es una suerte de ópera cómica, una composición lírico-dramática nacida en España, que alterna partes cantadas y habladas. El término procede del nombre del real sitio emplazado en el madrileño bosque de El Pardo —erigido en los años treinta del siglo XVII en un lugar donde abundaban las zarzas, de ahí su nombre—, en el que tenían lugar este y otro tipo de representaciones para solaz de monarcas y altos dignatarios que utilizaban la residencia para descansar tras sus jornadas cinegéticas.
A partir de la década de 1650 comienza ya a documentarse el uso del término, pero la popularización de la zarzuela está vinculada al nombre de don Ramón de la Cruz, que en la segunda mitad del siglo XVIII introdujo en las representaciones temas costumbristas, los mismos que inspiraron sus sainetes. Ya a partir de mediados del siglo XIX se distingue entre zarzuelas del género chico (las de un solo acto) y del género grande (dos, tres o más actos). Poco a poco, lo popular, lo cómico, las danzas tradicionales españolas o los cantares más pegadizos se irán incorporando al género, que alcanzará creciente aplauso del público. Y tal popularidad y tan variada mezcolanza terminaran por proporcionar por vía metafórica otra acepción al vocablo: la de un suculento plato de cocina que combina diversas variedades de pescados o mariscos aderezados con una salsa.

zombi
El cine y la música han popularizado la representación del «muerto viviente», devuelto a la vida por arte de brujería y hechizo con el fin de dominar su voluntad (obsérvese que, en la tradición occidental —por ejemplo, en la Farsalia de Lucano o en la Numancia de Cervantes—, los ensalmos de los magos hacen resucitar a los difuntos, pero sólo durante breve tiempo y con un único fin: que el cadáver reanimado prediga el porvenir). Es más que probable que la palabra zombi tenga su origen en África occidental, donde al parecer podría haber dado nombre a una divinidad con forma de serpiente. Desde África, habría saltado al continente americano a través del tráfico de esclavos, asentándose en la lengua criolla de Haití. Es conocida la vinculación racial, lingüística y, en amplio sentido, cultural entre Haití y África. De hecho, la palabra zombi se encuentra claramente asociada al nombre de la isla caribeña donde floreció el vudú —otra voz, por cierto, de origen africano occidental, que significa ‘espíritu’—, término que engloba un conjunto de creencias y prácticas religiosas sincréticas de amplia difusión entre las comunidades negras de América y también del sur de Estados Unidos. El culto las serpientes, el sacrificio ritual, el trance como vía de comunicación con los dioses africanos primigenios y, por supuesto, los zombis, serían sus elementos definitorios.

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