Guerras sucias , el mundo es un campo de batalla — Jeremy Scahill / Dirty Wars: The World Is a Battlefield by Jeremy Scahill

Este es un magnífico libro, bastante extenso en conceptos, yo tardé alrededor de 20 días sobre los tejemanejes de la política estadounidense y del mundo, el libro es impactante y desolador como ser humano. La expansión de las guerras encubiertas de EE.UU., del abuso del «privilegio ejecutivo» y de la protección de los secretos de Estado por parte de la presidencia de ese país, y de la aceptación del uso de unidades militares de élite que no responden de sus actuaciones ante nadie más que ante la Casa Blanca. Donde Obama es algo más que el señor de la guerra más allá del premio Nobel de La Paz. Guerras sucias revela igualmente la continuidad con la que se ha manifestado a lo largo de las diferentes administraciones presidenciales (tanto republicanas como demócratas) un particular modo de pensar desde el que se concibe «el mundo como un campo de batalla».

El Gobierno talibán, que gobernaba en Afganistán desde 1996, fue aplastado por la intervención militar norteamericana, que, de ese modo, privó a al-Qaeda del refugio del que gozaba en suelo afgano. Osama bin Laden y otros líderes de al-Qaeda se dieron a la fuga, pero la administración Bush preveía una guerra larga y esta no había hecho más que empezar.
En la Casa Blanca, el vicepresidente Dick Cheney y el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, andaban ya muy ocupados planificando la siguiente invasión: la de Irak. Cuando accedieron al poder, entre sus planes se encontraba ya el derrocamiento de Sadam Husein y, pese a que no existía conexión iraquí alguna con los atentados, aprovecharon el 11-S como pretexto para impulsar sus propias prioridades. Pero las decisiones tomadas en aquel primer año de la administración Bush iban mucho más allá de Irak, Afganistán o, incluso, al-Qaeda.
En las fases iniciales del programa GST, la administración Bush no encontró apenas obstrucción alguna a su actuación desde las filas del Congreso. Tanto demócratas como republicanos otorgaron una extraordinaria libertad a la administración para que esta procediera con su guerra secreta. Además, la Casa Blanca se negó en alguna que otra ocasión a proporcionar detalles de sus operaciones encubiertas a las comisiones de supervisión pertinentes del propio Congreso y este apenas protestó por las reticencias del ejecutivo en ese sentido. La administración también decidió unilateralmente reducir los miembros de la «Banda de los Ocho» del Congreso a solo cuatro: los presidentes y los miembros inmediatamente siguientes en el escalafón de los comités sobre servicios de inteligencia en la Cámara de Representantes y en el Senado. Estos tienen prohibido comentar con nadie las sesiones informativas en las que se les pone al día de la actuación secreta del ejecutivo, lo que significa en la práctica que el Congreso carecía de capacidad de supervisión alguna sobre el programa GST. Y eso era exactamente lo que Cheney quería.
Las estrategias que alimentaron el ascenso de esa fuerza se convertirían en un modelo para un programa secreto que Rumsfeld terminó construyendo en el Pentágono. Rumsfeld se había limitado a mirar mientras la CIA se erigía en el «macho alfa» de la GGCT bajo la dirección de Cheney, pero estaba decidido a romper con lo que él mismo llamó la «dependencia casi total» del Pentágono con respecto a la CIA y a levantar un telón de acero en torno a las actividades más delicadas y potencialmente conflictivas de la élite suprema de los guerreros estadounidenses. El proyecto fue ideado como una operación de inteligencia paralela a la CIA, pero también como la máquina de asesinato y/o captura más eficaz jamás vista en el mundo: una maquinaria que, por su propia naturaleza, no respondería ante nadie más que el presidente y su círculo de allegados más próximos.

Awlaki era la clásica historia de tantas y tantas personas venidas desde un país lejano en busca de una vida mejor en Norteamérica. Su padre, Nasser Awlaki, era un joven y brillante estudiante yemení que llegó a Estados Unidos con una beca Fulbright en 1966 para estudiar economía agrícola en la Universidad Estatal de Nuevo México. «Leí mucho sobre Estados Unidos cuando solo tenía 15 años —recordaba Nasser en una conversación que mantuvimos—. De niño, mi impresión de EE.UU. cuando era un alumno de Primaria o al empezar la Educación Secundaria era que América era el país de la democracia y de las oportunidades. Estaba loco por estudiar en los Estados Unidos de América.»
Las mezquitas de Awlaki atrajeron a toda una serie de personajes que terminaron convirtiéndose en terroristas, pero es difícil determinar el grado de conocimiento por parte del propio Awlaki de quiénes eran esas personas y qué estaban tramando. Y si examinamos las vivencias y las declaraciones de Awlaki durante ese periodo, el misterio se ahonda aún más. Lo que hubo a puerta cerrada entre Awlaki y las autoridades federales estadounidenses en los meses posteriores al 11-S y lo que se reveló públicamente a raíz de los contactos entre Awlaki y los medios de comunicación norteamericanos durante la misma época conforman un relato estrambótico, repleto de contradicciones. Era como si Anwar Awlaki estuviera llevando una doble vida.
El 11-S ha sido un ataque contra la civilización norteamericana. Nos han dicho que ha sido un ataque contra la libertad estadounidense, contra el estilo de vida americano —declaró entonces Awlaki—, pero este no ha sido un ataque contra nada de eso. Ha sido un ataque contra la política exterior de Estados Unidos».

Shultz caracterizó a las fuerzas de operaciones especiales como un elemento inoperante, maniatado por las altas instancias militares y por los altos cargos civiles, que preferían lanzar misiles de crucero y enfrentarse a Bin Laden a sus huestes terroristas pretendiendo imponer el cumplimiento de la ley más escrupuloso posible. El temor al fracaso de las misiones o a la humillación resultante, combinado con la preocupación por violar las prohibiciones vigentes sobre los asesinatos como método o por matar a personas inocentes tratando de dar caza a las culpables, allanaron el camino al 11-S, en opinión de Rumsfeld. La estrategia del nuevo secretario de Defensa se resumía en un principio básico: quería que los mejores verdugos que Estados Unidos tenía a su servicio se encargaran de matar a los enemigos de Estados Unidos allá donde estos residieran.
Shultz comenzó a dar cuenta a altos cargos del Pentágono de sus conclusiones y recomendaciones precisamente en el mismo momento en que Estados Unidos iniciaba su guerra global.

La Yihad Islámica, el movimiento de Aiman al-Zawahiri, el médico egipcio que ascendió hasta convertirse en el número dos de Bin Laden, tenía en Yemen la base de una de sus mayores células durante los años noventa. Pero era evidente que, para Saleh, al-Qaeda no era una amenaza importante. Si acaso, veía los yihadistas como posibles (y oportunos) aliados ocasionales que podía utilizar para sus propios objetivos en la política nacional yemení. A cambio de garantizarles libertad para desplazarse y entrenarse en Yemen, Saleh pudo reclutar los servicios de los yihadistas que combatieron en Afganistán para que le ayudaran en su particular batalla contra los secesionistas del sur y, más tarde, contra los rebeldes de al-Huti (chiíes) en el norte. «Eran los matones a los que Saleh recurría para controlar a los elementos problemáticos. Tenemos multitud de ejemplos de casos en los que Saleh utilizó a esa gente de al-Qaeda para eliminar a oponentes al régimen».
La consecuencia de esa relación fue una considerable expansión de al-Qaeda durante la década de los noventa, pues Yemen le sirvió de terreno de cultivo propicio para la instalación de sus campos de entrenamiento y para el reclutamiento de sus yihadistas. Durante la administración Clinton, esa relación simbiótica apenas hizo saltar ninguna alarma en el radar del antiterrorismo estadounidense más allá de un reducido número de funcionarios especializados —principalmente del FBI y la CIA— que se dedicaban a hacer un particular seguimiento del auge de al-Qaeda.

El letal ataque del drone estadounidense en Yemen y la construcción de la base en Yibuti presagiaban una era de «acción directa» a cargo de las fuerzas antiterroristas estadounidenses en la región. «Ni que decir tiene que hace un año no estábamos aquí —dijo Rumsfeld en el Campamento Lemonnier—. Sospecho, sin embargo, que si miramos a uno, dos, tres o cuatro años vista, veremos que estas instalaciones seguirán estando donde están ahora.» Además de las fuerzas militares convencionales de Estados Unidos que se iban acumulando en torno a Yemen y al Cuerno de África, un nutrido contingente de fuerzas de operaciones especiales de Estados Unidos fue desplegado discretamente por entonces en Catar y Kenia. Estas fuerzas se encontraban en estado de alerta para realizar más incursiones clandestinas en Yemen y en su vecino de la orilla opuesta del golfo de Adén, Somalia. Aunque la CIA llevaría la voz cantante en muchas de las futuras operaciones estadounidenses en la región, aquel fue un momento clave en el ascenso de las fuerzas estadounidenses de operaciones especiales (y, en particular, del JSOC) a una posición de influencia sin precedentes dentro del aparato de la seguridad nacional de Estados Unidos.
Al final, ante las fuertes presiones del equipo de Cheney y de la oficina de Feith, el informe final de la Comunidad de Inteligencia estadounidense incluyó «informes de inteligencia cuestionables», según una investigación del Senado federal, que se ajustaban a la decisión política de invadir Irak que la administración ya había tomado de antemano. Feith presentó más adelante un informe clasificado ante el Comité Selecto sobre Inteligencia del Senado. El Weekly Standard obtuvo una copia del memorando y lo presentó como prueba de una conexión irrefutable entre al-Qaeda y el régimen iraquí. El memorando de Feith, según el autor de aquel reportaje, Stephen Hayes, demostraba que «Osama bin Laden y Sadam Husein habían mantenido una relación operativa desde comienzos de los años noventa hasta 2003». Hayes afirmaba sin rodeos que «ya no hay discusión posible sobre el hecho de que el Irak de Sadam Husein colaboró con Osama bin Laden y con al-Qaeda para conspirar contra los estadounidenses». La campaña de presión concentrada de Cheney sobre la CIA y otras agencias de inteligencia, unida a las sesiones informativas de Feith, formarían la base de los dudosos argumentos con los que finalmente se justificaría y se materializaría la invasión de Irak.

Las luchas fratricidas entre el FBI y la CIA se estaban tornando insostenibles. A algunos miembros del personal del FBI les repugnaban por extremas las tácticas empleadas por los interrogadores de la Agencia. Otros, como Rumsfeld y Cheney, creían que la CIA no estaba yendo suficientemente lejos y que se encontraba constreñida en exceso por sus obligaciones de mantener al corriente de sus operaciones a los comités del Congreso competentes. En diciembre de 2002, el director de la CIA, George Tenet, presumió de que Estados Unidos y sus aliados habían apresado ya a más de tres mil sospechosos de actuar para al-Qaeda o de colaborar con dicha red, en más de un centenar de países, pero, a pesar de tales proclamas, el juego no había hecho más que empezar. El ardor inmediatamente posterior al 11-S, que había permitido que las operaciones del «lado oscuro» patrocinadas por Cheney procedieran viento en popa sin prácticamente cuestionamiento alguno del Congreso ni de los medios de comunicación, se estaba enfriando. Periodistas y abogados se atrevían ya a fisgonear. Varios congresistas empezaban a hacer preguntas al respecto. Se hablaba de la existencia de “prisiones secretas”.
El programa SERE se creó para familiarizar a los soldados, los marinos y los aviadores militares estadounidenses con la gama completa de torturas que «una nación totalitaria y perversa, sin la más mínima consideración por los derechos humanos ni la Convención de Ginebra», podía aplicarles si los capturaba. En la instrucción del SERE, los soldados eran sometidos a un régimen infernal de tácticas de torturas tomadas de las técnicas empleadas por las dictaduras y los terroristas más sanguinarios. Durante el adiestramiento, los soldados podían ser raptados de sus barracones, apaleados, encapuchados, encadenados e introducidos en furgonetas o trasladados en helicópteros. Se les podía someter a ahogamientos simulados (waterboarding), se les podía azotar a bastonazos, se les podía estampar la cabeza contra la pared. A menudo, se los privaba de comida y sueño, y eran objeto de tortura psicológica. «En la escuela del SERE, las “técnicas de interrogatorio mejoradas” son los métodos de tortura del enemigo».
Rumsfeld y Cheney estaban empezando a cimentar y agrandar la infraestructura dirigida a librar una guerra global de la que no tuvieran que rendir cuentas ante nadie, y el JSOC sería su arma más preciada. Necesitaban un general «echado para delante», con los arrestos necesarios para dirigir su guerra secreta. Y lo encontraron en la persona del general Stanley McChrystal, ranger del ejército de los Estados Unidos.
Tras el 11-S, no había más de dos docenas de nombres en la lista estadounidense de objetivos de operaciones de búsqueda y asesinato. Desde que McRaven se hizo cargo de esas labores, la lista no dejó de crecer año a año. Tras ayudar a construir la estructura necesaria para que el JSOC pudiera lanzar sus operaciones de «caza al hombre» a escala global, McRaven sería el encargado de desplegarla e implementarla. «Tres son las personas que de verdad mejoraron las fuerzas de operaciones especiales y que pueden atribuirse gran parte del mérito de lo mucho que se han desarrollado desde 2001 —me comentó Exum—. Y para mí serían Bill McRaven, Stan McChrystal y Mike Flynn.»

La insurgencia era mucho más compleja de lo que las autoridades de Washington (y del Pentágono, en particular) estaban dispuestas a admitir públicamente. Pero, aun así, no modificaron la decisión de seguir considerando a todos los insurgentes como objetivos de las fuerzas estadounidenses, sin establecer diferencias entre ellos. Lejos de recapacitar, las autoridades ordenaron redoblar los esfuerzos de sus tropas en la misma dirección. «Si ves que se está empezando a formar una insurgencia incipiente, no tienes que ser ningún genio para darte cuenta de que sacando a rastras a la gente de sus casas en plena noche (sobre todo, si se hace sin comunicar a los vecinos por qué se está sacando a aquella persona a rastras de su casa en plena noche), no es difícil darse cuenta, digo, de que con eso puedes estar alimentando tensiones y exacerbando factores de conflicto —me dijo Exum—. Yo creo que eso fue probablemente lo que sucedió en 2003.»
Rumsfeld no lo veía así. Él quería arrasar a la insurgencia y decapitar su cúpula dirigente. Y dejó en manos de McChrystal el idear un sistema con el que alcanzar esos objetivos.

Afganistán, Irak y Pakistán, 2003-2006. Al igual que en Irak, también en Afganistán el JSOC dirigía sus propias operaciones de detención y filtrado de prisioneros y mantenía una lista de personas que quería matar o capturar. Conocida como la Lista Conjunta de Efectos Priorizados (JPEL, según sus siglas en inglés), los primeros en figurar en ella fueron los líderes de los talibanes y de al-Qaeda, pero, en años subsiguientes, a medida que la insurgencia se fue afianzando en Afganistán, su nómina se incrementaría hasta incluir más de dos mil nombres. Y del mismo modo que el JSOC había quedado atrapado en Irak en una vorágine de órdenes de eliminación de objetivos que, por la propia dinámica de regeneración y aumento constantes de la lista de «insurgentes», se estaba volviendo interminable, en Afganistán terminó envuelto en una guerra de guerrillas en la que los más poderosos guerreros de Estados Unidos combatían contra oponentes locales que nunca antes habían tenido ningún vínculo serio con al-Qaeda ni con los talibanes.
Anthony Shaffer, el agente y oficial de inteligencia de la Defensa, había llegado a Afganistán en julio de 2003 como miembro de la célula de localización de dirigentes que tenía encomendada la búsqueda de líderes de al-Qaeda y de los talibanes, así como del movimiento extremista Hezbi Islami Gulbudin (HIG), vinculado a al-Qaeda.
El nombre del JSOC surgió con cierta frecuencia en varias de las historias sobre Blackwater a las que traté de seguir el hilo. Cuando empecé a investigar la que se estaba convirtiendo en una guerra encubierta cada vez más global, recibí una comunicación por vía electrónica de un hombre que me podría ayudar a entender mejor todo aquel hermético mundo. Al principio, cuando iniciamos nuestras comunicaciones, yo recelaba bastante de él. Alguien había pirateado mi ordenador muy poco tiempo atrás y, de resultas de ello, había recibido una serie de llamadas telefónicas y correos electrónicos amenazadores relacionados con mi trabajo sobre Blackwater y el JSOC.
Se presentó como un estadounidense patriota que creía en la importancia de la «guerra global contra el terror», pero que se sentía profundamente preocupado por el papel que Blackwater estaba desempeñando en ella. Había leído mi libro sobre aquella empresa, me había visto por la tele y decidió ponerse en contacto conmigo. Inicialmente, no dijo nada acerca del JSOC. Solo hablamos de Blackwater. Cuando trataba de presionarle un poco más para que me explicara su propio papel en diversas guerras estadounidenses, él cambiaba de tema o daba unas descripciones tan poco definidas de lo que había hecho que podían haber sido de alguien encuadrado en casi cualquiera de las unidades de las fuerzas armadas.
La mentalidad, según dijo Hunter, era: «El mundo es un campo de batalla y nosotros estamos en guerra. Por lo tanto, los militares podemos ir adonde nos plazca y hacer lo que creamos que tenemos que hacer para cumplir con los objetivos en materia de seguridad nacional de cualquiera que sea la administración que esté en el poder en ese momento».

En un cable diplomático estadounidense a propósito de la liberación de Awlaki, se elevaba a Anwar a la categoría de «jeque» y se hablaba de él como «el presunto consejero espiritual de dos de los secuestradores del 11-S». En el cable se añadía que ciertos «contactos» en el Gobierno yemení contaron a varias autoridades estadounidenses que «no disponían de pruebas suficientes para acusar formalmente [a Anwar] y no podían seguir reteniéndolo ilegalmente». Unos años después, el Gobierno estadounidense utilizaría aquel encarcelamiento de Awlaki como una prueba más de que llevaba tiempo involucrado en tramas terroristas contra Estados Unidos. Sin proporcionar documento alguno que apoyara aquella afirmación, el Departamento del Tesoro estadounidense llegó a sostener incluso que Awlaki había sido «encarcelado en Yemen en 2006 acusado de haber organizado secuestros para la obtención de rescates y de [haber estado] implicado en un complot de al-Qaeda para secuestrar a una autoridad estadounidense, pero fue excarcelado en diciembre de 2007 y, acto seguido, se ocultó en paradero desconocido en el propio Yemen».
En 2001, cuando Estados Unidos invadió Afganistán, Wahishi luchó en la famosa batalla de Tora Bora y, acto seguido, huyó a Irán, donde fue arrestado y estuvo recluido dos años antes de ser entregado a Yemen en 2003. Jamás se le acusó formalmente de delito alguno. Tras su huida de la prisión yemení, transformó al-Qaeda en Yemen y la convirtió en una organización regional —en vez de nacional—, la llamada «Organización al-Qaeda de la Yihad en el Sur de la Península Arábiga», que sería la que finalmente se conocería como AQPA. Bajo el liderazgo de Wahishi, al-Qaeda en Yemen «empezó a hacerse notar mucho más, a estar mejor organizada y a ser más ambiciosa que nunca antes», afirmaba Johnsen por entonces. Wahishi «reconstruyó por completo la organización». Que al-Qaeda hubiera vuelto a la actividad era algo que le iba bien a Saleh, porque obligaba a norteamericanos y a saudíes a tratar con él y, lo que era aún más importante, a financiar y a armar a su régimen. Pero el JSOC se impacientaba cada vez más con Saleh y pronto comenzaría a extender su ámbito de operaciones al interior mismo de Yemen, con permiso del presidente de ese país o sin él.
Tras años durante los que se le había ordenado centrar la mayor parte de sus recursos en Irak, el JSOC estaba teniendo por fin su oportunidad de atacar de forma más organizada en territorio de Pakistán. Al final, parecía demostrarse que el proyecto de transformación del mundo en un campo de batalla por el que tanto se había guiado Rumsfeld en su labor como secretario de Defensa se estaba convirtiendo en una realidad más consolidada tras su marcha del cargo que durante su ejercicio del mismo. Su salida del Pentágono marcó el comienzo de una era en la que el eje de la actuación de las más potentes fuerzas estadounidenses «del lado oscuro» giraría alejándolas de Irak y acercándolas a las guerras crepusculares de Estados Unidos en el sur de Asia, África y más allá.

Estados Unidos, 2002-2008. Barack Obama es un profesor de derecho constitucional, formado en universidades de la prestigiosa Ivy League, que ha seguido una carrera política cuidadosamente planificada. En octubre de 2002, cuando era senador del estado de Illinois, Obama expuso una postura con respecto a la entonces inminente guerra de Irak que prefiguraba la que sería la visión en materia de política exterior expresada posteriormente como candidato presidencial. «No estoy en contra de todas las guerras —declaró Obama entonces—. De lo que sí estoy en contra es de la guerra estúpida. Estoy en contra de la guerra precipitada. Estoy en contra del cínico intento de […] esos guerreros de salón, los guerreros de fin de semana que ocupan puestos en esta administración, de hacernos tragar sus programas ideológicos sin que les importen los costes en vidas y en penurias que eso conlleve.»
«Seamos la generación que jamás olvide lo que sucedió aquel día de septiembre y enfrentémonos a los terroristas con todo lo que tenemos —dijo Obama en el discurso de anuncio de su candidatura—. Podemos trabajar unidos para dar con los terroristas si contamos con unas fuerzas armadas más fuertes, podemos estrechar el cerco en torno a sus finanzas y podemos mejorar nuestras capacidades en materia de obtención y procesamiento de información de inteligencia.»
Los discursos de campaña de Obama se centraron a menudo en el propósito de poner fin a la guerra en Irak, pero el futuro presidente también manifestó en ellos una elaborada postura de línea dura en lo referente a los ataques unilaterales estadounidenses, un plan para el que iba a necesitar una importante participación del JSOC y la CIA. Tras su investidura, Obama formó un equipo de política exterior compuesto por demócratas de la línea dura, entre ellos, su vicepresidente, Joe Biden, y su secretaria de Estado, Hillary Clinton, ambos partidarios en su momento de la invasión de Irak de 2003. Susan Rice fue nombrada embajadora de EE.UU. en las Naciones Unidas y Richard Holbrooke fue designado para encabezar el frente civil del plan de Obama para expandir la guerra de Estados Unidos en Afganistán. Todas estas figuras acumulaban un largo historial de apoyo a las intervenciones militares, a las políticas económicas neoliberales y a una visión del mundo congruente con la trayectoria que la política exterior norteamericana había venido trazando desde los tiempos de la presidencia de George Bush padre hasta la actualidad. Obama también mantuvo en su cargo al Secretario de Defensa de Bush hijo, Robert Gates; nombró a un veterano de la CIA como John Brennan alto asesor presidencial en materia de antiterrorismo y seguridad interior, y eligió al general James Jones como consejero de seguridad nacional.
Cuando Obama apenas acababa de llegar a la Casa Blanca, Dick Cheney le acusó de ir camino de «derogar muchas de las políticas que pusimos en marcha y que mantuvieron a nuestra nación protegida durante ocho años frente a un nuevo ataque terrorista como el del 11-S». Cheney se equivocaba. Si algo iba a hacer Obama durante los años siguientes en ese sentido, iba a ser más bien garantizar que muchos de dichos programas y proyectos se convirtieran en instituciones afianzadas en la política de la seguridad nacional estadounidense, indiscutidas por ninguno de los dos grandes partidos. Que esas políticas hayan mantenido protegidos a los estadounidenses (o hayan disminuido en realidad su seguridad) es ya otra cuestión.
Obama heredó de Bush un programa de ataques con drones en plena escalada. Las acciones en Pakistán se habían intensificado durante los meses finales de 2008. Justo antes de que Obama ganara las elecciones, Bush había «alcanzado un acuerdo tácito para permitir que [los ataques con drones] continuaran sin participación paquistaní». La política estadounidense hasta entonces había consistido en informar a Pakistán de los ataques cuando estos estaban ya en marcha o unos minutos después de que se hubieran llevado a cabo. El presidente Obama aprobó aquel cambio, que conllevó un aumento de la actividad de los drones, y «respaldó sin reservas el programa de acciones encubiertas».
A comienzos de 2009, la administración Obama se vio metida en un complicado aprieto con el presidente Saleh. Obama había prometido en campaña cerrar Guantánamo y había firmado una orden ejecutiva decretando ese cierre. Casi la mitad de los más de doscientos prisioneros recluidos en el campamento cuando Obama accedió a la presidencia eran de Yemen.
La administración Obama incrementó el número de instructores de las fuerzas estadounidenses de operaciones especiales presentes en Yemen. «Ellos [los yemeníes] recibían entrenamiento gratuito de la élite de la élite de las fuerzas armadas estadounidenses: los mejores de los mejores —me comentó el ya mencionado ex asesor de un comandante de operaciones especiales—. Son los chicos de “asesoramiento y asistencia”, dirigidos principalmente por el DEVGRU. Su labor consiste en enseñar a volar cosas por los aires y a pilotar helicópteros y a efectuar incursiones nocturnas, y son muy buenos en ello.» Pero, al tiempo que se expandían la instrucción y el entrenamiento, también lo hacían las operaciones unilaterales, encubiertas y letales del JSOC.

El papel del Gobierno de Estados Unidos en los ataques en Yemen no se reveló a través de filtraciones, pero estaba claro quién tenía la última palabra. En medio de las instancias del parlamento yemení para que se diesen explicaciones sobre la masacre de al-Majalah, el viceprimer ministro Alimi empezó a hacer circular una versión «actualizada» de la historia: «Las fuerzas de seguridad yemeníes llevaron a cabo las operaciones con la ayuda de inteligencia de Arabia Saudí y de los Estados Unidos de América, que nos apoyan en nuestra lucha contra el terrorismo». Aunque cercana a la verdad, esta versión de los hechos también era falsa. «Fue un ataque con misiles de crucero en combinación con unidades militares sobre el terreno —aseguró Sebastian Gorka, un instructor del Mando de Operaciones Especiales de Estados Unidos que había entrenado a las fuerzas yemeníes—. Fue una señal muy clara de la administración Obama de su compromiso por ayudar a Yemen a eliminar las instalaciones de al-Qaeda en su territorio. Y fue ejecutado por Estados Unidos, aunque con un fuerte apoyo por parte del Gobierno de Yemen.»
Según algunos altos militares y funcionarios de los servicios de inteligencia estadounidenses, durante la ofensiva por tierra que siguió al ataque del 17 de diciembre en Arhab, cerca de Saná, las fuerzas de operaciones especiales yemeníes en colaboración con el equipo del JSOC encontraron a alguien que creían un superviviente aspirante a terrorista suicida de al-Qaeda y que todavía llevaba puesto su chaleco explosivo. Fue detenido e interrogado, aportando lo que Estados Unidos consideraba datos de inteligencia procesables. Una semana después del mortal ataque aéreo a Abyan y de las incursiones en tierra cerca de Saná, el presidente Obama firmó otro nuevo ataque, basado en parte en la información proporcionada por aquel prisionero en la operación de Arhab. Esta vez el objetivo era un ciudadano americano.

Durante los dos primeros años de la administración Obama, la política exterior de Estados Unidos se centró en gran medida en Afganistán e Irak, y en la controversia sobre el campo de prisioneros de Guantánamo, pero en 2010 Somalia se estaba convirtiendo en una importante área de preocupación. El JSOC había llevado a cabo un puñado de operaciones en el país, sobre todo la que mató a Saleh Alí Saleh Nabhan, el jefe de al-Qaeda en África oriental. Pero a medida que Estados Unidos intensificaba sus ataques, al-Shabab parecía mostrar un atrevimiento mayor. Cada semana, el grupo abarcaba más territorio. Al-Shabab controlaba la mayor franja de tierra en poder de cualquier filial de al-Qaeda en el mundo. En el Índice de Riesgo de Terrorismo Global de Maplecroft del año 2010, Somalia recibió el dudoso honor de ser nombrada la capital mundial del terrorismo, con 556 terribles ataques terroristas entre junio de 2009 y junio de 2010, que mataron a 1.437 personas. La retórica de la Casa Blanca contra al-Shabab empezó a ser marcadamente más belicosa, y Obama emitió la Orden Ejecutiva 13536 declarando una «emergencia nacional para hacer frente a la amenaza [en Somalia]. Entre las más graves preocupaciones identificadas por la comunidad antiterrorista de Estados Unidos estaba el tema de los combatientes extranjeros, y en particular los americanos que habían sido utilizados como terroristas suicidas.
El 5 de agosto de 2010, el fiscal general Eric Holder anunció la desclasificación de los cargos de catorce individuos acusados de apoyar materialmente a al-Shabab. «Estas acusaciones y arrestos en Minnesota, Alabama y California arrojan luz sobre un hilo mortal que recorre distintas ciudades estadounidenses, que ha aportado financiación y combatientes a al-Shabab —afirmó Holder—. Aunque se están realizando investigaciones por todo el país, las detenciones y los cargos deben servir como una advertencia inequívoca a quienes estén considerando unirse o dar apoyo a grupos terroristas como al-Shabab: si eligen esta ruta acabarán entre rejas en Estados Unidos o heridos en el campo de batalla en Somalia.» Muchos vecinos de Mogadiscio comenzaron a comentar la presencia de aviones de vigilancia que sobrevolaban regularmente la capital.
La administración Obama intensificaba sus operaciones. Pero, al-Shabab también hacía lo mismo.
El 22 de agosto de 2010, al-Shabab lanzó lo que el Grupo de Supervisión de la ONU para Somalia y Eritrea llama «la campaña militar más importante desde mayo de 2009». El jeque Rage celebró una conferencia de prensa el 23 de agosto para anunciar una «guerra masiva» para acabar de una vez por todas con el Gobierno somalí respaldado por Estados Unidos.

Después de que el cuerpo de Bin Laden fuera trasladado a Bagram y se tomaran más muestras de ADN, viajó en helicóptero al mar Arábigo, donde acabó a bordo del USS Carl Vinson. «Se siguieron los procedimientos tradicionales para realizar un entierro islámico», decía un correo electrónico enviado el día 2 de mayo desde el Carl Vinson por el contraalmirante Charles Gaouette a Mullen y otros funcionarios militares: «El cadáver del difunto se lavó (se le realizaron las respectivas abluciones) y luego se le vistió con un sudario blanco. El cuerpo fue colocado en una bolsa con lastre. Un oficial militar leyó los comentarios religiosos preparados a la sazón, que fueron traducidos al árabe por un hablante nativo. Después de decir estas palabras, el cuerpo fue colocado en una tabla plana preparada para tal efecto, desde la que el cadáver del difunto se deslizó hacia el mar».
Awlaki podía haber escapado, pero Estados Unidos no le quitaba ojo. «El Gobierno de Estados Unidos lleva atacando a al-Awlaki desde hace algún tiempo, [y] el ritmo de las operaciones ha ido en aumento», afirmó Fran Townsend, un antiguo alto funcionario de la administración Bush. «Uno debe pensar que tenían un plan en marcha para atacar a toda la cúpula [de al-Qaeda], que, si podían, el ataque con drones contra al-Awlaki iba a estar coordinado con la operación contra Bin Laden, con lo que iban a enviar un mensaje muy claro, el de que todos los líderes de al-Qaeda serían atacados allí donde estuvieran.»
Nasser Awlaki no lograba contactar con su hijo, pero había oído decir a algunos intermediarios que Anwar seguía vivo. Sabía que, habiendo fracasado una vez más en su misión de encontrarle y de darle muerte, Estados Unidos estaría más decidido que nunca a terminar el trabajo. Vio las noticias internacionales sobre la incursión contra Bin Laden y escuchó cómo los comentaristas, los expertos y los altos funcionarios estadounidenses comparaban a su hijo con el líder de al-Qaeda e incluso sugerían que Awlaki le sucedería como líder. «Han matado a Bin Laden y ahora van a por mi hijo».

Yemen, finales de 2011. Mientras la administración Obama se vanagloriaba por el éxito de la muerte de Bin Laden y el JSOC y la CIA se iban acercando a Anwar Awlaki, en los países árabes las revueltas se iban extendiendo. Tres semanas después de la incursión de Abbottabad, en Yemen el Gobierno del presidente Alí Abdalá Saleh se encontraba al borde del colapso. Las protestas iban creciendo y el presidente Saleh había quemado casi todas las cartas que tenía para mantener de su lado a los estadounidenses. Le había dado a la maquinaria antiterrorista de Estados Unidos vía libre para bombardear Yemen. Les había abierto las puertas para que llevaran a cabo una guerra no del todo encubierta. Pero a medida que su control se iba debilitando, AQPA vio una oportunidad para sembrar el caos. En el verano de 2011, las unidades antiterroristas de élite apoyadas por los Estados Unidos fueron apartadas de la lucha contra AQPA para defender al régimen de su propio pueblo.1 En el sur de Yemen, donde AQPA tenía una mayor presencia, los muyahidines trataban de ganar la partida a un estado en plena implosión cuyos líderes se habían ganado la reputación de corruptos, ya que no lograban proporcionar a la ciudadanía ni bienes ni servicios básicos.
El 27 de mayo de 2011 varios cientos de combatientes sitiaron Zinjibar —a cincuenta kilómetros al noreste de la ciudad sureña de Adén, de gran importancia estratégica—, mataron a varios soldados, expulsaron a los funcionarios locales y tomaron el control de la localidad en solo dos días. ¿Quiénes era exactamente estos extremistas? Eso fue motivo de cierta controversia. Según el Gobierno de Yemen, eran agentes de AQPA, pero lo cierto es que los extremistas que tomaron la ciudad no decían pertenecer a AQPA. En vez de eso, se definían a sí mismos como un grupo nuevo, Ansar al-Sharia, o los partidarios de la sharia. Las mayores autoridades yemeníes me dijeron que Ansar al-Sharia era simplemente un subterfugio de al-Qaeda.

A pesar del papel cada vez mayor de la CIA y el JSOC y del recurso de acudir a señores de la guerra convertidos ahora en generales o a empresas de mercenarios, la mayor victoria táctica conseguida en los últimos años en Somalia no correspondió a la AMISOM, ni a la CIA, ni al JSOC, ni a ninguna de las fuerzas indígenas respaldadas por los estadounidenses, sino a los miembros de una milicia que formaba parte del caótico ejército local del Gobierno somalí. Y sucedió por pura casualidad.
La historia de Somalia se ha visto afectada por la violencia extrema y la división social. Pero el país también ha mostrado una capacidad de unirse ante la intervención extranjera. Aunque al-Shabab podía ser ahora un movimiento sumamente debilitado, las condiciones que lo llegaron a convertir en un Frankenstein seguían vigentes. La política de Estados Unidos desde 1991 hasta el primer término de la administración Obama se definió por conseguir la continuidad de los señores de la guerra y que Somalia siguiera siendo un caldo de cultivo para los yihadistas violentos y un permanente objeto de interés para al-Qaeda. Juntos, Bush y Obama lograron hacer retroceder el reloj de la historia hasta la época en que las tropas estadounidenses se retiraron de Somalia después del incidente del Black Hawk derribado y abandonaron el país, dejándolo a merced de los mafiosos y los señores de la guerra. A partir de ahí, la realidad infernal de Somalia empeoró aún más. Sin embargo, a finales de 2011 la administración Obama había establecido una nueva base de aviones no tripulados en Etiopía, además de las que ya tenía en las Seychelles y en Arabia Saudí.

En el caso de Awlaki, el objetivo no había sido acusado ante un tribunal de Estados Unidos ni se enfrentaba a cargos conocidos. ¿Cómo podría haberse rendido? Ya puestos, ¿a quién iba a rendirse? «Esas preguntas han quedado claramente colgando de un hilo, sin respuestas», me reveló Wyden.
Giraldi, el ex agente de la CIA, etiquetó aquella muerte de «asesinato». Había revisado la información pública disponible sobre el tema y lo que el Gobierno alegaba que Awlaki había hecho. «A mi entender —me comentó entonces Giraldi—, nada de eso equivale a una sentencia de muerte. Aunque andan diciendo, “Vale, hay más, pero resulta que es secreto”. Y, por supuesto, eso es lo que hacen siempre si hay un problema en los tribunales, te dicen que en realidad cualquier pregunta va contra el secreto de Estado. Así que estamos ante una situación en la que se mata a gente, pero no se sabe cuáles son las pruebas y no hay manera de saberlas.»
Nasser Awlaki creía que las fuerzas de seguridad estadounidenses y yemeníes pudieron haber arrestado a Anwar, pero que no querían verlo ante un tribunal y darle la oportunidad de presentar su defensa. También es posible que Estados Unidos no quisiera brindar a Awlaki una plataforma para difundir su mensaje de un modo más amplio. «Creo que lo querían matar sin hacerle un juicio, porque pensaban que era un objetivo militar legítimo —me reveló Nasser—. ¿Cómo es que a Umar Farouk, que intentó volar un avión, y a Nidal Hasan, que en realidad mató a varios soldados, se les dio un juicio justo, mientras que mi hijo no tuvo ese juicio justo?»
Si bien se oponían a la muerte de Anwar y creían que Estados Unidos había exagerado sus afirmaciones acerca de su relación con al-Qaeda, Nasser me reveló que la familia comprendía por qué lo habían matado. «Mi hijo creía en lo que hacía —dijo Nasser—, pero estoy muy apenado y decepcionado por el asesinato, por el brutal asesinato de mi nieto. Él no hizo nada en contra de Estados Unidos. Él era ciudadano estadounidense. Tal vez un día no muy lejano habría ido a Estados Unidos para estudiar y vivir allí, y lo mataron a sangre fría.»
La CIA alegó no haber llevado a cabo el ataque, afirmando que el supuesto objetivo, Ibrahim Banna, no estaba en la lista negra de la Agencia, lo cual avivó la especulación de que la acción que mató a Abdulrahman y sus familiares fue en realidad un ataque del JSOC. Altos funcionarios estadounidenses dijeron al Washington Post que «las dos listas de objetivos a abatir no coinciden, pero ofrecen explicaciones contradictorias de por qué se hacen las cosas como se hacen». Los funcionarios agregaron que Abdulrahman había sido una «víctima involuntaria». Un funcionario del JSOC me comentó que el objetivo que se buscaba no habría sido asesinado en el ataque, aunque no llegó a revelar quién podría ser tal objetivo.
Los Awlaki no obtuvieron respuestas de por qué su nieto había sido asesinado. Se preguntaban si de alguna manera el Gobierno de Estados Unidos habría utilizado a Abdulrahman para tratar de encontrar a Anwar. Tal vez, como había sucedido en el pasado, con el asesinato de opositores políticos del régimen yemení, Estados Unidos había recibido falsos datos de inteligencia acerca de la edad de Abdulrahman y sus posibles conexiones con al-Qaeda. Pese a hacer hincapié en no ser proclives a teorías de la conspiración, me dijeron que era difícil imaginar por qué habría muerto Abdulrahman, especialmente si Banna no estaba con él. ¿Quién, entonces, era el objetivo? «Le corresponde al Gobierno de Estados Unidos cerciorarse de la fiabilidad de toda la información que recibe antes de emprender acciones en contra de nadie. Así que no creo que fuera solo un accidente. Deben de haberlo seguido —me comentó Nasser—. Pero quisieron taparlo todo, y por eso dijeron que tenía 21 años, con el fin de justificar su asesinato. O quizás, como han mencionado, solo estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado. —Hizo una pausa antes de añadir—: No creo que podamos aceptar semejante argumento.» Un funcionario anónimo de Estados Unidos le contó más tarde al Washington Post que el asesinato de Abdulrahman fue «una barbaridad». «Iban tras el hombre sentado a su lado.» Pero nadie ha identificado quién podría haber sido ese alguien. A juzgar por lo que sabe la familia, su nieto estaba sentado con sus primos adolescentes, ninguno de los cuales tenía nada que ver con al-Qaeda. «Las decisiones sobre los objetivos de los drones las toman solo las más altas autoridades del Gobierno de Estados Unidos, la CIA y todo eso. ¿Por qué fueron específicamente contra ellos? —se preguntaba Nasser—. Quiero respuestas del Gobierno de Estados Unidos.»
La administración Obama lucharía con pasión por mantener todas esas respuestas en secreto, invocando en varias ocasiones el secreto de Estado, al igual que había hecho el presidente Bush a lo largo de sus ocho años de mandato. Los asesinatos de Anwar Awlaki y de Abdulrahman representan un momento decisivo en la historia moderna de Estados Unidos.

Después de cuatro años como asesor de antiterrorismo de Obama, a Brennan se le conocía en algunos círculos como el «zar del asesinato» por su papel en los ataques con aviones no tripulados estadounidenses y en otras operaciones de asesinatos selectivos.
Cuando, al comienzo de su primer mandato, Obama había tratado de colocar a Brennan al frente de la Agencia, el nombramiento fue rechazado por la controversia creada en torno a su papel en el programa de detenciones de la era Bush. Y cuando el presidente Obama iniciaba su segundo mandato, Brennan ya había creado un «libro de jugadas» para tachar nombres de la «lista de objetivos para eliminar». «El asesinato selectivo es algo tan habitual que la administración Obama ha invertido gran parte del año pasado codificando y racionalizando los procesos que lo sustentan», señalaba el Washington Post.
El equipo antiterrorista de Obama había desarrollado lo que se conocía como la «Disposición Matrix», una completa base de datos con información sobre presuntos terroristas y extremistas, capaz de proporcionar diversas opciones para eliminar o capturar a sus objetivos.
Altos funcionarios del Gobierno preveían que el programa de asesinatos selectivos persistiría «al menos durante una década». Durante su primer mandato, afirmaba el Washington Post, «Obama ha institucionalizado la práctica altamente clasificada de asesinatos selectivos y la transformación ad hoc de los elementos en una infraestructura antiterrorista capaz de sostener una guerra aparentemente permanente».
A principios de 2013 se dio a conocer un «libro blanco» del Departamento de Justicia de Estados Unidos que establecía la «legalidad de las operaciones letales dirigidas contra un ciudadano de los Estados Unidos».
A medida que la guerra contra el terrorismo entraba en su segunda década, se impuso la fantasía de una guerra limpia. Era un mito promovido por la administración Obama, y encontró un público receptivo. Todas las encuestas indicaban que los estadounidenses estaban cansados de los grandes despliegues militares en Irak y Afganistán y de las crecientes bajas que conllevaban. Una encuesta de 2012 reveló que el 83 % de los estadounidenses apoyaba el programa de aviones no tripulados de Obama, con un 77 % de autoconfesados demócratas liberales apoyando dichos ataques. Una encuesta del Washington Post-ABC News determinó que el apoyo a ataques aéreos se reducía «solo un poco» en los casos en que el objetivo era un ciudadano norteamericano.
El presidente Obama y sus asesores rara vez mencionaban públicamente el programa de aviones no tripulados. De hecho, la primera confirmación hecha por el presidente Obama del uso de drones armados llegó cuando llevaba más de dos años en su primer mandato. Y dicha confirmación no tuvo lugar en el contexto de un escrito legal o de una conferencia de prensa, sino durante una charla distendida en Google+.
En el futuro, no solo tendrán repercusiones los precedentes establecidos durante la era Obama, sino también las propias operaciones letales. Nadie puede predecir científicamente las consecuencias futuras de los ataques aéreos, los ataques de misiles de crucero y las redadas nocturnas. Pero, basándome en mi experiencia en varias zonas de guerra sin declarar por todo el mundo, parece claro que Estados Unidos está ayudando a criar una nueva generación de enemigos en Somalia, Yemen, Pakistán, Afganistán y en todo el mundo musulmán. Aquellos cuyos seres queridos murieron en ataques aéreos y ataques con misiles de crucero, o en redadas nocturnas, tendrán una excusa legítima para alzarse.
El programa de aviones no tripulados de Estados Unidos «alienta una nueva carrera armamentista con drones que nos permitirá hacer frente a los rivales actuales y futuros y sentar las bases de un sistema internacional que se vuelve cada vez más violento».
Hoy en día, las decisiones sobre quién debe vivir o morir en nombre de la seguridad nacional de Estados Unidos se toman en secreto, las leyes son interpretadas por el presidente y sus asesores a puerta cerrada y sin conocimiento ni intercesión de nadie, ni siquiera de los ciudadanos estadounidenses. Pero las decisiones tomadas en Washington tienen implicaciones más allá de su impacto en el sistema democrático de control y equilibrio en Estados Unidos.
Cuando Obama inició su segundo mandato, los Estados Unidos estaban una vez más en desacuerdo con el resto del mundo en uno de los aspectos centrales de su política exterior. El ataque de aviones no tripulados en Yemen el día en que Obama juró su cargo fue un poderoso símbolo de una realidad que se había establecido claramente durante sus primeros cuatro años de mandato: el unilateralismo y la excepcionalidad no eran solo los principios de los dos partidos en Washington, sino una institución estadounidense permanente. Si bien se reducían los despliegues militares a gran escala, Estados Unidos había aumentado al mismo tiempo el uso de drones y misiles de crucero y las redadas de operaciones especiales en un número sin precedentes de países. La guerra contra el terrorismo se había convertido en una profecía autocumplida.
La pregunta que todos los estadounidenses deben hacerse a sí mismos sigue siendo dolorosamente la siguiente: ¿cómo termina una guerra como esta?.

This is a great book, quite extensive in concepts, I took about 20 days on the goings-on of American politics and the world, the book is shocking and devastating as a human being. The expansion of the US covert wars, the abuse of “executive privilege” and the protection of state secrets by the presidency of that country, and the acceptance of the use of elite military units that do not they respond to their actions before no one other than the White House. Where Obama is more than the lord of war beyond the Nobel Peace Prize. Dirty wars also reveals the continuity with which has manifested throughout the different presidential administrations (both Republican and Democratic) a particular way of thinking from which is conceived “the world as a battlefield.”

The Taliban government, which had ruled Afghanistan since 1996, was crushed by US military intervention, which thus deprived al-Qaeda of the refuge it enjoyed on Afghan soil. Osama bin Laden and other al-Qaeda leaders fled, but the Bush administration anticipated a long war and this had only just begun.
In the White House, Vice President Dick Cheney and Secretary of Defense Donald Rumsfeld were already busy planning the next invasion: Iraq. When they came to power, among their plans was the overthrow of Saddam Hussein and, although there was no Iraqi connection with the attacks, they took advantage of 9/11 as a pretext to push their own priorities. But the decisions made in that first year of the Bush administration went far beyond Iraq, Afghanistan or even al-Qaeda.
In the initial phases of the GST program, the Bush administration found little obstruction to its performance from the ranks of Congress. Both Democrats and Republicans granted extraordinary freedom to the administration to proceed with its secret war. In addition, the White House refused at one time or another to provide details of its covert operations to the relevant supervisory commissions of the Congress itself and this just protested the reticence of the executive in that regard. The administration also unilaterally decided to reduce the members of the “Gang of Eight” of the Congress to only four: the presidents and the immediately following members in the ranks of the committees on intelligence services in the House of Representatives and in the Senate. They are forbidden from discussing with anyone the information sessions in which they are updated on the secret performance of the executive, which means in practice that the Congress lacked the capacity to supervise the GST program. And that was exactly what Cheney wanted.
The strategies that fueled the rise of that force would become a model for a secret program that Rumsfeld ended up building in the Pentagon. Rumsfeld had simply watched as the CIA became the “alpha male” of the GGCT under Cheney’s direction, but he was determined to break with what he called the Pentagon’s “almost total dependence” on the CIA. and to raise a steel curtain around the most sensitive and potentially conflictive activities of the supreme elite of American warriors. The project was devised as an intelligence operation parallel to the CIA, but also as the most efficient assassination and / or capture machine ever seen in the world: a machine that, by its very nature, would not respond to anyone other than the president and his circle of closest friends.

Awlaki was the classic story of so many people coming from a distant country in search of a better life in North America. His father, Nasser Awlaki, was a young and brilliant Yemeni student who came to the United States on a Fulbright scholarship in 1966 to study agricultural economics at the State University of New Mexico. “I read a lot about the United States when I was only 15 years old,” Nasser recalled in a conversation we had. As a child, my impression of the USA When I was a Primary student or when I started Secondary Education, it was that America was the country of democracy and opportunities. I was crazy about studying in the United States of America. ”
The Awlaki mosques attracted a whole series of characters that ended up becoming terrorists, but it is difficult to determine Awlaki’s degree of knowledge of who these people were and what they were up to. And if we examine the experiences and the statements of Awlaki during that period, the mystery deepens even more. What was behind closed doors between Awlaki and the US federal authorities in the months after 9/11 and what was publicly revealed as a result of the contacts between Awlaki and the American media during the same time make up a bizarre, full story. of contradictions. It was as if Anwar Awlaki was leading a double life.
9/11 has been an attack on American civilization. We have been told that it has been an attack on American freedom, against the American way of life, “Awlaki said then,” but this has not been an attack on any of that. It has been an attack on the foreign policy of the United States. ”

Shultz characterized the special operations forces as an inoperative element, handcuffed by the high military authorities and by the high civil officials, who preferred to launch cruise missiles and confront Bin Laden to his terrorist hosts trying to enforce the most scrupulous law possible. Fear of the failure of the missions or the resulting humiliation, combined with the concern to violate current prohibitions on killings as a method or kill innocent people trying to hunt down the culprits, paved the way for 9/11, in opinion of Rumsfeld. The strategy of the new Secretary of Defense was summarized in a basic principle: he wanted the best executioners that the United States had at his service to take charge of killing the enemies of the United States wherever they resided.
Shultz began reporting to Pentagon officials of his conclusions and recommendations at precisely the same time that the United States was beginning its global war.

Islamic Jihad, the movement of Aiman ​​al-Zawahiri, the Egyptian doctor who rose to become Bin Laden’s number two, had in Yemen the base of one of its largest cells during the 1990s. But it was clear that, for Saleh, al-Qaeda was not a major threat. If anything, he saw the jihadists as possible (and opportune) occasional allies that he could use for his own purposes in Yemeni national politics. In exchange for guaranteeing freedom to move and train in Yemen, Saleh was able to recruit the services of the jihadists who fought in Afghanistan to help him in his particular battle against the southern secessionists and, later, against the rebels of al-Huti ( Shiites) in the north. “It was the thugs that Saleh used to control the problematic elements. We have a multitude of examples of cases in which Saleh used these al-Qaeda people to eliminate opponents of the regime. ”
The consequence of this relationship was a considerable expansion of al-Qaeda during the nineties, since Yemen served as a breeding ground for the installation of their training camps and for the recruitment of their jihadists. During the Clinton administration, that symbiotic relationship barely raised any alarm on the radar of US counterterrorism beyond a small number of specialized officials-mainly the FBI and the CIA-who were dedicated to tracking the rise of al-Qaeda. .

The lethal attack of the American drone in Yemen and the construction of the base in Djibouti foretold an era of “direct action” by the US anti-terrorist forces in the region. “Needless to say, a year ago we were not here,” Rumsfeld said at Camp Lemonnier. I suspect, however, that if we look at one, two, three or four years, we will see that these facilities will remain where they are now. “In addition to the conventional military forces of the United States that were accumulating around Yemen and the Horn In Africa, a large contingent of special operations forces from the United States was discretely deployed at that time in Qatar and Kenya. These forces were on alert for more clandestine incursions into Yemen and its neighbor on the opposite shore of the Gulf of Aden, Somalia. Although the CIA would take the lead in many of the future US operations in the region, that was a key moment in the rise of US special operations forces (and, in particular, the JSOC) to a position of unprecedented influence within of the United States national security apparatus.
In the end, faced with strong pressure from Cheney’s team and from Feith’s office, the final report of the US Intelligence Community included “questionable intelligence reports,” according to a federal Senate investigation, which were in line with the political decision of invade Iraq that the administration had already taken beforehand. Feith later submitted a classified report to the Select Committee on Intelligence of the Senate. The Weekly Standard obtained a copy of the memorandum and presented it as proof of an irrefutable connection between al-Qaeda and the Iraqi regime. Feith’s memorandum, according to the author of that report, Stephen Hayes, showed that “Osama bin Laden and Saddam Hussein had maintained an operational relationship from the early 1990s to 2003.” Hayes stated bluntly that “there is no longer any discussion about the fact that Saddam Hussein’s Iraq collaborated with Osama bin Laden and al-Qaeda to conspire against the Americans.” Cheney’s concentrated pressure campaign on the CIA and other intelligence agencies, coupled with the Feith briefings, would form the basis of the dubious arguments with which the invasion of Iraq would eventually be justified and materialized.

The fratricidal struggles between the FBI and the CIA were becoming unsustainable. Some members of the FBI staff were disgusted by the tactics employed by the Agency’s interrogators. Others, like Rumsfeld and Cheney, believed that the CIA was not going far enough and that it was too constrained by its obligations to keep the operations of the Congressional committees up to date. In December 2002, the director of the CIA, George Tenet, boasted that the United States and its allies had already arrested more than three thousand suspects to act for al-Qaeda or to collaborate with that network, in more than a hundred of countries, but, despite such proclamations, the game had only just begun. The burning immediately after 9/11, which had allowed the operations of the “dark side” sponsored by Cheney to proceed smoothly without any question from Congress or the media. It was cooling. Journalists and lawyers dared to snoop. Several congressmen began to ask questions about it. There was talk of the existence of “secret prisons”.
The SERE program was created to familiarize US soldiers, sailors and military aviators with the full range of torture that “a totalitarian and perverse nation, without the slightest regard for human rights or the Geneva Convention,” could apply to them. if I captured them. In the SERE’s instruction, the soldiers were subjected to an infernal regime of torture tactics taken from the techniques used by dictatorships and the most bloodthirsty terrorists. During the training, the soldiers could be abducted from their barracks, beaten, hooded, chained and put in vans or transferred in helicopters. They could be subjected to simulated drownings (waterboarding), they could be beaten with a cane, their heads could be pressed against the wall. Often, they were deprived of food and sleep, and subjected to psychological torture. “In the SERE school, the” improved interrogation techniques “are the enemy’s methods of torture.”
Rumsfeld and Cheney were beginning to build and expand the infrastructure aimed at waging a global war that would not be accountable to anyone, and the JSOC would be their most precious weapon. They needed a general “leaned forward,” with the necessary arrests to direct their secret war. And they found him in the person of General Stanley McChrystal, ranger of the United States Army.
After 9/11, there were no more than two dozen names on the US list of search and kill operations targets. Since McRaven took charge of those tasks, the list did not stop growing year after year. After helping build the necessary structure for the JSOC to launch its “man-hunting” operations on a global scale, McRaven would be in charge of deploying and implementing it. “There are three people who really improved the special operations forces and who can attribute much of the merit of how much they have developed since 2001,” Exum told me. And for me it would be Bill McRaven, Stan McChrystal and Mike Flynn. ”

The insurgency was much more complex than the authorities in Washington (and the Pentagon, in particular) were willing to admit publicly. But, even so, they did not modify the decision to continue considering all the insurgents as targets of the US forces, without establishing differences among them. Far from reconsidering, the authorities ordered the efforts of their troops to be redoubled in the same direction. “If you see that an incipient insurgency is beginning to form, you do not have to be a genius to realize that people are being dragged out of their homes in the middle of the night (especially if it is done without telling neighbors why that person is being dragged out of his house in the middle of the night), it is not difficult to realize, I say, that with that you can be feeding tensions and exacerbating factors of conflict, “Exum told me. I think that was probably what happened in 2003. »
Rumsfeld did not see it that way. He wanted to raze the insurgency and behead his ruling leadership. And he left it to McChrystal to devise a system with which to achieve those goals.

Afghanistan, Iraq and Pakistan, 2003-2006. As in Iraq, also in Afghanistan, the JSOC ran its own prisoner detention and filtering operations and maintained a list of people it wanted to kill or capture. Known as the Joint List of Priority Effects (JPEL), the first to appear in it were the leaders of the Taliban and al-Qaeda, but, in subsequent years, as the insurgency grew stronger in Afghanistan, its payroll would increase to include more than two thousand names. And just as the JSOC had been trapped in Iraq in a maelstrom of goal-setting orders that, because of the very dynamics of constant regeneration and increase of the list of “insurgents”, was becoming interminable, in Afghanistan it ended up wrapped in a guerrilla war in which the most powerful warriors of the United States fought against local opponents who had never before had any serious links with al-Qaeda or with the Taliban.
Anthony Shaffer, the agent and intelligence officer of the Defense, had arrived in Afghanistan in July 2003 as a member of the cell of location of leaders who had been entrusted with the search for leaders of al-Qaeda and the Taliban, as well as the movement extremist Hezbi Islami Gulbudin (HIG), linked to al-Qaeda.
The name of the JSOC emerged with some frequency in several of the stories about Blackwater that I tried to follow the thread. When I started to investigate what was becoming a covert war more and more. the JSOC had been trapped in Iraq in a maelstrom of goal-setting orders that, by the very dynamics of constant regeneration and increase of the list of “insurgents”, was becoming interminable, in Afghanistan it ended up involved in a guerrilla war in that the most powerful warriors in the United States fought against local opponents who had never before had any serious links with al-Qaeda or the Taliban.
Anthony Shaffer, the agent and intelligence officer of the Defense, had arrived in Afghanistan in July 2003 as a member of the cell of location of leaders who had been entrusted with the search for leaders of al-Qaeda and the Taliban, as well as the movement extremist Hezbi Islami Gulbudin (HIG), linked to al-Qaeda.
The name of the JSOC emerged with some frequency in several of the stories about Blackwater that I tried to follow the thread. When I began to investigate what was becoming an increasingly global war, I received a communication electronically from a man who could help me better understand all that hermetic world. At the beginning, when we started our communications, I was very suspicious of him. Someone had hacked into my computer a short time ago and, as a result, I had received a series of threatening phone calls and emails related to my work on Blackwater and the JSOC.
He presented himself as a patriotic American who believed in the importance of the “global war on terror,” but who was deeply concerned about the role that Blackwater was playing in it. I had read my book about that company, had seen me on TV and decided to contact me. Initially, he did not say anything about the JSOC. We only talk about Blackwater. When I tried to press him a little more to explain his own role in various American wars, he would change the subject or give such poorly defined descriptions of what he had done that they could have been someone framed in almost any of the units of the armed forces.
The mentality, according to Hunter, was: “The world is a battlefield and we are at war. Therefore, the military can go where we please and do what we think we have to do to meet the national security objectives of whatever administration is in power at that time. ”

In an American diplomatic cable about the liberation of Awlaki, Anwar was elevated to the category of “Sheikh” and was spoken of as “the alleged spiritual advisor of two of the 9/11 hijackers.” In the cable it was added that certain “contacts” in the Yemeni Government told several US authorities that “they did not have enough evidence to formally charge [Anwar] and could not continue to hold him illegally.” A few years later, the US government would use that incarceration of Awlaki as further evidence that he had been involved in terrorist plots against the United States for some time. Without providing any document to support that claim, the US Treasury Department even claimed that Awlaki had been “imprisoned in Yemen in 2006 on charges of having organized kidnappings to obtain ransoms and of [having] been involved in a plot against him. – Qaeda to kidnap a US authority, but he was released from prison in December 2007 and, afterwards, hid in whereabouts unknown in Yemen itself ».
In 2001, when the United States invaded Afghanistan, Wahishi fought in the famous battle of Tora Bora and then fled to Iran, where he was arrested and held for two years before being handed over to Yemen in 2003. He was never formally charged with any crime. After his escape from the Yemeni prison, he transformed al-Qaeda into Yemen and turned it into a regional rather than a national organization, the so-called “Al-Qaeda Organization of Jihad in the South of the Arabian Peninsula”, which would be the that would finally be known as AQAP. Under the leadership of Wahishi, al-Qaeda in Yemen “began to be noticed much more, to be better organized and to be more ambitious than ever before,” Johnsen said at the time. Wahishi “completely rebuilt the organization.” That al-Qaeda had returned to activity was something that Saleh did well, because it forced Americans and Saudis to deal with him and, what was even more important, to finance and arm his regime. But the JSOC became increasingly impatient with Saleh and would soon begin to extend its scope of operations into Yemen itself, with or without the permission of the president of that country.
After years during which it had been ordered to focus most of its resources on Iraq, the JSOC was finally having its chance to attack in a more organized way on the territory of Pakistan. In the end, it seemed to demonstrate that the project of transforming the world into a battlefield for which Rumsfeld had been guided so much in his work as Secretary of Defense was becoming a more consolidated reality after his departure from office than during his exercise of it. His exit from the Pentagon marked the beginning of an era in which the axis of the performance of the most powerful US forces “of the dark side” would turn away from Iraq and bringing them closer to the twilight wars of the United States in South Asia, Africa and beyond.

United States, 2002-2008. Barack Obama is a professor of constitutional law, formed in universities of the prestigious Ivy League, which has followed a carefully planned political career. In October 2002, when he was a senator from the state of Illinois, Obama put forward a position regarding the then imminent war in Iraq that prefigured what would be the foreign policy vision subsequently expressed as a presidential candidate. “I am not against all wars,” Obama said then. What I am against is the stupid war. I am against the precipitate war. I am against the cynical […] attempt of those hall warriors, the weekend warriors who occupy positions in this administration, to make us swallow their ideological programs without caring about the costs in lives and hardships that entails . »
“Let’s be the generation that never forgets what happened that September day and let’s face the terrorists with everything we have,” Obama said in the announcement speech of his candidacy. We can work together to find the terrorists if we have stronger armed forces, we can tighten the ring around their finances and we can improve our intelligence gathering and processing capabilities. ”
Obama’s campaign speeches often focused on ending the war in Iraq, but the future president also expressed in them an elaborate hard-line stance on unilateral US attacks, a plan for which I was going to need a significant participation from the JSOC and the CIA. After his inauguration, Obama formed a foreign policy team composed of hard-line Democrats, including his vice president, Joe Biden, and his secretary of state, Hillary Clinton, both supporters at the time of the 2003 invasion of Iraq. Susan Rice was named US ambassador at the United Nations and Richard Holbrooke was appointed to head the civilian front of Obama’s plan to expand the US war in Afghanistan. All these figures accumulated a long history of support for military interventions, neoliberal economic policies and a vision of the world consistent with the trajectory that US foreign policy had been drawing from the time of the presidency of George Bush Sr. to the present. Obama also kept Bush’s Secretary of Defense, Robert Gates; He named a CIA veteran as John Brennan a senior presidential adviser on anti-terrorism and internal security matters, and elected General James Jones as national security adviser.
When Obama had just arrived at the White House, Dick Cheney accused him of being on the way to “repeal many of the policies that we set in motion and that kept our nation protected for eight years in the face of a new terrorist attack like the one of 11- S ». Cheney was wrong. If something Obama was going to do in the following years in that sense, it was going to be more to guarantee that many of those programs and projects would become entrenched institutions in the national security policy of the United States, undisputed by neither of the two great parties. Whether those policies have kept Americans protected (or have actually diminished their security) is another matter.
Obama inherited from Bush a program of attacks with drones in full swing. Actions in Pakistan had intensified during the final months of 2008. Just before Obama won the election, Bush had “reached a tacit agreement to allow [drone strikes] to continue without Pakistani involvement.” The US policy until then had been to inform Pakistan of the attacks when they were already underway or a few minutes after they had been carried out. President Obama approved that change, which led to an increase in drone activity, and “unreservedly backed the covert action program.”
At the beginning of 2009, the Obama administration found itself in a complicated predicament with President Saleh. Obama had promised in the campaign to close Guantánamo and had signed an executive order decreeing that closure. Almost half of the more than two hundred prisoners held in the camp, when Obama agreed to the presidency they were from Yemen.
The Obama administration increased the number of instructors of the US special operations forces present in Yemen. “They [the Yemenis] received free training from the elite of the elite of the US armed forces: the best of the best,” said the aforementioned former advisor to a special operations commander. They are the “advice and assistance” boys, directed mainly by the DEVGRU. Their job is to teach people to fly things through the air and to fly helicopters and make nightly incursions, and they are very good at it. “But, as training and training expanded, so did unilateral, covert, and lethal operations. of the JSOC.

The role of the US Government in the attacks in Yemen was not revealed through leaks, but it was clear who had the final say. Amid the Yemeni parliament’s request for explanations about the massacre of al-Majalah, Deputy Prime Minister Alimi began to circulate an “updated” version of the story: “The Yemeni security forces carried out the operations with the intelligence help of Saudi Arabia and the United States of America, who support us in our fight against terrorism ». Although close to the truth, this version of the facts was also false. “It was a cruise missile attack in combination with military units on the ground,” said Sebastian Gorka, a US Special Operations Command instructor who had trained Yemeni forces. It was a very clear signal from the Obama administration of its commitment to help Yemen eliminate al-Qaeda’s facilities in its territory. And it was executed by the United States, although with strong support from the Government of Yemen. ”
According to some senior military and US intelligence officials, during the ground offensive that followed the December 17 attack in Arhab, near Sanaa, Yemeni special operations forces in collaboration with the JSOC team found someone to they believed a surviving suicide bomber of al-Qaeda and still wearing his explosive vest. He was arrested and interrogated, providing what the United States considered to be actionable intelligence. A week after the deadly air strike on Abyan and the ground raids near Sanaa, President Obama signed another attack, based in part on the information provided by that prisoner in the Arhab operation. This time the target was an American citizen.

During the first two years of the Obama administration, US foreign policy focused largely on Afghanistan and Iraq, and on the controversy over the Guantánamo prison camp, but in 2010 Somalia was becoming an important area of concern. The JSOC had carried out a handful of operations in the country, especially the one that killed Saleh Ali Saleh Nabhan, the head of al-Qaeda in East Africa. But as the United States intensified its attacks, al-Shabab seemed to show greater audacity. Each week, the group covered more territory. Al-Shabab controlled the largest swath of land held by any al-Qaeda affiliate in the world. In Maplecroft’s 2010 Global Terrorism Risk Index, Somalia received the dubious honor of being named the world capital of terrorism, with 556 terrible terrorist attacks between June 2009 and June 2010, which killed 1,437 people. The White House’s rhetoric against al-Shabab became markedly more bellicose, and Obama issued Executive Order 13536 declaring a “national emergency to deal with the threat [in Somalia]. Among the most serious concerns identified by the US anti-terrorist community was the issue of foreign fighters, and in particular Americans who had been used as suicide bombers.
On August 5, 2010, Attorney General Eric Holder announced the declassification of the charges of fourteen individuals accused of materially supporting al-Shabab. “These accusations and arrests in Minnesota, Alabama and California shed light on a deadly thread that runs through different US cities, which has provided funding and fighters to al-Shabab,” said Holder. Although investigations are being conducted throughout the country, the arrests and charges should serve as an unequivocal warning to those considering joining or supporting terrorist groups such as al-Shabab: if they choose this route they will end up behind bars in the United States or injured in the battlefield in Somalia. “Many residents of Mogadishu began commenting on the presence of surveillance aircraft that regularly flew over the capital.
The Obama administration intensified its operations. But, al-Shabab also did the same.
On August 22, 2010, al-Shabab launched what the UN Monitoring Group for Somalia and Eritrea calls “the most important military campaign since May 2009”. Sheikh Rage held a press conference on August 23 to announce a “massive war” to end once and for all the Somali government backed by the United States.

After bin Laden’s body was moved to Bagram and more DNA samples were taken, he traveled by helicopter to the Arabian Sea, where he ended up on board the USS Carl Vinson. “The traditional procedures for an Islamic burial were followed,” said an email sent on May 2 from the Carl Vinson by Rear Admiral Charles Gaouette to Mullen and other military officials: “The body of the deceased was washed (made the respective ablutions) and then he was dressed in a white shroud. The body was placed in a bag with ballast. A military officer read the religious commentaries prepared at the time, which were translated into Arabic by a native speaker. After saying these words, the body was placed on a flat table prepared for this purpose, from which the corpse of the deceased slid towards the sea ».
Awlaki could have escaped, but the United States did not take his eyes off. “The US Government has been attacking al-Awlaki for some time, [and] the pace of operations has been increasing,” said Fran Townsend, a former senior Bush administration official. “One must think that they had a plan in place to attack the entire [al-Qaeda] leadership, which, if they could, the drone attack against al-Awlaki was going to be coordinated with the operation against Bin Laden, with which they were going to send a very clear message, that all the leaders of al-Qaeda would be attacked wherever they were. ”
Nasser Awlaki could not contact his son, but he had heard from some intermediaries that Anwar was still alive. He knew that, having failed once again in his mission to find and kill him, the United States would be more determined than ever to finish the job. He saw international news about the Bin Laden raid and heard how commentators, experts and senior US officials compared his son to the leader of al-Qaeda and even suggested that Awlaki would succeed him as leader. “They’ve killed Bin Laden and now they’re going for my son.”

Yemen, end of 2011. While the Obama administration boasted about the success of the death of Bin Laden and the JSOC and the CIA were approaching Anwar Awlaki, in the Arab countries the revolts were spreading. Three weeks after the incursion of Abbottabad, in Yemen the government of President Ali Abdullah Saleh was on the verge of collapse. The protests were growing and President Saleh had burned down almost all the letters he had to keep the Americans on his side. He had given the US antiterrorism machinery a free hand to bomb Yemen. He had opened the doors for them to carry out a war not entirely covert. But as its control weakened, AQAP saw an opportunity to sow chaos. In the summer of 2011, elite anti-terrorist units supported by the United States were removed from the fight against AQAP to defend the regime of their own people.1 In southern Yemen, where AQAP had a greater presence, the mujahideen were trying to winning the game to a state in full implosion whose leaders had earned the reputation of being corrupt, since they failed to provide the citizens with basic goods or services.
On May 27, 2011, several hundred fighters besieged Zinjibar – fifty kilometers northeast of the strategically important southern city of Aden – killed several soldiers, expelled local officials and took control of the town on its own. two days. Who exactly were these extremists? That was cause for some controversy. According to the Government of Yemen, they were AQAP agents, but the truth is that the extremists who took the city did not claim to belong to AQAP. Instead, they defined themselves as a new group, Ansar al-Sharia, or supporters of sharia. The senior Yemeni authorities told me that Ansar al-Sharia was simply a subterfuge of al-Qaeda.

Despite the increasing role of the CIA and JSOC and the resort to warlords now converted into generals or mercenary companies, the greatest tactical victory achieved in recent years in Somalia did not correspond to AMISOM, nor did to the CIA, not to the JSOC, nor to any of the indigenous forces backed by the Americans, but to the members of a militia that was part of the chaotic local army of the Somali government. And it happened by chance.
The history of Somalia has been affected by extreme violence and social division. But the country has also shown an ability to unite in the face of foreign intervention. Although al-Shabab could now be a highly weakened movement, the conditions that made it become a Frankenstein were still in force. The policy of the United States from 1991 to the first term of the Obama administration was defined by the continuity of the warlords and that Somalia remained a breeding ground for the violent jihadists and a permanent object of interest for al-Qaeda. . Together, Bush and Obama managed to roll back the clock of history until the time when US troops withdrew from Somalia after the downed Black Hawk incident and left the country, leaving it at the mercy of gangsters and warlords. From there, the hellish reality of Somalia worsened even more. However, by the end of 2011, the Obama administration had established a new base of unmanned aircraft in Ethiopia, in addition to those already in the Seychelles and in Saudi Arabia.

In the case of Awlaki, the target had not been charged before a US court nor was he facing known charges. How could he have surrendered? Already put, to who was going to surrender? “Those questions have clearly been hanging by a thread, without answers,” Wyden told me.
Giraldi, the former CIA agent, labeled that death as “murder.” He had reviewed the public information available on the subject and what the Government alleged that Awlaki had done. “In my opinion,” said Giraldi, “none of that amounts to a death sentence. Although they are saying, “OK, there is more, but it turns out that it is secret”. And, of course, that is what they always do if there is a problem in the courts, they tell you that in reality any question is against the State secret. So we are facing a situation in which people are killed, but we do not know what the tests are and there is no way to know them. ”
Nasser Awlaki believed that the American and Yemeni security forces could have arrested Anwar, but they did not want to see him in court and give him the opportunity to present his defense. It is also possible that the United States did not want to provide Awlaki with a platform to spread its message in a broader way. “I think they wanted to kill him without a trial, because they thought it was a legitimate military objective,” Nasser revealed. How is it that Umar Farouk, who tried to fly a plane, and Nidal Hasan, who actually killed several soldiers, were given a fair trial, while my son did not have that fair trial?
While they opposed the death of Anwar and believed that the United States had exaggerated his claims about his relationship with al-Qaeda, Nasser revealed to me that the family understood why he had been killed. “My son believed in what he was doing,” Nasser said, “but I am very sorry and disappointed in the murder, in the brutal murder of my grandson. He did nothing against the United States. He was a US citizen. Maybe one day not long ago he would have gone to the United States to study and live there, and they killed him in cold blood. ”
The CIA alleged that it had not carried out the attack, claiming that the alleged target, Ibrahim Banna, was not on the agency’s blacklist, which fueled speculation that the action that killed Abdulrahman and his family was actually a attack of the JSOC. Senior US officials told the Washington Post that “the two lists of targets to be struck do not coincide, but offer contradictory explanations of why things are done the way they are done.” The officials added that Abdulrahman had been an “involuntary victim”. A JSOC official told me that the objective sought was not killed in the attack, but did not reveal who could be such an objective.
The Awlaki did not get answers as to why their grandson had been killed. They wondered if the United States Government had somehow used Abdulrahman to try to find Anwar. Perhaps, as had happened in the past, with the assassination of political opponents of the Yemeni regime, the United States had received false intelligence about Abdulrahman’s age and possible connections to al-Qaeda. Despite emphasizing not being prone to conspiracy theories, they told me it was hard to imagine why Abdulrahman would have died, especially if Banna was not with him. Who, then, was the goal? “It is up to the Government of the United States to ensure the reliability of all the information it receives before taking action against anyone. So I do not think it was just an accident. They must have followed him, “Nasser told me. But they wanted to cover everything, and that’s why they said that he was 21 years old, in order to justify his murder. Or maybe, as you mentioned, I was just in the wrong place at the wrong time. He paused before adding, “I do not think we can accept such an argument.” An anonymous US official later told the Washington Post that the killing of Abdulrahman was “outrageous.” “They were after the man sitting next to him.” But nobody has identified who this person could have been. Judging by what the family knows, his grandson was sitting with his teenage cousins, none of whom had anything to do with al-Qaeda. “Decisions about the objectives of drones are taken only by the highest authorities of the United States Government, the CIA and all that. Why were they specifically against them? Nasser wondered. I want answers from the United States Government. ”
The Obama administration would fight with passion to keep all those answers secret, invoking on several occasions the secrecy of the State, just as President Bush had done throughout his eight years in office. The killings of Anwar Awlaki and Abdulrahman represent a turning point in the modern history of the United States.

After four years as Obama’s counterterrorism adviser, Brennan was known in some circles as the “Tsar of Murder” for his role in the US drone strikes and in other targeted assassination operations.
When, at the beginning of his first term, Obama had tried to put Brennan in charge of the Agency, the appointment was rejected because of the controversy created around his role in the Bush-era detention program. And when President Obama began his second term, Brennan had already created a “playbook” to cross out the names of the “list of targets to eliminate.” “Selective assassination is so common that the Obama administration has spent much of last year coding and rationalizing the processes that sustain it,” the Washington Post noted.
Obama’s counterterrorism team had developed what was known as the “Matrix Disposition,” a complete database with information on suspected terrorists and extremists, capable of providing various options to eliminate or capture their targets.
Senior government officials anticipated that the selective assassination program would persist “for at least a decade.” During his first term, affirmed the Washington Post, “Obama has institutionalized the highly classified practice of targeted assassinations and the ad hoc transformation of the elements into an anti-terrorist infrastructure capable of sustaining a seemingly permanent war.”
In early 2013, a “white paper” from the US Department of Justice was released that established the “legality of lethal operations directed against a citizen of the United States.”
As the war against terrorism entered its second decade, the fantasy of a clean war prevailed. It was a myth promoted by the Obama administration, and it found a receptive audience. All the polls indicated that Americans were tired of the large military deployments in Iraq and Afghanistan and the increasing casualties that they entailed. A 2012 survey revealed that 83% of Americans supported Obama’s drone program, with 77% of self-confessed Liberal Democrats supporting such attacks. A Washington Post-ABC News poll found that support for air attacks was reduced “just a little” in cases where the target was a US citizen.
President Obama and his advisers rarely publicly mentioned the drone program. In fact, President Obama’s first confirmation of the use of armed drones came when he had been in his first term for more than two years. And this confirmation did not take place in the context of a legal brief or a press conference, but during a relaxed chat on Google+.
In the future, not only will the precedents established during the Obama era have repercussions, but also the lethal operations themselves. No one can scientifically predict the future consequences of air strikes, cruise missile attacks and night raids. But, based on my experience in several war zones without declaring around the world, it seems clear that the United States is helping to breed a new generation of enemies in Somalia, Yemen, Pakistan, Afghanistan and throughout the Muslim world. Those whose loved ones died in air strikes and attacks with cruise missiles, or in night raids, will have a legitimate excuse to rise up.
The United States’ drone program “encourages a new arms race with drones that will allow us to face current and future rivals and lay the foundations of an international system that is becoming increasingly violent.”
Today, decisions about who should live or die in the name of the national security of the United States are taken in secret, the laws are interpreted by the president and his advisers behind closed doors and without anyone’s knowledge or intercession, not even from US citizens. But the decisions made in Washington have implications beyond their impact on the democratic system of control and balance in the United States.
When Obama began his second term, the United States was once again in disagreement with the rest of the world in one of the central aspects of its foreign policy. The drone attack in Yemen the day Obama was sworn in was a powerful symbol of a reality that had been clearly established during his first four years of mandate: unilateralism and exceptionalism were not only the principles of the two parties in Washington, but a permanent US institution. While large-scale military deployments were reduced, the United States had at the same time increased the use of drones and cruise missiles and the raids of special operations in an unprecedented number of countries. The war against terrorism had become a self-fulfilling prophecy.
The question that all Americans must ask themselves remains painfully the following: how does a war like this end?

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s