Mujeres y libros. Una pasión con consecuencias — Stefan Bollmann / Women Who Read are Dangerous by Stefan Bollmann

Sin duda este libro es un rendido homenaje y merecido a las mujeres y los libros a través de los siglos a mí me parece un libro maravilloso y que es releído donde cada vez se aprende algo nuevo. Las lectoras que aparecen en Mujeres y libros leen para vivir de otra manera, o viven de otra manera y por eso leen. Y porque leen, escriben. Y ésta es la primera transformación, la primera consecuencia de la lectura.
En torno a 1650, hombres y mujeres de los círculos más selectos comenzaron a reunirse como iguales para recitar y celebrar la literatura. Sucedía en círculos de amantes de las letras, en las grandes ciudades, como por ejemplo el del parisino Hôtel Rambouillet, donde Catherine de Vivonne, la mujer del acaudalado marqués de Rambouillet, creó en sus aposentos privados una especie de exclusiva corte propia. En su día, el abanico de conversaciones literarias iba de juegos de rimas e improvisaciones a controversias bastante especializadas sobre cuestiones de estilo, pasando por duelos de sonetos. También gozaban de gran popularidad las parodias literarias: los invitados de los salones se metían en el papel del héroe de una novela, como el de la famosa L’Astrée, de Honoré d’Urfé, y narraban sus vivencias.
Sin embargo, el principal tema de conversación de las reuniones era el amor.

No pocas lectoras y lectores reaccionaron a tales escenas, además de con el inevitable voyeurismo, con perplejidad. ¿Había que ensalzar la novela de Richardson por su moralidad o se trataba de pornografía encubierta? Incluso D. H. Lawrence, el autor de novelas envueltas en el escándalo como El amante de lady Chatterley, habla de la curiosa confluencia de «pureza aprehendida y erótica de ropa interior», de mojigatería y concupiscencia en Pamela (resulta significativo que el cometido de Pamela como sirvienta sea ocuparse de la ropa y la colada del joven señor). En la novela de Richardson lo sexual funciona de manera tanto más excitante cuanto más rodeado está de secretismo y moralidad, y para el señor B. la virtuosa resistencia de Pamela no hace sino aumentar su atractivo.
Richardson observaba y entendía a las mujeres. Su fama de hombre muy poco común lo sobreviviría. «De haber sido mujer, su personalidad apenas habría sido un enigma, puesto que la podríamos haber incluido en la categoría de chismosas espabiladas», se dice en el retrato que hace de él Richard Griffin: «Pero, dada la situación, es un caso anómalo en la literatura; nunca dejará de sorprendernos que un caballero con mujer e hijos haya podido escribir cosas de mujeres tan interesantes como Clarissa y Pamela». La capacidad de comprensión del otro sexo de Richardson también se dejaba sentir en la cuidada minuciosidad con la que describía el entorno doméstico de sus heroínas, y sus novelas daban impresión de realismo y cotidianidad. Las lectoras lo sabían apreciar, mientras que ello le granjeaba la burla de los lectores, como en el caso de un hombre que acudió al café y se preguntó: «¿Por qué el autor no nos informó del número exacto de alfileres que llevaba consigo Pamela cuando iba camino de Lincolnshire?». Ese reproche insignificante pasa por alto lo que consigue Richardson con su obsesión por el detalle.

Cuando, casi dos años después del suicidio de Jerusalem, apareció Las desventuras del joven Werther, que en cuestión de poco tiempo se convirtió en un éxito arrollador, el texto se leyó como si de una novela en clave se tratase, sobre todo en Wetzlar.
Así, en la primavera de 1776, un año y medio después de la publicación de la novela, habitantes de Wetzlar y visitantes de la ciudad, entre ellos también algunos turistas literarios, se dieron cita para celebrar a la desdichada víctima de la sensibilidad y el amor. Como señala expresamente Friedrich Christian Laukhard, el cronista de este acontecimiento, los allí reunidos no eran mocosos, locos extravagantes y demás bufones, ni tampoco colegialas soñadoras, primitas con los ojos enrojecidos y tías cuarentonas, sino «hombres de alto copete y damas encumbradas». Se reunieron al anochecer y comenzaron la celebración con una lectura pública de la novela de Goethe. Parte de los presentes no paró de proferir hondos suspiros; con los rostros encendidos, muchos sollozaron sin pausa. La lectura se vio interrumpida varias veces por canciones y cantos entonados al unísono. Entre otros se oyó un Gracias por las desventuras de Werther, que festejaba el librito como medicina del alma.

Las reseñas de Wollstonecraft son literarias. Si a esto se añade, como era habitual en la época, relatos de viajes y biografías, lo literario abarca incluso la mayoría de los libros que reseña. En el indiscutible primer puesto se encuentran las novelas, seguidas de la poesía, un tanto rezagada se sitúa la dramaturgia, mientras que los relatos de viajes y la geografía, que gozan de una gran popularidad entre los lectores debido a la falta de movilidad propia, aparecen con relativa frecuencia. Sin duda en esta clasificación pesan los intereses personales de Mary, si bien en ello también se ve reflejada una particularidad de tipo sociológico-literario: a partir de los superventas de Richardson los lectores de novelas son principalmente mujeres, dejando a un lado a un pequeño porcentaje de jóvenes, una circunstancia harto conocida que hoy en día no ha cambiado nada.
Leer las reseñas de Mary de las creaciones contemporáneas da lugar a una idea un tanto diferente. «The Happy Recovery es una masa heterogénea de necedad, afectación e improbabilidad», dice la primera frase de su primera crítica de junio de 1788 de una novela by a lady. Rara vez se espera que se efectúe un análisis de las novelas, continúa Mary, la jerga del sentimentalismo no se puede medir conforme a criterios racionales. Por tanto, la crítica ha de recurrir a la burla, con el objeto de impedir que los irreflexivos se imbuyan de los peores clichés y prejuicios. La reseñas de novelas de Mary de los años siguientes ofrecen un amplio abanico de críticas feroces, que no se quedan cortas en cuanto a agresividad y dureza. A veces constan únicamente de una o dos frases demoledoras.
Mary Wollstonecraft escribirá precisamente contra esta lógica durante toda su vida, como autora de novelas, como panfletista y también como crítica. Sabe por experiencia lo que cuesta desembarazarse de los papeles convencionales que se imponen a las mujeres y afianzarse en una sociedad masculina. Para ello se requiere valentía y ser poco amigo de sentimentalismos, mientras que muchas novelas, incluso las escritas por mujeres, manifiestan que una «vida afectiva llevada al extremo» es la única naturaleza verdaderamente femenina. De ahí los argumentos de peso que ella esgrime en contra: Wollstonecraft se opone a que la mujer se vea reducida a su papel de «criatura sentimental». No son «las fantasías sentimentales, sino las luchas apasionadas», escribe, las que nos permiten rebelarnos contra las obligaciones y rebasar límites. En María o Los agravios de la mujer, su segunda novela, que empezó a escribir en su último año de vida, intenta cambiar esta situación. Sin vacilar sitúa la acción en un «lugar terrible» que podría haber pintado Füssli, un escenario de pesadillas hechas realidad: un hospital psiquiátrico. El primer golpe de efecto de la historia es que los personajes a los que reúne en dicho sitio sólo están locos en opinión de una sociedad que humilla o degrada.
Mary Wollstonecraft va a plantear su primera reivindicación: reconocer a la mujer no sólo como ser sexual, sino también como ser racional. Combate con vehemencia la famosa frase de Rousseau de que los hombres sólo son criaturas sexuales a veces, mientras que las mujeres lo son siempre. «Las mujeres no serían siempre mujeres si se les permitiese ser más racionales», escribe. La debilidad y los errores que se reprochaban a las mujeres desde tiempo inmemorial por el hecho de ser mujeres no tenían nada que ver con su sexo, sino que en realidad eran consecuencia de la minoría de edad a que las condenaban los hombres y el matrimonio.

Jane Austen respetaba los libros y no se desprendió de Camilla ni siquiera en sus dos mudanzas más importantes, la entusiasta lectora de novelas, que escribía desde los doce años, primero textos literarios más breves, después incluso novelas, no pudo resistir la tentación de garabatear algo en el valioso tomo. En la tapa original anotó: «Desde que esta obra fue a la imprenta, ha sucedido un acontecimiento de cierta importancia para la dicha de Camilla, esto es, que el doctor Marchmont por fin ha muerto» (la última palabra la cubre la posterior encuadernación). El doctor Marchmont es un personaje indescriptible en la novela de Burney: un presuntuoso que se entromete en todo y a lo largo de cinco grandes tomos constituye el principal impedimento para que Camilla se case con su Edgar, a pesar de que se aman.
Jane Austen escribía para un público del que presuponía que conocía determinadas obras de la literatura contemporánea. En más de un sentido ésas eran las mil cien personas cuyo nombre aparecía en las primeras páginas de Camilla, acompañado de todos sus títulos, y entre las cuales se incluía con su suscripción la prometedora joven autora. «Camilla vivía en el seno de su respetable familia», decía una de las primeras frases de la novela de Fanny Burney. Personas respetables, así eran prácticamente todos los lectores de Camilla, y prácticamente todos ellos vivían en el seno de su familia. Como también Jane Austen.
Tras pasarse muchos años experimentando con el género de la novela epistolar, y sin sentirse satisfecha con el resultado, Jane Austen revisa por completo las obras que se han salvado de la quema y enreda a sus personajes en diálogos vivaces, tan chispeantes como ingeniosos, en lugar de hacer que intercambien cartas desde la distancia, como se hacía hasta el momento. Al mismo tiempo desarrolla el recurso con el que más tarde demostrará su maestría Gustave Flaubert, el estilo indirecto libre, que muestra a sus personajes femeninos en una prolongada conversación con ellos mismos. Ése fue el paso decisivo: las novelas de Jane Austen se distinguen porque en ellas hay una narradora más o menos omnisciente, cuyos conocimientos sin embargo siempre se limitan a los de la heroína. Desde la perspectiva de sus observaciones y pensamientos, las lectoras y lectores contemplan los sucesos que se relatan.
La innovación que lleva a cabo Jane Austen en la novela de su tiempo tiene un destinatario claro: la lectora. Por ella defiende y renueva la novela. Su atención se centra principalmente no en su estructura, sino en su utilidad y en su disfrute. Mientras que a lo largo de todo el siglo XIX en círculos burgueses aún se ve con ojos críticos el gusto de la mujer por la lectura y se censura, pues se considera una amenaza a la propia persona y un peligro para la familia y la sociedad, Jane Austen invierte esta forma de pensar. Desde hace tiempo, a su juicio, ya no se trata de cuestionar el gusto por la lectura femenino o negar su derecho. Más bien se trata de proporcionarle a la mujer la orientación necesaria, de la que a menudo carece. Jane Austen pretende ilustrar el gusto por la lectura de las mujeres a través de ella misma. La única pauta es que la lectura favorezca la independencia en la forma de pensar y de vivir. Eso es lo único que le importa.
Por este motivo en, por ejemplo, La abadía de Northanger se vuelca con tanta vehemencia en la novela de amor sentimental y en la de terror, dos géneros que influían fuertemente en los ánimos de las lectoras de entonces.

Emma Bovary, como averigua el lector en el famoso sexto capítulo de la novela de Flaubert, es asimismo una lectora apasionada. Pero muy diferente del tipo de lectora que el escritor concibe en sus cartas a mademoiselle Leroyer de Chantepie. Al igual que toda una serie de heroínas desdichadas e incomprendidas de novelas del siglo XIX, Emma pasa su pubertad estudiando en un convento. En él hay una solterona, lo cual tampoco es un caso aislado, que proviene de una familia noble arruinada por la Revolución. Como es lógico, ésta no se ocupa sólo de la colada de las muchachas, sino también de sus lecturas, y a escondidas, como es natural, les proporciona novelas en las que se acumula el polvo de las viejas bibliotecas circulantes y que introduce en el convento en el bolsillo del delantal.
Flaubert no se limita a describir con detalle la conducta lectora de su heroína, sino que —como ningún otro novelista antes que él— la convierte en parte integrante de un comportamiento de consumo y medios de comunicación más amplio. Porque en la pubertad no son relevantes únicamente los libros, sino también las distintas imágenes de grabados en cobre y álbumes de poemas y los personajes femeninos históricos sufridos y famosos, que eran idolatrados como lo son en la actualidad las estrellas del cine y de la música y, por último, romances musicales que dejan entrever los «seductores juegos de manos de los asuntos del corazón» y que eran las canciones pop de antaño. Más adelante, siendo ya una mujer casada, Emma se suscribe a revistas femeninas y devora «todas las reseñas de los estrenos, de las carreras y de los bailes, se interesaba por el debut de una cantante, por la apertura de una tienda». Y todo ello, entiéndase bien, mientras ella, que jamás irá a París, vive en una ciudad de provincias y sólo puede participar de manera indirecta en esas exquisiteces.
La asociación entre gusto por la lectura y adulterio no es una obsesión personal de Flaubert, sino más bien un síntoma de la época con el que su novela muestra una actitud crítica.
El objeto de la lectura sexual no son únicamente libros pornográficos o libros que contengan pasajes de esa clase. A fin de cuentas, cada novela de amor se puede leer así; ante ella caen las de todas formas poco sólidas barreras entre la alta literatura, la literatura de entretenimiento y la literatura trivial. Cuando Emma Bovary recurre a Balzac, la lectura es tan sexual como cuando la joven Cora Kaplan devora Madame Bovary. No cabe duda de que la lectura sexual no es la única forma de lectura, pero algo debía resonar en la lectura de cada novela.
La lectura sexual no va asociada a una edad concreta, aun cuando aparezca intensificada en la adolescencia. Mientras que el varón adolescente de los siglos XVIII y XIX había cruzado hacía tiempo el umbral de la vida profesional.
Con Madame Bovary, Flaubert escribió una novela que en modo alguno servía ya para una forma de leer sentimental, puramente identificadora, como la que practica su heroína, que en muchos sentidos se comporta de manera anacrónica con el presente en el que vive: no sólo lee novelas pasadas de moda, sino que además se aferra a mundos afectivos que el desarrollo social ha dejado atrás. Por el contrario, Flaubert escribe de manera distinta: como persona consecuente que es, niega a sus lectores todo cuanto Emma busca en los libros y, fatídicamente, encuentra.

El oficio de lectora, durante un tiempo casi desaparecido, vuelve a formar parte de las actividades que ofrecen de manera profesional las mujeres, en celebraciones, fiestas de empresa e incluso cumpleaños infantiles. Por regla general, las lectoras son, o eran, en primer término actrices o profesoras y disponen de un amplio repertorio de lecturas: en función de los deseos del cliente y de la ocasión abarca desde cuentos hasta lecturas sobre el amor y el vino, pasando por antologías selectas sobre la Navidad. Pero también hay lectoras que no perciben honorarios y comparten su amor a la poesía…

Los libros son, desde siempre, el refugio de Virginia Wolf. «Me gustaría leer hasta el día del Juicio», afirma. Si en una fiesta se siente fuera de lugar, es posible que se retire a un rincón oscuro y se abstraiga en un libro. Dado que las tardes de la joven están repletas de compromisos sociales, sólo le quedan las mañanas, donde se puede hacer caso omiso de la alta sociedad y dedicarse a los intereses propios. Su hermana, la que más adelante será la pintora Vanessa Bell, por la mañana va en bicicleta a una escuela de arte a tomar clases de dibujo. Después de desayunar, Virginia se encierra en su cuarto para leer e instruirse. La mesa donde estudia es tan alta que se ve obligada a permanecer de pie mientras se inclina sobre los libros. Virginia sabe por Vanessa que los pintores trabajan de pie, y la hermana menor quiere igualar en formalidad a la mayor, incluso cuando está estudiando en casa.
Bloomsbury también es sinónimo de giro radical en el siglo XIX en lo tocante al papel de la mujer. Buen testigo de ello es Leonard Woolf, con quien Virginia se casó en 1912. Se conocían de los días de Cambridge, cuando las hermanas Stephen fueron a visitar a Thoby en 1901, acompañadas por una carabina, como era de rigor en la época. Ya entonces él se quedó impresionado con su belleza, y tres años después volvió a ver a Vanessa y Virginia, justo después de que se mudaran a Bloomsbury. Pero Leonard Woolf se disponía a dar el salto a Ceilán. Unas notas finales demasiado mediocres lo indujeron a buscar la salvación profesional ejerciendo de funcionario en la colonia. Cuando vuelve, en 1911, se encuentra el mundo de Bloomsbury completamente cambiado. Sus miembros se llaman por el nombre de pila, algo que antes era imposible. Se tratan ciertos temas y se llama a lo sexual por su nombre, cosa que siete años antes habría sido impensable en presencia de mujeres.
Escritor en una especie de tipógrafo intelectual, también le proporciona un compañero que está a su misma altura: el lector. A él va dirigida la invitación de pensar en el libro que lee no como un objeto inmóvil por siempre jamás, sino como un proceso similar al de la tipografía. «No dé órdenes a su autor, procure serlo usted misma. Sea su colaborador y su cómplice».
En 1925, cuando publica una compilación de sus ensayos literarios, Virginia Woolf da al libro, que como es natural aparece en Hogarth Press, el meditado título de El lector común. Para justificarlo recurre a Samuel Johnson: después de Shakespeare, el autor inglés más citado y la autoridad por antonomasia en cuestión de crítica literaria. Johnson, un hombre del siglo XVIII, antes de dedicarse al estudio sistemático de la literatura, se regocijaba de «coincidir con el lector común; pues el sentido común de los lectores, incorrupto por prejuicios literarios, después de todos los refinamientos de la sutileza y el dogmatismo de la erudición, debe decidir en último término sobre toda pretensión a los honores poéticos».
En la era de la aparición del libro electrónico se halla extendida la opinión de que un libro es un vehículo para transmitir contenido. Punto. El que así argumenta lo sabe: ésta es una función que también cumple el competidor electrónico de igual modo o incluso con más eficiencia. Virginia Woolf habría visto en ello un menoscabo inadmisible del fenómeno libro, que sólo deja de él el esqueleto, mientras que ella era de los amantes de los libros para los que leer y escribir siempre constituían también actos sensuales, casi eróticos. «El amor es algo físico, y leer también», escribió alguien que tuvo problemas durante toda su vida con el amor físico y para quien la lectura arrobada y la escritura ensimismada eran procesos casi sexuales, que ella define con palabras como vibración, saciedad o intensificación.
Un libro tiene un cuerpo que hay que tocar para leerlo. Y no sólo eso: hay que abrirlo, hojearlo, con lo cual las páginas crujen o hacen algún otro ruido (dependiendo del papel).

El éxito inicial de las librerías de Adrienne Monnier y Sylvia Beach tuvo que ver con el hecho de que sus propietarias supieran ver y ocuparan un nicho de mercado. Así y todo, en el caso de Shakespeare and Company, las cuotas no cubrían por completo los costes, y menos aún contribuían a la adquisición de los libros. De ello se encargaban los préstamos de familiares, en particular, de la madre de Sylvia Beach. Ésta obtenía beneficios, si los obtenía, sólo mediante la venta de libros. Económicamente, Shakespeare and Company se halló desde el principio en la cuerda floja, hecho éste que Ulises no cambió de manera sensible; más bien enredó a la propietaria, nada versada en asuntos empresariales, en una montaña rusa económica que acabó siendo ruinosa y extremadamente estresante: al principio, cada nueva edición de Ulises llevaba dinero a la caja registradora, con la satisfactoria consecuencia de que Sylvia Beach podía pagar al impresor y disponía de liquidez, lo cual repercutía en los gastos ordinarios y la reposición del surtido. Pero después había que pagar los honorarios de Joyce, que suponían las dos terceras partes de los ingresos, previa deducción de los costes de impresión.
Sylvia Beach no era sólo librera y editora de un libro, sino que sobre todo era intermediaria, promotora, relaciones públicas, como diríamos hoy en día: una mujer que reunió a personas y libros, escritores y lectores, pero también a autoras y autores de distintas nacionalidades. «Con generosidad y modestia a un tiempo nos reunía a todos, pues todos éramos escritores y descubridores», cuenta la autora británica Annie Winifred Ellermann, que se hacía llamar Bryher, como la islita situada frente a las costas de Cornualles, y que con su herencia ayudó económicamente a Sylvia Beach. «Nosotros cambiamos, la ciudad cambió, pero incluso después de alguna ausencia Sylvia siempre nos estaba esperando, los brazos llenos de libros nuevos, y a menudo a su lado, en un rincón, había un escritor al que queríamos conocer». Shakespeare and Company era punto de encuentro, club, oficina de correos y sala de lectura para la vanguardia literaria (y para los que se tenían por ello). La lista de autores que la frecuentaban y a los que Sylvia Beach dio a conocer entre sí y a sus colegas franceses es como un quién es quién de la literatura angloamericana de aquellos años.

Para gran irritación en especial de sus admiradores varones, a Monroe le gustaba que la fotografiaran leyendo. Mientras que por lo general con su mirada franca atrapa a la cámara e insinúa a quien contempla las fotos que está posando para él y sólo para él, para decepción suya, en estas fotografías toda su atención se centra en el libro. Que estas instantáneas, no tan infrecuentes, en las que aparece sumida en la lectura de clásicos de la literatura universal y novelas contemporáneas durante mucho tiempo no captaran el debido interés del público ni tampoco de los medios de comunicación es posible que tenga que ver con la gran cantidad de fotos que circulan de la estrella.
A estas alturas sabemos que la iniciativa para esas fotos partió de la propia Marilyn Monroe, que se sentía casi tan atraída por el mundo de la literatura y el teatro como por las cámaras. Sin duda también se debe al hecho de que durante toda su vida se avergonzó de haber dejado los estudios. Tuvo que abandonarlos a los dieciséis años.

Leer era para ella un triunfo; Susan Sontag lo llama el «triunfo de no tener que ser yo misma». Coincide con la descripción de Virginia Woolf de que el proceso de leer consiste en una «supresión completa del yo». Esto es lo que lo convierte en algo tan placentero, lo que explica su adicción. Al leer, lo que a menudo constituye nuestra realidad no deseada regresa al ámbito de la posibilidad. Nos dejamos llevar por la idea de qué pasaría si no tuviéramos que ser esta o aquella persona con tal nombre, si no nos viéramos obligados a ser padres, si no lleváramos una vida que defrauda nuestras expectativas. Qué pasaría si el mundo estuviese abierto a toda forma de autorrealización. Como si pudiéramos situarnos de nuevo al principio de nuestra vida, en la «hoja en blanco», allí donde hoy en día los psicólogos dicen que nunca estuvimos.
Pero esto no es de ninguna manera toda la verdad sobre el placer de la lectura. Al leer no sólo nos despojamos de nuestro yo corriente, sino que además lo rediseñamos.
Además de la supresión temporal de la propia persona, la lectura empática también conduce a la reinvención del propio papel en el mundo, algo que no tiene por qué llevarse a cabo siempre mediante la identificación con un personaje ficticio, un yo ideal. También se puede efectuar por contraposición. Las novelas son obras de arte abiertas, con independencia del final que tengan. Siempre ofrecen a sus lectores una salida.
En Nueva York, Susan Sontag era conocida por su vida noctámbula. Descubrió las fiestas a lo grande, el mundo del rock’n’roll y del pop como antídoto contra el universo académico nada sensual, a su juicio cada vez más absurdo, artificial, y su «enconado arribismo». Estaba harta del «parloteo, los libros, la laboriosidad intelectual, la tiesura de los profesores», como consta en su diario. En lugar de eso invitaba a los intelectuales neoyorquinos a apreciar con rotundidad la realidad circundante: fotografía, cine, baile, pop art, cultura de masas. En su opinión debían soltarse y percibir el arte con todos los sentidos. Susan Sontag conquistó la revolución sexual para su persona y la transformó en una teoría estética.
Se convirtió en una estrella intelectual, que no tardó en brillar mucho más allá de la escena neoyorquina, gracias a su ensayo Notas sobre lo camp, que se publicó en el número de otoño de 1964 de la revista Partisan Review. Susan Sontag se mantendría fiel en toda su obra a la estrategia, practicada allí por vez primera, de elevar fenómenos culturales marginales a la categoría de formas estéticas innovadoras. Ésa fue su actitud con la pornografía y también con la fotografía, que por aquel entonces contaba con el desprecio de los intelectuales. Se deja ver incluso en las novelas históricas que escribió posteriormente, que constituyeron una forma literaria desdeñada en igual medida por la alta cultura y la vanguardia, que la consideraban demasiado fácil. Susan Sontag se mantuvo siempre fiel a su principio de hacer algo inesperado y de ese modo dar la impresión de ser impredecible para su entorno.
Como crítica le interesaba especialmente la marginalidad, a la que convirtió en centro de atención. La atención, a esas alturas ya convertida en lema, y que sobre todo evoca faltas, en particular la falta de concentración de la infancia y la adolescencia, es el concepto clave de su estética. Ya en una etapa temprana diagnosticó una merma de atención en el corazón de nuestra cultura. Nuestra cultura se basa en el exceso, en la superproducción.
Susan Sontag veía al escritor como aquel que regala atención al mundo, no porque aborde al tuntún todo lo que de él surge, sino porque es capaz de hallar en una parte muy pequeña la plenitud del mundo. Quería poder decir lo mismo de su compañero, el lector.

Como es norma en internet, también en la fanficción se han creado conceptos que resultan comprensibles para los iniciados pero que causan extrañeza a los profanos, algo que empieza con el tema que nos ocupa en sí: el amigo de la fanficción siempre habla de «fanfic» cuando se trata de su pasión.
La fanficción es sinónimo de ampliación de los derechos de los lectores. Es una prueba de que seguimos ensanchando las fronteras de la libertad de lectura desde el siglo XVIII, hasta el punto de que los lectores se convierten en actores y la familiar línea entre autor y lector empieza a difuminarse. La fanficción es, dicho de manera un tanto extrema, un acto anárquico de transgresión: el momento en que el lector entra en el mundo que ha creado otro y renueva ese mundo en su propio nombre y bajo su propia responsabilidad. Pero ¿acaso el acto de leer no ha tenido siempre algo de esa rebeldía?
La fanficción es sinónimo, en segundo lugar, de algo no menos sorprendente: de la reconquista de los medios audiovisuales, nuevos, mediante el antiguo medio de la escritura, mediante la escritura y la lectura, y esto en un momento histórico en el que expertos en medios de comunicación, ciencias sociales y cultura y la mayoría de los coetáneos coinciden en que los nuevos medios han desbancado hace tiempo a los antiguos.
En tercer lugar, la fanficción es la prueba de un desplazamiento tectónico en el sistema literario. Si antes el foco de atención se situaba sin lugar a dudas en el autor, que de la estética del genio ascendió a la categoría de creador-divinidad, ahora se centra cada vez más en el lector. Sólo ahora vemos que la historia de la literatura no es únicamente la historia de las obras y sus autores, sino también la de sus lectores. Concedemos un nuevo estatus a la lectura: es en sí misma una actividad creadora y no desaparece sin más con el texto.
En cuarto lugar, la fanficción es la prueba de que los distintos medios, como la literatura, el cine, las series de televisión o los juegos de ordenador, cada vez son más permeables entre ellos. Hoy en día una receptora conoce una obra por primera vez en el cine.
En quinto y último lugar, la fanficción es la prueba de que las divisiones establecidas por la ciencia y la crítica en los últimos doscientos años entre seriedad y diversión, entre literatura alta, canónica y de entretenimiento y trivial han quedado obsoletas. En cualquier caso, los lectores cada vez son más indiferentes a estas barreras, y los autores les siguen, ya sea de buena gana o a regañadientes. En el acto de leer intervienen numerosos factores, y son incontrolables: sencillamente no sabemos qué surge después ni tampoco podemos controlarlo. Casi se ha convertido en una moda que autores de literatura refinada y también críticos literarios profesionales confiesen su amor secreto a la literatura entretenida y trivial. Pueden ser novelas de mujeres con mujeres para mujeres, como Lo que el viento se llevó, de Margaret Mitchell; Rebeca, de Daphne du Maurier; o Grand Hotel, de Vicki Baum: todas ellas magníficos mamotretos que son mucho más subversivos de lo que parecen y cuya lectura sigue valiendo la pena. Otros han desarrollado una pasión por novelas policiacas de Raymond Chandler, Georges Simenon o Patricia Highsmith. Mientras que otros se abandonan a las fotonovelas o a los cómics. Y antes otros se engancharon a la literatura fantástica, el número uno en el vasto mundo de la literatura.
En el caso de los good bad books resulta determinante que conmuevan, emocionen o, aunque sólo sea, entretengan al lector, máxime sabiendo que el cerebro se niega a tomárselos en serio. Pueden ser espeluznantes, estar llenos de hechos singulares, melodramáticos; lo importante es, sobre todo, que sus lectores los consideren emocionantes y en el fondo sinceros y auténticos y posean un trasfondo serio psicológico o social. Después puede suceder que se lean cuando hace tiempo que obras mucho más literarias sólo dicen algo a historiadores de la literatura.

E. L. James, en realidad Erika Leonard, madre de dos hijos y ejecutiva de televisión, escribió Cincuenta sombras de Grey, como ella misma dice, en un principio sólo para sí, sin ninguna ambición literaria. Las primeras versiones de la historia las subió a la red bajo el seudónimo Snowqueen’s Icedragon en forma de fanficción de la tetralogía Crepúsculo, la más que exitosa saga de Stephenie Meyer. Primero sus protagonistas tenían el mismo nombre que el de sus correspondientes modelos, es decir, Edward Cullen y Bella Swan, y la obra se titulaba The Master of the Universe.
Mientras que la saga de Meyer eleva la historia de amor sumergiéndola en el crepúsculo del vampirismo, en el caso de E. L. James se reduce al plano puramente físico debido al vocabulario pornográfico que emplea. Nuestra cultura ha generado una vasta literatura pornográfica, que va de Alceo y Ovidio a Georges Bataille y Henry Miller, pasando por Gianfrancesco Poggio Bracciolini y François Rabelais, el marqués de Sade y Denis Diderot. El hecho de que E. L. James no encontrara en ellos lo que buscaba se puede deber a que por regla general esta literatura está escrita por hombres y desde un punto de vista machista; con las excepciones femeninas de Anaïs Nin, Pauline Réage (seudónimo de Anne Desclos, la autora de Historia de O) y Catherine Millet en las pasadas décadas. En su lugar, da la impresión de que en este tema ha ido en busca de la asimismo prolífica literatura de autoayuda. Su prosa sencilla, centrada en lo técnico, da la impresión de beber de los trabajos del campo de la terapia sexual que, procedentes de América, inundan el mercado desde la década de 1950.
Cincuenta sombras de Grey supone un punto final provisional en la evolución de la novela moderna dirigida a un público femenino. Del placer por la lectura que experimentan las mujeres, que a partir de Richardson se asoció con el nuevo género, siempre formó parte una considerable dosis de lectura placentera. Los críticos, por regla general hombres, de este nuevo fenómeno en su época se dieron cuenta deprisa y entablaron una vehemente polémica al respecto. Se olían males en particular allí donde las descripciones sensuales del amor cautivaban a las lectoras con su seductor lenguaje.
Lo que se percibía como sexualmente excitante, incluso como obsceno, ha cambiado a lo largo de los trescientos años pasados. Básicamente se podría decir que la dosis fue en aumento, mientras que la vergüenza y el umbral de escrupulosidad disminuyeron.

Undoubtedly, this book is a well-deserved homage and deserved to women and books through the centuries to me it seems to me a wonderful book that is reread where every time you learn something new. The readers that appear in Women and books read to live differently, or live differently and that is why they read. And because they read, they write. And this is the first transformation, the first consequence of reading.
Around 1650, men and women from the most select circles began to gather as equals to recite and celebrate literature. It happened in circles of lovers of letters, in large cities, such as the Parisian Hôtel Rambouillet, where Catherine de Vivonne, the wife of the wealthy Marquis de Rambouillet, created in her private apartments a kind of exclusive court of her own. In its day, the range of literary conversations went from games of rhymes and improvisations to controversies quite specialized on questions of style, going through duets of sonnets. The literary parodies also enjoyed great popularity: the guests of the salons put themselves in the paper of the hero of a novel, like the one of the famous L’Astrée, of Honoré d’Urfé, and narrated their experiences.
However, the main topic of conversation at the meetings was love.

Not a few readers and readers reacted to such scenes, in addition to the inevitable voyeurism, with perplexity. Should Richardson’s novel be praised for its morality or was it covert pornography? Even D. Lawrence, the author of novels involved in the scandal as Lady Chatterley’s lover, speaks of the curious confluence of “apprehended and erotic purity of underwear,” of prudery and concupiscence in Pamela (it is significant that the task of Pamela as a servant is to take care of the clothes and the laundry of the young gentleman). In Richardson’s novel, sex works in a much more exciting way, the more it is surrounded by secrecy and morality, and for Mr. B. Pamela’s virtuous resistance only increases its appeal.
Richardson watched and understood the women. His fame as a very unusual man would survive him. “Had she been a woman, her personality would hardly have been an enigma, since we could have included her in the category of clever gossips,” says Richard Griffin in the portrait: “But, given the situation, it is a case anomalous in literature; It will never cease to amaze us that a gentleman with a wife and children could have written about such interesting women as Clarissa and Pamela. ” Richardson’s ability to understand the other sex was also felt in the meticulous thoroughness with which he described the domestic environment of his heroines, and his novels gave the impression of realism and everyday life. The readers knew how to appreciate it, while this earned him the mockery of the readers, as in the case of a man who went to the cafe and asked himself: “Why the author did not inform us of the exact number of pins that Pamela was carrying? when was I going to Lincolnshire? ». That insignificant reproach ignores what Richardson achieves with his obsession with detail.

When, almost two years after the Jerusalem suicide, appeared The Misadventures of the Young Werther, which in a matter of a short time became an overwhelming success, the text was read as if it were a coded novel, especially in Wetzlar.
Thus, in the spring of 1776, a year and a half after the publication of the novel, inhabitants of Wetzlar and visitors to the city, including some literary tourists, gathered to celebrate the unhappy victim of sensitivity and love. As Friedrich Christian Laukhard, the chronicler of this event, expressly points out, those gathered there were not brats, extravagant fools and other buffoons, nor dreamy schoolgirls, red-eyed cousins ​​and forty-year-old aunts, but “tall men and lofty ladies” . They met at dusk and began the celebration with a public reading of Goethe’s novel. Some of those present did not stop to utter deep sighs; With their faces lit, many sobbed without pause. The reading was interrupted several times by songs and chants intoned in unison. Among others we heard a Thanks for the misfortunes of Werther, who celebrated the little book as medicine of the soul.

The reviews of Wollstonecraft are literary. If to this one is added, as it was habitual at the time, stories of trips and biographies, the literary one even includes the majority of the books that it reviews. In the indisputable first place are the novels, followed by poetry, somewhat lagged dramaturgy is placed, while the travel stories and geography, which enjoy a great popularity among readers due to lack of mobility, they appear relatively frequently. Undoubtedly in this classification weigh the personal interests of Mary, although it is also reflected a particularity of sociological-literary type: from Richardson’s best sellers readers of novels are mainly women, leaving aside a small percentage of young people, a well-known circumstance that today has not changed anything.
Reading Mary’s reviews of contemporary creations gives rise to a somewhat different idea. “The Happy Recovery is a heterogeneous mass of foolishness, affectation and improbability,” says the first sentence of his first June 1788 review of a novel by a lady. An analysis of the novels is rarely expected, Mary continues, the jargon of sentimentality can not be measured according to rational criteria. Therefore, criticism must resort to ridicule, in order to prevent the thoughtless from imbibing the worst clichés and prejudices. The reviews of Mary’s novels of the following years offer a wide range of fierce criticisms, which do not fall short in terms of aggressiveness and harshness. Sometimes they consist only of one or two devastating phrases.
Mary Wollstonecraft will write precisely against this logic throughout her life, as an author of novels, as a pamphleteer and also as a critic. He knows from experience what it takes to get rid of the conventional roles that are imposed on women and take hold in a male society. This requires courage and being little friend of sentimentality, while many novels, even those written by women, show that an “emotional life taken to the extreme” is the only truly feminine nature. Hence the weighty arguments that she wields against: Wollstonecraft is opposed to the woman being reduced to her role as “sentimental creature.” They are not “sentimental fantasies, but passionate struggles,” he writes, those that allow us to rebel against obligations and exceed limits. In María o The grievances of the woman, her second novel, which she began to write in her last year of life, tries to change this situation. Without hesitation he places the action in a “terrible place” that Füssli could have painted, a scenario of nightmares come true: a psychiatric hospital. The first blow of the story is that the characters he gathers in that site are only crazy in the opinion of a society that humiliates or degrades.
Mary Wollstonecraft will raise her first claim: to recognize women not only as sexual beings, but also as rational beings. He fights with vehemence the famous phrase of Rousseau that men are only sexual creatures at times, while women are always. “Women would not always be women if they were allowed to be more rational,” he writes. The weakness and errors that women were reproached for from time immemorial for being women had nothing to do with their sex, but were actually a consequence of the minority of men and marriage.

Jane Austen respected the books and did not leave Camilla even in her two most important moves, the enthusiastic reader of novels, who wrote since she was twelve, first literary texts shorter, then even novels, could not resist the temptation to scribble something in the valuable tome. In the original cover he noted: “Since this work went to the printing press, an event of some importance has taken place for Camilla’s happiness, that is, that Dr. Marchmont has finally died” (the last word is covered by the subsequent binding). ). Dr. Marchmont is an indescribable character in Burney’s novel: a presumptuous person who intrudes on everything and through five large volumes constitutes the main impediment for Camilla to marry her Edgar, even though they love each other.
Jane Austen wrote for an audience that she assumed to know certain works of contemporary literature. In more than one sense those were the eleven hundred people whose name appeared on the first pages of Camilla, accompanied by all their titles, and among which included the promising young author. “Camilla lived in the bosom of her respectable family,” said one of the first sentences of Fanny Burney’s novel. Respectable people, that’s how practically all of Camilla’s readers were, and practically all of them lived in the bosom of their family. As also Jane Austen.
After spending many years experimenting with the genre of the epistolary novel, and without feeling satisfied with the result, Jane Austen completely reviews the works that have been saved from burning and entangles her characters in vivacious dialogues, as sparkling as they are witty, in Instead of having them exchange letters from a distance, as was done up until now. At the same time he develops the resource with which he will later demonstrate his mastery Gustave Flaubert, the free indirect style, which shows his female characters in a prolonged conversation with themselves. That was the decisive step: Jane Austen’s novels are distinguished because in them there is a narrator more or less omniscient, whose knowledge however is always limited to those of the heroine. From the perspective of their observations and thoughts, the readers and readers contemplate the events that are related.
The innovation carried out by Jane Austen in the novel of her time has a clear target: the reader. For it defends and renews the novel. His attention is mainly focused not on its structure, but on its usefulness and enjoyment. While throughout the nineteenth century bourgeois circles are still seen with critical eyes the taste of women for reading and censorship, it is considered a threat to the person and a danger to family and society, Jane Austen reverses this way of thinking. For a long time, in his opinion, it is no longer a matter of questioning the taste for female reading or denying their right. Rather it is about providing women with the necessary guidance, which they often lack. Jane Austen aims to illustrate women’s love of reading through herself. The only guideline is that reading promotes independence in the way of thinking and living. That is the only thing that matters to him.
For this reason in, for example, The Abbey of Northanger dumps with such vehemence in the novel of sentimental love and terror, two genres that strongly influenced the minds of the readers of that time.

Emma Bovary, as the reader finds out in the famous sixth chapter of Flaubert’s novel, is also a passionate reader. But very different from the type of reader that the writer conceives in his letters to Mademoiselle Leroyer de Chantepie. Like a whole series of unhappy and misunderstood heroines of nineteenth-century novels, Emma spends her puberty studying in a convent. In it there is an old maid, which is also not an isolated case, which comes from a noble family ruined by the Revolution. As is logical, this does not only deal with the casting of the girls, but also of their readings, and hidden, as is natural, it provides them with novels in which the dust accumulates in the old circulating libraries and that it introduces into the convent in the pocket of the apron.
Flaubert does not limit himself to describing in detail the reading behavior of his heroine, but rather, like no other novelist before him, he becomes an integral part of consumer behavior and wider media. Because in puberty not only books are relevant, but also the different images of copper engravings and albums of poems and the historical and famous female characters, who were idolized as the stars of cinema and music are today. and, finally, musical romances that reveal the “seductive games of hands of the affairs of the heart” and that were the pop songs of yesteryear. Later, being a married woman, Emma subscribes to women’s magazines and devours “all the reviews of the premieres, races and dances, was interested in the debut of a singer, for the opening of a store.” And all this, understand well, while she, who will never go to Paris, lives in a provincial city and can only participate indirectly in these delicacies.
The association between taste for reading and adultery is not a personal obsession of Flaubert, but rather a symptom of the time with which his novel shows a critical attitude.
The object of sexual reading is not only pornographic books or books containing passages of that kind. After all, each love novel can be read like that; in front of it fall, in any case, unsound barriers between high literature, entertainment literature and trivial literature. When Emma Bovary turns to Balzac, the reading is as sexual as when young Cora Kaplan devours Madame Bovary. There is no doubt that reading sex is not the only way to read, but something must resonate in the reading of each novel.
Sexual reading is not associated with a specific age, even when it appears intensified in adolescence. While the adolescent male of the eighteenth and nineteenth centuries had long crossed the threshold of professional life.
With Madame Bovary, Flaubert wrote a novel that in no way served as a sentimental reading, purely identifying, as the one practiced by his heroine, who in many ways behaves in an anachronistic way with the present in which he lives: not only he reads outdated novels, but also clings to affective worlds that social development has left behind. On the contrary, Flaubert writes in a different way: as a consistent person, he denies to his readers all that Emma searches for in books and, fatefully, finds.

The office of reader, for a time almost disappeared, becomes part of the activities offered by women in a professional manner, in celebrations, corporate parties and even children’s birthdays. As a general rule, the readers are, or were, first actresses or teachers and have a wide repertoire of readings: depending on the wishes of the client and the occasion ranges from stories to readings about love and wine, passing for selected anthologies about Christmas. But there are also readers who do not perceive fees and share their love of poetry …

The books are, always, the refuge of Virginia Wolf. “I would like to read until Judgment Day,” he says. If at a party you feel out of place, you may withdraw to a dark corner and be abstracted into a book. Given that the young girl’s afternoons are full of social commitments, only the mornings remain, where high society can be ignored and dedicated to one’s own interests. Her sister, who later will be the painter Vanessa Bell, in the morning goes by bicycle to an art school to take drawing classes. After breakfast, Virginia locks herself in her room to read and instruct herself. The table where she studies is so high that she is forced to stand while leaning over the books. Virginia knows from Vanessa that the painters work standing up, and the younger sister wants to formally match the older one, even when she is studying at home.
Bloomsbury is also synonymous with radical turn in the nineteenth century in the role of women. A good witness is Leonard Woolf, with whom Virginia married in 1912. They knew each other from the days of Cambridge, when the Stephen sisters went to visit Thoby in 1901, accompanied by a chaperone, as was the case at the time. Even then he was impressed with her beauty, and three years later he saw Vanessa and Virginia again, just after they moved to Bloomsbury. But Leonard Woolf was preparing to make the leap to Ceylon. A final note too mediocre led him to seek professional salvation by serving as an official in the colony. When he returns, in 1911, the world of Bloomsbury is completely changed. Its members are called by the first name, something that was previously impossible. Certain topics are treated and sex is called by its name, something that seven years before would have been unthinkable in the presence of women.
Writer in a kind of intellectual typographer, also provides a companion that is at its same height: the reader. The invitation to think of the book that he reads is intended not as an immovable object forever and ever, but as a process similar to that of typography. «Do not give orders to its author, try to be yourself. Be your collaborator and your accomplice ».
In 1925, when she published a compilation of her literary essays, Virginia Woolf gave the book, which naturally appears in Hogarth Press, the meditated title of The Common Reader. In order to justify it he resorts to Samuel Johnson: after Shakespeare, the most cited English author and the authority by antonomasia in a matter of literary criticism. Johnson, a man of the eighteenth century, before devoting himself to the systematic study of literature, rejoiced in “agreeing with the common reader; for the common sense of the readers, uncorrupted by literary prejudices, after all the refinements of subtlety and the dogmatism of erudition, must ultimately decide on any pretension to poetic honors. ”
In the age of the appearance of the electronic book, the opinion that a book is a vehicle for transmitting content is widespread. Point. The one who argues thus knows: this is a function that also meets the electronic competitor in the same way or even more efficiently. Virginia Woolf would have seen in it an inadmissible impairment of the book phenomenon, which leaves only the skeleton, while she was one of the lovers of books for which reading and writing always constituted sensual acts, almost erotic. “Love is something physical, and also read,” wrote someone who had problems throughout his life with physical love and for whom rapt reading and self-absorbed writing were almost sexual processes, which she defines with words such as vibration, satiety or intensification.
A book has a body that you have to touch to read it. And not only that: you have to open it, browse it, with which the pages crack or make some other noise (depending on the paper).

The initial success of the Adrienne Monnier and Sylvia Beach bookstores had to do with the fact that their owners knew how to see and occupy a niche market. Even so, in the case of Shakespeare and Company, the fees did not completely cover the costs, and even less contributed to the acquisition of the books. This was the responsibility of the loans of family members, in particular, of Sylvia Beach’s mother. This one obtained benefits, if it obtained them, only by means of the sale of books. Economically, Shakespeare and Company was found from the beginning on the tightrope, a fact that Ulysses did not change in a sensible way; rather, it entangled the owner, who was not well versed in business matters, on an economic roller coaster that ended up being ruinous and extremely stressful: at first, each new edition of Ulysses took money to the cash register, with the satisfactory consequence that Sylvia Beach could pay the printer and have liquidity, which had an effect on the ordinary expenses and the replacement of the assortment. But then Joyce’s fee had to be paid, which accounted for two thirds of the revenue, after deduction of printing costs.
Sylvia Beach was not only a bookseller and editor of a book, but above all it was an intermediary, promoter, public relations, as we would say today: a woman who brought together people and books, writers and readers, but also authors and authors of different nationalities. “With generosity and modesty at the same time we all met, because we were all writers and discoverers,” says the British author Annie Winifred Ellermann, who called himself Bryher, as the small island off the coast of Cornwall, and with his heritage helped Sylvia Beach economically. “We changed, the city changed, but even after some absence Sylvia was always waiting for us, her arms full of new books, and often by her side, in a corner, there was a writer we wanted to meet.” Shakespeare and Company was a meeting point, club, post office and reading room for the literary avant-garde (and for those who thought about it). The list of authors who frequented it and whom Sylvia Beach made known to each other and to her French colleagues is like who is who of the Anglo-American literature of those years.

Much to the irritation of his male admirers, Monroe liked to be photographed reading. While usually with his frank look catches the camera and insinuates who sees the photos that are posing for him and only for him, to his disappointment, in these photographs all his attention is focused on the book. That these snapshots, not so infrequent, in which appears plunged into the reading of classics of universal literature and contemporary novels for a long time not capture the due interest of the public or the media may have to do with the large number of photos circulating from the star.
At this point we know that the initiative for those photos came from Marilyn Monroe herself, who felt almost as attracted to the world of literature and theater as she was by the cameras. It is undoubtedly also due to the fact that throughout his life he was ashamed to have left school. He had to abandon them at sixteen.

Reading was a triumph for her; Susan Sontag calls it the “triumph of not having to be myself”. It agrees with Virginia Woolf’s description that the process of reading consists in a “complete suppression of the self”. This is what makes it so pleasant, which explains his addiction. In reading, what often constitutes our unwanted reality returns to the realm of possibility. We let ourselves be led by the idea of ​​what would happen if we did not have to be this or that person with such a name, if we were not forced to be parents, if we did not lead a life that defrauds our expectations. What would happen if the world were open to all forms of self-realization. As if we could situate ourselves again at the beginning of our lives, on the “blank page”, where today psychologists say we never were.
But this is by no means the whole truth about the pleasure of reading. When we read, we not only divest ourselves of our current self, but we also redesign it.
In addition to the temporary suppression of one’s own person, empathic reading also leads to the reinvention of one’s role in the world, something that does not necessarily have to be carried out through identification with a fictional character, an ideal self. It can also be done by contrast. Novels are open works of art, regardless of the end they have. They always offer their readers a way out.
In New York, Susan Sontag was known for her nocturnal life. He discovered parties in a big way, the world of rock’n’roll and pop as an antidote against the academic universe, not sensual at all, in his increasingly absurd, artificial judgment, and his “bitter careerism”. She was fed up with the “chatter, the books, the intellectual industriousness, the stiffness of the teachers”, as stated in her diary. Instead, he invited New York intellectuals to fully appreciate the surrounding reality: photography, film, dance, pop art, mass culture. In his opinion they should let go and perceive art with all the senses. Susan Sontag conquered the sexual revolution for her person and transformed it into an aesthetic theory.
He became an intellectual star, which soon shone far beyond the New York scene, thanks to his essay Notes on the Camp, which was published in the autumn issue of 1964 of the magazine Partisan Review. Susan Sontag would remain faithful in all her work to the strategy, practiced there for the first time, of elevating marginal cultural phenomena to the category of innovative aesthetic forms. That was his attitude with pornography and also with photography, which at that time counted on the contempt of intellectuals. It can even be seen in the historical novels that he wrote later, which constituted a literary form that was disdained in equal measure by the high culture and the avant-garde, which considered it too easy. Susan Sontag always stayed true to her principle of doing something unexpected and in that way giving the impression of being unpredictable to her environment.
As a critic he was especially interested in marginality, which he became the center of attention. Attention, at this point already turned into a motto, and that above all evokes faults, in particular the lack of concentration of childhood and adolescence, is the key concept of its aesthetics. Already at an early stage he diagnosed a decrease in attention in the heart of our culture. Our culture is based on excess, on overproduction.
Susan Sontag saw the writer as the one who gives attention to the world, not because he deals with everything that comes from him, but because he is able to find in a very small part the plenitude of the world. I wanted to be able to say the same about your partner, the reader.

As is the norm in the internet, also in the fan fiction concepts have been created that are understandable to the initiated but cause strangeness to the profane, something that begins with the subject that occupies itself: the fan fiction friend always talks about «fanfic »When it comes to your passion.
Fanfiction is synonymous, secondly, with something no less surprising: the reconquest of audiovisual media, new media, through the old medium of writing, through writing and reading, and this at a historical moment in which experts in the media, social sciences and culture, and most of the contemporaries agree that the new media have long ago supplanted the ancients.
Third, fan fiction is the proof of a tectonic shift in the literary system. If before the focus of attention was undoubtedly placed on the author, who from the aesthetics of genius ascended to the category of creator-divinity, now focuses more and more on the reader. Only now we see that the history of literature is not only the history of the works and their authors, but also that of their readers. We grant a new status to reading: it is in itself a creative activity and does not simply disappear with the text.
Fourth, fan fiction is the proof that different media, such as literature, movies, television series or computer games, are increasingly permeable among them. Nowadays a receiver knows a work for the first time in the cinema.
In fifth and last place, fan fiction is proof that the divisions established by science and criticism in the last two hundred years between seriousness and amusement, between high, canonical and entertainment literature and trivial have become obsolete. In any case, readers are increasingly indifferent to these barriers, and the authors follow them, either willingly or reluctantly. In the act of reading, many factors intervene, and they are uncontrollable: we simply do not know what comes next, nor can we control it. It has almost become fashionable for literary writers and professional literary critics to confess their secret love to entertaining and trivial literature. They may be women’s novels with women for women, such as Margaret Mitchell’s Gone with the Wind; Rebecca, by Daphne du Maurier; or Grand Hotel, by Vicki Baum: all of them magnificent mammoths that are much more subversive than they seem and whose reading is still worthwhile. Others have developed a passion for crime novels by Raymond Chandler, Georges Simenon or Patricia Highsmith. While others are abandoned to the fotonovelas or comics. And before others were hooked on fantastic literature, the number one in the vast world of literature.
In the case of good bad books it is crucial that they move, excite or, even if only, entertain the reader, especially knowing that the brain refuses to take them seriously. They can be scary, be full of unique, melodramatic facts; what is important is, above all, that your readers consider them to be emotional and deep sincere and authentic and have a serious psychological or social background. Then it can happen that they are read when a long time ago that much more literary works only say something to historians of literature.

E. L. James, actually Erika Leonard, mother of two children and television executive, wrote Fifty Shades of Gray, as she says, at first only for herself, without any literary ambition. The first versions of the story were uploaded to the network under the pseudonym Snowqueen’s Icedragon in the form of a fan fiction of the Twilight tetralogy, Stephenie Meyer’s more than successful saga. First its protagonists had the same name as their corresponding models, that is, Edward Cullen and Bella Swan, and the work was titled The Master of the Universe.
While the Meyer saga elevates the love story by submerging it in the twilight of vampirism, in the case of E. L. James it is reduced to the purely physical plane due to the pornographic vocabulary it employs. Our culture has generated a vast pornographic literature, ranging from Alceo and Ovidio to Georges Bataille and Henry Miller, including Gianfrancesco Poggio Bracciolini and François Rabelais, the Marquis de Sade and Denis Diderot. The fact that E. L. James did not find what he was looking for in them can be due to the fact that, as a rule, this literature is written by men and from a macho point of view; with the feminine exceptions of Anaïs Nin, Pauline Réage (pseudonym of Anne Desclos, the author of History of O) and Catherine Millet in the past decades. Instead, he gives the impression that in this subject he has gone in search of the likewise prolific self-help literature. His simple prose, focused on the technical, gives the impression of drinking from the work of the field of sex therapy that, from America, flood the market since the 1950s.
Fifty Shades of Gray supposes a provisional final point in the evolution of the modern novel directed to a feminine public. Of the pleasure for the reading that the women experience, that as of Richardson was associated with the new genre, a considerable dose of pleasant reading was always part. Critics, as a rule men, of this new phenomenon in their time quickly realized and engaged in a vehement polemic about it. They smelled particular evils where the sensual descriptions of love captivated the readers with their seductive language.
What was perceived as sexually exciting, even obscene, has changed over the past three hundred years. Basically you could say that the dose was increasing, while the shame and threshold of scrupulosity decreased.

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