La edad de los prodigios: terror y belleza en la ciencia del Romanticismo — Richard Holmes / The Age of Wonder: The Romantic Generation and the Discovery of the Beauty and Terror of Science by Richard Holmes

Este es un magnífico libro sobre aquella época que releo cada cierto tiempo y siempre me deleita, la ciencia del Romanticismo se vio enseguida envuelta en nuevas controversias: por ejemplo, la de si se convertiría en un instrumento del Estado por sus aplicaciones bélicas. O si se pondría al servicio de la Iglesia apoyando la visión ampliamente extendida de la “teología natural”, mediante la revelación científica de indicios de una creación divina o de un diseño inteligente.
La idea nueva de una ciencia accesible, una ciencia del pueblo, trajo todo esto consigo. La revolución científica de finales del siglo xvii había promulgado una forma de conocimiento privada, elitista y especializada. Su lingua franca era el latín y su moneda de cambio las matemáticas. Su público, aunque internacional, lo constituía un pequeño círculo de sabios y eruditos. La ciencia romántica, por el contrario, tenía un nuevo compromiso: el de explicar, educar y comunicar al gran público.
Esta fue la primera gran época de las conferencias científicas públicas, de las demostraciones del trabajo en los laboratorios y de los libros divulgativos, a menudo escritos por mujeres. Fue la época en la que comenzó a enseñarse ciencia a los niños y en la que el “método experimental” se convirtió en la base de una nueva filosofía de vida, de carácter laico, de acuerdo con la cual los prodigios infinitos de la creación (fueran divinos o no) se apreciaban cada vez más. Era una ciencia que, por primera vez, suscitaba continuos debates públicos, como la gran polémica sobre el “vitalismo”.
El astrónomo William Herschel y el químico Humphry Davy. Sus descubrimientos dominan el periodo, aunque ofrecen, eso sí, dos versiones casi diametralmente opuestas del “científico” romántico, un término que no fue acuñado hasta 1833, cuando ambos estaban ya muertos. También da cuenta de sus asistentes y protegidos, quienes terminaron por ser mucho más que eso y le pasaron la antorcha al mundo –ya radicalmente distinto– de la ciencia profesional de la época victoriana.

Bonnycastle evaluó la situación en la primera edición de su Introducción a la astronomía: “El señor Herschel es de la opinión de que el cielo estrellado está repleto de estas nebulosas y de que cada una de ellas es un sistema distinto y separado, independiente del resto. Supone que la Vía Láctea es la nebulosa concreta en la que está ubicado nuestro sol y, en aras de dar cuenta de la apariencia que esta exhibe, supone que su figura está mucho más extendida hacia la zona de iluminación aparente que en ninguna otra dirección […] Ciertamente, estas son grandes ideas y, sean o no verdad, realmente honran la mente que las ha concebido”.
También contenidas en el revolucionario artículo de Herschel de 1785 estaban las semillas de un nuevo proyecto a largo plazo. Estaba planeando la construcción de un telescopio monstruoso, de doce metros con un espejo de más de un metro. Iba a ser el reflector más grande y potente del mundo. Con esto, creía que iba a poder resolver de una vez por todas el problema de las nebulosas: si eran otras galaxias ubicadas mucho más allá de la Vía Láctea o meras nubes de gas en su interior.
También le proporcionaría una mejor oportunidad para establecer la distancia verdadera de las estrellas mediante una medición de la paralaje estelar. Por encima de todo, creía que iba a ser capaz de comprender cómo se creaban las estrellas y si el universo al completo cambiaba o evolucionaba de acuerdo con algún plan o ley definidos. Finalmente, creía que iba a poder establecer si había signos observables de vida extraterrestre, un descubrimiento que tendría un impacto enorme en las creencias filosóficas e incluso teológicas.
Hubo otra novedad, pequeña pero revolucionaria, en su artículo de 1785. Por primera vez, William Herschel le atribuyó cuidadosamente por escrito a Caroline el descubrimiento una pequeña “nebulosa asociada” en Andrómeda.

El sueño de volar había obsesionado a los hombres, en especial a los poetas, a los escritores satíricos y a los autores utópicos de literatura fantástica desde el mito de Ícaro. La literatura europea estaba llena de pájaros mecánicos imposibles, carros alados, caballos voladores y galeones aéreos. Ninguno de ellos era remotamente factible. Pero esto era diferente: un “aeróstato” gigantesco impulsado por “aire inflamable”. Es más, la Académie des sciences francesa lo estaba investigando seriamente, bajo la supervisión del temible marqués de Condorcet.
El informante más fiable de Banks era el astuto embajador estadounidense en Francia, Benjamin Franklin, que era miembro de la Royal Society y que, a su edad –setenta y siete años–, resultaba un juez sagaz tanto de hombres como de máquinas. Tras siete años en la embajada de París, Franklin todavía era un francófilo y un apasionado y acababa de emitir un informe chispeante sobre la locura del mesmerismo o “magnetismo animal”.
Franklin informó de que Montgolfier y su hermano Étienne habían soltado su propio globo en Versalles el 11 de septiembre. A diferencia del globo de gas de Charles, el suyo se impulsaba con aire caliente, era muy grande y tenía una bonita decoración de motivos heráldicos. Más aún, su capacidad de elevación era espectacular. En una canasta de mimbre enganchada al cuello de la bolsa, había transportado una oveja, un pato y un gallo (el símbolo nacional francés) sobre los tejados de Versalles y había aguantado en el aire siete minutos. Todos los animales regresaron a tierra sanos y salvos.
Estaba claro qué iba a suceder. O los Montgolfier o Charles tratarían de subir a un hombre en el globo. La perspectiva era extraordinaria, y en Francia no se hablaba de otra cosa. Franklin pensaba que los globos podrían acabar “allananado el camino a algunos descubrimientos en el ámbito de la Filosofía Natural de los que, en este momento, no tenemos ni la más mínima noción”. Ponía como ejemplos el “magnetismo y la electricidad, cuyos primeros experimentos eran simples divertimentos”.
Banks era muy consciente de que el descubrimiento de un gas más ligero que el aire era obra de dos químicos ingleses, Henry Cavendish y Joseph Priestley. Lo habían llamado “aire inflamable” debido a su ligereza y a sus propiedades explosivas. El libro Experiments on Different Kinds of Air [Experimentos con distintos tipos de aire] de Priestley había sido traducido en Francia en 1768. El rival de los ingleses, Antoine Lavoisier, el gran químico francés, había repetido y refinado entonces todos los experimentos en París. Había medido la flotabilidad de este “gaz” (una palabra que todavía no se había acuñado en inglés) de manera más exacta y lo había renombrado como “hidrógeno”. Pero nadie lo había fabricado a gran escala ni se habían explorado sus espectaculares aplicaciones prácticas.

El hombre que popularizó la aerostática en Gran Bretaña más que ningún otro fue un italiano de veinticinco años, Vincent Lunardi (1759-1806), un joven empleado de la Legación Napolitana de Londres.
A falta de financiación oficial, el primer logro llamativo de Lunardi fue lanzar una suscripción pública. Antes de hacerlo, había exhibido durante varias semanas su estupendo globo de rayas rojas y blancas colgado del tejado del teatro Lyceum, cerca del Strand, y había fijado un precio de entrada ambicioso. Por dos chelines y seis peniques se podía adquirir una entrada individual; por una guinea, cuatro visitas y un asiento de primera fila para el lanzamiento. Se dice que más de veinte mil personas lo visitaron, aunque tras pagar el equipamiento del globo, los materiales para hincharlo y el alquiler del Lyceum, Lunardi afirmó que estaba sin blanca.
La aerostática se puso de moda rápidamente y ya se hablaba de un British Balloon Club no oficial, presidido por el príncipe de Gales y por Georgiana, la ultraprogresista duquesa de Devonshire. Algunos miembros de la Royal Society también se suscribieron.
El segundo logro de Lunardi fue el de crear para los ingleses la figura del aeronauta romántico. Lunardi era, por naturaleza, un hombre de espectáculo. Era extranjero, está claro, pero no francés. Pequeño, veleidoso y asombrosamente guapo al nuevo estilo, casi femenino, con una cara fresca y el cabello largo y sin empolvar, se movía con ligereza y desbordaba un entusiasmo contagioso.

El interés por la meteorología, una ciencia incipiente, creció y dio lugar a las hermosas clasificaciones de nubes de Luke Howard y al valioso sistema de escala de vientos de Francis Beaufort. El cuáquero Howard (1772-1864), el primer meteorólogo profesional, publicó su gran estudio y su clasificación de los fenómenos atmosféricos, On the Modification of Clouds [Sobre la modificación de las nubes] en 1804. Primero, proponía cuatro tipos básicos de nubes, para los que utilizaba términos del latín, a imitación de la catalogación de Linneo. Estos tipos eran los cumulus (cúmulos de nubes), stratus (capas de nubes), cirrus (nubes de cola o cabello largo) y nimbus (nubes de precipitación), y se combinaban de formas variadas, como los cumulo-nimbus (los típicos montones verticales de nubes de un verano inglés). Aún siguen vigentes, con combinaciones adicionales como los cirro-stratus (nubes altas, delgadas, propias del buen tiempo). Howard fue elegido miembro de la Royal Society en 1821, pero no logró forjar una teoría sólida sobre las presiones atmosféricas y los gradientes (sistemas de altas y bajas presiones), en la que a la larga se basaría todo el pronóstico del tiempo; aunque sí llegó a esbozarla en su última obra, Barometrographia, de 1847. Pero llamó la atención sobre la formación y la transformación de las nubes, sus variaciones y características a lo largo de las estaciones y, sobre todo, sobre su asombrosa belleza.
La aerostática permitió que surgiera una conciencia nueva de la complejidad y sutileza de las nubes, una preocupación romántica creciente que se puede rastrear en los cuadros de Turner y Constable, en los cuadernos de notas de Coleridge y en la poesía de Shelley. Cuando Shelley se refiere a “las vedijas de la inmediata tormenta” en su “Oda al viento del oeste”, de 1819, está utilizando la definición de Howard para cirrus. “La nube”, de 1820, demuestra una comprensión científica y sorprendentemente precisa del proceso de formación de las nubes y del ciclo de convección.

Sir Joseph Banks había profetizado que la astronomía británica llegaría más lejos que la aerostática francesa. En el verano de 1785, William Herschel se embarcó en su nuevo proyecto revolucionario de observar y esclarecer los cielos con un telescopio más potente que ningún otro anterior. Su primer movimiento fue hacer un borrador de las especificaciones técnicas preliminares para que Banks se lo presentara al rey. Resultó una propuesta monumental.
Lo que pretendía era construir un telescopio “de tipo newtoniano, con un tubo octogonal de doce metros de largo y un metro y medio de diámetro; tendría que tener necesariamente al menos dos specula [espejos] o quizá tres; cuyo diámetro tendría que ser de noventa y dos, ciento veintidós o ciento veintisiete centímetros”. El telescopio se montaría sobre un puente de madera enorme, que dos hombres podrían hacer girar sin peligro sobre su eje, pero en el que también el astrónomo observador podría hacer los ajustes más delicados y más aquilatados. Los espejos pesarían como media tonelada cada uno y costarían entre doscientas y quinientas libras. Iban a tener que fundirlos en Londres y enviarlos en una barcaza por el Támesis para su pulido. El fundido iba a ser una gran proeza tecnológica y se necesitarían veinte trabajadores con maquinaria de nuevo diseño para llevar a cabo el proceso de pulido continuado.
El telescopio de doce metros iba a ser más grande que una casa, extremadamente sensible al viento e iba a estar muy expuesto a condiciones climáticas adversas, especialmente a la escarcha, la condensación y los cambios de temperatura del aire, que podrían “desafinar” los espejos, como si fueran instrumentos musicales. El astrónomo (Herschel ya se estaba acercando a los cincuenta) tendría que subir una serie de escaleras hasta llegar a una plataforma especial colocada en la boca del telescopio, desde la cual una caída sería fatal casi con toda seguridad. Para evitar la contaminación lumínica, la asistente (Caroline) tendría que permanecer encerrada en una cabina especial situada debajo, donde tendría su escritorio y su lámpara, relojes astronómicos…
Todo ello requería una financiación bastante superior por parte del rey. La estimación de los gastos alcanzaba las mil trescientas noventa y cinco libras, con un coste de mantenimiento anual de ciento cincuenta libras. Esta enorme suma no incluía el salario anual de Herschel, de doscientas libras. Cuando presentó la solicitud para esta gran subvención a la investigación, Herschel, austeramente, no prometió resultados inmediatos (más planetas, más cometas, más avistamientos de formas de vida extraterrestres), sino que intentó tranquilizar a Banks con gravedad: “El único fin del trabajo será fabricar un instrumento con el objeto de inspeccionar los cielos para determinar su construcción de forma más completa”.
Cuando el inmenso telescopio de doce metros se puso en funcionamiento en la primavera de 1789, el primer descubrimiento de Herschel fue Mimas, una de las lunas diminutas más recónditas de Saturno, con un diámetro de solo cuatrocientos kilómetros. Esta era una buena observación astronómica y daba fe de la enorme potencia del nuevo instrumento. Mimas está dominada por un único cráter de gran tamaño, de ciento treinta kilómetros de diámetro y diez de profundidad, que se fotografió y se acabó denominando “Herschel” mucho más tarde, después de que el Voyager lo sobrevolara en 1980.
Herschel proporcionó una descripción detallada del modo en que manejaba el telescopio de doce metros en una serie de artículos presentados a la Royal Society e ilustrados con pulcros dibujos.

Durante los últimos años de la década de 1790, Joseph Banks comenzó a recibir informes polémicos sobre los experimentos químicos que estaba llevando a cabo el llamado “Pneumatic Institute”, en el distrito Hotwells de Bristol. Los organizaba el doctor Thomas Beddoes, que había sido profesor de Oxford y que había solicitado subvenciones a la Royal Society en más de una ocasión. A pesar de las recomendaciones de la duquesa de Devonshire y de James Watt, de la Lunar Society, Banks había rechazado de mala gana estas peticiones, en parte con el argumento de que esos experimentos implicaban que pacientes humanos respirasen diversos tipos de gas, algo demasiado cuestionable como para apoyarlas. Pero también tenían que ver las simpatías con que contaba el doctor Beddoes, que se tenían por radicales.
Pero en 1800 se despertó el interés de Banks por uno de los jóvenes ayudantes de Beddoes, un químico de Cornualles llamado Humphry Davy. Aunque solo tenía veintiún años, Davy ya había publicado algunos artículos sobre química y un libro de Researches [Investigaciones], y había hecho numerosas contribuciones.
En 1797, Davy sintió una fascinación repentina por la química. En estrecha relación con las ideas radicales sobre la naturaleza de la realidad material, esta disciplina estaba viviendo su particular revolución. Se estaba convirtiendo, en aquel entonces, en la ciencia romántica por excelencia. La horma de la vieja alquimia estaba siendo sustituida por experimentos, medidas y pesos exactos, así como por una nueva comprensión de los procesos fundamentales de la combustión, la respiración y los enlaces químicos.
Davy se vio sumido en este nuevo mundo tan excitante. Podía leer informes en inglés y en francés –que discrepaban a menudo, según descubrió–, y esto le aportó un sentimiento añadido de drama e inmediatez. Su texto inglés de referencia era el Dictionary of Chemistry, de William Nicholson (1795), una obra compleja, sólida y explicativa que dibujaba el estado actual de la ciencia, cómo había surgido a partir de la alquimia y cuáles eran sus retos y teorías futuras. En francés, se inclinaba por el Traité Élémentaire de Chimie, de Antoine Lavoisier, una obra breve y elegante, que marcó una época tras publicarse por primera vez en 1789. Desarrollaba teorías nuevas sobre el “oxígeno” y el “calórico”, así como una nueva tabla de elementos; también proponía un sistema completamente nuevo de “nomenclatura química”.
El óxido nitroso no estaba exento de riesgos. Tanto Priestley como el doctor Samuel Mitchill, químico estadounidense, lo consideraban un gas letal. Pero Davy siguió adelante de todas formas. Calentó cristales de nitrato de amonio, recogió el gas liberado en una bolsa verde de seda engrasada, lo pasó por vapor de agua para eliminar las impurezas y lo inhaló a través de una boquilla mientras su asistente, el doctor Kinglake, controlaba su pulso. El peligro inmediato y obvio era que el nitrato de amonio explotase a una temperatura inferior a los doscientos grados; el otro era que las primeras inhalaciones matasen a Davy o le dañaran permanentemente el revestimiento de los pulmones.
Pero el primer experimento de Davy marchó a la perfección. Después de inhalar cuatro litros y medio del gas, experimentó “una emoción muy placentera, especialmente en el pecho y las extremidades. Los objetos en torno a mí se volvieron deslumbrantes.
En mayo de 1799, comenzó de manera vacilante los ensayos con óxido nitroso con los pacientes habituales de la clínica. Los resultados podían ser impredecibles. Algunos refirieron sensaciones deliciosas de calor corporal y estimulación. Otros refirieron espasmos musculares espeluznantes o confusión mental. Y otros, en cambio, simplemente se sintieron mareados o somnolientos.
Davy fue pionero en el método experimental de “doble ciego”. Deliberadamente, no les dijo a los sujetos la concentración de óxido nitroso que estaban respirando, ni si se trataba en realidad de aire común y corriente (como de hecho sucedía en ocasiones). Registró con todo cuidado el pulso, las reacciones musculares, las distorsiones en la visión, el rubor, la estimulación sexual y cualquier episodio de confusión mental o de histeria. También les pedía a los sujetos que describieran con detalle sus propias sensaciones subjetivas.
Sus diarios de laboratorio muestran que estaba cada vez más fascinado por las propiedades alucinógenas del gas y por sus efectos en las percepciones y en la conciencia humana. Paulatinamente, se fue dando cuenta de su capacidad para alterar el humor, estimular la energía corporal y mitigar el dolor. Entonces planeó de nuevo sobre la idea revolucionaria de la anaesthesia y sobre otro paso decisivo: la idea de que en el contexto quirúrgico se podían utilizar dosis controladas de óxido nitroso.
Hubo un descubrimiento científico muy importante que planeó de manera tentadora sobre Davy. De haberlo aprehendido, se habría hecho famoso para siempre, y con él Beddoes y el Pneumatic Institute. Aunque el óxido nitroso no podía curar enfermedades físicas, podía hacer algo igual de valioso: suspender el dolor de manera temporal, o al menos la sensación de dolor. El gas proporcionaba la clave para una ciencia nueva, la de la anestésica; literalmente: “la negación o el bloqueo de las sensaciones”.
Davy, por supuesto, se abalanzó sobre el nuevo concepto y afirmó en su cuaderno de laboratorio que, ciertamente, el gas podía utilizarse para suprimir incluso “el dolor físico intenso”. Especulaba sobre el mecanismo fisiológico: “El dolor no es percibido después de la poderosa acción del óxido nitroso, porque este produce durante un tiempo una afección momentánea de otras partes del nervio conectadas con el dolor”.

A medida que su novela iba cobrando forma, Mary Shelley comenzó a preguntarse en qué sentido iba a ser humana la nueva “criatura” de Frankenstein. Si iba a tener lenguaje, si iba a tener conciencia moral, si iba a tener sentimientos y lealtades humanos, si iba a tener alma. (No hay que olvidar que Mary estaba embarazada en 1817). Muchas de las reflexiones de Lawrence sobre la metafísica de la sala de disección y la teoría del desarrollo del cerebro parecen repetirse en algunas ideas e incluso en frases completas de Frankenstein. Aquí, de nuevo parece que Shelley –que a lo largo de la primavera de 1817 estuvo acudiendo a la consulta médica de Lawrence, y que en ocasiones pudo ir acompañado de Mary– encontró una oportunidad para que los tres exploraran estos temas específicos.
El concepto que Mary Shelley tenía de la mente estaba basado, al igual que el de Lawrence, en la idea de que el cerebro evolucionaba de un modo estrictamente físico. Así es como Lawrence desafiaba a sus compañeros del Real Colegio de Cirujanos en sus conferencias de 1817: “Pero examinemos la ‘mente’, la gran prerrogativa del hombre. ¿Dónde está la ‘mente’ del feto?…
La Criatura de Frankenstein es construida como un hombre totalmente desarrollado, a partir de partes del cuerpo adultas; pero su mente es la de un niño sin desarrollar. No tiene memoria, ni lenguaje, ni conciencia. Comienza la vida prácticamente como un animal salvaje, un orangután o un mono. En principio no queda muy claro si siente atracción sexual o si es capaz de violar. Aunque ha sido galvanizado a la vida por una chispa voltaica, la Criatura carece de la “chispa divina” del Cielo.
El experimento de Victor Frankenstein de crear un alma había terminado en desastre. La propia novela se sumió temporalmente en la oscuridad y de la primera edición se vendieron poco más de quinientos ejemplares. Pero en la década de 1820 se hizo famosa –o tristemente célebre–, con no menos de cinco adaptaciones a escena. Esto causó una amplia controversia. La primera puesta en escena tuvo lugar en julio de 1823, en la English Opera House del Strand de Londres. Se titulaba, portentosamente, Presumption: or the Fate of Frankenstein [Osadía: o el destino de Frankenstein]. Desde el principio tuvo una publicidad sensacional.
En Presumption se hicieron algunos cambios fundamentales respecto a la novela de Mary Shelley, todos ellos sin permiso de la autora, quien tampoco recibió ningún tipo de regalía por derechos de autor. Es curioso que a ella no pareciera importarle, y que incluso le encantara la obra cuando fue a verla en septiembre de 1823. “¡Pero quién lo iba a decir! ¡Soy famosa! Como obra dramática, Frankenstein ha tenido un éxito prodigioso en la English Opera House…”.

Davy comenzó su vida como científico independiente. Su primer proyecto, con el beneplácito de la Royal Society, fue patriótico: tenía la intención de contribuir al esfuerzo bélico británico. Comenzó a investigar los explosivos a partir de una fórmula que le había transmitido el químico francés André Ampère. Esto no sucedió en la Royal Institution, sino en una fábrica comercial secreta en Tunbridge, Kent. El plan era producir explosivos mejorados para los ingenieros reales. Se suponía que debían utilizarse contra los soldados de Napoleón en España, para minar las ciudades asediadas y volar por los aires las fortificaciones durante la guerra en la Península. El plan contaba con el apoyo no oficial de Joseph Banks, aunque era un trabajo peligroso; Ampère avisó a Davy de que un químico francés había perdido un dedo y un ojo.
En noviembre de 1812, Davy casi se queda ciego al explotarle un tubo de ensayo mientras mezclaba cloro y nitrato de amonio. Los añicos de cristal le punzaron la córnea y le hicieron cortes en la mejilla. Informó a Banks, en la Royal Society, que había descubierto una sustancia tan potente que una cantidad de ella “tan pequeña como una semilla de mostaza”…
Davy y Faraday se encerraron en el sótano del laboratorio y allí se quedaron casi sin interrupción durante tres meses, ejecutando una serie febril de experimentos y enviando informes del trabajo en curso a la Royal Society. Faraday decía que solo lo dejaba salir para asistir a los encuentros semanales de la City Philosophical Society. Más adelante, recordaba con modestia: “En nuestro laboratorio, fui testigo del desarrollo, paulatino y hermoso, de la cadena de pensamiento y experimentos que dio lugar a la lámpara de seguridad”.
Davy comenzó un análisis minucioso de las propiedades del grisú, y enseguida confirmó que era “tetrahidruro de carbono” (metano), con unas características de combustión poco habituales. Descubrió que las explosiones solo ocurrían cuando el metano alcanzaba una concentración crítica en el aire (aproximadamente, una proporción de uno a ocho). Era entonces cuando se convertía en grisú explosivo. Una vez que prendía –el simple roce de la llama de una vela bastaba–, producía una reacción acelerada, se extendía con una llama intensa que rápidamente alcanzaba una temperatura crítica y luego explotaba con extrema violencia. Se dio cuenta de que la temperatura crítica a la que ocurría la explosión era sorprendentemente alta: mucho más alta, por ejemplo, que la del hidrógeno utilizado en los aeróstatos de gas.
Paradójicamente, en ciertas condiciones el grisú también podía arder con una llama fría que no explotaba. De acuerdo con esto, Davy intentó a continuación prender el gas en varios recipientes cerrados. Si se usaba un tubo de cristal, explotaba al instante. Pero cuando lo aislaba en un tubo estrecho de metal, solo ardía con la llama azul, suave y fría.
A pesar de algunas explosiones temibles, a finales de octubre Davy ya tenía al menos tres prototipos de “Linterna de Seguridad” que funcionaban. Todas ellas eran lámparas selladas, en las que se utilizaban distintas formas de tubos de metal o “coladores de fuego” a modo de entradas de aire. Davy resumió sus investigaciones en una carta a Banks el 27 de octubre y, una semana después, envió las lámparas a la Royal Society, con un trabajo científico detallado que se leyó de manera oficial el 9 de noviembre. También copió su resumen en una “comunicación privada” –que no debía publicarse– al señor Gray, del comité de seguridad. No es de extrañar que la noticia de la existencia de al menos un prototipo se filtrase a los periódicos de Newcastle, que más adelante sembrarían la confusión sobre el mecanismo exacto que Davy había descubierto, lo que conduciría a una disputa sobre la prioridad bastante agria.
La versión final de la lámpara era deliciosamente simple y sorprendentemente pequeña. Se trataba de una lámpara de aceite normal, sin aislamiento, de unos cuarenta centímetros de altura, con una mecha ajustable de algodón, insertada en una columna alta o “chimenea” de malla de hierro fina. Sorprendentemente, la lámpara no necesitaba más protección. En los modelos posteriores, Davy añadió algunas mejoras, la mayor parte de ellas diseñadas para aumentar su resistencia al uso rudo en la mina.
Pero la idea fundamental de que la llama no pasaría a través de la malla parecía tan improbable, tan antiintuitiva, que Davy tuvo que trazar las fases de su descubrimiento con absoluta claridad, paso a paso. El resultado fue una forma nueva de narración científica. La falta de certeza y los comienzos en falso del laboratorio experimental desaparecían. Los dibujos de Faraday mostraban que los modelos de prueba comprendían una lámpara con pistones de fuelle, una lámpara con válvula de resorte y una lámpara batiente, ninguna de las cuales se mencionaba más adelante.

A finales de la década de 1820, la ciencia británica había perdido a tres de sus estrellas internacionales, los tres caballeros de la ciencia cuyos nombres habían resonado por toda Europa. Las muertes de Joseph Banks en 1820, William Herschel en 1822 y, por último, Humphry Davy en 1829, marcaron el final de una época. La idea de que entre ellos habían creado una ciencia británica con personalidad propia formaba en sí misma parte del gran legado de Banks a la nación. Pero con estas partidas, su futuro parecía incierto y su reputación quedaba indefensa. ¿Quién, de entre la generación más joven, sacaría la ciencia británica adelante? ¿Y quién la financiaría? Fue una época de gran incertidumbre. Por si fuera poco, The Times anunció que había desaparecido una era de gigantes científicos.
Carlyle convirtió el papel del científico moderno en una cuestión esencial. Atacaba los efectos deshumanizadores del utilitarismo, la estadística y la “ciencia de la mecánica” y oponía el mundo del laboratorio a los del arte, la poesía y la religión. Aunque no mencionaba la Royal Society ni la Royal Institution, se acercaba bastante. “Ahora, no hay ningún Newton que descubra, con una meditación silenciosa…”
Mientras estas disputas estallaban en la esfera pública, Michael Faraday continuaba tranquilamente con sus experimentos en la Royal Institution. Se había liberado de la opresiva sombra de Davy, aunque estaba todavía muy inspirado por su recuerdo. Trabajó sin descanso, y en 1829 dio su primera Conferencia Bakerian en la Royal Society, y también aceptó un puesto simultáneo de profesor de química en la Royal Military Academy, en Woolwich. Extendió su campo de trabajo al electromagnetismo y comenzó la construcción de los primeros generadores eléctricos, con los que produjo una corriente eléctrica “alterna”. Esto conduciría a las dinamos eléctricas que terminarían por revolucionar la industria tanto como la máquina de vapor de James Watt. Se dice que su experimento con bobinas magnéticas y un galvanómetro (diseñado para moverse sin contacto físico), que llevó a cabo en el laboratorio de la institución el 29 de agosto de 1831, puso fin de un plumazo a “la era del vapor” y dio comienzo a la nueva “era de la electricidad”.
Faraday también retomó el gran reto de Davy de educar al público en cuestiones científicas. En 1826, comenzó su serie de Discursos de las Tardes de los Viernes, en los que se presentaban y explicaban cuidadosamente series de temas científicos al público general. De aquí surgió la que quizá fuera su mayor innovación: sus conferencias navideñas para niños, las cuales aún se ofrecen caa año (y ahora además se televisan). El ejemplo clásico sería la serie maravillosamente clara e ingeniosa “Historia química de una vela”. Comenzaba con la simple idea de una llama y de su combustión, el proceso que tanto había exaltado al joven Davy. Este se seguía paso a paso, de forma muy hermosa, en un panorama completo de procesos naturales: la respiración humana y animal, el crecimiento de las plantas y todo el proceso global del ciclo del carbono.
Estas conferencias fueron, quizá, el mejor tributo que Faraday brindó a su antiguo y difícil patrón, y uno de los últimos grandes documentos de la ciencia romántica. La “Historia química de una vela” llegó a ser adaptada por Dickens, esta vez sin intención satírica, para su revista familiar Household Words en 1850.

En Slough, el día de Año Nuevo de 1840 se acabó por desmantelar el gran telescopio de doce metros. Se había convertido en una reliquia, y además se sacudía peligrosamente y gemía cuando el viento soplaba a través de sus viejas vigas y aparejos, como un barco que se adentrase en el mar tempestuoso.
Sir John Herschel no olvidó todas las esperanzas que simbolizaba, los grandes nombres que había atraído y las celebraciones que había inspirado. Una vez que desmontaron el andamiaje, dejó el viejo tubo, gigantesco y maltrecho, sobre la hierba helada y montó una última fiesta en su interior, con bebidas y brindis a la luz de las velas.
Marcó su partida, no con un elegante cálculo matemático, sino con un cántico bullicioso, “Elegía por el viejo doce metros:
Nos sentamos en el viejo tubo del telescopio
y las sombras del pasado revolotean en torno.
Cantamos su réquiem con gritos y alboroto,
mientras el Año Viejo se va y el Nuevo viene.
Con alegría, con alegría, cantemos todos,
y hagamos que el Viejo Telescopio vibre y resuene.

La ciencia es una carrera de relevos en la que cada descubrimiento es el testigo que se pasa a la siguiente generación. Incluso cuando una puerta se está cerrando, otra se está abriendo de par en par. Así sucede con este libro. El gran periodo de la ciencia victoriana está a punto de comenzar. Las nuevas historias pasan a manos de Michael Faraday, John Herschel, Charles Darwin… y el mundo de la ciencia moderna se aproxima a nosotros a toda velocidad.
Pero ahora la ciencia está continuamente reestructurando su historia de manera retrospectiva. Empieza a mirar atrás y a redescubrir sus comienzos, su tradición y sus primeros triunfos; pero también sus debates, sus incertidumbres y sus errores. Ninguna historia general de la ciencia podría considerarse completa sin la idea de la misma a la que llegaron siglos atrás los griegos, los árabes, los chinos o los babilonios. No es una coincidencia que los últimos años hayan visto la fundación en numerosas universidades de Europa, Australia y América de nuevos departamentos de Historia y Filosofía de la Ciencia, de reciente creación. Los pioneros comenzaron en Cambridge (Gran Bretaña) y Berkeley (California); a ellos les siguieron rápidamente otros en París X (Nanterre)…
Se deben buscar nuevos enfoques de la ciencia. Los viejos y rígidos debates y límites –ciencia frente a religión, ciencia frente a arte, ciencia frente a ética tradicional– ya no bastan. Deberíamos impacientarnos con ellos. Necesitamos una perspectiva más amplia, más generosa, más imaginativa. Por encima de todo, quizá, necesitamos tres cosas que una cultura científica nos puede aportar: el sentido del prodigio individual; el poder de la esperanza y la creencia nítida pero rastreadora en un futuro para el planeta.

This is a magnificent book about that time that reread every so often and always delights me, the science of Romanticism was soon involved in new controversies: for example, if it would become an instrument of the State for its warlike applications. Or he would put himself at the service of the Church by supporting the widely spread vision of “natural theology”, through the scientific revelation of indications of a divine creation or an intelligent design.
The new idea of ​​an accessible science, a science of the people, brought all this with it. The scientific revolution of the late seventeenth century had promulgated a form of private, elitist, and specialized knowledge. His lingua franca was Latin and his currency was mathematics. His audience, although international, was a small circle of scholars and scholars. Romantic science, on the other hand, had a new commitment: to explain, educate and communicate to the general public.
This was the first great epoch of public scientific conferences, of demonstrations of work in laboratories and of informative books, often written by women. It was the era in which science began to be taught to children and in which the “experimental method” became the basis of a new philosophy of life, of a secular nature, according to which the infinite prodigies of creation ( they were divine or not) were appreciated more and more. It was a science that, for the first time, provoked continuous public debates, like the great controversy about “vitalism”.
The astronomer William Herschel and the chemist Humphry Davy. His discoveries dominate the period, although they offer, yes, two versions almost diametrically opposed to the romantic “scientist”, a term that was not coined until 1833, when both were already dead. He also gives an account of his assistants and proteges, who ended up being much more than that and passed the torch to the world – and radically different – from the professional science of the Victorian era.

Bonnycastle evaluated the situation in the first edition of his Introduction to Astronomy: “Mr. Herschel is of the opinion that the starry sky is full of these nebulae and that each of them is a separate and distinct system, independent of the rest . It assumes that the Milky Way is the concrete nebula in which our sun is located and, in order to account for the appearance it exhibits, it assumes that its figure is much more extended toward the zone of apparent illumination than in any other direction [ …] Certainly, these are great ideas and, whether or not they are true, they really honor the mind that has conceived them. ”
Also contained in the revolutionary Herschel article of 1785 were the seeds of a new long-term project. I was planning the construction of a monstrous telescope, twelve meters with a mirror over one meter. It was to be the largest and most powerful reflector in the world. With this, I believed that I would be able to solve once and for all the problem of the nebulae: if they were other galaxies located far beyond the Milky Way or mere clouds of gas inside them.
It would also provide a better opportunity to establish the true distance of the stars through a measurement of the stellar parallax. Above all, he believed that he would be able to understand how stars were created and whether the entire universe changed or evolved according to some defined plan or law. Finally, he believed that he would be able to establish if there were observable signs of extraterrestrial life, a discovery that would have an enormous impact on philosophical and even theological beliefs.
There was another novelty, small but revolutionary, in his 1785 article. For the first time, William Herschel carefully attributed in writing to Caroline the discovery of a small “associated nebula” in Andromeda.

The dream of flying had obsessed men, especially poets, satirical writers and utopian authors of fantasy literature since the myth of Icarus. European literature was full of impossible mechanical birds, winged cars, flying horses and aerial galleons. None of them was remotely feasible. But this was different: a gigantic “aerostato” driven by “flammable air”. Moreover, the French Académie des sciences was investigating it seriously, under the supervision of the fearsome Marquis of Condorcet.
Banks’s most reliable informant was the astute American ambassador to France, Benjamin Franklin, who was a member of the Royal Society and who, at his age – seventy-seven years old – was a shrewd judge of both men and machines. After seven years in the Paris embassy, ​​Franklin was still a Francophile and a passionate and had just issued a sparkling report on the madness of mesmerism or “animal magnetism.”
Franklin reported that Montgolfier and his brother Étienne had released their own balloon in Versailles on September 11. Unlike the gas balloon of Charles, his was driven with hot air, it was very large and had a nice decoration of heraldic motifs. Moreover, its lifting capacity was spectacular. In a wicker basket attached to the neck of the bag, he had transported a sheep, a duck and a rooster (the French national symbol) on the roofs of Versailles and had held it in the air for seven minutes. All the animals returned to Earth safe and sound.
It was clear what was going to happen. Or the Montgolfiers or Charles would try to raise a man on the globe. The outlook was extraordinary, and in France there was no talk of anything else. Franklin thought that balloons could end up “paved the way to some discoveries in the field of Natural Philosophy of which, at this moment, we do not have even the slightest notion”. He put as examples the “magnetism and electricity, whose first experiments were simple divertimentos”.
Banks was well aware that the discovery of a gas lighter than air was the work of two English chemists, Henry Cavendish and Joseph Priestley. They had called it “flammable air” because of its lightness and its explosive properties. The book Experiments on Different Kinds of Air by Priestley had been translated into France in 1768. The rival of the English, Antoine Lavoisier, the great French chemist, had repeated and then refined all the experiments in Paris . He had measured the buoyancy of this “gaz” (a word that had not yet been coined in English) more accurately and had renamed it “hydrogen”. But no one had made it on a large scale or explored its spectacular practical applications.

The man who popularized the aerostatic in Britain more than any other was a twenty-five-year-old Italian, Vincent Lunardi (1759-1806), a young employee of the Neapolitan Legation in London.
In the absence of official funding, the first striking achievement of Lunardi was to launch a public subscription. Before doing so, he had exhibited for several weeks his super red and white striped balloon hanging from the roof of the Lyceum Theater, near the Strand, and had set an ambitious entry price. For two shillings and sixpence a single ticket could be purchased; for a guinea, four visits and a front row seat for the launch. It is said that more than twenty thousand people visited him, although after paying for the equipment of the balloon, the materials to inflate him and the rent of the Lyceum, Lunardi said that he was broke.
The aerostatic became fashionable quickly and there was already talk of an unofficial British Balloon Club, presided over by the Prince of Wales and by Georgiana, the ultraprogressive Duchess of Devonshire. Some members of the Royal Society also subscribed.
The second achievement of Lunardi was to create for the English the figure of the romantic aeronaut. Lunardi was, by nature, a man of spectacle. He was a foreigner, of course, but not French. Small, fickle and surprisingly handsome in the new style, almost feminine, with a fresh face and long, dustless hair, he moved lightly and overflowed with contagious enthusiasm.

Interest in meteorology, an emerging science, grew and gave rise to Luke Howard’s beautiful cloud classifications and Francis Beaufort’s valuable wind scale system. The Quaker Howard (1772-1864), the first professional meteorologist, published his great study and classification of atmospheric phenomena, On the Modification of Clouds in 1804. First, he proposed four basic types of clouds , for those who used Latin terms, in imitation of the Linnaeus cataloging. These types were the cumulus (cloud clusters), stratus (cloud layers), cirrus (tail clouds or long hair) and nimbus (precipitation clouds), and they were combined in various ways, such as the cumulo-nimbus (the typical vertical heaps of clouds of an English summer). They are still valid, with additional combinations such as cirro-stratus (high, thin clouds, typical of good weather). Howard was elected to the Royal Society in 1821, but failed to forge a solid theory on atmospheric pressures and gradients (systems of high and low pressures), which would ultimately build the entire weather forecast; although he did outline it in his last work, Barometrographia, of 1847. But he called attention to the formation and transformation of clouds, their variations and characteristics throughout the seasons and, above all, their amazing beauty.
The aerostatic allowed a new awareness to emerge of the complexity and subtlety of the clouds, a growing romantic concern that can be traced in Tur’s paintings.

Sir Joseph Banks had prophesied that British astronomy would go further than the French aerostatic. In the summer of 1785, William Herschel embarked on his new revolutionary project to observe and clarify the heavens with a telescope more powerful than any previous one. His first move was to draft the preliminary technical specifications for Banks to present to the king. It turned out to be a monumental proposal.
What he wanted was to build a telescope “of Newtonian type, with an octagonal tube twelve meters long and one and a half meters in diameter; it would have to necessarily have at least two specula [mirrors] or maybe three; whose diameter would have to be ninety-two, one hundred twenty-two or one hundred and twenty-seven centimeters. ” The telescope would be mounted on a huge wooden bridge, which two men could safely turn on its axis, but in which also the observer astronomer could make the most delicate and most accurate adjustments. The mirrors would weigh about half a ton each and cost between two hundred and five hundred pounds. They were going to have to melt them in London and send them on a barge across the Thames for polishing. The melt was going to be a great technological feat and it would take twenty workers with newly designed machinery to carry out the continuous polishing process.
The twelve-meter telescope was going to be larger than a house, extremely sensitive to wind and would be very exposed to adverse weather conditions, especially frost, condensation and changes in air temperature, which could “detune” the mirrors, as if they were musical instruments. The astronomer (Herschel was already approaching fifty) would have to climb a series of stairs to reach a special platform placed in the mouth of the telescope, from which a fall would almost certainly be fatal. To avoid light pollution, the assistant (Caroline) would have to remain locked in a special cabin below, where she would have her desk and lamp, astronomical clocks …
All this required a much higher funding from the king. The estimate of expenses amounted to one thousand three hundred and ninety-five pounds, with an annual maintenance cost of one hundred and fifty pounds. This huge sum did not include Herschel’s annual salary of two hundred pounds. When he submitted the application for this large research grant, Herschel austerely promised no immediate results (more planets, more comets, more sightings of extraterrestrial life forms), but he tried to reassure Banks seriously: “The sole purpose of the work will be to manufacture an instrument with the object of inspecting the heavens to determine its construction in a more complete way “.
When the immense twelve-meter telescope was put into operation in the spring of 1789, Herschel’s first discovery was Mimas, one of Saturn’s smallest, most recondite moons, with a diameter of only four hundred kilometers. This was a good astronomical observation and attested to the enormous power of the new instrument. Mimas is dominated by a single large crater, one hundred and thirty kilometers in diameter and ten deep, which was photographed and ended up being called “Herschel” much later, after the Voyager overflew it in 1980.
Herschel provided a detailed description of how he handled the twelve-meter telescope in a series of articles presented to the Royal Society and illustrated with neat drawings.

During the last years of the 1790s, Joseph Banks began to receive controversial reports about the chemical experiments being carried out by the so-called “Pneumatic Institute” in the Hotwells district of Bristol. They were organized by Dr. Thomas Beddoes, who had been a professor at Oxford and who had applied for grants to the Royal Society on more than one occasion. Despite the recommendations of the Duchess of Devonshire and James Watt of the Lunar Society, Banks had reluctantly rejected these requests, partly on the grounds that those experiments meant that human patients breathed different types of gas, something too much. questionable as to support them. But they also had to see the sympathies that Dr. Beddoes had, who considered themselves radical.
But in 1800 Banks ‘interest was aroused by one of Beddoes’ young helpers, a Cornish chemist named Humphry Davy. Although he was only twenty-one, Davy had already published some articles on chemistry and a book on Researches, and had made numerous contributions.
In 1797, Davy felt a sudden fascination with chemistry. In close relation with the radical ideas about the nature of material reality, this discipline was experiencing its particular revolution. It was becoming, at that time, the romantic science par excellence. The last of the old alchemy was being replaced by exact experiments, measurements and weights, as well as by a new understanding of the fundamental processes of combustion, respiration and chemical bonds.
Davy was plunged into this exciting new world. He could read reports in English and French-which they often disagreed with, he discovered-and this added to his sense of drama and immediacy. Its English text of reference was the Dictionary of Chemistry, of William Nicholson (1795), a complex, solid and explanatory work that drew the current state of science, how it had arisen from alchemy and what were its challenges and future theories . In French, he was inclined towards the Traité Élémentaire de Chimie, by Antoine Lavoisier, a short and elegant work, which marked an era after being published for the first time in 1789. It developed new theories about “oxygen” and “caloric”, as well as a new table of elements; it also proposed a completely new system of “chemical nomenclature”.
Nitrous oxide was not without risks. Both Priestley and Dr. Samuel Mitchill, an American chemist, considered it a lethal gas. But Davy went ahead anyway. He heated ammonium nitrate crystals, collected the released gas in a green oiled silk bag, passed it through water vapor to remove the impurities and inhaled it through a mouthpiece while his assistant, Dr. Kinglake, controlled his pulse. The immediate and obvious danger was that the ammonium nitrate would explode at a temperature of less than two hundred degrees; the other was that the first inhalations killed Davy or permanently damaged the lining of his lungs.
But Davy’s first experiment went perfectly. After inhaling four and a half liters of gas, he experienced “a very pleasurable emotion, especially in the chest and extremities. The objects around me became dazzling.
In May of 1799, the trials with nitrous oxide with the habitual patients of the clinic began in a vacillating way. The results could be unpredictable. Some reported delicious sensations of body heat and stimulation. Others reported creepy muscle spasms or mental confusion. And others, on the other hand, simply felt dizzy or drowsy.
Davy pioneered the “double blind” experimental method. Deliberately, he did not tell the subjects the concentration of nitrous oxide they were breathing, or if it was actually ordinary air (as in fact it happened on occasion). He carefully registered the pulse, the muscle reactions, the distortions in the vision, the blush, the sexual stimulation and any episode of mental confusion or hysteria. He also asked the subjects to describe in detail their own subjective feelings.
His lab diaries show that he was increasingly fascinated by the hallucinogenic properties of gas and its effects on perceptions and human consciousness. Gradually, he realized his ability to alter mood, stimulate body energy and mitigate pain. Then he planned again on the revolutionary idea of ​​anaesthesia and on another decisive step: the idea that controlled doses of nitrous oxide could be used in the surgical context.
There was a very important scientific discovery that he planned temptingly on Davy. Had he apprehended it, he would have become famous forever, and with him Beddoes and the Pneumatic Institute. Although nitrous oxide could not cure physical illnesses, it could do something equally valuable: temporarily suspend pain, or at least the sensation of pain. The gas provided the key to a new science, that of anesthetics; literally: “the denial or blocking of sensations”.
Davy, of course, pounced on the new concept and stated in his lab notebook that, indeed, the gas could be used to suppress even “intense physical pain”. He speculated on the physiological mechanism: “The pain is not perceived after the powerful action of nitrous oxide, because this produces for a time a momentary affection of other parts of the nerve connected with the pain”.

As her novel began to take shape, Mary Shelley began to wonder in what way the new “creature” of Frankenstein was going to be human. If I was going to have language, if I was going to have a moral conscience, if I was going to have human feelings and loyalties, if I was going to have a soul. (Do not forget that Mary was pregnant in 1817). Many of Lawrence’s reflections on the metaphysics of the dissection room and the theory of brain development seem to be repeated in some ideas and even in complete Frankenstein sentences. Here, again it seems that Shelley – who throughout the spring of 1817 was going to Lawrence’s medical consultation, and who occasionally could be accompanied by Mary – found an opportunity for the three of them to explore these specific topics.
Mary Shelley’s concept of the mind was based, like Lawrence’s, on the idea that the brain evolved in a strictly physical way. This is how Lawrence challenged his colleagues at the Royal College of Surgeons in his 1817 lectures: “But let us examine the ‘mind’, the great prerogative of man. Where is the ‘mind’ of the fetus? …
The Frankenstein Creature is constructed as a fully developed man, from adult body parts; but his mind is that of an undeveloped child. He has no memory, no language, no conscience. Life begins practically like a wild animal, an orangutan or a monkey. In principle it is not very clear if you feel sexual attraction or if you are able to violate. Although it has been galvanized to life by a voltaic spark, the Creature lacks the “divine spark” of Heaven.
Victor Frankenstein’s experiment in creating a soul had ended in disaster. The novel itself was temporarily submerged in darkness and the first edition sold just over five hundred copies. But in the 1820s it became famous – or infamous – with no less than five adaptations on stage. This caused a wide controversy. The first staging took place in July 1823, at the English Opera House of the Strand in London. It was entitled, portentously, Presumption: or the Fate of Frankenstein [Boldness: or the fate of Frankenstein]. From the beginning it had a sensational publicity.
In Presumption some fundamental changes were made with respect to Mary Shelley’s novel, all of them without permission of the author, who also did not receive any royalty for copyright. It’s funny that she did not seem to care, and that she would even love the play when she went to see her in September 1823. “But who was going to say it! I’m famous! As a dramatic work, Frankenstein has had a prodigious success in the English Opera House … “.

Davy began his life as an independent scientist. His first project, with the approval of the Royal Society, was patriotic: he intended to contribute to the British war effort. He began to investigate the explosives from a formula that had been transmitted to him by the French chemist André Ampère. This did not happen at the Royal Institution, but at a secret commercial factory in Tunbridge, Kent. The plan was to produce improved explosives for real engineers. They were supposed to be used against Napoleon’s soldiers in Spain, to undermine the besieged cities and blow up the fortifications during the war in the Peninsula. The plan had the unofficial support of Joseph Banks, although it was a dangerous job; Ampère warned Davy that a French chemist had lost a finger and an eye.
In November 1812, Davy almost went blind when a test tube exploded while mixing chlorine and ammonium nitrate. The shattered glass sharpened his cornea and cut his cheek. He informed Banks, at the Royal Society, that he had discovered a substance so powerful that a quantity of it “as small as a mustard seed” …
Davy and Faraday locked themselves in the basement of the laboratory and there they remained almost uninterrupted for three months, executing a feverish series of experiments and sending reports of the work in progress to the Royal Society. Faraday said that he only let him leave to attend the weekly meetings of the City Philosophical Society. Later, he remembered modestly: “In our laboratory, I witnessed the gradual and beautiful development of the chain of thought and experiments that gave rise to the safety lamp”.

Davy began a thorough analysis of the properties of the firedamp, and immediately confirmed that it was “carbon tetrahydride” (methane), with uncommon combustion characteristics. He discovered that explosions only occurred when methane reached a critical concentration in the air (approximately, a ratio of one to eight). It was then when it became explosive gray. Once it caught-the mere brush of a candle flame was enough-it produced an accelerated reaction, spread with an intense flame that quickly reached a critical temperature and then exploded with extreme violence. He realized that the critical temperature at which the explosion occurred was surprisingly high: much higher, for example, than the hydrogen used in gas aerostats.
Paradoxically, under certain conditions the firedamp could also burn with a cold flame that did not explode. Accordingly, Davy then tried to turn on the gas in several closed containers. If you used a glass tube, it exploded instantly. But when it was isolated in a narrow metal tube, it only burned with the blue flame, soft and cold.
Despite some fearsome explosions, at the end of October Davy already had at least three prototypes of “Security Lantern” that worked. All of them were sealed lamps, in which different forms of metal tubes or “fire strainers” were used as air inlets. Davy summed up his research in a letter to Banks on October 27 and, a week later, sent the lamps to the Royal Society, with detailed scientific work that was officially read on November 9. He also copied his summary in a “private communication” -which should not be published- to Mr. Gray, from the security committee. Not surprisingly, the news of the existence of at least one prototype leaked to the Newcastle newspapers, which would later sow confusion about the exact mechanism Davy had discovered, which would lead to a dispute over rather sour priority.
The final version of the lamp was delightfully simple and surprisingly small. It was a normal oil lamp, without insulation, about forty centimeters high, with an adjustable cotton wick, inserted in a tall column or “chimney” of fine iron mesh. Surprisingly, the lamp did not need any more protection. In later models, Davy added some improvements, most of them designed to increase its resistance to heavy use in the mine.
But the fundamental idea that the flame would not pass through the mesh seemed so unlikely, so counterintuitive, that Davy had to trace the phases of his discovery with absolute clarity, step by step. The result was a new form of scientific narration. The lack of certainty and the false starts of the experimental laboratory disappeared. Faraday’s drawings showed that the test models included a lamp with bellows pistons, a lamp with a spring valve and a swing lamp, none of which was mentioned later.

By the end of the 1820s, British science had lost three of its international stars, the three gentlemen of science whose names had resounded throughout Europe. The deaths of Joseph Banks in 1820, William Herschel in 1822 and, finally, Humphry Davy in 1829, marked the end of an era. The idea that between them they had created a British science with its own personality was itself part of Banks’ great legacy to the nation. But with these games, his future seemed uncertain and his reputation was defenseless. Who, from among the younger generation, would take British science forward? And who would finance it? It was a time of great uncertainty. To make matters worse, The Times announced that an era of scientific giants had disappeared.
Carlyle turned the role of the modern scientist into an essential issue. It attacked the dehumanizing effects of utilitarianism, statistics and the “science of mechanics” and opposed the world of the laboratory to those of art, poetry and religion. Although he did not mention the Royal Society or the Royal Institution, it was close enough. “Now, there is no Newton to discover, with a silent meditation …”
While these disputes broke out in the public sphere, Michael Faraday continued quietly with his experiments at the Royal Institution. He had freed himself from Davy’s oppressive shadow, though he was still very inspired by his memory. He worked tirelessly, and in 1829 he gave his first Bakerian Conference at the Royal Society, and also accepted a simultaneous position as professor of chemistry at the Royal Military Academy, in Woolwich. He extended his field of work to electromagnetism and began the construction of the first electric generators, with which he produced an “alternating” electric current. This would lead to electric dynamos that would end up revolutionizing the industry as well as James Watt’s steam engine. It is said that his experiment with magnetic coils and a galvanometer (designed to move without physical contact), which he carried out in the laboratory of the institution on August 29, 1831, put an end to “the steam age” and started the new “electricity era”.
Faraday also resumed Davy’s great challenge of educating the public on scientific issues. In 1826, he began his series of Discourses of the Evenings of Fridays, in which carefully presented and explained series of scientific topics to the general public. From this arose what was perhaps his greatest innovation: his Christmas conferences for children, which are still offered every year (and now they are also televised). The classic example would be the wonderfully clear and ingenious series “Chemical history of a candle”. It started with the simple idea of ​​a flame and its combustion, the process that had so exalted young Davy. This was followed step by step, in a very beautiful way, in a complete panorama of natural processes: human and animal respiration, the growth of plants and the entire global process of the carbon cycle.
These lectures were, perhaps, the best tribute that Faraday offered to his ancient and difficult employer, and one of the last great documents of romantic science. The “Chemical History of a Candle” came to be adapted by Dickens, this time without satirical intent, for his family magazine Household Words in 1850.

In Slough, the New Year’s Day of 1840 was completed by dismantling the great twelve-meter telescope. It had become a relic, and it also shook dangerously and moaned when the wind blew through its old beams and rigging, like a ship entering the stormy sea.
Sir John Herschel did not forget all the hopes he symbolized, the great names he had attracted and the celebrations he had inspired. Once the scaffolding was dismantled, he left the old tube, huge and battered, on the frozen grass and mounted a last party inside, with drinks and toasts by candlelight.
He marked his departure, not with an elegant mathematical calculation, but with a boisterous chant, “Elegy for the old man twelve meters:
We sit in the old tube of the telescope
and the shadows of the past flutter around.
We sing his requiem with shouts and commotion,
while the Old Year is gone and the New Year is coming.
With joy, with joy, let’s sing all,
and let the Old Telescope vibrate and resonate.

Science is a relay race in which each discovery is the witness that is passed on to the next generation. Even when one door is closing, another is opening wide. So it is with this book. The great period of Victorian science is about to begin. The new stories pass into the hands of Michael Faraday, John Herschel, Charles Darwin … and the world of modern science is approaching us at full speed.
But now science is continually restructuring its history retrospectively. He begins to look back and rediscover his beginnings, his tradition and his first triumphs; but also its debates, its uncertainties and its errors. No general history of science could be considered complete without the idea of ​​the same to which the Greeks, the Arabs, the Chinese or the Babylonians came centuries ago. It is not a coincidence that recent years have seen the founding of new departments of History and Philosophy of Science, recently created, in many universities in Europe, Australia and America. The pioneers started in Cambridge (Great Britain) and Berkeley (California); they were quickly followed by others in Paris X (Nanterre) …
New approaches to science must be sought. Old and rigid debates and limits – science versus religion, science versus art, science versus traditional ethics – are no longer enough. We should be impatient with them. We need a broader, more generous, more imaginative perspective. Above all, perhaps, we need three things that a scientific culture can bring us: the meaning of the individual prodigy; the power of hope and the clear but tracing belief in a future for the planet.

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